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Capítulo II Continuación de la historia de Biribinker

—Me gustaría –dijo don Gabriel continuando su narración– ahorraros las variadas reflexiones que vinieron a la mente de Biribinker durante el viaje, para simplemente deciros que, hacia el mediodía, pues el calor comenzaba a ser ya insoportable, el príncipe se bajó del mulo a la entrada de un bosque y se sentó a la orilla de un pequeño arroyo al que los árboles y arbustos ofrecían su sombra. Al poco tiempo, Biribinker pudo ver a una pastora que conducía un pequeño rebaño de cabras rosadas para darles de beber en el arroyo donde el príncipe descansaba a la sombra. ¡Pensad, don Sylvio, lo enorme que sería su pasmo al descubrir a su amada lechera en la persona de esta pastora! Le pareció que era diez veces más bella que la primera vez que la había visto, pero lo que más le alegró fue que, en lugar de huir, se acercó a él y (tal y como parece), sin darse cuenta de que él estaba allí, se sentó no demasiado lejos de donde él estaba. El príncipe no se atrevió a dirigirse a ella, pero la miró con unas miradas tan fogosas y penetrantes que las piedras del arroyo casi se transforman en vidrio. La bella pastora, que debía de contar con una naturaleza ciertamente gélida para no verse abrasada por unas miradas tan tórridas, trenzaba una corona de flores y no se resistió a lanzar de vez en cuando alguna mirada de refilón al príncipe, en la que él creyó percibir nada menos que enojo. Esto lo volvió tan audaz que se acercó a ella sin que se diese cuenta, puesto que en esos momentos jugaba con una de las pequeñas cabras que, en lugar de pelo, contaba con hilos de plata, y que estaba engalanada con coronas de flores y cintas rosadas. Desde esta nueva perspectiva, sus ojos no hicieron sino reafirmar la belleza de la pastora y los de ella respondían de vez en cuando tan cortésmente que Biribinker no pudo evitar finalmente ponerse a sus pies y, siguiendo su costumbre, repetirle con giros muy poéticos todo aquello que ya había dicho antes de una manera mucho más comprensible y convincente. Una vez que hubo finalizado una sentimental elegía, la bella pastora le respondió con una mirada que en un primer momento aparentó más frialdad de la que acabó teniendo.

»—No sé si os he comprendido bien, pero ¿habéis querido decir durante todo este tiempo que me amáis?

»—¡Cielo santo! ¿Qué si os amo? –respondió el apasionado Biribinker–. ¡Decid más bien que os venero, que exhalo mi lánguida alma y la pongo a vuestros pies!

»—Mirad –dijo la pastora–, soy una muchacha sencilla y no exijo que me veneréis ni que exhaléis vuestra alma, pues, por otro lado, no estoy segura de que tengáis mucho de ella. Estaría mucho más satisfecha si simplemente me amaseis. Pero debo confesaros que soy más complicada de convencer que el hada con la que habéis pasado la última noche.

»—¡Por todos los dioses! –exclamó el aturdido príncipe–. ¿Qué es lo que acabo de escuchar? ¿Cómo es posible? ¿Quién podría haberos… ? ¿Cómo sabéis que… ? Ya ni sé lo que digo… ¡Oh, desgraciado Biribinker!

»La bella pastora lanzó un terrible grito antes de que el príncipe hubiera terminado de pronunciar este fatal nombre.

»—Sí, desgraciado Biribinker –exclamó mientras se levantaba con gran precipitación del suelo–, ¿tenéis que insultar mis oídos de nuevo con ese nombre? Me obligáis a odiaros y a huir, ahora que…

»En ese momento, la enfurecida Galactina se vio interrumpida por un espectáculo que hizo que cualquier otro pensamiento que tanto el príncipe como ella tuvieran en ese momento se esfumase repentinamente. Vieron cómo se acercaba a ellos un gigante que, en lugar de una corona, se había trenzado un par de jóvenes robles alrededor de la cabeza y que, mientras avanzaba, se urgaba los dientes con una larga estaca. Fue directo a la pastora y la atronó con una voz tan aterradora que los más de doscientos grajos que tenían sus nidos en su barba huyeron de ahí entre ruidosos graznidos.

p. 173»—¿Qué estás haciendo con este enanito, muñequita? Sígueme inmediatamente o, de lo contrario, te haré pedazos como a una galletita. Y tú –dijo dirigiéndose al príncipe mientras lo metía en un enorme saco–, ¡adentro del saco!

»Con este lacónico saludo, ató el saco, cogió a la pastora por el brazo y se marchó al trote. Biribinker creyó que había caído en un pozo sin fondo, pues caía y caía sin que pareciese haber un fin. Finalmente llegó al fondo, pero se dio tan fuerte con un nudo en la cabeza que permaneció aturdido durante algunos minutos y llegó a pensar que se había roto el cráneo. Poco a poco fue recuperándose y se acordó de la vaina de guisantes que le había dado Cristalina. La abrió y no encontró nada más que un pequeño cuchillo de diamante con un mango hecho de la garra de un grifo, tan pequeño que podía asirse con tres dedos202. «¿Es esto todo lo que el hada Cristalina puede hacer por mí?», pensó. «¿Qué quiere que haga con este juguetito? Es tan pequeño que con él apenas podría rebanarme la garganta y quizá ese sea su propósito. Pero hay que intentar cualquier otra cosa antes de rebanarse el cuello. Con este cuchillito podría intentar hacer un pequeño agujero en el saco, si bien me costará trabajo y, a pesar de que además habría que atreverse con un salto enorme, prefiero atreverme a todo antes que correr el riesgo de que este maldito monstruo haga de mí pequeñas salchichas para su prole». El príncipe Biribinker comenzó a trabajar con esta heroica determinación o, más bien, lo hizo por él el pequeño cuchillo, en el que estaba incrustado un talismán. Lo hizo con tanto denuedo que en poco tiempo consiguió hacer una apertura considerable en el saco, a pesar de que los hilos del tejido eran tan gruesos como la soga de un ancla. Se dio cuenta de que el camino atravesaba un bosque y pensó en ir con cuidado de lanzarse fuera del saco justo a tiempo para poder agarrarse a la copa de un árbol alto. Puso esta estratagema en funcionamiento de manera inmediata sin que el gigante se diera cuenta. Sin embargo, la rama a la que quiso agarrarse se rompió por su peso y el bueno de Biribinker cayó a un estanque de mármol bastante profundo lleno de agua que afortunadamente quedaba justo debajo. Lo que había tomado por un bosque era un bello parque que pertenecía a un palacio que no se encontraba demasiado alejado de allí. Pensaba, mientras se sumergía, que estaba cayendo por lo menos en el mar Caspio o, mejor dicho, no pensaba nada de lo completamente aturdido que estaba por el miedo, y jamás habría visto la tierra firme de nuevo de no haber sido por una ninfa que en ese mismo instante se bañaba en ese arroyo y que acudió nadando en su rescate. El peligro al que vio sometido a un joven tan bello le hizo olvidar cuál era su propio estado y, de hecho, el príncipe se podría haber ahogado fácilmente antes de que ella se hubiera puesto sus ropajes. En definitiva, cuando volvió en sí, Biribinker sintió que su cabeza reposaba sobre el más bello de los pechos que jamás haya existido y, cuando abrió los ojos, se vio en la orilla de un gran estanque en brazos de una ninfa que, dado el atuendo poco sofisticado en el que la vio, le otorgó mucha más vida de la que realmente necesitaba.

»Esta aventura lo situó en un estado de asombro tan agradable que apenas pudo pronunciar palabra alguna. Tan pronto como la ninfa lo vio volver a la vida, se deshizo de él y se lanzó al agua. Biribinker, que se imaginó que trataba de huir de él, lanzó un grito tan lastimero como el que puede lanzar un niño cuando se le quiere quitar una muñeca nueva. La bella ninfa se encontraba muy lejos de un propósito tan cruel y, al poco, volvió a verla emerger del agua con una espalda que superaba el esplendor de los lirios. Sacó la cabeza del agua un poco, pero, tan pronto como divisó al príncipe, volvió a meterse en ella y se deslizó bajo las aguas hasta que llegó a la otra orilla del estanque, donde estaban sus ropajes. Al ver que el príncipe la seguía, se elevó a la altura de la cintura, pero cubierta por sus largos y dorados cabellos, que llegaban en gruesas trenzas ondulantes hasta sus pies, ocultó a los lascivos ojos del príncipe unas bellezas que habrían sido capaces de rejuvenecer a un Titono203.

p. 174»—Sois un desvergonzado, príncipe Biribinker –dijo ella–, al importunar en momentos en los que una desearía estar sola.

»—Perdonadme, bellísima ninfa –respondió el príncipe– si vuestros reparos me parecen algo inoportunos, pues, dado el servicio que me habéis prestado tan valientemente, pensé que…

»—Hay que ver qué insolencia mostráis los hombres… Una no puede disponerse a mostrar la más mínima cortesía sin que le hagan un comentario burlón al respecto y un mero acto de valentía y compasión se convierte en vuestros ojos en un acto de aliento con el que creéis tener derecho a la hora de tomaros libertades con nosotras. ¿Cómo? ¿Acaso porque he sido lo suficientemente bondadosa con vos como para salvaros la vida os pensáis quizá que… ?

»—Sois muy cruel –le interrumpió el príncipe– al juzgar como inapropiada insolencia aquello que no es más que el efecto necesario de la magia de vuestros encantos. Si queréis arrebatarme de nuevo la vida que vos misma me habéis dado (¿quién podría haberos visto y soportar el arrebato de una mirada tan encantadora?), al menos matadme de una manera heroica. Haced de mí un monumento a vuestra triunfante belleza y dejad que me convierta en estatua de mármol al contemplaros.

»—Por lo que escucho veo que habéis leído a los poetas –respondió la ninfa–. ¿De dónde habéis tomado ese símil? ¿No era una cierta Medusa? Ciertamente habéis leído a Ovidio y hay que admitir que es algo que sin duda hace honor a vuestro maestro de escuela204.

»—¡Cruel! –exclamó Biribinker con impaciencia–. ¿Qué placer encontráis al confundir la lengua de mi corazón, incapaz de encontrar una expresión lo suficientemente poderosa para sus sentimientos, con las figuras retóricas de un ingenio escolar?

»—Desaprovecháis vuestro tiempo al intentar disputar conmigo –le respondió la ninfa–. ¿Acaso no veis que cuento con amplias ventajas en el elemento en el que me hallo? Pero, os lo ruego, situaos tras esos arbustos de mirto y permitidme que me vista, si sois tan amable.

»—¿No sería mucho más generoso por vuestra parte si me permitieseis que os ayudase a vestiros?

»—¿Eso creéis? –respondió la ninfa–. Os agradezco vuestra disposición a ayudarme, pero no me gustaría causaros molestia alguna y, como veis, cuento con suficiente personal mucho más acostumbrado a este trabajo que vos.

»Con estas palabras hizo sonar una pequeña concha que colgaba de su cuello junto a un collar con las más grandes y puras perlas, y en ese instante todo el estanque se llenó de jóvenes ninfas que, chapoteando por el agua, se dirigieron hacia allí e hicieron un círculo en torno a su señora. Biribinker ahora se mostraba incluso más indeciso a la hora de hacerse a un lado, pero, tan pronto como lo vieron las ninfas, le rociaron la cara con tal cantidad de agua que, por miedo a convertirse en un nuevo Acteón, huyó tan rápido de allí como si tuviera patas de ciervo205. Se palpó la frente a cada momento y, al comprobar que no tenía ni cornamenta ni candiles, se retiró tras el arbusto de mirtos para ver cómo se vestía la bella ninfa. Sin embargo, llegó demasiado tarde, pues las ninfas ya habían desaparecido de nuevo y, al intentar salir de los arbustos, poco faltó para que chocase su cabeza con la de su salvadora, que justo en ese momento estaba buscándolo. Se quedó pasmado al verla.

»—¿Cómo, madame? –exclamó–. ¿A esto llamáis estar vestida?

»—¿Por qué no? –respondió la ninfa–. ¿Acaso no veis que estoy envuelta en un velo de siete capas de lino?

»—Si eso es lino –dijo el príncipe–, estaría encantado de ver quién lo ha tejido, pues el tejido más delicado es lona al lado de este.

p. 175»—Es del más delicado tejido acuoso –respondió la ninfa–, hecho de un tipo de agua seca, hilada por pulpos y tejida por nuestras muchachas. Es la vestimenta que solemos llevar las ondinas206. ¿Qué otra queréis que llevemos, si no tenemos que protegernos ni del calor ni del frío?

»—No quiera el cielo que llevéis otra –dijo Biribinker–, pero me parece, si no me lo tomáis a mal, que para llevar eso no habríais tenido que poner tantos reparos cuando salisteis del agua.

»—Escuchadme, mi señor de la miel virgen –dijo la ninfa con una cierta mirada de desprecio que le sentaba muy bien–. Si me permitís aconsejaros, dejad vuestra cháchara moralizante que es precisamente aquella en la que peor os desenvolvéis. ¿Acaso no sabéis que la costumbre pesa más que el decoro? Bien se ve que no habéis conocido más mundo que el de un panal y haríais muy bien siguiendo los consejos del sabio Avicena no juzgando algo que veis por primera vez. Pero dejad que hablemos de otra cosa. No habéis almorzado, ¿verdad? Y, a pesar de vuestro constante (si bien con ciertas excepciones) enamoramiento por vuestra lechera, sé muy bien que no estáis acostumbrado a vivir de suspiros.

»Tras estas palabras hizo sonar de nuevo su diminuta concha e inmediatamente tres ninfas emergieron de la fuente. La primera llevó una mesita de ámbar, que se alzaba sobre tres gracias que estaban esculpidas en una única amatista. La otra extendió una estera hecha de los más delicados juncos y la tercera traía una cestita en la cabeza, de la que sacó varias conchas cubiertas que puso sobre la mesa.

»—Se me ha dicho que no coméis otra cosa que miel –le dijo la ninfa a Biribinker–. Tendréis la oportunidad de probar una que no es de las peores, si bien ha sido extraída de plantas marinas.

»El príncipe la probó y la encontró tan buena que a punto estuvo de tragarse también el cuenco. Una vez que hubieron comido, aparecieron otras dos náyades con una pequeña mesita de zafiro, que estaba servida con algunas tazas. Todas ellas estaban talladas de agua sólida, dura como el diamante y transparente como el cristal, y parecían llenas de agua de la fuente. Sin embargo, cuando Biribinker comenzó a probar su contenido, le pareció que los mejores vinos de Persia debían ser flema al lado de este.

»—Debéis admitir –dijo la ondina– que aquí no estáis peor que con el hada Cristalina, con la que habéis pasado la última noche.

»—Sois demasiado modesta, bellísima ondina –respondió el príncipe–, al compararos con un hada que se encuentra por debajo de vos en todos los aspectos.

»—De nuevo erráis el tiro –respondió la ninfa–, pues no lo dije por modestia, sino simplemente por saber qué es lo que responderíais.

»—Os lo ruego, mi diosa –dijo el príncipe—: ¿cómo podéis contar con información tan fidedigna sobre mí? Nada más verme pronunciáis mi nombre…

»—Con ello podéis comprobar cómo estoy tan bien informada como el hada Cristalina…

»—Sabéis que me he criado en un panal…

»—Eso se puede oler a una distancia de veinte pasos…

»—Que amo a una lechera…

»—Oh, y la amáis como nunca se ha amado y estáis aún más enamorado desde que es una pastorcilla, y quién sabe qué no habríais intentado de no ser porque el gigante Curaculiamborix… pero no os preocupéis, volveréis a verla y seréis tan feliz como puede serlo alguien que está con una lechera207.

p. 176»—¡Oh! –exclamó Biribinker, en el que la bebida de la ondina comenzaba a ejercer un poderoso efecto–. ¿Acaso puede desearse ver o poseer otra cosa una vez que se os ha visto, divina ondina? No recuerdo haber tenido ojos antes; y el instante en el que os vi por vez primera supone el comienzo de mi existencia. No conozco ni deseo otra felicidad que no sea la de consumirme a vuestros pies por el fuego que vuestra primera mirada ha despertado en mi pecho.

»—Príncipe Biribinker –respondió la ondina–, veo que habéis tenido un pobre maestro en la retórica. Pensaba que el hada Cristalina ya os habría quitado de la mente la ridícula opinión de que se han de declamar disparates para mostrarnos la intensidad de vuestra pasión. Apuesto lo que queráis a que no es cierto que deseáis consumiros a mis pies, creedme, sé muy bien lo que deseáis y ganaríais mucho si fueseis capaz de expresarlo naturalmente. Esta forma de hablar almibarada a la que os habéis acostumbrado quizá sea adecuada para conmover a lecheras, pero dejadme que os diga de una vez por todas que nosotras debemos ser tratadas con otros métodos. Una doncella que ha estudiado a Averroes durante tanto tiempo como yo lo he hecho no puede ser conquistada por unas florecillas poéticas, para conmovernos debemos ser convencidas y el poder de la verdad es lo único que nos puede obligar a rendirnos.

»Biribinker estaba ya lo suficientemente acostumbrado a ser reprendido por las damas con las que se encontraba como para dejarse acobardar por una advertencia que, por otra parte, le mostraba cómo se podía salir victorioso con una discípula de Averroes y, de hecho, sintió que le costaría mucho menos conquistarla a través del poder de la verdad que con declaraciones de amor ingeniosas y almibaradas. Los encantos de las ondinas sobrepasan, según el detallado testimonio del conde de Gabalis, todo lo que hace que resulte deseable la conquista de las más bellas hijas de los hombres208. En resumen, poco a poco Biribinker fue resultando tan natural y convincente como la ondina pudo desear y, a pesar de que ella prestaba gran atención a aquello que habitualmente se denomina gradaciones, supo administrar su tiempo tan bien que ya era de noche cuando el príncipe llevó el convencimiento hasta aquella evidencia que no deja lugar a dudas. La historia no dice nada más de aquello que ocurrió entre ellos, al menos nada más allá de que, cuando Biribinker se levantó por la mañana, pudo comprobar para su gran asombro que se encontraba exactamente en la estancia, exactamente en el palacio y exactamente en la misma situación que en la que se había encontrado la mañana anterior.

»La bella ondina que, quién sabe por qué razón, no se encontraba muy alejada del príncipe, apenas se dio cuenta de que se había despertado, con una dulzura que ahora lo dejaba indiferente tanto como lo había entusiasmado algunas horas antes, le dijo:

»—El destino, mi querido Biribinker, ha querido que estéis destinado a vincularos a hadas desafortunadas. Dado que se me ha concedido la satisfacción de ser una de ellas, es justo que os informe de quién soy y cuánto tengo que agradeceros. Debéis saber que soy una de esas hadas llamadas ondinas, ya que habitan el elemento del agua, de cuyos átomos más sutiles está compuesto su ser. Se me llamó Mirabella y la condición y rango que mi nacimiento me daba entre las ondinas habría sido suficiente para hacerme feliz si hubiera algún remedio para protegernos de las influencias de un astro hostil. El mío me destinó a ser amada por un viejo mago cuya profunda ciencia le daba amplios poderes sobre los espíritus elementales. Con todo, era la persona más desagradable del mundo y, sin la amistad de una salamandra que era la favorita del viejo Padmanaba…

p. 177»—¿Cómo? –exclamó el príncipe–. ¿Habéis dicho Padmanaba? ¿El hombre con la larguísima barba blanca como la nieve? ¿El que por aburrimiento convierte a las mujeres en orinales y a los gnomos en abejorros?

»—Exactamente ese –respondió la ondina– fue el que ejerció sobre mí los derechos que tendría un marido, sin por ello poner el mínimo empeño en cumplir los deberes de esta condición. Precisamente una de mis predecesoras, a la que sorprendió en los brazos de un horrible gnomo, le había hecho tan desconfiado que se mostraba celoso de su propia sombra. Había despachado a todos los gnomos y, en su lugar, puso a unas salamandras, cuya naturaleza ígnea resultaba mucho más adecuada, al menos tal y como él pensaba, para inspirar más miedo que amor. Sin duda, gracias a vuestro Ovidio recordaréis que la bella Sémele acabó convertida en cenizas al abrazar a una salamandra209. Pero el buen anciano, a pesar de toda su cautela, olvidó que la naturaleza acuífera de las ondinas nos protege completamente de ese peligro y que el fuego humedecido de una salamandra alcanza una temperatura tan agradable que resulta muy grato para el amor. Padmanaba confiaba tanto en su favorito que nos permitió todas las libertades que podríamos haber deseado. Quizá os imaginéis, príncipe Biribinker, que aprovechamos una ocasión así para abandonarnos a una forma de amor más material, pero os equivocáis. Flox, pues así se llamaba mi salamandra, era al mismo tiempo el amante más dulce y espiritual del mundo. Pronto se dio cuenta de que mi corazón solamente podía ser conquistado a través de la razón y llevó su deferencia respecto a mi delicadeza tan lejos que apenas pareció percatarse de que, como podéis observar, cuento con una piel bastante suave, con una figura que no resulta del todo indiferente y con un par de envidiables piececillos con los que, si era necesario, era capaz de transmitir más de lo que incluso otra sería capaz de comunicar con los ojos. En una palabra, se comportó conmigo como si únicamente estuviera hecha de materia espiritual. En lugar de, como otros amantes, galantear conmigo, se dedicó a analizar para mí misteriosos escritos de Averroes. Hablamos días enteros sobre nuestros sentimientos y, a pesar de que en realidad siempre eran los mismos, supimos expresarlos a través de tales giros que siempre parecía que decíamos algo nuevo, cuando en realidad siempre decíamos lo mismo. Podéis ver, príncipe mío, que nada podría haber resultado más inocente que nuestra amistad o, si así preferís llamarlo, nuestro amor. Y, a pesar de ello, ni la sinceridad de nuestras intenciones ni las precauciones de una joven gnómida que estaba a mi servicio y que era, en realidad, la criatura más simple del mundo, pudieron protegernos de las maliciosas observaciones de tantos ojos que la envidia mantenía al acecho hacia nosotros. Algunas salamandras, ofendidas por la preferencia que otorgaba a mi amigo por encima de ellas, se atrevieron a hacer algunos comentarios sarcásticos que, según ellas, se basaban en ciertas confianzas que nos habíamos tomado. Una de ellas decía que me mostraba extraordinariamente alegre y que ardía en mis ojos un cierto fuego que parecía ya apagado desde largo tiempo atrás. Otra no podía comprender cómo mi amor por la filosofía podía ser tan grande como para permitir que recibiese lecciones en mi dormitorio, una tercera apuntó a una cierta simpatía entre nuestras rodillas y codos, mientras que un cuarto dijo haber descubierto no sé qué secreto entendimiento entre nuestros pies. Ya veis, mi príncipe, que, incluso si en uno de esos entretenimientos a los que las almas metafísicas se ven a menudo sometidas, hubiera sucedido algo del estilo, había que tener la maldad y el pensamiento materialista de nuestros enemigos para interpretar estas nimiedades en perjuicio de una virtud que a cada momento se mantuvo, gracias a las más estrictas máximas del decoro, dentro de lo honorable.

p. 178»Mientras tanto, el murmullo de aquellos que nos envidiaban fue haciéndose tan notorio que finalmente llegó a oídos del viejo Padmanaba, quien, por otra parte, se mostraba inclinado a dar pábulo a estas suposiciones. Su ira se volvía tanto más intensa cuanto mejor había sido la opinión que había tenido de mi virtud o al menos de la frialdad de mi sangre. Se organizó un plan para intentar sorprendernos y finalmente nuestros enemigos consiguieron descubrirnos en uno de los entretenimientos mencionados anteriormente, el cual, para nuestro infortunio, estaba resultando lo suficientemente intenso como para que durante algunos instantes pareciésemos haber perdido el control de nuestros sentidos. La voz atronadora del aterrador Padmanaba me despertó finalmente de una suerte de arrobamiento en el que resulta muy desagradable ser interrumpida y os podéis imaginar cuán aturdida me vi al verme iluminada por la mirada de tantos ojos en una situación tan delicada. En cualquier caso, mi espíritu no se vio abandonado de un cierto aplomo y conminé a mi viejo esposo a no juzgarme hasta que hubiera escuchado mis explicaciones. Estaba a punto de demostrarle gracias al séptimo capítulo de la Metafísica de Averroes cuán traicioneros pueden ser los sentidos, cuando interrumpió mi discurso con estas palabras:

»—Te he amado mucho, ingrata, como para que sea capaz de llevar a cabo la venganza que mi ultrajado honor exige. Sin embargo, tu castigo no será otro que una prueba de virtud, a la que todavía apelas desvergonzadamente. Te destierro –continuó diciendo mientras me tocó con su cayado– al territorio que abarca el parque que rodea este castillo. Mantendrás tu figura y los privilegios de tu estatus como hada, pero perderás ambos y te convertirás en un horrible cocodrilo tan pronto como caigas con cualquiera, quien quiera que sea, en las distracciones en las que te he encontrado. ¡Cómo lamento no hacer que este conjuro sea irreversible! Pero con el tiempo llegará un príncipe cuya maravillosa estrella podrá con todo mi poder. Todo lo que puedo hacer es vincular el desencantamiento de este hechizo a la fuerza talismánica de un nombre tan extraño que quizá no vuelva a escucharse en idioma alguno del orbe durante miles de años.

»Una vez que Padmanaba hubo pronunciado estas extrañas palabras, me vi arrastrada por una fuerza invisible hasta la fuente en la que me visteis por vez primera y pronto pude saber que el anciano, amargado por mi supuesta infidelidad, había abandonado el castillo sin que se supiese qué había sido de él o de mi amada salamandra. Permanecí inconsolable ante la pérdida de esta última y puse unas caras tan horribles a mis ninfas que algunas de ellas comenzaron a padecer de gota, mientras que otras, por puro miedo, parieron antes de tiempo en ese mismo lugar. En cualquier caso, cualquier dolor, por poderoso que sea, no dura eternamente y el mío duró hasta que recordé que Padmanaba había dejado abierta una manera de salvar el honor de mi virtud. ¿Qué más puedo deciros, príncipe Biribinker? Desde hace más de un siglo, más de cincuenta mil príncipes y caballeros han intentado acometer la aventura que únicamente vos estáis en condiciones de completar con éxito. ¡Qué lamentos, qué maldiciones no resonaron en estos bosques cuando estos desafortunados, en lugar de la atractiva ninfa a la que pretendían abrazar, se hallaron de repente ante un horrible cocodrilo! El asco que me produce un recuerdo tan humillante me impide continuar mi narración. Bien es cierto que esta horrible transformación cesaba inmediatamente, pero cada nuevo intento que hacían por liberarme de mi maldición contaba exactamente con el mismo éxito. Esta fuente, que en su momento contaba con un tamaño normal, con sus lágrimas se ha ensanchado tanto y ha adquirido una profundidad tal que, como habéis podido comprobar, se asemeja a un pequeño lago. Muchos de los que se han lanzado a él por desesperación habrían encontrado una muerte húmeda de no haber sido por mis ninfas, que se propusieron reconciliarles con la vida. Únicamente vos, afortunado Biribinker, habéis sido capaz de acabar con un encantamiento que me situaba en la triste obligación de convertir a miles en testigos de mi infortunio.

p. 179»—Hay sin embargo algo –dijo el príncipe– que no logro comprender del todo. ¿Para qué necesitabais a todos esos testigos? Me parece que no habría existido mejor modo de vindicar el honor de vuestra virtud, tal y como lo llamáis, si jamás les hubieseis otorgado la posibilidad de transformaros en cocodrilo.

»—Así razonáis vos y todos los que son iguales a vos –respondió Mirabella–. Decidme… ¿qué clase de honor puede reclamar la virtud forzada? ¿Qué doncella no es capaz de violentar sus impulsos cuando tiene ante sus ojos al mismo tiempo la imposibilidad de satisfacerlos y un humillante castigo? Mas sacrificar el amor por la virtud al miedo a la vergüenza, incluso en cierto sentido sacrificar la misma virtud, es un grado de heroísmo moral del que únicamente las más nobles almas son capaces.

»—¿Podéis explicarme esto de manera algo más clara? –respondió Biribinker–. Habitualmente no soy el más tonto, pero que me cuelguen si he logrado entender algo de todo lo que habéis dicho.

»—Nuestra virtud –respondió el hada– resulta un mérito únicamente cuando conservarla o perderla depende de nuestro albedrío. Lucrecia quizá nunca hubiera llegado a ser un modelo de la castidad si hubiera impedido a Tarquinio intentar atentar contra su honor. Una virtud ordinaria habría cerrado a cal y canto su dormitorio, la sublime Lucrecia la dejó abierta. Hizo de hecho más, pues propició la oportunidad de, gracias al gran sacrificio que realizó a la virtud mancillada, mostrar al mundo que incluso la mancha más insignificante capaz de oscurecer su brillo merece ser borrada con sangre. Con este ejemplo podéis ver, mi querido príncipe, cuán lejos y cuán alto permanece el elevado pensar de las grandes almas respecto a los conceptos mundanos del populacho moralizante. Para acabar con el encantamiento que robó a mi virtud su más preciado valor, el libre albedrío y la satisfacción de las dificultades vencidas, debí ponerme en la situación de mancillarla, al menos hasta que pudiera encontrar a aquel que podía liberarme de un castigo cuya mera idea resultaba insoportable a mi noble manera de pensar. Espero que ahora me comprendáis.

»—Sin duda –exclamó Biribinker–, os explicáis de una manera cada vez más oscura. En cualquier caso, debo confesaros que sois, si no me lo tomáis a mal, la más extraordinaria y remilgada señorita que jamás se ha visto en el mundo.

»—¿Qué decís? –respondió la bella ondina muy vivazmente–. ¿Una remilgada? ¿Yo? ¿Una remilgada, decís? En verdad me conocéis bien poco o jamás habéis visto una remilgada. ¿Qué encontráis de afectado o fingido en mi persona, en mis maneras, en mi vestimenta, en mi modo de expresarme? ¿Qué es artificioso? En una palabra, ¿queréis que os muestre que no soy una remilgada?

»Biribinker se estremeció ante esta inesperada propuesta tanto como por el modo en el que ella le demostraba que iba en serio.

»—¡Madame! –respondió–. Me creo absolutamente todo lo que queráis. No necesito prueba alguna y tampoco veo cómo vuestra virtud…

»—¡Mi virtud! –exclamó el hada–. Precisamente mi virtud me obliga a convenceros de que no soy una remilgada.

»—Si no sois una remilgada –respondió Biribinker–, os juro que yo no soy una salamandra y que mi naturaleza no es lo suficientemente ígnea para…

»—¡Debería daros vergüenza! –dijo la ondina–. ¿No os avergonzáis de hablar de una manera tan descarada? ¿Qué os imagináis? ¿Quién exige algo a vuestra naturaleza? Y, por otra parte, ¿a mí qué me importa que seáis frío o fogoso? Dejad que os diga que sois un hombre sin delicadeza alguna, que no sabe regalar ni los oídos ni las mejillas de una dama. ¿No sabéis que es un pecado hacer enrojecer a una doncella por una insignificancia? Nuestra virtud…

p. 180»—¡Madame! –le interrumpió Biribinker–. Os suplico que no nombréis de nuevo esa palabra. Si supierais cómo desfigura vuestra bella boca… Y permitidme deciros, con toda la delicadeza de la que soy capaz, que creo que he hecho tanto como puede exigirse a un hombre valiente, pues me he aventurado en una empresa en la que fracasaron cincuenta mil bravos héroes. Si se puede hacer más, se lo dejo a las salamandras, silfos, gnomos, faunos y tritones, que contarán sin duda con todo el campo libre para preservar vuestra virtud. Todo lo que os pido es vuestra protección y vuestra venia para marcharme.

»—En lo referente a vuestra marcha –respondió la bella Mirabella–, vos mismo podéis decidirla, pues bien sabéis que no soy yo quien os ha llamado. Respecto a mi protección, no puedo ocultaros que vuestra fortuna depende de vuestra propia conducta. Si seguís así, toda la protección de todas las hadas del mundo será en vano. ¿Acaso se ha visto jamás un enamorado como vos? Vagáis por el mundo buscando a vuestra amada y al mismo tiempo pasáis toda la noche en los brazos de otra. A la mañana siguiente vuelve a encenderse vuestro amor y en esa misma noche vuestra infidelidad. ¿Qué queréis que resulte de una manera tal de proceder? Vuestra pastora debe de ser extraordinariamente paciente si es que ha de acomodarse a esta nueva manera de amar…

»—¡Sin duda gustáis de hacerme reproches de este tipo! –exclamó el príncipe–. No quiero hablar de ello, pero creedme, vuestra monserga comienza a resultarme cansina, por muy ducha que seáis en ella. Decidme sin ambages cómo puedo liberar a mi amada Galactina del maldito gigante que se la llevó ayer.

»—No os preocupéis por el gigante –dijo el hada–. Un rival que se monda los dientes con una estaca es la mitad de temible de lo que os imagináis y conozco a cierto gnomo que, pese a lo pequeño que es, os podría causar más daños que Caraculiamborix, incluso si este fuera varios cientos de codos más alto de lo que es. En pocas palabras, no os preocupéis por nada más que por cómo pensáis volver a apaciguar a vuestra pastora, lo demás se arreglará solo. Y en caso de que os vierais en algún apuro en el que necesitéis de mi ayuda, romped este huevo de avestruz que os doy. Os prometo que no os prestará un menor servicio que la vaina de guisantes del hada Cristalina.

»Justo cuando Mirabella apenas había pronunciado la última palabra, desapareció junto al gabinete y el palacio. Biribinker se encontró, sin saber muy bien cómo, exactamente en el lugar en el que el gigante Caraculiamborix lo había sorprendido junto a su pastora. No se podía estar más sorprendido de lo que el príncipe se encontraba en ese momento respecto a todos los extraños acontecimientos que le habían ocurrido desde que huyó del gran panal. Se frotó los ojos, se pellizcó los brazos, se tiró de la nariz e incluso, de haber podido preguntar a alguien, habría preguntado si él u otra persona era en realidad el príncipe Biribinker. Cuanto más pensaba en ello, más probable le parecía que todo hubiera sido únicamente un sueño y comenzó a verse reforzado en esta opinión cuando vio aparecer de entre los arbustos a una cazadora que, por su forma y porte, parecía ser la mismísima Diana210. Su vestimenta verde, estampada con abejas doradas, la enfaldaba hasta las rodillas y, debajo de su pecho, llevaba un cinturón de diamantes. Una parte de su hermoso cabello estaba recogido en un moño con una cinta de perlas, mientras que el resto ondulaba en pequeños rizos en torno a sus níveos hombros. En la mano llevaba un venablo y una aljaba dorada colgaba de su espalda. «En esta ocasión», pensó Biribinker, «sé muy bien que no sueño» y, mientras pensaba esto, la cazadora se acercó tanto a él que logró reconocer en ella a su amada Galactina. Nunca le había resultado tan encantadora como lo estaba con ese atuendo, que le otorgaba el aspecto de una diosa. Por un momento se olvidó de todas las Cristalinas y Mirabellas que tanto le habían entusiasmado hasta hacía bien poco y, mientras se lanzaba a sus pies, le manifestó su alegría por haberla encontrado de nuevo con unas expresiones tan apasionadas que el más fiel de entre todos los enamorados no podría haberlo hecho mejor. La bella Galactina, sin embargo, sabía más de sus aventuras de lo que él se imaginaba.

p. 181»—¿Cómo te atreves –le dijo mientras alejaba su atractivo rostro con una indignación que no hacía más que otorgarle un mayor encanto– a presentarte ante mí, después de haber perdido con tus repetidas injurias la clemencia que ya te hice una vez?

»—Divina Galactina –le respondió Biribinker–, no os enojéis conmigo, no apartéis de ese modo vuestra mirada de mí si no queréis que fenezca ahora mismo a vuestros pies.

»—Deja todos estos sinsentidos –dijo la bella cazadora– que estás acostumbrado a malgastar con cualquiera que aparece en tu camino. Jamás me has amado, pues tu ánimo es vacilante: quien a todas ama, ama a ninguna.

»—Jamás –exclamó Biribinker con ojos llorosos–, jamás he amado a otra, y eso es tan cierto que me atrevería a jurar que todo lo que me ha ocurrido en cierto palacio no fue más que un sueño. Al menos os aseguro que los divertimentos de los que me acusáis tan maliciosamente únicamente fueron un mero pasatiempo para los sentidos, en el que el corazón nada tuvo que ver.

»—Una fina distinción –respondió la cazadora–, ¿cómo lo llamáis?, ¿divertimentos? Os diré que no necesito a enamorado alguno que se vea sujeto a esos divertimentos. Jamás he estudiado la filosofía de Averroes y soy una criatura tan de carne y hueso que no puedo comprender cómo el corazón de un enamorado puede resultar inocente cuando sus sentidos me son infieles…

»—Perdonadme al menos en esta única ocasión –dijo Biribinker sollozando.

»—¿Yo? ¿Perdonaros? –le interrumpió la bella Galactina–. ¿Y por qué debería perdonaros? Miradme. ¿Creéis que un rostro como el mío se ve obligado al perdón? ¿O quizá queréis decir que, para encontrar a un enamorado, si es que desease hacerlo, debería ser tan paciente como vos queréis que yo sea? Creedme: solo de mí depende elegir entre otros veinte que saben apreciar mejor el valor de un corazón que habéis despreciado de manera tan maliciosa.

»Estas palabras, a pesar de que se vieron acompañadas de una mirada que aminoró su dureza al menos a la mitad, sumieron al pobre Biribinker en una desesperación total:

»—¿Qué es lo que escucho, mujer cruel? –exclamó–. ¿Acaso deseáis mi muerte? ¿No pueden mis lágrimas ablandaros? ¡No! ¡Por todos los dioses! Antes de que llegue a aceptar que otro que no sea Biribinker…

»—¡Ay! ¡Maldito seas entre todos los monstruos! –exclamó la furiosa Galactina–. ¿De nuevo me haces escuchar ese horrible nombre, que ya ha atravesado mi alma por dos veces? ¡Huye lejos de mi vista o no habrás de esperar más que el más agrio y eterno odio que te he jurado tanto a ti como a tu maldito nombre!

»Biribinker tembló en lo más profundo de su ser al ver irrumpir en su amada una ira tan desmesurada. Maldijo hasta la saciedad el nombre de Biribinker y a aquel que se lo había dado y, quizá (pues no puedo afirmarlo con seguridad), se habría estampado la cabeza contra el roble más cercano si en ese justo instante no hubiera divisado a seis hombres salvajes que salieron como una tempestad del bosque y que se adueñaron de la bella cazadora211. Estos hombres salvajes poseían una estatura sobrehumana y tenían su cabeza y su espalda engalanadas con ramas de roble, y en su hombro izquierdo descansaban unas mazas de acero. Biribinker encontró su apariencia tan aterradora que, a pesar de su innata valentía, perdió todo el valor para arrebatar de sus manos a su amada. En estas circunstancias tan apuradas recordó el huevo de avestruz que el hada Mirabella le había dado y lo rompió con mano temblorosa. Al ver cómo una inagotable cantidad de pequeñas ninfas, tritones y delfines comenzaban a zumbar y alcanzaban en un instante el tamaño de una persona quedó tan asombrado como cabría imaginar y después pudo ver cómo algunos vertían agua de unos cuencos, mientras que otros lo hacían por sus orificios nasales, en una cantidad tal que en pocos instantes se creó en torno a ellos un lago que abarcaba todo el horizonte. Él mismo se halló a lomos de un delfín y navegó tan suavemente con él que apenas notó movimiento alguno, mientras que las ninfas y tritones que chapoteaban a su alrededor se afanaban en divertirle con música y con algunos atrevidos juegos. Pero Biribinker únicamente dirigía su mirada al lugar donde había tenido que dejar a su amada Galactina en manos de esos hombres salvajes y, como no podía ver más que agua hasta donde llegaba su aguda mirada, en algunas ocasiones deseó dejarse caer al lago. Seguramente lo habría hecho si no le hubiera preocupado caer a los brazos de una de las ninfas que nadaban alrededor de su delfín y que (tal y como sabiamente pudo ver de antemano) bien podrían haberle tentado a que la eterna fidelidad que había jurado a su enamorada se hubiera visto en peligro. Llevó tan lejos su cautela que, por miedo a verse demasiado conmovido por las bellezas que le rodeaban y sus miles de movimientos seductores, se puso un pañuelo de seda a los ojos.

p. 182»Siguió navegando de este modo durante un par de horas sin que le ocurriese accidente alguno hasta que finalmente se atrevió a retirarse un poco el pañuelo para ver dónde estaba. Para su intranquilidad, comprobó que las ninfas habían desaparecido y a lo lejos pudo observar algo que emergía por encima de las olas y que se asemejaba a la espalda de una gran montaña. También se dio cuenta de que las aguas del lago estaban extraordinariamente agitadas e inmediatamente después se levantaron unos vientos de tormenta acompañados de violentas ráfagas de lluvia que hacían parecer que todo un océano se precipitase desde el aire.

»La causante de todos estos estragos era una ballena, pero una ballena de esas que no se ven todos los días, pues las que suelen cazarse en las costas de Groenlandia eran en comparación con esta no mucho más grandes que los miles de animalitos insignificantes que se ven nadar en una gota de agua a través de un microscopio. Tan pronto como resoplaba, y esto ocurría por lo general cada cuatro horas, se desataba un viento huracanado y las corrientes de agua que echaba por la nariz causaban diluvios y aguaceros en cincuenta millas a la redonda.

»La agitación de las aguas era tal que Biribinker no pudo permanecer durante mucho más tiempo agarrado a su delfín, por lo que tuvo que abandonarse a las olas, que jugaban con él como si fuera una pelota, hasta que finalmente el aire que respiraba la ballena hizo que se viese arrastrado hacia uno de los orificios nasales del monstruo como si le hubiera atrapado un remolino. Estuvo cayendo algunas horas seguidas, sin que en su inconsciencia pudiera llegar a saber qué es lo que pasaba. Finalmente se dio cuenta de que había caído en medio de una gran masa de agua que llenaba una cavidad en el estómago de la ballena. Era un pequeño lago, que abarcaba unas cinco o seis millas alemanas, y Biribinker seguramente habría encontrado aquí el final de sus aventuras si no hubiera sido porque, para su fortuna, vio cómo se encontraba bastante cerca de la orilla de una isla o península, por lo que no tendría que nadar más de doscientos pasos para llegar a tierra firme212.

»La necesidad, que es la verdadera descubridora de todas las artes, le enseñó en esta ocasión a nadar, si bien era la primera vez que lo hacía en su vida. Consiguió llegar felizmente a la orilla y, tras colocarse en una roca que, pese a que tenía la apariencia de otras rocas de piedra, estaba tan mullida como un colchón, procedió, mientras sus ropas se secaban al sol, a relajarse inhalando las agradables fragancias que le hacía llegar un fresco viento procedente de un bosque de árboles de canela que adornaban la orilla. Sin embargo, como también tenía curiosidad por reconocer el territorio e informarse sobre si estaba habitado y por quién, descendió de la roca tan pronto como se hubo recuperado un poco y vagó durante media hora por el bosque hasta que finalmente llegó a un enorme jardín en el que todos los árboles, plantas, arbustos, flores y raíces de todo el orbe se apiñaban los unos contra los otros en el más exquisito desorden. El arte que subyacía a su disposición estaba tan bien enmascarado que todo parecía un mero pasatiempo de la propia naturaleza. Aquí y allá pudo ver a ninfas de una belleza arrobadora tumbadas bajo los arbustos o en grutas, y de sus urnas manaban pequeños arroyos que serpenteaban por todo el jardín y que en determinados puntos se transformaban y hacían todo tipo de formas por los aires, mientras que en otros hacían pequeñas cascadas o se agrupaban en albercas de mármol. Estas fuentes bullían con todo tipo de peces, los cuales, en contra de lo habitual en las criaturas de su naturaleza, cantaban tan alegremente que Biribinker quedó hechizado por su canto. En particular, quedó asombrado por una cierta carpa que poseía la voz de tiple más bella del mundo y que cantaba en ese momento un trino que habría hecho honores al mejor de los castrati213. El príncipe escuchó durante un cierto tiempo con la mayor satisfacción, pero todas estas cosas no hacían sino incrementar su curiosidad por conocer a quién pertenecía esta isla y si, realmente, tal y como creía, se encontraba en un mundo subterráneo. Por ello realizó diversas preguntas a los peces anteriormente mencionados, pues pensó que, ya que cantaban tan bien, seguramente también podrían hablar. Sin embargo, los peces seguían y seguían cantando sin responderle ni prestar la más mínima atención a aquello que les decía.

p. 183»Finalmente cejó en su empeño y continuó andando hasta que llegó a un enorme huerto, plantado con todo tipo de lechugas, tubérculos, plantas de vaina y otras plantas trepadoras. Por su apariencia, parecía que estaba bastante descuidado y, al mismo tiempo, resultaba tan bello como pudiera imaginarse, pues las plantas crecían en una desordenada abundancia. Mientras se hacía camino entre esta naturaleza salvaje tan bien como podía, su pie derecho tropezó con una gran calabaza que se asemejaba tanto a la panza de un mandarín chino que no había sido capaz de reconocerla bajo sus amplias hojas.

»—Señor Biribinker –le dijo la calabaza dirigiéndose a él–, la próxima vez sed tan amable de mirar un poco bajo vuestros pies antes de pisar el ombligo de una humilde calabaza.

»—Os pido disculpas, señor Calabaza –dijo Biribinker–, pues no fue esa mi intención, ya que sin duda habría ido con mucho más cuidado si hubiera podido suponer que las calabazas son personas tan importantes en esta isla como ahora puedo comprobar. En cualquier caso, me alegro de que la casualidad me haya propiciado la oportunidad de entablar conocimiento con vos, pues espero que no me neguéis la cortesía de decirme dónde estoy y qué debo pensar sobre todo lo que he podido ver y escuchar aquí.

»—Príncipe Biribinker –respondió la calabaza–, vuestra presencia me resulta tan agradable que no puedo imaginarme una satisfacción mayor que ofreceros los pequeños servicios que de mí dependen. Os encontráis dentro de la barriga de una ballena y esta isla…

»—¿En la barriga de una ballena? –exclamó Biribinker interrumpiéndolo–. Esto supera con creces todo lo que me he encontrado hasta ahora. Os juro, señor Calabaza, que en mi vida volveré a asombrarme por algo. ¡En efecto! Si dentro de la panza de una ballena hay viento, agua, islas y jardines y, tal como veo, sol, luna y estrellas, si las rocas son tan mullidas como los colchones, los peces cantan y las calabazas hablan…

»—En lo referente a ese punto –le interrumpió la calabaza–, permitidme que os diga que cuento con una cierta ventaja con respecto al resto de calabazas, pepinos y melones que se hallan en este huerto. Podríais haber pisado a cien más más sin encontrar alguna que fuera capaz de emitir un tono…

»—Os pido de nuevo disculpas –respondió el príncipe.

»—No son necesarias –respondió la calabaza–, pues os aseguro que lamentaría no haberme encontrado con vos. He esperado aquí vuestra llegada durante tanto tiempo, y el tiempo se me hizo tan largo que comencé a dudar si en algún momento viviría este feliz acontecimiento. Creedme, para alguien que no ha nacido para tener ese fin, es una experiencia amarga ser una calabaza durante cien años, especialmente si uno ama la conversación y está acostumbrado a la buena sociedad. Pero ha llegado el momento de que me venguéis del maldito Padmanaba.

»—¿Qué decís de Padmanaba? –exclamó Biribinker–. ¿Os referís al mago que transformó a la bella Cristalina en un orinal y que condenó a la incluso más bella Mirabella a ser un cocodrilo en el momento en el que se pusiera a prueba su virtud?

»—Esa pregunta –respondió la calabaza– me asegura que no me he engañado al tomaros por el príncipe Biribinker. Ya puedo ver que la mitad de los conjuros del viejo petimetre ya han sido destruidos y el momento de mi liberación se acerca.

»—¿También vos tenéis queja de él? –preguntó Biribinker.

p. 184»—No me toméis a mal –respondió la calabaza– si me río ante esta pregunta –y de hecho se rio tan alto que, por su poca respiración, consecuencia natural de su poderosa panza de pulpa, tuvo que jadear y toser durante un rato hasta que pudo volver a hablar–. ¿No os dais cuenta –continuó– de que debo ser algo más de lo que parezco? ¿No os informó la bella Mirabella sobre una cierta salamandra que tuvo el infortunio de verse sorprendida con ella en determinadas circunstancias por el viejo Padmanaba?

»—Así es –dijo Biribinker–, me habló de un cierto amante espiritual que entretenía su alma con los secretos de la filosofía de Averroes para que no observase los pequeños experimentos que mientras tanto…

»—Tate, tate –exclamó la calabaza–, veo que sabéis más de mí de lo que habría sido necesario. Soy exactamente esa salamandra, ese Flox, el cual, como decía y como ya sabéis, fue lo suficientemente afortunado de poder compensar a la bella Mirabella por las gélidas noches que se vio obligada a pasar con el viejo mago. La escena que mencionáis, en la que este cometió la estupidez de acudir como espectador no deseado, lo condujo a una suerte de desesperación, sin llegar por ello a curarlo del mal de amores que lo dominaba de una manera de lo más ridícula. Su palacio, o cualquier otro lugar de reposo que pudiera elegir, en el elemento que fuera, le resultaba odioso y no confiaba ni en mortales ni inmortales: todos los gnomos, silfos, tritones y salamandras le resultaban sospechosos y no se sentía seguro más que en la más inaccesible soledad. Tras otros muchos proyectos, que descartaba tan pronto como ideaba, se le ocurrió retirarse a la barriga de una ballena, donde pensó que nadie podría buscarle. Mandó a unas salamandras construir un palacio dentro de ella y, para que no pudieran descubrir su paradero, transformó a todas –entre ellas a mí– en calabazas, con la única condición de que recuperaríamos nuestra forma primigenia una vez que el príncipe Biribinker nos la diera de nuevo. Yo fui la única de todas ellas a la que permitió conservar el don del uso de la razón y de la lengua, de los que el primero, tal y como él pensaba, no me serviría más que para atormentarme con los recuerdos de la felicidad perdida, mientras que el segundo solamente me serviría para emitir lamentos como «¡ay!» u «¡oh!», o conversaciones en las que tendría que esforzarme para contestarme a mí mismo. Sin embargo, en este aspecto el viejo se equivocaba un poco, pues, por poco propicia que la figura y organización de una calabaza pueda resultar para la observación, está perfectamente dotada para reflexionar apriorísticamente y, con todo ello, en cien años uno prueba si esto o lo otro confirma las hipótesis que nos planteamos, o si tenemos que seguir en busca de una nueva. En resumen, no estoy tan desinformado sobre los asuntos del señor Padmanaba como él podría pensar y espero poder daros algunas indicaciones que os pondrán en una situación propicia para frustrar todas sus cautelas.

»—Os estaría muy agradecido por ello –respondió el príncipe–. No sé cómo, pero siento dentro de mí una suerte de vocación por hacerle alguna jugarreta a Padmanaba. Probablemente sea la influencia de mi destino la que me aboca a ello, pues no tengo constancia de que me haya ofendido personalmente a lo largo de mi vida.

»—¿Acaso no os parece suficiente ofensa –dijo la calabaza– que el gran Caramussal, que vive en la cima del monte Atlas, os diese el nombre de Biribinker? ¿Un nombre que os ha resultado tan fatal con vuestra amada lechera ya en tres ocasiones?

»—Entonces… ¿El viejo Padmanaba es el responsable de que me llame Biribinker? –preguntó el príncipe lleno de asombro–. Explicadme al menos un poco cómo se relacionan todas estas cosas, pues he de confesaros que ya me he devanado los sesos en numerosas ocasiones tratando de alcanzar el secreto que hay tras mi nombre, al que, tal y como parece, debo todas mis extrañas aventuras. En particular, me gustaría saber cómo puede ser que todo el mundo con el que me encuentro, incluso las calabazas, esté tan bien informado de todos los particulares de mi historia, tal y como si la llevara escrita en la frente.

p. 185»—No me está permitido todavía –respondió la calabaza– satisfacer vuestra curiosidad respecto a este punto, pero puedo deciros que quizá dependa de vos sacar algo en claro al respecto tras esta conversación. La mayor de las dificultades ya está superada, pues Padmanaba jamás pensó que podríais encontrarlo en la barriga de su ballena.

»—Os confieso que yo pensé menos aún en ello –le interrumpió Biribinker– y debéis admitir que el viejo ha hecho al menos todo lo posible para esquivar su destino. Mencionasteis, empero, un palacio que había mandado construir a sus salamandras. Me parece que estamos en los jardines que le pertenecen, pero ¿cómo puede ser que no vea palacio alguno?

»—La razón es bien sencilla –le respondió la calabaza–. Sin lugar a dudas seríais capaz de verlo si este no fuera invisible.

»—¿Invisible? –exclamó Biribinker–. Espero que al menos sea palpable.

»—Palpable es –respondió Flox–, pero está construido con llamas puras.

»—Me habláis de un extraño palacio –le interrumpió Biribinker de nuevo–, pero, si está construido con llamas… ¿cómo puede ser invisible?

»—En ello reside lo maravilloso de todo el asunto –respondió la calabaza–. Podrá ser posible o imposible, pero no es de otro modo. No podéis ver el palacio, o al menos no en el lugar en el que nos encontramos en estos momentos, pero si andáis unos doscientos pasos hacia adelante, el calor que experimentaréis os convencerá de que no os digo sino la verdad.

»Los extraordinarios sucesos que Biribinker ya había podido presenciar en la barriga de la ballena (y qué podría esperarse que ocurriese en la barriga de una ballena sino cosas extraordinarias) comenzaron a hacerle inclinarse por considerar fidedigno todo lo que se le dijo, si bien en esta ocasión fue tan obstinado como para querer comprobarlo por sí mismo. Se acercó al palacio invisible, pero, tan pronto como hubo caminado unos cien pasos, comenzó a notar un cierto grado de calor junto a un resplandor invisible que le vino de frente y que hizo que por un momento se quedara atónito. El calor y el resplandor aumentaban conforme se acercaba y lo hicieron hasta que resultaron tan penetrantes que no se podían soportar. Tuvo que volver sobre sus pasos y buscó a su amigo la calabaza, que, tan pronto como lo vio venir, le gritó:

»—¡Qué, Biribinker! ¿Me creeréis a partir de ahora cuando os diga algo? Al menos habéis comprendido, espero, que no hay nada que pueda resultar más natural que el que un palacio de llamas puras de fuego sea inaccesible y que por su resplandor y brillo sea invisible.

»—De hecho, eso lo entiendo mucho mejor que el modo en el que podría entrar en él –respondió Birbinker–, pues os digo que siento un terrible deseo de entrar en este palacio, incluso si ha de costarme la vida…

»—No os costará tanto –le interrumpió la calabaza–. Si accedéis a hacer lo que os diga, el palacio os será visible y podréis entrar tan fácilmente en él como si fuera una cabaña de paja. Para ello solamente tendréis que emplear un medio muy sencillo, que no os costará más que un saltito.

»—No me entretengáis más con acertijos, señor Calabaza –dijo Biribinker–. ¿Qué hay que hacer? Ya puede ser sencillo o difícil, me veréis dispuesto a todo por atreverme a adentrarme en un castillo que, de puro resplandor, resulta invisible.

»—Aproximadamente a sesenta pasos de aquel granado –respondió la calabaza– hay un pequeño laberinto de jazmín y de setos de rosas, y allí encontraréis una fuente que cuenta con la particularidad de estar llena de fuego en lugar de agua. Id allí, príncipe, bañaos en esa fuente y en un cuarto de hora volved aquí y contadme qué tal os ha ido el baño.

p. 186»—¿Nada menos que eso? –respondió Biribinker con un gesto que revelaba más mal humor que cinismo–. Creo que no estáis en vuestros cabales, señor Calabaza... ¿que debo bañarme en una fuente de fuego y después volver y deciros cómo me ha ido? ¿Se ha escuchado algo más absurdo?

»—No os precipitéis tanto –replicó la calabaza–, pues de vos depende si queréis entrar en el palacio invisible o no y, si no me hubierais manifestado vuestra intención de hacerlo, no se me habría ocurrido haceros una propuesta tal.

»—Calabaza, amigo mío –respondió Bibinker–, veo que queréis divertiros un poco a mi costa, pero os debo decir que no estoy de humor para bromas. No pido más que poder entrar de una pieza en el palacio.

»—¡Y así lo haréis! –dijo la calabaza–. El baño de fuego que os propongo no es tan peligroso como os imagináis y, de hecho, Padmanaba se da uno cada tres días, en caso contrario no podría vivir en un palacio de fuego. No en vano, a pesar de que (sin contar al gran Caramussal, que vive en la cima del Atlas) es uno de los más grandes hechiceros del mundo, cuenta con una naturaleza y procedencia tan terrenal como la vuestra. Sí, en caso de no emplear esa fuente, que es uno de los más grandes secretos de su arte, no podría permitirse la pequeña felicidad que ahora experimenta, o que más bien cree experimentar, junto a la bella salamandra a la que tiene encerrada en su palacio, si es que el empleo que un Titonio puede hacer de su Aurora merece el nombre de divertimento…214

»—¿Entonces tiene una bella salamandra consigo? –preguntó Biribinker.

»—¿Y por qué no? –respondió la calabaza–. ¿Pensáis que uno se encierra sin motivo en la barriga de una ballena?

»—¿Es muy bella? –continuó Biribinker.

»—Debe de ser que no habéis visto jamás una salamandra mujer –respondió la calabaza–, puesto que me hacéis esa pregunta. Habéis de saber que, en comparación con la más humilde de nuestras bellezas, la más bella de las mortales no tendría mejor apariencia que la que pueda tener una mona. Es cierto que conozco a una ondina que quizá podría disputarle la primacía a la más bella de las salamandras, pero, entre todas las ondinas, solamente hay una Mirabella…

»—¡Oh! En lo que a eso respecta –lo interrumpió Biribinker–, si la salamandra del viejo Padmanaba no es más hermosa que Mirabella, no habría resultado necesario que degradarais hasta tal punto a las bellas mortales. Admito que es encantadora, pero conozco a cierta lechera…

»—De la que estáis tan enamorado –lo interrumpió la calabaza con un tono burlón– que, al ver por primera vez a la hermosa Mirabella, le jurasteis que no la habíais visto nunca. El efecto es la mejor prueba de la causa y, si hubiera que juzgar vuestra pasión siguiendo este principio…

»—¡Por Dios! –exclamó Biribinker impaciente–. Parece que he venido aquí únicamente para escuchar a una calabaza filosofar. Decidme de una vez por todas cómo puedo entrar al palacio invisible, pues moriré de impaciencia si esto no ocurre. ¿No hay otro medio que el baño de fuego con el que parece que deseáis verme convertido en carbón?

»—Con vuestro permiso –respondió la calabaza–, he de deciros que sois de lo más extraño. Ya os he dicho que a mí me va todo en que seáis capaz de entrar al palacio invisible, en el que, teniendo en cuenta las circunstancias, seguro que os espera una de las aventuras más extraordinarias. ¿Acaso creéis que soy una calabaza por divertimento y que no me gustaría verme liberado cuanto antes de esta incómoda panza, que tan poco adecuada resulta para un espíritu especulativo como el mío? Os lo digo de nuevo: no existe otro medio para entrar en el palacio que arder en las brasas del baño de fuego que os he sugerido. Antes de morir de impaciencia, como decís, podríais intentarlo durante un par de minutos. Si llegáis a morir, y de ello me hago responsable, no se trataría sino de una forma de morir por otra, ya que, al final, el resultado sería el mismo.

p. 187»—Muy bien –dijo Biribinker–, vamos a ver qué hay que hacer. Quizá no debiera confiar tanto en vos como lo hago, mas la atracción de mi sino es más fuerte que mi razón. Iré y, si dentro de un cuarto de hora no volvéis a escuchar nada de mí, esperad pacientemente en forma de calabaza hasta que Padmanaba se desenamore por sí mismo o deje de ser celoso.

»Con estas palabras se despidió de la calabaza y se adentró en el laberinto en el que debía estar la fuente de fuego. Encontró una pila grande y redonda, cuyos muros estaban hechos de gruesas piedras de diamantes, y llena de un fuego que, sin que aparentemente se nutriese de materia visible alguna, se elevaba hacia el cielo en atronadores rayos y al mismo tiempo lamía sin daño alguno los gruesos setos de rosas que formaban una suerte de bóveda alrededor de la fuente. Incontables colores jugaban en la más espectacular variedad dentro de esta maravillosa fuente y, en lugar de humo, se extendía un suave e invisible vaho que exhalaba los más adorables olores. Biribinker contempló esta maravilla durante algún tiempo con una indecisión que no dice mucho del héroe de un cuento de hadas y habría permanecido aún más tiempo en la orilla de la fuente de no haber sido porque, cuando menos lo esperaba, una fuerza invisible lo lanzó en medio de las llamas. Se asustó tanto que no podía gritar por puro miedo, pero conforme se fue dando cuenta de que este fuego no le quemaba ni un pelo y de que, en lugar de propiciarle dolor, hacía que le atravesase una calidez voluptuosa, acabó recuperando la compostura de nuevo y al poco tiempo se sintió tan cómodo en la fuente que chapoteaba en las llameantes aguas como un pez en agua fresca. Quizá se habría dado con gusto un baño durante mucho más tiempo del asignado si el creciente calor no le hubiera sacado finalmente de la fuente. Saltó hacia fuera y, ¿cuán no sería su asombro cuando no solamente se sintió tan ligero e incorpóreo que se elevó por encima del suelo como un Céfiro, sino que también contempló por fin el palacio, cuya belleza y resplandor sobrepasaba todo lo que sus humanos ojos jamás habían visto? Permaneció fuera de sí durante un buen rato y el primer pensamiento que le vino a la cabeza fue sobre la belleza que debería albergar dentro de sí un palacio tan señorial. Puesto que los diamantes y los rubíes le parecían adoquines en comparación con los materiales de los que estaba hecho este palacio, no dudó, por lo tanto, que la salamandra sería a las bellezas que había conocido hasta ahora al menos como este palacio a los habituales castillos de hadas, que se creen tan suntuosamente decorados cuando cuentan con diamantes o esmeraldas en sus muros, rubíes en sus techumbres y perlas en el firme, y que, sin embargo, en comparación con este palacio ígneo, no parecerían más que una pobre cabaña. Sumido en estos pensamientos fue acercándose a este sin darse cuenta y ya había entrado en el primer patio, cuyas resplandecientes puertas se abrieron ante él justo al pasar, cuando recordó que la calabaza le había dicho que volviera a verla tras el baño de fuego. «Probablemente», pensó, «tenga que darme alguna información sin la cual podría ser peligroso adentrarse en este castillo y dado que, hasta ahora, sus indicaciones han tenido un efecto tan positivo en mí, no sería ni inteligente ni agradecido si llegase a pensar que no voy a necesitar más su ayuda». ¡Obsérvese cuán extrañas pueden acabar siendo las cosas! ¿Acaso se ha visto alguna vez que una calabaza acabase siendo la consejera de un príncipe?

»Biribinker se escabulló y volvió a donde estaba su calabaza no sin miedo de ser descubierto:

»—¡Ajá! –le espetó esta a unos veinte pasos de él–. Veo que el baño os ha sentado increíblemente bien. Ahora estáis encantador, os juro por la virtud de mi amada Mirabella que con esa apariencia no habrá salamandra que se os resista ni un minuto. Pero… ¿qué será de vuestra lealtad hacia la lechera?

»—Señor Calabaza –dijo Biribinker–, permitidme que os diga con todo el respeto que os debo que, dado el estado que me ha hecho alcanzar el baño, habríais hecho mucho mejor en obviar estos recordatorios tan fuera de lugar.

p. 188»—Os pido disculpas –respondió la calabaza–. Solamente quería decir…

»—Vale, vale –le interrumpió el príncipe–. Sé muy bien lo que queríais decir y he de responderos que creo que, sin vuestras advertencias, las cuales ponen en duda mi constancia de una manera sin duda insultante, y, gracias al recuerdo de mi celestial lechera, puedo estar tan seguro frente a todos los encantos de vuestras ígneas bellezas como podría estarlo si me viese situado junto a la más horrible de las gnómidas.

»—Ya se verá –dijo la calabaza– si sabéis mantener tan nobles convicciones. Tengo una opinión tan buena de vos como la que me otorga el conocimiento de todo lo ocurrido en cierto castillo y, a pesar de todo ello, no puedo negaros que veo que vuestra constancia se verá sometida a no pequeños peligros si os adentráis en ese palacio. De vos depende si os adentráis o no en él, pensadlo bien, o…

»—Mi querido señor Calabaza –le interrumpió Biribinker–, veo que os corroe un deseo de razonar tan grande como el de la virtuosa y preciosa Mirabella, vuestra enamorada. ¿Por qué me habéis pedido que me bañe en la fuente de fuego si no debo entrar en el palacio? Una vez más, mi querido amigo, no os preocupéis por mi fidelidad y decidme más bien cómo he de comportarme cuando entre en el palacio.

»—No es difícil de explicar –respondió la calabaza–, ya que no encontraréis en él resistencia alguna a entrar. Todas las puertas se abrirán ante vos y, si tenéis que preocuparos de algo, debe ser únicamente de (como ya os he dicho anteriormente y como tan poco os gusta escuchar) vuestro propio corazón.

»—¿Qué recibimiento creéis que me dará el viejo Padmanaba? –preguntó el príncipe.

»—Por lo que puedo ver por los movimientos de las estrellas –respondió la calabaza– ya es medianoche, momento en el que el viejo suele permanecer profundamente dormido. Incluso si se despertase, no tendríais nada que temer respecto a su ira, pues todo su poder poco puede hacer contra las virtudes mágicas de vuestro nombre y, a juzgar por los éxitos que ya habéis cosechado sobre él, podéis esperar volver a coronar vuestras empresas con éxito.

»—Pase lo que pase –respondió Biribinker–, estoy decidido a acometer la aventura del palacio invisible, pues no se explica de otro modo que haya acabado dentro de la barriga de la ballena. Buenas noches, señor Calabaza, y hasta la próxima.

»—Mucha suerte, adorable y valiente Biribinker –le espetó la parlanchina calabaza–. Buen viaje, flor y espejo de todos los caballeros feéricos, y que la aventura que tan valientemente acometes tenga un final como jamás se ha visto en cuento de hadas alguno desde que existen hadas y amas de cría en el mundo. Marcha, sabio hijo del rey, allá a donde el destino te lleve, pero guárdate de despreciar las advertencias de una calabaza que sin duda es tu buen amigo y que quizá lance miradas más profundas al futuro que cualquier otro muñidor de calendarios de la cristiandad215.

»Mientras ofrecía este discurso de despedida, la calabaza no se dio cuenta de que el príncipe ya había atravesado el primer patio del palacio antes de que esta hubiera terminado de hablar. Biribinker estaba entonces tan ensimismado en las aventuras que tenía por delante y, al mismo tiempo, su imaginación, a la que el baño de fuego había dado un impulso extraordinario, le presentaba a la bella salamandra a la que pronto esperaba ver con unos encantos tan irresistibles que apenas podía resistirse al pensamiento de ser infiel a su lechera solamente por esta vez. Sumido en estos pensamientos atravesó el segundo patio y llegó a un vestíbulo en el que resonaba un gran tumulto. Escuchó atentamente durante algún tiempo y apreció que se trataba de una turba de voces femeninas roncas y que en ese momento se encontraban en un acalorado intercambio dialéctico. El príncipe, curioso desde su niñez, no pudo resistirse a tratar de ver a quién pertenecían esas amenas voces. Abrió la puerta de una sala enorme y lujosa, y se asustó no poco al ver que esta estaba llena de unas cincuenta o sesenta enanas de lo más feas y a las que únicamente una imaginación burlesca como la de un Callot o un Hogarth podría haber dado a luz216.

p. 189»A primera vista, el pobre Biribinker creyó que se encontraba en un aquelarre y se habría desmayado de asco con toda seguridad de no haber sido por que al mismo tiempo podría haber reventado de risa al contemplar unas figuras tan amaneradas. Las bellas ninfas, que en realidad no eran otra cosa que jóvenes gnómidas, de las cuales la más joven tendría unos ochenta años, se dirigieron apresuradamente hacia él tan pronto como se dieron cuenta de su presencia, al menos tanto como se lo permitieron sus encorvadas piernas.

»—Llegáis en el momento justo, príncipe Biribinker –le espetó una de las más horribles–, pues podréis ayudarnos a solventar una disputa por la que casi llegamos a las manos.

»—Espero que no estéis debatiendo cuál de vosotras es la más bella… –dijo Biribinker.

»—¿Y por qué no? –respondió la gnómida–. Lo habéis adivinado a la primera. Pero considerad, mi bello príncipe, cómo, después de que ya hubiera conseguido que todas ellas me otorguen la primacía, cómo este espantajo, esta pequeña pagoda de aquí se atreve a discutirme la manzana dorada217.

»—¡Oh, mi bellísimo y joven príncipe! –exclamó la acusada mientras le pellizcaba las pantorrillas, algo que, al menos según sus intenciones, pretendía ser un arrumaco–. Dejaré que os guiéis por vuestro propio juicio. Contempladnos con cautela a las dos, punto por punto, lo dejo en manos de vuestro sagaz juicio. Solo observadnos detenidamente a las dos, todas las partes, y emitid vuestro veredicto según vuestra conciencia, en caso de que me favoreciera demasiado si dijera según vuestro corazón.

»—Observad, príncipe Biribinker –dijo la primera–, cuán lejos llega la desvergüenza. En primer lugar, apenas es un pulgar más pequeña que yo, y tendréis que admitir que eso no supone ninguna diferencia, y en lo que se refiere a su chepa, espero que la mía se deje ver por encima de la suya. Mis pies, como podéis ver, son tan anchos como los suyos y al menos dos pulgares de hombre más largos. Sé muy bien que ella bien se vanagloria del tamaño y de la negrura de sus pechos, pero tendréis que reconocerme –continuó diciendo mientras se quitaba el pañuelo del cuello– que los míos, si bien no tan considerables, son mucho más negros que los suyos.

»—¡Bien que lo son! –exclamó la otra–. Con gusto te puedo conceder una primacía tan insignificante, pues en todos los otros aspectos estoy muy por delante de ti.

»—Os reís, mi querido Biribinker, y en efecto nada puede ser más irrisorio que la vanagloria de esa foca de ahí. Me avergüenzo al tener que elogiarme yo misma, pero contemplad cómo mis piernas son mucho más encorvadas y cortas que las suyas. No quiero decir nada de todo lo demás, habría que estar ciego para no ver a primera vista que tengo los ojos más pequeños y más apagados que ella, que mis mejillas están mucho más abotargadas por el medio y que el labio inferior cuelga mucho más hacia abajo que el suyo, por no hablar de la longitud mucho mayor de mis orejas, ni de que tengo por lo menos cinco o seis verrugas más en la cara, ni de que de ellas surgen unos pelos más largos. Dejemos todo eso a un lado y hablemos únicamente de la nariz. Es cierto que la suya es una de las más grandes que pudieran llegar a verse y que uno podría tener la tentación de nombrarla la más hermosa si no ha visto la mía, pero no hace falta ninguna regla de medir para comprobar que la mía cuelga por encima de la boca al menos media pulgada más que la suya. El decoro no me permite –dijo lanzándole una mirada terroríficamente enternecedora– hablaros de otros encantos, que únicamente han de ser revelados a un afortunado amante, pero podéis estar seguro de que en este aspecto no tengo menos motivos para enorgullecerme de la liberalidad de la naturaleza con respecto a lo que podéis ver, y espero…

p. 190»—Mademoiselle –exclamó Biribinker tan pronto como pudo reponerse de la risa–, no pretendo hacerme pasar por un experto, pero vuestra amiga no puede hablar en serio cuando, en lo que se refiere a la belleza, pretende entablar una disputa con vos. La primacía con la que contáis respecto a ella en este aspecto es evidente y es imposible que esta no se vea confirmada con toda justicia por el buen juicio de los señores gnomos.

»La primera gnómida se vio no poco ofendida por esta decisión, pero Biribinker, que ardía de impaciencia por ver a su bella salamandra, se preocupó poco por todo lo que murmuraba a través de sus largos dientes y se retiró tras haber deseado las buenas noches a tan adorable compañía. En lugar de darle respuesta, el príncipe se vio obsequiado por una sonora carcajada, cuyo significado poco le preocupaba, pues ya veía delante de sí el palacio cuya incomprensible belleza hacía que dirigiese toda su atención a él. Tras contemplarlo con admiración durante un buen rato, vio cómo las dos hojas de la puerta se abrían. No pudo dejar de considerar esto como un signo de que su empresa se vería coronada con el final más exitoso posible. Entró lleno de esperanzado valor y, tras haber subido una escalera, se encontró en una gran antesala, desde la que llegó a una hilera de habitaciones cuyo resplandor, a pesar del cambio que el baño de fuego había operado en su naturaleza, casi le deslumbra.

»En cualquier caso, a pesar de lo variadas y extraordinarias que resultaban todas las bellezas que deslumbraron sus ojos, el príncipe olvidó todo aquello que no tuviera que ver con los retratos que colgaban por toda la estancia de una salamandra increíblemente bella. No dudó de que se trataba de la enamorada del viejo Padmanaba y estas copias, en las que se la representaba en todas las posiciones, vestimentas y puntos de vista posibles, tan pronto despierta como durmiente, tan pronto en el papel de Venus, Hebe, Flora o de cualquier otra diosa, daban una idea tal del modelo, que Biribinker podría haberse fundido de arrobamiento y placer por la expectativa de su felicidad inminente. Particularmente no podía saciarse de observar un gran lienzo en el que se la representaba en un baño de llamas, servida por amorcillos, que parecían fuera de sí por la contemplación de su belleza sobrenatural. Biribinker no sabía si debía admirar más la belleza del modelo o el arte con el que estaba pintado, y acabó admitiendo que Tiziano y Guido no eran más que unos principiantes en comparación con los pintores salamandreses, al menos en lo que se refería al colorido218. La impresión que esta pintura causó en él fue tan intensa que deseaba con la mayor impaciencia poder ver a aquella cuyo mero e inerte retrato era capaz de infundir unos deseos tan irresistibles. Registró una cierta cantidad de habitaciones sin encontrar a nadie, rebuscó por todo el palacio de arriba abajo y lo volvió a hacer dos o tres veces, pero no pudo ver ni escuchar alma alguna. Finalmente descubrió una puerta entreabierta que daba al jardín de recreo más extraordinario que jamás había visto. Todos los árboles, arbustos y flores, paseos, cenadores y fuentes de este jardín eran de puro fuego, cada uno de ellos ardía en su color natural con un brillo tan atrayente como penetrante y el efecto de todo ello sobrepasaba todo aquello que la imaginación puede presentar como fastuoso.

»Biribinker solamente lanzó una mirada rápida a todo este majestuoso espectáculo, pues percibió al final del jardín un pabellón en el que esperaba encontrar a la bella salamandra. Voló hacia allí y las puertas se abrieron por sí solas para conducirle a través de un gran salón a un gabinete, donde no vio a nadie más que a un anciano de apariencia majestuosa, que contaba con una barba larga y nívea y que parecía dormir profundamente en una cama. No dudaba de que se trataba del viejo Padmanaba y, a pesar de que estaba seguro de que no debía temer acto de violencia alguno por su parte, no pudo evitar temblar un poco al verse, dadas sus intenciones, tan cerca de este hechicero y en un lugar en el que todo permanecía bajo sus órdenes. Sin embargo, el pensamiento de que el destino lo había elegido para frustrar los hechizos de Padmanaba y el deseo de ver a la bella salamandra hicieron que su valor retornase por completo en pocos instantes. Estaba a punto de acercarse a la cama para hacerse con un sable que estaba sobre un cojín junto al anciano, cuando se dio cuenta de que había golpeado algo con su pie, si bien no podía ver de qué se trataba. Se apoyó en la cama y, al ayudarse con las manos, sintió el piececito más delicado que jamás haya existido extendido sobre un colchón. El inesperado descubrimiento le hizo impacientarse por descubrir a qué pierna pertenecía tal delicado pie, pues Biribinker, en este caso, siguió los preceptos que habría seguido Santo Tomás de Aquino y coligió que, de acuerdo con el orden natural de las cosas, donde había pie, debía de haber pierna219. Continuó observando y, entre lindeza y lindeza fue descubriendo en la figura invisible que tenía ante sí a una joven doncella que parecía sumida en un profundo sueño y que (según el testimonio del único sentido que le había permitido adivinar su presencia) contaba con una belleza tal, que no podía ser menos que la propia Venus o la mismísima bella salamandra. En el preciso instante en el que hizo este descubrimiento se pudo escuchar una alegre sinfonía de todos los instrumentos posibles, sin que por ello pudiera observarse la presencia de instrumento o músico alguno.

p. 191»Biribinker se asustó y tembló ante la bella invisible, pues su primer pensamiento fue que este estruendo despertaría al hechicero durmiente, pero se asustó aún más cuando vio que Padmanaba había desaparecido.

»El hechicero era tan anciano como astuto y sabía desde hace tiempo cuán peligroso podía resultarle Biribinker, no en vano el miedo a un príncipe que parecía nacido para deshacer sus conjuros había sido el motivo principal por el que se había recluido dentro del estómago de una ballena. En cualquier caso, tampoco en este refugio se consideró completamente seguro junto a su bella salamandra, que ahora era su única preocupación, y puesto que un presentimiento le había dicho que Biribinker le seguiría hasta el estómago de la ballena, toda precaución le pareció poca para evitar el infortunio que le acechaba tras la inesperada aparición de tan temible enemigo. Con esta intención había protegido a su amada con un talismán secreto, el cual contaba con la doble característica de que, por un lado, la hacía invisible a cualquier mirada salvo la suya y, por otro, era capaz de emitir una música mágica tan pronto como se la tocase. En caso de que Birbinker (o al menos así lo pensaba Padmanaba) llegase al estómago de la ballena a pesar de todas las dificultades que pudiese encontrar, o incluso al palacio invisible, la bella salamandra seguiría resultándole invisible y si incluso, a pesar de su invisibilidad, llegase a descubrirla, el estruendo musical descubriría su presencia tan pronto como tocase el talismán, dándole tiempo suficiente a Padmanaba para anticiparse a su mala estrella. Esta precaución resultaba aún más necesaria dado que desde hacía años el viejo se veía afectado por una especie de somnolencia que lo obligaba a dormir cada día al menos durante dieciséis de las veinticuatro horas.

»La poca confianza que su anterior enamorada le había hecho albergar por todo el género femenino lo llevó a sumir a la bella salamandra en un sueño inducido por sus hechizos durante todo el tiempo que duraba su duermevela y del que nadie salvo él podía despertarla. Solamente Biribinker podría haber albergado tal poder bajo determinadas condiciones y circunstancias, y Padmanaba (¡así lo quiso el destino!) habría de perder el suyo en ese mismo instante, al menos en lo relativo a la bella salamandra. Ya que todo esto podría haber ocurrido muy fácilmente mientras que el viejo dormía, Padmanaba situó el talismán que debía despertarlo de una manera tan inteligente que Birbinker (al que cuanto menos había de presuponerle una cierta curiosidad) necesariamente habría de encontrarlo.

En este momento, don Sylvio no pudo evitar interrumpir la narración de don Gabriel para pedirle que aclarase de manera un poco más precisa todo lo del talismán.

—Me parece –dijo– que, en esta ocasión, y muy en contra de vuestro habitual proceder, vuestra narración lleva siendo un cierto tiempo algo oscura y os confieso que, de todo lo que habéis dicho respecto al despertar del anciano Padmanaba, apenas he entendido la mitad.

Todos los reunidos, incluida la bella Jacinta, sonrieron por esta observación y don Gabriel no encontró otra manera de salir del paso que decir que la oscuridad de la que se quejaba don Sylvio radicaba en la propia materia de la narración, ya que pueden encontrarse pocas historias de hadas que sean completamente tan claras y comprensibles como cabría desear. Como estas disculpas parecieron satisfacer a don Sylvio, don Gabriel continuó con su narración:

»Biribinker tocó el fatal talismán casi en el mismo momento en el que descubrió que el bello pie que dio origen a esta aventura pertenecía a una bella doncella y justo en ese momento este empezó, tal y como se ha narrado anteriormente, a emitir una música que despertó a Padmanaba. Como cabría esperar, este no lanzó una mirada demasiado amistosa a nuestro príncipe, pero, como nada podía hacer contra él a través de la violencia, no le quedó más remedio que hacerse invisible en ese mismo instante y, con toda la presteza posible, tratar de evitar el propósito que, sin ser desconfiado en extremo, podía presuponerle a Biribinker.

p. 192»Mientras tanto, el príncipe, al que no le faltaba valor en estas ocasiones, se había recuperado del primer estupor en el que el concierto invisible y la desaparición de Padmanaba lo habían sumido. A pesar de lo peligroso que le parecía ejercer su curiosidad en un lugar así, deseaba saber qué había sido del anciano hechicero. Una vez que hubo tomado la precaución de armarse con el sable que había dejado Padmanaba y que estaba grabado con figuras talismánicas, buscó al mago tanto en el jardín como en las habitaciones, en todos los rincones del castillo, pues con esta arma no habría temido ni al mismísimo Merlín220. Sin embargo, como no pudo encontrar ni al hechicero ni a nadie más, Biribinker no dudó durante más tiempo de que Padmanaba había huido, dejándole tanto el palacio como a su belleza a modo de botín. Sumido en este pensamiento retornó triunfante, lanzó su sable a la cama y se lanzó él mismo a los pies de su encantadora invisible, a quien, para su indescriptible alegría, encontró todavía durmiendo a pesar de que la música del famoso talismán todavía continuaba con sus variaciones entre el allegro y el andante. No se sabe si la mágica influencia de uno de estos andantes (que en realidad no habrían podido ser más dulces incluso si los hubiera compuesto el propio Jomelli)221, o las dudas (como suele ocurrir) sobre si debía hacer caso o no a las revelaciones de solamente uno de sus sentidos, o sobre si esta increíble belleza que creía haber encontrado en el sofá no sería uno más de los artificios que no resultaban infrecuentes en palacios encantados… como digo, no se sabe si se podría adscribir a esta o a cualquier otra razón el hecho de que Biribinker, gracias a nuevas pesquisas, comenzase a estar seguro sobre la realidad de un fenómeno tan extraordinario. Al poco tiempo comenzó a hacer nuevas exploraciones, y lo hizo con tanto éxito que los más intensos síntomas de una pasión que pronto surgió en él con el mayor grado de ensoñación exaltada y de delirio hicieron que finalmente no le cupiera duda alguna de que en efecto tenía entre sus brazos a la bella salamandra cuya forma visible tanto le había deslumbrado en las estancias del palacio. Este pensamiento y el mágico colorido con el que su memoria terminó de pintar aquellos aspectos que el quinto sentido, que era el único al que podía recurrir, dejaba incompletos, lo dejaron fuera de sí, tanto como para que en ese preciso instante no pudiera acordarse de su adorada lechera, de sus resoluciones y de las advertencias de la calabaza. En definitiva, fue volviéndose cada vez más osado y la creciente oscuridad de la habitación, que tomó como una invitación para acometer sus empresas con mayor ardor, así como la música del talismán, que cada vez resultaba más dulce, no contribuyeron a que su arrobamiento se atemperase.

»Aquí se halla un pequeño vacío en el manuscrito original de esta notoria historia, cuyo relleno dejaremos a los Bentleys y Scribleris de nuestro tiempo, sin que nosotros hagamos suposición alguna sobre el contenido de este222.

»Biribinker, continúa la historia, se despertó precisamente del tipo de aturdimiento que parece resultar agradable a ciertos filósofos hindúes, pues sitúan el más alto grado de felicidad en su duración continua, cuando percibió que la bella invisible respondía a todas sus atenciones con una intensidad poco común223. Coligió que debía de estar despierta y no se privó de decirle en el lenguaje elevado al que se había habituado en el panal del hada Melisota todas las delicadezas que Cristalina y Mirabella ya habían escuchado en unas circunstancias similares. La invisible respondió a estas bellas declaraciones, elogios, proclamaciones y aseveraciones con suspiros, desprecios a sus propios encantos y con dudas respecto a la constancia del príncipe, que un enamorado algo menos ensimismado que Biribinker habría encontrado fuera de lugar y completamente antinaturales en la boca de una persona tan adorable. En cualquier caso, el príncipe, que en esos momentos no estaba para sacar conclusiones, se contentó simplemente con redoblar las muestras de su embelesamiento del modo habitual como se suelen disipar tales dudas. Ella le dedicó toda la atención que este podría desear, sin por ello mostrarse más convencida.

p. 193»—¿Acaso no habéis amado tanto a Mirabella y a Cristalina como a mí? ¿No le habéis dicho a cada una de ellas tantas delicadezas, no les habéis hecho tantas promesas, no les habéis dado tantas pruebas, sin que ni la una ni la otra, por atractivas que os pareciesen en el primer arrobamiento de vuestros sentidos, fuera capaz de obtener la primacía durante un solo día sobre la lechera que se os ha metido en la cabeza? ¡Ay, Biribinker! El destino de mis predecesoras me revela claramente cuál será el mío. ¿Cómo podéis exigirme que permanezca indiferente ante la triste certeza de que os perderé de nuevo en pocas horas?

»Biribinker le respondió con las más solemnes y vivas promesas de un amor eterno y tan ilimitado como lo eran sus propios encantos. Le espetó que se ofendía a sí misma al compararse con las hadas que, tal y como dijo, no eran lo suficientemente adorables como para proporcionarle nada más que un deleite pasajero y juró por todos los dioses del amor que, desde el momento en el que había tenido la suerte de ver su retrato en el gran salón, la lechera, quien en tantas innecesarias cuitas lo había puesto, no tenía más poder sobre su corazón que el que pudiera tener cualquier lechera del mundo. Estas promesas tranquilizaron poco a la bella invisible y Biribinker se vio obligado a agotar todas las figuras retóricas de las que era capaz para superar la tenacidad de su suspicacia.

»—¡Oh! –exclamó–. ¡Incorpórea belleza! ¿Por qué no puedo hacer a todo el orbe, a los cuatro elementos con todos sus habitantes, testigos de la inquebrantable fidelidad que os juro!

»—Todos somos testigos –dijo una multitud de voces masculinas y femeninas de una muchedumbre que estaba a su alrededor y que hacía retumbar sus oídos.

»Biribinker, que no había previsto que se le tomase al pie de la letra, se incorporó algo desconcertado y quería ver de dónde venían esas voces, pero ¡cielo santo! ¿qué lengua sería lo suficientemente elocuente para expresar el aturdimiento y el horror que experimentó Biribinker al ver cómo toda la estancia se iluminaba repentinamente? Vio… ¡oh maravillas!... ¡oh aventuras!... ¡oh visión terrorífica!... se vio exactamente en el mismo gabinete que había sido testigo por dos veces de su infiel inconstancia y, en lugar de verse en los brazos de la bella salamandra, se vio agarrado por los de la horrible gnómida, a la que hacía pocas horas había otorgado la primacía de la belleza. Además, y esto podría haber hecho que su vergüenza y dolor llegasen a ser mortales, se vio rodeado por aquellos a los que menos deseaba como espectadores y todos ellos fueron lo suficientemente crueles como para, al presenciar justo el instante en el que, con una repulsión llena de horror, trataba de deshacerse de su deforme amante, irrumpir en una risa tan desmesurada que todo el palacio resonó con ella. A la derecha de su lecho vio (¡y cómo le habría gustado poder ser ciego e invisible!) al hada Cristalina, que tenía al lado al pequeño Grigri; y a la izquierda a la bella Mirabella con su querido Flox, quien, de hecho, contaba con una apariencia mucho más agradable en forma de salamandra que como una rechoncha calabaza. Sin embargo, lo que aumentó el dolor del desgraciado Biribinker hasta un punto insospechado fue ver al hada Caprosina junto a su bella lechera y al anciano Padmanaba con la bella salamandra al lado, los cuales se encontraban a ambos lados sentados en una nube de color dorado que era llevada por silfos mientras lo miraban desde arriba con una sonrisa de desprecio.

»—¡Dichosos los ojos, príncipe Biribinker! –dijo el hada Cristalina–. De hecho, os perdono ahora haber mostrado tal impaciencia por alejaros de mí. Quien ambiciona una conquista tal, nunca va con la suficiente premura.

»—Recordaréis, príncipe Biribinker –dijo Grigri tomando la palabra–, que no tengo motivo alguno para sentirme en deuda con vos, pues, si hubiera dependido de vos, todavía sería un zángano. Sin embargo, sería poco cortés burlarme de vos dadas las circunstancias en las que os encontráis. Consideradlo un castigo que os habéis ganado con creces.

p. 194»—Si bien la belleza con la que os sorprendimos de una manera tan inesperada no resulta completamente digna de vos –continuó Mirabella con una mueca malévola–, al menos contáis con la ventaja de que sin duda no se trata de una preciosa.

»—Por lo que a mí respecta –dijo aquel que antaño fue una calabaza–, podría lamentar el hecho de que la conquista de Mirabella y la recuperación de mi forma primigenia se deba a vuestro infortunio. Sin embargo, puesto que cuando era una calabaza me mostré lo suficientemente generoso como para advertiros sobre las consecuencias de una nueva infidelidad, no me tomaréis a mal que, como salamandra, me alegre de que hayáis desoído estas advertencias.

»—Advierte, infeliz, mas con justicia castigado Biribinker –dijo con balidos ahora el hada Caprosina–, que es Caramussal quien te ha protegido de mi ira. Observa a la adorable princesa Galactina, a la que amastes en su forma de lechera y a la que, a pesar de mi odio hacia ti, un hado sin duda propicio te habría destinado si una triple infidelidad no te hubiera hecho indigno de ella.

»—Si la misericordia hubiera podido acudir en tu ayuda, pobre príncipe– dijo la bella lechera–, habrías acabado siendo, a pesar de no merecerlo, mucho menos desafortunado de lo que eres, pues bien veo que tu castigo es mucho más duro que tu crimen y que las hadas y los hechiceros han tenido tanto que ver en ello como tú mismo.

»Ante estas palabras, el desdichado Biribinker levantó la vista, clavó en su amada lechera una mirada llena de los más indescriptibles sentimientos y volvió a derrumbarse con un suspiro con el que pareció exhalar el alma y que le impidió conseguir la fuerza suficiente como para poder expresar palabra alguna.

»—Aprende, aprende –le espetó el viejo Padmanaba desde el otro lado–, adorable Biribinker, extraño ejemplo de sapiencia y constancia, cómo el viejo Padmanaba no es tan viejo como para dejar tu atrevimiento sin castigo y que tu historia, que será transmitida de generación en generación de una nodriza a otra, sirva a la posteridad como ejemplo de cuán peligroso es consultar al gran Caramussal sobre el propio destino y, sobre todo, sobre los peligros de ver a una lechera antes del decimoctavo año.

»Al poco tiempo de cerrar Padmanaba la boca, se escuchó de repente un tronar terrorífico, acompañado de vientos de tormenta y relámpagos, que agitó el palacio como si se hubiera producido un terremoto, sumiendo a toda la compañía, con la única excepción del desesperado Biribinker, en el más absoluto terror. Incluso el propio Padmanaba pudo reconocer cómo esta tormenta procedía de un poder muy superior al suyo. La cubierta de la habitación y toda la techumbre del palacio volaron repentinamente y, entre los truenos y relámpagos, pudo observarse cómo el gran Caramussal, sentado en un hipogrifo, descendía hacia ellos y ocupaba su lugar en una nube entre el hada Caprosina y el viejo Padmanaba.

»—El príncipe Biribinker ya ha sido suficientemente castigado –exclamó Caramussal con voz mayestática–. El destino ya está cumplido y lo tomo bajo mi protección. Desaparece, tú, meretriz insignificante –continuó diciendo al tiempo que tocó a la gnómida con su vara– y vos, príncipe Biribinker, de entre estas cuatro bellezas, la salamandra, la sílfide, la ondina o la mortal, elegid a la que os plazca, vuestro corazón os dictará cuál de ellas ha de ser vuestra esposa y esta os curará de vuestra inconstancia, que, tal y como ha de reconocerse, ha sido vuestro principal yerro.

p. 195»Padmanaba, por su resquemor ante un desarrollo de los acontecimientos tan inesperado, habría rechinado los dientes de haberlos tenido; y en lo que respecta a las bellezas, todas ellas clavaron sus ojos llenos de esperanza en el príncipe. En los de la joven salamandra, que hasta ese momento no había emitido palabra alguna, podía leerse claramente que habría preferido ver que, en lugar de que el viejo Padmanaba hubiese situado a la horrible gnómida en su lugar, este le hubiera permitido ocuparlo ella. Pero Biribinker, que en un instante pasó de la máxima vergüenza y desesperación a la máxima felicidad, no dudó un instante sobre cuál habría de ser su elección. A pesar de que las damas elementales superaban ampliamente a su lechera en lo respectivo a la belleza, todos sus encantos no pudieron más que arrancarle una mirada pasajera ante la presencia de su amada Galactina. Se lanzó a los pies de esta adorable criatura y le pidió con las expresiones propias del honesto arrepentimiento y del amor verdadero que le perdonase por sus faltas, que no podía ser tan despiadada como para no permitirle al menos albergar la esperanza de que cedería a sus ruegos. Caramussal, a cuyos pies también se lanzó, lo ayudó a erguirse, lo tomó de la mano y lo puso ante la princesa Galactina.

»—Recibid, adorable princesa, de mi mano al príncipe Cacamiello, pues este será a partir de ahora su nombre, ya que las razones por las que le di el otro ya se han visto cumplidas224. Biribinker y la lechera ya no existen y, una vez que ambos han satisfecho la obstinación de su hado y han pagado su tributo a la feeridad, no me queda más que devolver al príncipe Cacamiello a sus reales progenitores y unirlo en un vínculo eterno con la princesa Galactina. Vosotras, bellas hadas –continuó dirigiéndose a Cristabella y a Mirabella–, tenéis razones más que suficientes para estar satisfechas, pues, gracias a mis oficios, habéis recuperado vuestra forma primigenia y a vuestros amantes, pero, como sería poco equitativo que solamente yo fuera el que se quedase con las manos vacías, descargo al viejo Padmanaba de todas sus preocupaciones y, como recompensa por mis esfuerzos, tomaré para mí a la bella salamandra, pues nada tiene esta que hacer con él, más allá de dormir y ser invisible.

»Con estas palabras, el gran Caramussal golpeó tres veces el aire con su bastón y tanto él como el príncipe y la princesa se hallaron en el gabinete del rey, el cual, tal y como cabría esperar, se alegró sobremanera al volver a ver a su hijo y heredero tan crecido y bello, y, además de con un nombre tan hermoso, con una bella princesa a su lado. Al poco tiempo se celebró el enlace con toda pompa y esplendor. Los nuevos esposos se amaron durante tanto tiempo como pudieron y engendraron hijos e hijas y, una vez que el viejo rey emprendió su viaje hacia el decimonoveno mundo, el rey Cacamiello reinó de manera tan sabia en su lugar que sus súbditos apenas notaron diferencia alguna225. Como recompensa por los buenos servicios que le había prestado en su forma de calabaza, nombró a su amigo Flox primer visir. En lo que respecta a la bella Mirabella y al hada Cristalina, estas no dejaban de aparecer por la corte cada vez que un embarazo de la reina estaba llegando a su fin. Cuando aparecían por allí siempre llevaban con ellas al pequeño Grigri, quien, a pesar de su fealdad, siempre sabía obtener una aprobación tal entre las damas de la corte que esta no pasaba desapercibida a sus enamorados. «Hay que admitir» decían, «que Grigri, con toda su fealdad, es el acompañante más entretenido del mundo…»

»Y aquí acaba –añadió don Gabriel– la tan instructiva como verdadera historia del príncipe Biribinker, con la que habré alcanzado mi propósito si no os ha resultado del todo aburrida y si ha conseguido aplacar las reservas de la bella Jacinta respecto a la feeridad.

202 El gryphos o grifo, animal fantástico de la mitología griega, estaba constituido por la parte frontal de un águila gigante y la posterior de un león.

203 Titono o Titonio es el amante de Eos, Aurora en la mitología romana, diosa del amanecer, quien por amor pidió a Zeus/Júpiter que le otorgara la inmortalidad, olvidando garantizarle también la eterna juventud, razón por la que tuvo que soportar una lamentable e inacabable vejez.

204 Medusa, una de las tres hermanas de las gorgónas junto a Esteno y Euriale, aparece en las Metamorfosis del poeta latino Ovidio y convertía en piedra a aquellos que osaban mirarla a los ojos. Fue decapitada por Perseo, que empleó posteriormente su cabeza como arma hasta que se la legó a Atenea para que pudiera colocarla en su escudo. El pintor italiano Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571–1610) inmortalizó su rostro en un cuadro de 1597 que se encuentra actualmente en la galería de los Uffizi en Florencia.

205 Acteón, tras espiar a la diosa Artemisa mientras se bañaba desnuda en el bosque, fue transformado en ciervo por esta y acabó muriendo devorado por sus propios perros. El mito de Acteón, el cazador cazado, también está presente en las Metamorfosis de Ovidio.

206 En la mitología clásica, las ondinas eran unas ninfas acuáticas que, al igual que las nereidas, habitaban en ríos, estanques o fuentes, y contaban con una espectacular belleza. También se encuentran presentes en la mitología germánica, en la que aparecen más vinculadas al universo féerico y en la que deben casarse con un ser humano para poder obtener un alma. Según la leyenda, el linaje de los Stauffenberg habría sido originado por la relación entre un caballero y una ondina, tal y como aparece en la obra de Archim von Arnim (1781–1831) Ritter Stauffenberg und die Meyerfee [El caballero Stauffenberg y el hada] de 1806. Las ondinas también aparecen en la primera parte del Fausto (1808) de Goethe (1749–1832), en el que, siguiendo a Paracelso, simbolizan el elemento acuático, así como en la ópera Undine [Ondina] (1816) de E.T.A. Hoffmann (1776–1822), basada a su vez en la novela corta Undine (1811) de Friedrich de la Motte Fouqué (1777–1843).

207 Nótese la similitud del nombre con el del gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindraria, del Quijote cervantino (I.1).

208 Se refiere a la obra del eclesiástico francés Henri de Montfaucon de Villars (1635 o 1638–1673), que publicó en 1670 su obra Le Comte du Gabalis ou Entretiens sur les sciences secrètes [El conde de Gabalis, o diálogos en torno a las Ciencias Secretas], en las que se parodian los escritos de magia, astrología, alquimia, adivinación y cábala, con particular énfasis en las obras de Paracelso dedicadas a los espíritus elementales.

209 Wieland emplea de nuevo un episodio de las Metamorfosis de Ovidio, concretamente del libro III de las mismas, en la que se encuentra la historia de Júpiter, Sémele y Baco. Sémele, hija del rey Cadmo de Tebas, engendró a Dionisio, fruto de su unión con Zeus. Juno, furiosa con Sémele por una nueva infidelidad de su marido, trató de sembrar la duda sobre la veracidad de la relación de esta con Zeus sugiriéndole que le pidiera al dios que le presentase una prueba de su amor y que la abrazase tan impotente e inmenso como abraza a la excelsa Juno. Zeus cumplió su promesa y acabó abrasando a Sémele, que murió, pero logró dar a luz a Dionisio tras completar su gestación en su muslo. El narrador asocia la naturaleza ígnea de Zeus con la de las salamandras, tradicionalmente vinculadas al elemento del fuego.

210 En la mitología clásica, Diana era la diosa protectora de la caza, de la naturaleza y de la luna.

211 Los hombres salvajes o Wilde Männer, según el folclore germánico, habitan los bosques y son peligrosos para el resto de los humanos. Son muy habituales en la iconografía medieval y renacentista, en la que suelen ir acompañados de unos gruesos garrotes y de largas barbas, simbolizando la dimensión más primigenia de la naturaleza humana. Aparecen habitualmente tanto en el romance caballeresco como en la novela pastoril, por ejemplo, en Le Chevalier au Lion ou le roman d’Yvain [El caballero del león o el romance de Yvain] (1170), de Chrétien de Troyes (1130–1180), en la que Yvain, el protagonista, se transforma temporalmente en un hombre salvaje, o en Los siete libros de la Diana (1559) del portugués Jorge de Montemayor (1520–1561).

212 Como se puede apreciar, esta aventura de Biribinker reproduce la arquetípica aventura del vientre de la ballena, que ya aparece en la Historia verdadera (s. II a.C) de Luciano de Samosata (125 d.C–180 D.c) o la historia bíblica de Jonás (Mt, 12, 40).

213 El tiple es el registro de voz más alto del que es capaz la voz humana. Los castrati eran cantantes sometidos desde la infancia a la castración para conservar su tono de voz agudo. Carlo Broschi (1705–1782), conocido como Farinelli, fue el castrato más célebre del siglo xviii y es considerado el más importante de toda la historia. El último castrato del que se tiene constancia fue Alessandro Moreschi (1858–1922), que llegó a realizar grabaciones musicales antes de morir.

214 Sobre Titonio y Aurora, consúltese la nota 203.

215 En sus inicios, los calendarios astronómicos estaban íntimamente ligados con las predicciones astrológicas. Por ejemplo, Jaume Moll («El privilegio del calendario anual en el siglo xvii», 1996: 253–60) señala cómo Andrés de Li, en su Repertorio de los tiempos (1492) indicaba las fiestas, las horas del día y la noche, la situación del sol, consejos para las labores del campo, el baño, las sangrías, manjares no dañinos e incluso elementos de la medicina astrológica.

216 Sobre Callot y Hogarth, consúltese la nota 63.

217 Sobre la manzana dorada o de la discordia, consúltese la nota 173 de este trabajo.

218 Tiziano Vecellio di Gregorio (1488–1576), fue un pintor renacentista veneciano, máximo representante de la escuela veneciana, mientras que Guido Reni (1575–1642), fue el principal exponente del clasicismo romano-boloñés.

219 Santo Tomás de Aquino (1224/5–1274), fue el máximo representante de la filosofía escolástica medieval. Santo Tomás distingue entre las verdades de fe, reveladas por la divinidad, y las verdades de la razón, comprensibles por el entendimiento humano y demostrables razonalmente. Wieland hace referencia a estas últimas.

220 El mago Merlín, una de las figuras centrales del ciclo artúrico, es tradicionalmente representado como nacido de la unión entre una mujer y un demonio, de quien heredaría su inteligencia y artes mágicas. La primera referencia al mago aparece en la Historia brittorum [Historia de los britanos] de Nennio, de finales del siglo viii. La primera asociación entre Merlín y el rey Arturo se produce, en cualquier caso, en la Historia regum brittaniae [Historia de los reyes de Britania] (1135) de Geoffrey de Monmouth (1100–1155), que posteriormente le dedicaría su Vita Merlini [Vida de Merlín] en 1150. En la tradición castellana, cabe destacar El baladro del mago Merlín impresa en Burgos en 1498 y de autor anónimo.

221 Nicolò Jomelli (1714–1774), fue un compositor italiano de origen napolitano que se especializó en la ópera seria. Jomelli estuvo al servicio de distintas cortes como maestro de capilla, entre ellas la corte imperial vienesa y la del duque de Wurtemberg en Stuttgart. Fue también maestro de capilla de la Basilica de San Pedro en Roma entre 1750 y 1753.

222 Richard Bentley (1662–1742), filólogo clásico de origen inglés, es conocido fundamentalmente por sus trabajos sobre Homero, y es considerado el padre del helenismo británico. Por otro lado, Wieland hace referencia a figura ficticia de Martinus Scriblerus, pedante erudito al que Jonathan Swift (1667–1745), Alexander Pope (1688–1744) y John Arbuthnot (1667–1735) dieron vida en sus Memoirs of Martinus Scriblerus (1713–1714), obra de clara impronta cervantina y que aparecerá en esta colección.

223 Se refiere al nirvana, el estado en el que, gracias a la meditación y a la iluminación, el espíritu se libera de cualquier aspecto terrenal. Para el hinduismo supone la liberación definitiva del ciclo de las reencarnaciones, aunque es un concepto también común con el jainismo y el budismo.

224 El nombre procede de la combinación de los términos italianos caca (deposición, excremento) y miele (miel), lo que, como hemos visto, describe una extraordinaria capacidad del príncipe.

225 En el cuento «Ah quel Conte! Conte politique et astronomique» [¡Ah, qué cuento! Cuento político y astronómico] (1754) de Claude-Prosper Joylot de Crébillon se habla de este mundo, al que los genios y hechiceros se retiran una vez que están cansados de la vida mundana.