Capítulo XII En el que se muestra con gran detalle cómo monsieur Oufle estaba dispuesto a creer todo lo que le decían y leía sobre fantasmas, espectros, resucitados y demás apariciones
En este capítulo veremos cuán cierto es que una mente débil está muy predispuesta a hacer un mal uso de todo lo que lee en los libros que hablan de cosas sorprendentes, prodigiosas y extraordinarias, y con qué facilidad cree en todas las historias que le cuentan.
Monsieur Oufle, que siempre fue esclavo de la idea de que todas las cosas más increíbles que se hubieran escrito eran dignas de creer, tenía en su biblioteca un gran número de libros que trataban, como ya dije, de una infinidad de historias sobre hechiceros, magos, adivinos y resucitados. Sobre estos últimos, es decir, sobre aparecidos, espectros y fantasmas, me propongo hablar a continuación.
Había dado en pensar que su horóscopo había predicho que sería una de las personas a quienes los fantasmas se le aparecerían más fácilmente y con mayor frecuencia, porque había nacido en el primer aspecto de Saturnoa45. Llevado por esta desacertada y ridícula idea, se imaginaba ver casi siempre algún extraño fantasma. Un ruido de causa desconocida y que escuchaba por la noche era para él una señal de que un aparecido merodeaba por la casa. Una sombra causada por la interposición de una silla o de algún otro mueble le hacía pensar en la aparición de un espectro. Estaba convencido, incluso, de que, al tener los ojos cerrados, no sé qué figuras que se le presentaban a su imaginación (algo que le pasa a casi todo el mundo) eran otras ideas fantasiosas que lo perseguían por todas partes porque su horóscopo no quería que le faltaran esas visiones.
Un día en que explicó con toda seriedad a su hermano Noncredo todas esas pretendidas apariciones, este, que estaba bien lejos de dar credibilidad a tales falacias, se le echó a reír y le dijo sin ambages que todo lo que creía no tenía más realidad que la que producía su propia imaginación. Es difícil expresar lo furioso que se puso monsieur Oufle viendo que trataban como imaginaciones las cosas que creía tan reales como su propia existencia. Lo que Noncredo acababa de decirle, junto con algunas razones que le aportó para desengañarlo, le calentó tanto la cabeza que, recordando de golpe todo lo que había leído sobre ese tema, hizo un discurso tan largo y ridículo como los que los doctores de la comedia hacen a veces sobre el teatro, sin querer dar a los que escuchan la ocasión de responder. Creo que no se molestará el lector al hallar aquí este extravagante discurso. Lo voy a transcribir tal y como fue pronunciado, pues el astuto Mornando, que estaba presente y proyectaba utilizarlo, como después veremos, tuvo la precaución de escribirlo al tiempo que su amo lo pronunciaba. Esto le resultó fácil porque todo él se pronunció en su cuarto, mientras estaba ocupado pasando a limpio algunas memorias que interrumpió enseguida para escribir todo lo rápido que su pluma le permitía esta admirable perorata que vamos a leer.
Noncredo lo interrumpía a veces para detener ese torrente de palabras, pero monsieur Oufle, sin escucharlo, proseguía siempre con una vehemencia tan violenta y un ímpetu tan precipitado a los que era imposible resistir. Por esta razón, como no tenía tiempo de proferir todas las razones que tenía para refutar, no he considerado adecuado incluirlas aquí, pues no podían pronunciarse con toda la extensión necesaria para darles fuerza. Escribiré más adelante la síntesis de lo que este hombre juicioso le dijo después de que se tranquilizara. Por ahora me conformaré con transcribir solo lo que monsieur Oufle dijo entusiasmado, añadiendo notas que mostrarán con exactitud los lugares de los libros que le sugirieron ese horrendo flujo de palabras al que se sintió obligado de dar libre expresión porque no se podían formar diques lo suficientemente fuertes como para ponerles límite. Veremos, estoy seguro, uno de los más prodigiosos ejemplos jamás vistos de una imaginación perturbada por las lecturas porque el juicio no le entraba por ninguna parte, permitiéndole hacer un uso razonable del intelecto. Esto, sin embargo, no debe sorprendernos si queremos hacer una buena reflexión sobre lo que sucede en el mundo, como ya he dicho anteriormente y ahora repetiré de nuevo. No dejamos de ver ejemplos todos los días de muchos Oufles enloquecidos por las lecturas porque, siendo incapaces de discernir lo verdadero de lo falso, basan completamente su credulidad en su imaginación. Nuestro visionario estaba totalmente dispuesto a creer todo lo que pudiera conocer para apoyar todo tipo de apariciones, por eso no podía desmentir ninguna de las historias que le contaban. Al contrario, las creía tan ciertas que, por muchas pruebas que se le aportasen para mostrar su imposibilidad, él siempre intentaba hallar en su fondo (un fondo que, en verdad, era muy débil y muy patético) cómo refutar esas pruebas y justificar el no querer rendirse.
a Los astrólogos dicen que aquellos cuyo horóscopo cae directamente en el primer aspecto del planeta Saturno ven más espectros que aquellos que están bajo la influencia de algún otro planeta. Sobre los espectros, por Le Loyer, pp. 459−460.
p. 67He aquí el discurso. Imaginemos que es monsieur Oufle quien habla a su hermano Noncredo para demostrarle que tiene razón al creer todo lo que se dice sobre los aparecidos.
DISCURSO DE MONSIEUR OUFLE SOBRE LAS APARICIONES
Cuando os reís en mis narices, como vos hacéis, señor hermano mío, cuando os digo a menudo que se me aparecen fantasmas, me hacéis llorar de pena por vos porque, al mostraros incrédulo sobre dicho asunto, pensáis que podéis utilizar la risa para persuadirme de que vuestra mente es superior. En cambio, yo me reafirmo en que tenéis una mente tan pequeña que su esfera no ha podido expandirse muy lejos para adquirir, como yo, todo el conocimiento que tengo sobre ese asunto. ¡Cuántos sabios nos muestran la certeza de estas apariciones de las que os mofáis! ¡Cuántos historiadores nos refieren tales hechos que son considerados incontestables, aunque solo sea porque sus obras están aprobadas e impresas con privilegio real! ¿Cómo no van a ser los fantasmas tan reales como se dice si los astros producen una infinidad de ellos y los envían todos los días, junto con unos influjos tan célebres entre los astrólogos y tan comunes entre nosotrosb? ¿No nos asegura uno de los más ilustres filósofos de la Antigüedad que las almas de los que han llevado una vida disoluta se convierten en espectros tras su muerte porque la vinculación que tenían cuando estaban unidas al cuerpo les ha dado tanta materialidad que, después de separarse, se convierten ellas mismas en cuerpos y son visibles a quienes hallan a su paso al andar errantes y vagabundas en la tierrac? ¿No dice otro filósofo que se engendran fantasmas de los despojos y de las escamas de cosas naturalesd? ¿Desconocéis tanto la historia que no sabéis que la razón por la que los antiguos quemaban los cuerpos de los muertos y recogían sus cenizas con tanta diligencia es porque, sin dicha precaución, las almas que habían animado esos cuerpos errarían eternamente, sin hallar nunca reposoe? Y, decidme, os lo ruego, ¿mientras estas almas yerran, no es creíble que, para no aburrirse, se diviertan mostrándose a los vivos, bien para asustarlos o bien para divertirlos? ¿Acaso no nos divertimos nosotros mismos, todos los días, cuando no tenemos qué hacer, asustando no solo a aquellos que creemos fáciles de convencer, sino, sobre todo, a los librepensadores, a esos Noncredos que quieren persuadir de que nada puede asustarlos? Bien sé (pero vos no hacéis ni el intento de saber todas esas cosas, por eso razonáis tan mal), digo que bien sé que los judíos creen que las almas vagan un año alrededor de los cadáveresf. Eso es lo que me lleva a creer que lo que se dice de los muertos que aparecen en los cementerios es muy cierto, digan lo que digan las supuestas mentes instruidas como vos. Creedme, señor inteligente e incrédulo de profesión, creedme, os digo, que aquellos famosos filósofos llamados pitagóricos, que seguro tenían más habilidad de la que vos tendréis en la vida, no me desmentirían, como vos estáis haciendo, pues su opinión sobre la transmigración de almasg de un cuerpo a otro autoriza perfectamente la mía y, al mismo tiempo, la de tantos grandes hombres que han pensado, discutido, examinado y demostrado lo mismo antes que yo. Pues estas almas errantes, al ir a entrar en otros cuerpos, ¿no podían aparecerse a aquellos que encontraran por el camino? ¿A qué llamaban los antiguos Manes, Lares, Larvas y Lémures, sino a los fantasmas que se les aparecíanh? Existe una infinidad de autores que comparten mi opinión, y esta perdurará a pesar de todos los Noncredos del mundo.
¡Esto que os voy a decir os extrañará, alegre desvergonzado! Como estoy seguro de que habéis considerado indigno de vos profundizar como yo en este asunto, no dudo que lo que voy a deciros os será totalmente nuevo. Os digo, pues, que, puesto que hay almas que, como los topos, recorren no sé cuantísimas leguas bajo tierra, para ir a unirse a un cuerpo que está enterrado en la otra parte del mundoi, ¿no puede ocurrir que algún vinatero o agricultor levante la tierra justo en el lugar por donde esté pasando dicha alma y que esta salga por la apertura y se le aparezca? Y, si fuera cierto, como se ha dicho y como creo, en consecuencia, que el alma es como una bola de cristal que tiene ojos por todas partesj, este alma viajera y clarividente, ya que tiene tantos ojos, ¿no puede escoger quiénes son los más susceptibles de sentir miedo y pavor para asustarlos? ¿Osaréis, después de esto, hermano mío, burlaros de mi supuesta ingenuidad? Seguro que no os burlaríais tanto de lo que creo si supierais todo lo que yo sé. No os burlaríais tanto si hubierais leído, como yo, lo bastante como para saber que hay personas que abandonan sus almas cuando quieren y podréis deducir entonces que esas almas salidas de sus cuerpos tienen todo el tiempo del mundo para aparecerse por donde quieran ir; os extrañará mucho que os demuestre que vos mismo producís todos los días una infinidad de espectros, fantasmas y un número inmenso de almas. Contad, mañana por la mañana, desde que os levantéis hasta que anochezca, cuando os durmáis, cuántos latidos habrá dado vuestro corazón; pues, os hago saber que tantos latidos habréis dado como almas habréis producidok y que estas almas irán por todas partes mostrándose, quizás, a gentes tan incrédulas como vos y que, sin embargo, no dejarán de asustarse. ¿No es cierto que os doy mucha lástima cuando os explico tales cosas? Sin embargo, pueblos enteros piensan igual que yo e incluso lo han impreso. Considerad, entonces, que el aire debe estar lleno de espectros, pues en un solo día produce nuestro corazón infinitos millones de latidos. Todos los que mueren antes de su justa edadl, salvo los que naufragan en el marm, son tantas materias de espectros y de fantasmas. Los antiguos, que eran más doctos que yo, así lo creían, y por eso, puedo pensar como ellos sin temor a equivocarme. Para daros más pruebas, os diré además que los sabios han mantenido que todas las almas que han sido y serán fueron creadas al mismo tiempon. La consecuencia de esta opinión es fácil: que las que deben animar sus cuerpos siglos después de su creación tienen tanto tiempo inútil que, para mantenerse ocupadas, vienen para provocar todos estos escándalos de los que se habla tan a menudo.
Aunque a monsieur Oufle le faltaba el aliento tras haberse expresado con tanta vehemencia y celeridad, no dejó de hablar. Pero yo voy a darme un tiempo para respirar y dárselo también al lector, por lo que presentaré el resto de su discurso en el capítulo siguiente.
b Pomponacio46 afirma que los astros producen espectros.
c Platón cree que las almas de los que han malvivido se convierten en espectros tras su muerte y se hacen visibles como si hubieran adquirido esa cualidad con sus cuerpos, a los cuales estaban muy unidos, aportándoles algo de corporeidad. Socrat. in Phoed. apud Platonem [Sócrates según Fedro de Platón].
d Lucrecio dice (lib. IV) que los despojos y las escamas de las cosas naturales engendran imágenes.
e El error de los griegos es que transmitieron a los romanos, y estos a nuestros antiguos galos, que las almas cuyos cuerpos no estaban solemnemente enterrados por el ministerio de los Padres de la Religión erraban fuera de los infiernos sin hallar reposo hasta que quemaran dichos cuerpos y recogieran sus cenizas. Homero hace aparecerse a Patroclo, asesinado por Héctor, ante su amigo Aquiles para solicitarle sepultura. Disertación sobre lo que se debe pensar sobre la aparición de los espíritus, con ocasión de la aventura que sucedió a san Mauro, pp. 20−21.
f Como los judíos hacen errar las almas durante un año alrededor de los cuerpos de los que están separados, creen en las apariciones. El mundo encantado, t. I, p. 251.
g Monsieur Dacier, que redactó la biografía de Pitágoras, explica que no se puede entender la imagen de este filósofo y de sus partidarios como varios han hecho hasta ahora. Toma el asunto desde el punto de vista moral. Lo que dice sobre ello está muy bien imaginado. Remito a él al lector curioso. El tema merece la pena.
Los maniqueos creían también en la metempsicosis hasta el punto de que las almas, según ellos, pasaban a otros cuerpos de forma similar a aquellos que ellas amaron o maltrataron más durante sus vidas. El alma que mató una rata o una mosca será castigada a entrar en el cuerpo de una rata o de una mosca. El estado en que nos hallaremos tras la muerte será opuesto al estado en que nos encontramos durante la vida. El que es rico, será pobre y el que es pobre, será rico. El mundo encantado, t. I, p. 262.
h Porfirio, escoliasta de Horacio, junto con Isidoro, presenta a los lémures como sombras de los hombres fallecidos de muerte violenta y antes de lo debido. Le Loyer, p. 205.
Las almas de los difuntos se llaman manes porque sobreviven al cuerpo y se quedan en la casa para cuidar a los sucesores del difunto como guardianes llamados lares, dioses domésticos. Los malignos se llamaban larvas, fantasmas nocturnos, y espectros o lémures, que parecen provenir de ‘remures’, y, estos, a su vez, de Remo, hermano de Rómulo, que se imaginó, llevado por el miedo, ver la sombra de su hermano delante de él, después de haberlo asesinado. El mundo encantado, t. I, p. 14.
Apuleyo, en el libro Del Dios de Sócrates, explica el término manes. Dice que el alma del hombre, desligada de los vínculos del cuerpo y liberada de sus funciones, se convierte en una especie de demonio o de genio que los antiguos llamaban lémures. De estos lémures, los que eran buenos con sus familias y mantenían con calma sus antiguas casas se llamaban lares familiares o lares domésticos, pero aquellos que, por los crímenes que habían cometido en sus vidas, estaban condenados a errar infinitamente sin hallar ninguna clase de reposo, y que espantaban a los buenos y hacían el mal a los malos, eran vulgarmente llamados larvas, es decir, máscaras, que era el nombre que se daba a todo lo que asustaba a los niños.
i Hay quien dice que un alma vaga por todas partes, a cientos de leguas bajo tierra hasta unirse con un cuerpo que está enterrado en el otro lado del mundo. El mundo encantado, t. II, p. 77.
j Un sabio afirma que la forma del alma es similar a un vaso esférico de cristal y que tiene ojos por todas partes. Del Río, Disquisitiones magicæ, p. 229.
k En el Caribe, cada uno cree tener tantas almas como latidos de corazón y que la principal es el propio corazón; que las otras almas vagan por diferentes lugares según el carácter y la naturaleza de los que las poseen, y que el corazón va hacia su dios. Montano. El mundo encantado, t. I, p. 117.
l Los paganos creen que las almas de los que murieron antes de su justa edad, que fijaban en el extremo del crecimiento, erraban vagabundas hasta que llegaba el momento en que debían ser naturalmente separadas de su cuerpo. Disertación sobre la aventura acontecida a san Mauro, p. 22.
m Los antiguos creían que solo las almas de los que se habían ahogado podían volver después de la muerte. Se encuentra una agradable explicación en Servio, intérprete de Virgilio, según él, porque pensaban que el alma solo se componía de fuego. Id.
n Orígenes creía que las almas de los hombres existen todas juntas antes de venir a habitar en los cuerpos. El Mundo encantado, t. I, p. 11747.
Hoornbeech dice en su libro Contra los judíos (p. 319) que piensa que las almas fueron todas creadas al mismo tiempo que la luz, el día de la creación, y no solo que fueron creadas a la vez, sino por pares de almas masculinas y femeninas, de modo que se puede comprender por qué es necesario que los matrimonios sean felices y se acompañen de dulzura y paz cuando uno se casa con su propia alma, o con la que ha sido creada con la suya propia; por el contrario, son desgraciadas y no causan más que tormento cuando se alían a un cuerpo cuya alma no ha sido creada con la de aquel que la toma en matrimonio. Hay que luchar contra dicha desgracia hasta librarse de ello y poder unirse en un segundo matrimonio a un alma de la que sea su par en la creación para llevar una vida más feliz. Id., p. 165.
45 En astrología, los aspectos revelan la configuración del flujo de energía que ha de emplearse para conseguir un determinado impulso o propósito. En la astrología helenística se distinguían cinco aspectos: la conjunción, el sextil, la cuadratura, el trino o trígono y la oposición.
46 Pietro Pomponazzi (1462−1525), conocido como Pomponacio, fue un filósofo italiano que influyó en el racionalismo del Renacimiento. Su obra principal es De immortalitate animae (1516) y en ella defiende que el alma es inseparable del cuerpo y muere con él. Esta obra fue quemada en Venecia y su materialismo provocó varias polémicas.
47 Se refiere al teólogo y místico Orígenes de Alejandría (ca. 184−ca. 253), que también dio clases de gramática en la Escuela de Alejandría antes de centrarse en la reflexión sobre el ser. Su obra combina tanto la filosofía como la filología o la cosmología. El asceta escribió numerosos tratados.
