Capítulo VIII Donde prosiguen las prácticas supersticiosas de las que se sirvió monsieur Oufle para saber si su mujer le era fiel
Monsieur Oufle recomenzó sus prácticas supersticiosas con una invención que, al tener apariencia de prodigio, resultaba muy de su gusto. Como ya he señalado, las cosas sorprendentes eran las que más lo engatusaban y ponían en jaque su credulidad. Así lo comprobaremos muy frecuentemente a lo largo de esta obra. El hermoso invento consistía en usar unos cardos para saber la persona que más nos amaa. Por ejemplo, si un hombre quiere saber cuál de entre tres mujeres es la que más sentimientos tiene hacia él, solo tiene que cortar tres cabezas de cardos, cortarles los tallos y ponerle a cada uno de ellos el nombre de cada una de las tres mujeres. Después, los colocará bajo su almohada. Los charlatanes supersticiosos aseguran sin reparos que el cardo al que le broten nuevos tallos e hijos señalará a la mujer que más ama a este hombre. Monsieur Oufle cogió tres cardos, puso en cada uno un papelillo con el nombre de su mujer y de otras dos a las que estaba seguro de que no les era indiferente. Estaba dispuesto a deducir que madame Oufle no lo quería si alguno de los otros dos cardos echaba más brotes que los otros. Se acostó tras haber colocado a escondidas los tres cardos sobre su mesita. Mientras él ya dormía profundamente, su mujer, que aún no se había acostado, encontró sobre la mesa de su cuarto un libro abierto, posado sobre las páginas, y no sé qué curiosidad nada común en ella le hizo leer justamente en donde estaba abierto, y ahí halló el artículo sobre los cardos. La colocación de este libro le hizo sospechar y, para salir de dudas, fue a buscar con sigilo bajo la mesita de noche, donde halló los misteriosos cardos. Los miró con atención y leyó los nombres de los que acabo de hablar. No tardó en entender que se trataba de un experimento de su marido. Los nombres de las otras dos mujeres la pusieron celosa. Sin embargo, puso los cardos en el lugar donde los había encontrado, sin cambiar nada, pero con la intención de servirse de ellos, como después veremos, para darle su merecido a este curioso impertinente38. No durmió esa noche tan tranquila como las anteriores. Por la mañana, monsieur Oufle fue a por sus cardos, los cogió y no observó en ellos ni brotes ni puntas nuevas. No se alarmó, sin embargo, considerando que sería necesaria más de una noche para perfeccionar tan maravillosa operación. Y así, tomó la decisión de continuar su experimento la noche siguiente. A madame Oufle, que había estudiado todo su comportamiento durante el día, no le cabía la menor duda de que retomaría la artimaña de la primera noche. Por ese motivo, hizo acopio de cardos. Al llegar la noche, se acostó la primera, se hizo la dormida y vio a su marido colocar los cardos. Mientras monsieur Oufle dormía, se levantó, los cogió y puso en su lugar tres de los que había cogido y en los que había escrito los nombres Miguel, Gabriel y Belcebú. Había cortado los tallos de los dos primeros y dejado solo aquel que había llamado Belcebú, nombre diabólico, como se sabe.
¡Cuál no fue la sorpresa y el asombro de monsieur Oufle cuando halló por la mañana el cambio de los nombres y se enteró de que Belcebú era su mejor amigo!
a Para saber entre tres o cuatro personas cuál nos quiere más, hay que tomar tres o cuatro cabezas de cardo, cortarles las puntas, darle a cada una de ellas el nombre de estas tres o cuatro personas y ponerlas seguidamente bajo la almohada. El cardo que representa a la que más afecto siente por nosotros brotará nuevos tallos. Tratado sobre las supersticiones, por M. Thiers, t. I, p. 210.
p. 55¡Qué diversión, al mismo tiempo, para madame Oufle, al ver su inquietud y su perplejidad! Pues, como esta había previsto que su marido no tardaría en estar agitado y turbado al ver tan extraña metamorfosis, se aplicó todo el día a estudiar sus gestos y sus movimientos. Gracias a este estudio se dio cuenta de que él quería retomar dicha prueba para saber a qué debía atenerse. Mientras él buscaba por su parte los cardos para saber si Belcebú seguía empeñado en hacerse llamar su amigo, ella preparaba otros para provocarle turbación y, al mismo tiempo, para hacer que esta superstición la favoreciera, convenciéndolo de que no había nadie que lo quisiera con más amor y fidelidad que ella. Como se sabe, para ello tenía que hacer aparecer unos cardos, uno de ellos con su nombre y varios tallos, y eso es lo que hizo. Puso en lugar de los del bueno de su marido los tres que ella había preparado, es decir, dos que llevaban el nombre de las mujeres de las que antes hablamos, con las puntas cortadas, y el tercero que llevaba el suyo y al que no había cortado nada, de modo que constituyera para tan supersticioso y crédulo marido una prueba de que su mujer era la persona del mundo que más lo amaba. Esto demuestra que los que creen en las supersticiones son casi siempre objeto de burla de gentes más hábiles y avispadas que conocen su debilidad, por no decir su imbecilidad. Suerte tienen aquellos a los que engañan como a monsieur Oufle en esta ocasión, pues hay que poner en valor a su mujer y reconocer honestamente que lo amaba de verdad, sin cometer ninguna de las infidelidades que Oufle temía y que, en consecuencia, no había que condenarla por querer convencerlo de su amor. Como lo veía dispuesto a creer solo lo que le decía su imaginación, no parece que ella hiciera mal al servirse de esta misma fantasía para sacarlo de su error y mostrarle la verdad. Como son los doctores quienes deciden al respecto, apelo a su decisión. Mientras lo evalúan y acuerdan una única resolución, parece evidente que muchos no condenarán la conducta de madame Oufle39. Cuando se trata de personas con un carácter como el de su marido, se da una exposición a tantas conductas extravagantes que es muy difícil no aprovechar estas ocasiones que se presentan para dejar de padecer sus manías.
Volvamos a los hechos y gestos de nuestro visionario. A decir verdad, me obligo a volver a ellos a mi pesar*, pues me gustaría tanto criticar la demencia de su mente y lo que se la ha causado que, si no temiera enfadar al lector, que espera más hechos que comentarios morales, me extendería todo lo que el tema diese de sí.
Por la mañana, monsieur Oufle fue a ver sus famosos cardos y no dudó que los que halló fueran los mismos que él había colocado, pues estaba bien lejos de sospechar la estratagema que le habían preparado. Mucho se sorprendió cuando vio los brotes en el que llevaba el nombre de su mujer, mientras que los otros no tenían. Sintió primero alegría, pero esta disminuyó cuando se puso a reflexionar. Pensaba que los tres experimentos le querían transmitir mensajes diferentes: en el primero, no se había producido ningún cambio; el segundo le mostró que era amado por el diablo más que por nadie; con el tercero, parecía que era su mujer la que más lo amaba. Estas diferencias lo llevaron a diferentes razonamientos, y al final concluyó que no debía dar crédito ni al tercer experimento ni a los otros dos, por lo que un cuarto intento resultaba totalmente necesario para decidirse. Hizo, pues, esta cuarta prueba y madame Oufle intervino hábilmente orientándola como había hecho con la tercera, de modo que el marido quedó casi convencido de su adecuada conducta. Digo casi porque lo que ocurrió el mismo día nos lleva a creer que en su cabeza aún quedaba alguna duda.
p. 56Como aún lo perturbaban muchos pensamientos diferentes sobre este tema y una especie de inquietud que le impedía quedarse quieto demasiado tiempo, fue a pasear después de la cena por un gran jardín de su propiedad que, al estar a casi un cuarto de legua de la ciudad40, lo alejó del ruido y le procuró un descanso agradable, pues no quería ya ver interrumpidos sus proyectos ni sus ensoñaciones. Este jardín estaba perfectamente conservado: los árboles que daban sombra, los frutos, las flores y las hortalizas no faltaban, según lo que permitía el tiempo, y toda la propiedad resultaba muy agradable. Tras haber visitado el huerto, entró en una especie de parterre, ornado con toda clase de flores de temporada. Las que más atrajeron su atención fueron unos heliotropos que estuvo mirando un buen rato. No era de extrañar, pues se acordaba de haber leído que, si se coge una de esas flores en el mes de agosto, cuando el sol aún está en el signo de Leo, y, después de haberla cubierto con una hoja de laurel junto con una boca de dragón, se pone dicho paquetito en una iglesia, durante todo el tiempo que esté allí, las mujeres que son infieles a sus maridos no podrán salirb. Monsieur Oufle se paseaba por su jardín precisamente en la época que indicaba la creencia. Así pues, el medio que ahí se le presentaba para quedar totalmente instruido sobre lo que tanto deseaba saber le pareció demasiado fácil como para ignorarlo. Tenía en su jardín muchos heliotropos y laureles, y una boca de dragón no era tan difícil de encontrar como la piedra quirim de la que antes hablamos, por lo que enseguida decidió poner en práctica esta nueva tentativa. Salió, pues, inmediatamente, para ir a buscar la boca de dragón. A falta de una, encontró muchas y, para que no le faltaran, compró seis al precio que le quisieron pedir, pues no quería quedarse sin ellas, ya que estaba convencido de que iba a saber al fin lo que debía pensar sobre la conducta de su mujer. Regresó a su jardín, cogió heliotropos y laureles procurando ocultarlos de la vista de quien pudiera cruzarse en su camino. Tras volver a su casa, puso todo a resguardo y, al llegar la noche, se encerró y preparó su paquete en secreto para darle buen uso al día siguiente.
He aquí como ejecutó su gran proyecto. Se enteró de a qué hora exacta iba su mujer a la iglesia. Se le adelantó un rato y puso el heliotropo con toda la preparación en una esquina, bien oculto para que nadie pudiera verlo. Él mismo se ocultó, vio entrar a su mujer justo antes de mediodía. Después de que ella hubiera cumplido con los deberes de la religión durante aproximadamente media hora, salió con otras personas que habían asistido, como ella, al mismo oficio. Sin embargo, el paquete seguía en el mismo lugar, lo cual dio una felicidad inmensa a nuestro visionario, pues, creyendo ciegamente, como solía, en sus prácticas supersticiosas, ya no le cabía ninguna duda sobre la fidelidad de su esposa. A decir verdad, este último experimento lo convenció tanto que desistió de organizar ninguna otra prueba. Sin embargo, quiso darse el gusto de ver si, de todas las mujeres que estaban en la iglesia, no habría alguna que no pudiera salir mientras su paquete siguiera en el lugar donde lo había puesto. Por suerte para su reputación, según el examen supersticioso de nuestro hombre, salieron todas, una tras otra, excepto una que se quedó un poco más. Nuestro curioso impaciente cogió su paquete, salió y esperó en la puerta para ver si ella lo seguía. Salió, en efecto, casi justo después, pero porque había finalizado sus ejercicios espirituales y no, como él pensaba, porque ya no estuviera allí el heliotropo. No dejó de tomar por cierto que había sido el heliotropo el que la había retenido tanto tiempo en la iglesia y, para ver si tenía razón, la siguió, la vio entrar en su casa, se informó de su estado civil y se enteró de que era una chica de unos veinte años que había rechazado a varios buenos pretendientes que habían querido desposarla; que los había rechazado a todos porque había renunciado al mundo, que había llevado siempre una vida bastante normal e iba a encerrarse en un convento por el resto de sus días. Así que el heliotropo no tuvo en su caso ninguna virtud, pues solo servía para reconocer a las mujeres infieles a sus maridos. A monsieur Oufle no le gustaba nada cuestionar las supersticiones cuando parecía que algo iba a poner en duda los resultados que prometían, por lo que no quiso replantearse nada. Este es el motivo por el que los supersticiosos, que son tan fáciles de engañar, sienten tanta aversión hacia lo que los puede desilusionar. ¿Acaso no vemos todos los días mujeres que creen en las pitonisas no querer entrar en razón, por muy fuertes que sean las evidencias que se les den para demostrar que es imposible conocer el porvenir que se les ha predicho? Muy al contrario, ¿no se empeñan en apoyar con historias falsas que les han contado como verdaderas la pretendida ciencia de las charlatanas en contra de los principios más firmes de los que uno puede servirse para desenmascararlos? ¡No dan más que pena a las personas juiciosas! Y ¡qué ridículas les parecen a estas mismas adivinas cuando van a consultarlas con tanta confianza! No hay ni una de estas que no considere con compasión y desprecio a aquellos que son tan débiles y tan bobos como para fiarse de lo que dicen como si se tratase de oráculos infalibles sobre lo que ha de sucederles. Como lo seguiremos encontrando en los siguientes ejemplos, pasemos ahora a otro capítulo en que veremos al abate Dudú entrar también en acción.
b Si ponemos en una iglesia el heliotropo, que habrá sido recolectado en el mes de agosto, cuando el sol está en el signo de Leo, y se lo envuelve en una hoja de laurel con un diente de lobo, las mujeres que no son fieles a sus maridos no podrán salir si no se les quita. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. II, p. 73.
i El original utiliza la expresión se faire violence, que hemos traducido por ‘obligarse a su pesar’ para insistir en lo difícil que es para el narrador continuar contando las aventuras y locuras de monsieur Oufle, que preferiría criticar en vez de exhibir.
38 La expresión, así como el tono y contenido de la aventura, recuerda indefectiblemente a la novela cervantina homónima insertada en el Quijote (I.33), que es leída por el cura Pero Pérez en la venta de Juan Palomeque. La historia, ambientada en Florencia, se centra en la malsana curiosidad de Anselmo, casado con Camila, quien solicita a su amigo Lotario que la corteje para poner a prueba su fidelidad, con la mala fortuna de que ambos terminan haciéndose amantes sin que Anselmo sospeche hasta que descubre la verdad y se produce el final trágico.
39 El narrador no parece querer inmiscuirse en el juicio a la conducta de madame Oufle, muy al contrario de lo que hace con su marido, porque, implícitamente, está apoyando su comportamiento. El paradigma del burlador burlado es el que opera aquí, puesto que a Oufle su esposa le da de su propia medicina. Este procedimiento es muy típico de las comedias barrocas francesas y siglodoristas. Su actitud es la contraria en el párrafo siguiente al enjuiciar a Oufle, adoptando una que lo acerca a las posturas ilustradas que se irán desarrollando en Francia en el siglo xviii.
40 La legua francesa equivalía a unos 4 kilómetros.
