Capítulo II La trama comienza a desvelarse
Suele ocurrir que, cuando los enamorados se evitan, acaban buscándose y encontrándose con más presteza. Doña Felicia tomó, tan pronto como vio a nuestro héroe, el camino opuesto, pero lo hizo sin mirar más de una vez a su alrededor y, cuando vio que don Sylvio la andaba buscando, se deslizó sin darse cuenta en una de las avenidas en las que este necesariamente debía encontrarla. Ambos parecieron maravillarse por encontrarse tan temprano en el jardín, pero doña Felicia no fue tan honesta a la hora de admitir la verdadera razón de su asombro como lo fue don Sylvio. Puso como pretexto lo agradable de la mañana, mientras que este reconoció abiertamente que no había otra razón para encontrarse tan pronto en el jardín que la necesidad de dar rienda suelta a sus pensamientos. Una mirada que lo decía todo y que dirigió a ella mientras pronunciaba estas palabras, así como un suspiro contenido a duras penas, completaron y definieron todo aquello que no parecía demasiado claro en su discurso, pero doña Felicia, sin por ello comprenderlo peor, o bien porque no quería hacer lo mismo, pronto recondujo la conversación hacia el tema de las hadas preguntándole si la historia de la velada pasada no le había vuelto a visitar en sueños.
—En lo que se refiere a mi persona –dijo ella–, he de confesaros que he andado toda la noche vagando por el vientre de la ballena y, si tenéis curiosidad por saber más, quizá podría ofreceros un relato que no os dejaría del todo indiferente.
Don Sylvio le respondió con toda la seriedad de la que es capaz un enamorado de diecisiete años y le dijo que, desde que la había visto por vez primera, no era capaz de ver a nadie más mientras estaba despierto, mientras que en sueños su alma tampoco podía ocuparse de otra cosa. También confesó que aquello que había comenzado a ocurrir dentro de él desde que la conocía casi le había llegado a convencer de que no existía ningún otro encantamiento que no fuera el del amor.
—¡Por qué no os encontraría antes para poder ofreceros una descripción de este! –exclamó–. Me habéis dado una nueva vida. Vuestra presencia expande un resplandor en torno a mí que hace que la naturaleza resulte más bella y conmovedora a mis ojos. Me parece estar en otro mundo y parece como si todo lo que veo no fuera más que un reflejo de vuestros encantos, que insuflan un alma a las cosas más muertas, haciéndolas exhalar el hálito del amor. Incluso cuando estáis ausente, la huella de vuestros maravillosos encantos queda en cada lugar en el que os he visto y me parece sentir que aún estáis presente, aunque sea de manera invisible.
—Don Sylvio –le interrumpió Felicia mientras le dirigía una tierna mirada que trató de ocultar con una jocosa sonrisa–, no me tentéis a deciros que sois tan erudito en poesía como lo es el príncipe…
—No lo nombréis, doña Felicia –dijo nuestro héroe, a quien estas palabras, si bien no habían sido pronunciadas con maldad, le hicieron brotar las lágrimas en los ojos–. No insultéis la honestidad de mi alma con una comparación que tan poco merezco. Me dirijo a vos tal y como siento, y me gustaría poder hacerlo en una lengua que no se mostrase tan indigna de la verdad de mis sentimientos. Lo que siento desde que os he visto está increíblemente alejado de los efectos de la acalorada fantasía. Vuestra primera mirada apagó todo el fuego de mi imaginación y recuerdo mi vida anterior como un vano sueño, pues mi verdadera existencia comienza con el feliz instante en el que os vi por primera vez, y ¡oh!, ¡si por casualidad…!
En ese momento el compungido joven detuvo su discurso y lanzó una mirada que atravesó el alma de la bella Felicia y que completó aquello que no había sido capaz de expresar de una manera lo suficientemente elocuente.
p. 207—Quizá podría –respondió doña Felicia– tener buenos motivos para acusaros de no ser tan honesto como pretendéis hacerme creer en lo referente a mi persona, pero no quiero haceros reproche alguno, pues no tengo derecho a ello. Me habéis hecho el honor de tomarme por un hada, por lo que deberéis permitirme que os muestre una prueba de que al menos me parezco a vuestra Radiante en un aspecto. Aquí tenéis el retrato perdido de vuestra enamorada, os lo restauro tal y como lo recibisteis de sus manos.
Con estas palabras le dio el collar de perlas con el retrato y se regocijó no poco al ver el aturdimiento en el que cayó don Sylvio ante un regalo tan inesperado. Lo tomó con mano temblorosa, lo observó y después contempló a doña Felicia. Volvió a mirar el retrato y exclamó finalmente:
—Independientemente de la procedencia de este retrato y de a quién pretenda representar, mis ojos me dicen que es el vuestro, mientras que mi corazón me dice que todo el poder que este tuvo sobre mí procede únicamente del increíble parecido que este tiene con vos. No lo recibí de las manos de un hada, como decíais, lo encontré en el bosque que se encuentra en los límites del parque de Rosalva. Esta circunstancia y el hecho de que haya vuelto a vuestras manos tras haberme sido arrebatado parece ocultar un secreto. Reveládmelo, bellísima Felicia: sin duda es vuestro propio retrato. Tan pronto como lo vi se apoderó de toda mi alma. El inenarrable amor que me insufló me hizo sentir que este representaba a la única que puede hacerme feliz, mi corazón reconoció inmediatamente al objeto de todos sus deseos. Mas, ¡cuán increíblemente intenso fue este sentimiento tan pronto como pude contemplar el modelo!
—Tened cuidado –dijo doña Felicia sonriendo–, vuestro corazón podría haberos hecho una pequeña jugarreta, pues os aseguro que este retrato, a pesar de la similitud que creéis observar en él, no es el mío.
Inmersos en estas conversaciones continuaron su marcha y, finalmente, llegaron, mientras Felicia pronunciaba estas palabras, al pabellón. Ella se dio cuenta de la confusión en la que su afirmación había sumido al bueno de don Sylvio, a pesar de que aseveraba una y otra vez que no había, fuese quien fuese la persona a la que el retrato representaba, amado a otra persona que no fuese ella. Lo achacó a una suerte de secreto presentimiento, si bien confesó que las circunstancias por las que lo había obtenido aún le resultaban un misterio. Doña Felicia no podía ser tan severa como para hacer permanecer a don Sylvio durante más tiempo en una confusión que no serviría más que para satisfacer su propia vanidad, por lo que lo guio a través del pabellón hasta un gabinete. Al abrir sus puertas, dos grandes retratos a tamaño natural se mostraron ante sus ojos y ambos eran tan extraordinariamente similares que apenas podrían distinguirse por una ligera diferencia en el colorido que únicamente habría resultado perceptible al más fino experto.
—Don Sylvio, uno de estos retratos es el mío. Adivinad cuál de los dos es –le dijo ella.
—Los dos lo son –exclamó don Sylvio–, pues resulta evidente que este de aquí es una copia de aquel.
—Os equivocáis, don Sylvio –respondió doña Felicia–. Este de aquí, que tomáis por mío, es al menos sesenta años más antiguo. Representa a mi abuela doña Dorotea de Chulilla cuando tenía dieciséis años. Aquí –continuó diciendo mientras le señalaba un pequeño retrato en miniatura que colgaba debajo del enorme retrato– podéis ver otro de ella que fue pintado más o menos en la misma época. Es completamente similar al retrato más grande y sirvió como modelo para el pequeño retrato que ha dado lugar a esta extraña intriga. La extraordinaria similitud que mi padre encontraba entre doña Dorotea y yo misma hizo que, cuando tenía dieciséis años, ordenase que se me pintase en la misma postura y con los mismos atuendos, y todo el mundo dice que mi retrato se asemeja de manera exacta al de mi abuela. Mi abuelo, que amó a su esposa de manera extraordinaria, mandó que se pintase el pequeño retrato que ha caído en vuestras manos y solía llevarlo, como estaba de moda en aquel tiempo, colgado de una cadena de oro. Se lo legó a mi madre y, de este modo, me llegó a mí, por lo que lo hice colgar de ese collar de perlas y lo llevé durante mucho tiempo como un adorno para el cuello, hasta que lo perdí justo hace unos días en el bosque en el que después lo encontrasteis. Este es el desenlace de toda la trama y, ahora –dijo mientras sonreía–, puesto que tanto la abuela como la nieta tienen igual derecho a vuestra preferencia, os dejo a vos que os decidáis por cuál de las dos queréis decantaros.
p. 208Don Sylvio estaba fuera de sí de alegría por el rumbo que habían tomado los acontecimientos, que tan bien se ajustaba a los deseos de su corazón. Se lanzó a los pies de doña Felicia y le dijo tales cosas en aquel conmovedor desorden que es la verdadera elocuencia del amor que a nuestros lectores estas quizá pudieran resultarles un tanto ridículas, pero que, a la emocionada doña Felicia, debieron por fuerza resultarle agradables. En el estado en el que ella se encontraba se escucha a un enamorado como don Sylvio con gusto, tanto que pasó un cierto tiempo hasta que se dio cuenta de que debía poner un cierto freno a su arrobamiento. Le ofreció levantarse y seguirla hacia el salón, donde podrían continuar su conversación con mayor comodidad. Don Sylvio le contó entonces todo su cuento de hadas, la historia de la mariposa y la aparición del hada Radiante. También admitió incluso con una mayor predisposición que su imaginación, repleta de acontecimientos maravillosos de las hadas, había jugado su parte en esta supuesta historia cuando doña Felicia, no sin cierta satisfacción, le permitió, por su parte, adscribir la otra mitad de esos fenómenos extraños a una premonición o presentimiento de su alma, la cual intuía que pronto encontraría al modelo de este amado retrato.
—Aunque las hadas sean únicamente creaciones de nuestra imaginación –dijo–, habré de considerarlas siempre como mis mayores benefactoras, pues, si no hubiera sido por ellas, me habría marchitado para siempre en la soledad de Rosalva y quizá me habría privado por siempre de la felicidad de encontrar a aquella a quien mi anhelante corazón parecía buscar desde que tuvo conciencia de sí mismo.
Continuó retratando sus sentimientos a doña Felicia con la exaltación de un auténtico enamorado y esta joven dama se vio, sin apenas darse cuenta, tan emocionada que, a pesar de su resolución previa, no pudo contenerse y acabó contándole que desde que lo encontró dormido bajo el rosal no había podido evitar interesarse por ese desconocido al que los sentimientos insuflados por su propio retrato y por ella misma hacían aún más agradable. Esta confesión situó a nuestro héroe en un arrobamiento tal que impidió que durante un cierto tiempo fuera capaz de manifestarse de otra manera que no fuera lanzándose a sus pies y llenando las bellas manos con unos besos en los que podría haber exhalado su alma. Para una dulce belleza de la edad de Felicia quizá no exista algo más peligroso que la contemplación de la felicidad con la que las primeras muestras de favor embriagan a un enamorado y ha de admitirse que este peligro no resulta menor cuando el enamorado es tan joven, tan bello y tan enardecido como don Sylvio.
Considerando todo ello, esperamos que se le disculpe a la adorable Felicia que quizá prestase demasiada atención a su extasiado adorador. En esta dulce borrachera del alma que la disuelve en el amor y en el placer, y en la que las más intensas expresiones del sentimiento se consideran demasiado tibias, no se puede ser tan poco ecuánime como para exigir que fuese lo suficientemente diestra a la hora de mantener el equilibrio que la sapiencia de los moralistas nos prescribe. Estas elevadas mentes nos exigen con razón que nunca se debe ir demasiado lejos, pero la pregunta es: en el caso en el que nos encontramos… ¿cuánto sería demasiado? ¿Con qué medios, hasta ahora desconocidos, es posible hacer discurrir la sabiduría y el amor por líneas paralelas tan exactas como para que este no pueda alejarse de aquella?
Para un par de jóvenes como don Sylvio y la bella Felicia, cuyos corazones se encontraban en el estado ya mencionado, el tiempo no es el resultado de instantes, sino más bien un único e inamovible instante, que podría abarcar años pasando completamente inadvertido si no se viese despertado de un arrobamiento tan mágico por circunstancias externas o por el propio agotamiento del espíritu. Ambos se encontraban tan alejados de este último caso que se quedaron estupefactos cuando la dama Laura les indicó que ya era la hora del desayuno. En consonancia con este anuncio, se decidió que don Sylvio se ausentaría durante un breve espacio de tiempo, y la contemplación de doña Felicia durante cuatro horas lo había saciado tan poco que le resultaba prácticamente imposible desprenderse de ella durante unos pocos instantes.
Poco después, toda la pequeña compañía volvió a reunirse a la mesa de té de doña Felicia. Don Eugenio y don Gabriel quedaron no poco sorprendidos ante la visible transformación que había tenido lugar en nuestro héroe. El primero de ellos ya se había armado con todo un arsenal de argumentos para expulsar a las hadas del último refugio de su cerebro; sin embargo, para no pequeña vergüenza de su filosofía, tan pronto como pudo comprobar que todo el trabajo ya estaba hecho, se vio obligado a admitir dentro de sí que un par de ojos bellos resultan más convincentes en pocos minutos y convierten más rápido que lo que la Academia, el Liceo y la Stoa serían capaces de lograr juntando sus fuerzas a lo largo de muchos años241.
241 Wieland alude aquí a la Academia (escuela de los platonistas), al Liceo (escuela de los aristotélicos) y a la Stoa (escuela estoicista), los tres principales lugares de aprendizaje filosófico de la antigua Grecia.
