Capítulo XIV Final de la historia de Jacinta. Una suposición de don Sylvio. Preparativos para un intermezzo en el que poca gente se aburrirá
Si bien la historia de amor de don Eugenio y la bella Jacinta seguramente haya resultado interesante tanto a vuestras mercedes como a vuestra audiencia más inmediata, no podemos por ello tomar a mal a nuestros lectores que deseen verla llegar a su fin. En realidad, para las gentes honradas que conservan la sangre fría, no existe asunto más aburrido en el mundo que un enamorado que narra la historia de su corazón. Por ello, nos contentaremos con deciros que Jacinta tomó de nuevo la palabra y continuó narrando los acontecimientos de su vida desde la muerte de su amiga hasta el momento en el que fue arrebatada de las manos ladronas de don Fernando de Zamora por don Eugenio y don Gabriel, asistidos por nuestro héroe. Gracias a la confesión que la leal Teresilla se había visto obligada a hacerle sobre su correspondencia secreta con don Fernando y sobre todas las pequeñas traiciones que había venido realizando desde hace un tiempo logró elucidar aquello que hasta en ese momento a ella misma le había resultado incomprensible respecto a todos esos acontecimientos. Y es que, para desgracia de esta honrada doncella de cámara, una de las cartitas de don Fernando, la cual, en lugar de quemarla, creía bien guardada en sus enaguas y que, quién sabe cómo, había pasado de su bolsillo a perderse en la habitación de Pedrillo, y que, tal y como suele acontecer cuando alguna pequeña picardía está ya lo suficientemente madura como para ser descubierta, vino a caer en las manos de don Eugenio cuando aquella mañana en la que nuestro héroe había abandonado de manera tan abrupta la posada, él entró por casualidad en esta habitación.
También narró cómo don Fernando de Zamora, en lugar de, tal y como había dado a entender, abandonar sus intenciones primigenias, había conseguido poner a su doncella de su parte; y también contó los planes que este había llevado a cabo junto a Teresilla para apoderarse de su persona en su viaje a Valencia, para el que se habían llevado a cabo preparativos inmediatamente después de la muerte de Arsenia. También relató de qué modo este propósito se llevó a cabo y cómo don Fernando se esforzó por calmarla y por tratar de hacerla albergar una mejor opinión de sus intenciones gracias a una actitud más respetuosa y distanciada, y, finalmente, cómo la afortunada circunstancia de que don Eugenio, en lugar de encontrarse en Valencia tal y como ella misma pensaba, se hallase en Liria y, gracias a una aún más afortunada casualidad, se tropezase con ella en un paseo a caballo entre Chulilla y Liria, había propiciado su liberación.
La bella Jacinta no se olvidó de agradecer de nuevo a nuestro héroe la valentía con la que se había arriesgado por don Eugenio y por ella, y don Sylvio contestó a esta cortesía en el tono cortés de los caballeros del Grial y de la Mesa Redonda. Se mostró agradecido por haberle permitido escuchar su historia y le aseguró que bastaba con oírla y verla para convencerse de que su origen, a pesar de la misteriosa oscuridad que lo envolvía en ese momento, no podía ser sino tan elevado y brillante como sus propios méritos personales. Entretanto, no pudo dejar de revelar su asombro por que las hadas no tuvieran nada que ver en una historia que le parecía lo suficientemente insólita y le preguntó con toda seriedad cómo había podido guardar un silencio tan escrupuloso a este respecto, pues no resultaba comprensible que las hadas y los magos no hubieran tenido que ver en las aventuras de una joven dama tan perfecta como ella. El gesto serio con el que realizó esta pregunta hizo que ambas damas, a pesar de su empeño en mostrar todo el respeto posible por su ensoñación exaltada, no pudieran contener la risa.
—Si deseabais –dijo Jacinta– que convirtiese mi historia en un cuento de hadas, ¿por qué no me lo hicisteis saber? Si hubiera sabido que de este modo os habría resultado más agradable, me habría resultado más sencillo hacer de la vieja gitana una Jorobeta, de la bondadosa dama de Calatrava una Luminosa y de don Fernando de Zamora, si no un pícaro enano, al menos un silfo o una salamandra.
p. 157—Disculpad –dijo doña Felicia– pero, en mi humilde parecer, creo que vuestra narración habría ganado mucho con ello. Pensad por un momento cuán gélido nos resultaría si un poeta se contentara con decir: Dafne o Coridón se situó en la sombra y tomó el aire fresco; o, sació su sed de una fuente; y sin embargo, tan pronto como dice «las flores, de propia voluntad, se apresuraron por cumplir los designios de Flora y servir de suave lecho al bello Celadón mientras que los desenfrenados Céfiros le abanicaban con sus alas rosadas, cubriéndolo de frescor y de perfumes ambrosiacos, y una joven ninfa, tan atractiva como la joven Hebe, le ofreció amistosamente con una sonrisa agua cristalina en una concha de perlas», pensamos que el poeta ha cumplido con su cometido y ha representado la naturaleza tal y como debe hacerlo185.
—Seguramente –dijo don Gabriel, que se había dado cuenta de que nuestro héroe estaba un poco abatido y que no sabía cómo tomarse la broma de las dos damas–, la intención de la bella Jacinta no haya sido otra que ofrecernos aquello que podría llamarse como un resumen sumario de sus aventuras. A pesar de todo, las hadas podrían, pues no quiero dudar de ello, estar detrás de todos vuestros extraordinarios acontecimientos, y tal y como creo…
—Disculpad, don Gabriel –le interrumpió Jacinta–, os prometo con toda solemnidad que las hadas, al menos hasta donde yo sé, no han tenido que ver lo más mínimo conmigo. Espero que no tratéis de convencerme de que todos estos seres quiméricos que tanta importancia tienen en los cuentos puedan haber existido fuera de ellos.
—¿Es posible –gritó don Sylvio– que dudéis de ello? ¿Acaso no veis que debería abandonarse todo rigor histórico si…?
—Mi querido don Sylvio, no os acaloréis –le interrumpió don Gabriel sonriendo–, ya véis que Jacinta únicamente está bromeando y, si estuviese hablando en serio, pronto la haremos cambiar de parecer. Quizá conozca únicamente el cuento de Barba Azul, el de Caperucita Roja o el del pequeño buen ratón, pues hablaría de manera bien distinta si, por ejemplo, hubiera escuchado la historia del Príncipe Biribinker, que cuenta indudablemente con una gran veracidad y que ha sido tomada del sexto libro de las increíbles historias del famoso Palafato186.
—Os confieso –dijo don Sylvio–, que el príncipe que mencionáis me es completamente desconocido y que estaría encantado de…
—Y lo estaríais más aún –le interrumpió don Gabriel– si pudieseis llegar a imaginaros cuán extraordinarias e interesantes son sus aventuras. Creo que no os diré demasiado si os aseguro que superan todo lo que se ha visto hasta ahora en las historias de las hadas.
—A mí también me dejáis con la intriga –dijo don Eugenio–, pues las increíbles historias de un escritor que disputa a Homero la primacía en la Antigüedad son garantía indiscutible de que nadie se atreverá a considerarlas dudosas y, si bien el sexto libro de las mismas hace tiempo que se perdió para el mundo, esto no implica necesariamente que don Gabriel, cuyo dominio de la Filosofía Oculta nos es bien conocido, no pueda saber más de aquel que cualquier otro.
—Soy de la misma opinión –dijo doña Felicia–, y me atrevo a apostar que incluso si este sexto libro jamás se hubiera escrito, la profunda ciencia de don Gabriel sería más que capaz de contarnos la historia del Príncipe Biribinker palabra por palabra, exactamente tal y como se habría escrito.
p. 158—Podéis bromear lo que queráis –dijo don Gabriel con toda seriedad–. Admito que la historia del Príncipe Biribinker es hasta ahora desconocida, pero eso no le resta veracidad y don Sylvio podrá, con el permiso de vuesa merced, juzgar por sí mismo si hay algo en ella que haga sospechosa la credibilidad del historiador.
—Veremos –respondió doña Felicia–, pues espero que a los demás se nos permita también escucharla, si bien no nos tomaremos la libertad de juzgarla.
Como todo el mundo se había mostrado ansioso por saber más de una historia en la que el mero nombre de Biribinker parecía prometer hechos bastante notables, se decidió que, por la tarde, después de la siesta, se reunirían en un pequeño bosque de mirtos para escucharla y, como el sol comenzaba a resultar molesto, toda la compañía decidió volver a la casa atravesando un camino cubierto por el verde follaje.
Mientras Jacinta contaba su historia, a nuestro héroe le había venido a la mente una ocurrencia que reveló a don Eugenio tan pronto como se encontraron a solas.
—¿Qué diríais –comenzó a decir– si Jacinta fuese mi hermana?
—¿Vuestra hermana? –respondió don Eugenio–. ¿Habéis perdido a una hermana?
—Tuve una –respondió don Sylvio– que se perdió cuando tenía tres años, sin que jamás se supiese qué fue de ella.
—¡Cielo santo! –gritó don Eugenio–. ¡Qué afortunado sería si vuestra suposición llegase a ser cierta! Y, en realidad, me sorprende no haber reparado en ello antes, pues contáis con algunos rasgos en común con Jacinta. Pero… ¿no recordáis alguna circunstancia, alguna característica que pudiera convertir nuestra suposición en certeza?
—Si el instinto no me resultase traicionero –respondió don Sylvio–, me inclinaría a pensar que el afecto que sentí inmediatamente al verla por vez primera fue realmente la llamada de la sangre… pero temo, don Eugenio, que me he hecho falsas esperanzas.
—¿Por qué? –preguntó don Eugenio, impaciente.
—Encuentro una circunstancia en la historia de Jacinta –respondió aquel– que me hace dudar.
—Os ruego que os expliquéis –exclamó don Eugenio–, me mantenéis en el potro de tortura mientras me dejéis flotar en un mar de dudas.
—Jacinta fue educada por una gitana y, tal y como ella supone, fue arrebatada a sus verdaderos padres –continuó don Sylvio–. Los tiempos y la edad coinciden, pues mi hermana tenía aproximadamente tres años cuando desapareció y tendría en estos momentos la edad de Jacinta. La diferencia entre los nombres (mi hermana se llamaba Serafina) no es relevante, puesto que estos podrían haber sido cambiados, pero el detalle de la gitana lo arruina todo. Aunque en mi casa se suponía que mi hermana había sido robada por una gitana, si bien sin base suficiente, yo cuento con ciertos indicios importantísimos que me convencen de que en realidad fue un hada…
Aquí don Eugenio estuvo a punto de perder la paciencia y le costó un gran esfuerzo reprimir sus primeros impulsos.
—Si no tenéis otra objeción –dijo finalmente, una vez que volvió en sí–, no tenemos por qué preocuparnos. ¿Qué nos impide pensar que la gitana que robó a Jacinta no sea en realidad el hada que llevó a la desaparición de vuestra hermana? No nos quedemos en el nombre. Creedme, todas las Jorobetas, Perifollos, Pepinas y Monigotinas no son más ni menos hadas que esa gitana y quién sabe si finalmente no llegue a descubrirse que la feeridad ha tenido más que ver en la historia de Jacinta de lo que ella misma se imagina.
p. 159Don Sylvio encontró esta idea muy buena y ambos dedicaron todo su ingenio en reafirmarse en una historia que resultaba halagüeña para sus propios deseos. Nuestro héroe no dudó de que el secreto pronto, quizá antes de lo que se pensaba, sería revelado gracias a la repentina aparición de las hadas y don Eugenio hizo de nuevo pesquisas para tratar de encontrar, se escondiese donde se escondiese, a la gitana, de la que esperaba poder obtener más claridad sobre la genealogía de su amada Jacinta que de todas las hadas del mundo.
Durante esta conversación, doña Felicia se hallaba en su gabinete, en el que, mientras Laura se ocupaba de los atavíos de Jacinta, tuvo la satisfacción de poder dar rienda suelta a sus pensamientos. Sin duda contaba con motivos para mostrarse satisfecha con las conquistas que ya había logrado en el corazón de don Sylvio. Quizá también lo habría estado si su propio corazón hubiera tenido menos que ver en sus intenciones que su vanidad personal. Pero el amor es, tal y como se sabe, tan cauteloso, que a menudo cree encontrarse lo más lejos posible de su felicidad cuando en realidad está bien cerca de ella. Doña Felicia se encontraba en esta ocasión en ese estado y la exagerada suposición que se hacía de las dificultades en desplazar a la mariposa azul del corazón de don Sylvio le hacía creer que era más necesario que nunca luchar con armas más poderosas que las que había utilizado hasta ahora. En particular le parecía muy contraproducente dejarle tiempo para cambiar de opinión, pues, tal y como ella pensaba, su corazón no podría ser conquistado de otro modo que a las bravas, y cada minuto en el que no se viese asaltado por sus miradas le parecía que podría darle pie a rellenar los agujeros que pudiera haber hecho. Mientras se hallaba sumida en estas reflexiones, se le ocurrió llamarlo a su tocador y, tras haber confirmado y descartado este pensamiento más de veinte veces en un cuarto de hora, finalmente este se hizo con la victoria y Laura vio cómo le hacía un gesto dándole a entender que su dama estaba dispuesta recibir una visita de él, si bien deseaba que esta sugerencia la realizase Laura con su propio nombre.
Aquí, si quisiéramos embarcarnos en una descripción de todo lo que ocurrió durante esta visita en la que Jacinta y Laura estuvieron presentes, tendríamos de nuevo una bella oportunidad para mostrar nuestra maestría tanto en un cierto tipo de retratos, aquellos que exigen una cierta delicadeza del pincel, como en la disección de los sentimientos y del desarrollo de los más delicados impulsos del corazón humano. En cualquier caso, dado que nuestra vanidad ya se encuentra lo suficientemente satisfecha por las pruebas que creemos haber dado a nuestros lectores, se nos permitirá que, sin sacrificar nuestra comodidad a su satisfacción, nos contentemos en esta ocasión con decir que la bella Felicia consiguió completamente sus objetivos o, si esta expresión pudiera resultar poco precisa, que todos los fantasiosos arrobamientos a los que nuestro héroe se había visto sometido de vez en cuando por las hadas y por su amor hacia un ser quimérico se vieron desplazados por el que experimentó en esta ocasión, tanto como lo haría una mariposa ante una atractiva viuda de dieciocho años.
Si doña Felicia ya había tenido oportunidad en su tocador de mostrar a nuestro héroe su belleza material en las luces más variadas y ventajosas, una vez que se sentaron a la mesa, no temió llevar hasta el más alto grado sus encantos gracias a los atractivos intelectuales de su espíritu, los cuales, bajo el velo de la belleza visible, tan seductores resultan. Los calores de la sobremesa resultaron en este caso tan asumibles que, gracias al deleite de una animada conversación, se olvidaron de la habitual siesta y don Sylvio, que era todo ojos, oídos y espíritu para su diosa, hasta se habría olvidado del cuento que don Gabriel había prometido regalarle a toda la compañía si, durante un paseo que dieron por el pequeño bosque de mirtos durante la tarde, Jacinta no se lo hubiera recordado. Ya que la intención de todo ello era hacer una suerte de prueba y ver cuán lejos llegaban los prejuicios y la imaginación de nuestro héroe, don Gabriel ya había avisado al resto de la compañía de que esperasen un cuento fantástico e incongruente en modo sumo. En cualquier caso, esto no consiguió más que todos se mostrasen aún más expectantes por comprobar cómo salía de todo el embrollo. Jacinta apenas hubo mencionado al Príncipe Biribinker cuando el resto de la compañía se unió a ella en expresar su impaciencia por ver satisfecha su curiosidad por la prometida historia y el propio don Sylvio, tan pronto como escuchó que la conversación trataba de un cuento de hadas, se despertó de la dulce ensoñación en la que la bella doña Felicia lo había sumido durante un cierto tiempo. Tan poderoso es el poder de la costumbre y tan incapaz es el objeto más perfecto de seguir siendo dueño de toda nuestra atención tan pronto como otro, por pequeño y vano que pueda resultar en comparación, se halla en condiciones de ejercer cierto poder sobre nuestra imaginación o sobre nuestros sentidos. Una vez que hubieron tomado asiento en un pequeño cenador profusamente cubierto por un crecido jazmín, don Gabriel, tras un pequeño prefacio de encomio al veraz historiador Palafato, comenzó la narración con la que esperamos entretener a nuestros lectores en el próximo libro.
185 Coridón es un nombre arquetípico de la poesía pastoril que aparece en las Bucólicas (41 a.C– 37 a.C) de Virgilio (2.7), mientras que Hebe es la diosa de la juventud en la mitología griega y ejercía como asistenta de los dioses, a los que servía néctar, ayudaba a enganchar los caballos a su carro y, en ciertas ocasiones, como en el caso de Ares, vestía. Sobre Flora, ver la nota 110 de este trabajo, para Celadón remitimos al lector a la nota 30.
186 Hace referencia aquí a varios cuentos como «La Barbe bleu» [Barbazul], de Charles Perrault, que apareció en su colección de cuentos Histoires ou Contes du temps passé, avec des moralités [Historias o cuentos de tiempos pasados, con moralejas] (1697), al famoso cuento «La Chaperon rouge» [Caperucita roja], de esa misma colección; y, finalmente, al ya mencionado «El buen ratoncito», de Marie-Catherine d’Aulnoy. Evidentemente Palafato es una pseudo-fuente histórica inventada por don Gabriel para proponer al tiempo que ridiculizar la supuesta historicidad del relato que va a narrar y de determinadas historias ficticias.
