Capítulo I Historia del Príncipe Biribinker
–En un país del que ni Estrabón ni Martinière hacen mención alguna, vivió una vez un rey que dio tan poco de lo que vivir a los historiadores que, por puro deseo de venganza, estos se pusieron de acuerdo en hacer que su existencia resultase dudosa para la posteridad187. En cualquier caso, sus malvados esfuerzos no han podido impedir que se hayan conservado algunos documentos fidedignos en los que se encuentra todo lo que se puede decir de él. Según estos documentos fue un buen rey, llevó a cabo sus cuatro comidas a lo largo del día, tenía buen dormir y amaba tanto la tranquilidad y la paz que, bajo su mandato, estaba prohibido bajo una severa pena el mencionar en su presencia nombres como espada, fusil, cañón o similares. Lo más notable en su persona (tal y como dicen las fuentes ya mencionadas) era una panza de una periferia tan mayestática que en este aspecto los grandes monarcas de su tiempo debían cederle la primacía. No se puede afirmar con certeza si el sobrenombre de «el Grande», que según dicen habría utilizado a lo largo de su vida, se debía a la susodicha panza o a alguna otra razón desconocida. Lo que es seguro es que en toda la extensión de su imperio no había nadie al que este sobrenombre le hubiera costado una gota de sangre. Cómo se debía proceder para que su majestad, por amor a su pueblo y para mantener la línea sucesoria en su familia, se desposara, fue un asunto en el que la Academia de las Ciencias tuvo no poco trabajo, especialmente dado el tamaño de la panza real y de otras circunstancias que obligaron a que se seleccionase cuidadosamente a aquella princesa que pudiera considerarse digna de satisfacer las esperanzas de la nación. Tras una buena cantidad de reuniones académicas, se halló finalmente la figura esperada y, gracias a una gran cantidad de embajadas que fueron enviadas a todas las cortes de Asia, se encontró a la princesa que coincidía con el modelo propuesto. La alegría por su llegada fue extraordinaria y los desposorios fueron celebrados con tal pompa que al menos cincuenta mil parejas de entre los súbditos de su majestad se vieron obligadas a decidirse por permanecer solteros para ayudar a costear los gastos de la boda de su alteza. El presidente de la Academia, quien, a pesar de ser el peor geómetra de su tiempo, supo hacerse valedor del descubrimiento antes mencionado, creyó, con buenos motivos, que ahora toda su reputación dependería de la fertilidad de la reina y, dado que era mucho más ducho en la Física experimental que en la Geometría, encontró no sé qué medio para verificar los cálculos de la Academia. En resumen, la reina parió a su debido tiempo al príncipe más bello que jamás se ha visto y el rey se alegró tanto por ello que nombró al presidente de inmediato su primer visir.
»Tan pronto como nació el príncipe se reunió a veinte mil jóvenes de belleza poco común, a las que se había llamado desde todos los rincones del imperio para elegir de entre ellas a un ama de cría. Se debe admitir que, de entre todas estas muchachas, ni una de ellas era virgen, pero se pensaba que precisamente por ello desempeñarían mucho mejor el papel para el que se las había llamado y para el que cada una de ellas albergaba las más grandes esperanzas, ya que el primer médico real había ordenado expresamente que la elección recayese en la más bella de todas.
»Elegir a la más bella de entre veinte mil doncellas no es una tarea tan fácil como podría pensarse y el médico, a pesar de que tenía unos buenos anteojos en su nariz, tuvo que esforzarse mucho para encontrar un motivo de peso para dar preferencia a una sobre las otras, tanto que no fue hasta que el tercer día se acercaba a su fin cuando logró reducir el número de candidatas de veinte mil a veinticuatro. En cualquier caso, justo cuando debía de hacerse finalmente una elección, el médico estaba a punto de decantarse por una muchacha castaña y alta, ya que, de entre todas, tenía la boca más pequeña y el pecho más grande, características que, tal y como aseguró, Galeno y Avicena exigen en una buena ama de cría, cuando inesperadamente vio aparecer una abeja de enorme tamaño acompañada de una cabra negra, que exigieron que se les permitiese ver a la reina188.
p. 161»—Señora reina –dijo la abeja–, he oído que necesitáis una ama de cría para vuestro bello príncipe. Si me mostraseis la confianza de elegirme por encima de estas criaturas bípedas, seguro que no lo lamentaríais. Quiero dar de mamar al príncipe la miel de flores de los naranjos y disfrutaréis viendo cómo se vuelve grande y rollizo. Su aliento olerá tan bien como el jazmín, su saliva será más dulce que el espumoso de las Canarias y sus pañales…
»—Mi honorable señora reina –dijo la cabra, tomando la palabra–, tened cuidado con esta abeja, os lo aconsejo como buena amiga. Es cierto que, si vuestro anhelo es que vuestro jovencito sea dulce, ella está más capacitada que cualquier otra, pero, como dice el refrán, la serpiente se oculta en la hierba189. Ella lo dotará de un aguijón que no le acarreará más que desgracias. Yo soy únicamente una humilde cabra, pero os juro por mi barba que mi leche le sentará mucho mejor que su miel y, si bien no producirá ni néctar ni ambrosía, a cambio os prometo que será el más valiente y el más feliz de entre los príncipes que jamás han tomado leche de cabra.
»Todo el mundo se quedó asombrado al ver hablar de ese modo a la cabra y a la gruesa abeja. Únicamente la reina se dio cuenta inmediatamente de que debía de tratarse de dos hadas y esto hizo que permaneciese durante un cierto tiempo indecisa sobre lo que debía hacer. Finalmente se decidió por la abeja, ya que, puesto que era algo tacaña, razonó del siguiente modo: si la abeja mantiene su palabra, el príncipe engendrará tales dulces que nos podremos ahorrar los gastos del postre. La cabra pareció tomarse el rechazo muy a mal y entre sus barbas murmuró tres veces algo incomprensible y… ¡mirad! De repente apareció un carruaje dorado y lujosamente barnizado, tirado por ocho fénix. La cabra negra desapareció en ese mismo instante y, en lugar de ella, se vio sentada en el carruaje a una pequeña y vieja mujercilla, que cubrió a la reina y al joven príncipe de amenazas mientras surcaba los cielos. El médico real se mostró no poco descontento ante la elección y estaba a punto de proponer a la joven castaña de bellos pechos que ocupase la posición de ama de llaves de su casa, si bien, lamentablemente, llegó demasiado tarde y tuvo que resignarse a contentarse con una de las diecinueve mil novecientas setenta y seis doncellas restantes, ya que las veinticuatro ya habían encontrado ocupación.
»Mientras tanto, las amenazas de la cabra negra atemorizaron tanto al rey que en esa misma tarde convocó el consejo de estado con el fin de dejarse aconsejar sobre qué hacer ante unas circunstancias tan peligrosas. No en vano, como estaba acostumbrado a dormirse todas las noches con la lectura de cuentos, sabía muy bien que las hadas no suelen proferir amenazas para matar el tiempo. Una vez que los sabios por fin se reunieron y después de que cada uno de ellos hubiera expresado su parecer, ocurrió que treinta y seis consejeros empelucados expresaron nada menos que treinta y seis pareceres distintos, de los cuales cada uno de ellos contaba al menos con treinta y seis obstáculos. Se discutió durante más de treinta y seis sesiones con gran vivacidad, y el príncipe podría haber alcanzado la mayoría de edad antes de que se hubiese llegado a una resolución, si no hubiera sido porque el bufón de corte favorito de su majestad tuvo la ocurrencia de que se enviase una embajada al gran mago Caramussal, que vivía en la cima del monte Atlas y cuyo consejo se solicitaba como un oráculo desde todos los lugares*. Ya que el bufón de la corte tenía ganado el corazón del rey y de hecho era considerado como la cabeza más privilegiada de toda la corte, todo el mundo estuvo de acuerdo y, en pocos días, se envió una embajada, la cual, para ahorrar en dietas, viajó con tal velocidad que en tres meses llegaron a la cumbre del monte Atlas, a pesar de que esta estaba a casi doscientas millas de la capital.
p. 162»Fueron inmediatamente recibidos por el gran Caramussal, quien, sentado en un trono de madera de ébano que se hallaba en una lujosa sala, tenía trabajo suficiente para todo el día respondiendo a las distintas consultas que llegaban desde todas las partes del mundo190. Una vez que el mago se hubo mesado y atusado la barba por tres veces, el primer embajador abrió una boca bastante grande para pronunciar un bello discurso que le había preparado su secretario. Caramussal le interrumpió y le dijo:
»—Señor embajador, ahorraos vuestro discurso, si bien, dada vuestra fisionomía, puedo ver que lo habríais pronunciado con gran belleza. Yo mismo tengo tanto que hablar a lo largo del día que me queda poco tiempo para escuchar y a ello hay que añadir que ya conozco de antemano aquello que venís a decirme. Decidle al rey, vuestro señor, que en el hada Caprosina se ha ganado una poderosa enemiga. Entretanto, no resulta imposible esquivar los peligros con los que ha amenazado al príncipe, siempre que se emplee la debida precaución y que no vea a lechera o repartidora de leche alguna antes de que alcance su decimoctavo año. Ya que esquivar el destino, a pesar de toda cautela, es una tarea difícil, si no imposible, mi consejo es que, para estar protegido ante todos los posibles casos, se le dé el nombre de Biribinker, cuyas fuerzas secretas son lo suficientemente poderosas como para hacerle salir victorioso de todas las aventuras en las que se vea envuelto. –Con este dictamen, Caramussal despidió a la embajada, la cual, una vez hubieron transcurrido otros tres meses, llegó a la capital entre los gritos de júbilo del pueblo.
»El rey encontró la respuesta del gran Caramussal tan absurda que tuvo grandes deseos de enfadarse por ello.
»—¡Por mi panza! –gritó (pues ese era su gran juramento)–. Me parece que el gran Caramussal se está riendo de nosotros… ¡Biribinker! ¿Qué maldito nombre es ese? ¿Se habrá visto alguna vez que un príncipe se llame Biribinker? ¡Me gustaría saber qué tipo de poderes mágicos se esconden en ese nombre! Y, a decir verdad, la prohibición de que no vea a lechera alguna hasta su decimoctavo año me parece que no es mucho más sensata. ¿Por qué precisamente una lechera? ¿Desde cuándo son las lecheras más peligrosas que otras muchachas? Si al menos hubiera dicho una bailarina o una doncella de cámara de la reina… pues lo habría aceptado… En confianza… no me atrevería a poner la mano en el fuego porque yo mismo no tuviera una pequeña tentación de este tipo. En fin, si así lo quiere el gran Caramussal, el príncipe habrá de llamarse Biribinker, al menos seguro que será el primero con este nombre y esto le dará sin duda una cierta reputación en la Historia. Y en lo que se refiere a las lecheras, tomaré medidas para que en cincuenta millas a la redonda de mi residencia no se halle ni vaca, ni cabra, ni colodra ni lechera alguna.
»El rey, cuya menor preocupación era la de reflexionar previamente sobre las consecuencias de sus decisiones, estaba en esos momentos justo a punto de ordenar que se emitiese un edicto al respecto, cuando el Parlamento, a través de una numerosa delegación, trató de hacerle ver que resultaría muy duro, por no decir tiránico, obligar en el futuro a sus súbditos a tomar el café sin su nata y, dado que la filtración de la noticia del edicto había acarreado un gran revuelo entre el pueblo, el rey se vio obligado a seguir el ejemplo de otros tantos reyes de las historias de hadas y mandar a su príncipe heredero bien lejos junto a su ama, la abeja, y dejar en manos de la astucia de aquella cómo protegerlo de las maquinaciones del hada Caprosina y de las lecheras.
»La abeja se llevó al pequeño príncipe a un extenso bosque, que contaba con al menos doscientas millas de diámetro y que estaba tan deshabitado que en todo el territorio no se habría podido encontrar ni un topo. Gracias a sus artes construyó una colmena inmensa de mármol rojo y alrededor de la misma plantó un parque de naranjos que se extendía veinte millas a lo largo y a lo ancho. Un enjambre de cien mil abejas, de las que ella era la reina, se afanaba en generar miel para el príncipe y para el harén de la reina y, para que este pudiera estar completamente seguro, se situaron avisperos alrededor del bosque, a cada quinientos pasos, que tenían la misión de vigilar de manera estricta la frontera.
p. 163»Entretanto, el príncipe fue creciendo y, por su belleza y maravillosas cualidades, sobrepasó todo lo que jamás se había visto. No escupía otra cosa que sirope y meaba néctar de pomelos, y sus pañales contenían cosas tan deliciosas que de vez en cuando se enviaban a la reina para que, en los días de gala, pudieran con ello mejorar sus postres. Tan pronto como comenzó a hablar, fue capaz de balbucir epigramas y agudezas conceptuales, y su ingenio fue haciéndose tan y tan preclaro, que ninguna abeja podía hacerle sombra, a pesar de que la más tonta de todas ellas poseía al menos tanta sagacidad como cualquiera de los cuarenta de la Académie française191.
»Pese a todo, tan pronto como hubo alcanzado el decimoséptimo año, se despertó en él un cierto instinto que le decía que no estaba hecho para pasar sus días en un panal. El hada Melisota (pues así se llamaba su ama) intentó todo lo posible por animarlo y entretenerlo. Le asignó un cierto número de gatos bien virtuosos, que todas las tardes le maullaban un concierto francés o una de las óperas de Lully192. También tenía un perrito que caminaba en la cuerda floja y una docena de papagayos y urracas que no tenían otra cosa que hacer que contarle cuentos y divertirle con sus ocurrencias. Nada de esto funcionó. Biribinker, día y noche, no anhelaba otra cosa que escapar de su cautiverio. La mayor dificultad que veía para ello eran las malditas avispas que vigilaban el bosque y que en realidad eran unos animalitos que podrían haber asustado al mismo Hércules, pues eran grandes como jóvenes elefantes y su aguijón tenía una figura cercana al tamaño de los manguales con los que los suizos han defendido su libertad con tanto éxito193. En una ocasión, Biribinker incluso se lanzó contra un árbol de pura desesperación por su cautiverio, cuando, de repente, se le acercó un zángano que, como todos los habitantes varones del panal, tenía el tamaño de un oso a medio crecer.
»—Príncipe Biribinker –dijo el zángano–, si os aburrís, os aseguro que a mí me va mucho peor. El hada Melisota, nuestra reina, me ha concedido desde hace algunas semanas el honor de ser elegido como su preferido, pero he de confesaros que no estoy preparado para el peso de mi cargo. Entre todos nosotros cuenta con unos cincuenta mil abejorros en su harén y estos sin duda no permanecen ociosos. No me quejaría si me tratase como a los demás, pero, ¡pardiez!, la preferencia que me otorga comienza a resultarme fatigosa: os aseguro que no se puede soportar durante mucho más tiempo. Si así lo deséais, príncipe, os resultaría sencillo obtener vuestra propia libertad y la mía.
»—¿Qué hay que hacer? –preguntó el príncipe.
»—No siempre he sido un zángano –respondió el favorito insatisfecho– y únicamente vos estáis en disposición de volver a otorgarme mi forma primigenia. Subid a mis espaldas, ya ha llegado la tarde y la reina se encuentra en estos momentos en una de las celdas ocupada con asuntos que no le permiten preocuparse por cualquier otra cosa. Estoy dispuesto a escapar de aquí volando con vos, pero debéis prometerme que haréis lo que os exija.
»El príncipe se lo prometió y se echó a sus espaldas sin dudarlo, y el abejorro voló tan rápido con él encima que en siete minutos ya se hallaban fuera del bosque.
»—Ahora –dijo el abejorro– os encontráis seguro. El poder del viejo mago Padmanaba, que es quien me ha dado este estado, no me permite ir más lejos junto a vos, pero escuchad lo que voy a deciros. Si seguís este camino, a mano izquierda os encontraréis finalmente en una extensa planicie, en la que veréis un rebaño de ovejas azules que pacen en torno a una pequeña cabaña. Cuidaos de entrar en la cabaña o estaréis perdido. Seguid vuestro camino siempre a mano izquierda y avanzad hasta que lleguéis a un palacio en ruinas. Lo que queda de su esplendor os dará muestras de lo que un día fue. Atravesando varios patios llegaréis a una gran escalinata del más blanco mármol que os conducirá hasta un pasillo en el que a ambos lados encontraréis muchas habitaciones suntuosamente decoradas e iluminadas. No entréis en ninguna de ellas, pues si lo hacéis sus puertas se cerrarán automáticamente y no hay poder humano que pueda volver a abrirlas. Encontraréis, sin embargo, una de ellas que estará cerrada y esta será la que se abra tan pronto como pronunciéis el nombre de Biribinker. Pasad la noche en esta estancia, esto es todo lo que exijo de vos194. Buen viaje, señor mío, y si, al seguir mi consejo, os va bien, no olvidéis que favor con favor se paga.
p. 164»Con estas palabras el abejorro se alejó de allí y dejó al príncipe en un estupor fuera de lo común sobre todo lo que le había dicho. Ansioso por las aventuras maravillosas que le esperaban, Biribinker caminó durante toda la noche, ya que estaban a mitad del verano y había luna llena. Cuando llegó la mañana, pudo ver el prado, la cabaña y las cabras azules. Recordó la prohibición que el abejorro había tratado de inculcarle tan explícitamente, pero, al contemplar la cabaña y las cabras, sintió una suerte de atracción a la que no pudo resistirse. Se adentró, pues, en la cabaña, y allí no encontró a nadie más que a una joven lechera con un corpiño y una falda tan blancas como la nieve y que, justo en ese preciso instante, se disponía a ordeñar algunas de las cabras que permanecían atadas a un pesebre de diamantes. La colodra que tenía en su bella mano derecha estaba hecha de un único rubí y, en lugar de paja, el establo estaba espolvoreado con jazmín y flores de naranjos. Todo esto resultaba lo suficientemente admirable, pero el príncipe apenas se dio cuenta de todo ello, tan absorto como estaba en la belleza de la joven. De hecho, Venus, en el instante en el que fue llevada por Céfiro por las costas de Pafos, o la joven Hebe, cuando, medio desnuda, sirvió néctar a los dioses, no eran ni más bellas ni más atractivas que esta lechera195. Sus mejillas hacían avergonzar a la más fresca de las rosas y los cordeles de perlas con los que sus brazos y sus pequeños y deliciosos piececitos estaban envueltos parecían únicamente destinados a realzar la deslumbrante blancura de los mismos. Nada podía ser más grácil y encantador que los rasgos de su rostro y que su sonrisa, que desplegaba por todo su ser una expresión de ternura e inocencia. Incluso sus movimientos más simples contaban con este inexpresable encanto hacia el que los corazones salían volando al verlo por vez primera. Esta persona tan cautivadora parecía tan agradablemente anonadada por la presencia del príncipe Biribinker como él por la de ella. Medio indecisa sobre si quería quedarse o huir, permaneció de pie y le observó con una mirada avergonzada, en la que la sobriedad y la satisfacción parecían conjugarse.
»—Sí, sí… –exclamó finalmente lanzándose a los pies del príncipe–. ¡Es él! ¡Es él!
»—¿Cómo? –dijo el entusiasmado príncipe, que coligió de estas palabras que la muchacha ya debía conocerlo y que no parecía serle indiferente–. ¿Acaso el afortunado es Biribinker…?
»—¡Por los dioses! –gritó la lechera mientras, completamente aturdida, temblaba–. ¡Qué odioso nombre escucho! ¡Cómo me han traicionado mis ojos y mi precipitado corazón! ¡Huye, huye, desafortunada Galactina!
»Con estas palabras, la lechera huyó de la cabaña tan rápidamente como si la llevasen los vientos. El consternado príncipe, que no lograba comprender la repugnancia que ella sentía por su nombre, la siguió tan rápido como pudo, mas la lechera corría tan rápido que sus suelas apenas tocaban la punta de la hierba. Las bellezas que sus ondeantes ropajes dejaban ver en cada momento en vano proporcionaron alas a los deseos y a los pies del príncipe persecutor, pues la perdió en un frondoso bosque en el que pasó todo el día corriendo de aquí para allá, persiguiendo cada ruido y cada susurro que escuchaba, sin encontrar por ello la más mínima pista de su paradero.
»Mientras tanto, el sol ya se había puesto y Biribinker se halló sin darse cuenta a las puertas de un viejo palacio, que parecía medio derruido. De entre los arbustos sobresalían algunos trozos de muros de mármol y algunas columnas abatidas con las más costosas piedras preciosas, y a cada instante se tropezaba con escombros de los que el menos valioso tendría al menos el valor de una ínsula en tierra firme196. Se dio cuenta de que estaba ante el palacio del que le había hablado su buen amigo el abejorro y esperó (como habitualmente suelen hacer los enamorados esperanzados) encontrar allí a su adorable lechera. Se adentró por tres patios que servían como antesala y llegó finalmente a una escalera de mármol blanco. A ambos lados de cada escalón, de los que al menos había unos sesenta, se encontraba un gran león alado, cuyos orificios nasales exalaban tanto fuego que había más claridad que a pleno día, pero que, sin embargo, no le chamuscaron ni un pelo. Los leones, tan pronto como lo vieron, extendieron sus alas y se alejaron de allí volando entre grandes rugidos.
p. 165»El príncipe Biribinker subió después las escaleras y llegó finalmente a un largo pasillo en el que encontró las habitaciones abiertas sobre las que el abejorro le había advertido. Cada una de ellas llevaba a dos o tres más y el fasto con el que estaban construidas y decoradas sobrepasaba todo aquello que había podido imaginar, a pesar de que la feeridad no era nada nuevo para él. En cualquier caso, en esta ocasión sí que andó con mucho cuidado de no dejar que su curiosidad llevase las riendas y continuó andando hasta que llegó a una puerta cerrada de madera de ébano, en la que había inserta una llave de oro. Intentó girarla durante un buen rato, pero, tan pronto como pronunció el nombre de Biribinker, la puerta se abrió sola y se halló en un gran salón, en el que las paredes estaban completamente cubiertas con espejos de cristal. Estaba iluminada por una lámpara de araña hecha de diamantes, en la que ardían más de quinientas lamparitas de aceite de canela. En medio del salón había una mesa oval de marfil, con pies de esmeralda, preparada para dos personas, y a sus lados había dos mesitas de lapislázuli, provistas de platos, vasos, jarras y otras piezas de la vajilla. Una vez que hubo observado durante un buen rato y con gran estupor todo lo que se presentaba a sus ojos, apreció una puerta a través de la que se llegaba a otras habitaciones, y cada una de ellas sobrepasaba a la anterior en el lujo de su decoración. Observó todo pieza por pieza y ya no sabía que pensar sobre todo ello. La entrada a este palacio le había mostrado un palacio derruido y, sin embargo, el interior parecía despejar cualquier tipo de duda sobre si estaba habitado y, aún así, ni vio ni escuchó alma viva alguna. Atravesó todas las habitaciones de nuevo, buscó por todos lados y finalmente, en la última, encontró una pequeña puerta en el empapelado. La abrió y se halló en un gabinete en el que la feeridad se había superado a sí misma. Una agradable mezcolanza de luz y sombra lo iluminaba, sin que pudiera descubrirse precisamente la fuente de ese mágico crepúsculo. Las paredes, de un granito negro pulido, representaban, al igual que los espejos, algunas escenas de la historia de Venus y Adonis con una vivacidad que parecía igualar a la naturaleza, sin que se pudiera llegar a saber cómo estas imágenes vivientes habían podido adueñarse de la piedra197. Agradables aromas como traídos por vientos de primavera y surgidos de arriates en plena floración llenaban toda la estancia, sin que se pudiera ver de dónde procedían, y una silenciosa armonía, como la de un concierto que se escucha desde la lejanía, se adueñaba de manera invisible del oído encantado y fundía el corazón en una dulce melancolía. Un sensual lecho, del cual una marmórea divinidad amorosa que parecía respirar retiraba a medias una ondulante cortina, era el único mueble dentro de esta elegante sala y despertó en nuestro príncipe un anhelo secreto por algo de lo que, dada su inexperiencia, únicamente contaba con algunas vagas ideas, si bien el empapelado, que contemplaba con mucha atención y no sin una agradable inquietud, comenzó a arrojarle alguna luz sobre el tema. En ese preciso instante, la imagen de la bella lechera se le presentó a Biribinker con una vivacidad tal que, tras expresar algunos inútiles lamentos por su pérdida, comenzó a buscarla de nuevo hasta que se cansó. Ya que en esta ocasión no tuvo mucho más éxito que en la anterior, se dirigió de nuevo al gabinete con la cama, se quitó sus ropajes y, se encontraba a punto de tumbarse, cuando una de las necesidades ineludibles de la naturaleza humana le obligó a mirar debajo de la cama. Encontró un recipiente de cristal en el que podían verse todavía marcas de que tiempo atrás se había utilizado para ese mismo cometido. El príncipe comenzó a regarlo con el néctar de naranjos cuando, ¡oh, sorpresa!, el recipiente de cristal desapareció y en lugar de este vio aparecer delante suya una joven ninfa, que era tan bella que habría hecho parecer imposible que alguien se asustase tanto como el príncipe se asustó de ella en ese momento. Ella le sonrió tan amistosamente como si se hubieran conocido desde hacía ya tiempo y, antes de que el príncipe se hubiera podido recuperar de su aturdimiento, le dijo:
»—¡Bienvenido, príncipe Biribinker! No os incomodéis por haber prestado un servicio a un hada a la que un celoso bárbaro convirtió por más de doscientos años en un instrumento para las necesidades más groseras. Sed honesto conmigo, príncipe. ¿No pensáis que la naturaleza me ha destinado para un uso algo más noble?
p. 166»Dijo todo esto con una cierta mirada cuya trayectoria situó al humilde Biribinker en un estado algo confuso. Como sabemos, tenía todo el ingenio que se puede tener, pero a esto debemos añadir que también poseía al menos tanta imprudencia. Se dio cuenta de que debía decir algo amable al hada, pero, como estaba habituado a dotar a todo lo que decía de un cierto ímpetu, todo su ingenio no pudo evitar que dijera algo bastante estúpido.
»—Es sin duda una suerte para vos, bella ninfa –le respondió–, que no tuviera la intención de prestaros el extraño servicio que, sin saberlo, os he prestado, pues os aseguro que, en caso contrario, habría sabido muy bien lo que el bienestar...
»—¡Oh, no me hagáis tantos cumplidos! –respondió el hada–. Dadas las circunstancias de nuestro encuentro, estos resultan innecesarios. He de agradeceros nada menos que el que me hayáis devuelto mi propia forma y, ya que no podemos pasar juntos más que esta noche, no me perdonaría dar ocasión a que malgastásemos el tiempo con cumplidos. Veo que estáis necesitado de descanso y que ya estáis desnudo… tumbaos tranquilamente en la cama. Esta es de hecho la única que hay en estas estancias, pero hay un sofá en el gran salón en el que podré pasar la noche muy cómodamente…
»—Madame –le interrumpió el príncipe sin saber muy bien lo que iba a decir–, en este preciso instante sería el más afortunado de entre todos los mortales si no… fuera el más desafortunado. Debo confesaros que encuentro lo que no buscaba mientras buscaba aquello que había perdido y, si el dolor de haberos encontrado, la alegría de mi pérdida… no, la alegría, quería decir, de haberos encontrado…
»—¡Cáspita! –le interrumpió el hada– ¡Me parece que estáis desvariando! ¿Qué queréis decirme con todo este galimatías? Venid aquí, príncipe Biribinker y confesadme, en buena prosa, que estáis enamorado de una lechera.
»—Vuestros consejos son sin duda tan adecuados –dijo el príncipe– que tengo que admitir que…
»—¡Oh, no tenéis que preocuparos por ello! –continuó el hada–. Y lo estáis de una lechera que os habéis encontrado esta mañana en una humilde cabaña, en un establo, podría decirse…
»—Pero os lo suplico… ¿cómo es que…? ¿cómo habéis podido…?
»—La cual estaba sobre un lecho de néctar de naranjos y se encontraba justo en ese preciso instante a punto de ordeñar en una colodra de rubí una cabra de color celeste, ¿no es así?
»—¡En efecto! –exclamó el príncipe–. Para ser una persona que hace un cuarto de hora todavía era (y no me lo toméis a mal)… no voy a decir qué… sorprende lo mucho que sabéis…
»—Y huyó tan pronto como escuchó el nombre de Biribinker…
»—Os lo ruego, madame, ¿cómo podéis saber todo esto si, como vos misma habéis confesado, habéis permanecido durante ya doscientos años en el extraño estado en el que he tenido el honor de conoceros tan inesperadamente?
»—No tan inesperadamente como os imagináis, al menos en lo que a mí respecta, –respondió el hada–. Pero dejad que vuestra curiosidad descanse durante un instante. Estáis exhausto y no habéis comido nada en todo el día. Venid conmigo al salón, ya está servido para nosotros dos, y espero que vuestra lealtad hacia vuestra bella lechera os permita al menos acompañarme a la mesa.
»Biribinker se percató muy bien de la secreta sugerencia que yacía detrás de estas palabras, pero no respondió con otra y se contentó con acompañarla al salón tras realizar una profunda reverencia.
»Tan pronto como entraron en la sala, la bella Cristalina (pues así se llamaba el hada) se acercó a la chimenea y se apoderó de una pequeña vara de madera de ébano, en cuyos extremos había fijado un talismán de diamantes.
p. 167»—Ahora no tengo ya nada que temer –dijo el hada–. Sentaos, príncipe Biribinker. Soy la dueña de este palacio y de unos cuarenta mil espíritus elementales que el gran mago que lo construyó hace quinientos años dispuso para su servicio.
»Con estas palabras golpeó tres veces la mesa y en tres instantes Biribinker pudo ver con asombro cómo esta se cubría con las más delicadas viandas y cómo las botellas de las mesitas se llenaban solas de vino.
»—Sé –dijo el hada al príncipe– que no coméis nada más que miel. Probad esta de aquí por una vez y decidme si alguna vez habéis paladeado algo igual.
»El príncipe comió un poco y juró que esta no podía ser otra cosa que la ambrosía de los dioses.
»—Está preparada con los aromas más puros de flores que jamás se marchitan y que crecen en el jardín de los silfos. ¿Y qué me decís de este vino? –continuó diciendo mientras le ofrecía una jarra llena.
»—Os juro –exclamó el entusiasmado príncipe– que ni la bella Ariadna le ofreció al joven Baco uno mejor198.
»—Está preparado con las uvas que crecen en los jardines de los silfos y estos bellos espíritus deben a su ingesta la juventud y la alegría que corre por sus venas.
»El hada no dijo nada de que este néctar tenía otra propiedad que el príncipe comenzó a experimentar pronto. Cuanto más bebía de él, más bella le parecía su acompañante. Tras el primer trago se dio cuenta de que contaba con una bella cabellera rubia, tras el segundo quedó cautivado por la belleza de sus brazos, con el tercero descubrió un pequeño hoyuelo en su mejilla izquierda y en el cuarto quedó prendado por la blancura y la forma de unos ciertos pechos, que se presentaron ante sus ojos bajo la niebla de un fino velo. Una figura tan atractiva y una taza que se llenaba por sí sola eran mucho más de lo que necesitaba para que sus sentidos se sumiesen en un dulce olvido de todas las lecheras de todo el mundo. ¿Qué podemos decir? Biribinker era demasiado cortés como para dejar que un hada tan bella durmiese en un sofá y la bella hada lo suficientemente agradecida como para rechazar su compañía en una casa encantada por cuarenta mil espíritus. En suma, tan lejos llegó la cortesía por un lado y el agradecimiento por otro que Biribinker se mostró completamente digno de las inclinaciones que Cristalina había sentido por él desde el primer momento en el que lo vio.
»El hada, tal y como nos cuenta la historia, se despertó primero y no pudo soportar el poco decoro de ver a un príncipe tan extraordinario y tan bien acompañado durmiendo.
»—Príncipe Biribinker –le dijo una vez que, no se sabe cómo, logró despertarle–, no es poco lo que os debo. Me habéis librado del más vil encantamiento al que jamás se vio sometida doncella alguna. Me habéis vengado de mi celoso enemigo. Solamente una cosa más y podréis contar con la infinita gratitud del hada Cristalina.
»—¿Y qué es esa cosa? –le preguntó el príncipe mientras se frotaba los ojos.
»—Escuchadme, pues –respondió el hada–. Como os he contado anteriormente, este palacio perteneció a un mago, cuyos conocimientos le otorgaban un poder casi ilimitado sobre todos los elementos. Sin embargo, este poder estaba muy limitado en lo referente a los corazones. Por desgracia, a pesar de su avanzada edad y de una barba que casi le llegaba a la cintura, el mago era una de las almas más enamoradizas que jamás han existido. Se enamoró de mí y, a pesar de que no contaba con el don de hacerse amado, tenía el poder suficiente como para ser temido. Admirad lo caprichoso que resulta el destino: le negué mi corazón, al que él había dedicado todos sus esfuerzos tratando de ganárselo, y le otorgué mi persona, que para nada le servía. Por aburrimiento, al final se acabó volviendo celoso, pero tan celoso que no se podía soportar. Tenía a los más bellos silfos a su servicio y, aun así, se enojaba por las más inocentes libertades que nos tomábamos. Solamente hacía falta que se encontrase con uno de ellos en mi habitación o en mi sofá para que yo supiese muy bien que no volvería a verlo. Le exigí que confiase en mi virtud, pero al incrédulo esta no le parecía aval suficiente frente a un destino que sabía muy bien que se había merecido. En definitiva, despidió a todos los silfos y en su lugar puso a nuestro servicio a unos gnomos, unos pequeños y deformes enanos que podrían haberme hecho desmayar del asco que me producían. Aun así, como la fuerza de la costumbre hace todo tolerable, poco a poco me fui reconciliando con la figura de estos gnomos y al final encontré elegante aquello que en un principio me había resultado asqueroso. De entre todos ellos, no había uno que no contase con algo desproporcionado en su constitución. Uno tenía una joroba como un camello, otro una nariz que se extendía por encima de su boca, un tercero orejas como un fauno y una boca que le separaba la cabeza en dos hemisferios, el cuarto una panza monstruosa… en definitiva, una imaginación chinesca no puede inventarse algo más extravagante que las caras y figuras de estos enanos. Sin embargo, el viejo Padmanaba no se dio cuenta de que, de entre todos sus sirvientes, había uno que en cierto sentido era mucho más peligroso que cualquier silfo del mundo. No es que fuese menos horrendo que los demás, pero, por un extraño capricho de la naturaleza, esta le había prestado un don que en otros no servía más que para ofender los ojos. No sé si me entendéis, príncipe Biribinker…
p. 168»—No del todo –respondió el príncipe–, pero contadme más, quizá vuestro relato lo aclare.
»—No pasó demasiado tiempo –continuó la bella Cristalline–, para que Grigri (pues así se llamaba el gnomo) tuviera motivos para creer que me disgustaba menos que sus colegas. ¿Qué queréis que os diga? Cuando una se aburre, vienen a la cabeza todo tipo de ocurrencias y Grigri tenía el don de hacer que las damas insatisfechas pasasen un buen rato. En una palabra, sabía llenar mis horas de ocio (y de estas, en efecto, tenía demasiadas) de una manera tan agradable que no se podía estar más satisfecha de lo que yo estaba. Padmanaba acabó dándose cuenta de la inusual alegría que mi rostro y todo mi ser translucían. No dudaba que las razones de esta eran otras que las satisfacciones que él me ofrecía, pero no era capaz de adivinar a qué se debía exactamente. Desgraciadamente, el mago era un auténtico maestro en ese tipo de silogismos llamados sorites199. Gracias a una larga cadena de conclusiones llegó a la suposición que finalmente parecía revelarle todo el secreto. Se decidió a observarnos y aprovechó tan bien su tiempo que finalmente nos sorprendió exactamente en este gabinete cuando jugábamos a un juego que la inagotable destreza del pequeño Grigri hacía extraordinariamente interesante. No podríais creer, mi príncipe, que pudiese existir un corazón tan malvado como el que el viejo mago mostró en esta ocasión. En lugar de alegrarse generosamente por mis deleites… se enfureció por ellos, ¡el muy infame! Resulta normal que se enfureciese por no ser Grigri, pero ¿había algo más vil que castigarnos por ello?
»—Así es –dijo Biribinker–. ¡No hay nada más vil! De hecho, estoy seguro de que si el mago hubiera sido como Grigri precisamente en ese aspecto le habríais otorgado, a pesar de sus largas barbas, la primacía por encima de un enano pequeño y horrendo…
»—¡Qué decís de un enano pequeño y horrendo! –respondió Cristalina–. Os aseguro que en el instante del que hablamos Grigri era a mis ojos todo un adonis. Pero escuchad cómo terminó todo. Una vez que el viejo nos hubo observado inmersos en nuestros juegos sin que nos percatásemos de su presencia, acabó por salir finalmente y nos causó un miedo que es más fácil imaginarse que describir. Justo en el momento en el que su mirada descubrió algo que parecía mofarse de su incompetencia, descargó toda su ira sobre nosotros. Me avergüenza repetir los cumplidos que me dedicó en esta ocasión. En fin (pues debo ahorrar tiempo) me transformó en aquello que ya sabéis y al pobre Grigri en un zángano…
»—¡En un zángano! –exclamó Biribinker–. Es extraño, pero quizá conozca al señor Grigri…
»—Con la condición de que no recuperaría mi forma primigenia hasta que el príncipe Biribinker (disculpad que, por vergüenza, no narre las circunstancias en las que he tenido el placer de conoceros y que, sin tratar de lisonjearos, no os dejaron en mal lugar, pues por un momento, atónita, os tomé por el pobre Grigri)…
»—Me hacéis demasiados honores –respondió Biribinker– y si hubiera sabido que vuestro corazón latía por un ser tan digno…
»—Os ruego –dijo el hada– que os ahorréis los halagos innecesarios que tanto os gusta hacer: no os podéis imaginar cuán impostado y extraño os hacen parecer. He de deciros que tengo la mejor opinión de vuestra modestia y creo que os he dado ya suficientes pruebas de ello al sentirme tan segura estando cerca de vos. En realidad, no recuerdo muy bien cómo hemos llegado a adquirir tanta confianza y os confieso que, por la mera satisfacción de nuestro encuentro, tan largamente deseado, quizá me tomase un par de copas más de las que suelo beber, pero espero, aun así, que os mantengáis dentro de los límites del…
p. 169»—En realidad, bella Cristalina –dijo el príncipe tomando la palabra de nuevo–, encuentro vuestra memoria tan singular como la virtud en la que esperabais que el viejo Padmanaba confiase ciegamente, pero decidme, si es que no lo habéis olvidado también, ¿qué fue del abejorro?
»—Justo teníais que recordármelo… ¡el pobre Grigri! Ya lo había olvidado. Lo siento mucho, pero el terrible Padmanaba puso una condición tan extravagante para su liberación que no sé cómo os voy a poder explicar…
»—¿Y qué condición fue esa? –preguntó Biribinker.
»—No comprendo –respondió Cristalina–, qué habréis hecho para que el viejo mago os meta en todo este asunto, lo que es seguro es que entonces, cuando tuvieron lugar todas estas transformaciones, vuestra tatarabuela ni siquiera había nacido. En una palabra, Grigri no recuperará su forma primigenia hasta que… ¡No! La delicadeza de mis sentimientos me impide decíroslo y no entiendo cómo podré hacerme entender por vos. Aunque veo, por el rubor que el mero pensamiento ha despertado en mi rostro, que ya habréis adivinado de qué se trata.
»—¡Que me transformen en un abejorro de tamaño triple –exclamó Biribinker– si es que llego a adivinar qué es lo que queréis! Os lo ruego, no deis tantos rodeos, ya ha amanecido y no puedo permanecer aquí durante mucho más tiempo.
»—¿Cómo? –dijo el hada–. ¿Tan largo se os hace el tiempo conmigo? ¿Acaso no soy capaz de hacer que, aunque sea únicamente por algunas horas, olvidéis por unos momentos a vuestra lechera? Aún así, deberíais cortejarme un poco, aunque fuera de manera puramente egoísta, pues puedo contribuir a vuestra fortuna más de lo que os podéis imaginar.
»—Decidme entonces qué es lo que debo hacer –respondió Biribinker.
»—¡Qué impaciente sois! –exclamó el hada–. Sabed que el pobre Grigri no habrá de llamarse de nuevo Grigri hasta que el príncipe Biribinker… ¡Bueno! ¡Adivinadlo entonces! Pero os aseguro que, de no tratarse de la recuperación de un buen y viejo amigo, no me prestaría nunca a convertirme en la víctima de la venganza que Padmanaba quiere tomarse contra el pobre Grigri mediante vuestra… ayuda.
»—¿No querrá que os quite la vida? –preguntó el príncipe.
»—Hay que admitir –respondió Cristalina– que hoy os habéis levantado extraordinariamente espeso. ¿No pensáis que un verdadero enamorado antes preferiría ver muerta a su amada que verla en los brazos de otro?
»—Ja, ja, ja. Ahora por fin os entiendo –respondió Biribinker con una gran frialdad–. ¡Efectivamente! No era necesario que vuestro pudor os obligara a tantos reparos para decirme las cosas claramente. Pero permitidme que le eche una mano a vuestra memoria y os diga que, si de mí dependiera, Grigri ya debería haber dejado de ser un abejorro. No hace ni tres horas que…
»—¡Me parece que habéis perdido la cabeza! –le interrumpió el hada–. Entretanto, debéis saber que Padmanaba es muy estricto respecto al derecho de desquite y que Grigri no ha de recuperar su forma primigenia hasta que le devuelvan todas las injurias que el mago cree haber recibido de él.
»—¡Ay, madame! –exclamó el príncipe mientras saltaba de su cama–. Soy el más obediente servidor del señor Padmanaba, pero, en lo relativo a esta pequeña circunstancia, me parece que tendréis que encontrar a un nuevo Grigri entre los diez mil gnomos a vuestro servicio para poder llegar a consumar la vengaza de vuestro petimetre de barba gris respecto a su rival, y esto probablemente os resulte de mayor importancia que la posibilidad de que vuestro pequeño enano recupere su belleza prístina. En lo que a mí respecta, pienso que tenéis motivos para estar más que satisfecha con que os haya devuelto la vuestra. No lo digo como si no me considerara suficientemente recompensado con las atenciones que me habéis dispensado por un servicio que tan poco me ha costado llevar a cabo, pero he de recordaros que el asunto sigue siendo que, en lugar de ser un orinal de cristal, habéis vuelto a ser el hada Cristalina, y que el poder que os otorga la varita mágica del viejo Padmanaba seguramente haga que resulte sencillo que podáis llegar a consolaros por la pérdida de una única persona.
p. 170»—Espero –respondió Cristalina–, que no consideréis mis desvelos por el pobre Grigri como el fruto de una intención puramente egoísta. Desconoceríais tanto la pureza de mis sentimientos como los deberes de la amistad si no fueseis capaz de comprender que uno se puede desvivir por un amigo sin que exista otro motivo que el bienestar de este amigo, y lamentaría…
»—¡Madame! –respondió Biribinker, que para entonces ya se había vestido–. Estoy tan plenamente convencido de la pureza de vuestros sentimientos como solo podríais esperar de mí, pero ya podéis ver qué buena mañana hace para continuar mi viaje. Sed bondadosa, puesto que vuestro corazón está capacitado para una amistad tan desinteresada, y dadme a conocer el camino por el que puedo volver a encontrar a mi amada Galactina. Si así lo hacéis, siempre defenderé frente a cualquiera que sois la más generosa y altruista, y, si así lo deseáis, también la más mojigata de entre todas las hadas del orbe.
»—Vuestros deseos son órdenes –respondió Cristalina–. Id a buscar a vuestra lechera, si es que ese es vuestro destino. Quizá tenga motivos para no estar demasiado satisfecha con vuestro desempeño, pero bien veo que sois uno de esos a los que hay que atar en corto. Marchaos, príncipe, en el patio encontraréis un mulo que os llevará al trote hasta que hayáis encontrado a vuestra Galactina. Si os encontraseis inesperadamente con algo desagradable, tendréis en esta vaina de guistantes un medio infalible para hacerle frente.
—¡Qué felicidad me produce –dijo don Eugenio interrumpiendo la narración de su amigo– que por fin hayáis sacado a vuestro Biribinker de este maldito palacio! Os confieso que esta Cristalina ya me empezaba a resultar cansina. ¡Qué criatura tan vulgar!
—Decid que es un hada –respondió don Gabriel– y con eso estará todo dicho.
—Supongo que con esto –dijo don Sylvio con gran seriedad– no queréis dar a entender que no hay hadas dignas de admiración, pues es innegable que las hay. Sin embargo, es bien cierto que quizá la mayoría de ellas cuente con alguna característica extraña y extravagante por la que se diferencian de los mortales. ¿No estará el error en nosotros mismos, que las juzgamos siguiendo unas reglas a las que ellas no están sujetas como seres de otra categoría?
—Pero su palabrería –dijo don Eugenio–, la delicadeza de sus sentimientos, su virtud… ¿qué decís de todo esto?
—Me parece que juzgar a las hadas no deja de ser un asunto delicado –respondió don Sylvio–, tanto que no quiero decir nada al respecto y más aún en esta ocasión, pues la historia del príncipe Biribinker es, en todos los aspectos, la historia de hadas más extraordinaria que jamás he escuchado.
—En lo relativo a la personalidad del hada Cristalina –dijo don Gabriel–, el historiador no la presenta mejor de lo que fue realmente y creo que, en cualquier caso, sin violar con ello nuestro profundo respeto por las hadas, podría ser considerada reprobable. Por lo demás, don Eugenio, debéis admitir que su palabrería no es ni la mitad de aburrida de lo que pueda haber parecido al salir de mi boca si os ponéis en lugar del príncipe. Siempre se escucha con gusto a una persona cuando podemos verla y más si tiene una voz bien afinada: convence y conmueve, sin que se preste en realidad atención a lo que dice y verdaderamente no se ganaría demasiado si, en efecto, lo hiciéramos.
—Si no sois capaz de realizar un cumplido mejor a nuestro género –dijo doña Felicia–, haríais mejor en continuar vuestra historia, por aburrida que esta sea.
p. 171Don Gabriel prometió dar lo mejor de sí para hacer la historia algo más entretenida y continuó su narración.
»El príncipe se guardó la vaina de guisantes, dio las gracias al hada por todas las atenciones que le había dedicado y bajó al patio.
»—Mirad allí –le dijo Cristalina, que le acompañó–. ¿Veis ese mulo de allí? No tiene par. Desciende en línea directa del famoso caballo de Troya y del asno de Sileno200. De la línea paterna heredó la característica de que es de madera, por lo que no necesita ni comida, ni paja, ni almohaza; mientras que a la línea materna debe su suave trote y que es tan manso como un cordero. Subid y dejad que os lleve a donde quiera llevaros, pues os conducirá a vuestra amada lechera y, si no os hace tan feliz como deseáis, la culpa será únicamente vuestra.
»El príncipe observó este extraordinario animal por todos sus lados y tuvo que recordar todas las maravillas que le habían ocurrido en este palacio para confiar en las bondades que el hada había pregonado. Mientras se subía a él, Cristalina quiso darle una prueba de que no había exagerado en lo referente a sus poderes. Golpeó el aire tres veces con su varita y ¡observad! En ese preciso instante aparecieron los diez mil silfos sobre los que la vara de Padmanaba le daba poder. El patio, las escaleras, la galería, e incluso los tejados y el aire bullían con estos jóvenes alados, de los que el más vulgar superaba al Apolo vaticano en belleza201.
»—¡Por todas las hadas! –exclamó Biribinker, que en ese momento se hallaba fuera de sí–. ¡Con qué corte más deslumbrante contáis! Dejad que el pequeño Grigri siga siendo un abejorro, madame, y conservad a todos los que aquí tenéis; sin duda sería una lástima que, de entre todos estos dioses del amor, no hubiera uno capaz de sustituir al gnomo que, según vuestras propias palabras, no contaba con ventaja alguna respecto a sus deformes camaradas más allá de ser desproporcionado en un modo placentero.
»—Al menos veis –respondió Cristalina –que no me falta compañía a la que recurrir en busca de consuelo por vuestra inconstancia si en algún momento me ocurriera que deseara ser consolada.
»Con estas palabras, le deseó un buen viaje, y Biribinker se fue al trote con su mulo de madera mientras reflexionaba sobre todo lo que le había ocurrido en este extraño palacio.
i En el texto se hace referencia a un cierto monte Atlas y no a la cordillera del Atlas.
187 El griego Estrabón (63 o 64 a.C.–19 o 24 d.C.) es fundamentalmente conocido por su Geografía, pero también dedicó algunos de sus escritos a la Historia, como sus Memorias históricas, de las que únicamente se conservan algunos fragmentos. Estrabón fue, a su vez, uno de los grandes viajeros de la Antigüedad, recorriendo casi todo el mundo conocido en ese momento, desde Armenia en Oriente hasta Cerdeña en Occidente. Por otro lado, Antoine-Augustin Bruzen de La Martinière (1662–1746) fue uno de los grandes historiadores franceses del periodo de finales del siglo xvii y principios del xviii. Su Introducción a la historia de Asia, África y América (1735) y su Gran diccionario geográfico y crítico (1726–1739) se cuentan entre sus obras más destacadas. La Martinière estuvo al servicio de varias cortes como la del duque Friedrich Wilhelm von Mecklenburg-Schwerin o la de François Farnese, séptimo duque de Parma y Piacenza.
188 Galeno de Pérgamo (129–199 d.C.) sentó las bases de la medicina moderna. En su obra De sanitate tuenda libri sex [Seis libros sobre el mantenimiento de la salud] informa sobre las características ideales de un ama de cría. El árabe Avicena (980–1037), en su Canon medicinae [Canon de la medicina] (1025) también discute sobre la ama de cría ideal.
189 Tal y como indica Jesús Cantera en su Refranero latino (Akal, 2005, p. 118), este modismo aparece en las Bucólicas de Virgilio (Latet anguis in herba).
190 Tanto el nombre de Caramussal como su residencia en lo alto del monte Atlas han sido tomados por Wieland de «Los cuatro Facardines» (1730) de Anthony Hamilton.
191 La Academia francesa, fundada en 1634 por Luis XIII de Francia (1601–1643) y oficializada por el cardenal Richelieu (1585–1642) un año más tarde, vela por el cuidado de la lengua francesa, y sigue hoy en día activa. En su origen se componía de 39 miembros electos, pasando a ser 40 en 1639. Actualmente la Academia cuenta con más de 700 miembros.
192 Jean Baptiste Lully (1632–1687), compositor, instrumentalista y bailarín francés de origen toscano, fue uno de los iniciadores de la ópera en Francia y el creador de la «tragedia lírica», que une la ópera con el ballet. Por otro lado, Melisa, en la mitología greco-romana, era la hermana de Amaltea. Ambas hermanas amamantaron al joven Hércules con miel y leche de cabra cuando este tuvo que ser escondido para que no le encontrase Cronos, su padre. El nombre de Melisota, por lo tanto, no resulta aleatorio.
193 El mangual era el arma típica de los lansquenetes suizos desde el siglo xiv, y consiste en una bola de acero y pinchos encadenada a un mango, aunque también hay otras versiones en las que los pinchos están directamente incorporados a un arma parecida a una porra. Durante la Guerra de los Campesinos suizos de 1653 el mangual (Morgenstern en alemán) adquirió un valor simbólico de adhesión a la causa.
194 Esta condición guarda interesantes similitudes con la prueba a la que Sir Gawain se ve sometido en el Castillo Verde en el romance artúrico Sir Gawain and the Green Knight [Sir Galván y el caballero verde], de finales del siglo xiv.
195 Pafos, en Chipre, contaba con un santuario dedicado a Venus. Wieland hace referencia al episodio de la llegada de Venus, sobre una concha e impulsada por el dios de los vientos, Céfiro, a las costas de Pafos. La escena fue inmortalizada por Sandro Boticelli (1445–1510) en su Nascita di Venere, de 1482–1485. Para Hebe, ver la nota 186 de este trabajo.
196 Se trata de una referencia velada a la Ínsula Barataria del Quijote cervantino, otra célebre ínsula literaria en tierra firme.
197 El mito de Venus y Adonis, tema clásico de la pintura del Renacimiento y del Barroco, fue ya recogido por las Metamorfosis de Ovidio.
198 Tras ser abandonada por Teseo en la isla de Naxos, Ariadna se encuentra con Baco, quien, fascinado por su belleza, toma a Ariadna por esposa y la lleva con él al Olimpo.
199 Recurso estilístico consistente en la concatenación de silogismos, generalmente se trata de una proposición o razonamiento que resulta de la concatenación de varios enunciados verdaderos y en el que el último de ellos se corresponde con la propiedad del primero. Un ejemplo simplificado del mismo sería «La cerámica de Talavera no es cosa menor, en otras palabras, es cosa mayor».
200 Sileno, padre adoptivo y compañero de Dionisio, era un sátiro y es habitualmente asociado con la embriaguez. Por lo general es representado dando tumbos o a lomos de un pequeño asno encorvado.
201 Sobre el Apolo de Belvedere, véase la nota 137 de este trabajo.
