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Capítulo IV Cómo monsieur Oufle creyó ser hombre lobo y lo que su imaginación le hizo hacer

Un día de Carnaval, monsieur Oufle ofreció una cena a toda su familia y algunos amigos. Comieron en abundancia, pues, aunque fuera visionario y supersticioso, no desdeñaba los manjares y la buena mesa, con las únicas condiciones de que no se derramara la sal, que no se pusieran los cubiertos en cruz y que no fueran trece a la mesa. Ese día, los animó para que bebieran más, proponiendo todo el rato brindis, haciendo grandes ademanes, a la salud de los invitados, y correspondía en igual número que aquellos que le ofrecían a él, de modo que tomó más vino del que su cuerpo podía digerir. No podemos afirmar que estuviera totalmente borracho, pero sí que estaba contentillo*, como se suele decir. Madame Oufle, encantada de verlo tan gallardo (pues canturreaba sin cesar, estaba vivaracho*, ligero como una pluma y no paraba quieto, ya que el vino le había dado mucha vivacidad), procuró que no se sacara el tema de las adivinaciones, apariciones y sortilegios, por si le cambiaba el ánimo. ¡Admirable reacción y muy diferente de la mayoría de mujeres, quienes, debido a no sé qué clase de espíritu de contradicción, no se muestran más tristes que cuando ven a sus maridos alegres!

Tras la cena, surgió una animada conversación sobre diferentes temas y, como suele suceder cuando entra en juego el vino, todos se marcharon muy contentos. Monsieur Oufle hizo como mejor pudo los honores para despedir a sus invitados y retirarse a su cuarto, y madame Oufle al suyo, pues no seguían la moda y dormían separados hacía tiempo. Los hijos también pidieron permiso para retirarse; el abate Dudú no solicitó que lo acompañaran. El vino que había tomado en demasía le impedía tener miedo. Camelia y Rosina casi no podían mantener los pies en el suelo, ya que el gozo de aquella tarde les había aliviado el peso. Sanguijuelo, en cuanto entró a su cuarto, buscó entre los muchos y muy variados disfraces que tenía, cogió uno y se fue de baile* con otros jóvenes que lo esperaban en una casa en la que se habían citado.

Nada más retirarse monsieur Oufle, se apoderó de él uno de esos sobresaltos que le impiden a uno quedarse quieto, sin que pueda decir por qué se mueve. Tras caminar un rato por su cuarto salió sin motivo. Subió la escalera y, al pasar por delante del cuarto de Sanguijuelo, que estaba abierto, entró, llevado bien por la curiosidad, bien por saber si estaba allí o por charlar con él. Creo que fue por esto último, por, como se suele decir, la verborrea del vino. Sea como fuere, entró y, al no hallar a nadie, salvo los disfraces de Carnaval que su hijo había olvidado guardar, se sintió predestinado a vestirse de oso, pues este fue el traje que más llamó su atención, el que observó con mayor detalle, el que no podía dejar de mirar. Este disfraz estaba hecho con pieles de oso y cosido de forma que concedía la apariencia de este animal, de la cabeza a los pies, a todo aquel que lo llevara puesto. Tras tocarlo y sacudirlo un rato, se le ocurrió gastarle una broma a su mujer: ponerse el traje y asustarla. Esta broma le pareció muy adecuada, ya que madame Oufle siempre se peleaba con él por su ingenuidad acerca de las apariciones, espectros, fantasmas, encantamientos y visiones semejantes. No tenía dudas de que cuando ella estuviera muy asustada no tendría problema en hacerla entrar en razón. El buen humor en que se hallaba lo hizo afanarse en este empeño. Resulta increíble cuánto se congratulaba de haber imaginado tan gallarda superchería y qué alegría le embriagaba en la esperanza de que tendría consecuencias tan favorables para él. Pero su idea tuvo un desenlace bien distinto del que se esperaba, como sabremos por las aventuras que ahora siguen.

p. 42Tomó entonces el traje, lo llevó a su cuarto, se lo puso y fue muy sigilosamente hacia el de su mujer para representar el terrorífico rol que la ocasión y su imaginación le habían hecho inventar. Justo cuando iba a iniciar la pantomima, escuchó un ruido y se dio cuenta de que la doncella de madame Oufle aún estaba con ella. Aunque quedó afligido por este contratiempo, no cesó en su empeño, volvió sobre sus pasos y regresó a su cuarto hasta que la muchacha se hubo ido, para asegurar el susto. Para entretenerse y no aburrirse se sentó delante del fuego y cogió de la mesa el primer libro que encontró a mano: la Demonomanía de Bodin. Fue a abrirlo por azar en una página que hablaba de hombres lobo. Pasó casi media hora delante de este fragmento y de otros temas igualmente visionarios. Finalmente, el vino, el fuego y la tranquilidad en que se encontraba lo adormecieron y lo sumieron, sin darse cuenta, en un sueño tan profundo que olvidó todo lo que había hecho y lo que había resuelto hacer.

Madame Oufle, que no sospechaba nada de lo que estaban maquinando contra ella, fue a acostarse, como es natural, y durmió tan tranquilamente como su marido, pero su sueño fue mucho más fuerte, profundo y largo, y no tuvo un desenlace tan extraño y extraordinario como el de monsieur Oufle. La doncella que acabo de mencionar tenía su aposento encima del de monsieur Oufle y, bien porque se resentía mucho del festín, o bien porque no se preocupaba de cuidar y respetar el sueño de su amo, o incluso, simplemente, por una casualidad totalmente imprevisible, un jarrón que tenía en la mano, poco importa cómo fuera, se le cayó haciendo un gran ruido que despertó a Oufle sobresaltado. Se levantó muy agitado de la silla, que estaba frente a la chimenea y delante de la cual había un espejo en el que se contempló vestido de oso, pues aún llevaba puesto el disfraz. Entonces, entre el vino y el fuego, que le habían calentado la cabeza, y el sueño que se le había interrumpido súbitamente, el traje que le cubría todo el cuerpo y la lectura que acababa de hacer le provocaron un trastorno en el cerebro de modo que creyó ser, en verdad, no un oso sino un hombre lobo. Este desatino era tan fuerte que le había hecho perder por completo la memoria sobre dónde había encontrado el traje y el uso que había pensado hacer de él. Solo le quedó la idea de su pretendida transmutación en lobo y el deseo de salir a correr por las calles, de gritar fuertemente, de morder y poner en práctica todo lo que había oído decir que solían hacer los hombres lobo. He aquí que saliera sin dilación a la calle y comenzara a aullar de forma terrorífica.

Hay que destacar que era un hombre alto, grueso, robusto, de pecho firme y con una voz fuerte, firme y sonora por naturaleza. Qué duda cabe de que, al usarla por la noche, proyectándola tan lejos, y con los tonos horribles que suelen acompañar los gritos, qué duda cabe, digo, que cuando aullaba asustaba a todos los que lo rodeaban. En efecto, hizo su primer intento con una serenata que resonaba en la primera calle por la que pasó. Ofrecía esta serenata un jovenzuelo perdidamente enamorado de una joven lavandera muy hermosa. El joven era tendero en la tienda de uno de los principales mercaderes de la ciudad, muy apreciado en su profesión; es decir, uno de esos mozos bien parecidos que se hacen de valer y que los comerciantes conservan solo por agradar a las mujeres con su parloteo y su galantería superficial cuando vienen a hacer algunas compras.

p. 43Mientras sonaban los cánticos, cubierto con una manta, esperaba de pie desde hacía rato y vigilaba por si su amada aparecía en la ventana para darle alguna prueba de que le agradaba y de que estaba convencida de que todo esto se había organizado por y para ella. Los músicos, según es costumbre en el país y, especialmente, en la serenata, estaban tocando con gran estruendo El descenso de Marte29, cuando escucharon uno de los aullidos de monsieur Oufle. El terror que les inspiró esta horrible sinfonía, que no se esperaban, les heló la sangre y los dejó paralizados, hasta el punto de que todos hicieron una pausa que no estaba probablemente en sus partituras. Se pusieron a escuchar para saber de dónde podía provenir una voz tan extraordinaria, mientras que el hombre lobo imaginario se puso a aullar aún más fuerte y se acercó a ellos, quienes lo tomaron por lo que él mismo pensaba que era. ¡Qué cruel contratiempo para el enamorado cuando vio a los músicos salir huyendo con todas sus fuerzas y decidió seguirlos por su propia seguridad!

Monsieur Oufle, tras haber ahuyentado a todas estas personas que se iban con gran alboroto, se reafirmó en la opinión de que era en verdad un hombre lobo. No he conseguido saber qué fue de los músicos y del que les había encargado aquella rondalla. Supongo que cada uno se retiraría a su casa y que todos contaron y exageraron sus historias sobre el supuesto hombre lobo. Solo me enteré de que uno que tocaba la viola de gamba aseguró que había sido el último en huir y que, si alguno hubiera querido ayudarlo, se habría enfrentado a la terrible bestia que los asustó tanto y que, sin duda, habría salido ganando. No fue precisamente su bravura la que lo hizo correr después que a los otros. Unos decían que, seguramente, fue por el peso del instrumento que portaba; otros, porque tenía gota. Esta última razón no es del todo inverosímil, puesto que, como músico, es fácil tener gota y, en ese caso, no se puede correr como se quiere. De su bravura sí se puede dudar, pues el coraje y la valentía no son necesarios para los que tienen su misma profesión, a menos que se trate de ciertos combates en los que se derrama más vino que sangre.

No haré más reflexiones para no perder a nuestro hombre lobo de vista. Reaparecerá en el próximo capítulo.

i Traducimos la expresión entre deux vins por su equivalente coloquial ‘estar contentillo’, con la que queremos significar el estado de euforia que se asocia a la bebida.

ii El sentido del adjetivo sémillant ha evolucionado con el tiempo. Si hoy en día significa ‘encantador’, y se utiliza en un registro estándar o neutro, el vocablo ha estado reservado al registro familiar hasta el siglo xix. Por eso lo traducimos por el adjetivo ‘vivaracho’.

iii Traducimos courir le bal por ‘irse de baile’ y no ‘irse al baile’ porque no se trata de una única ocasión festiva puntual, sino que la expresión hace referencia a la acción de ir de baile en baile, o de asistir a varias reuniones donde se baila.

29 El descenso de Marte es una pieza del músico barroco Jean-Baptiste Lully (1632−1687), principal artista de la época de Luis XIV, estrecho colaborador musical de Molière en sus comedias-ballet. Aunque se trata de una pieza para cuerdas, la obra se abre con una fanfarria de trompetas muy indicada para la serenata que aquí se describe.