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Capítulo XVII Inventos, intrigas y tretas de Rosina y Mornando para divertirse y aprovecharse de la facilidad con que monsieur Oufle creía firmemente todo lo que se le decía sobre espectros, fantasmas, resucitados y, en general, de toda clase de apariciones

Tendrá a bien el lector recordar lo que le dije en el capítulo XII, que Mornando fue testigo de la conversación que tuvo lugar entre monsieur Oufle y su hermano Noncredo sobre los espectros, fantasmas y otras apariciones, y que este hábil lacayo se prometía entonces utilizar lo que acababa de oír. Esto es lo que mostraré a continuación. Las artimañas de Mornando, de las que he prometido hablar, serán el asunto del presente capítulo.

Como no se puede estar más convencido de toda clase de supersticiones de lo que estaba monsieur Oufle, nada era más fácil que hacerle creer algo sobre este tema. Mornando, que era muy taimado, conocía perfectamente la debilidad de su amo y, en cuanto se enteró de su gran disposición al engaño acerca de las apariciones, se imaginó varios tipos de estas: unas, para aprovecharse de él; otras, para divertirse. Empezó diciendo a su amo que había espíritus en su habitación y que hacían unos ruidos y destrozos horripilantes. Añadió, incluso, que había perseguido a uno, espada en mano, hasta el granero y que, cuando estaba preparado para atacarlo, salió por la ventana transformado en pájaro. Dijo que otro le había dado dos buenas bofetadas con una mano tan fría que, durante más de tres horas, pensó tener hielo bajo el rostro. Por descuido rompió una vasija de porcelana muy apreciada por su amo, ya que era perfecta y le había costado muy cara, y le hizo creer que fue uno de esos maliciosos duendes quien había causado tal daño. Cuando un día no se ocupó de un recado que le habían encargado porque se había levantado demasiado tarde, aseguró que no había dormido nada durante la noche, ya que le levantaban continuamente la manta mientras trataba de taparse y, como esta contrariedad duró hasta el amanecer, solo empezó a dormir cuando salió el sol. Como hacía mucho que quería otro cuarto diferente de aquel en el que vivía, alegando unas finuras impropias de su oficio, recurrió a los relatos de estos pretendidos aparecidos y obtuvo así fácilmente el permiso de cambiar de habitación, pues el buen hombre no dudaba en absoluto de estas ridículas y osadas historias. Creía incluso, convenciéndose aún más del engaño, haber escuchado algunos ruidos extraños en el momento en que el astuto lacayo aseguraba que se estaban produciendo. Este tuvo, además, el descaro de decirle que una noche se había despertado sobresaltado por un horrible sueño en el que se imaginaba que había fuego en su casa y que iban a cortarle el cuello. El miedo le causó, durante más de media hora, unas palpitaciones tan violentas que parecía que se le iba a salir el corazón. Entonces, vio en su cuarto muchas figuritas diferentes y extrañas que lo atormentaban* por todas partes. Se resolvió a abrir las ventanas para tomar el aire y, en cuanto estuvieron abiertas, salieron todas estas figuras que parecían pequeños espectros. Los siguió un tiempo con la mirada y finalmente se desvanecieron ante sus ojos. Monsieur Oufle agudizaba el oído para no perder palabra de esta historia, pues hallaba en ella muchos detalles adecuados para sostener sus extravagantes imaginaciones.

p. 81–No te extrañes en absoluto de este prodigio, querido Mornando –le dijo. Estos fantasmas no son más que el producto de las grandes palpitaciones que el temor de tu sueño te ha causado. Han salido de tus pulmones tantas almas como veces has respirado.

Mornando, viéndolo reaccionar justo como esperaba (pues había inventado este cuento adrede para comprobar su convicción, que había constatado en su discurso, de que un hombre produce tantas almas errantes y vagabundas como latidos da su corazón), le respondió que no le cabía ninguna duda, pues añadió:

–Recuerdo ahora que siempre siento el miedo o la dicha que me causan estas palpitaciones cuando estoy encerrado en un lugar estrecho, o cuando veo o escucho algo que no estoy acostumbrado a ver ni oír. Siento incluso unos pequeños cosquilleos por las manos y por la cara. Sin duda, son de esas almas de la que me habláis de donde me vienen esos ruidos y esos movimientos. Pero, señor –añadió con fingida simpleza e ingenuidad–, como estuve mucho tiempo sin abrir las ventanas, puede que aspirase varias de esas almas que produje. Lo que me hace pensar así es que siento dentro de mí ciertas convulsiones, turbaciones y agitaciones que no puedo evitar atribuir a estas almas. Seguro que son ellas las que me perturban. Entonces, debo hacerlas salir, no vaya a ser que, en este estado en que me hallo, tenga fatales consecuencias. ¿Qué me aconsejáis vos que haga, señor, para librarme de estos inoportunos huéspedes?

La cuestión era muy compleja para monsieur Oufle, y estoy seguro de que, para responderla bien, otros más hábiles que él no se habrían preocupado menos. Sin embargo, como no quería quedarse corto sobre un tema que era tan de su gusto, se esforzó por resolverla con honor. Para ello, creyó no poder darle mejor consejo que ordenarle beber mucho vino para caer en un largo y profundo sueño y dejar las ventanas abiertas mientras dormía, asegurándole que sus respiraciones serían vehículo para hacer salir estas «almillas» y así expulsarlas de su cuerpo y de su cuarto. La pregunta y la respuesta concordaban, como bien podemos ver, pues eran tan incorrectas la una como la otra. Al pillo le pareció esta solución de lo más conveniente. Y bien que le convenía, puesto que, para ponerla en práctica, obtuvo de su amo tres botellas del mejor vino de su bodega y en todo el día no hizo sino beber y dormir. Mientras estaba sumergido en el sueño, el buen hombre iba y venía por la habitación por si veía salir algunas de esas pequeñas almas del estómago vinoso de este feliz lacayo. Tomaba por dichas almas todos los átomos que aparecían bajo los rayos del sol y los echaba amablemente con su sombrero.

Confieso sinceramente que no me cuesta poco esfuerzo contar esta extravagancia, pero, como las leyes de la historia exigen que diga de forma sencilla y sin rodeos lo que sé, me parece que no debo callar tales episodios, por ridículos que sean, ya que contribuyen a ilustrar la descripción que di inicialmente de monsieur Oufle, cuando conté que se había entregado tanto a toda clase de visiones y supersticiones que se le podría hacer creer lo que uno quisiera siempre que se acomodase a su loca fantasía. Además, este relato podría resultar útil a quienes se sienten entregados a las supersticiones, haciéndoles huir de ellas al ver, mediante el ejemplo de nuestro desgraciado visionario, a qué locuras se reducen cuando uno se deja llevar por ellas. Algunos pensarán, tal vez, que esta historia solo sirve como entretenimiento. Para erradicar esa impresión, los insto a que simplemente examinen el comportamiento de quienes creen a la ligera todo lo sorprendente y extraordinario que se les dice, quienes admiten neciamente, como si fueran verdades incontestables, tantas historias que se hallan en libros escritos para abusar de la inocencia de los débiles. Presumo que la historia que acabo de contar no les parecerá imposible.

p. 82He aquí entonces a monsieur Oufle totalmente convencido de que Mornando no duda de que haya espíritus, y de que incluso Mornando lo cree así puesto que asegura que estos espíritus lo atormentan de muy diferentes maneras. El lacayo no tiene ahora más que contar con la ingenuidad de su amo para engañarlo y divertirse a su costa. No nos faltarán ejemplos de ello, como vamos a ver.

De todo lo que dijo monsieur Oufle en el largo discurso que he referido, lo que más impresionó a su lacayo fue el extraordinario testimonio de que en Guinea no se busca entre los vivos a los ladrones de cosas robadas porque solo se acusa a las almas de los difuntos. Consideró entonces que, si su amo tenía por irrebatible que las almas podían venir aquí y hacer robos y negocios turbios, no tendría ninguna dificultad en hacerlas pasar por criminales y responsables de los hurtos que él le hiciese. No me cabe duda de que se propuso robar a su amo, por lo que hemos de concluir que era un bribón digno de los más severos castigos que la justicia impone a los ladrones domésticos. Es cierto que los necios pensamientos de su amo lo indujeron a la tentación de robarle, pero el robo que pensó orquestar no le resultaba tan criminal, pues sabía cómo paliarlo y hacerlo menos odioso. Me explico. Así es como este arriesgado proyecto fue preparado, conducido y ejecutado.

Cuando en el primer capítulo de esta historia hablé de Rosina, la hija menor de monsieur Oufle, destaqué que se acomoda, como Camelia, la hija mayor, al gusto de su padre y de su madre, pero que, mientras que esta lo hacía por su simpleza, aquella lo hacía por artificio. Rosina era un lince que conseguía siempre sus objetivos y puedo asegurar que lo hacía con toda su familia. Así eran Rosina y Mornando, casi del mismo carácter; es decir, listos, hábiles y mentirosos. Por eso se entendían tan bien. Se confesaban todas sus intrigas: ninguno emprendía nada sin haber consultado al otro y ambos se ayudaban mutuamente para conseguir sus propósitos. Mornando no dejó de dar a Rosina detalles de la conversación de la que he hablado y lo que había pasado entre él y monsieur Oufle sobre las almas producidas por palpitaciones. No olvidó tampoco atraer la atención de Rosina con el relato de las ideas que tenía el buen hombre acerca de que los muertos vuelven para robar a los vivos.

Ambos decidieron entonces hacer que este extraño pensamiento fuera de alguna utilidad. Rosina, como la mayor parte de los hijos, no tenía ningún escrúpulo a la hora de engañar a su padre en su propio beneficio, pues estaba convencida de que lo que era de él también le pertenecía a ella. Y Mornando, lacayo de moral distendida, cuando se trataba de aprovecharse de su amo, no tenía ningún problema en formar parte del engaño en cuestión. Su razonamiento, basado en su falta de principios, lo llevaba a concluir que uno no podía ser ladrón de un padre si era el cómplice de uno de sus hijos.

Mientras estos dos pensaban de qué manera pondrían en práctica tan hermosas máximas, monsieur Oufle recibió una cantidad de dinero considerable. Según lo que me han contado, hay diferencias en la suma total del reintegro. Hay uno que habla de veinte mil escudos, otro dice que no fueron más de cincuenta mil francos, y un tercero los reduce a cuarenta. Sea como fuere, los tres concuerdan en que, entre las divisas que componían este reembolso, había una bolsa de mil luises encerrada en el cajón de un escritorio. Rosina había visto a su padre recibir esta suma y colocar la flamante bolsa dentro del cajón y, el resto, en una caja fuerte. Hacia esta bolsa apuntaron sus artimañas y decidieron recurrir a espectros y fantasmas para arrebatársela impunemente. Para conseguir este propósito, que acordaron llevar a cabo juntos, sin miedo a suscitar la menor sospecha, probarían indudablemente a monsieur Oufle que este hurto lo había cometido el alma de algún difunto.

p. 83Pero, antes de ponerse a ello, consideraron procedente preparar el terreno; es decir, preludiar el robo con algunas apariciones que lo convencieran de que los espectros lo buscaban y tenían algún designio contra él. Para ello, Rosina se ocupó de conseguir una llave como la de su despacho, que era el lugar en el que estaba más tiempo; pues no iba al dormitorio más que para dormir. A menudo pasaba incluso toda la noche en el despacho, en un canapé puesto adrede para descansar. Con la ayuda de esta llave les fue fácil hacerle creer en asuntos de aparecidos. Contaré algunas de las estratagemas que tramaron y que han llegado a mis oídos antes de llegar a la que era la más importante y hacia la cual conducían las demás, es decir, al asalto que habían planeado dar a la bolsa de los mil luises.

Una tarde en que monsieur Oufle leía tranquilamente en su despacho, los cerrojos de la puerta se cerraron solos y con un ruido que lo asustó tanto que estuvo mucho tiempo sin atreverse a abrirlos. Era una treta de Rosina, quien, mediante copia de la llave, había entrado en su despacho mientras su padre estaba en la ciudad y había pasado por cada uno de estos cerrojos un hilo con el que, desde fuera, podía cerrarlos firmemente y después retirar ese hilo con el fin de que nada hiciera intuir este engaño. Si profundizáramos en la cantidad de fábulas que se escriben sobre espectros y espíritus, sabríamos que no tienen más sólido fundamento que el de esos cerrojos que parecían haberse cerrado por sí mismos, pero, como hay pocas personas que se proponen cuestionarlas y a la mayoría les gusta creerlas, los relatos de dichas sandeces no cesarán tan pronto.

Monsieur Oufle estuvo en una agitación extrema a la vista de este sorprendente hallazgo. Creyó, incluso, ver muchas cosas extraordinarias que, sin embargo, no vio en absoluto. Al día siguiente, cuando entró en su despacho, otro espectáculo se presentó ante él que lo asustó aún más que los cerrojos. Todos sus libros que hablaban de espectros y fantasmas estaban en el suelo, ordenados y abiertos cada uno por una página en la que se contaba alguna historia famosa sobre aparecidos. Los cerrojos se cerraron entonces por sí mismos o, más bien, por el mismo artificio del que Rosina se había servido. Así que Oufle esperaba que todas las almas de sus padres y sus amigos difuntos fueran a echarse sobre él y atormentarlo a su antojo. No ocurrió, sin embargo, nada de lo que temía, pues los enredos de Rosina y de Mornando no podían llegar tan lejos.

Otra vez, al entrar, vio unas sillas echar a andar y unos cuadros desplazarse, todo ello mediante hilos que Rosina y Mornando movían desde fuera y retiraban después. Decidieron entonces dibujar en un papel grande las figuras más mágicas y extrañas del libro de la Filosofía oculta de Agripa, de La llave menor de Salomón y del Grimorio, incluyendo la supuesta firma del diablo al final de este último para asustar a los tontos73. Después, colocaron estas figuras de modo que fuesen lo primero que se le presentara a la vista en cuanto entrara. Otro nuevo susto para Oufle, que lo puso en un terrible aprieto. ¡Cosa admirable es que, lejos de temer estar en ese despacho, al contrario, sintiera no sé yo qué placer al estar en él! Es fácil adivinar la razón, pues su fantasía salía de ahí reforzada.

p. 84Rosina decidió ejecutar una artimaña aún más arriesgada con el fin de predisponer a este hombre a acusar a las almas de todo lo que le ocurría. Este era el objetivo y el término de todas sus estratagemas. Se propuso adoptar ella misma la figura de un aparecido, esconderse con dicho aspecto en un rincón de su despacho cuando él no estuviera y, después, comportarse como él haría en su lugar. Mornando pensó primero que esta idea era muy temeraria. Pero ella lo tranquilizó, diciéndole que lo peor que podría ocurrir era que su padre la reconociera y que, si él la reconocía, efectivamente, en dicho disfraz, ella ganaría mérito ante sus ojos asegurándole que había hecho tal cosa solo para desengañarlo de sus creencias sobre las apariciones y que no estuviera más expuesto a esos temores que perturbaban su descanso, temores que podían a fin de cuentas tener consecuencias peligrosas para él y para toda su familia. A Mornando le agradó esta reflexión, pues la halló muy prudente y razonable. Por esta razón, contribuyó con todas sus habilidades a conseguir este propósito. El resultado fue tal como lo deseaban, pues monsieur Oufle quedó tan sobrecogido de miedo y pavor que salió de allí corriendo con todas sus fuerzas. Incluso el abate Dudú, que estaba asomado a una ventana, al ver pasar a su hermana así fantasmizada*, cuando iba de un lado a otro para escapar y no ser cogida en el acto, se quedó tan helado de miedo que se desmayó. Pero hay que subrayar (¡es sorprendente ver una intriga tan bien concertada por una joven y un lacayo!) que el primer movimiento que hizo el pretendido espíritu, antes de desplazarse a saltos y brincos, fue coger, delante de monsieur Oufle, un reloj que había en una mesa, para que, al no encontrarlo, dedujera que este espectro era de los que vienen del otro mundo para robar. Estoy seguro de que no se puede conducir mejor un plan y tomar mejores precauciones para llevarlo a término. También aquel contra quien se había proyectado sucumbió sin ninguna resistencia y sin que tuviera la menor desconfianza. Pero no era necesario que se ejecutaran tantas tretas para engañar a este hombre. Su gran fantasía suplía en ese sentido la falta de habilidad que podrían tener quienes se proponían divertirse o sacar provecho a su costa. Esto es lo que les espera a las personas como él. Si se saben mover bien los hilos, se saca de ellas todo lo que se quiera. Se les puede hacer morder el anzuelo que se les lance, hacerles creer las cosas más increíbles y, después de divertirse gracias a su inocencia, a menudo se cuentan estas historias a otros para darles el mismo placer. Este es el destino previsible de los débiles, los simples, los ignorantes y los bobos. Quienes los alaban, quienes perpetúan su debilidad, su simpleza, su ignorancia y su bobería, no dejan nunca de hacerles justicia en el mundo, es decir, darles a conocer tal y como son. Es cierto que Rosina y Mornando se abstuvieron de mostrar lo ridículo de monsieur Oufle porque habrían revelado sus engaños y esta revelación podría haber tenido consecuencias nefastas para ellos. Pero, sin temer dichas represalias, habrían hecho sin duda como los otros.

Llegamos al fin al desenlace de estas intrigas. El día antes de que debiera producirse, Rosina aprendió cómo mover, en presencia de su padre, el escritorio donde guardaba la bolsa de los mil luises que, como dije, suponía el principal objetivo de todas las estratagemas que estoy refiriendo. Con unas finas cuerdas adecuadamente ajustadas por fuera y que retiró después, consiguió mover el escritorio. Nuestro visionario lo siguió con admiración y parecía incluso estar habituado a estos prodigios. Parecía, por la firmeza con la que consideraba el espectáculo de este movimiento, que le agradaba, pues servía para corroborar sus creencias acerca de que los espíritus y las almas que regresan hacen todos los días mil cosas sorprendentes que los incrédulos no considerarían simples fábulas si vieran lo que él estaba viendo entonces. El pobre hombre estaba bien lejos de imaginar que lo que estaba ocurriendo en su despacho no era más que para allanar el camino hacia la bolsa de los mil luises. En efecto, al día siguiente, poco después de que saliera, desordenaron todo su despacho. Tiraron unas hojas de papel llenas de letras incomprensibles que quienes las habían escrito tampoco las comprendían mejor que él. Todos sus libros fueron dispersados en diferentes lugares; las sillas, volcadas unas sobre otras; un espejo, roto en mil pedazos; las ventanas, que había dejado cerradas, se encontraban todas abiertas. Los cajones del escritorio también estaban abiertos (pues Rosina también había conseguido una copia de la llave), la bolsa de los mil luises había desaparecido y, en su lugar, había varios trozos de carbón. La bolsa había salido con Rosina y Mornando no por la ventana, sino por la puerta que abrieron y cerraron cuando les pareció oportuno, ya que tenían la llave. ¡Cuál no fue la sorpresa, el terror y el pavor de monsieur Oufle cuando, al entrar a su despacho, vio este fatídico desorden y sus luises cambiados por trozos de carbón! Entonces, recordando en su mente todo lo que había pasado, desde hacía algunos días, no tuvo ninguna duda de que una banda de difuntos había llevado a cabo este robo y todo este ataque. Los dos verdaderos ladrones estaban a salvo, pues, lejos de sospechar de ellos, fue enseguida a buscar a Mornando y le habló de su desastre. Al relatar todo lo que acababa de ver, se apoyó especialmente en la prueba auténtica que constituía esta aventura de que existían los fantasmas y de los estragos que causan. Mornando, que estaba bien preparado para este relato, se hizo lo mejor que pudo el sorprendido, afligido y crédulo. «¡Ajá!» –dijo monsieur Oufle–, «¿dónde está ahora mi hermano? ¡Me gustaría que estuviera aquí para darle una demostración tangible y evidente de lo que tantas veces le he dicho y que nunca ha querido creer!».

El lacayo no consideró apropiado que Noncredo supiera del robo de los mil luises porque temía que, como este hombre sabio y prudente no lo atribuiría a las almas de los muertos, hallaría quizás el modo de descubrir qué almas vivientes habían cometido este hurto. Por eso, aconsejó a su amo que no refiriese dicha aventura, insistiendo en que, dijera lo que dijera, no lo creerían y que, además, la pérdida de una suma tan considerable afligiría mucho a la familia, de modo que esta tristeza, unida a la incredulidad, haría que lo llamaran, más que nunca, ridículo y visionario. Monsieur Oufle quedó convencido, pero deseaba, como vamos a ver, hallar alguna solución para no correr el mismo peligro y protegerse contra los espectros, los fantasmas y los aparecidos.

i El verbo utilizado en el original es obséder, que la primera edición del Dictionnaire de l’Académie française define como sigue: ‘se utiliza con un sentido particular para indicar lo que hace un espíritu maligno cuando se propone atormentar a una persona con ilusiones frecuentes’. Este sentido ya no figura en la actualidad.

ii Phantomisée es un nuevo neologismo de Bordelon.

73 La Filosofía oculta de Agripa (1533) se propone evaluar la credulidad en las conexiones espirituales del cosmos en un contexto de escepticismo radical que se dio en el Renacimiento. Se divide en tres volúmenes: magia natural, magia celeste y magia ceremonial. El primero parte de la afirmación de la unidad universal merced a un espíritu único, lo cual lo lleva a describir a continuación los cuatro elementos y las sustancias espirituales que rigen la materia y las virtudes ocultas en los objetos: talismanes, filtros, colirios, anillos mágicos, hechizos y conjuros. La llave menor de Salomón (Lemegeton Clavicula Salomonis) es un grimorio anónimo del siglo xvii y uno de los libros de demonología más populares. Se centra en la invocación y manipulación de los espíritus, sus tipologías y los elementos necesarios para obtener de ellos lo que el conjurador desea. Grimorio es el nombre genérico que se da a los libros que recogen rituales, encantamientos e invocaciones que tienen como fin obtener la riqueza y el poder. Contiene información mágica sobre rituales y prácticas de los brujos que fueron muy utilizados en la Edad Media. El más famoso fue el Gran Grimorio del papa Honorio III, que gobernó la Iglesia desde 1216 hasta 1227. Esta obra nos informa de la sorprendente vinculación entre las prácticas ocultistas propias de las sociedades esotéricas y la religión cristiana.