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Capítulo XV Continuación del discurso de Noncredo sobre las apariciones

Mientras monsieur Oufle parecía poner la mayor atención para escuchar todo lo que se le quisiera decir, Noncredo, aprovechando tan favorable ocasión, empleó todo lo que consideró más apropiado para liberar la mente de Oufle de todas las sandeces que lo obsesionaban y continuó de este modo:

Estoy encantado, querido hermano, de veros por fin reconocer vuestros errores, lo bastante complaciente como para escuchar a los que tratan de haceros recapacitar, confiad en mí, creedme que os hablo de buena fe y que sé lo suficiente como para distinguir lo verdadero de lo falso.

A menudo he considerado cómo puede ser que el alma de un hombre que está muerto venga a aparecerse aquí a los vivos. Confieso de buena fe que aún no he conseguido comprenderlo y sería un gusto que me lo enseñarais si lo hubierais comprendido mejor que yo. Escuchad mis razones. Cuando un alma se hace visible, pues se dice que se muestran a menudo, ¿qué aspecto tiene? ¿Qué produce la forma que adopta? Pues es absolutamente necesario que exista alguna causa que produzca esta maravillosa operación. Es cierto, según las historias que sabemos, que estas almas que vuelven resultan chocantes a la vista por su apariencia; a las orejas, por los ruidos que hacen, por las palabras que pronuncian. Decir que es el alma la que se hace oír y que es visible por sí misma es un error, pues, siendo un simple espíritu, no puede someterse a los sentidos. Es necesario, entonces, que el cuerpo muerto que antaño la animó aparezca. Pero eso no es cierto, pues, al margen de que lo que aparece no es tan material como el cuerpo, este mismo cuerpo permanece en la tumba, e incluso puede que lleve años descompuesto. Si se dice que esta alma forma con el aire la apariencia de ese cuerpo, ¿de dónde viene entonces que, estando unida a él, no tenga la misma fuerza que desde que se separó de él? Pues, por muchos esfuerzos que hagamos aquí, nuestras almas no producirán jamás cuerpos aéreos; al menos, yo no creo ser capaz de ello y dudo mucho que vuestros historiadores tengan más poder que yo en ese asunto. Todo esto siempre me ha molestado cuando me han hablado de fantasmas, de espectros y de aparecidos. Puede que sea a causa de mi ignorancia, pero no es mi culpa. No es una burda ignorancia puesto que, si me dieran buenas razones, me retractaría. Y así, mientras espero a que me instruyan, con la conciencia tranquila, creo estar en capacidad de no creer a ciegas todo lo que se me diga sobre el asunto.

Me cuesta creer firmemente que haya almas que van continuamente de acá para allá. Y eso, como castigo, según decís, por no haber pagado alguna deuda o no haber cumplido alguna promesa, o por haber causado algún mal mientras animaban los cuerpos que han abandonado. Pues, como me digo a veces a mí mismo, ¿para qué sirve ese deambular sin rumbo? ¿Esas deudas quedan mejor pagadas? ¿Cumplen así mejor sus promesas? ¿Reparan así sus errores, mientras vagan por todas partes como enloquecidas, sin saber adónde ir? Además, ¿de dónde vienen? ¿Del Paraíso? Pero si ahí se está tan bien y hay tan pocas ganas de salir, ¿para qué venir aquí a atormentar y perturbar a los demás? ¿Vienen, quizás, del Infierno? Por muchas salidas que hicieran, si es que hay libertad para ello, estas no podrían, según nuestros principios, proporcionar alivio ninguno. ¿Vienen del Purgatorio? Que me digan, entonces, si hay revelaciones totalmente incontestables que demuestren que Dios ha prometido dar y que ha concedido, efectivamente, esta libertad. Propongo, además, esta reflexión: ¿por qué estas almas andarían errantes solo por haber hecho algún mal a sus semejantes, mientras han cometido muchos otros crímenes que atacaban directamente a Dios, como el orgullo, la presunción, la blasfemia o las habladurías contra su providencia? Bien, como veis, se podrían sacar grandes conclusiones de estos razonamientos si nos tomáramos el tiempo necesario para considerarlos como merecen.

p. 75No puedo tampoco decidirme a asumir como cierto lo que dicen algunos cuando afirman que a veces los diablos vienen a perturbar a los hombres con apariciones; me parece que esta conducta es muy contraria a su malignidad, pues, al dar esos sustos, no pueden esperar nada más que mover a quienes asustan a arrepentirse de sus errores pasados y a decidir no cometerlos más. Me parece que el humor de los diablos no se corresponde con intenciones tan caritativas. Sin embargo, es verdad que no hay ningún ateo o libertino, por testarudo que sea, que no esté dispuesto a cambiar de opinión y de vida si fuera espectador de una aparición de la que no tuviera ninguna duda.

Otra cosa me causa aún más malestar: suponiendo que haya apariciones, ¿cómo saber si no hay engaño en lo que se aparece? Es decir, distinguir bien los espíritus buenos de los malos; discernir si esas apariciones no vienen de las artimañas, del artificio y del engaño de los hombresa. Todo esto indica que hay que dudar y, en consecuencia, no ser nunca fácil de convencer. Ya veis que esto lo he resumido mucho y que, con poco que quisiera extenderme, tendría un campo abierto para decir muchas cosas que os ayudarían a salir de vuestro error. Espero que reflexionéis vos mismo con seriedad y así subsanéis mi brevedad. Resumo cada artículo de mi discurso para daros más materia que os permita hacer buenos y juiciosos razonamientos. Por ejemplo, he aquí un tema.

¡Cuántas historias de supuestos aparecidos no han tenido más realidad que la habilidad de un hombre que se aprovechaba para gozar de sus amores más fácilmente; o de un lacayo para beberse más fácilmente el vino de la bodega de su amob; o de un granjero que tomó todas las medidas posibles para ser el único dueño de una casa que le convenía porque había hecho bien su trabajoc! Al contrario, ¡qué pocas personas lo bastante astutas como para descubrir estos engaños, o lo bastante valientes para actuar, cuando se intuye algún peligro! Otra razón que me lleva a desconfiar de las apariciones es que, a menudo, bien por defecto de vista, bien por una cierta colocación de los objetos, creemos ver lo que en realidad no existe. ¿No nos sucede a veces que, moviendo un poco los ojos, los objetos nos parecen otros diferentes, solo por dicho movimiento? Hay incluso quienes afirman que ciertas representaciones que se ven en el aire y en las nubes no son sino reverberaciones de cosas que hay sobre la tierrad. Finalmente, todo el mundo está de acuerdo en que nuestros sentidos son a menudo engañosos y, por tanto, resulta prudente desconfiar de ellos. No puedo imaginar, como algunos filósofos, que el aire produce por sí mismoe estas voces sorprendentes que parecen pronunciadas por fantasmas, pero sí estaría dispuesto a creer que lo que llaman espectro es a menudo ocasionado por apariciones muy naturales, sin que las almas o los espíritus tengan que ver en ello. Lo que me hace pensar así es la experiencia de ciertas cosas materiales que, reducidas a cenizas, han retomado su primer aspecto cuando dichas cenizas se han movido por un calor proporcional al experimento que se quería hacer; varios curiosos aseguran haber sido testigos de ello y que ellos mismos han hecho dicho experimentof. Si esto es así, no es necesario hacer venir a las almas del otro mundo para producir apariciones, ya que los espectros pueden adquirir también una forma tan natural como las exhalaciones de las que provienen los meteoros, y a estos no los admiramos porque no tienen nada de sobrenatural.

a Podemos saber por san Anastasio qué ideas se tenían en su siglo acerca de las almas separadas por la muerte. En la trigésimo segunda de sus cuestiones se plantea si las almas, tras su separación, tienen algún conocimiento de lo que ocurre entre los hombres, así como los santísimos ángeles. Su respuesta fue sí, al menos, las de los santos, no así las de los pecadores, pues los continuos tormentos que sufren las mantienen bastante ocupadas como para darles tiempo de pensar en otra cosa. Su pregunta trigésimo tercera es: ¿a qué se dedican las almas que se han desligado del cuerpo? Respuesta: el alma separada del cuerpo es incapaz de hacer nada bueno o malo. Sin embargo, dice un poco después que las almas de los santos, animadas por el Espíritu Santo, alaban a Dios y lo bendicen en la tierra de los vivos. Afirma en la cuestión trigésimo quinta que, tras la muerte, las almas nunca vienen para traer noticias sobre el estado de los muertos, lo cual podría dar lugar a muchos engaños, porque los malos espíritus podrían fingir que son las almas de los muertos que vienen a revelar algo a los vivos.

b Además de lo que he dicho sobre los sepulcros y las horcas (así lo explica Le Loyer, p. 173), los malos diablillos hacen sus sabbats y sus diabluras si su audacia llega aún más lejos, hasta en las casas, donde se hinchan de buen vino y disfrutan del amor. No temen contrariar a los espíritus. Así dice el viejo proverbio francés que viene de ahí:
Allí donde hay muchachas y buen vino,
Es donde mora el trasgo ladino*.

c Hardivilliers es una tierra muy hermosa en Picardía, una de las más destacadas provincias de Francia, en los alrededores de Breteuil. Allí se aparecía un espíritu, un señor trasgo que hacía un ruido terrorífico. Toda la noche había llamas que daban la impresión de que el castillo se había incendiado y gritos horripilantes. Eso solo ocurría en una época concreta del año hacia el día de Todos los Santos. Nadie se atrevía a vivir ahí más que el granjero con el que había tenido trato el espíritu. Si algún desgraciado viajero dormía ahí una noche, quedaba muy traumatizado. Le quedaban unas marcas en la piel durante más de seis meses. Así era el castillo. Los campesinos de alrededor lo podían ver bien, pues en cuanto alguien miraba de lejos aparecían otros doce espíritus pululando en el aire en el castillo, que se hacían todos de fuego y bailaban un branle campesino56. Uno halló en una pradera muchos regentes y magistrados con traje rojo, pero, sin duda, era porque eran todos de fuego. Estaban sentados y juzgaban a muerte a un gentilhombre del país a quien habían cortado la cabeza hacía unos cien años. Otro encontró por la noche a un noble, el padre del regente. Se paseaba con la mujer de otro gentilhombre de los alrededores a la que llamaban La Dama. Tenéis que saber que el padre y la dama aún están vivos. Dicen que ella se había dejado adular y, a continuación, ella y su galán desaparecieron. Así, muchos otros habían visto, o, al menos, oído referir los prodigios del Castillo de Hardivilliers. Esta farsa duró más de cuatro o cinco años y causó un gran perjuicio al regente, que fue obligado a dejar la tierra a su granjero a un precio irrisorio. Pero, al fin, decidió poner fin a la diablura, convencido por muchas circunstancias de que había algún artificio en todo eso. Fue a sus tierras el día de Todos los Santos, se acostó en su castillo, instaló en su habitación a dos nobles amigos suyos, bien resueltos, al primer ruido o a la primera aparición, a disparar a los espíritus con sus pistolas. Los espíritus, que todo lo saben, conocían, seguro, estos preparativos. Ninguno de ellos apareció. Desconfiaban del regente, pues sabían que tenía más fuerza y sutileza que ellos. Consiguieron arrastrar unas cadenas de un cuarto debajo del suyo, al ruido de las cuales se despertaron la mujer y los hijos del granjero y vinieron a auxiliar a su señor. Se pusieron de rodillas para evitar que subiera a este aposento. «¡Oh, mi señor!», le gritaban, «¿qué fuerza tienen los hombres contra las gentes del otro mundo? Antes que vos, monsieur Fecaucour intentó realizar la misma empresa y regresó con un brazo dislocado. Monsieur de Urselles pensaba también hacerse el valiente, pero acabó con las botas llenas de heno y al día siguiente se puso bien malo». Finalmente, presentaron tantos ejemplos similares al presidente que sus amigos no quisieron que se expusiera a lo que ese espíritu podría hacer para defenderse. Formaron solos la comitiva. Subieron los dos a aquella grande y vasta habitación en donde se escuchaban los ruidos. Con la pistola en una mano y una vela en otra, no veían al principio más que una espesa humareda reavivada por las llamas, elevándose a rachas. Esperaron un poco a que aclarase. El espíritu se hizo visible justo en medio. Era un Pantaleón negro, que daba brincos, y que otra mezcla de llamas y de humo eliminó de nuevo de su vista57. Tenía cuernos y una larga cola. En definitiva, era un tipo que daba pavor. Uno de los dos gentilhombres sintió disminuir un poco su valentía al verlo.

—Hay algo de sobrenatural –dijo al otro–, vámonos.

Pero el otro, más valiente, no reculó.

—No, no –respondió–, este humo apesta a pólvora de cañón, no es nada extraordinario. El espíritu mismo no conoce su oficio más que a medias, pues no ha soplado nuestras velas.

Al decir estas cosas persiguió al espectro, le buscó para darle un fogonazo, tiró y no falló. Pero, bien sorprendido quedó cuando, en lugar de caerse, este fantasma se volvió y se plantó delante de él. Es entonces cuando comenzó él también a asustarse un poco. Se tranquilizó, convencido de que no podía ser un espíritu, y viendo que el espectro no se atrevía a esperarlo y evitaba que lo atraparan, decidió perseguirlo para ver si era palpable o si se fundía entre sus manos. El espíritu, muy apresurado, salió del cuarto y bajó por una pequeña escalera que había cerca de una torre. El gentilhombre bajó tras él, sin perderlo de vista, cruzó patios y jardines y dio tantas vueltas como el espectro. Siguió al fantasma hasta una granja que halló abierta, y este, entrando en ella, se quedó encerrado. Prefería desaparecer antes que dejarse atrapar. Se fundió contra el muro donde el gentilhombre pensaba arrestarlo, dejándolo bien confuso. Al verlo fundirse así, llamó a gente y pidió que le llevaran algo con lo que hundir la pared en la que el espectro parecía haberse esfumado. Descubrió que era una trampilla que se cerraba con cerrojo una vez que se había atravesado. Bajó dentro y encontró allí al Pantaleón y un buen colchón que le evitaba hacerse daño y lo recibía dulcemente cuando caía de cabeza. Lo hizo salir de allí. El personaje, que dio su último suspiro tras recibir el disparo, era una piel de búfalo sobrepuesta al cuerpo. El galán confesó todos sus tejemanejes y se mostró dispuesto a pagar a su amo las rentas de cinco años argumentando que la tierra se había arrendado antes de las apariciones. La falsa Clélie, p. 253 y ss.

d Aristóteles dice que los que miran de reojo y continuamente los rayos del sol creen ver primero las cosas que se les presentan de forma clara, después rojas y después violetas, negras y oscuras. Le Loyer, p. 88.

Pomponacio escribe que quienes tiene una vista muy sutil y viva ven en el sol y en la luna imágenes de su interior.

Cardano dice (lib. II, Contradicentium medicorum) que en la ciudad de Milán se creyó ver en las nubes un ángel y que, como todo el mundo parecía extrañarse mucho, un jurisconsulto hizo certificar que ese espectro no era más que la representación, en dichas nubes, de un ángel que estaba en lo alto del campanario de San Gotardo58.
Algunos creen que todas las figuras que vemos en las nubes no son sino la imagen de aquí abajo y, por dicha razón, aseguran que las almas que se han visto a menudo en el aire son las filas de los ejércitos que están en algún lugar de la tierra. Gaffarel, p. 520.

Si Aristóteles no nos hubiera mostrado que la imagen que seguía en el aire inseparablemente a un hombre del que no se podía librar era natural, ¿no habríamos dicho que era un espíritu de los que llaman familiares, o algún demonio que había tomado la forma de ese hombre? Y, aun así, solo era por efecto de su débil vista, que no podía penetrar el aire, y entonces sus rayos reverberaban como en un espejo, en el cual se veía, pues tenía los ojos abiertos. Id., p. 377. Del Río, p. 274.

e Los epicúreos dicen que es el propio aire el que genera voces como del mar, el flujo y el reflujo. Le Loyer, p. 19.

f Monsieur Duchesne, señor de la Violette, hábil cirujano, informó de que había visto (Hermeti Medicin., cap. 23) a un polaco muy hábil, médico de Cracovia, que conservaba en unos frascos la ceniza de casi todas las plantas que conocía, de modo que, cuando alguien, por curiosidad, quería ver una rosa en esos frascos, cogía el que contenía las cenizas del rosal y la ponía al lado de una vela encendida. Cuando se había calentado un poco, empezaba a remover la ceniza, que subía y se esparcía dentro del frasco. Entonces, se veía como una nube oscura que, dividiéndose en varias partes, finalmente venía a representar una rosa tan bella, tan fresca y perfecta que hasta parecía poder tocarse y olerse, como si saliera del rosal.
Secreto del cual sabemos que, aunque el cuerpo muera,
las cenizas son, sin embargo, de las formas su vivienda.

De aquí se puede extraer la siguiente conclusión: que las sombras de los fallecidos que a menudo se ven aparecer en los cementerios son naturales, pues son las formas de los cuerpos enterrados en estos lugares, o su figura exterior, pero no el alma, ni fantasmas creados por demonios, como muchos han afirmado... Estas sombras o figuras de cuerpos son agitadas y elevadas bien por el calor interno del cuerpo o de la tierra, o bien por el calor externo, del sol o de los muchos que aún están vivos (como después de una batalla), o por el ruido o el calor del cañón que calienta el aire. Gaffarel, pp. 10 y 12.

Se cree que, después de haber reducido a cenizas un gorrión y habiéndole lanzado sal, etc., se puso en movimiento y se colocó de tal manera que representaba el propio gorrión. Los miembros de la Real Academia Inglesa esperan conseguir trasponer esta experiencia con humanos. Disertación sobre la aventura acontecida a san Mauro, p. 51.

p. 76Además, puedo aseguraros, hermano, que hay una infinidad de apariciones que no son más que el producto de una imaginación deteriorada, bien por las enfermedades o bien por una conciencia criminal e inquieta, o por miedos, o por melancolía negra59, o por algún exceso de vino y otros vicios, o por alguna distorsión del cerebro. Seguro que habéis leído algunos ejemplosg. Hay más personas de las que creéis que tienen estos defectos. Por ello, los sabios, los que no están en disposición de dejarse gobernar por la imaginación, están convencidos de que hay muchas apariciones en las que no deben creer. La educación sigue contribuyendo mucho a hacer que uno se imagine espectros y fantasmas. Las nodrizas, las abuelas y las criadas hablan de ellos a menudo a los niñosh para asustarlos, para hacerles callar cuando lloran, o para hacerles retomar sus deberes cuando se alejan de ellos. Estas primeras impresiones los dejan en la mejor disposición para seguir aceptándolas, aunque luego nunca las encuentren a lo largo de su vida. Y cuando se sabe que un hombre es muy ingenuo con estos temas, no es difícil encontrar en su camino gente que intenta aprovecharse de dicha ingenuidad si creen que pueden sacar beneficio. Incluso aunque no haya ventajas que motiven este interés, hay quienes se divierten asustando con supuestos espíritus. Conozco varios ejemplos de nuestro tiempo e incluso en la Antigüedad sucedió que varios jóvenes se propusieron asustar a un célebre filósofo mediante una falsa aparición; pero su artificio no les dio el gusto que esperaban, pues despreció toda esta pantomima y no se separó de la lectura mientras se esforzaban en perturbarloi. No habría tantas historias de espectros si imitásemos su conducta. Pero ¿cómo no nos van a perturbar las cosas sorprendentes e incomprensibles si nos asustamos de los espectros, aunque sepamos que solo parecen ser ciertos y que, en realidad, no existen? Dión nos ofrece una buena prueba en el relato que hace de un festín que podríamos llamar horripilante, que Domiciano* ofreciój a los senadores y caballeros romanos. No os referiré la historia, ya que bien podéis informaros por vos mismo leyendo a este historiador si tenéis curiosidad por conocerla.

Noncredo guardó entonces un tiempo de silencio para esperar alguna respuesta de monsieur Oufle. Pero falló en sus expectativas, pues el supuesto oyente había dormido durante todo el tiempo en que había hablado su hermano. Se despertó al fin sobresaltado y, cuando Noncredo le reprochó que se había quedado dormido, el hombre le dijo tranquilamente: «No tenéis por qué quejaros, hermano mío, pues os he seguido fielmente la conversación. Como os prometí, estamos contentos el uno con el otro: vos debéis estarlo conmigo, pues no os he interrumpido ni un instante, y yo lo estoy con vos, pues me habéis hecho dormir tan profunda y agradablemente con vuestro discurso que aún seguiría dormido si hubierais seguido hablando». El pobre Noncredo se quedó mortificado ante esta broma inesperada que, además de no esperársela, no le dejaba ninguna duda de que todo lo que acababa de decir no había producido en la mente de su hermano el efecto que él perseguía. Salió inmediatamente, pues estaba tan lleno de pesar y de cólera que consideró adecuado no quedarse más tiempo por temor a que la emoción que lo embargaba le hiciese acaso perder el control de sus actos.

g Aristóteles habla de un loco que se pasaba todo el día en el teatro en el que se hacían las representaciones, aunque no hubiera nadie. Y allí daba palmas y se reía, como si hubieran representado una divertidísima comedia. Le Loyer, p. 98.

Pisandro de Rodas, al ver su sombra, pensaba que era su alma que se le había separado. De Lancre, p. 28360.

Suetonio dice (en Otón, cap. 7) que Galba, después de su muerte, persiguió a Otón, su asesino, lo sacó de la cama y lo asustó, causándole mil males. Parece ser que se trataba de la conciencia que lo atormentaba.

En el libro tercero de Bebel, Facetiae, se lee este cuento. Había en Basilea un calderero que, por sus maleficios, fue condenado a la horca. La pena fue ejecutada y, a continuación, lo pusieron en la horca del patíbulo, que no estaba alejada de la ciudad. Algunos días después de la ejecución, un hombre que no sabía nada de todo esto, se apresuró a ir de noche al mercado de la ciudad y, dudando que estuviera abierto mucho tiempo, descansó bajo un árbol cerca de la horca. Tiempo después, otros hombres que pasaban por allí también de camino al mercado, al estar cerca de esta horca, en donde estaba el ahorcado, le preguntaron para burlarse si quería ir con ellos al mercado. El hombre que estaba bajo el árbol, creyendo que le hablaban a él y estando bien conforme de encontrar compañía, dijo a estos caminantes: «Esperadme, voy con vosotros». Ellos, creyendo que era el ahorcado quien hablaba, se quedaron tan asustados que emprendieron la huida con todas sus fuerzas.

El miedo y el pavor privan a un hombre de su juicio, le perturban el cerebro y le llenan la imaginación de toda clase de ideas, de modo que piensa ver y oír cosas que no existen. El mundo encantado, t. IV, p. 13.

Los que han bebido demasiado vino se imaginan ver las montañas andar, los árboles chocarse unos contra otros, el cielo moverse y que hay, como dice Juvenal, dos velas encendidas sobre la mesa, aunque no haya más que una. «Et geminis exsurgit mensa lucernis» [Y la mesa se levanta hasta ella con velas dobles]61.

En la ciudad de Agrigento en Sicilia se vio una mansión llamada Galera, según Timeo y Ateneo (lib. II, El banquete de los eruditos) porque unos jóvenes borrachos que estaban en esta casa, imaginando que estaban en una galera agitada por la tempestad, lanzaron los muebles por la ventana para apaciguarla62.

El barón de Herbestein, embajador del emperador Carlos V, dirigiéndose a Basilio, Gran Duque de Moscovia, cuenta que en el río que pasa por Novigrado se escucha a veces una voz que suscita furores horribles en la mente de los lugareños. Le Loyer, p. 332.

En tiempos de Lisímaco, sucesor de Alejandro, todos los abderitanos, hombres, mujeres y niños, cayeron en un frenesí tal que no hacían más que cantar los versos trágicos de Eurípides. Y esto se debió a la representación de Andrómeda, que fue perfectamente ejecutada por un famoso actor llamado Arquelao durante los calores más extremos del verano. Id., p. 93.

Thierry, rey de los godos, creyó ver en la cabeza de un pez el rostro horrible de Simaco, romano al que había matado, frunciendo el ceño, mordiéndose los labios de rabia y mirándolo de reojo. Id., p. 116.

Se puede leer en Paul Joue, en sus Epístolas Italianas a Jerónimo Angleria, que Pico de la Mirandola creía que unas brujas habían entrado en su cuarto por el hueco de la cerradura para succionar bajo sus dedos la sangre de su hija, que estaba enferma.
Se puede leer en Rodrigo Sanzio (Historia Hispania, parte 4) que Pedro de Castilla, cruel tirano, se imaginaba que el cinturón que Blanca, su esposa, le había regalado, se convertía en serpiente.

Trasilo creía que los navíos que abordaban en el puerto del Pireo en Atenas le pertenecían. Le curaron su locura, aunque se enfadó mucho por ello. Le Loyer, p. 116. Galeno cuenta en De Symptomatum differentiis la historia de Teófilo, un médico de su época que, preso de la fiebre y la enfermedad, aunque conocía a todo el mundo, entró en tal delirio que creía firmemente que unos flautistas y cornetistas se habían instalado en su habitación, al lado de su cama, y que tocaban continuamente a su lado, unos sentados y otros de pie. Gritaba tanto que se pusieron a buscarlos.

h Acco y Alphito, mujeres monstruosas, mediante las cuales las nodrizas impiden a sus pequeños gritar o salir. Le Loyer, p. 31.

Las nodrizas, para asustar a los niños, les hablan de Acco, Alphito y Mormo. Creo que esos nombres provienen de algunos personajes de tragedias o comedias que eran horribles de ver. Del Río, p. 290.

Mormo o Babué (del cual proviene la palabra marmot) era un asustador de niños mencionado por Teócrito63.

i Los jóvenes de Abdera, sabiendo que Demócrito se había encerrado en un sepulcro alejado de la ciudad para dedicarse a la filosofía, se disfrazaron de espíritus y demonios con vestidos negros y máscaras horribles que parecían de muerto. Lo rodearon y bailaron a su alrededor. La constancia de este filósofo fue tal, dice Luciano, que no separó la mirada de su libro.

j Dión cuenta esta historia en la vida del emperador Domiciano. Tras la victoria de los valacos, que son los antiguos getas, Domiciano, entre los testimonios de felicidad por la victoria, ofreció festines a toda clase de gentes, tanto nobles como plebeyos y, sobre todo, a los senadores y caballeros romanos, a quienes agasajó del siguiente modo. Hizo construir adrede rápidamente una casa pintada de negro por fuera y por dentro: el suelo, el baño, las paredes, los tejados, el piso y el revestimiento de madera. En la sala del festín había varias sillas vacías. Los hizo entrar a todos en esa estancia, sin permitir que les acompañara ninguno de sus sirvientes. Cuando llegaron, los hizo sentarse y puso al lado de cada uno una columna cuadrada colocada en forma de tumba sobre la cual estaba escrito su nombre. En lo alto de la columna había una lámpara colgada, como en los sepulcros. Después vinieron unos pajes desnudos, teñidos de negro y manchados de tinta parecidos a los manes y a los ídolos, que dieron varios saltos alrededor de los senadores y caballeros. Esto les causó un enorme pavor. Tras el salto, se quedaron sentados a sus pies mientras hacían todas las cosas que se requieren en las exequias de los muertos. A continuación, llevaron en platos negros la comida y los postres que presentaron ante los convidados. Todos creyeron que les iban a cortar el cuello. Hubo, sin embargo, un profundo silencio y Domiciano, para entretenerlos, no les hablaba más que de asesinatos, de carnicerías y de muertos. Al finalizar el festín, hizo que unos desconocidos los llevaran a sus casas y, en cuanto llegaron, fueron convocados por el emperador (nuevo sobresalto), pero era para darles una columna de plata o una vajilla del banquete que se había servido ante ellos y, a cada uno, uno de esos pajes que había hecho de diablo, pero bien lavado y vestido.

i El término original lutin se refiere a una criatura del folclore francés que designa a un pequeño ser con poderes sobrenaturalbles, a menudo malicioso, pero también benéfico, que puede traducirse al castellano como ‘trasgo’. Aparecen en numerosos cuentos y leyendas caracterizados por sus travesuras. Tienen forma humanoide y actúan principalmente de noche. En la creencia popular asustan a los niños o personas débiles provocándoles visiones y realizando acciones inexplicables. A estas se les llama lutineries, es decir, ‘diabluras’, y entre ellas pueden contarse hacer ruidos, tirar del pelo, correr las cortinas, levantar las sábanas, etc.

ii Corregimos la errata de Bordelon, que escribe Domiciliano en vez de Domiciano.

56 El branle es un baile popular que se practicaba en Italia, Francia y Escocia. Existían variantes regionales y diferentes tipos de compases.

57 Pantaleón es un personaje típico de la commedia dell’arte italiana que encarna a un mercader veneciano venido a menos. Se caracteriza por sus largos calzones y gorro de lana, chaleco, pantuflas y calzas rojas. Al principio se le representaba con un largo gabán rojo, pero este se tiñó de negro, posiblemente con la decadencia de la nobleza veneciana. Oculto tras su máscara, Pantaleón es viejo, avaro y gruñón. A menudo es engañado por Arlequín, su taimado criado.

58 Llama la atención el contenido de esta anécdota teniendo en cuenta que la fuente, Contradicentium medicorum, es un tratado de medicina de 1536.

59 El término melancolía negra fusiona dos rasgos de la teoría de los humores: la melancolía y la bilis negra. El humorismo o teoría humoral es un sistema de medicina que se remonta a la Antigüedad clásica y revitalizado en el Renacimiento que estudiaba el funcionamiento del cuerpo según la presencia e interacción de cuatro sustancias o humores fundamentales, las cuales determinaban no solo el temperamento de la persona o las estaciones del año, sino también, cuando los humores se desequilibraban, el advenimiento de enfermedades. Estos cuatro humores eran: la flema, la sangre, la bilis negra y la bilis amarilla. Sobre esta teoría volverá más adelante Bordelon.

60 Pisando de Rodas era un poeta griego del siglo vii a. C. conocido, sobre todo, por una versión de los doce trabajos de Hércules, titulada Heráclida.

61 Citamos la traducción al español de la Sátira VI de Juvenal de Bartolomé Segura Ramos. También se ha corregido una errata en el original: exsurgit] exurgit.

62 El original solo indica Deipn. a la hora de citar la obra. Se trata de Les Deipnosophistes (Δειπνοσοφισταί en griego), obra conocida en español como El banquete de los eruditos o El banquete de los sabios de Ateneo de Náucratis. El texto se construye como un relato del autor a Timócrates, y no a Timeo como escribe Bordelon.

63 La palabra marmot, que hoy en día se usa de manera coloquial para referirse a un niño, tenía varias definiciones en la época de Bordelon, como precisa el diccionario de la Académie Française: ‘especie de mono con barba y cola larga’, ‘pequeña figura grotesca de piedra y madera’ o, en sentido figurado y de manera peyorativa, ‘un niño pequeño’. Mormo era un demonio femenino que se menciaba para amedrentar a los niños de la misma manera que se evoca al Coco en la Península Ibérica. La obra del poeta griego Teócrito referida es Idilios.