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Capítulo VII Monsieur Oufle, preocupado por el comportamiento de su mujer, utiliza diversas prácticas supersticiosas para saber si le es fiel

No sé por qué extraña razón monsieur Oufle dio en pensar que su mujer no era tan fiel como el deber le exigía ni como a él le gustaría. Sin embargo, bien tranquilo debería estar al respecto porque, además de poseer sabiduría y virtud, su aspecto la protegía de semejantes peligros, a los que sucumben a veces las personas más listas y cabales sin darse cuenta. Los hombres la miraban sin ir más allá. Cuando se cruzaban con ella, ambas partes proseguían indiferentes, como en una ceremonia pública en la que hombres y mujeres están juntos sin prestarse la mínima atención ni plantearse mirarse unos a otros. Como quiera que fuera, monsieur Oufle se puso celoso de su mujer, pues suele ocurrir que no siempre se es celoso con razón. Estoy convencido de que sería un motivo de peso para justificar esos celos si yo afirmara que monsieur Oufle creía que su mujer había dejado de quererlo y que, en consecuencia, se había enamorado de otro (pues pocas mujeres escapan al amor) porque, como ella no podía más con sus fantasías supersticiosas, discutía con él continuamente, de modo que todo su comportamiento se asemejaba mucho al odio. Él se obstinó en pensar que tenía otro interés fuera del matrimonio, pero el objeto de dicho interés le era totalmente desconocido y eso lo confundía. Quería descubrirlo a toda costa y, para conseguirlo, repasaba sus recuerdos y trataba de hallar en sus libros todas las medidas que podían tomarse para descubrir los secretos más ocultos de los demás y las estratagemas más hábiles. Decidió poner esto en práctica con exactitud y con todas las precauciones que creyó más necesarias para lograr su objetivo, como vamos a ver.

Pidió que le buscaran una rana y una paloma, cogió la cabeza de la primera y el corazón de la segunda y, tras haberlos secado y reducido a polvo, puso parte de este polvo en el vientre de su mujer mientras dormía y pasó toda la noche en vela, porque pensaba, según prometían los libros de supersticiones, que ella no dejaría de confesar en sueños todo lo que había hecho estando despiertaa. Pero la buena de madame Oufle durmió tan bien esa noche que parecía no haber caído nunca en un sueño tan profundo. Sería porque dicho polvo servía más para procurar un buen sueño que para otra cosa. Lo cierto es que roncó, pero no dijo nada. Nuestro hombre estaba muy disgustado a la mañana siguiente, al ver que su proyecto había tenido poco éxito. Sin embargo, no echó la culpa a sus libros, sino a sí mismo, creyendo que había fallado en algo, pues las personas como él tienen demasiada confianza en las supersticiones como para desmentirlas. Por poco sentido común que tuviera, ¿no debía, considerando la inutilidad de esta práctica —pues parecía obvio que madame Oufle no había cometido ninguna infidelidad, pero sí que podía haberse puesto a hablar de otras cosas, ya que esta excelente estratagema* le haría referir lo que había hecho—, no debía, digo, lamentarse por haber pretendido arrancar un secreto tan hondo de un modo tan extravagante y poco proporcionado a su objetivo? Pero ¿acaso razonan los supersticiosos? Creen que los escritores han razonado ya por ellos y, por eso, a ciegas, toman como verdaderas las más descabelladas imposturas, sin informarse en absoluto de si pueden ser posibles en lo más mínimo. Nada es más favorable para los libros de hechizos que el evitar demostrar lo que prometen, pues la razón nos dice que dichas pruebas nos convencerían por completo de la falsedad de todas sus promesas. Hay que reconocer, sin embargo, que este cuestionamiento sería muy juicioso, puesto que es siempre algo criminal darse a estas atrevidas prácticas y confiar en ellas. No proseguiré estas reflexiones por temor a perder de vista a nuestro iluso. Lo haré volver a escena, donde ejecutará otras extravagancias que no le serán más favorables que la que acabamos de conocer.

La noche siguiente hizo un segundo intento con la lengua de una rana que puso cuidadosamente lo más cerca posible del corazón de su mujerb. Sin embargo, la lengua de esta rana no despertó en absoluto la lengua de la dormilona. Y monsieur Oufle se levantó a la mañana siguiente sabiendo lo mismo que la víspera. ¡Qué tormento para un hombre como él, que consideraba la lengua de la rana como un método infalible para conseguir saber cosas que le eran tan importantes! «En verdad», se decía, «es culpa mía si no consigo lo que quiero; no coloqué como debía este objeto para satisfacer mi curiosidad. Por miedo a despertar a mi mujer no lo coloqué justo en el lugar donde debía estar». Así es como, tras haberse obsesionado con secretos falaces, puede uno obcecarse en engañarse a sí mismo tan fácilmente como se ha dejado manipular por los demás.

a Para hacer que una muchacha o una mujer confiese todo lo que ha hecho, hay que coger el corazón de una paloma y la cabeza de una rana, y, después de ponerlas a secar, reducirlas a polvo y ponerlas sobre el vientre de la mujer. Así se le hace confesar todo lo que tiene en el alma y, cuando lo haya dicho todo, habrá que quitárselo, por si se despierta. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. II., p. 145.

«Et quando vis ut narret tibi mulier vel puella tu omnia quae fecit, accipe cor Colombae et caput Ranae, et exsicca utraque et sere, et pulverisa supra pectus dormientis, et narrabit omnia quae fecit» [Y cuando quieras que tu mujer o tu novia te cuente todo lo que ha hecho, toma el corazón de una paloma y la cabeza de una rana, deseca ambas, tritúralas, espárcelas sobre su pecho mientras duerme y te contará todo lo que ha hecho]. Trinum magicum, p 203.

b «Ut mulier confiteatur quae fecerit, ranam aqualem comprehende vivam, et tolle eius linguam, et remitte illam in aquam, et pone illam linguam, super partem cordis foeminae dormientis, quae cum interrogetur, vera dicet» [Para que una mujer confiese lo que ha hecho, atrapa viva una rana de agua y córtale la lengua, devuélvela al agua y pon la lengua sobre el corazón de la mujer dormida, la cual, cuando le preguntes, te dirá la verdad]. Trinum magicum, p. 209.

p. 52Para continuar con sus artimañas, hizo otro intento, igualmente basado en lo que había aprendido de sus lecturas, pues sobre ese tema era inagotable. Hizo buscar secretamente un sapo, le arrancó el corazón y, tras haber determinado bien el momento en que dormía profundamente esta inocente víctima de la superstición, le colocó este corazón sobre el pecho izquierdoc y puso toda su atención en escuchar lo que su mujer diría. De nuevo no dijo nada y, como había pasado dos noches sin dormir, fue él quien se quedó dormido. Y, al levantarse por la mañana, se convenció de que, si no se había enterado de nada de lo que tanto deseaba saber, es porque había dejado de escuchar con atención lo que, sin duda, su mujer había dicho. ¡Qué satisfacción supone para un supersticioso tener una justificación tan plausible para explicar los fallos de la superstición! Imagino que tomó buenas precauciones para no volver a dejarse vencer por el sueño en una ocasión que exigía tanta vigilancia. En efecto, para no correr de nuevo el mismo riesgo, durmió una parte del día y lo intentó una vez más.

Fue nuevamente durante el sueño de su mujer cuando intentó desvelar sus secretos. Le puso un diamante sobre la cabezad y esperó seguidamente que ocurriera lo que se detalla en la nota al pie de página. La durmiente, horas después, se cansó de estar echada sobre el mismo lado y se giró sin despertarse, dando la espalda al curioso observador.

Este cambio de postura dejó a Oufle cruelmente perplejo. Dedujo que era una prueba del desprecio que ella sentía por él y de que ya no lo amaba. Sin embargo, cuando pensaba lo que sus libros aseguraban que ella debía hacer para desvelar su infidelidad, hallaba resultados equívocos, pues ella no se despertó en absoluto alterada. La primera cosa que hizo por la mañana, en cuanto salió de la cama, fue consultar sus libros para ver si se decía, efectivamente, que ella debía levantarse sobresaltada para que tuviera motivos por los que acusarla de infidelidad. Comprobó que su memoria no le había traicionado en absoluto. Tras esta aclaración consideró adecuado llevar al extremo sus pruebas según las indicaciones que le ofrecían sus lecturas.

Pasó algunos días buscando tres tipos de piedra a los que los supersticiosos atribuyen la virtud de desvelar todo lo que uno quiere saber. La primera se llama galeriatae; la segunda, quirimf y la tercera, beratideg.

c Poner el corazón de un sapo sobre el seno izquierdo de una mujer mientras duerme hace que confiese todos sus secretos. Mizauld. Centuriæ, 2, n. 61, citado por M. Thiers en su Tratado sobre las supersticiones, t. I, p. 389.

d Hay quienes dicen que si se pone un diamante en la cabeza de una mujer mientras duerme, se puede saber si es fiel o infiel a su marido porque, si es infiel, se desvelará sobresaltada; por el contrario, si es casta, se abrazará con afecto a su marido. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. II, pp. 145 y 146. Trinum Magicum, p. 203.

e Avicena dice que si se tritura la piedra galeriata que se encuentra en Libia y en Bretaña, si se la lava o se hace que una mujer la lave, si esta no es casta, le entrarán enseguida ganas de orinar, y no al contrario. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. II, p. 103.

f La piedra quirim hace decir a un hombre todo lo que tiene en la cabeza si se coloca sobre su cabeza mientras duerme. Se halla esta piedra en el nido de las abubillas y se le llama normalmente la piedra de los traidores. Id., p. 10.

g Si uno quiere saber el pensamiento y las intenciones de los demás, tomará la piedra berátida, que es de color negro y se colocará en la boca. Id., p. 100.

p. 53No las encontró por mucho que las buscó y por muchas recompensas que prometió con tal de tenerlas. Tuvo, en verdad, mucha suerte de no hallar en su camino ningún pillo dispuesto a aprovecharse de su estupidez, pues era bastante fácil engañarlo y venderle bien caras otras piedras vulgares diciéndole que eran las que buscaba, ya que nunca las había visto. Se informó, además, sobre si podía obtener el agua de una fuenteh de Etiopía a la que se le atribuyen las mismas propiedades. En cuanto empezaba a hablar, apenas sabían lo que quería decir. Si no hubiera buscado otras vías, estaría desconsolado por no encontrar esta agua maravillosa y tan admirables piedras. Pero su memoria vino al rescate al recordarle que el corazón de un mirloi o el corazón y la pata derecha de un cáraboj producirían el mismo efecto que las piedras o el agua de la fuente. Su criado Mornando, que hacía silbar a los pardillos y enseñaba a hablar a los mirlos y estorninos, por su avidez de sacar ganancia a todo, tenía un mirlo perfectamente adiestrado, conocido en todo el barrio por lo bien que hablaba, pero odiado por la mayor parte de los vecinos, pues, por profundo que fuera su sueño, nadie podía aguantar el ruido que hacía con sus silbidos y balbuceos37. Era el mirlo con el gaznate más extraño que jamás se haya escuchado. En cuanto amanecía, hacía unos sonidos horrorosos: tantas maldiciones recibía como silbidos soltaba. La imaginación de monsieur Oufle vengó a todos estos afrentados en lo que fue, seguramente, su mejor y más útil acción en todo el tiempo en que la fantasía le dominó la cabeza. Fue al cuarto del señor Mornando, mientras este estaba en la ciudad solucionando ciertos asuntos, y cogió a la pobre bestia. Sin dejarse enternecer por su canto, le retorció sin piedad el pescuezo y le arrancó el corazón. El día antes había ido a buscar un cárabo, del cual cogió también el corazón y la pata derecha.

No hablaremos aquí de la aflicción que sintió Mornando cuando, a su regreso, no halló a su querido mirlo. Baste decir, para hacernos una idea, que lo quería como a uno de los más hábiles y avispados alumnos que había formado, y que esperaba obtener una buena suma de tan exquisita educación.

Monsieur Oufle, provisto de estas armas tan extraordinarias como bizarras, fue a acostarse al lado de su mujer, pues, durante todos estos experimentos, se quedaba a su lado todas las noches, algo que a ella no le extrañó lo más mínimo, por lo que no le prestó atención ni sacó ninguna conclusión. Se hizo el dormido en cuanto se metió en la cama para que su buena esposa no se distrajera e hiciera lo que él solo aparentaba. La pobre mujer se quedó dormida, efectivamente, sin sospechar en absoluto nada de lo que se estaba tramando contra ella. Él le levantó la cabeza lo más suavemente que pudo, le puso debajo el corazón del mirlo y le preguntó en voz baja lo que quería saber. No obtuvo ninguna respuesta a sus preguntas. Pasó la mitad de la noche con esta ridícula artimaña y continuó la otra mitad poniéndole encima el corazón y el pie del cárabo. Finalmente, viendo que todos estos artificios resultaban tan inútiles, se dio por vencido, resuelto a no consultar más los sueños, ya que le habían dado pocas satisfacciones. Podríamos creer que, tras haber conocido la vanidad e impostura de estas prácticas supersticiosas, ya no las creería Oufle, o que renunciaría a ellas para siempre. Podríamos creer también, y con razón, que eso debía ser así, pero este hombre estaba demasiado trastornado por estas falacias para tomar una decisión tan razonable. Se echaba siempre la culpa a sí mismo. Tampoco se le ocurría acusar a los que le habían dado estas hermosas instrucciones. Así que, más que darse por vencido, retomó su determinación y se propuso otras actuaciones. De eso se hablará en el capítulo octavo.

h Había en Etiopía una fuente cuyas aguas tenían la propiedad de hacer decir al que bebía todo lo que sabía. Diod. Sicil.

i Si se pone el corazón de un mirlo bajo la cabeza de una persona mientras duerme y se le pregunta, dirá en alto todo lo que ha hecho. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. I, p. 119. Trinum Magicum, p. 187.

j Si ponemos el corazón y la pata derecha de un cárabo sobre una persona dormida, dirá enseguida todo lo que ha hecho y responderá a las preguntas que se le hagan. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. II, p. 110.

i En el original, ce beau secret. El término secret significaba, en la época de Bordelon, ‘un medio conocido de pocas personas para obtener algunos efectos en las ciencias y en las artes’. Lo traducimos por ‘estratagema’. El adjetivo beau, por su parte, vehicula la ironía del narrador.

37 En algunas religiones se han utilizado pájaros como medio para realizar hechizos o se les han atribuido propiedades sobrenaturales. Muchas de las creencias se basan en facultades reconocidas en dichas aves, como la capacidad fonatoria de mirlos y estorninos, de los cuales se ha destacado tanto la riqueza de su repertorio como sus variaciones melódicas y su capacidad de improvisación; o el silbo de los estorninos, que se caracteriza por ser un canto prolongado, con una amplia variedad de chasquidos e imitaciones.