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Capítulo XIII Don Eugenio continúa la historia de Jacinta

Mientras decía esto, la adorable Jacinta parecía tan conmovida que, a pesar de todos sus esfuerzos por ocultarlo, tuvo que interrumpir un poco su discurso.

—Bella Jacinta, permitidme –dijo don Eugenio sin que pareciese que había notado su inquietud– que continúe vuestra narración ahora que habéis llegado a aquella parte de vuestra historia en la que esta comienza a entrelazarse con la mía.

»Ha pasado casi un año –continuó– desde que viajé con don Gabriel a Granada, donde tenía que poner ciertos asuntos en orden. Visité el teatro una vez y allí vi a Jacinta. Me gustó y me emocionó. Lo primero era la consecuencia natural de los encantos de su persona, pues, ¿a quién no le gustaba? Y lo segundo me parecía ser una consecuencia natural del papel que en esa ocasión le tocaba representar. La aprobación general del público que ella recibió y que en mi mente parecía fundir su persona con aquella que debía representar no me confundió, pues me di cuenta de que en realidad era una actriz de un talento mediano. Es cierto que, en determinados momentos, en los que tenía que expresar nobles ideales o los verdaderos y no impostados sentimientos de la naturaleza, parecía inmejorable, pero el poeta se había cuidado de que solamente pudiera hacerlo en determinadas ocasiones y en todo lo demás creí darme cuenta de que se veía obligada a adoptar ideales o estados de ánimo que no le eran propios. Esta observación hizo que me causara una impresión todavía mejor y me pareció que, en toda la tarde, no me gustó más que cuando, como actriz, menos debería haberme gustado. Salí de la comedia y me vi profundamente afectado cuando me di cuenta de que la imagen de esta joven muchacha me perseguía por todos lados. Durante toda la velada la veía delante mía, el conmovedor tono de su voz resonaba todavía en mis oídos y todas las distracciones sociales con las que pasé la tarde no fueron capaces de arrebatar a estas impresiones un ápice de su vivacidad. No presté atención durante un tiempo y me esforcé por tratar de dispersar por fin estos pensamientos, pero siempre volvían y necesité al menos un par de días para que estos pudieran ceder su lugar a otras ideas con las que entonces me vi ocupado.

»Después de algunos días volví al teatro y esperé en vano que actuase Jacinta. En esta ocasión había sido sustituida por otra que poseía en un grado mucho mayor el talento de transformarse en todas las figuras posibles, lo que hace verdaderamente al buen actor. Con todo, me desagradó, sin que pudiera dar otra razón que no fuera otra que el no ser Jacinta, y jamás tuve que esperar hasta el último acto tan impacientemente. Pedí información sobre Jacinta a uno de mis amigos y por él conocí la personalidad de Arsenia, a la que se tomaba por su tía, y el tipo de vida retirada que llevaban. Estas noticias aumentaron mi curiosidad y me decidí a conocerla. La visité y descubrí que mi amigo no se había excedido al hablar bien de Arsenia. Se está tan poco acostumbrado a buscar en una actriz virtud, principios y nobles ideales que, una vez que estos se encuentran, uno no puede evitar considerarlos como el resultado de su arte, como aquellos que los poetas les hacen representar. Observé a Arsenia durante un tiempo con toda la desconfianza que su condición parecía hacer necesaria y de ese modo ganó tanto a mis ojos como habrían perdido aquellos que hacen grandes alardes de su propia virtud. Juzgad vosotros mismos si acaso presté menor atención a Jacinta. Su juventud parecía liberarla de cualquier sospecha de que el fingimiento y lo artificial pudieran haber tenido parte alguna en la inocencia que todo su ser parecía exhalar. Era imposible observarla con una mirada de desconfianza, pero la satisfacción que encontré al verme reforzado en la idea que tuve de ella desde el primer momento en el que la vi hizo que la observase con una sagacidad a la que nada escapaba. Precisamente esta honestidad y la adorable nobleza de su corazón, que la hacía incapaz de las pequeñas triquiñuelas que las bellas suelen emplear, o bien por vanidad, o bien por otras intenciones de nuestros corazones, hacía que no se percatase de que estaba siendo observada. Le preocupaba tan poco ocultarse como mostrarse. Gustaba sin querer gustar y la gracia que expresaba cada uno de sus más pequeños movimientos era tan natural y tan poco artificial como el color de su rostro. Sus acciones jamás tenían más que una intención y nunca una distinta a las que debían de tener por su propia naturaleza. Parecía no saber que los ojos, incluso cuando estos por naturaleza fueran tan sensibles como los suyos, podían ser utilizados para algo más que para ver. Jamás sonreía para mostrar sus bellos dientes y a menudo dejaba pasar en una hora más de veinte ocasiones de las que otras se habrían aprovechado para mostrar a los presentes la belleza de un brazo bien formado o la seductora delicadeza de un pequeño pie. Vuestra presencia, Jacinta, hace irrelevante que continúe pintando un retrato con el que jamás estaría satisfecho. La inocencia posee una cantidad infinita de deleites que tan difícilmente pueden ser descritos como imitados por el arte y cuyo efecto es tanto más peligroso, puesto que parece ser tan dulce e inocente como aquella misma. Mi corazón ya estaba completamente rendido a ella antes de que pensase en lo lejos que podían llevarme los sentimientos que ella, si bien sin intervención alguna por su parte, me infundía. Sin percatarme, me acostumbré a verla todos los días y, sin darme cuenta, todo aquello que antes me resultaba agradable perdió su encanto para mí. Su mera presencia me situaba en un estado de hechizo y sin ella todo me aburría. Poco a poco me retiré de toda sociedad, de todos los divertimentos y entretenimientos, para de este modo poder disfrutar sin ser molestado de la única satisfacción de la que ahora era capaz mi corazón. Cada instante que por casualidad alguna me obligaba a verla algo más tarde de lo acostumbrado se alargaba durante una mortal eternidad y una tarde entera que pasara en compañía de Arsenia y de ella (ya que nunca la veía a solas) me parecía un instante una vez que había acabado.

p. 152»Los reproches de mis amigos me obligaron finalmente a dar cuenta de una inclinación que parecía haber extinguido de mi corazón todas las demás y las pequeñas discusiones que entablamos entre nosotros por ello me descubrieron que este afecto, en lugar de ser, como era de ley, un mero pasatiempo o un capricho pasajero, era una pasión que iba a decidir la felicidad o la infelicidad de mi vida. No quiero aburrirles con una detallada descripción de todo lo que aconteció en mi corazón a raíz de este descubrimiento. Aquellos que piensan que el amor puede ser combatido con éxito hablan de un amor que solamente puede ser llamado como tal en un sentido muy impropio. Esta flameante llama, encendida únicamente a través de la belleza o de una necesidad recíproca y que es a su vez mantenida por el deseo; estas relaciones aleatorias en las que el corazón apenas tiene algo que ver y en las que uno, ya sea por vanidad, aburrimiento, curiosidad, capricho, costumbre o conveniencia, tan pronto se ve envuelto en ellas como las revoca, como y cuando uno quiera, y a las que, a pesar de que poco tienen que ver con el amor, amor se las llama simplemente por otorgarles un nombre honorable; estas pueden ser combatidas y vencidas sin apenas esfuerzo. Pero sobre un amor verdadero, aquel que se cimenta en un secreto acuerdo entre los corazones y que está vinculado a una admiración recíproca, sobre aquel jamás se ha vencido y las dificultades que se le sitúan en el camino no sirven más que para reforzarlo. Me hice todos los reproches imaginables, sentí su fuerza y bien supe que todos los prejuicios que despertaba mi amor no podían pasar sin castigo. Pero ¿qué pueden todas estas consideraciones frente a una inclinación que le proporcionaba a mi corazón la fuente de una felicidad interior a la que estaba dispuesto a sacrificar cualquier otra fortuna? Sacrificio este por el que aquel que verdaderamente ama se ve ampliamente recompensado gracias a una única mirada, por una única lágrima de ternura. En cualquier caso, tan bien sé que en este pequeño grupo de amigos no debo pedir disculpa alguna, como que aquellos que tienen la poca fortuna de ser incapaces de experimentar este tipo de sentimientos no admiten ninguna disculpa.

»Con toda la intrepidez posible, me decidí a ser un imbécil a ojos de estos últimos y dirigí entonces todos mis esfuerzos a asegurarme de que el amor del que la felicidad de mi vida dependía fuese correspondido. Mi trato con Jacinta duraba ya algunos meses y mis intenciones eran firmes en mi interior, sin que ella, por otra parte, tuviera motivo alguno para verme como un enamorado. Mi conducta era sumamente distante y la amabilidad que mostraba por ella se parecía tanto a la que un hermano puede mostrar por una hermana que Arsenia finalmente comenzó a albergar ciertas sospechas sobre mis intenciones. Esta descubrió cómo yo mismo deseaba que la cierta simpatía que parecía haber entre nuestros corazones fuera desarrollándose poco a poco y por sí misma en el de Jacinta, pero al mismo tiempo dudaba de que el uso que yo haría de esta fuese tan inocente como ella desearía por amor a su Jacinta. Ciertamente tenía motivos para esperar lo mejor de mi manera de pensar y de mis principios, pero, por otro lado, los prejuicios del mundo o quizá la consideración de mi propia fortuna establecía un abismo tan profundo entre nosotros que ella quizá no confiase demasiado en que contase con la valentía o el amor suficientes para superarlo. Ella sabía muy bien que el mundo se vería más inclinado a dar por buena una relación en la que únicamente Jacinta podía ser sacrificada a mis deseos que a disculpar una que, según las máximas de la mayoría, pudiera oscurecer mi propio honor. En lo referente a mi manera de pensar, su conocimiento de las personas era demasiado bueno como para que hubiera podido llegar a tomar los principios de un joven como garantía suficiente contra sus pasiones. Estas consideraciones, que me reveló poco después, no le parecieron en cualquier caso lo suficientemente apremiantes como para que la inocente querencia que poco a poco se desarrollaba de una manera prácticamente inapreciable en el corazón de su joven amiga hubiera de ser ahuyentada por preocupaciones infundadas, pero Arsenia redobló su atención sobre mí y trató de buscar la oportunidad, si bien de una manera bastante elegante, para que, tal y como ella pensaba, pudiera revelar mis sentimientos de una manera más clara.

p. 153»De entre una cantidad de jóvenes que se habían declarado admiradores de la adorable Jacinta y que hacían valer sus supuestos derechos para atosigarla entre bastidores con todo tipo de sinsentidos, había varios que habrían llevado sus intenciones más lejos si hubieran podido confiar en alcanzar algún triunfo, siempre que, en su opinión, yo no me interpusiera en su camino. Sin embargo, pese a lo desagradable que me resultaba no poder liberar a Jacinta de este molesto enjambre, sabía que contaba con pocos motivos para preocuparme por que alguno de ellos pudiera resultar peligroso para su corazón. Pensaba que la situación no resultaba del todo diferente a la que tiene que sufrir la rosa que tiene que permitir que todo tipo de bichos zumben alrededor suya; y el comportamiento de Jacinta, que era capaz, para su propio asombro, de infundir a este tipo de petimetres una suerte de respeto, hacía que estuviese tan tranquilo sobre este aspecto como podría haberlo estado si hubiera permanecido indiferente respecto a ella. Únicamente don Fernando de Zamora, que llegó a Granada en esa época y que desde el primer momento que vio a Jacinta en el teatro mostró una –a su manera– impetuosa atracción por ella, no me dejó descansar tranquilo mucho tiempo. Un rival que unía la belleza de un Narciso con la insolente desenvoltura de un sátiro y que estaba acostumbrado a dar rienda suelta a sus deseos, además de poseer unas incontables riquezas de las que se había enseñoreado tras la muerte de sus padres y que despilfarraba sin medida alguna para la satisfacción de sus impulsos; un rival tal, a pesar de lo poco que me preocupaba que el corazón de Jacinta pudiera sentir algo por él, no podía ser considerado como indiferente en varios aspectos. Acompañó su primera declaración de amor con regalos que quizá podrían haber tentado incluso a la más orgullosa y mojigata virtud. Jacinta los mandó devolver sin suponer que con ello hacía un gran sacrificio a su propia inocencia o a mi amor, el cual, si bien me había encargado de que siempre pareciese permanecer dentro de los límites de la amistad, no era ningún secreto; pero, a fin de preservar una cierta cortesía, no pudo evitar recibir sus visitas ni los lujosos y extravagantes divertimentos que don Fernando, en honor a su propia vanidad, organizó para que Arsenia y otras de sus amigas del teatro tomaran parte en ellos. A pesar de lo doloroso que le resultó a mi corazón, me decidí a dejar que, ante este peligro, si es que así lo era, fuese el suyo el que tomase las riendas.

»Don Fernando, al que toda Granada podía decirle que jamás vi a Jacinta salvo en compañía de Arsenia o de otras personas, no podía imaginarse que yo fuese un rival, pues en su precisa observación no pudo descubrir en mi comportamiento algo que me hiciese sospechoso y, de hecho, de haber tenido alguna sospecha, se habría mostrado más presto a redoblar sus ataques sobre su corazón. En cualquier caso, ni su belleza, ni su reluciente vestimenta, ni sus regalos, ni sus fiestas, ni la monstruosa cantidad de odas y elegías en las que se quejaba de la dureza diamantina de su corazón o en las que se maravillaba de cómo la cálida nieve de su bello pecho pudiera ser tan fría, fueron capaces de conseguir que en este corazón de roca saltase una mínima chispa de misericordia, a pesar de todos los lamentos que todo el gremio poético de Granada expresó a expensas del dinero de don Fernando. Finalmente, este encontró más adecuado dedicar su corazón, su dinero, sus regalos y sus elegías a otra actriz que, salvo en lo referente a la mojigatería (como la llamaba ella), nada tenía que envidiar a Jacinta en todo el resto de aspectos. Si bien yo tenía motivos de sobra para estar satisfecho con el resultado de esta aventura, por otra parte, las incomodidades de la vida teatral a la que debía ver sujeta a Jacinta hacían que estuviese impaciente por liberarla. En ese momento creí estar tan seguro de su personalidad y de su corazón que consideré superflua una observación más prolongada de estos, por lo que me dispuse a descubrirme ante Arsenia y a convenir con ella los medios para la ejecución de mi propósito. Sin embargo, una enfermedad que la consumía y cuyo rápido desarrollo hacía dudar incluso de una posible recuperación la obligó a anticipárseme. Concertó una entrevista conmigo en la que, salvo una breve narración sobre sus propias andanzas, el único tema fue Jacinta.

p. 154»—La quiero –me dijo esta respetable mujer– como si fuera mi propia hija y las circunstancias en las que debo dejarla son lo único que harían que me resultase agradable la prolongación de una vida que, gracias a una larga cadena de desgracias y a una pena con la que solamente podrá acabar mi muerte, hace tiempo que se convirtió ya en una molesta carga. Mi amor por ella es aún más imparcial porque no se basa en impulso mecánico alguno, sino únicamente en las características de su propio corazón. ¡Cuán digna es de un destino mejor y qué pocas esperanzas tengo de que su suerte se corresponda algún día con su valor! En sus circunstancias no está en condiciones de elegir un modo de vida que no cuente con sus propios riesgos. La juventud y la inocencia se ven acompañadas de muchas virtudes, virtudes que, sin las ventajas del nacimiento o de la fortuna, se convierten en peligrosos dones para nuestro sexo. Precisamente esa inocencia, esos encantos, que, en una persona joven de cierto rango o en una rica heredera, infundirían un amor sincero, o al menos honradas intenciones, hacen que una muchacha que no tiene nada que agradecer a la suerte se convierta en el objeto de ciertos deseos que apuntan a su perdición. Y precisamente aquel que no se avergüenza de lanzarse a sus pies o que, con el lenguaje de la ensoñación exaltada y de la adoración, declara a su amada como la diosa de su corazón, se sentiría insultado ante la mera sospecha de que en realidad sus intenciones respecto a ella fuesen honorables. Juzgad vos mismo, don Eugenio, si puedo estar tranquila respecto al destino de Jacinta. No está hecha para las circunstancias a las que su mala fortuna la ha condenado. Es adorable y, tal y como creo, más proclive a emocionarse por su inocencia y dulce talante. No me preocupan todos esos petimetres que revolotean en torno a ella y que son incapaces de inspirar o sentir amor alguno, pero, si encuentra a un hombre que logre ganarse su aprecio gracias a las características de un alma noble y de virtuosos ideales, así como de un respetuoso afecto, alguien que sepa hacer pasar sus propios deseos por desinteresados sentimientos e introducir discretamente en su corazón el amor bajo el nombre y la forma de la amistad; alguien que tenga la suficiente paciencia para esperar el momento justo en el que, gracias a la confianza que ella cree deberle, a la inocencia de sus propios sentimientos, al mágico encanto de la simpatía y de ciertos impulsos secretos que ella, dada la bisoña simplicidad de su corazón, confundirá con los más tiernos sentimientos, ella se entregue, desarmada, confiada y cegada por el amor, a los deseos de él como una víctima solícita. ¡Ay, don Eugenio! ¡Cuánto me preocupa que en realidad ya haya visto a ese hombre! Perdonadme, mi noble amigo, pero las circunstancias en las que me encuentro me permiten ser franca. Una persona que pronto nada tendrá que temer o esperar de los hombres es capaz de ver a través de todos artificios que se encargan de entumecer, falsear u ocultar nuestra razón mientras nos vemos envueltos en los asuntos de este mundo. No os sorprenderá el hecho de que sepa ya desde hace tiempo que amáis a Jacinta y vos mismo sabéis tan bien como yo que habéis alcanzado vuestras esperanzas respecto al mejor y más tierno de los corazones. Os aprecio mucho, don Eugenio, y hace pocos días me habría resultado insultante mostraros la más mínima desconfianza, pero, ¿qué queréis que piense de vuestro deseo ahora que la seguridad de Jacinta es mi única preocupación?

»La elocuente Arsenia continuó desvelándome sus preocupaciones y terminó su discurso suplicándome entre lágrimas que protegiese la inocencia de su joven amiga. Me vio tan profundamente conmovido que fue imposible que pudiera dudar de la verdad de las explicaciones que le di. Le expliqué detalladamente todo lo que acontenció en mi corazón desde el primer momento en el que vi a Jacinta, cómo en cada ocasión el deseo de verla feliz prevaleció sobre mi propio deseo de verme feliz gracias a ella y cuán decidido estaba a sacrificar cualquier otra consideración, por importante que esta fuera en sí misma, en aras de nuestra felicidad conjunta. Le pedí que fuera preparando a Jacinta para ello y que me permitiese declararme a ella en su presencia. Ambas cosas ocurrieron y la adorable Jacinta no tuvo reparos en mostrarme lo conmovida que estaba.

p. 155»—Este signo de la más absoluta confianza que deposito en vuestra honestidad –dijo ella mientras me contemplaba con ojos llorosos–, estas lágrimas, que no me esfuerzo en ocultaros, se las debo a vuestra magnánima determinación, pero esto es todo lo que la infeliz Jacinta puede hacer para mostraros su gratitud.

»Con una honestidad que la hacía mil veces más adorable a mis ojos, me reveló a continuación la historia completa de su vida.

»—Juzgad vos mismo, don Eugenio –continuó diciendo Jacinta una vez que esta hubo terminado–, si no merecería ser considerada la más indigna de las criaturas si abusase de vuestra desmesurada bondad hacia mí hasta que no contase con la completa seguridad respecto a una idea que quizá resulte una mera quimera de mi propia vanidad, pues me lisonjeo a mí misma pensando que quizá tenga menos razones para avergonzarme de mi procedencia de las que la gitana que me crió quiso hacerme creer.

»Junto a mí, Arsenia intentó en vano convencerla de que llevaba sus reparos demasiado lejos: se mostró inamovible en la resolución de, en caso de perder a Arsenia, enclaustrarse en un convento, y todo lo que pude obtener de ella fue que me cedía la elección del lugar de este, y me prometió solemnemente no comprometerse mediante votos algunos sin mi aprobación. Escribí inmediatamente a un amigo de Sevilla para tratar de obtener noticias de la vieja gitana, pero supe, sin embargo, que la atención que el corregidor* había comenzado a prestar a su casa la había obligado a huir a toda prisa para ponerse a salvo. Por desagradable que me resultase esta circunstancia, no perdí la esperanza de encontrar finalmente a la vieja gracias a ciertas medidas que tomé al respecto y con las que esperaba obtener la confesión de cómo había llegado a Jacinta y, en caso de que se me escapase, al menos esperaba poder ablandar la resolución de esta gracias a mi constancia. Mientras tanto, los asuntos de mi hermana, que exigían mi presencia en Valencia, me obligaron a abandonar Granada y dejar a mi amada acompañada de una amiga honrada, de la que solamente la separaría la muerte, y cuya menguante vida me hacía albergar pocas esperanzas de volver a verla de nuevo.

i En castellano en el original.