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Capítulo XIV Discurso que hizo Noncredo sobre las apariciones después del de monsieur Oufle

Monsieur Oufle se quedó sin poder hablar, pues se le había calentado mucho la garganta por el discurso tan impetuoso y vehemente que acababa de hacer por miedo a que interrumpiesen lo que su memoria le sugería. Noncredo se sirvió de esta ocasión para tomar la palabra y tratar de llevar a su hermano hacia el buen discernimiento. Era un cometido que resultaba imposible de conseguir, pues nada es más difícil que desengañar a las personas de sus convicciones y hacerles pensar de forma diferente a como han decidido. Sea como fuere, Noncredo quiso intentarlo con algunos razonamientos para devolver a este buen hombre a la razón. Voy a contar aquí lo que me han contado que dijo.

DISCURSO DE NONCREDO

En verdad, hermano, acabáis de hacer un buen uso de vuestra erudición. Nunca dudé que hubierais leído mucho, pero no creía que la naturaleza os hubiera concedido una memoria tan fiel como la que acabáis de mostrar. Es una gran ventaja cuando, tras hacer muchas lecturas, se acuerda uno tan fielmente como vos. Pero más ventajoso sería si el juicio ordenara la memoria, es decir, si, al acordaros de tantas cosas, supierais hacer, y si hicierais, en efecto, un uso juicioso de ellas. Yo ya sabía una gran parte de todo lo que acabáis de referirme; pero he tenido cuidado para no empecinarme como vos, que tomáis todas por verdaderas. Veo por vuestros movimientos de cabeza que no estáis de humor para rendiros ante cualquier cosa que se os diga con el fin de desengañaros. Es el funesto destino de los iluminados: no quieren creer nada de lo que se dice en contra de su imaginación; no se dignan ni siquiera a escuchar a aquellos que parecen alejarse de su sentimiento. Me acusáis de querer parecer escéptico porque no acepto ciegamente vuestra opinión. No, hermano, no me ofende quedar como escéptico; querría solo convenceros de una buena vez y haceros reconocer y confesar que no es propio de un hombre inteligente o razonable tener tanta ingenuidad, particularmente en esta materia en la que hay tantos motivos para dudar, con poco que uno esté instruido sobre los buenos principios y bien dispuesto a distinguir lo verdadero de lo falso. Si queréis creer absolutamente todo lo que se dice a favor de los fantasmas, espectros, espíritus aparecidos y apariciones extrañas, de los que tantas historias se han inventado, solo porque se han impreso; ¿por qué no creéis también todo lo que se ha impreso para demostrar que no hay que dar credibilidad a tantas opiniones e historias sin conocimiento de causa, con el fin de pensar con la razón y como la verdad exige? Pero estáis tan alejado de tomar una precaución tan razonable que me he dado cuenta de que, entre las historias y opiniones que acabáis de referir con detalle, hay algunas cuyos autores no reconocen como legítimas ni las ponen como verdaderas; sin embargo, vos creéis las historias y seguís las opiniones sin preocuparos del parecer del autor que os las da; así es que no queréis creer más que lo que se acomoda a vuestra imaginación. Y bien, hermano, ¿vuestra razón no os sirve más que para adoptar una conducta tan irracional? ¿Adquirís conocimientos solamente para comportaros tan ciegamente? Os refutaría voluntariamente lo que habéis dicho primero, que los astros producen continuamente espectros y fantasmas; pero esta opinión es tan extravagante que la juzgo totalmente indigna de ningún discurso para mostrar su ridiculez. Además, como tendría que hacer una gran perorata para explicar en qué consisten esas propiedades de los astros a los que se les atribuyen tantas virtudes, tantos poderes, y de los que tanto se ha dicho, prefiero no decir nada, pues, aparte de que el tema no merece la pena, me parece, por los gestos que hacéis, que no estáis de humor como para escucharme pacientemente mucho tiempo más.

p. 72Haré simplemente algunas reflexiones sobre todo lo que me acabáis de decir: primero, que no sería fácil saber cuál es vuestra religión, pues, si creéis en todo lo que me habéis dicho, encuentro una mezcla tan grande de no sé cuántos tipos de religiones que se podría sospechar que seguís todas, o ninguna.

Por ejemplo, si tomáis todas las historias por verdaderas, estáis, pues, convencido de que las almas se materializan cuando han estado muy unidas a sus cuerpos; creéis que las almas pasan de un cuerpo a otro; creéis que vagan por la tierra como topos para ir a unirse no sé dónde a cuerpos con los que se han encariñado. En estas extravagantes opiniones no hay ni una mención a Dios, es como si no existiera. Por lo tanto, resultan indignas de su sabiduría y su grandeza. Parece, al oíros hablar, que estas almas son autosuficientes, como si fueran el principio de su creación y dueñas de su existencia.

¿Estáis tan falto de juicio (no osaría decir algo peor) para imaginaros que las almas son de cristal y que tienen tantos ojos como Argos? ¿Las creéis, entonces, inmortales? Abreviaré, pues me haría falta un discurso entero para demostraros que creer que un alma es de vidrio tendría una consecuencia inexcusable, y es que estaría abocada a la muerte.

Cuando os convencéis, como habéis dicho, de que un hombre puede abandonar su alma cuando quiere, ¿habéis pensado bien cómo puede hacerse eso? Os desafío a explicarlo. Es incomprensible y, por ende, falso. Solo Dios puede unir el alma con el cuerpo, separarlos y reunirlos de nuevo. Intentadlo, hermano, intentad enviar vuestra alma a alguna parte, de modo que vuestro cuerpo caiga inerte al suelo; pero Dios no quiera que yo os pida eso en serio, pues, si lo hicierais, os perdería para siempre: perdería a un hermano que me es muy querido y es porque me sois muy querido por lo que me aflijo todos los días al veros caer preso de todo lo que se presenta para seduciros.

Honestamente, hermano, ¿creéis que se producen almas por los latidos del corazón? Si tal cosa fuera cierta, Dios solo tendría que crear un número pequeño de hombres para llenar de almas todo el universo. Hay pueblos enteros, decís, que lo creen también. ¿Y a qué quedaríamos reducidos si estuviéramos obligados a adaptarnos a las opiniones extravagantes de no sé cuántas naciones que no creen más que lo que algunos les han querido inducir –sin estar ellos mismos seguros de ello o que, si así lo pensaran, actuarían sin razón ni juicio alguno?

¡Mirad adónde os lleva vuestro empecinamiento, ya que os obliga a creer que incluso las bestias vuelven del otro mundo, como si tuvieran un alma similar a la de los hombres! La historia del áspid, que habéis contado, es un buen ejemplo. Y así, los gatos, los perros, las ratas, los elefantes o las hormigas podrían regresar, todos ellos, para entristecer a los hombres. ¡No tendrían más que proponérselo y, hala, enseguida vendrían y aquí estarían! ¡Ay, si eso fuera verdad, confieso que no nos faltarían aparecidos!

¡Qué loca imaginación la vuestra cuando os esforzáis en sostener la existencia de todos los fantasmas y todos los espectros, de las historias que os han contado! Cuando os apoyáis, digo, en lo que habéis leído, sobre que las almas de los bienaventurados habitan en los árboles, no parecéis reconocer otro paraíso más que los bosques. ¿Lo habéis pensado bien? Yo no os hago grandes reproches sobre eso. Simplemente os ruego que os acordéis de vuestros principios religiosos para entrar en razón. ¡Mirad que hay falacias que rechazaríamos con indignación si no nos separáramos de estos principios! Si creyera vuestra historia del amante que había prometido a su amada regresar como culebra y que, efectivamente, regresó bajo tan extraña forma, me inspiraría una pena inmensa. Pero ¿qué digo? Me horroriza, pues es contraria a lo que nuestra religión nos enseña. ¿Por qué? Porque ¿cómo puede un desatinado prometer a su mujer, a la que ama con locura, que después de la muerte volverá bajo la apariencia que haya imaginado y pensar que esto se le permitirá de verdad? Decidme, os lo ruego (y acordaos bien de esta pregunta para otras historias similares a esta), decidme, pues, por el amor de Dios, cuando este hombre partió del mundo, ¿tuvo la libertad de regresar como quiso? ¿Dónde se dice que Dios se ocupa de dar permiso a quienes hacen estas extravagantes promesas para ejecutarlas cuando les parezca para su deleite y el de sus esposas? Ciertamente no puedo dejar de considerar impíos a quienes son de tan bizarra opinión. Pongamos que un dandi dice de mentira a una mujer que la ama perdidamente: «Si muero antes que tú, vendré a buscarte como un pavo», por ejemplo (no es menos difícil metamorfosearse en pavo que en culebra) y, en cuanto esté en el otro mundo, tendrá la libertad de convertirse en pavo y venir aquí a dar volteretas alrededor de su amada para continuar sus amores. O, si no tiene esa libertad por sí mismo, Dios operará la transformación para mostrar a las mujeres lo fieles que son los amantes en sus promesas y animarlas así a tomar en serio sus palabras. ¡Eso solo puede llamarse horror, execración, sacrilegio, impiedad, blasfemia! Pensadlo bien, hermano, y veréis lo injurioso que resulta a la sapiencia del Todopoderoso. Si no perdierais de vista esta sabiduría divina, ¡cuántos errores en los que habéis caído y de los que habéis sido víctima rechazaríais con horror e indignación!

p. 73Es cierto que me habéis citado un gran número de historias aprobadas e impresas con privilegio real, pero, salvo el respeto que reconozco tener ante todas esas razones, que, según vos, las autorizan, os aseguro que todas esas historias, desde mi punto de vista, son tan ridículas y contrarias al sentido común que, incluso para hacerlas valer, aunque me aportasen pruebas que me pareciesen irrefutables, no dejaría de dudar; creería, o que os habéis dejado engañar, o que me queréis engañar a mí mismo. Pensad en esta alternativa. Os será útil para poneros en guardia contra todo lo que se os presente para atraer vuestra ingenuidad.

Vuestra historia sobre las gafas transportadas por un aparecido a un jardín es excelente para reírse, pero mal que pese al libro del que la habéis sacado, no me la creería más que la del caballero que vive agradables peripecias en esa novela54. ¿Cómo podría creerme que las almas que están en el paraíso, en el infierno o el purgatorio pueden salir rápido bien por su propia mano, o bien con el permiso de Dios, para venir a hacer aquí malicias y travesuras ciertamente similares a las que hacen pajes, lacayos y estudiantesa? No me parece en absoluto que estas tretas hayan sido orquestadas por almas que, o gozan en el cielo de la suprema felicidad, o son objeto de la justa venganza de Dios y sufren en las prisionesb en las que están encerradas, tormentos inconcebibles. Esto es lo que se llama razonar, hermano mío, y reto a quien sea a poder con tales razonamientos ilustrar tantas historias mal entendidas y falseadas de las que están llenos los libros que creéis infalibles y cuyos autores no son, seguro, tan ingenuos como aquellos a quienes quieren hacer creer lo que dicen. Estas obras están escritas como conversaciones. ¡Cuántas personas cuentan en las conversaciones hechos extraordinarios solo porque saben que son muy propias para divertir a quienes escuchan! ¡Cuántos escritores envían también a imprimir fábulas que dan por verdaderas porque saben que nada gusta más a una infinidad de lectores que todo lo que tiene aires de maravilla y de prodigio! Intentan bastante menos conformarse a la verdad que al gusto de aquellos a cuyas manos piensan que irán a parar sus obras. Sin embargo, decís que lo que afirman está aprobado y que, por tanto, es cierto. ¡Hermosa conclusión! Las Fábulas de Esopo, la Ilíada y la Odisea de Homero, la Eneida de Virgilio, los cuentos de hadas y un enorme número de historietas galantes y anécdotas nuevamente imaginadas se imprimieron con aprobación; por tanto, todo lo que estos libros dicen es verdadero. No creo que vuestra fantasía llegue hasta el exceso de admitir dicha consecuencia como cierta e irrefutable.

Monsieur Oufle se levantó entonces, como si hubiera salido de un éxtasis y, gritando como si lo que acababa de escuchar hubiera penetrado en su mente, dijo: «Ah, hermano, me ha encantado todo lo que acabáis de decir, seguid, os lo ruego, y así nos agradaremos mutuamente». A continuación, se echó en un sillón, giró la cabeza del otro lado y cerró los ojos, como si quisiera evitar todo tipo de distracción con el fin de escuchar con más atención lo que se le iba a decir. Noncredo creyó que estaba conmovido y muy dispuesto a darle audiencia favorable, como se ha de ver en el capítulo quince.

a Los señores espíritus son normalmente bruscos y se diría que no vuelven al mundo más que para hacer trucos de lacayos. Ch. D’H***.

b «Non est qui agnitus fit reversus ab inferis» [No se conoce hombre que haya regresado del Infierno]. Sap.
Facilis descensus averni,
sed revocare gradum, superasque erumpere ad auras,
hoc opus, hic labor est. Virgil. Lib. VI, Æn.
[Es fácil el descenso a los infiernos,
pero remontar el camino y escapar hacia las auras terrenales
ese es el trabajo, eso es lo penoso]55.

54 La novela en cuestión es La falsa Clélie y la anécdota es referida en el libro quinto, dentro de la «Historia del trasgo de monsieur Santois».

55 Bordelon sitúa este pasaje en el libro IV, pero en realidad forma parte el libro VI. Además, ha omitido un verso y cometido alguna errata. El texto original correcto es el siguiente:
facilis descensus Auerno:
noctes atque dies patet atri ianua Ditis;
sed reuocare gradum superasque euadere ad auras,
hoc opus, hic labor est.