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Capítulo VI Continuación de las aventuras de monsieur Oufle, hombre lobo

Para no aburrir al lector hablando demasiado tiempo de un mismo asunto, y como tenemos muchas otras cosas que contar, no daremos aquí cuenta exacta de todos los sustos que Oufle dio aquella noche como hombre lobo. Pasaremos pues por alto la historia de unos burgueses que vinieron a cenar a la ciudad, la de un negociante que, tras haber dejado a su mujer durmiendo tranquilamente en la cama, se fue de incógnito a encontrarse con una amante que le costaba tanto como toda su casa entera, la de un viejo señor que iba en un simón y se había desprovisto de todo alarde de su grandeza para ver con claridad y alejarse de cualquier bajeza34, la de tres aparentes abates que cantaban melodiosamente unas palabras que seguro que no habían aprendido en el púlpito, la de unos amantes que acompañaban a sus amadas caminando todo lo despacio que podían para no separarse demasiado pronto, la de un alquimista que acababa de desvalijar la casa de un gran señor y que había sustraído de ella más dinero del que jamás hubiera podido producir… En definitiva, las de todos aquellos a quienes nuestro hombre lobo persiguió con tanta energía que los obligó a volver rápido sobre sus pasos y a alargar bastante su camino, dando rodeos para no correr más el riesgo de encontrárselo. Pasaré, digo, por alto todas estas pequeñas aventuras para detenerme solo en las dos principales y que ahora comienzan.

Un hombre distinguido que avanzaba muy rápido en una silla de posta escoltado por dos hombres a caballo se cruzó con este desgraciado hombre lobo. Los caballos recularon tan rápido y se encabritaron de tal modo que tiraron al suelo a los jinetes. El hombre, al contemplar tal espectáculo y, al mismo tiempo, a esta supuesta bestia tan horrible, huyó precipitadamente, mientras el lobo se lanzaba ora sobre uno, ora sobre otro, y después sobre los caballos, sin hacerles en cambio más daño que asustarlos. Tras haberlos sacudido como quería, pues estaban tan asustados que no tenían fuerzas ni para defenderse, se puso a gritar como si quisiera así proclamar la victoria que acababa de conseguir. Los caballos, sin embargo, se liberaron del bocado entre los dientes y huyeron con tanta presteza, incluso los que arrastraban la silla, que parecía que hubieran salido de las caballerizas tras más de un mes encerrados. Los hombres, por su parte, no corrían con menos diligencia y así también los perseguía monsieur Oufle. Finalmente, se metieron todos por un pasadizo que encontraron abierto entre dos casas y cerraron la puerta. El lobo, que había quedado fuera, se puso a gritar varias veces con todas sus fuerzas. Una infinidad de cabezas, tanto de hombres como de mujeres*, en camisón y toca de noche se asomaron a las ventanas y sacaron los brazos mientras sujetaban velas para ver qué causaba tan gran alboroto. Todas esas cabezas se escondieron bien pronto, pero, por desgracia, una quedó atrapada bajo un bastidor que había caído sin que el que lo había levantado hubiera tenido tiempo de detenerlo. Esta pobre cabeza lanzaba unos gritos horrorosos y, mientras la víctima conseguía respirar a duras penas, el hombre lobo respondía a esta voz dolorida con aullidos, lo que componía la música más horrible del mundo. Jamás se había escuchado un dueto similar. Nadie se atrevía a abrir la ventana ni a asomarse a la calle porque, al escuchar los gritos de este vecino afligido, pensaban que la bestia había subido y lo tenía cogido por el cuello. Por suerte, un sirviente de esta cabeza, cuyo cuello estaba ya medio estrangulado, entró en el cuarto y, al ver a su amo en tan dolorosa situación, levantó rápido el bastidor, liberándolo así del suplicio que le había causado su curiosidad funesta.

p. 49Monsieur Oufle, tras haber causado tanta alarma en este barrio, se fue a buscar otro para sacar a pasear sus fantasías. Debía estar ciertamente bastante contento por esta última aventura, pero, como no se había curado aún de su enfermedad, no podía conformarse con todo lo que había ocurrido.

Tres granujas asaltaron a uno que por allí pasaba, a quien le pidieron la cartera e incluso la ropa. Desagradable solicitud a la que no podía evitar responder, pues era un mercader de telas que no portaba como arma ofensiva y defensiva más que un cuchillo para comer y unas tijeras para sus telas, y no tenía más gusto por la guerra que la que le propiciaba, a lo sumo, la lectura regular de las gacetas o el placer de ir los domingos y festivos a cotillear lo que decían algunos novelistas que se reunían y hablaban de la guerra todavía peor de lo que podrían hacerla35. Los ladrones le pusieron la pistola en la garganta para obligarlo a entregarles lo que seguro que no le habían prestado ellos. Nuestro hombre lobo, que iba hacia ellos sin otra intención más que seguir su camino a ver qué le acontecía, se puso a gritar sin motivo. Los granujas no esperaron a que aullara una segunda vez o a que se les acercara para huir aprisa y el asaltado no dudó en dejarles marchar sin reprenderles. Se fue por otro lado, pues temía tanto al lobo como a estos tipos que estaban dispuestos a buscar pelea. Mientras el mercader y los ladrones corrían y el lobo gritaba, se acercó o más bien voló hacia él una diligencia (pues así es la costumbre ahora, en perjuicio de los peatones). Llevaba tres hombres enmascarados que venían de todos los bailes de los que se habían enterado. El cochero, un simón de los mejores, y los caballos, briosos como ningunos otros, hostigados por continuos latigazos, se pararon de súbito tanto por cansancio como por miedo. Los enmascarados increparon con furia al cochero y a los caballos para que avanzaran, pero estos se quedaron tan tranquilos como si fueran a echarse a dormir allí. Aunque los enmascarados renovaron sus insultos y amenazas, los caballos no dieron ni un solo paso más. Pero el cochero, más susceptible y malhumorado, como suelen ser los de su oficio, salvo que el vino los haya animado, dijo con brusquedad a los enmascarados que fueran a cazar al diablo que estaba delante de ellos si querían seguir avanzando. Uno de los enmascarados sacó la cabeza por la portezuela para ver al supuesto diablo y halló a nuestro hombre lobo. Primero, se asustó. Después, miró con detenimiento a esta bestia, abrió la portezuela, fue a su encuentro y se abalanzó sobre ella, pero con tales movimientos que indicaban que tenía mucho miedo de herirla. Llamó a los demás enmascarados en su auxilio, asegurándoles que no tenían nada que temer. Les rogó con premura, y con razón, que no le hicieran ningún daño. Entre todos cogieron a monsieur Oufle y lo subieron a su diligencia. Como este pobre corredor estaba exhausto con todo el trajín que había tenido esa noche, hicieron con él lo que quisieron. Tenía razones para entregarse, pues allí estaba su hijo Sanguijuelo, quien, sin dudar ni un segundo de que fuera su padre, pues había reconocido su traje y, ya convencido por completo de ello cuando lo vio de cerca después, no pensaba más que en llevarlo a casa para procurarle el descanso que tanto necesitaba. Explicó a los otros dos enmascarados todo el misterio. Se compadecieron del padre y del hijo y pusieron todo su empeño en llevar al pobre iluminado a su casa. En cuanto hubo llegado, le quitaron la ropa sin que él se resistiera, lo metieron en la cama, donde durmió más de doce horas muy tranquilamente, y, cuando se despertó, ya no parecía en absoluto un hombre lobo, sino una persona. Nadie en su casa se enteró de lo que había pasado. Sanguijuelo había tomado las precauciones necesarias para que este ridículo error no se hiciera público.

p. 50Todo lo que aquí estoy refiriendo, como lo que se dirá después sobre las demás extravagancias de monsieur Oufle, me viene por fuentes que no deseo revelar. Tengo razones importantes para guardar silencio. Si hay lectores que no encuentran esta historia entretenida porque no quiero aclarar de qué manera la he conocido, peor para ellos. Perderán en ello más que los historiadores que, por su terquedad o, si se prefiere, por una delicadeza desmesurada, prefieren privarse de un entretenimiento y aprendizaje que les vendría muy bien. Me extendería aún más sobre este asunto si no tuviera tantas otras cosas que contar, como terminar, por fin, el relato de las peripecias hombrelobistas de monsieur Oufle36.

¡Cuántos rumores se propagaron durante varios días acerca de nuestro hombre lobo! ¡Cuántas historias se inventaron! Pues, como había recorrido aquella noche casi toda la ciudad, lo escucharon infinidad de gentes que, en su mayoría, se convencieron de que los hombres lobo, que causaban terribles desgracias, existían de verdad. No puedo ni imaginar la cantidad de historias falsas que se han inventado sobre este asunto. Los que ni siquiera se atrevieron a abrir sus ventanas para verlo fueron los primeros en asegurar que lo habían visto arrastrando unas cadenas de un grosor y longitud prodigiosas y que era tan grande que su cabeza casi llegaba a los primeros pisos, pues, como dice el refrán, nunca se vio lobo menudo. Siempre se quiere convencer al resto de que los que se van a encontrar son de un tamaño desmesurado, y eso es, según parece, porque se les otorgan unas dimensiones similares al miedo que se les tiene.

Otros aseguraban que le habían cortado una pata al defenderse de sus embestidas y, como era un hechicero mutado en lobo, al día siguiente lo habían hallado manco en su cama y que no iban a dejar de acusarlo. Como esta historia de la pata cortada del hombre lobo se repite a lo largo de varios siglos, y se dice que ha ocurrido en no sé cuántos países diferentes, no hay que extrañarse de que se renueve con tanta facilidad. A los bobos les gusta tanto creerse estas historias sobrenaturales que las divulgan con tanta facilidad como se las cuentan. La extravagante credulidad del pueblo va tan lejos que tomaron por el hombre lobo, de quien tanto se había hablado, a un pordiosero tullido, que había perdido la mano por un accidente que parecía deberse a un sortilegio y pedía limosna por las calles, mostrando su muñón para conmover y hacer que acudieran en su auxilio, de modo que lo habrían hecho añicos si, al constatar el furor que empezaba a surgir contra él, este no hubiera desaparecido como debía. En otra parte de la ciudad se decía que nuestro hombre lobo había devorado la cabeza de una joven de dieciocho años que iba a casarse y que su futuro esposo, que estaba con ella y había dado varios espadazos al hombre lobo, había muerto de dolor y de pena en el acto, al ver el horripilante espectáculo del cadáver de su amada decapitado y nadando en sangre. En otro barrio se formaron pelotones y se lanzaron patéticos lamentos contra un cura que, mientras iba de camino para asistir a un moribundo, se vio obligado a regresar a su casa porque este lobo hechicero lo había perseguido a ultranza, de modo que el enfermo murió sin que se le pudiera dispensar el auxilio que precisaba. Según algunos, esta furiosa bestia arrancó a un mensajero de su caballo y desgarró sus alforjas, en las que llevaba todas las cartas. Decían algunos malintencionados graciosillos que la noticia de este desvalijamiento consoló a varias mujeres y muchachas porque, al no haber recibido las cartas que esperaban, acusaban de desprecio o negligencia a aquellos que ellas pretendían que tenían que escribirles. Había incluso quienes protestaban (y esto porque lo habían oído decir a personas que, según ellos, eran muy dignas de credibilidad) porque este hombre lobo había entrado en un baile, se había puesto a bailar y, acto seguido, se había abalanzado sobre varias mujeres a las que les había desgarrado la cara. Algunos negaron que el hombre lobo resultara herido, asegurando que todos estos seres mágicos son invulnerables. Se dijo también que había corrido varias noches de seguido; en fin, cada barrio o, incluso, cada calle, tenía su historia particular que se daba por cierta, sin más fundamento que porque la habían contado. Se deseaba que así fuera, la gente se daba el gusto de creérselo: a algunas personas no les hace falta gran cosa para creer. Esto es tan cierto que, en cuestiones de errores populares, el mayor riesgo que se corre es el de pasar por hereje si, cuando se les escucha contar esas noticias, se da alguna muestra de incredulidad. En estos asuntos, el pueblo se erige a sí mismo en ministro de una especie de inquisición. No perdona a quienes no creen lo que ellos creen. Y, ciertamente, mucho nos lamentaríamos si el pueblo tuviera tanta potestad para castigar como facilidad para creer. Pero dejemos ya la moral y el hombrelobismo y volvamos a monsieur Oufle, que va a protagonizar otras aventuras no menos extravagantes que las que acabamos de ver.

i La expresión une infinité de testes en bonnet et en cornettes de nuits implica que se asomaban tanto hombres, ataviados con gorros para dormir, como mujeres, a quienes se les reservaba el uso exclusivo de cornettes de nuits, un tocado de tela que usaban cuando se ponían el camisón.

34 El coche simón o coche de plaza es un coche destinado al servicio público por alquiler, que tiene un punto fijo de parada en una plaza o calle.

35 Las gacetas eran publicaciones periódicas en las que se daban noticias comerciales, administrativas, literarias o de otra índole.

36 El párrafo pone de manifiesto el carácter altanero del narrador de Bordelon. No solo decide guardar el anonimato de los protagonistas, sino que también desea pasar por alto el origen de sus fuentes. Esta elección supone un desafío al lector racionalista, admirador de la Historia, que necesita esas certezas para conceder credibilidad a la obra. El alegato que hace en pro de la anonimia y el juego con el suspense conlleva la crítica a la pretendida verosimilitud histórica.