Capítulo III Ulteriores descubrimientos
Una vez que hubieron desayunado, la compañía se reunió en la biblioteca, donde en ese preciso momento don Gabriel se afanaba en mostrar tanto a su joven amigo como a las damas distintos experimentos físicos, cuando, de repente, se escuchó llegar al patio del palacio una especie de carruaje, lo que interrumpió la atención de los discípulos de nuestro filósofo. Se podrá imaginar fácilmente lo agradablemente sorprendido que quedó don Sylvio una vez que, poco tiempo después, vio entrar en la habitación a su querida tía doña Mencía.
Para que ese futuro crítico que quizá se tome la ilustre molestia de defender este nuestro trabajo frente al injurioso colmillo de un Zoilo o cualquiera de sus hermanos, es decir, de todos y cada uno de los que (para la más profunda mortificación del justo amor paternal por este hijo de nuestro entendimiento) intenten maliciosamente revelar sus carencias y fallas242; para ahorrarle a ese hombre, decimos, honrado y erudito (y al que de antemano expresamos nuestro agradecimiento público por sus valientes esfuerzos), al menos la labor de defendernos (pues le espera ciertamente trabajo en ese sentido) de la acusación de que, contra toda probabilidad, hemos arrastrado a Liria, cual deus ex machina, a la sabia y noble doña Mencía en una calesa tirada por dos demacrados jamelgos de aldea, sin dar más razón que nuestra propia necesidad, nos vemos obligados a decirle a nuestro caro lector, antes de proseguir, que esta inesperada aparición no ha sido llevada a cabo por nuestra voluntad, sino más bien por obra y gracia del famoso barbero que ya ha aparecido en esta historia más de una vez. Este, en una visita rutinaria a Liria que había llevado a cabo el día anterior para atender a su paciente, había conocido la llegada de don Sylvio, así como otros pequeños detalles gracias a la locuacidad de Pedrillo, lo que le llevó a la conclusión de que había gato encerrado en todo ello. Con estas nuevas llegó el maese Blas a golpe de espuela a Rosalva, en la que ya se habían tomado medidas para buscar a nuestro héroe en todos los lugares vecinos. Doña Mencía se había visto invadida por un desasosiego fuera de lo común, pues la unión de su sobrino con la bella Mergelina era una de las cláusulas de las que dependía su propia unión con el señor Rodrigo Sánchez, por lo que difícilmente podía permanecer indiferente cuando maese Blas, con aire misterioso, le susurró al oído que, por todo lo que había podido saber, don Sylvio se debía de encontrar en Liria y no sin propósito. En definitiva, encontró el asunto lo suficientemente importante como para ir ella misma a reclamar a don Sylvio y, si a ello además se le añade el profundo desprecio que la gris antigüedad de su propia casa le infundía respecto a la nueva nobleza, se podrá imaginar fácilmente que la expresión de su rostro al hacer su entrada en el palacio de Liria no fue de las más agradables. Cuando vio a su sobrino en una compañía tan peligrosa como, según sus ya conocidos principios, resultaba la de doña Felicia y Jacinta, su descontento se elevó a un grado tal que su cara (que resultaba más adecuada para expresar más bien la severidad de la virtud que su belleza) adquirió una apariencia tan similar a la de las furias que si a su delgada complexión se le hubiera añadido algunas serpientes en la cabeza y una antorcha en la mano bien podría haber representado fácilmente a una de las gracias del infierno de maliciosa sonrisa. Pese a todo, seguía siendo la tía de don Sylvio, por lo que fue recibida de una manera respetuosa y amable, lo que la obligó a atenuar un cierto grado la actitud terrible y amenazante con la que había armado su rostro. En efecto, la belleza y la fina figura de don Eugenio la tranquilizaron tanto que las dos damas, que se habían retirado hacia el otro extremo ante la primera mirada que esta les había dedicado, finalmente se armaron del valor suficiente para acercarse paulatinamente al sofá donde doña Mencía se había sentado a petición de don Eugenio, si bien no sin la precaución de situarse lo suficientemente cerca de la puerta, hacia la que podrían efectuar una pronta huida en caso de emergencia. Tras una breve presentación, doña Mencía desveló el motivo por el que estaba allí y mostró no poca estupefacción ante los posibles motivos por los que su sobrino se hallaba en Liria. Don Eugenio le respondió que debían ese placer a una pura casualidad y le narró posteriormente, si bien dejando fuera algunos detalles accesorios, la aventura en la que había precisado de la valerosa ayuda de don Sylvio. Doña Mencía mostró tal satisfacción por el hecho de que su sobrino hubiera dado una muestra tan bella de la sangre caballeresca que corría por sus venas que la joven Jacinta se animó ella misma a deshacerse en elogios sobre nuestro héroe.
p. 210La altiva Mencía se dignó entonces por vez primera a observar a estas diminutas criaturas con una mirada desdeñosa. En otra ocasión ya hemos señalado que Jacinta no contaba ni con el tamaño, ni con la regularidad de los rasgos, ni con una pureza completa en el color del rostro que pudiera otorgarle legítimo derecho al epíteto de belleza. Sin embargo, la gracia poco común de su constitución y de toda su persona era aquello que conseguía que gustase a primera vista y, dado que doña Mencía se encontraba plenamente satisfecha en lo referente a sus propios encantos y a una estatura majestuosa que sin duda la elevaba por encima de ella, todo ello hizo que sus ojos fueran indulgentes con Jacinta. Poco a poco doña Mencía fue honrando a Jacinta con una cierta atención e incluso llegó a observar que jamás había visto a una persona que se pareciese tan vivamente a doña Isidora, su hermana política ya fallecida. En ese preciso instante apareció don Sylvio (que no se había atrevido antes a comparecer ante ella), el cual entró junto a don Gabriel en la habitación. El elogio que había recibido poco antes, así como el elegante saludo que le dirigió, aunque quizá también la figura de su acompañante (que era una de esas que no resultaba complicado que ella tuviera en buena consideración), causaron una impresión tan positiva en doña Mencía que hizo que don Sylvio fuera recibido mucho mejor de lo que él había esperado. Don Gabriel conocía la personalidad de la dama desde hacía tiempo y, dado que era lo suficientemente malvado como para decir los cumplidos más bellos del mundo en el lenguaje en boga durante los tiempos de Carlos II, se vio, para disfrute del resto de la compañía, repentinamente obligado a asumir el papel de admirador declarado y de favorito de la dama243. Cada uno contribuyó para que la conversación quedase trufada con los más afectados elogios y cumplidos propios del Amadís de Gaula244. Los caballeros no tenían ojos más que para ella y las jóvenes damas mostraban un comportamiento tan tímido e infantil a un tiempo que ella misma se sintió rejuvenecida en al menos veinte años. Poco a poco fue animándose, charloteando y coqueteando tanto… que daba lástima verla.
La comedia se representó durante un cierto tiempo y los comentarios continuos que doña Mencía realizó sobre el parecido entre Jacinta y doña Isidora de Rosalva hicieron que finalmente se enredase en una narración de sus aventuras de juventud, con la que hastió la atención de sus oyentes durante más de media hora. De repente se escuchó un ruido y un griterío enormes que parecían proceder de la escalera. Inmediatamente se reconoció la voz de Pedrillo y en un instante se presentó el mismo o, más bien, se abalanzó sin mostrar la más mínima consideración por las altas dignidades que se encontraban en la sala, y exclamó:
—¡Una alegría tras otra, señor mío! ¡Tintín ha aparecido! ¡Tintín ha vuelto! ¡Por mi alma, he reconocido a la maldita Jorobeta desde el primer momento, cuando se hallaba a cincuenta pasos! ¡Pero no ha habido manera de que me lo diese! Ha dicho que no lo había robado y no sé qué otras maledicencias que no me gustaría repetir ante tan distinguida audiencia… pero… ¡Pardiez! ¡Os aseguro que no me he quedado de brazos cruzados! ¡Ojo por ojo y diente por diente, como tiene que ser! ¡La maldita bruja! ¡Que no lo había robado, decía! Ha dicho que no lo dejaría en otras manos que no fuesen las vuestras y que por el diablo que la llevasen ante el señor don Eugenio, pero le he dicho que estaba acompañado y que no había tiempo para leer la mano y que todo lo que había que saber era que me tenía que dar a Tintín y marcharse de allí cuanto antes o que le pagaría con el triple de los mojicones, porrazos y empujones que me he llevado a las espaldas anteayer por culpa suya o de su comadre, la vieja Perifollo. Le he dicho todo eso y, si no fuera porque la pillé al vuelo y la empujé por la escalera cinco o seis escalones abajo, habría asaltado esta habitación con violencia.
p. 211—¿De quién hablas, amigo mío? –dijo don Eugenio–. ¿Quién es esa vieja, o acaso no ha dicho nada que permitiera saber qué quería?
—Señor –respondió Pedrillo–, ella misma será quien mejor os pueda decir quién es… mi señor don Sylvio me aseguró por todos los diantres que se trataba del hada Jorobeta, pero, si tengo que deciros la verdad, me parece, con todos mis respetos, que se trata de una gitana.
Cuando don Eugenio escuchó esta última palabra se levantó apresuradamente de su asiento y abandonó la habitación a toda prisa. La gitana quizá pudiera ser aquella que estaba buscando y, para su fortuna, en esta ocasión sus esperanzas no le traicionaron.
La supuesta Jorobeta, a la que nuestro héroe se había encontrado en la mañana posterior a su huida, era exactamente la gitana que había representado el papel principal en la historia de Jacinta. El lector quizá recuerda que la indiscreta curiosidad del corregidor de Sevilla había obligado a esta vieja dama a alejarse lo más posible de esta capital. Por desgracia para ella, su nombre, su persona y sus artes eran tan famosos en cualquier otra provincia de España que no supo adónde podría huir para evitar caer en manos del destino que pretendía esquivar. En esta tesitura se le ocurrió recurrir a Jacinta, pues había sabido gracias a una de sus viejas amigas que se encontraba en el teatro de Granada y que contaba con la admiración general del público. Se hizo tan poco reconocible como pudo y llegó a Granada exactamente el mismo día en el que Jacinta se había marchado. Gracias a una actriz supo todo y más sobre la inclinación de don Eugenio por Jacinta y sus intenciones respecto a ella. Esta información le mostró un medio para obtener un protector y un refugio seguro por medio de un servicio que estaba en disposición de prestarle al joven caballero. Se apresuró tanto como pudo para llegar a Valencia antes que Jacinta y se encontraba precisamente embarcada en ese viaje cuando se tropezó con nuestro aventurero. Una vez que había caminado unas millas más allá de Chelva se encontró por una casualidad similar con uno de los emisarios de don Eugenio, que pernoctaba en la misma posada que ella y que viajaba de una de las haciendas que su señor poseía en las cercanías de Valencia a Liria. Gracias a este pudo saber que no tenía nada más que darse la vuelta si es que quería hablar con su señor y, dado que tenía que revelarle algunos asuntos de la máxima importancia, el emisario fue lo suficientemente cortés como para ofrecerse a acompañarla. Arribó, por lo tanto, a Liria, y el destino quiso que esto ocurriese en el mismo momento en el que la presencia de doña Mencía pudiese corroborar sus revelaciones. A los pocos instantes don Eugenio volvió con la gitana.
—Aquí os traigo –le dijo a doña Mencía– a una mujer que dice poder restituiros a vuestra sobrina perdida.
La adorable Jacinta exhaló un grito de terror tan pronto como vio a su preceptora y esta cayó a los pies de doña Mencía tan pronto como pudo verla, intentando disculparse por el gran delito que confesó haber cometido contra ella. Contó con todo lujo de detalles de tiempo y lugar cómo había conseguido arrebatarle a su sobrina, doña Serafina, cuando era una niña de tres años y cómo esta joven doncella, a la que se alegraba de encontrar de nuevo en esta compañía con el nombre de Jacinta, era exactamente esa doña Serafina y que, para probarlo, había conservado una cadena de oro con una cruz que la pequeña Serafina había llevado cuando ella misma la había robado. Resulta más sencillo imaginar que describir el cambio de ánimo que este descubrimiento llevó a cabo en nuestra compañía. Don Eugenio, que estaba fuera de sí de alegría, bien habría excusado a la gitana de presentar cualquier otra prueba, pero doña Mencía no se apresuró tanto y examinó a la gitana con la mayor precisión posible. Una vez que estuvo satisfecha con las respuestas de esta, examinó también el collar y reconoció que era exactamente aquel que había regalado a la pequeña Serafina cuando don Pedro la había puesto bajo su custodia. En resumen, tras un examen que duró algo más de media hora, Jacinta fue reconocida como doña Serafina de Rosalva y como tal fue abrazada por su tía y por nuestro héroe con toda la ternura de la que ambos eran capaces. Este descubrimiento expandió una alegría extraordinaria por toda la casa y don Eugenio, al que le habría gustado poder expandir su propia alegría por toda la naturaleza, dio órdenes inmediatas para celebrar el día con todas las muestras de alegría imaginables.
242 Zoilo (400 a.C.–320 a.C) fue un gramático griego, filósofo cínico y crítico literario, conocido por sus severas críticas a Homero.
243 Carlos II de España, comúnmente conocido con el apelativo de «el Hechizado», reinó entre 1665 y 1700. Recuérdese que la acción tiene lugar durante las Guerras de Sucesión españolas, que acontecieron precisamente por su falta de descendencia, por lo que se presupone a don Gabriel un lenguaje deliberadamente arcaizante. Sobre este monarca y las Guerras de Sucesión, remitimos al lector a la nota 11 de este trabajo.
244 Libro de caballerías tremendamente popular desde el siglo xiv y que encontraría su primera versión impresa en la refundición de Garci García de Montalvo, aparecida en Zaragoza en 1508.
