Índice

Capítulo X Cómo se enamoró monsieur Oufle y lo que hizo para conseguir el amor

Monsieur Oufle, de no ser por sus supersticiones, habría tenido una vida tranquila. No me han dicho que nunca se viera agitado por una de esas pasiones tumultuosas que dañan casi siempre el corazón y que perturban gravemente la mente. Como se contentaba con su estado y su fortuna, no contemplaba la ambición más que como un frenesí que acaba por completo con la calma por los problemas que da para crecer y agrandarse. No tenía ningún ávido empeño en conseguir más riquezas de las que poseía y por eso la avaricia no había hecho mella en él. Casi nunca se entregaba a más placeres que a los que la necesidad obligaba y la regularidad le permitía. En cuanto al amor, no lo conocía, ni lo había sentido antes de madame Oufle, de la que estuvo mucho tiempo enamorado antes de casarse. Después de casado, solo la quiso a ella, hasta el momento fatal del que ahora voy a hablar. Ahora veréis cuál fue ese momento y cuáles fueron sus consecuencias.

Un libro miserable, atribuido a un ilustre autor, lleno de las mentiras más arriesgadas y peligrosas, se atreve a asegurar que los niños que nacen en el día quince del ciclo lunar se enamorarán de varias mujeresa. Monsieur Oufle había leído varias veces este artículo sin prestarle demasiada atención. Un día que se había entretenido en buscar el momento de su nacimiento, descubrió sobre la marcha que había nacido en el día quince del ciclo lunar y, poco tiempo después, por casualidad, dio en una de sus lecturas con el fatídico artículo del que acabo de hablar, por lo que cambió de idea y de sentimientos como ahora se dirá.

Creyó sentir en ese momento una pasión violenta e irresistible por las mujeres. La simple convicción que tenía de que estos libros embaucadores no dicen nunca nada que no sea verdadero había engendrado dicho ardor provocado por su imaginación, de modo que podemos decir que era más ingenioso que realista*. Cierto es que, a juzgar por su comportamiento anterior, habría seguido queriendo solo a madame Oufle si su libro le hubiera dicho que los niños nacidos en la quincena lunar solo amarían a una mujer. Estoy en la obligación de hacerle justicia, pues nadie me ha exigido que haga lo contrario. Me he informado antes de escribir esta historia de todo lo que era más importante para conocerla a fondo y declaro que todos los que lo conocen de cerca me han hablado de él en términos que me hacen creer y publicar que su mayor defecto era darse demasiado a las imaginaciones; sinceramente, no puedo dejar de aborrecer su comportamiento al haberse encaprichado con tales falacias, y aún más condenables son quienes las han escrito, puesto que, sin esas patrañas, no habría caído en las extravagancias que ahora voy a referir.

Dio entonces en pensar que los astros le habían dado una enorme inclinación por las mujeres y fue esta maldita idea la que lo llevó a hacer una alianza en la que nunca habría pensado si no hubiera sido tan ingenioso. Estuvo varios días enamorado, aunque sin saber de quién. Esto no es sorprendente, pues estaba enamorado porque quería, y si quería era porque los astros, según él, así se lo ordenaban. ¿Hacían falta más razones para un hombre que tomaba como norma ser esclavo de la imaginación?

a Los niños nacidos el día quince del ciclo lunar amarán a varias mujeres. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. IV, p. 272.

p. 60Una viuda que solía ver a menudo, pues era íntima amiga de madame Oufle, fue la primera a la que decidió amar. Antes de avanzar el desenlace de este amor, he de advertir que monsieur Oufle solo amaba por amar. Buscaba solo demostrarse a sí mismo que tenía una gran pasión por las mujeres y que, así, ninguna podía desmentir lo que le prometía su horóscopo. Sus intenciones eran puras, aunque sus tejemanejes parecieran tan lascivos como los que surgen de la más ardiente pasión.

La viuda de la que hablo, que llamaré Dulcina, para que no se la reconozca, era joven, bella, rica y muy lista. Monsieur Oufle tenía entonces una edad avanzada y no era ni de lejos un adonis. Las riquezas de la viuda eran bastante considerables, por lo que los ofrecimientos de este amante, si hubiera querido hacérselos, le resultaban innecesarios. Ella no corría ningún riesgo de dejarse sorprender por un tipo codicioso y vender a cualquier precio su cariño. Pero lo que hacía esta conquista extremadamente difícil es que él estaba casado y ella tenía una virtud incompatible con dicha unión, pues él solo podía ser un canalla.

No contaré aquí en detalle todo lo que hizo para proclamar su amor a Dulcina, ni las conversaciones que tuvo con ella sobre este asunto, ni de qué manera ella recibió su declaración, sus frecuentes visitas y demás prácticas amorosas. Bastará con decirle al lector que ella le hizo saber perfectamente que, como era un hombre que solo debía amar a su esposa, ella no querría jamás un amor que él podía dar a otras. Resultaría sorprendente si asegurase que monsieur Oufle sintió mucha alegría cuando creyó que le sería casi imposible hacerse amar. Sin embargo, esto es muy cierto y aquí diré por qué: él sabía que sus fantasiosos libros enseñaban secretos admirables para conseguir el amor. Y así, estaba mucho más contento con Dulcina por la resistencia que ella ofrecía de lo que lo habría estado si hubiera hallado en ella solo facilidades. Se había enamorado por encantamiento, así que solo quería emplear la magia para conseguir el amor.

Los hipómanesb, el famoso filtro del que tanto han hablado los antiguos y los modernos y que ha sido objeto de tantas disertaciones sobre lasc maravillosas propiedades que se le atribuyen, fue el primer instrumento del que decidió servirse para vencer el desdén de Dulcina prometiéndose, animado por la confianza que tenía en sus libros, que esta sentiría enseguida tanto interés por él como indiferencia le había mostrado hasta entonces. Lo usó, pues, según las pautas que le habían dado sus lecturas. Hizo dos intentos diferentes y Dulcina seguía tan fría con él como si no hubieran existido nunca los hipómanes en el mundo. Sin embargo, tras estos experimentos, monsieur Oufle se convenció de que ella lo amaba de verdad. Esta convicción le vino porque, como ella había notado que su amor era puro y que no tendría que temer ningún arrebato irracional, decidió divertirse. Por este motivo lo recibía con más jovialidad que antes; reía y bromeaba con agrado acerca de sus gestos apasionados, sus tiernas miradas, su respetuoso recato y sus bellos sentimientos, a medida que él aumentaba cuidadosamente su constancia, su complacencia, en resumen, todas las muestras de afecto de los enamorados con las que él cumplía lo mejor que podía. El bueno de Oufle se habría percatado bien que ella se reía de él si no fuera porque se le había metido en la cabeza que era efecto de los hipómanes.

b Los hipómanes son, según dicen, un trozo de carne negro y redondo, del grosor de un higo seco, que el potro lleva en la frente al nacer. La madre, añaden, lo arranca en cuanto nace para comérselo y, si no lo encuentra, tendrá una gran aversión por su potro y no podrá soportarlo. Los hipómanes se han considerado como el más famoso de los filtros. Cuando se reduce a polvo, debe beberse junto con la sangre de aquel del que busca ser amado. Diu. Cur., t. 6, p. 22.

Dicen que, si se ponen a secar los hipómanes en una maceta nueva esmaltada en un horno al sacar el pan y, si al llevarlo, hacemos que lo toque solo la persona que queremos que nos ame, se puede lograr. El sólido tesoro de Petit Albert, p. 6.

Los hipómanes son un veneno que sale del órgano sexual de la yegua cuando está excitada. Dictionnaire de Trévoux41. «Hic demum Hyppomanes veroquod nomine dicunt Pastores, lentum destillat ab inguine virus» [Entonces se destila de la ingle un lento veneno, que los pastores llaman con su justo nombre hipómanes]. «Hyppomanes cupidae stillat ab inguine equae» [El hipómanes rezuma de la ingle de una yegua en celo].

c Se habla de los hipómanes en un pequeño in-folio impreso en Londres en 1671 y traducido del inglés al francés con el título: Método nuevo e invención extraordinaria de adiestrar caballos y trabajar según la naturaleza, perfeccionado por la sutileza de un arte que jamás ha sido hallado más que por el muy noble, alto y muy poderoso príncipe Guillermo de Cavendish, duque, marqués, etc. El autor de este libro asegura que nunca ha visto nada así en la frente de ningún potro, y que esto se debe a una toquilla que él llama la segundina en la que el potro es envuelto y que tiene todos los cordones del cuello al final, semejando un pequeño nudo. Estos cuelgan de la cabeza del potro y, en cuanto este sale, el nudo y la toquilla, que son lo mismo, caen a la vez. Y así, no solo los hipómanes no tienen las virtudes que la crédula Antigüedad les atribuyó, sino que ni siquiera es cierto que el potro tenga en la frente esta protuberancia, como se creía entonces.

Véase el comentario sobre los hipómanes al final del último volumen del Diccionario crítico.

p. 61«Es verdad, se decía él mismo, que Dulcina no me ha dicho que me ama. Pero la alegría que siente al verme y al escucharme demuestra que tiene más afecto hacia mí de lo que muestra abiertamente. Su virtud la impide declararse. ¿Qué más puedo desear que saber que me ama quien deseo que me ame? Antes de los hipómanes no podía ni aguantarme. Después, cuando busqué ayuda en este maravilloso y encantador método, bien lejos de resultarle insoportable, la hago casi siempre reír, de lo agradable que le resultan mis palabras y mis actos. Una vez más, ¿qué más puedo pedir?». Así se vanagloriaba de haber conseguido su objetivo.

Se habría ceñido a estas reflexiones tan alentadoras para él si no le hubieran tentado algunas lecturas que quiso poner en práctica a continuación, con más prácticas fantasiosas que le parecieron igualmente fáciles y eficaces, pues la fantasía lo seguía verdaderamente por todas partes y él no la perdía de vista.

La primera de estas prácticas consistía en utilizar un pelo del final de la cola de un lobod; la segunda, en pegar a su cuello ciertos barbarismose totalmente incomprensibles incluso para quienes los han imaginado; la tercera, la parte derecha de una rana mordida por las hormigasf; la cuarta, frotarse las manos con zumo de verbena y después tocar a la persona a la que se desea hacer que se enamore de unog; la quinta, llevar delante del vientre la cabeza de un milanoh; la sexta, una pomada compuesta de la médula del pie izquierdo de un lobo, ámbar gris y polvos de Chiprei.

Monsieur Oufle, armado con estos bellos secretos, fue a casa de Dulcina con tanta confianza que se imaginaba que ella correría a sus brazos en cuanto entrara. Sin embargo, él no solicitaba arrumacos o, si los pedía, era porque los consideraba pruebas de amor y no porque sintiera un deseo concupiscente. Ella lo recibió como de costumbre, es decir, como un señor que venía para ofrecerle entretenimiento y, en consecuencia, que le inspiraba risa en cuanto aparecía. Tras haber charlado un rato con ella, sacó sin cuidado, como al azar, una pequeña cajita de plata en la que se hallaba la maravillosa pomada. Como el olor era muy agradable, Dulcina le dijo que le gustaba. Él se quedó igual de contento al ver que a ella le encantaba ese filtro que le había preparado. Quiso que ella guardara la cajita y la recibió sin melindres ni aspavientos, porque el regalo era de tan poco valor que no era capaz de alterar la delicadeza de su desinterés. Monsieur Oufle estaba tan seguro de que ella olería a menudo esta pomada, tenía tanta confianza en ello, que concluyó que no había que hacer nada más para ganarse el corazón de su amada.

Prolongó durante mucho tiempo sus visitas, de la misma manera y con la misma satisfacción. Solo pedía ser amado y, como creía que lo era, no buscaba nada más. Por suerte para él, su mujer no lo molestó en este asunto que su imaginación le pintaba tan dulce y delicioso. Ella sabía por Dulcina todo lo que sucedía entre ellos y, como temía que, con el carácter que empezaba a tener, se dirigiera a otras mujeres que pudieran aprovecharse de su debilidad, contribuyó tanto como pudo a burlarse de él junto a esta viuda. Como su prudencia le era de sobra conocida, no temía ningún desenlace peligroso para marido y esposa. Su intervención fue, sin embargo, inútil, pues monsieur Oufle, que quería amar a más de dos mujeres para convencerse mejor de su supuesto atractivo, siguió intentándolo, en mala hora, puesto que puso sus ojos en una persona cuyo carácter era bien distinto al de Dulcina. Es lo que veremos en el capítulo siguiente.

d Plinio atribuye al pelo del final de la cola del lobo la virtud de suscitar el amor. Diu. Cur., 6, 13.

e Añadir a su cuello estas palabras y cruces: †autho, †a aorto, †noxio, †bay, †gloy, †aperit... para hacerse querer por todo el mundo. Monsieur Thiers, t. I, p. 410.

f Se dice que, de los huesos de una rana verde, roída por las hormigas, las partes de la izquierda hacen odiar y las partes de la derecha hacen amar. Diu. Cur., 6, 23.

g Si se quiere conseguir el amor de un hombre o una mujer, hay que frotarse las manos con jugo de verbena y después tocar a la persona a la que se quiere provocar el amor. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. III, p. 166.

h Si se lleva delante del vientre la cabeza de un milano, esta granjeará al portador el amor, sobre todo, de las mujeres. Id., lib. II., p. 116.

i Para hacer que a uno lo quieran siempre, hay que coger la médula del pie derecho de un lobo y hacer con ella una especie de pomada con ámbar gris y polvo de Chipre, ponerse esta pomada y dársela a oler de vez en cuando a la persona. El sólido tesoro de Petit Albert, p. 12.

i Utilizamos el término ingenioso en sentido arcaico, para significar el exceso de idealismo e imaginación, en consonancia con la descripción del ingenioso hidalgo cervantino.

41 El Dictionnaire de Trévoux es la designación común con la que se conoce al diccionario latín-francés Dictionnaire universel françois et latin contenant la signification et la définition tant des mots de l’une et l’autre langue, avec leurs différents usages, que des termes propres de chaque état et de chaque profession. Publicado en 1704, esta obra se proponía, a juzgar por un texto publicado en 1701, ofrecer una alternativa al célebre Dictionnaire de Furetière, expurgando a esta obra de todo comentario contrario a la religión católica.