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Capítulo V Donde siguen las aventuras de monsieur Oufle, hombre lobo

Hemos dejado a nuestro nuevo licántropo corriendo por las calles después de haber perseguido sin cesar a la música nocturna que se había cruzado en su camino. Veamos qué otros terrores produjeron estas persecuciones, pues estaba plenamente convencido de su metamorfosis y muy animado a mantenerla, como para conformarse solo con unos músicos. Le parecía que las personas cuyo único mérito consistía en soplar o producir un ruido bien medido y estudiado no bastaban para probar con eficacia su hombrelobismo*. No pasó mucho tiempo sin que se presentara la ocasión de demostrarlo. Ahora lo veremos.

Por todas partes hay petimetres que hacen gala de sus extravagancias, que se avergonzarían de parecer mesurados* y que pretenden vanagloriarse de lo que solo les debería provocar confusión. Por suerte para las imaginaciones de monsieur Oufle, halló muestras de este carácter atrevido por las calles la noche misma en que se echó a ellas como hombre lobo. Cuatro jóvenes que se habían librado hacía poco del engorro de ir a clase y estaban saliendo del cabaret, donde habían vaciado más botellas de vino (que a menudo se llama erróneamente champán) de las que sus cabecitas eran capaces de soportar, tuvieron una de esas ideas que a las personas como ellos les parecían muy heroicas. Su proyecto consistía en arrancar las cuerdas de los timbres con violentos tirones* y llevarse las aldabas de las puertas, o, si no podían, llamar y dar golpes con todas sus fuerzas, arrancando los bolardos, rompiendo los poyos y los escaparates, haciendo una especie de barricada con las pesadas cadenas que hay en las esquinas de las calles, forzando las cerraduras y otras acciones tan dignas de valor y coraje30. Al arrancar la aldaba de una puerta, se cubrirían de gloria como los generales más sabios e intrépidos del ejército, pues así de convencidos estaban del mérito de sus proezas. En verdad es difícil hallar tipos tan temerarios y presuntuosos entre los que, al igual que ellos, salen de un cabaret. Los burgueses, los abates y otras personas que no tienen armas ofensivas podrían dar buena cuenta de ello si estuviéramos en disposición de consultarlos para conocer su opinión al respecto.

La noche en que nuestro hombre lobo, conducido por su loca imaginación, hacía de las suyas, estos guerreros nocturnos y ebrios de vino también hacían lo propio, atacando las aldabas, las cuerdas de los timbres, los bolardos de las casas, los escaparates, poyos y cadenas de las calles. Habían hecho tantas maldades que se habrían sacado buenos cuartos para seguir bebiendo en abundancia al día siguiente por poco que hubieran querido sacar dinero de su pequeño botín.

p. 45Cuando se estaban rindiendo cuentas de sus fechorías los unos a los otros y mostrándose las pruebas de ello, monsieur Oufle, que se encaminaba naturalmente hacia ellos, se puso a gritar horriblemente. Nuestros héroes de la botella, convencidos de que esos alaridos provenían de algo más peligroso que unas cuerdas, picaportes o bolardos, empezaron a entrar en razón, a reflexionar, algo que solo les sucedía muy raramente. El hombre lobo renovó sus gritos con más fuerza y vigor. Toda esta juventud, que hacía nada se mostraba tan furiosa y turbulenta, se volvió de repente tranquila y pacífica. Se miraban unos a otros sin decir nada. En su silencio continuaban los gritos y apareció su autor, con lo que los cuatro bravucones todavía imberbes, ya calmados o, mejor, intimidados, asustados y acobardados, se pusieron a recular a medida que la bestia se aproximaba hacia ellos. Finalmente, como veían que seguía aproximándose a grandes pasos y que corrían el peligro de ser su presa, pues el miedo les había hecho ver en él unos dientes larguísimos y unas fauces tan grandes y abiertas que parecían buscar qué devorar, pusieron, sin pensarlo más y sin querer aventurarse a probar sus fuerzas contra las suyas, pusieron, decía, pies en polvorosa, bien decididos a correr tanto que no pudiera alcanzarlos. El miedo que se había apoderado de ellos no era menor que el que sentían, no mucho tiempo atrás, cuando veían en el colegio, detrás de ellos, al profesor armado de ciertos instrumentos que son de gran ayuda para estarse formal aunque no se quiera*. Al día siguiente no dejaron de inventar relatos admirables y patéticos sobre el furioso combate que habían mantenido contra el hombre lobo (pues mucho se habló del tema durante varios días). Uno de los más fanfarrones, para que se le creyera valiente, y por una precaución juiciosa, rompió a la mañana siguiente en su habitación su espada en dos para enseñarla y contar después a las modistillas de su barrio, a las que a menudo entretenía con las historias de sus gallardías*, con qué audacia se había defendido contra las embestidas terribles de tan espeluznante bestia. Concedámosles el placer de cantar victoria tras haber huido de la mejor manera y volvamos a monsieur Oufle. Bien merece que no lo descuidemos por estos insulsos paladines, pues este nos divertirá más con sus extravagancias que aquellos con sus borracheras. Los borrachos son tan comunes que ni gracia hacen, solo resultan pesados. Pero un hombre lobo como monsieur Oufle es una cosa tan extraña que puede parecer una suerte de recreación.

Nuestro visionario se enganchó los pies entre las cuerdas que estos pequeños fanfarrones habían dejado por el suelo y, sin esperárselo, se cayó de bruces*, lo que lo hizo gritar aún más fuerte que antes. Suerte tuvo de que nadie pasara por allí en ese momento, porque se habrían aprovechado de él. Después de quedar un rato tumbado, pues la caída lo había aturdido un poco, se levantó, andando al principio a cuatro patas. Se detuvo al lado de una puerta, en la que se quedó, y ante la cual dio varios gritos con todas sus fuerzas. La historia cuenta que era delante de la casa de una joven viuda que esperaba a su amante, que este no se atrevió a entrar al ver a nuestro hombre lobo y que por esta causa no llegó puntual a su cita31. Por tal razón, ella le dirigió tantos y tan ofensivos reproches e insultos que se pelearon sin ninguna esperanza de arreglarse. Puede que estuvieran empezando a hartarse el uno del otro. En tal caso, cualquier cosa menos considerable que un hombre lobo era motivo más que suficiente para romper, o, al menos, supondría un pretexto plausible. Sea como fuere, que cada uno sea libre de pensar lo que quiera, pues eso no tiene nada que ver con nuestro tema. Tendría yo muchas cuitas si tuviera que contar todos los razonamientos que produjo monsieur Oufle, no solo durante esa noche, sino también otras visiones y extravagancias que se irán leyendo con detalle en el desarrollo de esta obra. Tampoco estaría bien si me callara lo que creo que puede divertir al lector32.

p. 46Hemos dejado a monsieur Oufle a las puertas de la casa de la viuda, bastante menos intimidada por sus gritos, si creemos a los que han interpretado lo que acabamos de leer, que satisfecha por la huida de su amante. Hablemos ahora de otros terrores que Oufle engendró y los efectos que produjeron.

Tras haber recorrido algunas calles se detuvo aparentemente para descansar delante de una casa en la que varias personas apostaban fuerte en el juego. No sé qué obsesión lo hizo empeñarse en gritar aún más fuerte y con más frecuencia que antes. Un grito se solapaba con el siguiente y se repetían sus aullidos. Los jugadores lo oyeron. Los que perdían parecían no prestarle atención, pues estaban más preocupados por las pérdidas que acababan de tener que por los ruidos horribles que oían. Los que ganaban parecían más inquietos y perturbados por estos extraordinarios alaridos que los otros. En especial, una mujer que iba ganando una gran suma y a la que, impresionada por el hombre lobo, se le cayeron las cartas de las manos. Dijo después que le era imposible proseguir el juego. Los perdedores, que creían que estaba fingiendo una pretendida enfermedad y que así evitaría darles la revancha, le hablaron razonadamente para darle ánimo y quitarle el miedo, pero, viendo que de nada servía y que no podrían recuperar su dinero, se pusieron furiosos y llevaron tan lejos su ira que el tumulto y la confusión se apoderaron pronto del grupo, pues no hay personas más dispuestas a montar en cólera que los jugadores cuando pierden. Así es como funciona: primero, las cortesías recíprocas, pues actúan con toda la educación posible cuando se sientan en la mesa. Poco después riñen, discuten y casi siempre se levantan de la mesa y se separan bruscamente, con furia, insultos e injurias.

Los gritos, sin embargo, no cesaban y la señora seguía manifestando su miedo, asegurando a la vez la imposibilidad de dar lo que se le exigía. Uno de los jugadores, que era el que más perdía, para solucionar ese problema, desenvainó la espada y fue a cazar al hombre lobo. Pero, al verlo en cuanto salió a la calle, quedó sobrecogido por el miedo, regresó y cerró la puerta con todos los cerrojos que pudo encontrar, incluso deseando que hubiera más por su propia seguridad. Se quedó un rato en la escalera para recomponer su ánimo y no parecer tan asustado como lo estaba por la aparición que se había presentado ante sus ojos. Por suerte para él, monsieur Oufle había marchado en otra dirección. El desenvainador*, viendo que ya no se oía al hombre lobo, subió astutamente a la sala de juego y contó en gran detalle un combate imaginario que se había inventado, enseñando hasta la sangre que le salía de una herida que se había hecho en la mano al cerrar la puerta tan precipitadamente. Aseguró finalmente que había infundido tanto miedo en esta horrible bestia que la había forzado a huir y retirarse de allí. Así probó ante la señora sobresaltada que podía tranquilizarse y seguir jugando sin ningún temor. Se tomaron por ciertas sus palabras sobre el combate, pero no se le concedió lo que pedía. Por mucho que dijera, esta mujer no iba a cambiar de opinión. Le sirvieron de ayuda unos vapores fingidos y causados, según dijo, por el miedo de lo que había visto, y que le permitían reafirmarse impunemente en su decisión33. Estos vapores se apoderaron de su cabeza y la pusieron en tal estado que no conocía ni las cartas ni las fichas. Había que fiarse de lo que decía ella y aquel que aseguraba haber dado caza al hombre lobo fue, en su fuero interno, uno de los primeros en darle la razón por el miedo que había sentido él mismo.

p. 47Finalmente, se pospuso el juego para otro día. La mujer, sin embargo, recogió el dinero que había ganado (pues el miedo y los vapores no le impedían acordarse de que había hecho un gran botín y era el momento de llevárselo) y pidió, para llevar hasta el final la comedia que había representado, un escolta que la acompañara a su casa. Como era hermosa, varios jóvenes del grupo, encantados de prestarle tal servicio con tal de agradarla, la complacieron con celo y diligencia. En la carroza le subieron de nuevo los vapores por miedo a encontrarse de nuevo con el hombre lobo en el camino. Sin embargo, seguía sosteniendo con mucha firmeza el dinero que había ganado. Puede que sea a causa de esos vapores por lo que las mujeres caen en unas convulsiones muy violentas y duraderas. Los que la conducían hicieron lo que pudieron por tranquilizarla y finalmente la dejaron sana y salva en su casa. Durante todos esos tejemanejes, monsieur Oufle iba a lo suyo, sin enterarse, hemos de deducir, de lo que estaba pasando por su culpa. Referiré el resto de sus aventuras y correrías como hombre lobo en el sexto capítulo.

i Traducimos así el neologismo de Bordelon loup-garoüisme, ‘condición de hombre lobo’.

ii El texto original utiliza el término sages, que resulta ambiguo también en francés. En la actualidad, se utiliza en el sentido de ‘sabio’ o ‘formal’, pero en la época la acepción más extendida se relacionaba con la prudencia o la moderación. Bordelon no hace referencia al intelecto de los petimetres, sino que subraya las apariencias. En contraste con la pretenciosidad característica de los petimetres, hemos optado por traducir este adjetivo por ‘mesurado’; es decir, ‘moderado’ o ‘circunspecto’.

iii La expresión se donner du mouvement pour es similar a s’employer fortement à, idea que se repite en la frase siguiente con de toutes les forces de leurs bras. Traducimos la primera expresión por ‘con violentos tirones’ para evitar la repetición, ausente en Bordelon, y subrayar el recurso a la fuerza de estos obstinados muchachos.

iv La expresión malgré qu’on en ait es una variante de malgré que j’en aie, poco utilizada y reservada al registro formal. Expresa una realidad contraria a la voluntad del sujeto.

v El sustantivo vaillantise se utilizaba siempre en tono burlesco.

vi El autor juega con el verbo tomber, caer’, que también está presente en la expresión tomber de son haut, que significa ‘estar muy sorprendido’.

vii Nuevo neologismo de Bordelon, dégaisneur.

30 Hay que destacar la ironía que muestra el narrador al caracterizar estos actos vandálicos de unos alborotadores nocturnos como ejemplo de acciones dignas y valerosas. Estos actos consisten en violentar la entrada de las casas, molestar llamando al timbre o atacar el mobiliario urbano de la época, especialmente las cadenas defensivas y los bolardos. Este último término se refiere a los pilares de piedra o metal que se colocaban en las esquinas de las calles y a las entradas de las casas para evitar que los carruajes arrollaran a los peatones. Establecían una barrera y servían para crear zonas de refugio en caso de peligro para el viandante.

31 Expresiones como esta ponen de relieve el pacto de verosimilitud que Bordelon escoge para su obra, como sucede en el Quijote. Al manifestar el narrador que las aventuras de Oufle han sido recogidas en una historia, se le otorga un carácter documental que atestigua la veracidad de los hechos referidos, aunque el lector debe ser consciente de que todo entra dentro del juego de las estrategias metaficcionales.

32 Este tipo de intervenciones muestran la compleja personalidad del narrador, que no solo edita la historia del protagonista, sino que también la comenta haciéndose dueño de la palabra y llevando la omnisciencia hasta el extremo. El narrador de Bordelon juzga a sus personajes, maneja los materiales de la ficción y los ordena y manipula a su albedrío en una estrategia muy cervantina. Además, maneja con soltura la función de control que puso de relieve Genette.

33 No es extraño encontrar en la literatura francesa del siglo xviii personajes femeninos que fingen tener vapores (como lo señala en este caso el complemento preposicional ‘vapeurs de commande’) para que los acontecimientos sucedan según su voluntad. La impostura se confirma al final del capítulo con la fuerza con la que la mujer sostenía el dinero, superior a la fuerza que tendría si realmente estuviera enferma.