Capítulo XI Sobre una nueva amante que se echó monsieur Oufle, las supersticiones de las que se sirvió para obtener su amor y el resultado que tuvo
Había en el vecindario de monsieur Oufle una joven de las más coquetas que llamaré Dorisa. Su familia era muy sencilla. Ella, sin embargo, tenía maneras de noble. Como era muy hermosa y sabía explotar bien su belleza, suplía así la oscuridad de su familia y la pobreza en la que nació. Solo tenía relación con una supuesta tía que la seguía a todas partes y que aparentaba ser juiciosa y austera para que su pretendida sobrina también lo pareciera42. Y así, aunque Dorisa fuera completamente dueña de sus actos, no dejaba nunca de mostrar una gran dependencia de la voluntad de su tía putativa, así como un extremo temor a defraudarla y hacerla enfadar. Esto era una estudiada estrategia con la que mantener en vilo y esperanzados a sus pretendientes para que, debido a este temor y dependencia, alegando continuas dificultades para concederles lo que exigían, mantuvieran vivo su deseo y, en consecuencia, alargaran más sus requiebros. Esta tía, vieja versada en el oficio, la había advertido a menudo de que los hombres no buscan más que satisfacer sus propios deseos y de que se van casi siempre en cuanto no tienen ya nada más que conseguir. Dorisa había asumido bien estos consejos, por lo que había conseguido una gran fortuna para aparecer en el mundo con mucha opulencia y vivir en su casa con mucha suntuosidad. Su forma de maquillarse servía como modelo para todas las mujeres que más presumían de maneras galantes. Entre los hombres que la frecuentaban, había varios que se honraban de ello, porque se decían que nadie mejor que ella sabía dar lecciones de educación, gracia y saber estar.
Monsieur Oufle se propuso conquistarla. Primero fue recibido como un hombre rico, es decir, con mucha honestidad y moderación. La tía y la sobrina, convencidas de que este podría contribuir en mucho a sus designios, ejecutaron los melindres más adecuados para mantenerlo en la incertidumbre sobre los sentimientos que la joven tenía hacia él, por ver si sacaba de su cartera lo que hiciera falta para obtener respuesta. Apoquinó a menudo y ellas tuvieron la bondad de recibirlo. Es lo normal en las coquetas de profesión. Se creen graciosas al recibir dinero y los hombres son tan bobos que simulan tener para con ellas grandes obligaciones. Nuestro visionario fue uno de ellos durante meses, hasta que empezó a cansarse, viendo que no conseguía ninguna otra prueba de amor más que permitirle ofrecer sus regalos o que se los pidieran, cuando no los hacía. Le decía a menudo a Dorisa que la amaba y que se tendría por el más afortunado de los hombres si ella le respondiera igual. Dorisa fingió no atreverse a declarar su amor por temor a que él no tuviera de verdad esos sentimientos. Casi siempre era la contención de sus respuestas la que desesperaba al pobre hombre, sin que, sin embargo, creyera tener motivos para retirarse, pues las mismas palabras que lo desesperaban le daban esperanza. Redobló sus regalos para demostrar aún más que no cabía ninguna duda de la sinceridad de sus amorosos requiebros. Y ese era precisamente el motivo por el que ella no tomaba una decisión respecto a él, ya que parecía, con dicha conducta, que era la incertidumbre la que le hacía continuar y aumentar sus obsequios. Esta es la máxima de las coquetas, máxima en la que Dorisa estaba bien instruida y que sabía utilizar perfectamente.
Nuestro enamorado prosiguió durante algunos meses sus visitas dadivosas y benéficas. Incluso se obstinó en gastar en exceso y, movido por un refinamiento conveniente a sus visiones, se alegraba de ver la inutilidad de sus presentes en comparación con sus creencias, de las que había decidido servirse para ganar el corazón de Dorisa y hacerle confesar que lo amaba.
p. 63Entre los varios secretos que sus libros le enseñaban, escogió estos: fue a casa de la coqueta llevando sobre él una figura de Júpiter con forma humana y cabeza de toroa. Pero llevar algo puesto encima, sin dejar nada en casa de Dorisa, no era la manera de gustarle, así que salió de su casa como había entrado. Tampoco le fue mejor con unas pequeñas golondrinas, preparadas según el modo que había leídob. Tuvo, al fin, un desafortunado desenlace para la bella una pócima hecha de su sangre, junto con otras drogasc, que le hizo beber sin que ella se diera cuentad. Ese mismo día cayó enferma y quedó tan demacrada que pensaron, durante varios días, que no saldría de aquella. No es seguro que este filtro fuera la causa del percance, aunque hay ejemplose que permitirían creerlo. Puede que ella hubiera enfermado de todas formas, aún sin haberlo tomado.
Monsieur Oufle no dejaba de pensar en todo esto. Visitó varias veces a Dorisa durante su enfermedad y todo lo que ella pudo decir fue quejarse mucho de los dolores que sufría y manifestarle el miedo que tenía de morir. Él era tan bobo que pensaba que el único motivo por el que ella temía a la muerte es porque la separaría de él. Esta idea le agradaba mucho. Sin embargo, la enfermedad pronto dio lugar a la salud. Dorisa recuperó su robustez y se restableció tan bien que pronto comenzó a dar signos de esa juventud tierna, viva y encantadora cuya principal y más importante ocupación consiste en perseguir las buenas fortunas que más ruido hacen y de las que más se habla.
Monsieur Oufle seguía sin tener motivos que le aseguraran que era preferido frente a los demás. En verdad, tenía mucho de lo que dudar, pues, salvo sus riquezas, no se veía casi nada en él que lo hiciera preferible frente a otros. Sin embargo, es un gran mérito para un enamorado pasar por rico. Así se gana la preferencia entre las coquetas. Hay que decir también que estos progresos no atañen en absoluto a su corazón. Ellas no dan a los ricos más que lisonjas amorosas bien estudiadas y reservan todo su afecto a algún amante pobre que les conviene más y disfruta con ellas de los obsequios de los otros.
Monsieur Oufle tomó la firme resolución de hacerse querer, por lo que tenía que hacer un arriesgado uso de la magia que podríamos considerar deplorable, ya que incluiría el empleo de sortilegios y encantamientos. Muy violenta debía ser su pasión para llevarlo hasta la hechicería. Consiguió una especie de anillo mágico y, con toda pompa y el boato fantasiosof que se verá en la nota f aquí abajo, tras haber tomado todas las precauciones para asegurar la eficacia de su maravillosa creación, antes de dársela a Dorisa, llevó un día el anillo a un joyero para que lo agrandase un poco porque se dio cuenta de que era demasiado pequeño para el dedo al que estaba destinado. Esta sortija no era ostentosa; pues no tenía por adorno más que un diamante bastante mediocre y lo que más destacaba era su inusual forma que, al mismo tiempo, estaba bien terminada y ejecutada. El mismo día que la había llevado al joyero para que le diera el último toque, Dorisa también fue para cambiar un pequeño broche de diamantes que llevaba por otro más ostentoso y más a la moda. Vio por azar su anillo mágico en cuestión, sin que ni ella ni el joyero sospechasen ni de lejos que tenía algún poder mágico. Le pareció muy bonito y especial. El joyero, un buen chismoso, le dijo que un noble se lo había encargado y que debía recogerlo ese mismo día. Le pareció que debía tenerlo en gran estima. Además, había comprado una cruz de diamantes bastante cara que le había gustado mucho. Dorisa no llevó más allá su curiosidad, por lo que el joyero no le contó nada más. Terminó el recado y se marchó.
a «Iovis figura, quæ fit in forma hominis cum arietis capite, gestantem facit amabilem, citoque impetrantem quicquid voluerit» [La figura de Júpiter, esculpida con cuerpo de hombre y cabeza de carnero, hace atractivo a quien la lleva encima y permite que este obtenga rápidamente lo que desee]. Trinum magicum, p. 289.
b Vier sostiene que las pequeñas golondrinas con el pico abierto que hayan sido encontradas muertas de hambre, al ser puestas en una vasija colocada adrede en el suelo, atraerán el amor, y que las que tengan el pico cerrado atraerán el odio.
c Sacar la sangre un viernes de primavera, hacerla secar al horno en un pequeño vaso barnizado, después de sacar el pan, con los dos testículos de una liebre y el hígado de una paloma, reducir todo a un polvo fino y hacer tragar medio dracma43 a la persona en la que se quiere provocar el amor. El sólido tesoro de Petit Albert, p. 7.
d Van Helmont hace un razonamiento para mostrar cómo funcionan los filtros. Este razonamiento no es más que un verdadero galimatías. Los filtros son también puras quimeras y, por los hechos que se alegan como pruebas, o son infinitamente falsos, o bien dependen de otras cosas. Dic. Trév.
e Lucila, mujer de Lucrecio, deseosa de hacer que su marido la amara, le dio un filtro amoroso que lo puso furioso y se mató por su propia mano. Joseph., lib. XI. Antiq. Jud [Josefo, Antigüedades de los judíos]. Por eso dijo Ovidio: «Philtra nocent animis, vimque furoris habent» [Los filtros dañan la razón y tienen el poder de enloquecer]. El brebaje que Cesonia dio a Calígula para que la quisiera le hizo perder la cabeza. Suet. en Calig [Suetonio, Calígula].
f Para hacer que se enamoren de uno, hay que coger un anillo de oro adornado con un pequeño diamante que no haya sido puesto antes, envolverlo en un trozo pequeño de tela de seda, llevarlo nueve días y nueve noches entre la camisa y el cuerpo, en el lado contrario del corazón y, el noveno día, antes de que salga el sol, grabar con un punzón nuevo la palabra scheva; después, coger tres cabellos de la persona que queremos que se enamore de uno y acoplarlos con tres de los nuestros diciendo: «¡Oh, cuerpo, ojalá puedas amarme, y que tu deseo sea tan ardiente como el mío por la virtud eficaz de scheva44!» Atar estos cabellos con un doble nudo*, de modo que el anillo quede más o menos enlazado en el medio y, tras envolverlo en la tela de seda, llevarlo directamente sobre el corazón durante seis días. Al séptimo día, soltar el anillo del doble nudo y dárselo a la persona. Todo esto ha de hacerse antes de la salida del sol, en ayunas. El sólido tesoro de Petit Albert, p. 8.
p. 64Al día siguiente, monsieur Oufle fue a buscar el anillo, se lo regaló a la hermosa Dorisa y concibió grandes esperanzas. Dorisa lo reconoció como el mismo que había visto el día de antes y, acordándose también de la cruz de diamantes que aquel rico había comprado, dedujo que podía conseguirla también si daba los pasos adecuados. Se mostró más afectuosa con monsieur Oufle que nunca, pero era la esperanza de obtener la cruz de diamantes lo que produjo esta dilatación de su corazón. El bueno de Oufle, lejos de adivinar la verdadera razón, estaba totalmente convencido de que era el hechizo del anillo el que estaba haciendo efecto. Al día siguiente, ella fue con una excusa a la joyería y pidió ver la cruz deseada. La vio, le encantó y contaba con llevarla pronto colgada. Monsieur Oufle desbancó por unos días a todos los otros pretendientes. Si estaba con algunos de ellos, era el único a quien Dorisa dirigía sus graciosos coqueteos; a los demás los ignoraba totalmente y apenas parecía pensar en ellos. La puerta siempre estaba abierta para Oufle, a menudo para estar con él a solas, y cerrada para cualquier otro. Sin embargo, la cruz no llegaba, por mucho que su tía le dijera a veces que la que llevaba era muy pequeña y que haría mejor no llevando ninguna antes que una tan pequeña. Utilizaron muchas otras estratagemas para animarle a hacer el codiciado regalo, pero monsieur Oufle solo hacía caso omiso, no tenía ninguna intención de regalársela. Estaba convencido del supuesto efecto del filtro y eso le bastaba; por eso, no creyó necesario ir más allá.
«Después de esto», se decía a sí mismo, «¿quién se atreverá a decir que tales métodos no tienen efecto? ¿No he hallado yo una prueba incontestable de su influjo y eficacia? En cuanto Dorisa recibió mi anillo, sintió pasión por mí y apenas ha escatimado medios para hacérmelo saber». Así es como el azar y la ignorancia de la verdad hacen ver como prodigios unos efectos que son bien naturales. ¡Cuántas cosas no admitiríamos si conociéramos sus causas y principios! Siempre resultan admirables, pues al vulgo siempre le gusta admirar. Los débiles quieren siempre lo maravilloso, nada les interesa más y nada les es menos propio que examinar y profundizar; por eso se les hablará siempre de maravillas y prodigios y no dudarán de dichos prodigios y maravillas porque les es fácil darles credibilidad.
Finalmente, como monsieur Oufle hubo conseguido lo que quería, pensó en retirarse. Sus visitas eran menos frecuentes y ya no hacía regalos. Cuando no iba, ella le escribía para hacerle los debidos reproches y él, para no declarar abiertamente su intención, daba razones crueles que se recibían como lo que en verdad eran, pues las mujeres como Dorisa tienen tanta experiencia que conocen bien las motivaciones de los hombres, por muchos disfraces que usen para ocultarlas. Ella alargó, aún durante un tiempo, su afectuosa cacería. Le envió, incluso, un ramo muy hermoso el día de su cumpleaños y él la visitó ese mismo día para agradecérselo. Y ella, previendo su visita, había acentuado lo que podía mostrar, aumentar y hacer valer sus encantos, que tanto necesitaba en esta ocasión, por lo que él salió más apasionado y enamorado que nunca.
p. 65Cuando regresaba a su casa, le vino una fantasía que le trastornó bien la mente. Se imaginó que era este ramo el que lo había hecho apasionarse de nuevo por esta mujer y que ella lo había confeccionado con algún artificio mágico, pues él estaba muy enterado de todas las supersticiones de brujas y hechiceras, como veremos a continuación. Sin embargo, él era demasiado hábil en dicha materia para no encontrar pronto un remedio contra ese supuesto encantamiento. Se sirvió, para ello, de una camisa de esta muchacha, que obtuvo gracias a su ama de llaves. Veremos en la notag que aquí debajo figura el ridículo uso que hizo de ella.
Hizo algunas visitas en que fue recibido muy fríamente porque Dorisa se desesperaba por la cruz de diamante que no acababa de llegar y que durante tanto tiempo le había interesado, así que la ruptura se produjo de forma natural y cada uno siguió su camino.
No hablaré de los otros amores de monsieur Oufle, porque fueron muy poco importantes y las supersticiones no tuvieron ninguna otra expresión más que la que lo incitaba a amar a las mujeres con el fin de cumplir el pronóstico de su nacimiento. Hablaré de otros temas en los que veremos que lo que dije sobre él cuando describí su personalidad es del todo conforme a la verdad.
g Si una mujer ha dado algo a un hombre para hacerse amar, este tomará su camisa y la orinará por el cuello y por la manga derecha. Enseguida será liberado de su maleficio. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. II, p. 147.
i La expresión utilizada es lacs d’amour. El término lacs, que ya no se usa y ha sido sustituido por su diminutivo lacet, significa ‘cordón’. Lacs d’amour designa una manera particular de anudar los lazos o cordones, también conocida como nœud de huit o nœud flamand y que puede traducirse por ‘doble nudo’ o ‘nudo de ocho’. Simboliza el amor y la fidelidad.
42 La tía fingida (proyectada como parte de las Novelas ejemplares, inédita, descubierta en 1788, primera edición Berlín, 1818) es el título de una novela corta atribuida a Cervantes en la que Bordelon pudo inspirarse. La trama, de inspiración celestinesca, se centra en las correrías de dos jóvenes que conocen a una anciana y su sobrina, de gran belleza, que resultan estar envueltas en una vida de prostitución que es finalmente castigada, en el caso de la tía, y reconducida, en el caso de la sobrina. Los personajes de la joven Esperanza y su tía doña Claudia, mediadora de sus amoríos, y dada al fingimiento con el fin de captar fortunas ajenas, las visitas de los pretendientes a casa de las damas y la clandestinidad con que se tratan los asuntos de faldas, además de los procedimientos de hechicería que la vieja celestina emplea en sus asuntos, reaparecen en Bordelon.
43 El dracma es una antigua medida griega de masa que equivalía a unos 4,36 gramos aproximadamente.
44 La scheva en hebreo es un signo diacrítico o niqud vocálico que se añade debajo de una letra y representa cuatro categorías gramaticales.
