Capítulo XII Continuación de la historia de Jacinta
»Mis antiguas compañeras, a las que desde hacía un tiempo ya no veía, se habían mostrado, tal y como pude comprobar a continuación, mucho más dóciles a la hora de complacer las intenciones de la vieja. Hasta ese momento se habían tomado precauciones para ocultarme todo lo que ocurría en la casa, pero ahora a la vieja le pareció bien abrir el telón. Las pobres jovencitas, que únicamente veían la parte agradable de su nuevo modo de vida, parecían embrujadas por él: no podían encontrar las palabras para mostrarme su felicidad y la mayor de ellas lo llevó tan lejos como para llegar a ridiculizar de manera muy aguda lo que se denominó como mi mojigatería. Para estas muchachas parecía poco más que una tonta, pero mi confusión no dejó de aumentar al ver cómo poco a poco un cierto número de hombres entraba a la habitación apartada en la que estábamos y se comportaban allí como si estuvieran en casa. Como mi rostro les resultaba novedoso, tuve que soportar a todo el enjambre a mi alrededor y parecía que se habían confabulado para avergonzarme mediante sus entusiastas elogios. La vieja se dio cuenta de mi estupor y me llevó a un lado. Me dijo que se trataba de gente de postín que nos hacía el honor de pasar la tarde con nosotras y me aseguró que todos eran jóvenes y caballerosos señoritos, cuyas intenciones no iban más allá de un inocente divertimento: una charla chisposa, un juego, un aperitivo y un baile era todo lo que buscaban encontrar en nosotras, y por ello pagaban como si fueran príncipes. Además, dado que su casa era un salón de café, nadie podría hacer reproche alguno a que una compañía tan distinguida se encontrase allí. Con eso tuve que darme por satisfecha y es cierto que hasta la cena se comportaron de una manera tan formal que el miedo que había albergado en un principio fue poco a poco cediendo su lugar a mi habitual jovialidad. No me hice mucho de rogar para cantarles tantos romances como desearon y debo confesaros que mi pequeño orgullo no se mostraba insensible a todos los halagos que me lanzaron.
»Sin embargo, tras la cena y una vez que se les hubo subido el vino a la cabeza, comenzaron a liberarse del decoro con el que se habían conducido y a comportarse de manera más desvergonzada. La insensata vivacidad de mis antiguas compañeras pareció azuzarlos en las libertades que comenzaron a tomarse con ellas: las lenguas, los ojos y las manos fueron volviéndose más y más libres, y, antes de que nadie se diera cuenta, el gozo decoroso se había visto sustituido por la embriagada desvergüenza de una bacanal. En vano trataría de encontrar las palabras capaces de describir el estado de ánimo en el que me situó todo lo que vi y escuché. Mi sonrojo, mi confusión se convirtieron en el objeto de sus burlas. Un par de petimetres que nos acompañaban se propusieron domarme, tal y como ellos lo expresaron, y sus ninfas, a las que seguro que no se les podía achacar la mojigatería, incluso les animaron a ello. Quería huir, pero un par de ellos me cerraron el paso a las puertas. Corrí hacia donde estaba la vieja, me lancé a sus pies y le pedí que me salvase, pero solamente se rio de mí.
»—¿Acaso crees –dijo– que esto te costará la vida? ¡Vergüenza debería darte! ¡Qué grosera eres! ¿Quién quiere hacerte daño? Deberías sentirte orgullosa de que unos caballeros tan jóvenes y distinguidos quieran bromear contigo y, sin embargo, lloras, tiemblas y tiritas como una pequeña loca. Venid, don Fernando y consolad a la niña.
»Estas palabras transformaron mi miedo en una suerte de desesperación. Me levanté, salí corriendo como una posesa hacia la mesa y me hice con un cuchillo, amenazándolos con suicidarme si alguien se atrevía a tocarme.
»—¡Oh, esto empieza a ponerse trágico! –dijo uno de los petimetres–. ¿Se habrá visto algo así desde los tiempos de Lucrecia, que al menos quiso probar primero si merecía la pena antes de apuñalarse179?
p. 145»Esta supuesta ocurruencia jocosa trajo consigo un buen número más que pretendían superarse las unas a las otras y se originó una disputa por ver, tal y como decían, quién sería capaz de acometer la aventura con el dragón que echaba fuego por la boca. Finalmente, uno de ellos hizo la sugerencia de resolver la cuestión a través de los dados. Una decisión tan vulgar que me dolió tanto que caí sin apenas poder respirar en un sillón y llegué a pensar a cada instante que me iba a reventar el corazón. No sé cómo habría salido de este estado si no hubiera sido porque uno de los presentes, al que los demás parecían guardar un mayor respeto y que durante toda la tarde se había mostrado muy atento conmigo, se convirtió en mi protector. En un tono que surtió su efecto le dijo a los demás que no me merecía un tratamiento tal y, al mismo tiempo, hizo un guiño a la vieja para que me llevaran fuera. Me llevó a una pequeña habitación, en la que me lancé a una cama que había, para después aligerar mi corazón con un torrente de lágrimas. La vieja me dejó una hora sola y, tan pronto como volví en mí, comencé a pensar de nuevo en mi huida. Todo lo que antes me habían parecido obstáculos insuperables se volvió nada a mis ojos. Preguntas como adónde me dirigiría, o cómo podría sobrevivir sin dinero entre desconocidos, siendo tan joven como era, no me vinieron a la cabeza ni una sóla vez. «Una vez que esté fuera de esta casa ya se ocupará el cielo de todo lo demás», pensé. Mi impaciencia se hizo tan grande, que no podía esperar ni un instante más para poner en marcha mi propósito, saliese lo que saliese de él. ¡Cuán grande no fue mi tristeza cuando comprobé que la puerta estaba cerrada con llave! Corrí hacia las ventanas, pero estas estaban tan altas que no podía alcanzarlas y para colmo estaban protegidas por un enrejado de acero. Grité tan alto como pude para que se me escuchase desde la calle, pero la habitación estaba bastante alejada de la misma y nadie me escuchó. Me lancé de nuevo a mi cama, me tiré de los pelos, grité e imploré como una demente, y me quejé ante el cielo por haberme dejado ser la hija de una gitana y darme un corazón demasiado noble para mis circunstancias o, si es que no lo era, por haberme situado en unas circunstancias como estas, en las que me veía expuesta a insoportables insultos. «¡Seguro que no he nacido para esta denigrante condición!», pensé, «si acaso mi porte y mi tez no demostraran que no soy la nieta de esta horrenda alcahueta, que a saber cómo me ha puesto bajo su poder, mi corazón sí que me lo asegura! ¡Ay! Quizá haya nacido de padres nobles y la afectuosa madre que me trajo al mundo todavía llore la pérdida de una hija a la que esperaba hacer adorable y feliz…»
»Mi acalorada fantasía hizo que estos pensamientos continuasen un rato, a pesar de que no era la primera vez que estos me hacían mi estado insoportable, dotándome al mismo tiempo de una cierta valentía para elevarme por encima de mi desgracia gracias a mis propias convicciones. Me esforcé por lanzar una mirada tan profunda como fuera posible hacia mi niñez, en busca de las débiles pistas de olvidados recuerdos que confirmaran mis deseos. A pesar de lo inciertas y vanas que resultaban estas imaginaciones con las que intentaba engañarme a mí misma, me reforzaron en mi propósito de, estuviese en las circunstancias que estuviese, velar por mi honor tanto como si la sangre más noble de Castilla fluyese por mis venas. Estaba profundamente sumergida en estos pensamientos cuando volvió la vieja y me dijo con una amabilidad poco común que debía prepararme para seguirla a otra vivienda, ya que, por lo que parecía, la suya me gustaba tan poco. Añadió que allí, en lugar de depender de alguien, tendría que arreglármelas por mí misma, lo que debía darme una idea de la fortuna que me esperaba. Quiso convencerme de que su intención durante esa noche no había sido otra que ponerme a prueba. Elogió mi comportamiento y dijo que a él debía el afortunado cambio que vería esa misma noche. El joven caballlero que había tomado partido por mí me vino entonces a la cabeza. Le pregunté a la vieja, pero dio unas respuestas vagas e imprecisas a mis preguntas. Mi impaciencia por salir de una casa tan poco digna empequeñeció tanto los nuevos peligros a los que podía verme sometida como para que ningún miedo incierto fuera capaz de imponerse al profundo asco que sentía por el destino del que no me veía capaz de escapar en aquella casa. Además, ahora que me encontraba en sus manos, de poco me habría servido negarme a ir con ella. Me contenté con ello y la vieja me adecentó tanto como sus prisas lo hicieron posible, me cubrió con un velo, y a sí misma también, y me sacó de la casa. Era en torno a la media noche y la luna resplandecía debajo de unas nubes no muy espesas. Cuando habíamos atravesado algunos pequeños callejones, encontramos un carruaje que nos esperaba. Nos subimos y me quedé estupefacta cuando vi que se subía una de nuestras antiguas compañeras que, tal y como dijo la vieja, ejercería como mi criada hasta que encontrase otra. Entretanto me resultó agradable que se hubiera tomado la molestia de elegir a aquella que siempre me había gustado más y que, de hecho, salvo una única debilidad, era de lo mejor del mundo. Anduvimos un cierto tiempo de aquí para allá hasta que nuestro carruaje se detuvo en una pequeña casa que no tenía ninguna apariencia singular. La puerta se abrió, pasamos y fuimos recibidas por una mujer ya algo entrada en años, que se puso en frente de nosotras con algunas luces. Estaba vestida con un andrajoso vestido gris y llevaba unos anteojos enormes en la nariz y un rosario en la cintura que le llegaba hasta los pies. Esta vestimenta y una cara rojiza y redonda que miraba hacia fuera de una cofia pasada de moda, con un par de ojos pequeños que hacía girar de manera devota, le daban todo el aspecto de una beata, por lo que comencé a pensar que habíamos llegado a un convento. Pero esta suposición se desvaneció pronto cuando me llevaron a unos aposentos compuestos de cuatro habitaciones comunicadas entre sí y que, tal y como se me dijo, sería mi futura vivienda.
p. 146»Cada una de las habitaciones era más lujosa que la anterior: alfombras, espejo, porcelana, cuadros, grabaduras en madera, doraduras… todo era tan bello que durante algunos instantes me vi deslumbrada por ello. La vieja, que me había acompañado hasta allí, no esperó hasta que me pudiera recuperar del estupor en el que, a decir verdad, el miedo y la satisfacción estaban mezclados a partes iguales.
»—Ahora te dejo sola, mi querida Jacinta –me dijo tras llevarme consigo aparte–. Eres adorable y se te ha puesto en la cabeza ser también virtuosa. La ocurrencia es buena y, cuando sepas aprovecharte de ella, tu virtud podrá resultarte cientos de veces más provechosa de lo que me resultan tu juventud y belleza.
»Con estas palabras me abandonó sin esperar ni siquiera a mi respuesta. La beata la siguió una vez que me hubo deseado buenas noches con una profunda reverencia. Tan pronto como me hallé a solas, comencé a reflexionar sobre esta aventura. Le pregunté a la pequeña Estrella, que se había quedado conmigo, si bien esta no me pudo decir mucho más que el marqués de Villahermosa (exactamente el mismo que había tomado partido por mí esa misma tarde), tras mi partida con la vieja, se había marchado, para volver de nuevo tras una hora180. Esto me pareció suficiente como para reforzarme en la suposición de que la vieja alcahueta me había vendido a este joven caballero. Pasé el resto de la noche en el sofá, en una poco tranquilizadora confusión de pensamientos que iban y venían. Reflexioné sobre cómo debería mostrarme ante el marqués y mi imaginación pintó una buena cantidad de aventuras que había leído en las viejas novelas, y mi pequeña vanidad se vio halagada por el pensamiento de que yo misma podría llegar a ser la heroína de una de estas novelas181.
»«Sin duda», pensé, «el marqués me ama y, si me ama, puedo estar segura de que me tratará con respeto. Quizá piense en ganarme gracias a regalos, joyas, ricos ropajes y un lujoso modo de vivir, pero se encontrará con una realidad bien distinta. El mero pensamiento de que pueda existir en el mundo un precio para que Jacinta se entregue revuelve lo más profundo de mi ser. Por ese lado tengo poco que temer. Pero… ¿y si fuera adorable? ¿Y si, sin apenas notarlo, va poco a poco seduciendo mi corazón? ¿Y si fuera verdad aquello de que el amor no está en nuestras manos? Al menos sí que depende de mí poder ocultarlo y, si aun así lograse descubrirlo, ni se lo confesaré ni prestaré atención a sus demandas, al menos hasta que haya descubierto a quién debo mi existencia. ¡Oh, tú, cuya sangre da vida a este corazón, seas quien seas, mi corazón me dice que eres digna de una hija de la que no tendrás que avergonzarte si algún día por tal tuvieras que reconocerla!»
»Su orgullo hirió el mío y de ninguna manera podía el marqués presuponer orgullo a la hija de una gitana. No agotaré vuestra paciencia con una detallada narración de las explicaciones que me dio y de las respuestas que le ofrecí. La honestidad con la que le di a conocer mi indiferencia a sus encantos y la orgullosa humildad con la que rechacé un bello adorno de diamantes que (tal y como dijo ingeniosamente) solamente serviría para ser oscurecido por el brillo de mis bellos ojos, parecieron dejarlo perplejo. Le dije que no podría estarle agradecida por nada que no fuera una recomendación para entrar al servicio de alguna amiga o familiar suya. Él no lograba encajar una petición tan humillante con el orgullo que encontraba en el resto de mis convicciones y, después de varios intentos fallidos tratando de conducirme a otros pensamientos, me dejó, con la esperanza, tal y como dijo, de que la repulsión que su figura había tenido la desgracia de causarme no resultase insuperable.
p. 147»En cualquier caso, sus esperanzas le traicionaron en esta ocasión. Tras algunas visitas que me hizo, llegó a pensar que no debía de tener alma. Insistí, en cualquier caso, repetidas veces en que me volviese a otorgar mi libertad.
»—¿Y qué querrás hacer con tu libertad, pequeña loca? –me decía.
»—Mi señor –le respondí–, me resulta imposible daros esperanzas que no se correspondan con los dictados de mi corazón. Estoy completamente segura de que, en ocho días, o en ocho semanas, como deseéis, os amaré tan poco como lo hago ahora. Podéis estar seguro de ello y eso es todo lo que podéis esperar de mí.
»—¿Es eso todo? –respondió el marqués de manera sarcástica–. Eres muy honesta, Jacinta, y, al menos, no me puedo quejar de que me dejes en un estado de incertidumbre continua. En tu lugar, otra me habría convencido de que me amaba incluso aunque no fuese cierto.
»—No sé lo que habría hecho otra –respondí–, pero lo que sí sé es que aquí no estoy en el lugar que me corresponde y que no comprendo qué es lo que queréis hacer conmigo una vez que ya os he dicho que jamás os amaré.
»—Escucha, Jacinta –me dijo el marqués–, es justo que corresponda a tu honestidad. Te he encontrado en una casa en la que no se busca a mujeres precisamente remilgadas y en la que no podrías haberte tomado a mal que me hubiera comportado contigo tal y como lo hicieron los jóvenes de cuya vehemente malicia te liberé. Vi claramente que resultaría inapropiado situarte en la misma categoría que la de tus complacientes hermanas. Me gustaste, tu inocencia me cautivó, en resumen, te encontré adorable y me decidí a liberarte de una casa en la que seguramente te encontrabas más fuera de lugar que aquí. Negocié con tu madre por ti…
»—¿Qué habéis dicho, señor? –grité–. ¿Habéis negociado por mí?
»—Así es –respondió él–, y por bastante dinero, por lo que no puedes exigir que malgaste mi dinero en vano.
»—¿Acaso sabéis –dije–, que esa vieja que se hace pasar por mi abuela no lo es?
»—¿Y quiénes son tus padres? –preguntó el marqués.
»—No lo sé –respondí–, quizá sean gentes honestas, quizá sea mejor que no los conozca, pero os digo que, en la incertidumbre en la que me encuentro, me parece que lo más seguro es pensar que quizá sea de buena familia y que, a pesar de lo irrisorio que os pueda parecer este pensamiento, este tiene tal poder sobre mí que las más espléndidas promesas y las más horribles amenazas no me sacarán de mi empeño por seguir siendo una doncella honorable, a pesar incluso de los prejuicios que mis circunstancias actuales puedan despertar en mi contra. La vieja no tenía ningún derecho a venderme y está en vuestro poder obligarla a devolver una ganancia tan ilegítima.
»—¿De verdad piensas eso? –dijo el marqués burlándose–. Tengo que decirte, sin embargo, que no tengo intención alguna de hacerlo y que, con permiso de todas las bellas imaginaciones con las que te has llenado la cabeza, has de ser mía, lo quieras o no. Mira, Jacinta, no creo en la virtud de una muchacha de quince años y no serás la primera desagradecida entre las muchas que me he encontrado. Te aseguro que otras mucho mejores que tú no me han puesto tantas excusas.
»Respondí a este discurso con un mar de lágrimas y esto pareció hacer dudar al marqués sobre qué debía hacer conmigo. Me lancé a sus pies y le pedí de la manera más conmovedora que me pusiese en libertad y que me abandonase a mi destino. Mis súplicas tuvieron más bien el efecto contrario. Me levantó con un movimiento extraordinario, se lanzó a mis pies y me dijo todo lo que las pasiones más vehementes pueden llegar a decir. Creo que hay algo contagioso en los sentimientos intensos y aquello que experimentan los espectadores en la platea ante la representación viva y verdadera de una pasión parece ser la confirmación de mi parecer. No amaba al marqués, pero tampoco podía evitar verme conmovida por la intensidad de su amor. Se había apropiado de mis manos y sintió seguramente cómo mi pulso se aceleraba, y vio cómo mis mejillas adquirían un color más rojizo de lo habitual y, puesto que los sentidos tenían más poder en su amor que el corazón, creyó que este era el instante en el que podía llegar a sorprenderme. Sería irrisorio intentar convenceros de que no albergo debilidad alguna. La virtud reside, en mi opinión, no tanto en una completa insensibilidad –que jamás puede ser un mérito–, sino más bien en el triunfo de un sentimiento o una pasión más poderosos sobre los impulsos de la naturaleza. Sea como fuere, me alegra poder contaros que el primer intento que el marqués hizo de aprovecharse de mi confusión me devolvió la fortaleza que había mostrado desde un primer momento. Me desprendí de él y le dije que no quería escuchar nada más sobre un amor que no deseaba avivar en modo alguno. Añadí tantos razonamientos para convencerlo completamente de ello que finalmente agoté su paciencia. Lanzó su cólera sobre mí, me acusó de que mi mojigatería no era más que una mera estratagema con la que pretendía llevarle a cometer la estupidez de hacerle sacrificar su honor por mí y juró que, a pesar de mis ancestros, aunque descendiese en línea directa del rey egipcio Misphragmutosis, ya haría que me comportase mejor con él182.
p. 148»Su ira y sus amenazas me asustaron tanto que empleé todo mi ingenio para tratar de tranquilizarlo de nuevo mediante suaves palabras. Empleé precisamente algunas que, sin forzar demasiado su sentido, le permitirían albergar perspectivas más halagüeñas. Poco a poco pareció darse por satisfecho y me abandonó con la promesa de que, si en los tres días que me daba como periodo de reflexión, persistía en mi rechazo, no se opondría más a que me alejase. Me dijo todo esto de una manera tan franca que llegué a creerle. Pasé el resto de la tarde tranquilamente y estaba no poco satisfecha con la victoria que creía haber obtenido sobre él. Tomé mi tiorba, canté, bromeé con la pequeña Estrella, cené y me fui a la cama. Todavía no me había dormido y una vela de cera aún ardía en la mesita de delante de mi cama, cuando escuché abrirse la puerta de mi dormitorio. Me habría asustado completamente si hubiese visto un espectro delante de mí, pero me asusté mucho más cuando vi que se trataba del marqués. Estaba vestido únicamente con un ligero camisón de noche y había algo tan salvaje en su mirada y en sus gestos que temblé de miedo cuando lo vi acercarse a mí. Quise saltar apresuradamente de la cama, pues nunca me desvestía completamente del todo para dormir, pero me agarró y juró que me haría entregarme, costase lo que costase. Lancé un grito terrorífico y me defendí, a pesar de que trató de taparme la boca con besos, pero lo hice con tal ira que se vio obligado a tomar un respiro. Comencé a gritar de nuevo y lo hice lo suficientemente alto como para que Estrella, que vivía en la cuarta habitación cercana a la mía, se despertase y, en un atuendo que mostraba a las claras su miedo, se apresurase a ayudarme. Al verla se redobló mi valor, a pesar de lo débil que resultaba la ayuda que podía esperar de ella. Empujé al marqués con tanta fuerza que se tambaleó hacia atrás arrastrando consigo a la pequeña Estrella. Esta circunstancia, a pesar de lo insignificante que pueda parecer, fue en esta ocasión mi salvación.
»La buena muchacha no tenía uno de esos rostros que en España se consideran bellos, si bien entre los africanos puede que solo le hubiera faltado el color del país para ser una gracia. En cualquier caso, para suplir esta, el desorden que su caída había acarreado en su ropa más o menos ligera descubrió al marqués las bellezas con las que la naturaleza parecía haberla compensado por su rostro. Se vio tan embelesado por ellas que repentinamente tomó la decisión de tomarla como instrumento de venganza por mi mojigatería. Le reveló las impresiones que sus encantos habían causado en él con una retórica tan viva que Estrella difícilmente pudo tomarlas a broma, huyó como Dafne y él la siguió como Apolo, pero con más éxito183. En una palabra, se encerró en la habitación de ella y, en un abrir y cerrar de ojos, ya no recordaba que existía una tal Jacinta. Este inesperado cambio de las circunstancias hizo que me surgiera una ocurrencia que decidí poner en marcha inmediatamente. Me vestí al completo y, una vez que hube esperado un rato, me deslicé por las puertas de la habitación de Estrella para escuchar si podía creerme segura. Jamás podría esperar de nuevo una oportunidad tan propicia para la fuga. La vieja beguina se había ido despreocupadamente a dormir porque sabía que el marqués estaba en la casa y este estaba tan ocupado con su nueva conquista que quizá no me habría oído incluso si hubiera sido menos cuidadosa184. Salí de mi habitación a hurtadillas, si bien tan llena de temor que apenas si me atrevía a respirar y, tras un buen rato (estaba muy oscuro y traté en todo momento de evitar tropezar o hacer algún ruido), llegué finalmente hasta las puertas de la casa, que encontré cerradas. Anduve a tientas un buen rato hasta que encontré abierta una suerte de pequeña habitación que tenía una pequeña apertura que daba a la calle y que estaba custodiada con barrotes de hierro en lugar de con una ventana. Encontré que los barrotes estaban lo suficientemente separados los unos de los otros como para poder introducirme a través de ellos. Finalmente, si bien con mucho esfuerzo y con muchos dolores, lo conseguí.
p. 149»Podéis imaginaros la alegría que me invadió cuando por fin me vi en la calle. Corrí lo que pude, sin saber adónde y, como la casa en la que estaba se encontraba en los arrabales de la ciudad, al poco tiempo me vi a campo abierto. Jamás el cielo estrellado me pareció tan bello como en ese momento, en el que propició mi huida. Me encomendé a los protectores invisibles de la inocencia y, tan pronto como me di cuenta de que me encontraba en el camino correcto, salí corriendo como si tuviera alas en los talones. Cuando salió el sol ya me encontraba a tres horas de Sevilla. Cambié mis ropas con las de una joven campesina de mi mismo tamaño que me encontré y, una vez que en una aldea cercana me hube provisto de pan y una jarra con leche fresca, continué mi viaje. Descansé durante el día en un espeso bosque y me marché al atardecer, hasta que llegué a una posada en la que podía pasar la noche. Dirigí mi viaje hacia Calatrava, donde esperaba poder preguntar por la bondadosa dama, en cuya generosidad e inclinación por mí residían todas mis esperanzas, pero, como me veía obligada a viajar a pie (pues quizá por unos reparos exagerados no me había llevado más que el poco dinero que tenía conmigo cuando abandoné la casa de la gitana y esto apenas bastaba para mis necesidades del viaje), mi peregrinaje fue lento y tuve suficiente tiempo para reflexionar sobre los acontecimientos pasados y mi futuro destino. A pesar de lo poco propicio que parecía mi presente, siempre permanecí alegre, pues la idea de que mi inocencia me había sacado de unas circunstancias tan obscenas me mantenía ligera y alegre, y, de todo lo que se quedó en la pequeña casa del marqués, solamente echaba de menos mi bella tiorba de madera de sándalo, con la que podría haber hecho mi camino más ameno. No es que cantara menos por ello, pues lo hacía a lo largo de todo el día y me inventé el pasatiempo de imitar el canto de los ruiseñores, arte que, modestia aparte, perfeccioné tanto que podría haber despertado la envidia de los propios ruiseñores.
»De este modo llegué finalmente sin que me ocurriese aventura alguna al castillo en el que vivía la dama que buscaba, pero juzgad cuán grande fue mi abatimiento cuando se me dijo que la joven señorita, su única hija, había muerto por la viruela hacía unos pocos meses y su madre, por el dolor ante la pérdida de una niña que era su única satisfacción, se había encerrado en un convento no muy lejos de Toledo. Estas noticias abatieron mi ánimo tanto que permanecí un par de días enferma. Mi situación no podía ser más desesperada, pues me hallaba sin dinero, entre desconocidos y con una vestimenta bastante pobre, lo que, amén de todas las incomodidades que esta acarreaba, hizo que se viese claramente que estaba disfrazada. No tenía otra escapatoria que buscar servicio con cualquier otra dama, pero la dificultad residía en encontrar a alguien que quisiera ayudarme para recomendarme a una buena casa.
»Estando en una situación tan apurada, sin saber a quién dirigirme, me encontré con una compañía de comediantes que llegó a la posada en la que me alojaba. La mujer del director, que era una persona de fina apariencia y corteses maneras, entabló contacto conmigo. Nos caímos bien desde el primer momento y no tardó en ganarse mi confianza de manera tan completa que le revelé mi historia y todos sus detalles. Precisamente ella necesitaba a una joven para sustituir a su mejor actriz, ya que el conde de L. se la había robado hace poco, causándole no pocos daños a la compañía. Me preguntó si no tendría interés en dedicarme al teatro y no se ahorró todo tipo de elogios y razones para tratar de insuflarme el deseo de hacerlo. Naturalmente, una muchacha que hasta ese momento no había sido otra cosa que una pequeña gitana no podía sino sentirse halagada al verse elevada a la figura de heroína teatral, sin embargo, a pesar de mi juventud, sabía muy bien que a ojos del mundo la diferencia entre una comediante y una gitana no es tan grande como se imaginan las princesas del teatro y la buena dama Arsenia tuvo que trabajar mucho hasta que pudo acabar con todos mis reparos. Estaba completamente fascinada por mis convicciones y redobló sus halagos y razonamientos para tratar de dirigirme a un modo de vida que, según su opinión, no tenía nada de innoble o sospechoso y que, precisamente por los malos hábitos de la mayoría de los que lo practican, había acabado teniendo una mala reputación. Para demostrarme esta sentencia, que me parecía tener una gran apariencia de verdad, y cuando le pregunté si no debía admitir que una joven actriz podía verse sometida a más tentaciones que otras doncellas, contestó insistiendo en que la valentía y la firme voluntad de permanecer virtuosa en ese oficio redoblarían mi honra en una profesión en la que había que hacer tanto por permanecer virtuosa. En una palabra, la realidad que me pintaba Arsenia, sus halagos y sus súplicas, así como la amistad que me prometía y mis apuros de ese momento, que no me dejaban otra opción, superaron finalmente mis objeciones a ceder y me encomendé a una profesión para la que ella pensaba que poseía un talento especial. Fui aceptada en la compañía con la aprobación general de todos y, una vez que Arsenia me hubo revelado los secretos de su arte, se decidió que Córdoba sería el lugar donde haría mi primera aparición pública. Los espectadores me juzgaron tan positivamente como a Arsenia y he de confesaros que el alegre aplauso y la viva expresión del contento general que de todas partes sonríe a una actriz que goza del favor del público es un momento dulce y peligroso para la vanidad de una joven muchacha.
p. 150»Mientras tanto, las sensaciones que experimenté por los aplausos que disfruté durante toda la representación y que probablemente se debían a la novedad de mi figura, no podían apartar totalmente los humillantes reproches que me hacía a mi misma tan pronto como dejaba de ser Inés o Roxelana. Me avergonzaba al pensar que había sido lo suficientemente desvergonzada como para abandonarme a los ojos del público, excitando al mismo tiempo con una personalidad prestada pasiones que en cierta medida parecían sugerir a la juventud descarriada la esperanza de obtener mi favor, el de mi propia persona, en privado. Estas consideraciones, que, por una parte, amargaban todos los aspectos agradables de mi profesión, me hacían, por otra, mucho más cuidadosa en mi comportamiento. Mi corazón, que jamás había mostrado tendencia alguna hacia el mal, hizo que me resultase fácil mantenerme alejada de la tentación, pero la dificultad residía en un estilo de vida tan bohemio como aquel, en evitar las apariencias e incluso forzar a los maliciosos calumniadores a declarar intachable mi conducta al menos a través de su silencio. No sé en qué medida pude llegar a ser feliz de este modo, pero sería una desagradecida si olvidara decirles que Arsenia, que se ganaba cada vez más mi respeto conforme iba conociéndola mejor, ejerció de madre para mí y me resultó tremendamente útil para alcanzar mis objetivos. Jamás permanecía lejos de su mirada, comía y dormía con ella, su manera de conducirse y su ejemplo desarrollaban y entretenían mis sentidos, y su personalidad, a la que todo el mundo debería hacer justicia, me protegió de la maldad de aquellos que se toman como norma aquello de que una persona que parece virtuosa es en realidad únicamente cuidadosa. Dejamos Córdoba en pocas semanas y nos dirigimos hacia Granada, donde pasamos prácticamente un año y donde disfrutamos de un éxito ininterrumpido. Aquí tuve la suerte de conocer a don Eugenio. El gran respeto que se le tenía por sus servicios y por sus modales le distinguía de la mayor parte de los jóvenes de la nobleza, tanto como para que Arsenia pudiera tomarlo en una cierta consideración y le invitase, junto a un grupo reducido de sus amigos, a visitarnos en algunas ocasiones, algo que, lejos de poder resultar reprobable, se tomaba como la demostración de que debíamos resultar de un valor mayor del que nuestra condición parecía aventurar. En una compañía como esta, en la que la bondadosa parcialidad de don Eugenio por mí no es ningún secreto, se me permitirá decir que debería haber carecido de sentimientos para no verme conmovida por sus convicciones. No me avergüenzo de decir que desde el comienzo de nuestro trato sentí por él un grado de respeto que jamás había sentido y que creo que jamás sentiré por otra persona. Si tuviese el derecho a estar orgullosa por algo, lo estaría sin duda por la amistad con la que me ha honrado. El mundo, que siempre juzga sin saber o sin tomarse la molestia de investigar, me achacó un cierto cálculo en mis intenciones del que mi alma sincera jamás sería capaz. Desde entonces me he tranquilizado en cada momento pensando en que don Eugenio me conoce mejor, y la ejecución de un plan que me marqué hace tiempo justificará, espero, una amistad de la que todavía no me ha considerado indigna.
179 Véase la nota 52.
180 El ducado de Villahermosa fue instaurado por Juan II de Aragón (1398–1479) en 1476, nombrando a su hijo Alonso de Aragón (1470–1520) el Grande —hermanastro de Fernando el Católico y maestre de la Orden de Calatrava entre 1443 y 1485— como primer duque. Carlos I concedió al ducado la grandeza de primera clase en 1520. El marquesado de Villahermosa de San José es un título nobiliario instaurado por Carlos II en 1696 junto al vizcondado previo de San Javier del Castañar en favor de Juan Francisco Tamayo de Mendoza y Navarra (1657–1725), miembro de una de las familias criollas más acaudaladas del Perú. Por las fechas en las que se sitúa la novela, cercanas a las Guerras de Sucesión españolas, parece probable que Wieland se esté refieriendo a este segundo marquesado.
181 La historia del cautiverio de Jacinta con el marqués de Villahermosa guarda interesantes reminiscencias con la Pamela, or Virtue Rewarded [Pamela, o la Virtud recompensada] (1740) de Samuel Richardson. La heroína de la novela richardsoniana, cuyo carácter quijotesco ha sido destacado por Pardo en su artículo “Novel, Romance and Quixotism in Richardson’s Pamela”, Atlantis 18.1–2 (1996): 306–336, sufre un acoso simlar por parte del noble Mr. B., pero elude su adverso destino casándose con él, algo que no ocurrirá en el caso de la Jacinta de Wieland. En cualquier caso, el paralelo entre ambas fue destacado por el propio Wieland en su edición del Don Sylvio de 1772, en la que añade que la Pamela richardsoniana no podría haber tenido un comportamiento más virtuoso que esta.
182 Posible referencia al faraón egipcio Amenofis II, de la XVIII dinastía (que reinó entre el 1443 a.C y el 1417 a.C, también conocido como Meframutosis por Flavio Josefo), o quizá Tutmosis III, que reinó en Egipto entre el 1490 a.C y el 1443 a.C.
183 Referencia al mito de Apolo y Dafne. Apolo, dios de las artes y de la música, fue castigado por Eros por burlarse de su arco y flechas. Eros tomó dos de sus flechas, una con la punta de diamante y la otra con la punta de hierro. La de la punta de diamante causaba el amor, la de hierro, el odio. Con la de hierro alcanzó a Dafne, con la de diamante a Apolo, que se vio obligado a amar y perseguir a Dafne, quien siempre lo rechazaba, hasta que los dioses intervinieron y le permiten a Apolo alcanzarla. Para evitar a Apolo, Dafne pide ayuda a su padre, el dios Ladón, quien la transforma en un árbol, concretamente en un laurel. Apolo promete amarla eternamente como su árbol y coronar con sus ramas a los héroes de los Juegos Olímpicos.
184 Las beguinas constituyeron durante la Edad Media en Flandes y en los Países Bajos agrupaciones de mujeres que vivían juntas con el objetivo de servir a Dios, si bien lo hicieron al margen de las estructuras de la Iglesia católica, por lo que no deben ser confundidas con monjas.
