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Capítulo III Observaciones sobre la anterior historia

—Si esa era vuestra intención, don Gabriel –dijo Jacinta–, he de lamentar que os hayáis quedado tan sumamente lejos de vuestro propósito. Si debo deciros la verdad, me parece imposible llevar más lejos lo fantástico y lo absurdo, y don Sylvio necesariamente ha de ser tremendamente crédulo si no se ha dado cuenta hace ya tiempo de que vuestra intención no es otra que acabar con el crédito con el que en su mente cuentan las hadas.

—Vuestro juicio es sin duda severo –dijo don Eugenio–. Es cierto que en esta historia la naturaleza se ha puesto del revés, que los personajes son exactamente tan absurdos y cuentan con tan poca credibilidad como los acontecimientos de la misma y que, si se juzga tanto a los unos como a los otros con las reglas de la razón, de la verosimilitud y de la moral, no podría haberse inventado algo más bizarro. Sin embargo, esto sería tan justo como si juzgásemos el clima de Siberia según el de Valencia, o la cortesía de los chinos según la nuestra. El territorio de la feeridad se encuentra fuera de las fronteras de la naturaleza y se rige por sus propias normas o, mejor dicho (como ciertas repúblicas de cuyo nombre no quiero acordarme), por ningún tipo de norma226. Un cuento de hadas solamente puede ser juzgado en comparación con otro cuento de hadas y, desde este punto de vista, encuentro la historia de Biribinker no solo tan verosímil e instructiva como cualquier otro cuento de hadas del mundo, sino en todos sus aspectos mucho más interesante (exceptuando quizá los «Los cuatro Facardines»)227.

—Me gustaría saber qué es lo que encontráis instructivo en este cuento –preguntó Jacinta.

—Los moralistas de profesión –respondió don Eugenio–, la gente que se encuentra en disposición de extraer todo un sistema moral de una elegía de Tibulo, sin duda estarían más capacitados que yo para responder esta pregunta228. Sin embargo, para no dejar mi tesis a medio demostrar, os pregunto: ¿acaso en esta historia no se castiga de manera somera el exceso y el vicio? ¿Acaso no se recompensa al final la inocencia en la persona de la lechera? ¿No es toda ella una convincente constatación de la máxima moral que dicta que la curiosidad sobre nuestro destino futuro con el fin de rehuirlo siempre resulta insensata y peligrosa? Si el rey de la enorme panza se hubiera quedado sin preguntar al gran Caramussal, no habría sabido cuán peligroso era para el príncipe ver a una lechera antes de su decimoctavo año y, por lo tanto, este jamás habría recibido el nombre de Biribinker. Habría crecido como cualquier otro príncipe en la corte de su padre y, cuando hubiese llegado el momento de casarlo, se habrían enviado embajadores a la princesa Galactina para pedir su mano y todo habría seguido el curso natural de las cosas. La curiosidad del rey y el fatal oráculo del gran Caramussal son los únicos responsables de todos los males. Los medios por los que se le trató de proteger de la lechera no sirvieron para nada, es más, propiciaron que se encontrasen antes, y el nombre de Biribinker, que le ayudó a salir indemne de todas sus aventuras, no habría sido necesario, pues el príncipe jamás se habría visto envuelto en peripecia alguna de no haberse llamado Biribinker.

—En eso tenéis toda la razón –dijo doña Felicia–, mas es precisamente en ello en lo que reside lo más gracioso de toda esta comedia, pues si se hubiera prescindido de esta circunstancia, toda la historia del príncipe Biribinker, en lugar de ser uno de los cuentos de hadas más graciosos que existen, habría resultado una historia cotidiana que, en el mejor de los casos, habría sido lo suficientemente buena como para ocupar el lugar de un artículo en los periódicos de su tiempo. Y eso habría sido una pena. En resumen, absurdo o no, tomo al príncipe Biribinker bajo mi protección y si contase con el honor de llevar sombrero y espada, estaría dispuesta a defender, contra todo y contra todos, que el amor del príncipe Biribinker, la virtud de la dama Cristalina, las delicadezas de la bella Mirabella con su vestimenta de aguas secas y con sus entretenimientos, el gigante Caraculiamborix, el huevo de avestruz, la ballena, los mares, ínsulas y castillos encantados que tiene en su estómago, el palacio de fuego, la calabaza parlante que comprende el curso de las estrellas, así como todas las cosas maravillosas e inesperadas de las que este cuento está lleno se encuentran entrelazadas de la manera más bella y todas ellas componen el argumento más divertido que he escuchado en mi vida.

p. 197—Os habéis olvidado de la carpa que canta bellas arias operísticas –dijo Jacinta–, también del perrito que bailaba sobre la cuerda y de las miradas de fuego con las que Biribinker consiguió transformar en cristal las piedras del arroyo en las que se sentaba su muchacha.

—Permitidme añadir –dijo don Gabriel– que difícilmente encontraréis un cuento en el que los materiales más costosos se vean tan desperdiciados. Estoy seguro de que no se encontrará en toda Europa un gabinete de curiosidades en el que se halle una colodra hecha de rubíes, y no conozco jardín encantado alguno en el que las fuentes estén adoquinadas con sillería de diamantes.

Hasta ese momento, don Sylvio se había contentado con escuchar con atención todo aquello que se dijo. Mas como todos habían expresado ya su opinión y, al darse cuenta de que se esperaba su respuesta, dijo con toda seriedad:

—Debo de admitir que habría deseado que el príncipe Biribinker hubiera sido algo más fiel a su lechera, quien, de hecho, resulta ser una excelente persona o, al menos, que hubiera sido castigado más duramente por sus licencias. Sin embargo (exceptuando esta única circunstancia y la naturaleza tanto de la acción como del retrato de algunos otros personajes con los que difícilmente se puede estar de acuerdo) no veo qué puede resultar no ya absurdo, sino antinatural e imposible en toda esta historia.

—Pero don Sylvio… –dijo Jacinta– ¿acaso encontráis naturales y posibles todas estas maravillas? ¿El gigante que se hurga los dientes con una estaca? ¿La ballena que exhala por sus orificios nasales corrientes de agua que llegan a cincuenta millas a la redonda? ¿Las piedras acolchadas, los peces cantantes y las calabazas parlantes?

—Sin duda, bella Jacinta –respondió don Sylvio–, a menos que tomemos como medida de todo lo que la naturaleza es capaz de producir la ínfima parte de la misma que nuestros ojos pueden contemplar o los acontecimientos que experimentamos cotidianamente. Es cierto que Caraculiamborix, en comparación con el hombre común, resulta monstruoso, pero incluso él no sería más que un pigmeo si lo comparásemos con los habitantes de Saturno, los cuales, según el informe de un gran astrónomo, han de ser medidos por millas229. ¿Por qué no podría existir una ballena que fuese lo suficientemente grande como para contener dentro de ella mares e ínsulas? ¿Acaso no existen animales frente a los que una ballena de Groenlandia resulta tan enorme como aquella respecto a esta?

—En lo que se refiere a la ballena –lo interrumpió don Gabriel–, su existencia no puede ser puesta en duda, pues todos los indicios apuntan a que se trata de la misma de la que Luciano hace una descripción pormenorizada en sus verdaderas historias y en la que se descubrió un territorio enorme, poblado entonces por cinco o seis naciones distintas, que siempre se encontraban enfrentándose en el campo de batalla y que, en los tiempos en los que Padmanaba supuestamente mandó construir un palacio dentro del vientre de la ballena, hacía tiempo que se habían destrozado las unas a los otras. Lo único que hace a la historia poco creíble es la circunstancia de que Biribinker habría visto dentro de ella sol, luna y estrellas.

—No creo –dijo don Sylvio– que se tratase de que efectivamente existían dentro del vientre de la ballena un verdadero sol y unas verdaderas estrellas que siguiesen su curso, sino más bien de que el príncipe creyó que así era, algo que, por otro lado, Padmanaba podría haber conseguido fácilmente por medio de sus artes. Este sol y estas estrellas podrían ser, por ejemplo, aquellas salamandras que Padmanaba habría colocado para iluminar ciertas distancias y dar la apariencia de que seguían su propio curso, y me temo que tengo indicios suficientes como para sospechar que así ha sido.

—Me gustaría mucho saber qué es lo imposible para don Sylvio –dijo Jacinta–, pues, si todo esto está dentro de los límites de lo plausible, me parece que todo aquello que surge durante las fiebres de la ensoñación exaltada podría serlo. Si hay fuego sólido y aguas secas, bien podría haber oro plúmbeo y círculos de cuatro ángulos.

p. 198—Disculpadme, Jacinta –respondió don Sylvio–. Todo lo que habéis dicho no es tan descartable como pensáis. La curvatura pertenece a las características del círculo, por lo que resulta imposible imaginarse un círculo de cuatro ángulos, pero no veo cómo podría demostrarse que la fluidez es una característica fundamental del agua y del fuego. Si en invierno podemos ver cómo el hielo no es más que el agua solidificada, ¿por qué el poder de los espíritus elementales no habría de ser capaz de secar el agua o de generar un fuego sólido? Me parece –continuó– que la verdadera fuente de todos aquellos erróneos juicios que se expresan sobre lo que llamamos lo maravilloso surge de la idea equivocada de que todo aquello que no puede explicarse por razones derivadas de nuestra corporeidad o de nuestros sentidos es imposible, como si las fuerzas de los espíritus, para los que los elementos corpóreos no son más que herramientas toscas y muertas, no pudieran superar necesariamente con mucho a las fuerzas mecánicas e invisibles. Precisamente, siguiendo este razonamiento, estoy plenamente convencido de que son posibles incontables fenómenos que tomamos por imposibles al no encontrar un razonamiento mejor que el hecho de que estos le resultan incomprensibles a nuestra ignorancia; y en esto nos asemejamos a los salvajes que, al escuchar la encantadora melodía que un maestro es capaz de hacer exhalar a su flauta traversa, toman esta por imposible, precisamente porque ellos mismos no son capaces de arrancar a su caña más que unos tonos roncos y uniformes. No encuentro en la historia del príncipe Biribinker nada que pueda ser considerado imposible y (dando por sentada la credibilidad del historiador) no veo por qué, desde su principio hasta su fin, esta no podría haber ocurrido realmente y no merezca tanta credibilidad como cualquier otra historia.

—Aquí habéis tocado precisamente la tecla adecuada –dijo don Gabriel–, pues todo depende de la credibilidad de los testigos. Aunque otorguemos una mínima posibilidad de existencia a todas las maravillas con las que los historiadores y los poetas han llenado el mundo, o al menos a la mayor parte de ellas, siguen sin ser más que puras quimeras en tanto que no se pueda demostrar por el convencimiento de la razón que estas han existido o existen realmente. Y he de confesaros que auguro un mal futuro a la veracidad histórica de las historias de hadas y espíritus si no cuentan con un mejor garante de su autenticidad que Biribinker.

—¿Y eso por qué? –preguntó don Sylvio.

—Porque toda esta historia es de mi propia invención –replicó don Gabriel.

—¿De vuestra propia invención? –exclamó este último, atónito–. ¡Don Gabriel, esto no me lo habría esperado de vos! ¡Pero si hasta nos dio el nombre del historiador del que la historia estaba tomada!

—Debéis disculparme, don Sylvio –respondió el otro–, pero es tal y como os digo. Quería comprobar cuán lejos llegaba vuestra creencia en la feeridad, puse a prueba (no me lo toméis a mal) todo el delirio del que soy capaz para crear una historia maravillosa tan absurda e incongruente como jamás se hubiera escuchado. Así surgió Biribinker, pero os confieso abiertamente que no me habría sido posible inventarme algo tan extravagante si no hubiera encontrado similitudes en otros cuentos de hadas y sabía que precisamente esta analogía os llevaría a engaño. Creedme, don Sylvio, los creadores de los cuentos de hadas y de la mayor parte de las historias maravillosas tienen tan poca intención de contar patrañas a las personas inteligentes como la que yo pudiera tener. Su intención es divertir a la imaginación y os confieso que yo mismo soy más aficionado a los cuentos de hadas que a los sistemas metafísicos. Conozco tanto entre los Antiguos como en los Modernos a personalidades de grandes capacidades230, incluso a algunas de gran reputación, que ocupan sus horas de ocio en la escritura de cuentos, así como a hombres mucho más importantes que yo y que muestran una personalidad mucho más seria de lo que yo jamás puedo aspirar a poseer que prefieren estos juguetes de la imaginación a otras obras del ingenio. ¿Quién no adora el Orlando de Ariosto, que en realidad no es otra cosa que una urdimbre de cuentos de hadas231? Mucho podría decir en favor de estos si se tratase de ofreceros un panegírico de los mismos. Pero, al final, los cuentos siempre son cuentos y, a pesar de todo el placer que nos proporciona un poeta que sabe manejarse con salamandras, sílfides, hadas y cabalistas, estos no dejan de ser más que creaciones quiméricas, para cuya existencia no existe razón mejor que la que estaría en condiciones de ofreceros respecto a un Biribinker.

p. 199—No parecéis advertir –dijo don Sylvio–, que no puede negarse la existencia de las hadas y de los espíritus elementales, así como de la cábala o filosofía oculta, que da a los sabios el poder de subyugar a estos espíritus, sin atentar contra toda veracidad histórica. Pues, ¿acaso los testimonios que pueden encontrarse a lo largo de toda la historia de manera unívoca no son prueba suficiente de su existencia?

—Me parece que habéis leído los Diálogos del conde de Gabalis– respondió don Gabriel– en el que vuestra argumentación se lleva al extremo232. Pero todo lo que se puede demostrar con ello, ni más ni menos, es que la historia se mezcla con fábulas e inexactitudes, un gran mal que sin duda se debe achacar al débil entendimiento, a la mala voluntad o al menos a la arrogancia de los historiadores, que, a mi parecer, son la fuente de muchas de las penosas equivocaciones a las que las diversas sociedades se ven sujetas. ¿Acaso pensáis que la historia de Biribinker sería un cuarto de grano* más creíble si hubiera sido narrada palabra por palabra por el historiador Palafato? ¿Cómo podemos saber si un autor que ha vivido hace tres mil años y cuya historia y personalidad nos son completamente desconocidas realmente tenía la intención de decirnos la verdad? Y, si supuestamente esa hubiera sido esa su intención… ¿no podría ser que fuese algo crédulo? ¿No podría haber sacado su historia de fuentes equívocas? ¿No podría haberse visto engañado por prejuicios o por noticias falsarias? O, si diésemos por sentado que todo esto no se hubiera producido en su caso… ¿no podría haber acontecido que, con el paso de unos dos o tres mil años su historia se hubiera visto cambiada, falseada y ampliada con supuestas enmiendas a manos de sus copistas? Mientras no estemos en disposición de demostrar de cada aventura extraordinaria de Biribinker y, por así decirlo, de cada línea, que ninguno de todos los casos que hemos mencionado antes tiene lugar aquí, ni el mismísimo Herodoto sería garante suficiente sobre la veracidad de esta supuesta historia233. He de confesaros que el testimonio de un Tácito o de un Humeb le habría venido muy bien a la existencia de los espíritus elementales y de todo el resto de los entes que permanecen fuera del círculo de la experiencia general de los seres humanos, pero, por desgracia para lo maravilloso, estos no pueden contar con testigos de tanto calado234. Y, si diéramos también por sentado que, entre toda la infinita caterva de maravillas de este tipo que han sido narradas y, en parte, creídas desde el comienzo de los tiempos por todos los pueblos del orbe se encontrasen al menos unas pocas que contasen con una apariencia intachable, estas no harían al resto ni más verosímiles ni podrían restarle fuerza alguna al principio de la naturaleza que dice que todo aquello que no cuenta con analogía alguna en el discurrir cotidiano de la creación, al menos en lo que nuestros sentidos pueden percibir, o que no tiene que ver con la mayor parte de lo que el género humano experimenta cada día, cuenta precisamente por ello con una fuerte y certera presunción de falsedad. Es esta una ley que hace justicia al sentir general del ser humano, a pesar de que con ello niega la existencia de la feeridad, las hadas y de todo lo relacionado con ellas.

b El caro lector habrá notado aquí un evidente anacronismo que, por desgracia, no es el único en esta obra y que quizá despierte algunas dudas sobre la credibilidad de toda esta historia. Dejamos para los críticos la eliminación del mismo.

p. 200Las damas se retiraron tan pronto como vieron que la conversación había tomado un rumbo más bien científico. Don Sylvio, sin embargo, no se rindió tan fácilmente como su contrario habría esperado. Se armó con todas las ventajas que parecía darle la aparente afinidad de esta materia con otras, ante lo que don Gabriel solamente pudo combatir como lo hacen los húsares, huyendo. En cualquier caso, cuando vio que su contrincante, gracias a su abrumadora destreza, supo escapar de todos sus escondrijos, a don Sylvio no le quedó más remedio que aludir precisamente a todas las experiencias propias con las que había pensado convencerle. Pronto pudo comprobar, empero, que poco podría obtener al intentar atacar a un filósofo como don Gabriel con sus propias armas. Este le demostró que las experiencias raras y extraordinarias, tan pronto como contradicen la analogía con la experiencia general, resultan siempre sospechosas y que, para que a una evidencia debiera rendírsele la razón, se le exigirían pruebas tan palmarias que, entre miles de tales experiencias extraordinarias, apenas podría encontrarse una que, tras un examen más preciso, siguiera conservando tanta verosimilitud como la que se exige a una fuerte presunción. Como ejemplo de sus preceptos, tomó las visiones de la hermana María de Ágreda, adentrándose sin apenas darse cuenta en especulaciones que el traductor considera demasiado profundas para los lectores de este libro y que deja con gusto fuera del mismo, pues, tal y como se desprende del prefacio que se encuentra al principio del manuscrito español, el monje dominicano al que se había encomendado la censura del mismo decidió prohibir la impresión de toda la obra precisamente por este discurso235. Sea como fuere, don Eugenio consideró apropiado detener estas investigaciones demasiado metafísicas.

—Creo –dijo– que, para demostrar cuán fácilmente nos pueden traicionar en este caso los prejuicios adquiridos previamente o una fantasía omnipotente, no hace falta más que referir a don Sylvio a su propia experiencia. Apuesto lo que queráis a que, al entrar a este jardín y encontraros en este pabellón pensasteis que os hallabais en la residencia de un hada y, sin embargo, no hay nada más cierto que os encontráis precisamente en aquella Liria que mi abuelo, Gil Blas de Santillana, debe a la generosidad de don Alfonso de Leiva y que, desde entonces, fue ampliada y embellecida en parte por él y en parte por mi padre don Félix de Liria. Parece que no tenéis el mundo suficiente como para haber visto que las similitudes que existen entre los jardines y los edificios de Liria y aquellos con los que vuestra imaginación se ha visto familiarizada por medio de los cuentos os ha engañado fácilmente y os ha hecho tomar aquello que es el producto del trabajo cotidiano del hombre por obra de los espíritus y de la feeridad. Admitid, don Sylvio, que, al contemplar a mi hermana, no dudasteis ni un segundo en tomarla por un hada y mi párroco os podría demostrar mediante el registro de nacimiento que es una mortal y que desciende de buenos cristianos viejos que jamás han sido sospechosos de darse a la magia. Es nieta de la adorable Dorotea de Chulillla, quien estuvo destinada a hacer olvidar a mi abuelo el dolor por la pérdida de su amada Antonia, y con la que, de hecho, tiene una semejanza tal que habitualmente se toma el retrato de una por el de la otra.

Este único razonamiento tuvo más fuerza que todas las conclusiones de don Gabriel. Exceptuando un cumplido que, dada la ocasión, hizo sobre los encantos de doña Felicia, don Sylvio no encontró nada sensato que responder y fue quedándose progresivamente en silencio y, tal y como pareció, se sumió en pensamientos que nublaron visiblemente su cabeza. Afortunadamente esto ocurrió justo en el momento en el que había llegado la hora de asistir a una comedia que don Eugenio había organizado gracias una pequeña compañía de actores itinerantes que se encontraban allí desde hacía algunas semanas. Este agradable entretenimiento y la presencia de doña Felicia, con la que disfrutó del resto de la velada, fueron restaurando poco a poco el buen humor de nuestro héroe. La reconfortante cordialidad, o quizá deberíamos llamarla dulzura, que reinó en todo el trato de los demás respecto a él lo fue haciendo poco a poco más vivaz, conversacional y dispuesto a agradar, mientras que el tono de jocosa alegría en el que toda la compañía se vio sumida durante toda la cena tuvo tal efecto en él que pronto olvidó el papel que se había propuesto desempeñar y acabó haciendo tantas gracias sobre el príncipe Biribinker y sus hadas como si jamás hubiera creído en las hadas y como si nunca hubiera amado mariposa alguna.

i Wieland emplea el Grans como medida de peso, que equivaldría a menos de un gramo y que se empleaba para medir el peso del grano. Nos apoyamos en la etimología del término alemán, que procede del latino granus, a la hora de traducir la medida alemana.

226 El autor hace una velada referencia a la ciudad imperial de Biberach, que contaba con su propia administración y legislación dentro del Sacro Imperio Romano Germánico y en la que Wieland ejerció como senador. Sobre este aspecto puede consultarse la introducción a la obra.

227 Los cuentos de hadas del conde Antoine de Hamilton, al igual que la historia del príncipe Biribinker, son de una clara naturaleza paródica, por lo que la referencia a «Los cuatro Facardines» no resulta aleatoria. El fantástico itinerario, la naturaleza sobrenatural de las criaturas y, sobre todo, la iniciación sexual del protagonista son elementos estructurales y temáticos compartidos entre «Los cuatro Facardines» y Biribinker.

228 Albio Tibulo (55 a.C.–19 a.C), poeta lírico latino, fue el fundador, junto a Propercio (47 a.C.–16 a.C) y Ovidio, de la elegía amorosa, género poético en el que habitualmente se lamenta el rigor de la amada. Sus Elegías (27/26 a.C) cantan a su amada, Delia y a su amante, la cortesana Némesis.

229 Wieland quizás aluda a la novela satírica de Voltaire Micromégas (1752), en la que el gigante Micromégas es expulsado de su planeta, Saturno, exiliándose en nuestro planeta, del que se convierte en un avezado observador a través de un microscopio.

230 La querella entre los Antiguos y los Modernos es un tema recurrente en la historia literaria europea por el que habitualmente se debate sobre la primacía entre los autores clásicos greco-latinos y aquellos que cada época considera como modernos o actuales. El término querella fue empleado por vez primera a la hora de referirse a este debate por el autor francés Charles Perrault, quien en un escrito leído en 1687 ante la Academia francesa y titulado «Le Siècle de Louis le Grand» [El siglo de Luis el Grande] comparaba los logros del emperador romano Octavio Augusto (63 a.C–14 a.C) con los del monarca francés Luis XIV de Borbón (1638–1715), apostando por la primacía de este último. Nicolás Boileau (1636– 1711) dio la replica a Perrault defendiendo la primacía del emperador romano sobre el monarca francés. En el Reino Unido, Jonathan Swift escribió la sátira literaria The Battle of Books [La batalla de los libros] (1704) para defender a William Temple (1628–1699) en su defensa de los autores clásicos frente a los modernos.

231 Referencia al Orlando Furioso, poema épico de Ludovico Ariosto (1474–1533), publicado en 1532. La obra de Ariosto, a caballo entre el romance caballeresco y la épica burlesca, guarda interesantes similitudes con el Quijote cervantino, también en su uso de una historiografía ficticia y del narrador infidente. Sobre este aspecto puede consultarse el excelente trabajo de José Manuel Martín Morán, «Las raíces italianas de Cide Hamete» (2018: 93–112).

232 Sobre el Conde de Gabalis, ver la nota 208.

233 Herodoto de Halicarnaso (484–425 a.C.) fue un historiador y geógrafo griego, habitualmente considerado como el padre de la historiografía universal por sus Historias (430 a.C).

234 Publio Cornelio Tácito (55–120 d.C.) fue un político e historiador romano, conocido por sus Anales y por sus Historias. El ensayista, historiador, economista y filósofo David Hume (1711–1776) es considerado el padre de la Ilustración escocesa. Sus principales obras, A Treatise of Human Nature [Tratado de la naturaleza humana] (1739) y An Enquiry concerning Human Understanding [Investigación sobre el entendimiento humano] (1748) constituyen las bases del empirismo y del escepticismo como corrientes filosóficas.

235 El autor se refiere a las supuestas bilocaciones de María Jesús de Ágreda (1602–1655), que habría sido vista en España y en América al mismo tiempo. Sobre María Jesús de Ágreda, remitimos al lector a la nota 54 de este trabajo.