Capítulo XVI En el que se habla de las personas débiles, ignorantes y demasiado crédulas, esclavas de la imaginación, y se muestra lo fácil que es engañarlas
Antes de pasar a otro asunto y de seguir contando lo que le ocurrió después a monsieur Oufle a propósito de los espectros, fantasmas, aparecidos y todo lo que pareciera ser una aparición, destinaré este capítulo a hablar, aunque de forma sucinta, de aquellos que, como él, tienen la mente débil o ignorante, o esclava de la imaginación, o son muy ingenuos, y haré ver al mismo tiempo con qué facilidad caen en las trampas que se les tienden cuando se les trata de engañar. Puede que los lectores que se vean aquí reflejados tengan más cuidado y estén más atentos a las estratagemas que se organizan para sorprenderlos.
Una mente débil es, por lo general, temerosa y miedosa. Con poca violencia que se emplee, sucumbe. Con poca insistencia que se tenga, se la conduce adonde uno quiere. No consigue resistir porque le falta fuerza para resistir. Por ello, las primeras impresiones se le quedan tan fijas y le dan tal convencimiento que, como no tiene suficiente fuerza para borrarlas y recibir las segundas, no puede creer nada más que lo que creyó en primer lugar. Una vez vencida, no cambia, permanece vencida para siempre. También hemos visto, y veremos mejor a continuación, que monsieur Oufle creyó a pie juntillas, en sus primeras lecturas, todo lo que dicen los libros para autorizar las supersticiones, por lo que era imposible hacerle cambiar de idea. No tenía, ni siquiera, la disposición para escuchar a quienes se proponían hacerle cambiar de opinión. Vemos todos los días ejemplos similares de este comportamiento. Así pues, estamos continuamente asediados y vencidos por muchas historias falsas, opiniones ridículas y confusiones populares extendidas por el mundo porque esas historias, esas opiniones y esas confusiones se asientan primero en un gran número de mentes débiles que, por una especie de contagio, se las han transmitido unas a otras, de modo que, teniendo en cuenta la fuerza y la extensión de su convencimiento, así como la debilidad y gran número de personas que las reciben, la verdad apenas encuentra lugar para revelarse*. Nada escasea más que una mente fuerte y que un juicio lo suficientemente firme como para no dejarse llevar por la multitud y para no quebrarse ante las opiniones, las ideas, la osadía y la petulancia de aquellos que propagan mentiras. Es necesario, para tener esta firmeza, poseer suficiente agudeza para distinguir perfectamente lo falso de lo verdadero y suficiente constancia para defender, sin rendirse, lo verdadero frente a lo falso. Esto no se da en las mentes débiles y, por este motivo, no se debe tener en cuenta lo que piensan, juzgan o deciden. Es bueno intentar, siempre, cuando nos relacionemos con alguien, descubrir su personalidad y, si reconocemos en él este defecto que he descrito, no admitir lo que dice salvo si tenemos evidencias que demuestren que sería lógico hacerlo. Es una precaución sensata para no arriesgarnos a poner en peligro los intereses de la verdad, peligro que correríamos si otorgásemos fácilmente credibilidad a lo que estas mentes débiles nos dicen. Para conocer bien lo verdadero hace falta más conocimientos que los que estos individuos han adquirido y más atención de la que ellos son capaces de poner.
p. 78Las mentes ignorantes tienen una gran predisposición a recibir los errores y comunicárselos a los demás. No hay más que adelantarse a ellos y hablarles con firmeza, decirles grandes términos que no entienden en absoluto y suscitar así su admiración, hablarles mucho y largo tiempo. Entonces se quedan tan aturdidos por estas palabras que apenas son capaces de pensar lo contrario. Sus conocimientos son tan limitados que, al no tener nada que responder para contestar a lo que se les sugiere, agachan la cabeza por cualquier cosa que se les diga, por extravagante que sea, y hasta se vanaglorian de ello, pues se jactan de no admitir nada sin conocimiento de causa. Este conocimiento no es, sin embargo, nada más que el ruido que resuena en sus orejas y la molestia que se toman al escucharlo. ¿No vemos todos los días tanto a mujeres como a hombres (pues, seamos justos, hay también muchos ignorantes entre estos últimos), acaso no vemos, decía, todos los días, a hombres y a mujeres que no están nunca más convencidos por las palabras de un predicador que cuando las pronuncia con vehemencia, cuando las dice bien alto, cuando ha hecho un gran ruido, cuando se desgarra la sobrepelliz64, cuando da con las manos grandes golpes en la silla y cuando muestra un rostro encendido de cólera y cubierto de furor? «¡Ah, bien debe predicar este hombre!», exclaman los ignorantes. «Pero ¡si no ha hecho más que ruido!», dicen los sabios, «¡Si solo ha hablado muy alto!».
¡Qué difícil es hacer conocer la verdad a quienes caen presos del delirio, a menos que hayan sido antes bien advertidos a su favor! Si se separan de ella, resultan inútiles los prudentes razonamientos para hacer que la reconozcan y la sigan. No quieren nunca tomar por verdadero más que lo que asumen en las primeras impresiones. Nuestro monsieur Oufle comenzó a dar credibilidad a muchas fábulas que asumió como historias muy verdaderas. Está convencido de esas fábulas. No creerá nada de lo que se diga para mostrarle su error. Ha tomado una decisión y su desatino tiene más fuerza para mantenerse que la razón para hacer que la abandone. La imaginación siempre es obstinada, no se gana nada con ella, salvo si se la alaba y no se la contradice.
A quienes son demasiado ingenuos no me queda gran cosa que decirles tras haber hablado, como acabo de hacer, de las mentes débiles, ignorantes y esclavas de la imaginación. Son, como estas, dados a equivocarse, propicios a ser engañados y capaces de engañar a los demás en lo que atañe a sus sentimientos.
Digamos, entonces, en vista de tanta debilidad, ignorancia, fantasía y tendencia a la ingenuidad observables en infinitas mentes, que no es de extrañar ver que tantas falsedades penetran en el mundo y que tantas personas las reciben como verdaderas y se declaran tan amablemente a su favor. Pues, si existen muchas personas dispuestas a dejarse engañar, no hay ciertamente menos dispuestas a engañarlas. Estas no tienen más que proponérselo. No les faltarán medios. Con un poco de imaginación, con poco que sepan usar hábilmente algunos elementos naturales cuyas propiedades son desconocidas a los bobos, conseguirán fácilmente su objetivo. Harán aparecer prodigios sin que haya en ello nada de prodigioso. Causarán miedo y admiración sin que haya nada de temible ni admirable en lo que hagan. Pero, por suerte para ellos, las personas a quienes se dirigen se asustan con facilidad y se asombran enseguida sin saber por qué. Con un imán, por ejemplo, con otras piedras, con azúcar, cobre, plata viva o con otras cosas así de naturales, debidamente utilizadasa, se pueden hacer muchos prodigios que pasarán entre los bobos como sortilegios y encantamientos67. ¡Cuántos milagros a ojos de los ignorantes no oculta el zurrón de un jugador de gobeletes!
a Hay embaucadores del pueblo que, abusando de la credulidad y la simplicidad de las buenas personas, consiguen gran fama haciendo unos artificios que parecen tener algo de sobrenatural. Cuando pasaba por La Isla en Flandes uno de mis amigos me invitó a acompañarlo a casa de una vieja que tomaban por gran adivina, y cuyo engaño descubrí65. Esta vieja nos condujo hacia un pequeño gabinete oscuro, únicamente iluminado por una lámpara, bajo cuya luz se veía, sobre una mesa cubierta con una servilleta, una especie de pequeña estatua o muñeca sentada sobre un trípode que tenía el brazo izquierdo extendido y, en la misma mano izquierda, sostenía un pequeño cordelillo de seda bien fino, de la punta del cual pendía una pequeña cuerda de seda muy menuda, al final de la cual colgaba una pequeña mosca de hierro muy pulida y encima había un jarrón de helechos, de modo que la mosca colgaba dentro del jarrón a una altura de dos dedos. Y el misterio de la vieja consistía en pedir a la mandrágora que golpease la mosca contra el jarrón para dar prueba de lo que se quería saber66. La vieja decía, por ejemplo, «Yo te ordeno, mandrágora, en el nombre de aquel a quien debes obedecer que, si el señor tal va a ser feliz en el viaje que va a hacer, debes golpear la mosca tres veces contra el jarrón». Y, mientras decía estas últimas palabras, acercaba la mano a pequeña distancia, empuñando un pequeño bastón que tenía cogido con la mano, levantada más o menos a la altura de la mosca suspendida, que no dejó de dar los tres golpes contra el cristal, aunque la vieja no la tocara en absoluto, ni la estatua, ni el cordel, ni la mosca. Esto sorprendía a quienes no conocían la trampa que esta mujer usaba y, con el fin de engañar a la gente por la diversidad de sus oráculos, impedía que la mandrágora hiciera chocar la mosca contra el jarrón si tal o cual cosa debía o no pasar. En esto consistía el artificio de la vieja. La mosca de hierro, que estaba suspendida en el cristal al final del cordelillo de seda, era bien ligera e imantada, cuando la vieja quería que golpease contra el jarrón, al ser muy ligera y bien imantada, ponía en uno de sus dedos una anilla en la que había enganchado un buen trozo de excelente imán, de manera que la virtud magnética de la piedra ponía en movimiento la mosca imantada y le hacía dar los golpes que quería contra el jarrón. Y cuando quería que la mosca no lo golpeara, se quitaba del dedo la anilla sin que nadie se apercibiera. Quienes tenían trato con ella y entraban en estas prácticas tenían cuidado de informarse debidamente sobre los asuntos de aquellos a los que llevaban allí y así eran fácilmente engañados. El sólido tesoro de Petit Albert, p. 75 y ss.
Si sostenéis una piedra magnética, bien firme, bajo una mesa, haréis desplazar la aguja de una brújula colocada debajo como queráis, lo cual será considerado extraño por algunos. M. L. V., t. I., p. 322.
Un cupido de hierro en el templo de Diana en Éfeso estaba suspendido en el aire sin ningún apoyo. Le Loyer, p. 61.
Cardano habla (lib. VII, De la sutileza) sobre una piedra que tenía Alberto el Grande marcada naturalmente con una serpiente con la admirable propiedad de que, si se colocaba en un lugar donde merodeaban otras serpientes, las atraía a todas.
Si le ponemos azúcar, aunque sea poca, la mantequilla no se puede coagular. Bodin, p. 122.
Un poco de cobre lanzado a una hornilla de hierro impide que la mina de hierro pueda fundirse y la hace reducirse completamente a cenizas. Id., ibid.
Para hacer saltar un pollo o alguna otra cosa en un plato, hay que mezclar plata viva con polvo calamita, meterlo después en un frasco de cristal bien cerrado y envuelto en algo caliente o en el cuerpo de un capón. Al calentar la plata viva, esta lo hará saltar. Los admirables secretos de Alberto el Grande, p. 150.
Si se quiere ver el nombre de uno impreso o escrito en huesos de melocotón o en las semillas de un melocotonero o de un almendro, hay que coger un hueso de un buen melocotón, ponerlo en tierra en época de siembra y dejarlo durante seis o siete días hasta que esté medio abierto. A continuación, hay que sacarlo con cuidado, sin derramar nada, y escribir en el hueso con cinabrio lo que se quiera y cuando esté seco, ponerlo de nuevo en la tierra tras haberlo cerrado bien y atado con una red fina sin hacer otra cosa para que crezca. El fruto que dé llevará el mismo nombre que se escribió en el hueso. Se puede conseguir lo mismo con una almendra. Id., p. 172.
p. 79¿No se juzgó a Brioché como mago y se le castigó con el más alto suplicio por un pueblo que no podía comprender que los movimientos de sus marionetas eran naturales68? ¡Cuántos capitanes han animado a sus soldados a luchar por aparentes prodigios que ellos mismos orquestaronb! Se ha visto a los llamados ventrílocuos, que no sé cómo hacen para hablar con el vientre, causar terror a personas que creen haber oído una vozc salida del cielo o del infierno y, así, obtienen enseguida lo que quieren. Hay quienes han hecho negocios imitando el sonido de las cerbatanasd. Podría dar gran detalle si quisiera contar todas las clases de engaños que han servido para engañar a los bobos e ignorantes. Algunos asustan al público con cabezas que parecen hablar y responder a las cuestiones que se les presentane. Otros adiestran a pájaros en jaulas y los anuncian por todas partes como adivinos, tras dejarlos en libertadf. Un señor sedujo y poseyó a una joven bajo una apariencia engañosah. Otro hizo desaparecer la joroba de un hombre moviendo la mano y eso fue porque era una joroba artificial que él mismo había preparadoh. ¿Cuántas máquinas sorprendentesi no habremos visto que parecen ser producto de la magia a quienes no tienen suficiente habilidad para descubrir el artificio! ¡Cuántos animales han pasado por mágicos solo porque habían sido muy bien adiestradosj! ¡Y cuántas personas por ser extremadamente ligeras y ágiles han tenido la misma reputaciónk que estos animales que demostraban tantos saberes! También se ha hablado de un príncipe que imaginó la aparición de una diosa para tener un pretexto con el que pedir a las mujeres sus anillos y joyas, y quedarse con ellosl.
Resulta de todo esto que los individuos idiotas, simples, débiles, ignorantes, esclavos de la fantasía y demasiado crédulos son muy frecuentemente engañados por otras personas sutiles, acertadas, avispadas, artificiosas, hábiles o hipócritas.
Acabaría de buen grado aquí este capítulo si la palabra hipócrita no me llevara a hacer una pequeña aclaración. No puedo evitar decir lo que pienso sobre los hipócritas y lo que la experiencia me ha enseñado de ellos. Sí, lo digo, lo aseguro, lo declaro: los hipócritas tienen más habilidad para inventar estratagemas y utilizarlas bien que otros ladinos que, aun siendo más astutos, no recurren a la hipocresía. Un famoso devoto que tuvo el acierto de convencer a los feligreses de todo lo que decía consiguió más en un día que los más taimados que no utilizaban la falsa devoción en un año. Un hipócrita apreciado, escuchado y dominante maneja como quiere a quienes lo estiman, lo escuchan y se someten a su imperio. Les hace creer todo lo que quiere. Si resisten, no tiene más que recurrir a revelaciones o apariciones. Las buenas mujeres (y los buenos hombres también, pues hay demasiados a los que podemos llamar buenos en comparación con los malos en los que confían ciegamente) se tragan sin pensar todo lo que estos embaucadores les dicen porque las seducen con remilgos piadosos y les es imposible penetrar en su interior para saber bien lo canallas que son. He visto muchos ejemplos de esto que digo y siento tanta indignación contra estos ladinos que se sirven de virtudes aparentes para cometer mejor unos crímenes reales que haría un libro entero de este único capítulo y contaría todo lo que se me ocurre sobre el asunto. Pero como reconozco fielmente que la historia que estoy escribiendo no trata de las astucias de los hipócritas, vuelvo a mi designio principal que me exige que haga aparecer de nuevo a monsieur Oufle en escena.
b Héctor Boecio cuenta en sus Anales de Escocia que un rey escocés, al ver que sus tropas no querían combatir contra los pictos, sobornó a personas disfrazadas de conchas brillantes para que sostuvieran en la mano bastones de madera podrida, tan brillantes que invitaran al combate como si fueran ángeles. Tuvo el éxito que se proponía.
Aristómenes, capitán de los mesenios, advertido de que los lacedemonios, sus enemigos, celebraban la fiesta de Cástor y Pólux fuera de la ciudad de Esparta, tomó con uno de los suyos los hábitos de estos dioses gemelos, montaron cada uno en un caballo blanco y se presentaron a los lacedemonios. Los invitaron a beber, los emborracharon, después desplegaron sus tropas y los vencieron. Polieno, lib. II, Stratagemat.
Según Dión Casio, lib. XXV, Historia romana, en tiempos de la guerra civil entre César y Pompeyo, un capitán del bando de Pompeyo llamado Octavio asedió Salona, en Dalmacia, por mar y por tierra. En esta ciudad se hallaba Gabinio, del bando de César, que se había encerrado en ella para resistir. Los habitantes, hartos del asedio, hicieron un complot con las mujeres de la ciudad consistente en salir por la noche contra los enemigos. Los hombres estaban bien armados y las mujeres, rapadas, llevaban largas capas negras que las cubrían de la cabeza a los pies. Portaban también antorchas encendidas en la mano de modo que, con tales aparejos, estaban tan horribles que parecían furias. Los enemigos creían que eran diablos y tuvieron tanto miedo que huyeron y fueron derrotados.
El capitán Pericles, resistiendo en la batalla, para tranquilizar a los suyos, hizo entrar a un hombre en un bosque consagrado a Plutón. Este hombre, dice Frontino (lib. I, Stratagemat., cap. 2), era alto, calzaba grandes y largos borceguíes y portaba peluca larga. Iba vestido de púrpura, sentado en un carro tirado por cuatro caballos blancos. Llamó a Pericles por su nombre y le ordenó ponerse en combate, asegurándole que los dioses darían la victoria a los atenienses. Esta voz fue oída por los enemigos como si viniera de Plutón y tuvieron tal miedo que huyeron sin combatir69.
Epaminondas, capitán de los tebanos, entró al templo de la ciudad de Tebas, cambió el escudo que estaba a los pies de su ídolo y se lo puso en la mano, como si Palas quisiera combatir, lo cual los animó tanto que vencieron. Le Loyer, p. 74.
c Un mercader de Lyon estaba un día en el campo con un sirviente y escuchó una voz que le ordenaba, de parte de Dios, dar una parte de sus bienes a los pobres y recompensar a su servidor. Era el sirviente, que sabía hacer salir de su vientre una voz que parecía venir de muy lejos. Id., 162. A propósito de los ventrílocuos, se hace esta observación. Focio, patriarca de Constantinopla, escribe de este modo a Teodato Espataro Candidato: «Los cristianos y teólogos llamaron a este espíritu maligno que habla desde el vientre de una persona Engastrimythe, ventrílocuo, o el que habla desde el vientre. Varios griegos le llaman euteromante, otros eugastrimante, adivino a través de las tripas». Meditaciones históricas, de Camerario, t. III, lib. II, cap. 2.
d Un lacayo, sirviéndose de una cerbatana, hizo que una viuda en Angers se casara con él, aconsejándoselo de parte de su difunto marido. Le Loyer, p. 164.
El papa llamado Bonifacio VIII hizo perforar la pared que daba a la cama del papa Celestino y le hizo decir, mediante una larga cerbatana, que abandonara el papado si quería salvarse, cosa que hizo Celestino.
e Engaño hecho con una cabeza de san Juan. Algunos impostores habían dispuesto una mesa cuadrada sostenida por cinco columnas, una en cada esquina y otra en el medio. Esta última era un gran tubo de cartón espeso, pintado de madera. La mesa estaba agujereada en el lado contrario a este tubo y una palangana de cobre, también perforada, se había colocado en el agujero de la mesa. En esta palangana había una cabeza de san Juan de cartón, pintada al natural, que estaba hueca y tenía la boca abierta. Había un portavoz que hablaba a través del suelo de la habitación que se hallaba debajo de este cuarto en el que se colocaron todos los aparejos y este portavoz llegaba al cuello de la cabeza de manera que una persona que hablase a través de este portavoz de la habitación de debajo se hacía escuchar perfectamente en la de arriba a través de la boca de san Juan. Así, el pretendido adivino, simulando hacer un rito sobrenatural, para vanagloriarse ante aquellos que venían a consultar a esta cabeza, la conjuraba en nombre de san Juan a responder sobre lo que querían saber y, para salvar las dificultades, hablaba con una voz lo bastante alta para que fuera escuchada en la habitación de abajo por la persona que debía dar la respuesta a través del portavoz, estando más o menos informada de lo que debía decir. El sólido tesoro de Petit Albert, p. 7770.
f Hannon, el cartaginés, y Zafón criaron pájaros en jaula a los que enseñaron a decir que Hannon y Zafón eran dioses, después les dieron la libertad. Loyer, p. 175. Otro pícaro tuvo poco éxito intentando un artificio poco verosímil. Un impostor en Roma, al ver a una multitud reunida en el Campo de Marte, subió a una higuera salvaje, desde la cual los arengó diciendo que el fin del mundo llegaría cuando descendiese del árbol y que, entonces, mutaría en cisne. Al descender, hallándose en medio de este gentío, dejó salir una cigüeña, pero con tan mal tino que su engaño fue descubierto, lo llevaron ante el emperador Antonino Filósofo, que lo perdonó. Julio Capitolino, Vida de Antonino71.
g El orador Esquines, contemporáneo de Demóstenes, escribe (Epístolas 20) que un tal Cimón, de la ciudad de Atenas, raptó a una troyana que, siguiendo la costumbre de su país, había ido en el día de sus nupcias a bañarse al río Escamandro y ofrecerle su virginidad. El rapto sucedió así. Este Cimón se escondió tras un matorral, con la cabeza coronada de juncos, y cuando la muchacha, que se estaba bañando, pronunció estas solemnes palabras: «Recibe, Escamandro, mi virginidad», saltó del junco y dijo a la muchacha, que se llamaba Calirea, que él era Escamandro y la poseyó. Después, esta muchacha, que había creído de verdad que era el dios del río, al verlo un día por casualidad en la calle, se lo señaló a su nodriza diciendo: «Mira Escamandro, a quien he dado mi virginidad». La nodriza, al oír tales palabras, se lanzó contra el impostor y este, viendo que no pintaban las cosas bien para él, se fue corriendo.
h Un mago desinfló una joroba al pasarle la mano por encima. La joroba era una vejiga inflada. El mundo encantado, t. IV, p. 76. Apuleyo en su Asno de Oro dice que cree haber matado a tres hombres, pero que eran tres pieles de buey que la maga Pampila había hecho aparecer con rostro de tres hombres.
i Hieron fabricó una casita cuyas puertas podían abrirse encendiendo el fuego y cerrarse al apagarlo. Le Loyer, p. 57.
La estatua de Eslatababa o la vieja de oro, erigida en los confines hiperbóreos de la Tartaria septentrional, de la cual habla el Barón de Herberstein alemán, De rebus moscoviticis, tiene un niño en su seno de un tamaño y gordura enormes. Se ven alrededor de ella varias trompetas y otros instrumentos que se entonan con el viento y hacen un ruido continuo que se escucha de muy lejos.
Se presentó al emperador Carlos V un águila que voló un tiempo en el aire. Le Loyer, p. 58.
La paloma de Arquitas, filósofo pitagórico, volaba como si estuviera viva. Id., p. 56.
Liutprando dice (lib. VI, Rerum in Europ. Gestar.) que, en Constantinopla, junto al palacio imperial, había un puerto llamado Magnauro en el que se veía un salón bello y magnífico y que ahí fue donde el emperador Constantino recibió a Liutprando como embajador del modo siguiente: el emperador estaba sentado en un trono bastante espacioso, al lado del cual había dos leones de bronce. Delante del trono había un árbol también de bronce dorado cuyas ramas estaban cubiertas de pájaros del mismo metal. «Cuando comencé», dijo Liutprando, «a acercarme al trono, los pájaros del árbol cantaron y los leones rugieron. Lo que más me extrañó fue que, postrándome de rodillas y asintiendo para hacer una profunda reverencia al emperador, viera en un momento que no estaba ya donde lo había dejado, y que su trono se había elevado hasta el techo del salón».
La tumba de mármol de Helena, reina de los adiabenites o de Botán, que se veía en Jerusalén, no podía abrirse y cerrarse más que algunos días del año. Si, en otro tiempo, dice Pausanias en In Arcadicis, se intentaba abrir, se la rompería.
Antemio, arquitecto e ingeniero del emperador Justiniano, del cual Agatías hace mención en su Historia, lib. IV., tras perder un juicio contra uno de sus vecinos llamado Zenón, para vengarse de él colocó un día en algunos lugares de su casa varios calderos grandes llenos de agua, que tapó muy bien por encima y con agujeros por los cuales el agua hirviendo debía evaporarse. Puso grandes tubos largos de cuero hervido en el lugar al que estaban cosidos y atados a las tapas y estrechándose poco a poco desde lo alto en forma de trompetas. El más estrecho de estos tubos respondía a las vigas y viguetas del suelo de la habitación en la que estaban los calderos. Puso el fuego debajo y, como el agua de los calderos hierve a borbotones, los vapores espesos y el humo subieron por los tubos y no encontraban salida libre, pues los tubos eran estrechos en el otro extremo, hacían tambalearse las vigas y viguetas, no solo de la habitación sino de toda la casa de Artemio y la de su vecino Zenón, que pensaba que era un temblor de tierra, de modo que la abandonó por miedo a morir en ella.
Un orfebre de París construyó una galera de plata que se movía ella misma sobre una mesa, quedando los forzados dentro. Cuando estaba en la punta de la mesa se giraba del otro lado. Hizo esto cinco o seis veces. Le Loyer, p. 58.
En el bello puerto de Tívoli, cerca de Roma, se veía un gran número de obras hidráulicas que todo el mundo admiraba. Se escuchaban órganos que sonaban por sí solos. Cantaba una infinidad de pájaros artificiales y una lechuza, o bien se mostraba, o bien escondía la cabeza. Cuando la enseñaba, los pájaros se callaban y desaparecían y, cuando ya no aparecía, retomaban sus cantos. Se veía también a Hércules lanzando flechas contra un dragón atado a un árbol mientras silbaba. Una figura humana tocaba la trompeta. Id., p. 59.
Nabis, tirano de Lacedemonia, tenía una máquina sorprendente. Esta máquina era la figura de una mujer ricamente vestida que se movía por sí misma. La había hecho construir a semejanza de su mujer Apega, según Polibio. Cuando necesitó dinero, hizo venir a los más ricos de Esparta a su palacio y les dio varias razones para que se lo dieran; pero, al rehusar ellos hacer lo que les pedía, les dijo: «Parece que yo no llego a haceros ver la necesidad que tengo de vuestro auxilio y que no podré conseguir nada de vosotros, pero espero que no se lo neguéis a una hermosa dama si os lo pide». Entonces fue a por la figura, que estaba sentada en una silla, llamándola su mujer, después la levantó, cogiéndola de la mano, poco a poco la acercó a los que había hecho venir e hizo que la estatua los abrazara, la cual tenía dentro de sus pechos, brazos, codos y manos, puntas de hierro muy bien escondidas. Las puntas aparecieron al abrazar a los hombres y les infligieron tan grandes dolores que se vieron obligados a aceptar lo que el tirano les pedía. Id., p. 58.
La estatua de Memnon que se ve en Egipto saluda todas las mañanas al amanecer con un sonido, dice Pausanias en In Atticis. Calístrato añade que resuena dos veces al día, a saber, al salir el sol, con un sonido muy alegre, y al caer el sol, con un sonido triste. El rey Cambises, que estaba en Egipto, ordenó que esta estatua fuera cortada por la mitad. Sin embargo, no se pudo ver el artificio. Le Loyer dice (p. 57) haber leído en algunos viejos comentarios que antes de ser partida saludó al sol llamándolo rey Sol y que después de ser cortada solo saludaba bajo el nombre de Sol.
j Se consideró hechicero a un elefante que buscaba por orden de su amo una cosa que parecía creer que se la habían robado. Entre una multitud de personas este animal la había encontrado en el bolsillo de quien la tenía. El amo o alguno de los suyos puso furtivamente este objeto en el bolsillo de otro y después, mediante una señal a la que había habituado al elefante, se la hizo descubrir. El mundo encantado, t. IV, p. 79.
Un impostor llamado Alejandro que vivió en tiempos del emperador Adriano se sirvió de una serpiente mansa de Macedonia que decía ser el dios Esculapio y mediante su intervención condujo perfectamente bien sus negocios de modo que, tras su muerte, le ofrecieron sacrificios. Le Loyer, p. 71.
Tito Livio, Valerio Máximo, Plutarco, Apiano y Alejandrino dicen que el capitán Sertorio, al no poder conservar más la obediencia de los lusitanos, se sirvió de una cierva que decía que le había dado Diana y que este animal le revelaba todo.
A media legua de El Cairo, en una aldea grande, había un malabarista que tenía un asno maravillosamente adiestrado. Lo hizo bailar y, a continuación, le dijo que el gran soldán quería hacer un gran edificio y que había decidido emplear todos los burros de El Cairo para transportar la cal, el mortero y la piedra. En ese momento, el asno se dejó caer al suelo, sobre el vientre, agarrotó las piernas y cerró los ojos como si estuviese muerto. El malabarista se apenó de la muerte de su asno y rogó a los asistentes que le dieran dinero para comprar otro. Tras haber recogido algunas monedas, dijo: «¡Oh, no está muerto, sino que lo parece, porque sabe que no tengo medios para alimentarlo!». «Levántate», añadió. Le dieron varios golpes, pero no hizo nada y su amo, al verlo, dijo lo siguiente al grupo: «Hago saber, señores, que el soldán ha anunciado solemnemente que el pueblo debe encontrarse mañana fuera de la ciudad de El Cairo para ver las más bellas maravillas del mundo. Quiere que las más bellas damas y señoritas suban en asnos». Al oír estas palabras, el asno se incorporó, levantando la cabeza y las orejas en señal de alegría. «Aunque, cierto es», dijo el malabarista, «que el capitán de mi cuartel me ha pedido que le preste mi asno para su mujer, que es una vieja mocosa, fea y sin dientes». El asno bajó enseguida las orejas y empezó a desvariar como si estuviera cojo y estropeado. Y el amo le dijo entonces: «¿Con que te gustan las mujeres jóvenes y hermosas?». El asno, inclinando la cabeza, parecía decir que sí. «Pero, prosiguió el acróbata, hay aquí varias mujeres hermosas y jóvenes. Muéstrame la que te guste más». Cuando el burro se mezcló entre la gente escogió entre las mujeres la que era más bella, más aparente y mejor vestida y la tocó con la cabeza. Juan León Africano.
k Un hombre hizo agujerear a espadazos una cesta en la que se había metido y por su agilidad y buen tacto evitó tan bien los golpes que salió ileso. El mundo encantado, t. IV, p. 75.
l Dionisio el viejo, tirano de Sicilia, para sacarles el dinero a los habitantes de Siracusa, les hizo creer, dijo Aristóteles (lib. II, Oeconom. cor), que la diosa Ceres se le había aparecido y le había ordenado decir a las mujeres siracusanas que llevasen a su templo todas sus joyas y todo su oro. Ellas obedecieron y él cogió todo diciendo que era la diosa la que se lo prestaba72.
i Bordelon utiliza el término erreurs, cuya primera definición en la época era ‘opinión falsa’. Se ha traducido por ‘confusiones’ para evitar la repetición en la enumeración.
64 La sobrepelliz es una prenda amplia y larga, de tela blanca y fina con las mangas muy anchas que porta sobre la sotana el sacerdote y, en ocasiones, las personas que lo ayudan en las funciones de la iglesia.
65 La ciudad hoy conocida como Lille, considerada la capital de Flandes, se llamó primero Isle y después L’Isle por sus numerosos canales, sobre los cuales se forjó su riqueza.
66 La mandrágora, planta de gruesas raíces que se cultiva en ambientes sombríos, ha sido utilizada en Europa para fines medicinales y en rituales mágicos debido a la forma humanoide de sus bifurcaciones. Se la menciona en numerosas leyendas medievales y las brujas la utilizaban para sus conjuros y ungüentos.
67 Plata viva era el nombre con el que se denonimaba al mercurio, único metal que permanece líquido a temperatura ambiente, que despertó gran fascinación en la Antigüedad. La palabra mercurio procede del griego hydragyros, que significa plata líquida. En español fue conocido por su nombre árabe, azogue, del cual se creía que era la primera materia que formaba todos los demás metales y una de las pocas sustancias que reaccionaban con el oro, hecho que suscitó el interés de los alquimistas en su búsqueda de la piedra filosofal y la panacea universal.
68 Jean Brioché fue un sacamuelas que, hacia 1650, se hizo famoso por su talento dando vida a las marionetas. En una representación en Soleure, Suiza, el público asistente tomó por verdaderos los personajes de Pantalon, el diablo, Polichinela, el médico, creyéndolos unos trasgos que estaban a las órdenes de Brioché. Por esta razón, el mago fue denunciado, juzgado y sentenciado a la hoguera. Cuando la sentencia iba a ser ejecutada, un capitán de la guardia suiza al servicio del rey de Francia reconoció a Brioché, intercedió por él ante el juez y logró su libertad explicando el mecanismo de las marionetas. La única condición que se le impuso fue no regresar con ellas nunca más a Suiza.
69 No se trata de un error de Bordelon: hay un compendio de estratagemas de Polieno y otro de Frontino.
70 El engaño de la cabeza de san Juan recuerda indefectiblemente a uno de los tres juegos de magia a los que se enfrenta don Quijote justo antes de su derrota: la cabeza parlante que guarda su anfitrión, don Antonio Moreno, en un aposento. En el capítulo 62 de la Segunda Parte se describe el engaño de este busto que promete al caballero el desengaño de Dulcinea. Se trata de una testa como la de los emperadores romanos, que parecía de bronce y estaba colocada sobre una mesa de jaspe en un apartado aposento. Esta cabeza, cuya existencia incluso ha llegado a oídos de la Inquisición en la obra de Cervantes, no es sino un artilugio hueco bajo el cual se esconde, en otro aposento, el llamado respondiente, un sobrino de don Antonio Moreno. Mediante este episodio Cervantes pretende denunciar las falacias de la adivinación y las supersticiones. El truco de la cabeza parlante es de antigüedad remota y puede retrotraerse hasta las esfinges, mujeres y serpientes encantadas, además de vincularse a la magia, al antijudaísmo primario de algunos pueblos y a cierta pedagogía del miedo. El pitagórico Celso denunció (siglo ii) en su libro Contra los magos, hoy perdido, algunas de estas prácticas que, por otra parte, gozaron de gran popularidad en todo el siglo xviii, especialmente en las dos últimas décadas.
71 La obra Vida de Antonino no existe como tal, sino que es una parte de la Historia Augusta, una obra colectiva que narra las vidas de varios emperadores. Julio Capitolino fue el autor de la biografía de Antonino Pío.
72 La obra Económica (en latín, Œconomica; en griego, Οἰκονομικά) es un pseudo-Aristóteles; es decir, una obra que se le atribuye, pero cuyo verdadero autor se desconoce. Se cree que parte de este libro fue escrito por Teofrasto, alumno de Aristóteles.
