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Capítulo IX Del divorcio de monsieur Oufle y su mujer, y los medios supersticiosos de los que se sirvió el abate Dudú, su hijo, para tratar de restablecer la paz entre ellos

Monsieur Oufle se olvidó tan pronto de las sospechas que había tenido sobre la conducta de su mujer que, viendo la simpatía que le mostraba y las alegrías que le daba, parecía que su cariño se hubiera mantenido intacto. Aunque la había tratado con suma frialdad durante todas las pruebas que he referido, ahora, bien porque estaba totalmente convencido de que ella no lo engañaba, o bien porque se había cansado de tantas inquietudes y tormentos, la trataba con tanto afecto como si jamás hubiera dudado de ella. Ella, en cambio, no tenía hacia él los mismos sentimientos. Dos razones se lo impedían: la primera, que él hubiera tenido mala opinión sobre su conducta; la segunda, que era, además, la más importante, que sospechaba que él era infiel, debido a las dos mujeres que se habían mencionado en los cardos. Estas dos razones justificaban que ella no respondiera a todos sus afectos y arrumacos: parecía que solo lo miraba con indiferencia y que lo aguantaba a duras penas. Sus hijos lo notaron. El abate Dudú, que con su piedad y su poca ciencia creía tener derecho a dar sermones y consejos, reprochó a su madre la falta de correspondencia a las muestras de cariño de su marido. Ella tuvo la deferencia de escucharlo, aunque lo que le dijera no valiese la pena, pero tuvo la precaución de no confesar que se había equivocado. Tras escuchar con paciencia el sermón del abate, llegó su turno de hablar y le contó con toda exactitud y patetismo lo que había pasado. El hijo se esforzó por justificar a su padre, pero dejó a la madre poco convencida, como si no hubiera dicho una palabra. Ella le daba mucha pena, pues, como era casi tan fantasioso como su padre, no podía admitir nada de lo que ella decía, al no tener ninguna inclinación por las imaginaciones.

La discordia crecía poco a poco entre ambas partes, pues el marido, sintiéndose hastiado de ver sus gestos recibidos solo con indiferencia, respondió a la frialdad con frialdad, al desprecio con desprecio. Nuestro abate, viendo que sus sermones no producían ningún efecto, se convenció piadosamente de que, ya que se trataba de arreglar a un marido con su mujer y, en particular, a su padre con su madre, le estaba permitido emplear, para salvar la situación, algún remedio mágico, pues ¿de qué no es capaz un devoto algo instruido y que no tiene seso?

El bueno del abate buscó entonces en los libros cómo complementar el admirable discurso que acababa de hacer. Admirable, se entiende, solo según él. Él lo cree así, y yo creo que, según me han descrito su carácter, ni los lectores ni yo pensaríamos como él si lo hubiéramos escuchado. Hablaría con más determinación si me lo hubiera contado a mí.

p. 58El abate Dudú, tras indagar en ciertos libros para buscar los medios de hacer esta bella y caritativa operación que tanto le oprimía el corazón, halló algunos que creyó ser totalmente adecuados. Decían que, para volver a unir afectivamente a dos personas casadas, había que hacer llevar al hombre el corazón de una codorniz macho y a la mujer el de la codorniz hembraa, o bien servirse de cabellos, tras hacer una ofrenda de un modo que podríamos considerar impía, ya que quebranta el respeto debido a la religiónb, o bien llevar encima la médula del pie izquierdo de un loboc; o bien un trozo de asta de ciervod. El muchacho puso en práctica ese mismo día estas locuras, imaginándose aparentemente que no podrían resistir a cuatro remedios tan fuertes actuando al unísono, puesto que no dudaba que ninguno dejara de producir su efecto. Tuvo cuidado (gracias a la delicadeza de su pensamiento) de usarlos en secreto, convencido como estaba de que, si otras personas lo supieran, podrían querer imitarlo, y no con fines tan inocentes como los suyos. Así son los tipos como él. Se enorgullecen de legitimar lo que para otros no sería más que condenable. Sin embargo, no se produjo el menor cambio en el pensamiento de monsieur y madame Oufle. El abate Dudú estaba asombrado: «Esta discordia», se decía a sí mismo, «ha de ser muy pertinaz, pues no puede destruirse por medios tan bien autorizados», es decir, referidos en los libros que él consideraba oráculos que no se podían cuestionar. Veía cómo, día tras día, este hombre y esta mujer se volvían cada vez más insoportables el uno al otro.

Noncredo sufría mucho esta creciente discordia y temía que fuera a acabar en una ruptura abierta, pública y declarada, por lo que habló con ellos individualmente y se enteró de sus razones. Como vio que para arreglarse era necesario que hablaran entre ellos, algo que aún no habían hecho, consiguió que se explicaran en su presencia. Eran explicaciones tan importantes que, en cuanto se dieron, y acompañados de los juiciosos comentarios de Noncredo, la paz se restableció hasta no quedar entre ellos ningún viso de discordia. Así es como se solucionarían muchos problemas conyugales si aquellos que buscan reconciliar tuvieran suficientes luces como para saber lo que hay que hacer y suficiente prudencia para ejecutarlo. Esta habilidad no se halla en los que son como el abate Dudú, es decir, en las personas que, al no estar armadas, por así decirlo, más que de fruslerías, se atreven, sin embargo, a proponerse unos proyectos que no pueden ejecutarse más que cuando uno es firme, sólido y con suficiente discernimiento como para saber lo que conviene.

Volvamos a monsieur Oufle. Va a hacer algo muy diferente de lo que acabamos de ver.

a Para evitar conflictos y el divorcio entre un hombre y una mujer, hay que tomar dos corazones de codorniz, uno macho y otro hembra, y hacer llevar el del macho al marido y el de la hembra a la mujer. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. III, p. 170. Mizauld, Cent., 8, n.° 18. Tratado sobre las supersticiones, por M. Thiers, t. I, p. 283.

b «Dicunt: vis ut marritus tuus diligat te? Accipe de omnibus crinibus tuis et offer illos ad altare ter cum cereo ardenti; et tunc, quando portabis illos super caput tuum tamdiu exardescet in amorem tui» [Dicen: ¿quieres que tu marido te ame? Toma todos tus cabellos y ofréndalos ante el altar tres veces con un cirio encendido; entonces, mientras los lleves sobre tu cabeza, arderá de amor por ti]. Del Río, Disquisitiones magicæ, p. 470.

c Escrito está en el libro de Cleopatra que una mujer que no está contenta con su marido como lo debería estar, no tiene más que coger la médula del pie izquierdo de un lobo y ponerla sobre sí. Así quedará satisfecha y será la única a la que él ame. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. II, p. 143.

d Hacer que el marido lleve puesto un trozo de cuerno de ciervo para que tenga siempre buen entendimiento con su mujer. Mizauld, Cent, 2, n.° 73. Monsieur Thiers, t. I, p. 382.