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Capítulo XI Historia de Jacinta

—Si es cierto –dijo la bella Jacinta comenzando su narración–, tal y como me inclino a pensar, que una doncella es más valiosa cuanto menos haga que se hable de ella, debo considerarme lo suficientemente desafortunada como para tener que comenzar una narración de mis aventuras a una edad en la que la mayoría apenas han comenzado tímidamente a abandonar el nido de una cariñosa madre. En realidad, me mostraría desconsolada si se me pudiera imputar la culpa de ello.

»Todo lo que puedo decir de mis orígenes es que no sé nada de ellos. Sí que recuerdo, si bien de una manera un tanto oscura, el momento en el que pasé a depender de una vieja gitana, que es quien me ha criado. Era muy pequeña y me parece que estaba en una gran casa, y que alrededor de mí tenía a varias muchachas y a un hermano pequeño, al que quería con ternura. Pero estos pocos recuerdos son tan débiles y vagos que no me atrevo a aseguraros que hayan ocurrido realmente.

»La gitana, que se hacía pasar por mi abuela, sin que mi corazón jamás se dejara convencer de ello, empleó todos sus esfuerzos para alcanzar las intenciones que tenía respecto a mi persona. Apenas tenía siete años y la destreza con la que bailaba al son de mi pequeño tambor vizcaíno, las ingenuas respuestas que ofrecía y los miles de pequeñas pillerías que sabía hacer ya me habían ganado el favor de la gente, que hacía volar sus reales al bolsillo de mi vieja madrastra. Este éxito la animó a desarrollar el talento que creía ver en mí sin escatimar gasto alguno. Cuando cumplí doce años ya sabía tocar la vihuela y la tiorba, cantaba un sinfín de romances y de cancioncillas, y sabía leer la mano y adivinar la fortuna en un grano de café tan bien como cualquier otra gitana del mundo176.

»La atención que, a pesar de mi aparente veleidad, prestaba a todo lo que veía y escuchaba, hizo que, un día, cuando nos encontrábamos en una fiesta en Toledo, reconociese entre la muchedumbre de espectadores a los que, junto a otras jóvenes muchachas, debía divertir con bailes y baladas para beneficio del bolsillo de nuestra anciana, a un par de hombres de gesto serio, que parecían dirigirme una mirada de misericordia. «Qué pena que sea gitana», dijo uno de ellos. «Qué pronto se convertirá esta belleza innata en botín de la seducción». «Creedme», dijo el otro, «me parece que por su apariencia será más bien ella quien seduzca y no tanto quien resulte seducida». «Pues más razón aún para lamentarse», respondió el primero, «pues, en su posición, la virtud, que para otros sería un mérito, es más bien una lacra que la hará aún más infeliz».

»Estas palabras, que logré captar sin que ellos se dieran cuenta, causaron una honda impresión en mi espíritu y, cuanto menos comprendía su verdadero sentido, más me esforzaba por descifrarlo.

»La vieja gitana, que solo pensaba en cómo hacerme atractiva, se había preocupado poco por hacerme conocer la virtud y ¿cómo podría haber sido de otro modo, pues ella misma apenas llegaba a comprenderla o sentirla? A pesar de todo ello no permanecí en una total ausencia de conceptos morales. Un cierto instinto que poco a poco se desarrollaba a través de mi atención a las acciones de nuestra pequeña compañía y a los movimientos de mi propio corazón me decía si esto o aquello era bello u horrible sin que hubiera podido dar más argumento que mis propios sentimientos. Los romances y los cuentos, de los que me sabía de cabo a rabo un buen número, eran otra de las fuentes de las que pude extraer una cierta moral, si bien esta no era la más fiable, pero algo siempre es mejor que nada. Este instinto, estas confusas ideas sobre la belleza moral y la mencionada conversación de los dos toledanos, que siempre volvía a mi mente, me inculcaron finalmente un vivo desprecio por mi condición y por el modo de vida que llevábamos, a pesar de que en algunos aspectos este podía resultar bastante inocente.

p. 141»«Sin duda debo de ser infeliz», me decía a mí misma, «ya que se me considera digna de misericordia y ¿acaso no lo soy cuando, por una mísera ganancia, me veo obligada a mostrarme ante los desvergonzados ojos de cualquiera y a convertirme en el juguete de personas a las que ni conozco?». Este pensamiento me hacía cada vez más despreciable a mis propios ojos, tanto que perdí completamente el gusto por los pequeños deleites que hasta ese momento se habían entretejido con mi vida.

»Me encontraba exactamente en ese estado de ánimo cuando en una ocasión la vieja nos llevó a un bello castillo en el que, gracias a los talentos de su supuesta hija (pues en realidad tenía a cinco o seis de nosotras, de las que la mayor tendría unos catorce años), esperaba poder obtener unos cuantos ducados. La dama del castillo era una viuda de unos treinta años, cuya principal ocupación era la educación de una hija muy obediente, que tenía aproximadamente mi edad. A la dama pareció conmoverle mi inocencia y el tranquilo pesar que inundaba mis ojos. Me hizo a un lado y me formuló distintas preguntas, y pareció bastante satisfecha con mis respuestas. Finalmente me preguntó si me gustaría quedarme con ella. Su noble apariencia y su jovialidad me impresionaron tanto que, antes de que encontrase las palabras para expresar mi alegría por su oferta, ella ya había sabido leer la respuesta en mi rostro. Repitió su oferta a la vieja gitana y no olvidó nada que no pudiera haberla convencido de que con ella no me faltaría de nada. La vieja, sin embargo, tenía otras intenciones respecto a mí y se mostró inflexible. Finalmente dijo que era demasiado valiosa para ella como para que pudiera decidirse a dejarme marchar sin una generosa compensación. Desgraciadamente, la generosa dama, que ya se había adueñado de mi corazón, no era lo suficientemente rica como para poder satisfacer las desproporcionadas exigencias de la vieja. Apenas esta se dio cuenta, se apresuró todo lo que pudo para que nos marchásemos de la casa. Mis lágrimas afectaron tanto a la bondadosa dama que casi se decide a utilizar la violencia, pero la vieja aludió a sus derechos como madre, algo que no pude contradecir, a pesar de que mi corazón no los confirmaba. En resumen, debimos separarnos, y la preocupación de que nos estuvieran siguiendo hizo que la vieja se volviese tan cuidadosa como para llevar nuestro camino por bosques, desvíos y lugares solitarios, hasta que finalmente llegamos a Sevilla. No encontraba consuelo alguno y la vieja se vio obligada a dejar que mi dolor se desfogase antes de intentar pintarme mi destino con una luz más propicia. Era demasiado joven y demasiado inclinada a la alegría como para que la tristeza, a la que me había abandonado sin medida alguna, pudiera durar demasiado. Nuestra llegada a Sevilla cambió el escenario de nuestro modo de vida. La vieja alquiló una casa espaciosa, me otorgó una habitación propia y redobló la afabilidad con la que siempre me había tratado. Me proporcionó un maestro para que me hiciera por completo con el arte de la música y todos los días me regalaba cintas u otras bonitas pequeñeces.

»Finalmente, cuando una mañana vio que me encontraba más animada que de costumbre y una vez que creyó haber abierto el camino hacia mi corazón gracias a cariños y zalamerías, la vieja pronunció un largo discurso en el que me dijo que ya se acercaba el momento en el que esperaba recoger los frutos de los esfuerzos que me había dedicado. Elogió mis encantos y me aseguró que la felicidad de mi vida dependería exclusivamente del uso inteligente que aprendiera a hacer de los mismos.

»—Ya ves, hijita mía –me decía–, que cada día una se vuelve más vieja. La flor de la juventud es el momento del que hay que aprovecharse, una vez que este pasa, el daño es irreparable. No podré legarte riqueza alguna, tu cuerpo y tus dones son todo lo que tienes. Pero no te preocupes, si eres inteligente, tendrás tu lluvia de oro177.

p. 142»Tras este prometedor prefacio, comenzó un discurso sobre el amor con el que pensaba poder convencerme fácilmente, dada mi inexperiencia. Agotó toda su imaginación para poder avivar la mía, pero la fría indiferencia que mostré le aseguró que los retratos que me había pintado no me habían causado la más mínima impresión. Seguramente pensó que esta frialdad se debiera más al desconocimiento de estos asuntos que a la insensibilidad. Consideró que un joven y apuesto maestro sería mucho más apropiado que ella misma a la hora de hacerme agradable este nuevo arte en el que quería introducirme, por lo que no pasó demasiado tiempo hasta que metió en mi habitación a un joven caballero de Sevilla, el cual, como ella dijo, deseaba tener el placer de conocerme. Al poco tiempo adujo no sé qué asuntos y nos dejó solos. El joven comenzó la conversación con algunos elogios que parecían sacados de un viejo libro de caballerías y a esto siguió una acalorada declaración de amor. Ante la preocupación de que no me hubiera enterado de nada, terminó queriendo tomarse unas ciertas libertades conmigo. En un primer momento me asusté y lo empujé hacia atrás de manera un tanto violenta, pero un instante de reflexión, o más bien el ya mencionado instinto que al menos para mí (pues no me atrevo a sacar conclusiones para todo mi género) en muchas ocasiones ocupa el lugar de la reflexión, me mostró inmediatamente que la seriedad y las reticencias poco me ayudarían en este caso. Le dije con una fingida alegría:

»—Os apresuráis demasiado, señor mío; no quiero discutir con vos si es cierto que me amáis. Puede que lo sea, o puede que no, pero debéis confesar que ahora se trata de si soy yo quien desea amaros y, si así fuera, de si realmente puedo, y esto no depende en todos casos de nuestro libre albedrío. Parece que os enamoráis de manera un tanto precipitada, ese es vuestro modo. Yo, sin embargo, soy algo más lenta, mis muestras de afecto van al compás de mi corazón y este no es tan sencillo de conquistar como os pensáis. No se rinde, si me permitís decíroslo, al primer asalto. Si es cierto que me amáis tanto como decís, no os costará demasiado mostrarme tanta deferencia y esperar con paciencia a lo que mi caprichoso corazón decida a su debido tiempo. Venid, mi apuesto señor –continué diciendo–, mientras tanto, para aligerar vuestras penas, quiero cantaros un romance que habréis de reconocer como el más bello que jamás hayáis escuchado.

»Mientras le decía esto, saqué mi tiorba sin darle tiempo para que articulase respuesta alguna y, mientras la afinaba, comencé a recitar de memoria un preludio y le canté después una vieja balada de más de ciento ciencuenta estrofas y que tenía una melodía tan soporífera que la vivacidad de un francés no habría sido suficiente como para soportarla. Mi joven señor permaneció sentado, con una suerte de mudo asombro, y de cuando en cuando decía bostezando: «¡Qué bello!», «¡Conmovedor!», «¡Incomparable!». Finalmente se cansó y, como vio que el romance parecía no tener fin, cogió su sombrero, hizo una reverencia y se marchó con la consoladora aseveración de que volvería bien pronto.

»Pensaréis que en esta ocasión he mostrado no poca tendencia a la coquetería, pero mi intención no es otra que contaros la verdad, os guste esta o no.

»Poco después vino la vieja y, por su manera de hablar, comprendí que el joven señor no se había marchado muy satisfecho conmigo. Ella, sin embargo, sí que lo estuvo cuando le conté de qué manera había atenuado su pequeña vivacidad. Me alabó y me dijo que con esta disposición esperaba que le diera aún más alegrías.

»—No es necesario –me dijo– que correspondamos a todos los que nos aman, al contrario, no hay nada en el mundo que una persona que quiere labrarse un porvenir en el mundo deba tener más en cuenta que un sentimiento serio. La amabilidad, hijita mía, es todo lo que se te exige. Haces bien, mientras tanto, en poner un alto precio a tus más indiferentes muestras de afecto: una doncella tiene el valor que ella se da y este es tu momento, mi niña, no siempre se tienen catorce años.

p. 143»La vieja continuó hablando durante un buen rato en este tono.

»—De vuestras palabras –dije interrumpiéndola por fin– colijo que queréis decir que debo ver al joven señor más a menudo.

»—¿Por qué no? –contestó la vieja–, y aun a otros veinte que quizá incluso te gusten más. Se ve a todos y a nadie se rechaza; se elige a uno y, mientras tanto, se entretiene a los otros hasta que les llega el turno.

»En lugar de dar respuesta a este discurso, rompí en un mar de lágrimas. Sollozando, le dije a la vieja que no tenía inclinación alguna por ese modo de vida y le hice duros reproches por no haberme dejado que me quedase con la buena dama, que tan gustosamente me habría acogido.

»—Si soy una carga para vos… –dije.

»—Oh, eso de ninguna manera –me interrumpió la vieja–, todavía serás útil tanto para mí como para ti misma.

»—Pero ¿cómo puede ocurrir eso? –pregunté–. Ya no cantamos ni bailamos, ni en las casas ni en los mercados ni en las festividades y, si debo deciros lo que pienso, preferiría morir a verme, a mi edad, vagando por ahí divirtiendo a la gente por dinero con mis saltos, como si fuera un mono. Me moriría de vergüenza y os digo que no hay nada en el mundo que me gustaría más que…

»—No te preocupes –me interrumpió la vieja–. No tendrás que hacerlo. Cuando eras una niña, todo eso estaba muy bien, ahora que eres mayor y que comienzas a florecer como el capullo de una joven rosa, sirves para algo mejor, pero una rosa solamente esta ahí para que la corten y las rosas de tu especie tienen la particularidad de que florecen aún más bellas cuando se las recolecta. Cuando tú misma eras todavía una niña te correspondía entretener a otros con juegos de niños, ahora es el momento de jugar a otro tipo de juegos. Tu juventud, tu figura y tus dones te otorgarán tantos amantes como tú misma desees.

»—No quiero amante alguno –dije– y os lo diré mil veces, una detrás de otra, hasta que me creáis.

»—¿Que no quieres amantes? –respondió la vieja y soltó una fuerte carcajada–. Ay, cosa simple e idiota. Eso tendremos que verlo. Te conozco mejor que tú a ti misma, hablaremos de esto en ocho días. Piensas eso porque el primero que has visto te daba igual. Pero, como te dije, si en ocho días no tienes un amante del que estés tan enamorada como una joven gatita, dejo mi negocio.

»Con estas palabras se fue sin prestar atención a que por la vergüenza y la indignación hasta el blanco de los ojos se me había puesto rojo. Estaba fuera de mí, me lancé a una silla, me volví a levantar, me retorcí las manos, lloré, grité y, en una gran confusión en la que me resultaba imposible pensar, traté de idear un modo para escapar del dominio de la malvada vieja. La dama bondadosa me venía todo el tiempo a la cabeza. Pensé que con toda seguridad me acogería si encontrase el modo de escaparme.

»Me imaginaba que lo peor era que ni siquiera sabía su nombre, ni dónde vivía, ya que la vieja jamás me lo había querido decir. Todo lo que recordaba era que su castillo estaba a pocas millas de Calatrava y no dudaba de que si volvía a Calatrava sería capaz de dar con ella178. Estos pensamientos me tranquilizaron un poco y, ahora que me había decidido a fugarme, me propuse llevarlo a cabo cuando tuviera la primera oportunidad de hacerlo.

176 La vihuela es un instrumento de cuerda parecido a la guitarra y que contó con una gran popularidad durante la Edad Media y el Renacimiento, particularmente en los reinos hispánicos, en Portugal e Italia. La tiorba se asemeja al laúd barroco, si bien cuenta con un mayor tamaño.

177 Referencia erótico-humorística al mito de Dánae, quien, encerrada por su padre Argos, fue tomada por Zeus, que adoptó la forma de una lluvia dorada para tal efecto.

178 Referencia o bien a la comarca del Campo de Calatrava, en la provincia de Ciudad Real, o al Sacro-Convento y Castillo de Calatrava la Nueva, sede de la Orden de Calatrava y cercana a Aldea del Rey, también en la provincia de Ciudad Real.