Capítulo I Un descubrimiento notable. Extraña discreción de Pedrillo
El autor español comienza este libro con una suerte de disculpa dirigida a aquellos de sus lectores que (tal y como dice) han mostrado un cierto fastidio desde el instante en el que doña Felicia y don Sylvio se encontraron en el pabellón de Liria, a partir del cual el bueno de Pedrillo quedó relegado a un segundo plano, tanto que no ha aparecido ni una sola vez para divertir tanto a la compañía como a los caros lectores con sus ocurrencias.
«Consideramos», dice nuestro autor, «un pequeño defecto de una obra dramática cuando el poeta que se ha propuesto dirigir la personalidad, sentimientos, virtudes o estupideces de sus personajes a través de un laberinto de intrincadas casualidades, en lugar de centrar toda su atención en ellos, acaba acordándose en cada instante de sus espectadores, para los que él trabaja, sí, incluso cuando se ve obligado a justificar mediante un ad spectatores, que pone en boca ora de este ora de aquel personaje, la pobre ejecución de su plan o el defectuoso desarrollo del mismo. Desde nuestro punto de vista, una historia como la nuestra se encuentra exactamente en la misma situación. Sí, si Pedrillo, como los graciosos de ciertas comedias, únicamente estuviera presente en nuestra historia para divertir a los lectores, se nos podría reprochar fácilmente que quizá hemos dejado pasar más de una oportunidad en la que su vocación podría haber servido de divertimento para sus admiradores. Sin embargo, Pedrillo cuenta, como se debería haber notado tiempo ha, con un papel mucho más importante y, si bien es cierto que nuestra intención al introducirlo en esta historia tiene mucho que ver con el regocijo de nuestros lectores, no es menos cierto que esto (por expresarnos de manera erudita) no es más que un finis secundarius que, como se sabe, ha de ceder su lugar al objetivo principal cuando no hay espacio suficiente para ambos. Pedrillo va o viene, charlotea o calla, está ocupado u ocioso, incluso puede llegar a ser invisible, dependiendo de la naturaleza de su servicio o de lo que le depare su relación con su señor. Cuando lo acompañó en su fantástico peregrinaje, tuvo todo el derecho a charlar, tanto y como quisiera, siempre que don Sylvio no se encontrase en mejor compañía. Entra y sale, y se retira a los aposentos de los lacayos o a la estancia de la bella Laura tan pronto como su señor se encuentra en mejor compañía. Es cierto que se nos podría recordar el ejemplo de Sancho Panza, el cual, mientras su señor fue acogido de manera tan grata en el palacio (a pesar de todos sus enemigos, encantadores y moros), siempre fue parte de la compañía, contando con la libertad absoluta para entrar y salir, e incluso llegando a entrevistarse más de una vez con la duquesa a solas236. En cualquier caso, ha de recordarse que en ese caso se trataba de divertirse a costa de la solemne locura del caballero y de la pícara necedad del escudero; mientras que en el palacio de Liria todo se centra en liberar lo antes posible a nuestro héroe del encantamiento de su cerebro, sin que por ello nos importe lo más mínimo si nuestros caros lectores, que quizá preferirían verlo persistir en su locura, pierden con ello o no.
»Para que no se nos pueda reprochar que, de manera desagradecida, hemos desterrado al bueno de Pedrillo tan pronto como no nos ha sido útil, hemos decidido dedicarle una parte de este capítulo, de modo que sus ya mencionados admiradores obtengan alguna información sobre cómo empleó su tiempo desde su llegada a Liria».
Se recordará que la agradable Laura, cuando se presentó a Pedrillo por vez primera en forma de sílfide, ya se adueñó de su corazón sin que él mismo pudiera darse cuenta de cómo había ocurrido. Cabe admitir que, para un enamorado que se encuentra en el enardecimiento inicial de una pasión que comienza a encenderse, la confusión a la que lo indujo la dama Teresilla aquella velada fue bastante grande. Sin embargo, en este aspecto fue un segundo Biribinker y, aunque no le fue infiel a su primera amada más veces de las que tuvo ocasión, parecía que cada infidelidad servía para avivar cada vez más su amor y no tenía más que ver a la dueña de su corazón para olvidarse de cualquier otra que podría haberle llegado a gustar. Ante tales circunstancias, nadie se sorprenderá de que costase poco mantenerlo separado de su señor durante uno o dos días. Laura, que contaba precisamente con ese mandato de su señora, encontró relativamente sencillo poder llevarlo a cabo, pues Pedrillo, que estaba embriagado ante la satisfacción de volver a verla y de juguetear con ella (pues así lo llamaba), quizá no habría vuelto a pensar en don Sylvio si la misma sílfide no hubiera sido la primera en recordárselo.
p. 202La tierna inclinación que el afortunado Pedrillo había logrado despertar en esta joven ninfa hizo que esta no perdiera la oportunidad de encontrarse a solas con él siempre que pudiera, sin montar mucho escándalo y haciendo que no se les echase de menos, y por eso ocurrió que ambos, un día después de su llegada, exactamente en el momento en el que los señores se entretenían conversando en una de las salas del pabellón del jardín y mientras que la mayor parte del servicio doméstico dormía la siesta, sin haberlo acordado y quizá por el efecto de las fuerzas magnéticas, de las que nos hemos ocupado en otro lugar, se encontraron en uno de los frondosos cenadores del laberinto. La intención de ambos no era otra que echarse la siesta en este lugar, pero, como ambos se encontraron de una manera tan inesperada como Dido y el héroe troyano en cierta cueva, nada fue más natural que, en lugar de dormir, se sentasen juntos y charlasen237. El calor no tiene los mismos efectos en todo el mundo y, si bien los investigadores de la naturaleza nos muestran que un grado más alto del mismo volatiliza el espíritu y relaja los músculos, lo cierto es que Pedrillo jamás se había encontrado en una situación que hubiera podido hacer de él un amante más peligroso que aquella vez. Laura pronto se dio cuenta de ello y, dado que, muy al contrario de la costumbre entre las doncellas de cámara españolas, ni era galante ni se hizo la mojigata, se vio finalmente obligada a darle a entender que un enamorado solamente podía convencerla de la sinceridad de su amor por medio de la humildad. El miedo de haberla enojado tuvo en Pedrillo el efecto que debería haber tenido el calor según el sistema de los investigadores de la naturaleza, por lo que, de repente, se mostró tan desabrido y humillado como el más sumiso de los admiradores de la reina de las ínsulas de cristal y le prometió que, con tal de que no le prohibiese su presencia ante ella, se comportaría de manera tan mansa e inocente como un cordero238. La bella Laura aceptó que se quedase junto a ella con esta condición y, para que la atención de Pedrillo se desviase un poco de sus encantos, consiguió que, pregunta tras pregunta, este hiciera una detallada narración de todo aquello que sabía sobre la historia de su joven señor. Laura conoció de este modo lo acontecido con el retrato de la joven princesa y, de la descripción del mismo, coligió que se trataba exactamente del collar que su señora había perdido algunos días atrás en uno de sus paseos hasta su pequeña Arcadia. Le descubrió esta circunstancia a Pedrillo y, cuando este le comunicó de qué manera don Sylvio se había visto robado de aquel, se confabuló junto a su nuevo compañero para recuperarlo de inmediato. No dudaron de que se encontraría en manos de una de las campesinas que trabajaban en las tierras del palacio y estaban en lo cierto. El retrato fue devuelto por gracia de algunos maravedíes y en esa misma tarde le fue entregado a doña Felicia, la cual, gracias a las noticias que Pedrillo había obtenido por boca de Laura, alcanzó mayor satisfacción que por la propia joya, a pesar de que esta era de gran valor. Creyó tener en sus manos el talismán por el que se podría obrar el desencantamiento de su amado don Sylvio y se dispuso a no postergar el empleo que haría del mismo más allá de la mañana siguiente.
Mientras tanto, Pedrillo se vio severamente conminado por su venerada dama Laura a no revelar nada de todo este secreto a su señor. Pedrillo apenas podía contenerse y tuvo que esperar a que la astucia le propiciase la oportunidad de justificar el viejo adagio que dice que no hace falta nada más que prohibir algo para azuzar a alguien a hacerlo. Esta ocasión se presentó al día siguiente. Tanto el señor como su sirviente estaban enamorados, por lo que durmieron muy poco. Pedrillo se dio cuenta de que al alba don Sylvio ya estaba paseando de arriba para abajo por las avenidas del jardín sumido en sus pensamientos y, ya que Laura, quien, por lo general, lo vigilaba con atención, todavía estaba sumida en el sueño, se deslizó muy sigilosamente desde el cuartucho que le habían dado en la buhardilla hacia abajo y buscó a su señor.
p. 203Don Sylvio había pasado una buena parte de la noche sumido en reflexiones que no resultaban demasiado ventajosas para las hadas. A decir verdad, la pequeña jugarreta que le había jugado don Gabriel con el cuento del príncipe Biribinker había propiciado que su creencia en estas damas y en sus historiadores sufriese una sacudida nada desdeñable. La historia del príncipe Biribinker le resultaba ahora tan extravagante que apenas podía comprender qué había pasado para que no se hubiera dado cuenta en ese mismo instante. Finalmente llegó a la conclusión de que la verdadera razón no podía ser otra que la similitud entre este cuento y el resto, así como sus ideas preconcebidas sobre la veracidad de estos últimos. Ya no podía ocultar por más tiempo que, si bien las incongruencias en la historia de Biribinker habían sido llevadas algo más lejos que en otros cuentos, las analogías entre el primero y los últimos resultaban, sin embargo, lo suficientemente importantes como para, en consideración de todo lo que habían argumentado don Gabriel y don Eugenio contra estos, considerarlos a todos como sospechosos. Se acabó durmiendo entre estas consideraciones y, tras una duermevela de unas tres horas en la que continuó soñando con doña Felicia, acabó levantándose de nuevo para, durante un paseo con el frescor de la mañana, poder proseguir con mayor éxito sus reflexiones sobre un asunto de tal importancia para él.
Pasó un cierto tiempo hasta que Pedrillo logró encontrarlo, pues don Sylvio, mientras aquel se vestía y bajaba, se había adentrado en las avenidas del laberinto, el cual, dado su tamaño y la variedad de los pasillos, cenadores, pequeños jardines de recreo, cascadas, templos griegos, pagodas, esculturas y otras cosas diseñadas para darle una apariencia romántica, era uno de los lugares más agradables de todo el mundo. Nuestro héroe, que ya no pudo seguir dudando de que todo esto, a pesar de su extraordinaria similitud con un lugar encantado, no era más que el producto de un arte que, dirigido por una imaginación poética, había logrado crear un conjunto tremendamente agradable combinando acertadamente las distintas bellezas de la naturaleza y de las artes imitativas, al dar sus primeros pasos en este elegante jardín llegó a la conclusión de que quizá la fantasía fuese la única y verdadera madre de lo maravilloso, lo cual, dada su inexperiencia, había considerado hasta ese momento como parte de la naturaleza. Había estado ocupado en este pensamiento ya durante un cierto tiempo con la satisfacción con la que las mentes inquietas suelen perseguir un nuevo descubrimiento, cuando, de repente, detrás de un arbusto de laureles salvajes que rodeaba las ruinas de un pequeño templo, apareció Pedrillo, quien se dirigía hacia él con gran alegría.
—¡Buenos días, señor don Sylvio! –gritó Pedrillo tan pronto como vio a su señor–. ¡Ya veo que todavía estáis vivo! ¡Pardiez! Mi señor, no se os ve el pelo ni un instante durante todo el día. Si no fuera porque la doncella Laura ha escuchado que todavía estabais por aquí, habría llegado a pensar que, Dios me perdone, las hadas os habían llevado por los aires.
—Créeme, tengo muchos más motivos para quejarme sobre ti –le respondió don Sylvio sonriendo–. Debes de haberte visto encantado por tu sílfide para que no haya vuelto a verte desde el momento que te escabulliste del salón en el instante de la llegada de doña Felicia.
—Mi señor –respondió Pedrillo–, creo que no os equivocáis lo más mínimo al pensar que estoy encantado. Se dice que los hechizados no comen ni beben nada, y eso sin volverse por ello ni un gramo más ligeros de lo que fueron. ¡Que me cuelguen –solamente al cuello de mi muchachilla, se entiende– si desde anteayer no he comido tanto como lo que una mosca podría llevarse en sus alas! Mirad, cuando nos sentamos a la mesa, en todas las ocasiones me siento frente a la doncella Laura y ahí no puedo evitar mirarla boquiabierto, y en cada instante hay algo distinto que observar y no dejo de mirarla, de mirar qué bien le sienta la comida, me fijo en su boquita y en cómo la tiene llena de dientes, tan blancos y tan uniformemente colocados, como si fuera un collar de perlas, que da gusto verla. Y entonces, ¿qué estaba diciendo?, me toma el pelo a cada segundo, o me guiña el ojo, o me da con el pie, o se coloca su pañuelo y, ¡por mi alma!, sería capaz de hacer que me olvidase de comer y beber si no fuera porque ella misma me pone algo en la boca mientras tanto. Y, sin embargo, como vuestra señoría puede observar, me encuentro tan fuerte y fresco como si me las hubiera visto con el Bel de Babilonia239. Eso es lo que hacen las buenas compañías. ¡Nora tal! A vuesa merced tampoco se la ve tan mal, pues tenéis la apariencia sonrosada y fresca de alguien que se ha prometido, y eso que apostaría a que su señoría no ha dormido mucho esta noche.
p. 204—Como bien dices –respondió don Sylvio–, eso es consecuencia de la buena compañía, pero, dime, ¿qué tal lo estás pasando en este palacio, Pedrillo? ¿Deberíamos ponernos pronto en marcha de nuevo?
—¿En marcha? –exclamó Pedrillo mientras daba un salto hacia atrás contemplando a su señor con una mirada pícara–. ¡Pardiez! Lleguemos primero antes de pensar en irnos. No tenemos motivo alguno para apresurarnos, mi señor. En el camino uno no encuentra fácilmente un albergue como este y, si vuesa merced no me lo toma a mal, siempre es mejor vivir entre cristianos que entre esas gentes encantadas, entre duendes y espíritus con los que uno nunca sabe a qué atenerse. No os puedo decir cuánto me gustó la dama Laura desde el primer momento en el que la vi, incluso a pesar de que entonces la tomé por una sílfide. Pero, desde que sé que es una buena y católica cristiana y que tiene tanta carne y sangre como cualquier otra persona honrada, y que no es ni sílfide ni gnomo, sino la doncella Laura, ayudante de cámara de la señora doña Felicia de Cárdena, desde entonces me gusta mil veces más. En una palabra, señor don Sylvio, espero que no estuvierais hablando en serio cuando os referíais a abandonar este palacio en el que nos va tan bien como podríamos haber deseado. Ya sé que no está hecho de zafiros ni de diamantes, pero, tal y como me ha asegurado Laura, es uno de los más bellos de toda la provincia y en toda mi vida podría desear uno más bello si estuviera en vuestro lugar. Sé muy bien lo que sé, si bien no lo voy proclamando por ahí, pero, en ocasiones, uno encuentra mucho más de lo que busca y la chocha bien se puede cambiar por un urogallo240. No seré yo quien lo diga, pero me parece, mi señor, que ya veremos, si no vivimos, dos o tres bodas antes de que nos marchemos de este palacio; os pido que, llegado el momento, os acordéis de que ya os lo dije antes.
—Me gustaría saber –dijo don Sylvio– qué tipo de secretos son aquellos que, tal y como parece, te oprimen tanto que apenas puedes esperar al momento de librarte de ellos.
—Si vuesa merced me tiene por un chismoso tal –respondió Pedrillo–, tendría más de un motivo para permanecer en mis trece y no deciros nada. No os podéis imaginar lo bien que me lo podría guardar todo, tengo mis propias razones y creo que la doncella Laura también las tiene, pues bien que me ha prohibido que os diga nada sobre la princesa… ¡Pardiez! A punto ha estado de escapárseme, pero me he dado cuenta a tiempo, un poco de paciencia, mi señor. Las peras caen por su propio peso cuando están maduras y, a no mucho tardar, acontecerán hechos extraños. Pero os tengo que confesar, mi señor, que habéis nacido con buena estrella, ¡pardiez! ¡Que vivan las hadas y las mariposas encantadas! Bien sabe Dios que si no hubiéramos sido lo suficientemente necios como para andar en busca de la mariposa azul… ¡No diré más! Sé lo que sé y vuesa merced bien puede comprobar que sé callarme, ¿verdad? Si fuera tan parlanchín como siempre decís que soy… ¿me habría podido guardar para mí que hemos encontrado el retrato junto con la princesa?
—Pero… ¿qué dices? –lo interrumpió don Sylvio–. ¿Has encontrado el retrato de mi princesa? ¿Dónde está? ¿Dónde está?
—Os pido disculpas, señor –respondió Pedrillo con la mayor impasibilidad del mundo–. No tengo retrato alguno y tampoco dije que hubiera encontrado el retrato de vuestra princesa, mentiría si dijera tal cosa.
—¿Entonces de qué hablabas cuando dijiste eso de que habían sido encontrados un retrato y una princesa? –dijo don Sylvio.
p. 205—No me habéis entendido correctamente, señor –respondió Pedrillo–. Sin duda no dije eso, pues, ¿acaso no veis que en ello reside exactamente todo el misterio? Precisamente porque ya prometí una vez que no lo desvelaría no conseguiréis sacarme nada, incluso aunque me prometieseis montañas de oro. Os lo suplico, señor: no me preguntéis. El diablo es un pillo y bien podría hacer que se me escapase alguna palabra sin darme cuenta. En definitiva, señor don Sylvio, simplemente os diré que, si hubiéramos sabido lo que ahora ya sé, el hada Rademante nos habría ahorrado andar por los campos en busca de la mariposa azul… y una buena parte de todos los golpes que nos hemos llevado también, y además ya nos podría haber dejado tranquilitos en casa. Pero… ¡qué necio soy! En ese caso no habríamos encontrado a nuestra princesa, si bien no es más que una… ¡Tate! Pardiez, otra vez que casi se me escapa…
—¡Pero qué dices, cabeza hueca! –gritó don Sylvio, impaciente–. O bien calla, o bien habla de modo que se pueda llegar a entender qué es lo que pretendes decir.
—Señor don Sylvio, llamadme asno, como decía aquel, si yo mismo llego a comprender algo de todo esto –dijo Pedrillo–. Por un lado, podría pensarse que el hada se ha aprovechado de vos, pero, por otro, no es menos cierto que ha mantenido su palabra: el retrato está ahí y eso tiene su lógica, y la princesa también lo está, si bien, para ser exactos, no es ni una mariposa ni una princesa. Al diablo con quien pueda entender todo este embrollo, pero algún sentido ha de tener y si el retrato… No sé qué es lo que quería decir, se me calientan los sesos cuando trato de encontrar sentido a nuestras aventuras… No puedo dejar de creer que la feeridad no tenga algo que ver en ellas, pues todo lo ocurrido no puede pasar por casualidad… pero, si no me equivoco… por ahí viene la princesa… bueno, quería decir doña Felicia… ¡Pardiez! Efectivamente es ella. Si hubiera llegado un minuto más tarde creo que se me habría acabado escapando todo el secreto.
Con estas palabras se alejó de don Sylvio, quien, tan pronto como vio a su bella, olvidó de una vez toda la curiosidad que el misterioso Pedrillo había despertado en él y se dirigió con rápidos pasos hacia otra de las avenidas del jardín, donde esperaba encontrarse con ella.
236 Wieland hace referencia en este pasaje a los episodios derivados de la estancia de don Quijote y Sancho Panza en el palacio ducal durante la Segunda Parte de la novela (II. 30–53).
237 El autor alude al cuarto libro de la Eneida de Virgilio, en el que la reina Dido de Cartago se enamora de Eneas tras cobijarse de una tormenta en una cueva.
238 Se alude nuevamente al hada Cristalina del cuento de Crébillon «¡Ah, qué cuento! Cuento político y astronómico». Sobre este cuento, remitimos al lector a la nota 225 de este trabajo.
239 Pedrillo hace referencia al dios babilónico Bel, al que, según los textos apócrifos del Antiguo Testamento, se sacrificaba cada día cuarenta ovejas y una cuantiosa cantidad de trigo y vino, y, aun así, seguía contando con la misma forma, al ser un ídolo de barro y latón.
240 Introduce aquí Wieland dos aves en boca de Pedrillo en lo que podría evocar la forma y el contenido sentencioso y metafórico de un refrán («ein Waldschnepfe läßt sich wohl gegen einen Auerhahn tauschen»). Sin embargo, la búsqueda en los diccionarios de paremias alemanes no ofrece ningún resultado. Traducimos así de manera literal las palabras del personaje, teniendo en cuenta que tanto la chocha o becada como el urogallo son aves de caza y que la primera es de un tamaño y peso muy inferiores al segundo.
