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Capítulo IV Fin de esta historia

Por fin, querido lector, hemos llevado la historia de nuestro héroe hasta el preciso momento en el que esta deja de ser maravillosa o, lo que es lo mismo, hasta el momento en el que comienza a ordenarse en torno al transcurso general y común de los acontecimientos humanos, dejando de ser apropiada para los objetivos que nos habíamos marcado con esta obra. Don Sylvio, que ahora ya no reconoce más hadas que su adorada Felicia, ni más encantos que los que desprenden sus ojos, se encuentra en el camino de la felicidad, de resultar digno de su fortuna y, si llega a vivir lo suficiente –tal y como esperamos–, incluso de la sabiduría. Podríamos dejarlo, por lo tanto, en esta agradable situación bajo el cuidado de su amor y de sus propicios astros, si no fuera porque probablemente tengamos algunos lectores y lectoras que resulten ser tan perezosos como para no adivinar ellos mismos cómo acaba esta fantástica historia, a pesar de lo sencillo que sería adivinar su final sin intervención alguna por nuestra parte. A estos les informamos de que, en ese mismo día, don Sylvio informó a su tía con todo detalle sobre el excelente servicio que don Eugenio había prestado a su recién encontrada hermana y la atracción mutua que había surgido entre ambos, así como sobre el extraordinario comienzo de su romance con la bella Felicia de Cárdena y el éxito que había cosechado en este. No resultó excesivamente complicado conseguir la aquiescencia de esta dama (en la que el orgullo solía llevar la voz cantante frente a otra cierta pasión) respecto a la doble unión que don Eugenio y su sobrina le habían propuesto. Ella misma enrojeció al pensar que unos cien mil ducados habían sido capaces de hacerla considerar digna la unión de su familia con un procurador de Chelva y su deforme sobrina y, como poseía un espíritu ciertamente calculador, llegó a la conclusión de que el brillo de su casa quedaría restaurado de una manera mucho más digna con la renta anual de cuarenta mil ducados que doña Felicia le proporcionaría a su querido don Sylvio. Esta convicción se vio reforzada gracias a una de las cláusulas del contrato de matrimonio de su sobrino, que establecía que, mientras ella viviese, recibiría una pensión anual de seis mil ducados, una pequeña renta con cuya ayuda esperaba poder, en caso de necesidad, paliar dignamente la marcha del señor Rodrigo Sánchez.

Tantas razones había para creer que nuestro héroe se hallaba ya libre de los efectos que la feeridad había tenido en su cerebro como necesario se consideró que ahora llenase con realidades el vacío que la proscripción de las hadas había dejado en su mente. Él mismo se decidió a hacerse digno de la bella Felicia gracias a un viaje por los lugares más distinguidos de Europa. Don Eugenio llevó su amistad tan lejos como para ofrecerse a ser su guía y acompañante, y nuestras dos bellezas fueron lo suficientemente generosas como para aceptar pasar esta separación de dos años en un convento de Valencia que eligieron para tal fin y en el que endulzaron su estancia gracias a las habituales cartas de sus enamorados. Estos dos años llegaron finalmente a su fin y don Eugenio y don Gabriel consiguieron que su amigo alcanzase un grado de perfección tal que habría resultado irreconocible para cualquier otra persona que no fuese doña Felicia. Ella misma quedó asombrada al ver que el gran mundo y todas las experiencias que había vivido le habían hecho desarrollar todas las dichosas facultades que desde un primer momento habían hecho augurar en él todo lo que no puede llamarse sino adorable.

Esta adorable joven viuda y su estimable amiga doña Serafina, a la que el trato con Felicia y otras personas de mérito había llevado a la más completa gentileza de la que era capaz, aceptaron de buen grado hacer felices a sus melancólicos enamorados, mientras que el honesto Pedrillo, que siempre había acompañado a su señor y que había regresado igual de despierto, ingenioso y divertido, si bien mucho más cortés y obediente que antes, obtuvo como recompensa por las desventuras que había experimentado a causa de su señor en su antiguo peregrinaje en búsqueda de la mariposa encantada, y como compensación por el fiel servicio prestado en sus viajes por Europa, la mano de la bella e inteligente Laura, junto al puesto de administrador en la casa de la familia más feliz y amable de toda España, posición que probablemente continúa ocupando en el momento que escribimos estas líneas.

FIN