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Capítulo X Sobre lo poderosas que son las resoluciones que se toman contra el amor

Entre otras resoluciones, don Sylvio se había propuesto resistir con hombría las impresiones que, como trataba de convencerse a sí mismo, el parecido de doña Felicia con su princesa despertaban en su corazón. Esta heroica resolución le dio en un principio, cuando se unió junto con don Gabriel al resto de la compañía, una apariencia tan resuelta y afectada como solamente alguien a caballo entre la infancia y la juventud puede mostrar cuando sale por primera vez del colegio y aparece por vez primera en sociedad. Doña Felicia se dio cuenta desde un primer momento sin que pareciese prestarle atención alguna; adivinó la causa con aquella extraordinaria sagacidad que solamente el amor da y esperaba, no sin motivo, que su presencia pronto decidiese la lucha entre la fantasía y su corazón.

Los moralistas ya nos han advertido en numerosas ocasiones que solamente existe un medio probado contra el amor y este no es otro, al menos así lo afirman, que salir corriendo tan pronto como uno se sienta alcanzado por este. Este medio resulta sin duda adecuado, mas lamentamos únicamente que a estos sabios no se les haya ocurrido descubrir el secreto para que el paciente se preste a ello. No en vano podría observarse que un enamorado, en condiciones normales, es tan capaz de huir del objeto de sus sentimientos como si estuviera atado de pies y manos, o como si todos sus nervios se hubieran visto paralizados. Sí, incluso se afirma que, según una infinita cantidad de experiencias a las que uno podría referirse, en estas circunstancias ni siquiera sería posible desear que uno quiera poder huir.

Es cierto que don Sylvio había alcanzado la resolución de (tan pronto como fuera necesario) huir; sin embargo, como se puede observar, esta resolución estaba condicionada y el amor siempre mantuvo la prerrogativa de decidir si era necesario o no huir y, cuando tomó esta resolución, la bella Felicia no estaba presente.

La presencia del objeto de nuestro amor expande una suerte de fuerza mágica o (para servirnos de una expresión tan incomprensible como propia de nuestro filosófico siglo) una suerte de flujos magnéticos alrededor suyo que, incluso cuando el enamorado no se encuentra en la presencia inmediata de este remolino magnético, este consigue que se sienta atacado por esta fuerza irresistible en una suerte de línea espiral que se mueve a su alrededor hasta que… dejaremos a la sagacidad de nuestros caros lectores llevar la alegoría tan lejos como deseen y apuntaremos únicamente que esta fuerza atractiva de una amada, además de aquellas otras que tiene en común con los imanes naturales y artificiales, cuenta con la particular característica de que es capaz de eliminar de manera instantánea en el cuerpo sobre el que ejerce su atracción todos los pensamientos, imaginaciones, recuerdos o resoluciones que podrían llegar a debilitar su efecto.

p. 139Don Sylvio habría de experimentar en pocos minutos estas observaciones físicas. Se había propuesto no mirar siquiera a doña Felicia; sin embargo, no pudo contenerse y dedicarle una mirada, aunque fuese de refilón. Pronto se atrevió con una mirada directa, pero de una manera tan sobria que parecía que le preocupase que esta tuviera basiliscos en los ojos. Este intento fue tan fructífero que poco a poco fue envalentonándose y lo mantuvo tanto tiempo que ya ni quería ni podía apartar sus ojos de ella. En poco tiempo la fuerza magnética anteriormente mencionada cumplió con su función tan bien que don Sylvio se abandonó a la contemplación de su diosa de una manera tan completa, tan tranquila y con un arrobamiento tal, como si en el pequeño mundo que estaba dentro de su cráneo jamás hubieran existido Radiante, mariposa azul y princesa encantada alguna.

En lo referente a su propio corazón, la bella Felicia se encontraba más o menos en las mismas circunstancias. Don Sylvio había ejercido una fuerza magnética al menos tan intensa como la que ella había ejercido en él. Sí, si creemos a Alberto Magno y a otros investigadores de la naturaleza (sin contar con el pobre y ciego Tiresias, quien, al ser tan pronto mujer como hombre, bien podía hablar sobre el asunto desde la experiencia), si creemos a estos sabios, la atracción que ella misma sintió debió de ser en realidad mucho más fuerte que la de este, independientemente de que, gracias a unas ciertas vis inertiae con las que la naturaleza o la educación suelen dotar a su género, supiera, de acuerdo con la magnitud de la ocasión, mitigar sus efectos tanto como fue necesario175. Esta atracción recíproca aceleró naturalmente la maravillosa concentración que suele ser una consecuencia de ella y, mientras que los dos se atraían y se veían atraídos al mismo tiempo, ocurrió que, antes de que ellos mismos se dieran cuenta, sus almas se tocaban en todos los aspectos posibles, por lo que separarlas habría sido tan fácil como hacerlo con un par de gotas de rocío que han confluido en el regazo de una rosa a medio abrir.

En una compañía tan simpatética como lo era esta, la conversación no podía resultar indiferente durante mucho tiempo. Poco a poco la conversación se fue dirigiendo hacia la extraordinaria casualidad que había hecho que nuestro héroe y don Eugenio se conociesen, y el papel que la bella Jacinta había tenido en esta aventura despertó una justificada curiosidad entre aquellos que no estaban familiarizados con su historia, pues sus adorables características ya habían conquistado el corazón de todos. Incluso el propio don Sylvio, al que sus sentimientos por doña Felicia deberían haber hecho indiferente a cualquier otro tipo de encantos, sintió contra su propia voluntad una suerte de inclinación por ella que él mismo no podía explicarse y que parecía albergar la ternura característica del amor sin contar con su agitación, su ardor y su deseo.

La bella Jacinta no tenía razón alguna para convertir su historia en un secreto ante las personas allí presentes y, por el contrario, sí que contaba con motivos importantes para revelarla. La pasión de don Eugenio, todo lo que él ya había hecho por ella, las intenciones que este tenía respecto a ella y el hecho de que supuestamente las principales circunstancias de su vida en realidad ya se conocían; y, pese a que doña Felicia se había mostrado muy atenta con ella desde su encuentro, el hecho de que a Jacinta le preocupase que pudiesen existir ciertos prejuicios respecto a ella, los cuales estaba más que dispuesta a disipar, hicieron que tomase la firme decisión –una tan firme como solamente puede tomar un enamorado– de poner fin a su secreto con don Eugenio. No puso, por lo tanto, ninguna pega al ruego de su enamorado, que se vio apoyado por doña Felicia y por don Sylvio, de poner fin a este a través de la narración de sus aventuras, que nuestro héroe esperaba escuchar ansiosamente, ya que estaba convencido de que las hadas sin duda tendrían un papel importante en ellas.

175 El bávaro Alberto Magno (1193 o 1206–1280), monje dominico, teólogo y filósofo, era considerado alquimista por la tradición popular, que le atribuía el descubrimiento de la Piedra Filosofal. Probablemente se alude a la obra De secretis mulierum [De los secretos de las mujeres], tratado medieval escrito entre finales del siglo xiii y principios del siglo xiv tradicionalmente atribuido al monje bávaro, y en el que se tratan desde una óptica medieval cuestiones relativas a la reproducción humana. Por su parte, Tiresias, famoso adivino de la ciudad de Tebas en la mitología griega, aparece en el Canto xi de la Odisea de Homero. En las Metamorfosis de Ovidio, el adivino ciego se transforma en mujer tras sorprender a dos serpientes apareándose y matar a la hembra, recuperando su forma masculina tras encontrar a las mismas serpientes en similares circunstancias y ajusticiar a la serpiente varón. Vis inertiae era el término empleado en el siglo xviii para referirse a la inercia de los cuerpos.