Capítulo XIX Reflexiones criticómicas enviadas a monsieur Oufle por su genio, o estratagema de la que se sirvieron para disuadirlo de sus convicciones sobre el poder que los astrólogos judiciarios atribuyen a los astros
Decir que monsieur Oufle creía en todos los que practicaban la astrología judiciaria no es cosa sorprendente ni increíble por dos razones: la primera, porque era, como hemos visto, el hombre más dado a las supersticiones de todo el mundo; la segunda, porque vemos todos los días a muchos que, no siendo tan visionarios como él, sí son, sin embargo, igual de testarudos en relación con la astrología judiciaria. Bien podría tildarla de pura fanfarronería si no tuviera un cierto respeto por algunos hombres ilustres que con acierto han hecho grandes esfuerzos de erudición y trabajo para ponerla en valor. Si la llamo, de entrada, fanfarronería, sin dar razones para usar un sustantivo tan desagradable, parecería que lo hago de mal grado. Digo que lo parecería, pues la habilidad y el sentido común de los astrólogos judiciarios me garantizan que ellos mismos se convencerían de que tengo razón de hablar así. Me atrevo a añadir que en sus escritos se esfuerzan por desplegar su erudición más que por decir verdades. Así es como pienso yo, pero no tanto monsieur Oufle, quien concedía tanta credibilidad a los astrólogos judiciarios que sus predicciones eran para él como mandamientos que obedecía sin oponer resistencia o como prohibiciones que le impedían actuar, por muchas razones que lo movieran a hacer lo contrario. Había empleado sumas considerables para hacer calcular su horóscopo, los de su mujer y los de todos sus hijos, pues para los genetlíacos el dinero es una influencia mucho más preciosa que la de los astros y lo gastan a manos llenas en lo que les place76. Entre todos los horóscopos de la familia hay dos que causaron líos y problemas y que dieron lugar a lo que vamos a leer a continuación.
Estos dos horóscopos eran los de Camelia y Rosina. El de la primera aseguraba que se casaría con un señor rico y el de la otra que sería monja. Rosina parecía estar y estaba, en efecto, muy alejada del destino que le prometía su estrella, pero esta también indicaba que no se enfadaría si tuviera que casarse y convertirse en mujer y amante. Su madre le deseaba la misma vida que ella llevaba, porque, como la quería de forma diferente a sus otros hijos, no pretendía más que verla bien establecida, es decir, unida a un hombre que ella amara y que la amara y que, con sus bienes y posesiones, pudiera hacerla tan feliz como ella esperaba. Había uno que cumplía todas las condiciones y que llevaba tiempo intentando obtener su mano* con insistencia sin haber podido ser escuchado por monsieur Oufle. Y todo esto a causa de la desagradable predicción del horóscopo pues, razonando como suelen hacer los que caen en tan ridículas visiones, Oufle sostenía que, si ella llevaba la contraria a los astros, estaría toda su vida sometida a malas influencias. Madame Oufle, como mujer muy sensata, o, al menos, mucho más que su marido, creía que los astros no influyen en absoluto en nuestra voluntad o que, si quieren influir en ella, no son razón suficiente como para que estemos obligados a adoptar sus consejos y ejecutar sus órdenes. Así lo habló un día con Rosina y su pretendiente. Este enamorado, al que llamaré Belorio, era un hombre de carácter muy alegre y alborozado que se había aplicado desde hacía mucho al estudio de las ciencias necesarias y curiosas. En su juventud, es decir, hacia el final de sus estudios escolásticos, se había ocupado a fondo de la astrología judiciaria. Incluso había sido víctima de aquellos que la toman como profesión lucrativa. Pero después, cuando creció y maduró, siendo, en consecuencia, más capaz de distinguir la mentira de la verdad, conoció tan bien lo verdadero y lo ridículo de esta ciencia, o más bien de esta charlatanería, que declaró la guerra a los astrólogos en sus discursos y en sus escritos. Entre otras obras que había compuesto sobre este asunto había una que llevaba por título Reflexiones criticómicas sobre los poderes y efectos que se atribuyen a los planetas, a los signos celestes, a los cometas y a los eclipses, y sobre la temeridad ridícula de los horóscopos; sobre las pretendidas virtudes de los talismanes y, en general, sobre todas las quimeras y desatinos de la astrología judiciaria. Se había esforzado especialmente en abordar estos asuntos de manera jocosa y cómica porque, según decía, este tipo de astrología no merece ser tratada con seriedad, pues es visionaria, quimérica y falsaria. Habló de esta obra a madame Oufle y a su hija en la conversación que tuvo con ellas sobre la razón horoscópica* que monsieur Oufle argüía para no autorizar el matrimonio de Rosina. Después de contarles en detalle lo que contenían estas Reflexiones, acordaron los tres que podrían servirse de ellas si se las hicieran leer al buen hombre. Madame Oufle, sin embargo, que conocía perfectamente a su marido, pensó que no las leería si no encontraban algún medio misterioso que lo incitase a ello y que, por tanto, era necesario poner en marcha lo maravilloso, lo prodigioso y lo extraordinario para hacerle leer esta obra pues, añadió ella, tendrían más oportunidad de llegar a su fin con esto último que con la simple lectura de la obra, por muy agradable y excelente que fuera. Todos estuvieron de acuerdo y planificaron llevarlo a cabo. Para ello se convino, según el consejo de Rosina, en contar con el apoyo de Mornando, pues, como se ha visto antes, sabía bien de lo que este lacayo era capaz. Lo llamaron y le contaron el secreto. Su idea era que Belorio retocara las Reflexiones de modo que parecieran haber sido escritas adrede para monsieur Oufle. Belorio las describiría de la forma más inteligible y las metería en un llamativo paquete dirigido A monsieur Oufle de parte de su genio. Una tarde, mientras que monsieur Oufle estuviera en su despacho hablando con el abate Dudú, lo que era bastante frecuente, Mornando lanzaría desde lo alto de la chimenea un fuego artificial y, después, este paquete, todo con mucha precaución y pericia.
Una vez convenidas estas medidas, fueron al poco tiempo muy bien ejecutadas, con tanto éxito que el buen hombre y su hijo cayeron totalmente en la trampa. Sería inútil entrar aquí en el detalle de la ejecución de esta estratagema. Baste decir que, cuando el paquete cayó, padre e hijo quedaron igualmente desconcertados, asustados y maravillados. Tras haberse repuesto del susto, recogieron el maravilloso paquete. La inscripción que en él leyeron les encantó, pues era en verdad perfecta para ellos, ya que no ignoraban nada de lo que se ha dicho sobre los genios. No ignoraban, por ejemplo, que se ha escrito que son almas separadas de sus cuerposa, seres entre dioses y hombresb, criaturas que llenan el espacio infinito que está entre Dios y nosotrosc, que cada uno tiene el suyod, que las ciudades, las provincias y los pueblos, etc., tienen sus genios particularese, que se les ha tomado por diosesf; que para conocer cada uno a su genio hay que nacer en un cierto momentog... Sabían perfectamente lo que se ha dicho del genio de Sócratesh, del que tanto hablaron los antiguos y del que se sigue hablando en nuestros días. Abrieron, pues, este paquete con el debido respeto por la forma extraordinaria en que les había llegado y por el supuesto genio que lo había enviado, y leyeron con atención lo que contenía. Hablaré del efecto de esta lectura después de presentar el texto escrito. Aquí comienza.
a Según Apuleyo, el alma separada del cuerpo se llama genio. El Mundo encantado, t. I, p. 23.
b Han hecho un gran servicio a la filosofía quienes dispusieron criaturas mortales entre los dioses y los hombres, a las que se puede vincular todo lo que sobrepasa la debilidad humana y que no se aproxima a la grandeza divina. El conde de Gabalis, pp. 70−71.
c Nos incomoda el espacio infinito que se halla entre Dios y los hombres, por lo que lo llenamos de genios y de demonios. Historia de los Oráculos, por monsieur de Fontenelle, p. 74.
d Plutarco dice en la Vida de Marco Antonio que hubo un mago en Egipto que advirtió a Antonio, el Triunviro, de que su genio sería vencido por el de Octavio César. Antonio, intimidado por esta advertencia, se retiró a Egipto con Cleopatra. Sobre los espectros, por Le Loyer, p. 468.
e Las ciudades y provincias tenían sus genios, incluso los ríos y montañas. El genio y dios de los hogares y de las casas, dice Arnobio (lib. IV, A [Adversus gentes]), se llamaba Laterano77. Los dioses conferentes, como refiere Arnobio (lib. V, Advers. gent.), eran lujuriosos y lascivos y aparecían en forma de M. V. y se mezclaban con las mujeres y las niñas como íncubos. Los romanos mantienen que hay uno que dejó embarazada en la casa de Tanaquil, mujer de Tarquinio, a una esclava llamada Ocrisia, y que de esta unión nación Servio Tulio, que fue después rey de los romanos. Sobre los espectros, por Le Loyer, p. 202.
Según Pausanias los eleos vieron su genio bajo la figura de un niño desnudo que estaba a la cabeza del ejército para combatir a sus enemigos los arcadios78. Este niño, inmediatamente después de que consiguieran la victoria, se metamorfoseó en una serpiente que vieron deslizarse hacia el interior una cueva en la que, como agradecimiento por la buena acción señalada, los eleos le erigieron un templo y lo pusieron en el rango de los dioses que adoraban. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 75.
f Los genios fueron considerados dioses bajo cuya tutela están todos los hombres desde que nacen. Es la definición que da Censorino de los genios, De die natali79. Por este motivo, los curas de la toscana los llaman consentes o cómplices, porque dice Arnobio, lib. III, Advers. gent., que nacerán y morirán con nosotros. Sobre los espectros, por Le Loyer, p. 201.
g Es una observación general de algunas personas bastante supersticiosas, en el jesuita Thyræus, De apparitionibus spirituum, cap. 14, p. 346, que todos los niños que nacen en los días de los cuatro tiempos llevan con ellos habitualmente sus cofias o membranas y pueden con mucha más facilidad que los demás llegar al conocimiento y la familiaridad de los genios que están destinados a conducirlos80. Pueden vanagloriarse siguiendo a Ptolomeo (Quadripartitum, lib. IV, cap. 13, text. 18) del privilegio de tener la luna como dama de sus acciones junto con el signo de sagitario o el de piscis en el tema de su nacimiento. Gabriel Naudé, Apología de todos los grandes personajes que han sido falsamente sospechosos de magia, p. 220.
h Apuleyo decía que quería que el genio de Sócrates fuera un dios. Lactancio y Tertuliano, que fuera un diablo. Platón decía que era invencible. Apuleyo, que podía ser visible. Plutarco, que era un estornudo a la izquierda o a la derecha, según el cual Sócrates presagiaba un buen o mal desenlace del asunto emprendido. Máximo de Tiro opinaba que no era más que un remordimiento de conciencia contra su naturaleza presta y violenta, que ni se escuchaba ni se veía, que contenía a Sócrates y le impedía hacer algo malo. Pomponacio estima que era el astro que dominaba en su natividad y Montaigne, finalmente, sostenía que era una cierta fuerza de voluntad que se le presentaba sin el consejo de su discurso. En cuanto a mí, yo creo que se podría decir ciertamente que este demonio familiar de Sócrates era in rebus incertis prospector*, dubiis praemonitor, periculosis viator [previsor en lo incierto, consejero en lo dudoso, protector en lo arriesgado], es decir, no era otra cosa que la buena regla de su vida, la sabia conducta de sus acciones, la experiencia que tenía de las cosas y el resultado de todas sus virtudes lo que formaban en él esta prudencia, la cual, puede ser, con justa razón, llamada el lustre y aderezo de todas las acciones, el ojo que todo lo ve, todo conduce y todo ordena y, por decirlo en una palabra, el arte de la vida, así como la medicina es el arte de la salud. Naudé, Apología de todos los grandes personajes que han sido falsamente sospechosos de magia, pp. 226 y 22781.
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REFLEXIONES CRITICÓMICAS
Sobre los poderes y efectos que se atribuyen a los planetas, a los signos celestes, a los cometas y a los eclipses. Sobre la temeridad ridícula de los horóscopos. Sobre las predicciones aleatorias de los almanaques. Sobre las supuestas virtudes de los talismanes y, en general, sobre todas las quimeras y desatinos de la astrología judiciaria
Oufle, soy tu genio, tu conducta me ha sido confiada, debo dar cuenta de ella y, por ello, me hallo en la obligación de sacarte de los errores que cometes y en los que estás cayendo cada vez más por tu credulidad y por la facilidad con la que caes en todas las trampas que te tienden. Entre tus errores hoy voy a destacar uno concreto: la astrología judiciaria que tomas por regla de todos tus pasos y de los de las personas de tu familia. Los genios de los astrólogos judiciarios se burlan de mí todos los días, al verte empecinado en tantas falacias y recibiendo tan seriamente las absurdeces que aquellos hacia quienes las destinan se creen como a ellos les place. Todas esas tonterías me salpican y me hacen quedar a mí como tonto. Ahora bien, yo no correspondo en absoluto a dicha reputación. Los insultos de esta naturaleza me resultan insoportables, pues dan pie a creer que descuido totalmente la encomienda que me han hecho sobre ti. Has sido demasiado bobo al apreciar esta supuesta ciencia y te voy a demostrar que no debes sentir más que desprecio por las órdenes que te da y por las promesas que te hace. No esperes entonces que viendo tu ejemplo la trate con seriedad y como si fuera importante, pues no lo merece. Todo lo que dice es tan quimérico y visionario que lo único que puede ofrecer es entretenimiento. No hay más que dejarla hablar (algo que se hace a menudo en este escrito) para probar que lo que dice es verdaderamente risible. Por lo demás, te doy mi palabra de genio de que no haré ninguna reflexión que no se base en reglas, principios, máximas e historias que se hallen en autores que te son conocidos y, así, estarás en territorio amigo. Según vayas avanzando, te acordarás en varios momentos de haber leído lo que se presentará ante tus ojos, pues ya has dado muestras de no tener mala memoria. Sería deseable que tuvieras el mismo juicio. Te hablo con sinceridad, como ves, es así como se debe comportar un amo respecto a su discípulo. Serías, sin duda, más razonable si, como yo, te dijeran verdades sin olvidar tu simpleza y sin alabar tu imaginación. Sufre, entonces, sin quejarte, mis reproches, como yo sufro también todos los días, por tu culpa, los de muchos geniecillos que instruyen a los elaboradores de horóscopos, que se burlan de mí continuamente por lo que piensas, lo que dices y lo que haces. Hay que ver la felicidad que tienen cuando se enteran por otros o por sí mismos que has caído en la trampa de un astrólogo. Me desespera que se pongan a cuchichear en mi presencia y, al final, estoy tan harto de este asunto que quiero ponerlo en orden a la fuerza. Para ello, voy a mostrarte lo absurda que es tu ingenuidad haciéndote ver cuán ridículo es lo que tu mente considera como verdadero y razonable. Saca provecho de ello o te arrepentirás. No digo más por ahora. Comencemos.
p. 89PRIMERA REFLEXIÓN. Hay en el cielo siete planetas y en una parte del cielo que se llama zodiaco, que es una especie de cinturón o correa celeste, según su situación en relación con los dos polos, doce signos. Estos planetas y estos signos están colocados ahí por nosotros, dicen los astrólogos judiciarios, tienen funciones importantes y están continuamente ocupados enviándonos influencias para atormentarnos o alegrarnos. No tenemos ningún miembro que esos cuerpos celestes no gobiernen a su antojo, parece que tuviéramos en cada parte de nuestro cuerpo unos hilos pegados que estos astros cogen o sueltan a su albedrío, según el movimiento o el reposo que quieran darnos. El sol gobierna la cabeza; la luna, el brazo derecho; Venus, el brazo izquierdo; Júpiter, el estómago; Marte, los testículos; Mercurio, el pie derecho; Saturno, el pie izquierdo. O bien, Marte, la cabeza; Venus, el brazo derecho; Júpiter, el brazo izquierdo; el sol, el estómago; la luna, los testículos; Mercurio, el pie derecho, y Saturno, el pie izquierdo. En cuanto a los signos, Aries gobierna la cabeza; Tauro, el cuello; Géminis, los brazos y los hombros; Cáncer, el pecho y el corazón; Leo, el estómago; Virgo, el vientre; Libra, los riñones y las nalgas; Escorpio, las partes íntimas; Sagitario, los muslos; Capricornio, las rodillas; Acuario, las piernas y Piscis, los pies. Mira si hay diferencias, pues estos señores no se ponen nunca de acuerdo. Cada uno quiere añadirle algo suyo. Los astrólogos dicen que Aries domina la cabeza; Tauro, el cuello y el gaznate; Géminis, los hombros, los brazos y las manos; Cáncer, el pecho y el pulmón; Leo, el diafragma; Virgo, el corazón y los hipocondrios; Libra, las vértebras y los riñones; Escorpio, la vejiga; Sagitario, los muslos; Capricornio, las rodillas; Acuario, las corvas y Piscis, los pies. No obstante, no hemos de pensar que los astrólogos dan tales empleos a estos cuerpos celestes sin hacer algún razonamiento al respecto. Veamos algunos de estos razonamientos y, después, los juzgaremos nosotros. Los astrólogos han asignado a cada planeta la influencia sobre cada parte del cuerpo. Establecen este imperio basándose en la conexión que dicen tener con los astros. Aseguran que el corazón tiene relación con el Sol, sobre todo porque como es la fuente del calor vital, como este astro vivificante expande igualmente sus rayos por todas las partes del mundo. Afirman que la luna gobierna el cerebro y que, por una virtud secreta, lo hace crecer y menguar. El hígado, que es donde se fabrica la sangre, tiene a Júpiter como su astro dominante, el cual, con su vivo color, demuestra bastante el influjo que tiene sobre los sanguíneos82. Los riñones están bajo el dominio de Venus, que es un planeta de fecundidad, así como el bazo, que es el receptáculo del humor violento y melancólico y está sujeto a las sacudidas de Marte, que es colérico y fogoso. Finalmente, dicen que el pulmón, que inspira y expira el aire del cual se forma la voz, tiene relación con Mercurio, planeta ventoso, que parece ser mensajero del cielo por sus idas y venidas, como si se ocupara de dar las órdenes de su amo. ¿Se puede hacer un razonamiento más patético? ¿No resulta acaso sorprendente, o más bien prodigioso, que haya personas que se dejen seducir por tales fantasías? Todo lo que acabo de enumerar es física, pero esta bella invención sería imperfecta si no se le añadiera la moral. Los astrólogos judiciarios lo han previsto, he aquí un ejemplo. Los Aries son lascivos y glotones; los Tauro, temerarios y rebeldes; los Géminis, curiosos y avaros; los Cáncer, inconstantes; los Leo, coléricos; los Virgo, castos; los Libra, justos; los Escorpio, burlones y traidores; los Sagitario, orgullosos; los Capricornio, valientes; los Acuario, moderados y los Piscis, infieles. Si un cometa se parece a una flauta, músicos, poneos en guardia, pues los astrólogos os advierten que es a vos a quien busca. Si está en las partes vergonzosas de un signo, impúdicos, bien podéis temer. Si se coloca haciendo con las estrellas un triángulo o un cuadrado, es a las ciencias y al saber adónde se dirige. ¡Cuántos venenos van a esparcirse si se coloca en la cabeza del ofiuco boreal o austral83! Absteneos de tomar medicamentos cuando la luna esté en el signo de Tauro porque, dice un astrólogo con tono de oráculo, como este animal es de los que rumian, sacará la medicina de vuestro estómago hacia arriba, os la hará vomitar y rechazar hasta la última gota. Si recolectáis la achicoria durante el periodo de Marte, será mucho mejor para curar las inflamaciones de hígado que si se recolectara en otra época. He aquí la admirable razón: es Júpiter quien inflama el hígado. Y, como Marte es enemigo irreconciliable de Júpiter, se concluye que, sirviéndoos de una achicoria que Marte protege, Júpiter no podrá impedir el remedio que de ella esperáis. ¿Qué os parece, amigo? Construís vuestra casa en el cuarto grado de Escorpio. Este escorpión celeste va a producir una infinidad de terrícolas que la asolarán durante todo el tiempo en que exista. Pero, señor astrólogo, ¿no ocurre así para las demás obras que se hagan al mismo tiempo? Oh, ¿por qué? ¿por qué? Porque no le da la gana. ¿Habéis nacido bajo el signo de Capricornio mientras este tenía su corona en Oriente? ¡Buen presagio! Gastosos, no temáis, la pobreza no os agobiará. ¡Capricornio se servirá de esta corona para poneros una sobre la cabeza: seréis reyes! Siendo así, ¡anda que no tendremos reyes si nacen muchos niños bajo la influencia de este signo! Pues, creo que el astrólogo no dirá que este astro solo gratificará a algunos con esta magnífica influencia. ¿Os gusta, decís, tanto la música que quisierais que todos los hijos que tengáis la dominen? La astrología judiciaria os va a dar los medios. Haced bien vuestros cálculos para que puedan nacer bajo la constelación de la lira de Orfeo. Sus cuerpos resonarán como un laúd y un clavecín. Seríais un buen cazador si nacierais bajo Orión; y vos, un feliz pescador si Acuario hubiera dominado vuestro nacimiento. Como sois tartamudo, y vos, mudo, adivino la época de vuestro nacimiento: habéis salido del seno de vuestras madres cuando Saturno y Mercurio estaban opuestos en un signo brutal.
p. 90No acabaría nunca si me dejase llevar por todo lo que mi memoria me dice sobre sus predicciones y sus promesas y lo contara en detalle. Con lo que acabo de decir podemos imaginar el resto, pues, todo lo que me callo no está mejor fundado ni es más razonable. ¡Cuánto me reiría si quisiera examinar poco a poco lo que acabo de decir! Tómate tú mismo la molestia, querido Oufle, mi buen discípulo, te lo dejo para tus horas desocupadas. Intenta concebir cómo, por ejemplo, el influjo de Libra va a elegir gobernar las nalgas de un niño y, después, las vértebras y riñones de otro, cómo Mercurio y Saturno conciertan ocuparse ambos de los pies, uno del derecho y otro del izquierdo, de modo que no se equivoquen y que no les parezca mal que Piscis también asuma las mismas cuitas que ellos. ¿Por qué Cáncer hace a los hombres inconstantes, si sus movimientos son tan lentos y pesados? Haz lo mismo con todas las demás visiones. Esperando que te des ese gusto, concluyo aquí lo que tengo que decirte en general sobre ese asunto que te podrá venir bien para divertirte.
II. Es cierto que las figuras que se asocian a los cuerpos celestes no existen más que en la mente de quienes así se las imaginan. Es puro capricho, por ejemplo, hacer representar cierto signo bajo la figura de una mujer, puesto que es seguro que no se asemeja más a una figura humana que a cualquier otra figura. Incluso si fuera cierto que se asemeja más a una figura humana, ¿tenemos ojos lo bastante buenos, aun con la ayuda de los mejores telescopios, para discernir si se parece a una mujer y no a un hombre? Y si pudiéramos llevar nuestro discernimiento tan lejos, ¿podríamos reconocer si se trata de la silueta de una muchacha más que la de una mujer? Incluso si consiguiéramos hacer todas esas sutiles distinciones y percibir claramente que un cierto número de estrellas están situadas en forma de niña, ¿se deduciría que estas estrellas infunden en un cuerpo alejado tal vez unos treinta millones de leguas, una influencia contraria a la multiplicación del género humano? Sin duda sabes que estoy hablando del signo de Virgo. Así es, amigo, como deberías razonar, pues es por tu bien que hago estas reflexiones, para instarte a hacer lo mismo. Yo no lo necesito, pues nosotros los genios, conocemos las cosas tal y como son porque estando desvinculados de la materia, las examinamos de cerca y, así, sabemos perfectamente lo que son y lo que pueden hacer. Si crees en mi palabra, no te daré más razones, solo te diré que la astrología judiciaria es una ciencia puramente quimérica. Prosigamos.
III. ¿Qué? ¿Porque un cometa nos parezca responder a unas estrellas que los antiguos tuvieron a bien llamar el signo de Virgo para acomodarse a las ficciones poéticas que decían que la justicia, o la astræa Virgo84, harta de un mundo tan corrompido como el nuestro, se fue al cielo, las mujeres serán estériles, o tendrán abortos, o no encontrarán marido? ¿Podemos esperar realidades de predicciones fundadas sobre tales quimeras? Hay una constelación en el cielo que algunos han querido llamar Libra y que se parece, sin embargo, a una balanza como a un molino de viento. La balanza es el símbolo de la justicia, por tanto, quienes nazcan bajo esa constelación serán justos y equitativos. Hay otros tres signos del zodiaco llamados el uno Aries, el otro Tauro y el otro Capricornio, que bien podrían haberse llamado Elefante, Cocodrilo y Rinoceronte*. Aries, Tauro y Capricornio son animales que rumian, por lo tanto, los que toman medicamentos cuando la luna está bajo esas constelaciones pueden vomitarlos. ¿No sería mejor decir que Aries, Tauro y Capricornio no son más que imaginaciones y que, por tanto, el vómito de las medicinas solo puede ser imaginario?
p. 91IV. Veamos cómo puede ser que los astros hagan a los hombres beligerantes, impúdicos u orgullosos, sabios o prudentes, cómo causan el éxito o el fracaso de sus actos, cómo obligan a una joven a decidir encerrarse en un convento, a un hombre a hacerse magistrado, a otro a ir a surcar los mares... En fin, de qué manera se alinean para darle al mundo esos grandes movimientos que conocemos. Los astros no pueden originar todos los sentimientos que motivan las acciones, a menos que sean conocedores de ellos todos los corpúsculos que expanden en el aire. Para que lo comprendas mejor, pongamos, en la época antigua, la guerra de Troya, de la que tanto se ha hablado, y se habla aún todos los días. Este hecho histórico es bastante importante para que los cuerpos celestes se impliquen en él, puesto que, según los astrólogos, se ocupan todos los días de una infinidad de fruslerías que no merece la pena ni mencionar. Supongamos, pues, que un astro provocó todas las pasiones que dieron lugar a la guerra de Troya. Habría que suponer también que algunos de los átomos de estos corpúsculos se encargaron primero de hacer que Paris se enamorase de Helena, y Helena de Paris, que otros átomos asumieron la misión de animar al bueno de Menelao contra Paris y contra todos sus súbditos y persuadirlo, aunque no fuera así, de que su querida mujer se aburría extremadamente desde que no lo veía y que sentía una crueldad inexorable hacia su amante raptor. Sin este convencimiento parece que no se habría dignado a poner en marcha a toda Grecia para recuperarla. Esto no es todo, pues hay muchas otras misiones que cumplir y, en consecuencia, hacen falta muchos otros corpúsculos. Por ejemplo, para representar a Agamenón, que no debía sufrir esta mancha en su familia, y darle esperanzas de una orden general. Hace falta un número inmenso para ir por todos los burgos, ciudades y aldeas de Grecia y hacer tomar las armas a todos los que son capaces de llevarlas. Son necesarios en la corte de Príamo para decidir que no entregarán a Helena, por muchos esfuerzos que hagan quienes la exigen. No quiero llevar más lejos esta enumeración por miedo a asustarte, pues podrías imaginarte que las estrellas, obligadas a hacer tan gran dispendio de corpúsculos sacados de su propia sustancia, podrían al fin sucumbir, destruirse a sí mismas y en consecuencia desaparecer, así como el sol, la luna y todos los demás astros, lo que nos causaría muchos problemas. ¿No te entran ganas de reír al considerar todo este lío de corpúsculos? Créeme, no te cohíbas si tienes ganas, pues buenos motivos hay.
V. Algunos antiguos han dicho (porque, ¿qué no han dicho?) que las bellas piedras que llamamos preciosas son lágrimas coaguladas que caen de las estrellas y son los ojos de los cielos. Por esta razón, los astrólogos aseguran que cada planeta tiene su piedra favorita. En efecto, ¿no es natural estimar en mucho los ojos? La piedra del águila, o etita, y el jacinto son de naturaleza solar; la esmeralda es lunar; el imán es propio de Marte, así como la amatista; el topacio y el porfirio, de mercurio; el berilo se asocia a Júpiter; la cornalina conviene a Venus; la calcedonia y el jaspe, a Saturno. Y así, al mismo tiempo que el sol ordena a algunos de sus rayos que influyan en la cabeza de un hombre, también mueve a otros a construir la piedra de jacinto. Mercurio, Venus y los demás planetas se ocupan cada uno en particular de otras piedras. ¡Cuántas tareas diferentes para estos cuerpos celestes! Ocuparse en construir la fortuna de los hombres o en destruirla, darles proyectos y medios para ejecutarlos, hacerlos buenos o malos, restablecer su salud o colmarles de enfermedades, observar el momento en que se plantan árboles para hacerlos fecundos o estériles, merodear siempre alrededor de una piedra o de un metal para conservarlos y llenarnos de virtudes y propiedades. Francamente, ¡no es poca obra para unos cuerpos separados por una distancia inmensa de los individuos de los que se ocupan! ¿Cómo puede ser que un viento violento o unas nubes espesas no desvíen o retengan en el camino las influencias que envían? Bien quisiera que los astrólogos nos explicasen lo que hacen para abrirse paso a pesar de los obstáculos que pueden encontrar.
p. 92VI. Según Filón, los astros oscilan y se mueven en círculos por su propia inteligencia85. Ben Maimón dice que todos los astros y las órbitas celestes poseen un alma, que tienen conocimiento, inteligencia y una vida duradera, y que conocen a aquel por cuya palabra se creó el universo86. Añade que cada una de esas criaturas, según su excelencia y su dignidad, alaba y glorifica a su autor, al igual que los ángeles, y que, como conocen a Dios, comprenden también su propio comportamiento, como hacen los ángeles, que son superiores a ellas. No obstante, su conocimiento es inferior al de los ángeles, aunque sí supera al de los hombres. Finalmente, se les ha dado vista y razón. Dar el sentido de la vista y de la razón a los astros, pretender que sean capaces de cometer crímenes y practicar virtudes, esta opinión parece ridícula y ciertamente existen motivos para usar este adjetivo. No creo que los astrólogos judiciarios se atrevan a decir que ellos mismos lo encuentran ridículo, puesto que deben hacer creer que los astros son razonables para atribuirles tantas operaciones, algo que no podrían hacer si no poseyeran la capacidad de razonar. Esta exactitud para apegarse, por su influencia, a una piedra más que a otra, a un miembro más que a otro, a cierto árbol frente a todos los demás, este discernimiento para elegir, esta regularidad para influir en el tiempo y en el espacio, para hacer creer ciertas acciones, para evitar ciertos peligros, producir eventos, todo eso, una vez más, se debe a la razón.
VII. De los varios descubrimientos que hizo Pitágoras, los antiguos admiraron especialmente la música celeste que solo él escuchaba. Hablaron con él para comprobarlo. Dijo que en la distancia que hay entre los astros halló los tonos de la música: que, entre el cielo de la Luna y de la Tierra hay un tono, medio tono de la Luna a Mercurio, medio tono de Mercurio a Venus, de Venus al Sol una vez y media la distancia que de Venus a Mercurio. Del Sol al círculo de Marte, un tono. De Marte a Júpiter medio tono, de Júpiter a Saturno, medio tono, y de Saturno al Zodiaco, una vez y media la distancia de Júpiter a Saturno. Y así, fusionando las armonías, salían los siete tonos de la música. ¿Es extraño encontrar en los astros influencias para producir música si todos los cielos juntos componen una escala? Quizás si tuviéramos una mirada más aguda y conociéramos perfectamente los cielos tal cual son, nos daríamos cuenta de lo que nos envían, es decir, guerras, hambrunas, alegría, tristeza, vicios y virtudes. Dirás que bromeo mucho, pero confieso que no soy de tu misma opinión al tomar en serio los misterios de la astrología de los que hablo. Presta atención a lo que dice y reconocerás que las consecuencias que he sacado no son tan ridículas como podrías pensar.
VIII. ¡Qué extrañas explicaciones se han dado sobre los eclipses! Los atenienses, dice Plutarco en la Vida de Pericles, quemaban antiguamente a todos los vivos que decían que los eclipses se producían por la interposición de la sombra de los cuerpos terrestres o lunares87. Según el mismo autor, en la Vida de Nicias, en el siglo iv de la fundación de Roma, aún no se atrevían a abrirse más que a sus mejores amigos y tomando muchas precauciones, a causa de los eclipses de luna, que Anaxágoras había descubierto hacía poco88. Una creencia fuertemente arraigada entre los paganos decía que los eclipses de luna procedían de las virtudes mágicas de ciertas palabras por las cuales se arrancaba la luna del cielo, y que se la traía a la tierra para obligarla a echar espuma sobre la hierba que, después, se convertiría en una de las más usadas en los sortilegios de los encantadores. Lucano dice (lib. 6):
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Et paritur cantu tantos depressa labores,
Donec suppositas propior despumet in herbas89.
Aglaonice, hija de Hegetor, que era una sabia astróloga, hizo creer al pueblo que arrancaba la luna del cielo para hacer conjuros y encantamientos (Plutarco, La desaparición de los oráculos*, número 10). Un poeta dice que los brahmanes atraían la luna y la hacían caer sobre la tierra bajo la figura de un joven toro.
Todo esto es muy de vuestro gusto, pues sé que creéis todo lo que os dicen sobre hechiceros y magos. Para liberar pues a la luna de su tormento y para evitar el influjo del hechizo, hacía falta, dicen, evitar que escuchara sus palabras, lo que se conseguía haciendo un ruido terrible. Los persas practicaban todavía esta ridícula ceremonia, como cuenta Pietro della Valle; y esta sigue en uso, según refiere Tavernier en su Relation nouvelle et singulière du royaume de Tonkin [Nuevo y singular relato del reino de Tonkín]*, en donde se imagina la batalla de la luna contra un dragón90. Virgilio dice (égloga 8):
Carmina vel caelo* possunt deducere lunam91.
Y Horacio habla en libro V, oda 5, de una famosa hechicera de Arminio que decía que con sus encantos hacía descender del cielo la luna y los astros:
Quae sidera excantata* voce Thessala
Lunamque caelo deripit92.
Plutarco, al hablar de un eclipse de luna, dice que en esas ocasiones los romanos tocaban instrumentos de bronce y elevaban al cielo grandes antorchas encendidas, imaginándose que así la luna estaba mucho más tranquila.
Cum frustra resonant aera auxiliaria, lunæ93,
dice Ovidio (lib. IV, Metamorfosis).
Y Juvenal, cuando habla en su sátira 6 de una mujer parlanchina, dice que es capaz de hacer suficiente ruido como para socorrer a la luna en su trabajo:
Una laboranti poterit succurrere lunæ94.
p. 94En el Perú, cuando había eclipse de sol, los autóctonos decían que se había enfadado con ellos por alguna falta que habían cometido, pues su aspecto estaba muy turbio, como el rostro de un hombre encolerizado. Y, entonces, pronosticaban, como hacen los astrólogos, que les ocurriría pronto una gran desgracia. Hacían la misma predicción con el eclipse de luna. La creían enferma cuando estaba oscura y contaban que seguro moriría si llegara a oscurecerse del todo, y que entonces caería del cielo y morirían todos, produciéndose así el fin del mundo. Tenían tanto miedo de que eso ocurriese que, en cuanto empezaba el eclipse, hacían un ruido terrible con trompetas, cornetas, atabales y tambores, y aparte de esto, ataban perros que golpeaban fuertemente para hacerlos ladrar con la esperanza de que la luna, que creían que sentía afecto por estos animales, a causa de algún servicio extraordinario que había recibido de ellos en otro tiempo, se apiadaría de sus gritos y se despertaría del letargo que le causaba su enfermedad. Además, mientras estaba tan enferma, animaban a los niños y muchachos a invocarla, con lágrimas en los ojos, a dar grandes gritos y a rogarle que no se dejase morir, por miedo a que su muerte provocara la pérdida de su universo. Los hombres y las mujeres respondían de manera confusa a estos gritos y hacían un ruido tan extraño que era imposible imaginarse uno igual. Los talaponios de los siamenses dicen que la luna se eclipsa porque un dragón la devora, y que cuando aparece después del eclipse, es porque el mismo dragón la expulsa95. Antonio de Herrera y Tordesillas*> dice (t. 3, lib. 13, cap. 13) que los isleños de Ternate, en las Molucas, lloran en los eclipses de sol y de luna puesto que creen que los eclipses provocarán la muerte del rey o de algún grande96. Fíjate cuántas falsas creencias hay sobre la naturaleza de los eclipses o, si lo prefieres, sobre la manera en que se forman.
IX. Ahora te daré algunos ejemplos de personas que han sabido bien sacar provecho de estos errores, pues todos los días se encuentran pérfidos que aprovechan para su beneficio la debilidad de los ingenuos. Si prestaras atención a todo lo que te ha ocurrido, estarías de acuerdo en que a menudo has sido víctima de maquinaciones similares. Las legiones de Panonia se sublevaron contra Druso, hijo de Tiberio, y ocurrió entonces un eclipse tan oportuno como si hubiera sido enviado para restaurar el orden97. Cristóbal Colón aseguró sus negocios con los indios del Nuevo Mundo prediciéndoles un eclipse de luna. Esto es lo que ha hecho creer a los ignorantes.
X. Ya he hablado bastante sobre los errores acerca de la naturaleza de los eclipses. Diré ahora algo sobre los presagios que se les atribuyen. Necesitaré pocas palabras, aunque estas pocas palabras significarán mucho y deberán contentar el entendimiento, por poco razonable que este sea. Como te das mucho a las predicciones astronómicas, me dirijo a ti. Dime, mi buen Oufle, ¿tienes motivos para imaginar que Dios ha elegido como señal de sus castigos o de sus recompensas (mejor debería llamarlas señales de castigo para seguir la opinión del vulgo, pues es así como se les suele llamar casi siempre, por no decir siempre) a los eclipses, que suceden cuatro o cinco veces al año y de los que a menudo no se entera nadie? ¿Eh? ¿Si quisieras advertir a tus hijos de un castigo, te servirías, para hacerles tal advertencia, de un medio que suele ocurrir cada cierto tiempo y del que no sabrías seguro si se enterarían? ¿Quién te ha dicho que los eclipses indican que el soberano de todos los seres está ofendido con la humanidad y que los envía para avisarla de que va a castigarla por sus crímenes? Estudia las revoluciones celestes y te darás cuenta de que, incluso aunque no pecáramos, los eclipses ocurrirían igual.
p. 95XI. Si estos eclipses provocan la oscuridad, todos los habitantes de los países oscurecidos estarían enfermos. ¡Qué deducción! ¿Es que no hay gente que, sin que se altere su salud, se queda días enteros en lugares más oscuros que las tinieblas que produce el mayor eclipse? ¿No son más necesarios para la vida los alimentos que el sol, puesto que en los polos hay naciones que pasan cómodamente varios meses seguidos sin que el sol se eleve en su horizonte? ¿Hay algo más extravagante que imaginarse que la supuesta malignidad de las tinieblas de un eclipse va a elegir, entre un gran número de hombres, justamente al rey para atormentarlo con una enfermedad o para hacerle perder la corona? Pues, como sabes, según los dictados de los astrólogos, los eclipses atacan a menudo a los grandes. ¿No es a causa de que estos astrólogos, que a menudo actúan con bajeza, no soportan a los que dan muestras de grandeza?
XII. No quiero terminar con la luna sin mencionar (aunque sea brevemente) los falsos efectos que se le atribuyen. Se escucha a menudo decir que la luna hace crecer y decrecer la médula y el cerebro de los animales y los huevos de los cangrejos, que roe las piedras, que crea el frío y el calor, las lluvias y las tormentas, y todo eso sin mayor fundamento que el de ciertas creencias cuya verdad nadie se ha tomado la molestia de analizar. Hay, sin embargo, quienes sí lo han investigado durante veinte o treinta años seguidos y han hallado que estas creencias son falsas, desde que se asumen hasta que se asientan. El resto de mis Reflexiones, como las que ya has leído, te convencerá. Verás mediante varios razonamientos lo ridículo que es creer que la luna aumenta los bienes de quienes se mudan de casa y que cuando los maridos le hacen el honor de llamarla en género masculino, ella les hace dominar por completo a sus mujeres (Demonomanía de Bodin, p. 116). Estos pensamientos son, en realidad, locuras de lo más graciosas.
XIII. También es una idea muy extraña pensar que se puede hacer leer en la luna a una persona muy alejada lo que queramos decirle. Sin embargo, hay dos historias (o, mejor dicho, dos fábulas) que aseguran que ocurrió. Se dice que Pitágoras hervía habas y las exponía a la luna algunas noches hasta que, mediante un hechizo, se convertían en sangre, y que con esta sangre escribía en un espejo abombado lo que le parecía bien y que, al oponer estas letras a la cara de la luna, cuando esta estaba llena, se veía en el círculo de este astro todo lo que se había escrito en el cristal del espejo. Giambattista della Porta* quiere hacer creer en su libro sobre magia natural que, cuando Francisco I entró en guerra con Carlos V, un mago dijo a los parisinos lo que sucedía en Milán escribiendo en un espejo lo que quería que supieran y, al exponerlo a la luna, se leía en este astro lo que el espejo llevaba escrito98. Este es un bello secreto perdido, o bien olvidado, pues nunca se volvió a ejecutar. ¿Es porque los maestros de postas se oponen? Pues no, es más bien porque todo el mundo podía leer en la luna lo que se le quería decir a uno solo. Y así, la política y el amor no hicieron buenas migas.
p. 96XIV. No bromearé en este artículo, más bien voy a llorar, ya que me propongo hablar de la desfachatez que han tenido los astrólogos de convertir las cosas más sagradas, más santas y más dignas de respeto y veneración en objeto de sus charlatanerías. Según ellos, no solo todos los imperios sino incluso todas las religiones hallan su destino en los astros. Saturno, dicen, es el autor de la ley judaica, de donde viene el nombre del sabbat de los judíos o sábado. Y, como las influencias de este planeta son malignas, por su causa los judíos son tan mal tratados por otros pueblos y están sometidos a tantas miserias. Y así, según los astrólogos, se deben a la influencia de Saturno las predicciones de sus desgracias. Toman la religión cristiana como hija del sol, asumiendo que por esta filiación los cristianos han fijado su domingo en el día dominado por este planeta y que los cardenales visten de rojo, que es un color muy solar. El falso Beroso escribió que Noé construyó el arca que lo salvó porque se había enterado mediante la observación de los astros de que un diluvio universal iba a anegar toda la tierra con sus habitantes99. Por tanto, según él, no fue Dios quien se lo advirtió según los decretos de su providencia, como testimonian los libros sagrados. Sus reglas afirman rotundamente que, si Géminis asciende con Saturno en la novena casa del signo de Acuario, es imposible que nazca un profeta. Así es como el espíritu profético depende del nacimiento y no de una elección particular de Dios. Un famoso judío empeñado en esta inadecuada doctrina se atrevió a asegurar que el Mesías no había nacido y predijo que nacería en el año 1464, según él, porque en ese año el cielo estaría en la misma posición que cuando Moisés sacó de Egipto al pueblo de Israel. Este judío suponía que el Mesías no había venido, pero hubo algunos que creían que sí y afirmaban que los astros lo habían hecho santo. ¡Qué impiedad! Marte, dice uno de estos visionarios, bien situado en la novena casa del cielo, otorga el poder de expulsar a los demonios del cuerpo de los poseídos, poder que tenía el Mesías. Siendo así, según estos sabios quiméricos, el hijo encarnado de Dios debe el poder que hizo caer sobre los malos espíritus a la constelación de Marte. Aseguran haber hallado también sus virtudes y que han visto la manera en la que morirían por una mala posición de Marte. ¿Se puede llevar aún más lejos la temeridad? O mejor, ¿puede mostrarse un mayor exceso de impiedad e insolencia? Este exceso me parece tan odioso que no me atrevo ni a nombrar a los autores. Después de eso, ya no me extraña cuando otros dicen que el Mesías ha amparado no solo a los hombres, sino incluso a los astros, pues estos han pecado tanto como aquellos. ¡Que los que ruegan a Dios cuando la luna está unida a Júpiter en Leo o en la cabeza del dragón den por seguro que conseguirán todo lo que pidan! ¡Qué extravagancia! ¿Estos ruegos se dirigen a los astros o a Dios? Si se dirigen a los astros, ¿pueden estos escucharlos y responder? Si es a Dios, ¿acaso él estaba sordo antes de esta conjunción? ¿Ha dicho que no quiere recibir ruegos sin ella? ¿Puede esta conjunción obligarlo a conceder todo lo que se le pida? Como respuesta a todas estas preguntas diré que son tan contrarias a la razón que no merece la pena responderlas, ni tampoco escucharlas. Hay quienes dicen que, cuando hay elecciones papales, se debería escuchar a Mercurio. Otros hacen esperar a todos los nacidos que tienen a Saturno en la casa de Leo que su alma irá directa al Paraíso tras su muerte. También hay quienes han querido hacer creer que han visto en los astros que la religión cristiana no duraría más que hasta el año 1460. Se hizo para la princesa Margarita, hermana de Enrique II, en 1564, un discurso astrológico que daba el horóscopo de la iglesia romana y predijo su ruina, así como la de la Santa Sede y del Sacro Imperio Romano Germánico, debido a la influencia de los astros que habían dominado durante la destrucción de las antiguas monarquías y repúblicas. Un tal Arnaldo, español, situaba, sin duda, la llegada del Anticristo en el año 1345100. Convendrás, sin duda, en que estas tres últimas predicciones se han demostrado falsas: confiesa, entonces, que debe concluirse que tampoco nos debemos fiar de estas gentes en todo lo demás.
p. 97XV. Te repites mucho a ti mismo para convencerte de tu error que príncipes y pueblos enteros han tenido tanta confianza en la astrología judiciaria que la usaban para arreglar sus cuestiones más importantes. Esto es cierto, lo confieso, lo sé tan bien como tú. Sé, por ejemplo, que los persas se fiaban tanto de las predicciones de los magos que eran sus astrólogos los que, cuando estos les aseguraron que la viuda de uno de sus reyes esperaba un hijo, no tuvieron ningún problema en coronar el vientre de esta reina y proclamar rey a su embrión. Caracalla tenía los natalicios u horóscopos de todos los grandes de su estado, y con ellos juzgaba sobre su buena o mala voluntad, elevando a unos y malogrando a otros, haciendo incluso a algunos morir en base a este desgraciado fundamento. Todas las grandes cuestiones del reino de la China se deciden exclusivamente mediante observaciones astronómicas, ya que el rey no hace nada sin consultar la carta astral que le elaboran los del Colegio Real, los únicos a quienes se les permite estudiar en el libro del cielo. La mayoría de los asiáticos están tan seducidos por la astrología judiciaria que consultan a los astrólogos en todos sus asuntos, así que, en esos países, ¡es buen oficio! Antiguamente, en la corte de Francia; es decir, en época de Catalina de Médicis, las damas no se atrevían a emprender nada sin haber consultado a los astrólogos, a los que llamaban sus barones, nombre que seguro no merecían, pues el de embusteros les convenía mucho más101. El rey Luis XI, creyendo que la predicción que un astrólogo había hecho a una dama que amaba había sido la causa de su muerte, lo hizo venir para lanzarlo por la ventana102. Era ya un gran error atribuir la muerte de esta mujer a un acto tan frívolo, pero este príncipe, quien, por otra parte, era muy listo, cayó en otro más. Cuando este adivino celeste estuvo en su presencia, le dijo: «Tú, que dices ser un hombre tan hábil, dime cuál será tu suerte». El pillo, que dudaba del deseo del rey y que conocía su flaqueza, le respondió: «Ah, señor, preveo que moriré tres días antes que vuestra majestad». Lo creyó y tomó la precaución de no matarlo.
XVI. ¡Cuánta gente hay que se ríe de los astrólogos mientras que otros los creen! Una mujer (esta historieta que voy a contar es muy valiosa y única, pues la mayoría de las mujeres cae siempre en estas majaderías), una mujer, digo, llamó a un famoso astrólogo y le pidió emplear su arte para adivinar lo que la atormentaba. El astrólogo lanzó la figura o la quimera de su horóscopo e hizo un largo discurso sobre cada casa celeste, sobre las diferentes posiciones de los planetas y de los signos zodiacales y sobre sus poderes, virtudes y propiedades. Al finalizar, con todo detalle, esta cháchara, la mujer le dio una moneda de quince soles. El astrólogo, al que no le faltaba inteligencia ni picardía, viendo que le daba poca cosa, consultó de nuevo la figura natalicia. Tras simular que la había considerado con mucha atención le dijo: «¡Ajá, señora, acabo de descubrir además en vuestro horóscopo una cosa que os concierne y que me parece muy verdadera! Y es que he visto que no erais en absoluto rica». Lo había sabido, como ves, por la moneda de quince soles. Ella le respondió: «Habéis acertado, es cierto, no soy rica». Él consideró una tercera vez la pregunta, pues quería sacarle alguna otra moneda. «Señora», le añadió con un tono de revelación, «¿no habéis perdido nada?». Ella dijo: «Sí, he perdido el dinero que os he dado». Tomás Moro, gran canciller de Inglaterra, hombre de profunda razón, se burló de un astrólogo que alardeaba de leer en los astros todas las cosas por venir y que, sin embargo, no vio en ellos la infidelidad de su mujer:
p. 98
Astra tibi æthereo pandunt sese omnia vati,
omnibus et quæ sint fata futura monent
Omnibus ast uxor quod se tua publicat, id te*
Astra licet videant omnia, nulla monent*103.
«Os entretenéis mirando los cielos sin reflexionar sobre lo que está a vuestros pies», dijo una buena mujer a un astrólogo que se cayó a una fosa mientras levantaba la cabeza para contemplar los astros. Guillermo, duque de Mantua, que tenía en su caballería una yegua preñada, observó exactamente el momento en el que parió un mulo. Envió enseguida a los más célebres astrólogos de Italia, para entretenerse a su costa y burlarse de ellos, la hora del nacimiento de este animal y les rogó que le dijeran qué fortuna tendría un bastardo nacido en su palacio. Cuidó que no supieran que se refería a un mulo. Los señores intérpretes hicieron todo lo posible para agradar al príncipe, pues no dudaban que fuera hijo suyo. Unos dijeron que sería general del ejército; otros, abate; algunos lo elevaron a cardenal; hubo incluso uno que lo elevó a Papa. Casio, que fue derrotado por los partos104, quienes usaban flechas como armas principales (esto te pido que lo recuerdes), huyó lo más pronto que pudo a la ciudad de Carras y, como no quería quedarse mucho por miedo a ser perseguido y atacado, un astrólogo que lo acompañaba le dio un consejo hablando así: «Creedme, señor, no os marchéis de esta ciudad hasta que la luna esté en el signo de Escorpio». Pero Casio se mofó de él, respondiéndole en estos términos: «Os reís de mí con vuestro consejo. Ciertamente no temo a ese signo, solo al de Sagitario». «Ya que sabéis por vuestros conocimientos astronómicos», dijo un burlón a un astrólogo, «el destino de este ciruelo, mostradme, os lo ruego, cuándo traerá frutos, si le romperán adrede alguna rama, cuántas ciruelas traerá y quién las comerá». «Si queréis adivinar sin equivocaros», decía antiguamente un tal Marciano, «decid justo lo contrario de lo que dicen los astrólogos». No pasaba un año ni un mes sin que los astrólogos anunciaran la terrible amenaza de la muerte de Enrique el Grande. «Dirán la verdad al fin», dijo un día este príncipe, «y el público recordará esta como la única vez en que su predicción habrá sido cierta, frente a tantas otras que han resultado falsas». Un astrólogo advirtió a un príncipe que pusiera en orden sus asuntos porque decía haber sabido por los astros que iba a morir en tres días. Este príncipe, que no creía en absoluto estas fantasías, le preguntó cómo sería su muerte. «De fiebres», le respondió. «Conque esa será mi muerte, pues bien», respondió el príncipe, «para que conozcas la vanidad de tu ciencia, tú vas a ser colgado enseguida». Como ya tenía bastante desgracia este astrólogo al ser conducido al suplicio, se encontró, como imaginarás, terriblemente conmocionado y asustado. Sin embargo, pensó servirse de su inteligencia para salir del paso. «Veréis, señor», dijo al príncipe, «si mi predicción no es verdadera. Tocadme el pulso y veréis que no tengo fiebre». Esta sutileza le salvó la vida y el príncipe se estuvo riendo más de tres días después a pesar de la predicción. Séneca se burla (De ludo de morte Claudii) de la astrología judiciaria cuando cuenta cómo Mercurio ruega a las parcas que sufran para que los astrólogos puedan decir de una vez la verdad después de haber condenado a muerte a Claudio falsamente, cuando habían pasado, no solo años, sino meses desde que ascendió al imperio. Nada está más sujeto a error que las predicciones de los astrólogos. Ya lo has visto y lo verás además a continuación. Los presentimientos de los animales resultan más seguros que todas las especulaciones adivinatorias. Es lo que se explica en la siguiente historieta:
p. 99
Un rey hasta la manía
Amó antaño la astrología;
Siempre andaba a sus espaldas
Un doctor con grandes lentes
Y de este contador de sandeces
A ciegas seguía todas sus comandas.
Acerca de proyectos diversos, sobre sus tristes pesares,
A los astros fueron en demanda.
Era un pusilánime ridículo.
Pero a los reyes les encanta saber el futuro.
El azar desengañó a este príncipe demasiado crédulo.
Un día en que el sol brillaba más y era más puro
Invitó al monarca a salir de caza.
Salió de noche, el cielo se hizo oscuro.
El aire se espesó, tormenta amenazaba,
El monarca, tembloroso, consultó a su doctor.
Entonces, con tono de pedagogo:
«Calmad vuestra preocupación, señor,
prometo buen tiempo», respondió el astrólogo.
Con la palabra del engañador
Avanzan y desarrollan los trabajos de Diana.
La jauría estaba en el campo cuando apareció un asno.
Un labriego lo seguía. «Buen hombre, a fe tuya,
¿lloverá?», preguntó el rey.
«Señor, vendrá agua, sin duda».
Dijo el patán*, sin tiritar.
Veo del burro las orejas temblar,
Es un presagio seguro: el monarca lo escucha
Y sabe de buen grado que ha sumido
al doctor y al burro en un compromiso.
El astrólogo palidece; pues, la tormenta
comienza a fundirse sobre su cabeza.
El príncipe bien mojado echó de su palacio
a los doctos charlatanes portasotanas
y juró a sus dioses que jamás
consultaría a otro doctor que no fuera un burro.
p. 100Cicerón se burla (lib. II, De Divinatione) de un tal Lucio Tarucio Firmano, gran discípulo de los caldeos, que hizo una predicción sobre el nacimiento de la ciudad de Roma y le sacó el horóscopo105. Séneca dice (Noctes atticae, lib. XIV, cap. 1), «Patere etiam aliquando Mathematicos vera dicere et tot sagittas cum emittant, unam tangere, aberrantibus aliis»106.
En efecto, así como de entre muchas flechas lanzadas al azar, no hemos de extrañarnos de si una llega a su objetivo, de entre tantas predicciones que hacen los astrólogos bien puede ocurrir, aunque sin consecuencias, que haya alguna verdadera. Acabemos este artículo en el que ves bien cuántos se han mofado de la astrología judiciaria. Créeme, aumentemos ese número. Es la decisión más razonable que podemos tomar. Lo que me queda por decir te convencerá por completo.
XVII. Ya te lo he dicho. No nos acordamos más que de las predicciones verdaderas de los astrólogos; pero en absoluto nos esforzamos de recordar sus meteduras de pata y sus mentiras. Nadie lleva la cuenta de sus errores de cálculo, dice un sabio que suele cavilar con rectitud. Hablo de Montaigne. Si nadie se ha puesto a recopilar lo que dicen de falso, ¿no será porque sus falsedades son habituales e infinitas? Si recordamos tan fielmente sus predicciones cuando aciertan, ¿no es porque son escasas y prodigiosas? Así respondió un tal Diágoras, al que apodaron «el Ateo». Alguien le mostró un día en un templo de Samotracia varios cuadros donados por unos que habían tenido la buena fortuna de escapar de un naufragio y pretendían mostrar así cómo los falsos dioses cuidaban a los hombres que recurrían a su protección. Respondió: «Pero ¿no habría más cuadros de los que murieron si hubieran podido enviarlos a vuestro templo?»107.
XVIII. Pareces conocer la mayoría de predicciones verdaderas enunciadas por los astrólogos; pues, como crees firmemente todo lo que dice la astrología judiciaria y no puedes dar ninguna razón válida para probarlo razonablemente, probablemente tendrás, al menos, algunos hechos que avalen tus creencias. Pues bien, yo te voy a dar evidencias para destruirlas y, así, estarás obligado a recurrir a la razón si quieres seguir creyendo. Yo te mostraré después, mediante la razón, que haces mal en creer. Zica, rey de los árabes a quien los más célebres astrólogos de su época habían prometido una larga vida para perseguir cristianos, murió el año mismo de esta predicción. Enrique II, a quien Cardano y Gaurico habían predicho una vejez feliz, fue muerto miserablemente en un torneo en la flor de la vida. El astrólogo de Gian Galeazzo*, duque de Milán, fue asesinado en el momento mismo en que dijo que su vida debía ser larga y feliz. Un duque de Saboya que había sabido por otro charlatán del mismo oficio que pronto Francia dejaría de tener rey emprendió con esta esperanza la guerra contra los franceses. La predicción fue acertada, pues el rey salió de Francia para ir a hacerle entrar en razón, pues no lo había entendido bien el duque ni tampoco era eso lo que el astrólogo quería decir. La historia cuenta varias predicciones que se han aventurado sobre el fin del mundo y cuya falsedad se ha constatado perfectamente con el paso del tiempo. Hubo incluso un astrólogo que, mientras aseguraba que el mundo acabaría en un año concreto, lanzaba al mismo tiempo efemérides para veintitrés años más allá del término que había dado a la consistencia del cielo y de la tierra. Otros sabios creían que como Dios había creado el mundo en seis días y que había descansado al séptimo, el mundo no duraría más que seis mil años; otros, que después de la muerte de Jesucristo quedarían tantos años hasta el fin del mundo como versículos en el salterio de David108. Aristarco aseguró que el mundo no debía durar más que 2.484 años; Darete Dirrachino, 5.552; Heródoto y Lino, 10.800; Dion, 13.984; Orfeo, 120.000; Casandra, 1.800.000. Hubo un cierto Stöffler y algunos otros que anunciaron un diluvio horrible para el año 1524 y, para desgracia de la astrología judiciaria, ese año fue tan seco que, durante todo el mes de febrero, en el que esta inundación debía ocurrir, no se vio ni una sola nube en el cielo. Carlos V, Francisco I y Enrique VIII, los tres de la misma edad, fueron amenazados de muerte violenta por los más hábiles astrólogos de su siglo. Sin embargo, sus muertes fueron todas naturales. Cicerón dice (lib. II, De Divinatione) que a los tres principales hombres de la República, es decir, a Pompeyo, Craso y César, les habían asegurado varios caldeos que morirían en sus hogares colmados de gloria, de bienes y de años. Los tres murieron en la desgracia. Se le prometió a Mecio Pomposiano que sería emperador, aunque solo llegó a cónsul109. Vespasiano le dio el consulado, aunque, a causa de la predicción, intentaron hacerle pasar por sospechoso a ojos del emperador. Los astrólogos habían predicho al duque de Viseu que sería rey de Portugal. Halagado por esta promesa, entró en una conspiración contra el rey Juan y, llevado por un exceso de confianza, a pesar de todas las razones que tenía de desconfiar de ese príncipe, obedeció la orden que había recibido de ir a hablar con él y fue apuñalado. Los partidarios de la astrología judiciaria se empeñan en apoyar firmemente la predicción hecha a Vitelio. Dicen que los astrólogos, al saber que Vitelio les ordenó salir de Italia, hicieron poner de noche un papel por el cual le ordenaban morir en un día concreto que fue, efectivamente, el día de su muerte. ¡Es innegable que Xifilino, el epitomador* de Dion Casio lo contó, aunque, sin añadir estas palabras, «pues sabían con exactitud lo que debía ocurrir»! Zonaras refirió la misma historia, pero solo habló de un hecho glosado y falsificado. Suetonio nos muestra cómo Vitelio hacía morir sin miramientos ni juicio de cualquier tipo a todos los astrólogos que lo denunciaban, pues se molestó cuando, justo después de la publicación del edicto por el cual ordenaba a estas personas salir de Roma y de Italia como muy tarde, el uno de octubre, apareció un cartel en el que los astrólogos le ordenaban salir del mundo ese mismo día. Si su predicción hubiese sido cierta, habría muerto el uno de octubre, pero lo cierto es que fue asesinado a finales de diciembre. Dion Casio hizo mal en seguir las tradiciones populares frente a los historiadores, que habían observado en las fechas razones para rehusar estos aspectos maravillosos impresos en esta aventura, como en otros cientos de ocasiones de las que los astrólogos han sabido bien sacar beneficio. Otra historia sobre la habilidad de un astrólogo y de la que sus confraternes presumen mucho. Un hombre erudito y enemigo de estas fanfarronerías así la ha descrito. Con ella haré la siguiente reflexión. Así refiere Tácito el hecho del matemático Trasilo, que causó tanta impresión a algunos. Tiberio, dice, estaba descansando en Rodas y quiso satisfacer su curiosidad acerca de la astrología judiciaria. Para poner a prueba la aptitud de quienes la tomaban como profesión, se sirvió de un lugar de su casa muy alto, elevado sobre piedras expuestas al mar y al que no se podía subir más que por precipicios que causaban pavor. A este lugar hizo venir a aquellos que se dedicaban a predecir el futuro, conducidos por uno de sus libertinos, de quien se fiaba, un hombre tan fuerte de cuerpo como ignorante de espíritu. Si Tiberio hubiera sabido que aquel a quien había encomendado la misión no era más que un pícaro, y que solo actuaba con embustes, como suele ocurrir con estas personas, el conductor no habría dudado, al regresar, tras recibir la señal, en lanzarlo al mar, por miedo a que fuera a revelar todo sobre lo que había sido interrogado. Trasilo, gran conocedor de la ciencia de los caldeos, fue llevado como los otros a este lugar remoto, aseguró a Tiberio que sería emperador y le reveló muchos hechos sobre su futuro. Tiberio le preguntó si también conocía bien su propio destino y que tratara de adivinar cuándo le iba a llegar su momento. Trasilo le respondió puntualmente, y extrañándose, palideció, pues, cuanto más consideraba el momento actual respecto a su nacimiento, más muestras daba de terror, hasta gritar que los astros lo amenazaban sobre el que sería su último instante de vida. Tiberio, lleno de admiración, lo tranquilizó, abrazándolo, y tomándolo por adivino, lo incluyó entre sus más íntimos amigos.
p. 101Sin embargo, no he hablado de todo lo que esta historia tiene de fantasiosa, pues raro es que muchos hombres pudieran ser lanzados al mar sin que se supiera y sin que la justicia actuara, o al menos informara de ello a Augusto. Aun cuando el hecho fuera verdadero, no cabría extrañarse mucho de que Trasilo, que había considerado la pendiente del lugar en el que estaban y los malos caminos por los que había que regresar, albergara alguna sospecha sobre la petición de Tiberio. Apenas hay personas, por rudas que sean, a quienes no les hubiera pasado otro tanto. El gesto del rostro de Tiberio, el del conductor y tal vez alguna señal hecha al mismo tiempo, hicieron, sin duda, al pobre matemático temer por su vida. Esta situación le hizo recurrir a una estrategia que le resultó útil, fingir que vio en el cielo el peligro en el que estaba y del que escapó gracias a la destreza de su mente. Pues ¿hay algo más erróneo que creer que un hombre puede, según la narración de Tácito, calcular su horóscopo en un instante, hacer sus razonamientos y reconocer tan exactamente aquello que lo amenazaba al momento? Si ya antes había calculado su horóscopo, seguramente sin presión, debía haber sabido todo lo que le ocurriría después. Si era la primera vez, como hemos de presuponer, para no extrañarnos de su sorpresa, en tal caso, no parece que haya podido hacer tan rápido las operaciones necesarias para conocer de forma tan precisa el peligro que corría. Se podrían extraer muchas otras conjeturas contra la verosimilitud de esta historia, eso te lo dejaré hacer a ti solo. Observaré solamente que Dion Casio, aún con todo lo crédulo que es, se abstiene de hablar de ello en su libro LV, como ha hecho Tácito, y que en su libro LVII reconoce que Tiberio hizo morir a este astrólogo tras reconocer (según creía) que toda su ciencia estaba fundada en la magia. Esto demuestra sobradamente el poco caso que hay que hacer a semejantes relatos. Añadiré que Trasilo había asegurado a Tiberio que viviría diez años más de los que vivió, aunque Dion lo atribuye a la astucia más que al error.
XIX. Te ruego que pienses ahora, como yo, si tienes verdaderos motivos para fiarte de los horóscopos. Daré la palabra a personas que han tratado exhaustivamente este tema, les daré mi voz, pero sin traicionar nada de lo que digan. ¿Has pensado si es totalmente cierto que los astros giran adrede sobre la cabeza de los hombres en su beneficio? Si estuvieras bien seguro, habría en esta certeza algún detalle que parecería favorable para la astrología judiciaria. Digo que parecería, pues no supone ninguna prueba para llevarte a creer absolutamente todo lo que dicen los astrólogos. Pero que eso no nos detenga. Entremos en materia. Un horóscopo dice que, si un niño nace en la época en que un astro esté en una cierta posición, este niño hará tales o cuales acciones, y tendrá tal o cual desarrollo. Es todo lo que se podría decir si este único astro contribuyera a todo lo que hará el niño. Pero ¿acaso las costumbres, el alimento, las órdenes, el ejemplo, la vergüenza, el miedo, el amor, la educación y la libertad de pensamiento no cuentan en absoluto? ¿Todo eso no puede producir mayor efecto que no sé qué influencias que dicen que caen sobre su cuerpo y que tienen que recorrer tan largo camino antes de caer? ¿Qué base hay para atribuir solo al cielo los hechos de la vida de los hombres si no es la única causa de su existencia? Aristóteles dijo que el sol y el hombre producen otro hombre. Admitimos entonces muchas otras causas subalternas en eso, además de la primera, que es Dios. ¿Por qué entonces solo puede ser el cielo la causa de todo lo que les sucede a los hombres? Y si hay varias razones que cooperan con él en causar la buena o mala fortuna, ¿cómo puede ser que el simple conocimiento de los astros provoque lo que dicen los astrólogos judiciarios? Haría falta, para que lo creyéramos, que nos mostrasen cómo poseen un arte que les hace comprender las cosas singulares, aunque infinitas, y las contingentes, aunque inciertas. Esta ciencia que cultivan no tiene nada de real y las influencias de los cielos no pueden mandar nada sobre los hombres frente a las leyes, la filosofía o la mínima inspiración divina, y eso sin hablar de su libre arbitrio. Lo que prometen es o bien ridículo, o bien demasiado simple para creerlo.
p. 102XX. Bardesanos, sirio y hábil caldeo, habla así a los astrólogos judiciarios (en Eusebio lib. VI, cap. 18, Preparación evangélica). Dividís el mundo en siete climas dominados por cada planeta, pero ¿cuántas naciones tiene cada planeta? Y en cada nación, ¿cuántas provincias? En cada provincia, ¿cuántas ciudades con diferentes leyes, dioses y religión? En las Indias bajo un mismo clima unos comen hombres, otros se abstienen de comer toda carne; unos adoran los ídolos, otros no reconocen ninguno. Los magos que salen de Persia, allá donde se les lleve, son incestuosos según su costumbre, y los judíos que se encuentran por todo el mundo, expuestos a cualquier clima, no cambian ni de religión ni de manera de vivir. Finalmente, un pueblo parte de un clima y otorga nuevos dioses y nuevas leyes a otro sin que el clima del lugar al que llega le suponga ningún impedimento. Los bosques, las montañas y los ríos hacen más diferentes las leyes que los climas y los signos. Las costumbres y las victorias reducen las leyes a una, a pesar de los climas de Saturno, Júpiter y otros planetas. ¿De dónde se deduce que en las provincias en las que en otro tiempo se adoraba a Venus y Mercurio, cuando estos astros estaban ahí posicionados, en cambio se abolieran y expulsaran a los dioses? ¿Y cómo es que la ley judaica perduró bajo todos los climas aunque fuera prohibida por el suyo propio?
XXI. Los astrólogos, para engañar mejor a la gente, quieren hacer creer que los cielos son un libro en el que Dios escribe la historia del mundo. Plotino y Orígenes cayeron en la trampa. Cuando Orígenes quería expresar su opinión* por alguna cosa importante, se apoyaba en la autoridad de un libro apócrifo, atribuido al patriarca José, en el que se cuenta que el patriarca Jacob, dirigiéndose a sus hijos, afirmó que había leído en los cielos todo lo que les ocurriría a ellos y a sus descendientes. «Legi in tabulis cæli quacumque contingent vobis & filiis vestris»110. Porfirio asegura que, cuando iba a suicidarse, Plotino leyó su intención en los astros y le hizo desistir. ¿Hubo jamás semejante absurdidad? Sé bien que los rabinos se imaginaban que el cielo estaba lleno de letras, pero aparte de que no se ha llegado jamás a decidir si eran hebraicas, egipcias o arábigas, que me nombren a un autor sensato que presuma de comprender tal escritura. Cierto es que Postel111 ha escrito audazmente que había leído en el cielo en caracteres de Esdras, aunque de forma confusa, todo lo que contiene la natura112. Basta responder que son visiones de Postel y de los rabinos, que se alimentaron de carnes tan huecas que su cerebro no quedó mucho mejor. Es lo mejor que se puede pensar de ellos, pues, o bien son visionarios, o bien hay que pensar que se han confundido de profesión. Debieron cogerle el gusto a imponer estas visiones al público y divertirse con la ingenuidad de los débiles. Ni los griegos ni los latinos, en su poesía más licenciosa, dijeron nunca nada tan extravagante. Cuando interpretaron la lira de Orfeo en las estrellas fijas del cielo que tenían los siete planetas como siete cuerdas, cuyos diversos movimientos producían una agradable melodía que los filósofos, y principalmente los pitagóricos, dijeron escuchar, no descubrieron nada que no pueda ser bien interpretado si consideramos el orden reglado de las revoluciones de estos cuerpos celestes. Preguntaría de buena gana a quienes se fundamentan en esta palabrería para quién se ha creado este hermoso abecedario de los cielos, ya que no compete a los hombres aprender a leer ni conocer el futuro que Dios, según el texto de los libros sagrados, ha reservado en particular exclusivamente para su conocimiento. Que me señalen a algún judío o algún árabe que después de haber estudiado en este admirable libro haya escrito un texto que pueda compararse con el más insignificante tratado de nuestros filósofos.
p. 103XXII. ¿Por qué se afirma que las influencias de los astros operan solo en el momento del nacimiento y no antes o después? Pues no influyen menos en el cuerpo del niño durante el tiempo que pasa desde su gestación hasta su nacimiento que en el momento en que disfruta de la luz y aún más en los años sucesivos. De este modo, ¿por qué no podría la buena disposición de estos cuerpos celestes corregir a quien haya sido malo? Cuando los planetas cambian de posición, las reglas de la astrología dicen que su aspecto también cambia y que, en consecuencia, se convierte en bueno lo que era malo. ¿Qué razón existe para creer que es solo uno el que nos influye?
XXIII. Afirmar que el conocimiento que se extrae de la astrología judiciaria proviene de la experiencia es un error. He aquí la razón. Las estrellas y los planetas jamás han estado dos veces igualmente dispuestos, puesto que la gran revolución celeste no se consigue más que cada treinta y seis mil años, o incluso, según algunos, en cuarenta y nueve mil, por no decir nada de las teorías de Copérnico. En consecuencia, los astrólogos no han podido certificar dos experiencias similares desde la creación del mundo, que no es mucho más viejo. Este argumento fue considerado tan sólido por Juntino, uno de los más grandes partidarios de la astrología judiciaria, que vio obligado a recurrir a la ciencia infusa del primero de todos los hombres.
XXIV. Considera, además, que, así como una infinidad de personas nacidas al mismo tiempo viven y mueren de muy diferentes formas, también otros tienen destinos semejantes en un naufragio, o en la toma de una ciudad, o en la caída de una casa, aunque sean de diferentes edades y diversos países y, en consecuencia, estén regidos por diferentes constelaciones. El estoico Posidonio aseguraba que dos hermanos gemelos sufrieron similares enfermedades porque tenían el mismo ascendente y nacieron en la misma cara del cielo, pero Hipócrates dio una mejor explicación, atribuyéndolo a la coincidencia de su temperamento que venía de los mismos padres y a la idéntica educación que habían recibido. Plinio indica, siguiendo a Homero, que Héctor y Polidamante nacieron en la misma noche y tuvieron destinos bien diferentes, y que los oradores Rufo y Calvo nacieron también el mismo día, aunque no se encontró en sus vidas ninguna coincidencia más allá de la profesión. Sé bien que se ha hablado de la rueda del matemático Nigidio, que se hizo llamar el Alfarero, la cual mostraba que como cielo giraba más rápido que esta, cuyas revoluciones no eran comparables, era imposible que dos hermanos salieran tan rápido del vientre de su madre sin que los astros hubieran recorrido una distancia muy considerable. No ignoro que muchos Oufles han aprobado tanto esta respuesta que les parece suficiente para contentar a los que preguntan por qué ciertas personas logran con bastante facilidad comenzar, e, incluso, continuar todas sus acciones sin poder, sin embargo, concluirlas. Igual que, al contrario, hay otros que encuentran habitualmente grandes obstáculos al inicio y no dejan que se les impida triunfar. Esto viene, dicen, del gran esfuerzo de la madre en el momento del parto y de que el nacimiento de tales personas ha durado un tiempo durante el cual el cielo las ha mirado con diferentes rostros, pues afirman que el comienzo de la salida del vientre materno marca el comienzo de todas las acciones futuras del niño, que la mitad de ese tiempo gobierna el desarrollo de sus proyectos y que la disposición final del cielo influye en el desenlace de todo lo que le ocurra en la vida. Sin embargo, si hubiera en ello algo de verdadero (lo cual encuentro demasiado imaginario para darle credibilidad) y un lapso tan pequeño pudiera causar tan notables diferencias, ¿quién no es capaz de ver que así se podría combatir más fuertemente la astrología judiciaria, ya que esta no predice un horóscopo donde el momento del nacimiento sea tan curiosa y justamente observado como le supone esta doctrina? No hay apenas hombres que sepan la hora de su nacimiento más que por su voluntad y según los relojes comunes que concuerdan muy raramente. Son estos los que la han enseñado a quienes han querido tomarse la molestia de tenerla en cuenta. Aun cuando hallemos a alguien que se tome la molestia de calcular la elevación del sol con un astrolabio o hacer alguna otra observación astronómica, no se puede asegurar su veracidad en el preciso momento en que hablo, vistos los habituales fallos de los instrumentos y la poca exactitud que hay en todas esas operaciones, varias de las cuales, aun estando hechas con un mismo fin, en un mismo lugar y tiempo, no coinciden casi nunca.
p. 104XXV. Ya que a menudo combatimos los rigores del cielo sudando en una sauna durante el invierno, o bien refrescándonos de diferentes maneras durante el verano, ¿no podremos hallar también medios para contrarrestar tantos influjos con que nos amenazan los astrólogos? Si te enviasen influencias para hacerte pobre, ¿no podrías trabajar para ser rico? Sigue planteándote estas cuestiones según lo necesites. Esa es la tarea que te encomiendo: pon de tu parte, ponla en práctica, dale forma y, sobre todo, no pierdas de vista tu libre arbitrio, acuérdate de que tienes libertad de hacer el bien o el mal sin que los astros te la puedan quitar.
¿Cómo? ¿La necesidad de las virtudes y los vicios
De un astro imperioso ha de seguir los caprichos;
y el cielo, a nuestro pesar, conduce nuestras acciones
hacia el más extraño efecto de sus predicciones?
El alma es, entonces, pura esclava. Una ley soberana
con el Bien o el Mal sin cesar la hermana,
Y no recibiremos ni temor ni deseo
De esta libertad a la que no le queda titubeo.
Uníos sin cesar a este poder sublime,
virtuoso sin mérito y vicioso sin crimen,
que masacren a los reyes, que se rompan los altares,
es culpa de un astro y no de los mortales.
De toda la virtud sobre la tierra esparcida,
toda la culpa, a estos cielos, toda la gloria es debida,
actúan en nosotros cuando pensamos actuar.
Cuando decidimos, no hacemos sino acatar,
y nuestra voluntad no ama, odia, busca ni evita
más que siguiendo lo que desde alto su brazo precipita.
De dicha ceguera me queréis dispensar.
El cielo, solo para castigar, solo para recompensar,
para dar a las acciones su pena o su paga,
debe ofrecernos su ayuda y después dejar que uno haga.
XXVI. Pon atención a esto y reconocerás mediante nuevas pruebas la vanidad de la astrología judiciaria y cuánto te equivocas al temer sus amenazas o al confiar en sus promesas. En cuestiones de ciencias reales y verdaderas, la contradicción destruye la disciplina. Sin embargo, no existe nada más heterogéneo que los principios que establecen los astrólogos, cada uno a su albedrío, ni tan contrario como sus axiomas. Esto es lo que no sabes y de lo que no te has informado nunca. Si eres razonable, confesarás que necesitabas mucho este escrito. Pues solo has querido creer sin el menor deseo de informarte sobre si creías con razón. Pasemos, entonces, a las contradicciones de la astrología judiciaria. Los astrólogos aún no han podido convenir el cálculo que deben hacer ni las tablas que se deben usar. Unos aprueban las tablas pruténicas; otros, las de Alfonso; algunos están a favor de las de Blanchino; otros prefieren las de Royaumont, y, sin embargo, las suposiciones de unas y otras son muy diferentes113. Los hebreos conciben las figuras del cielo muy distintas a las de los griegos. Y, sobre todo, no representan jamás a humanos, con lo que creen satisfacer la ley de Moisés. Los egipcios y los árabes tienen sus caracteres celestes aparte. Los caldeos no tenían más que once signos del zodiaco. Dividieron en dos a Escorpio, añadiéndole Libra. No los representaban tampoco en el mismo espacio que les daban los egipcios. La esfera barbárica, dice Fírmico, es muy diferente de la griega y la romana. La india, la persa y la tártara, no son menos distintas y las constelaciones de los chinos están aún más alejadas de las comunes. El Padre Trigault asegura que tienen quinientas más que nosotros. El sexo de los astros no ha podido aún ser determinado entre ellos. Alcabitius, por ejemplo, y Albumasar consideran a Mercurio macho; pues, en su profesión solo hay extravagancia tras extravagancia, no acaba nunca. Mercurio es, a menudo, femenino en Tolomeo, que lo considera como un andrógino en el sexto libro de su Quadripartitum. Los astrólogos han establecido doce casas en los signos a causa de la intersección del horizonte y del meridiano, que corta el equinoccio en dos partes iguales. Pero su arquitectura es bien diferente, pues, además de que hay quienes consideran estas casas espacios desiguales, unos calculan por un extremo y, otros, justo por el otro. Quienes sitúan el inicio en Oriente lo nombran el Horóscopo por excelencia, como si tuviera más acción sobre los nacidos. Otros aseguran que, por esta razón, el horóscopo debe situarse en lo alto del cielo, desde donde las influencias llegan perpendicularmente y desde un lugar más próximo al niño que desde el Oriente, que solo envía sus rayos de forma oblicua y por una línea más alejada. ¡Disparates! ¡Estos disparates no enriquecerán jamás el espíritu de las cosas valiosas! ¡Son falsedades totalmente indignas de aplicarse a personas razonables! ¡Razonamiento vacío y sin ninguna solidez! Mira entonces en qué te basas. Mira (y yo lo sé perfectamente bien) lo que te guía para cuidar a tus hijos. Continuemos nuestra carrera, pues no he llegado aún al final. Los cometas son bastante famosos como para que se me olviden y hablaré de ellos en particular. Tendré buenos apoyos para ello, vas a ver.
p. 105XXVII. Mucho se ha dicho de los cometas, cuando aparecen y hacen un gran ruido puesto que llevan la alarma, el miedo y el terror por doquier. Se les toma, dice un hábil crítico, como a unos heraldos que vienen de parte de Dios para declarar la guerra al género humano. Raramente se les hace significar algo bueno. Hay, sin embargo, un astrólogo que, habiendo observado que en 1661 un cometa había pasado por el signo del águila y que se había extinguido a los pies de ese signo, aseguró que era un presagio de la ruina que al imperio turco le provocaría el alemán. Los acontecimientos justificaron poco esta predicción, pues, dos años después, los turcos se propusieron invadir toda Hungría y hasta habrían invadido todas las tierras hereditarias de la casa de Austria si la ayuda enviada al emperador no le hubiera permitido establecer la paz con la Puerta Otomana114.
XXVIII. Examinemos si hay verdaderas razones para temerlos. La luz de los cometas no es más que la del sol extremadamente debilitada. Es también absurdo atribuirles efectos que el sol por sí mismo no puede tener. Sería absurdo empeñarse en que una vela encendida en medio de una plaza calentaría a todos los habitantes de una gran ciudad, o en que un buen fuego encendido en el cuarto de cualquiera no podría proteger del frío. Juzga si los cometas, estando tan alejados y teniendo un calor tan débil, pueden encender guerras y poner todo en combustión.
XXIX. Se ha hecho el siguiente razonamiento, que creo que será de tu gusto, a menos que te disgustes con todo lo que es razonable. Si un cometa, dice un autor que me sirve mucho para hablar de este asunto, ya que lo ha tratado a fondo (esto te debe agradar, pues no se puede tener más confianza que la que tú tienes en los libros impresos), si un cometa, dice, tiene alguna fuerza, es solo porque se supone que la tierra está en el centro del mundo y que todos los cuerpos pesados tienen una inclinación natural para acercarse a ese centro. ¿Cómo sabemos que la tierra está en el centro del mundo? ¿No es evidente que, para conocer el centro del mundo hay que conocer la superficie y que, no siéndole posible a la mente humana conocer dónde están los extremos del mundo, le es imposible saber si la tierra está en el centro del mundo o si no lo está? No te esperabas que te remitiese al centro de la tierra para quitarte el miedo que tienes a los cometas. En verdad, te causo bastantes molestias. Pero ¿no lo mereces por tu falsa credulidad? Como dicen, hay que hacer viajar* a la gente para que madure.
XXX. Dirás, como todos los que piensan como tú, que se han observado desórdenes en el mundo después de que aparecieran los cometas y que, en consecuencia, estos fueron la causa. Es como si dijeras «todas las veces que asomo la cabeza por la ventana pasan carrozas, por lo que yo soy la causa de que pasen, o al menos, al acercarme a la ventana soy un presagio en todo el barrio de que pasarán carrozas». Aparentemente, no eres tan bobo para pensar que tu presencia producirá tal efecto. No creas lo mismo con los cometas. Este tipo de errores proviene de este mal razonamiento que se dice en tono de axioma: post hoc, ergo propter hoc; es decir, como tal cosa es consecuencia de otra, es necesario que la primera sea necesariamente su causa. De este mismo modo han afirmado la consecuencia de que la estrella llamada canícula es la causa del calor que creemos sentir más de lo habitual en los días llamados caniculares. Esta canícula no tiene más participación en el calor que tú en el desfile de carrozas.
p. 106XXXI. Se puede decir que es muy incierto que cuerpos tan alejados de la tierra como aquellos puedan enviar alguna materia que tenga grandes efectos, pues, si es (esta es la doctrina, pero que no te asuste, pues estará a tu alcance por poco que le prestes atención), si es, digo, el parecer universal de los filósofos, según el cual me vi obligado a abandonar la opinión común sobre los cometas, que la atmósfera terrestre, es decir, el espacio hasta el cual se escuchan las exhalaciones y los vapores que esta expande por todas partes, se termina en la región media del aire a tres o cuatro leguas de elevación como mucho, ¿por qué creeremos que la atmósfera de los cometas se extiende hasta millones de leguas? No se puede explicar precisamente por qué los planetas y los cometas pueden producir efectos hasta en la tierra capaces de causar en ella notables cambios mientras que la tierra no puede producirlos más que a treinta leguas de distancia. Admitamos que los cometas pueden expandir hasta en la tierra muchas exhalaciones, ¿se derivaría de ello que los hombres estarían notablemente alterados por ellas? En absoluto, pues si estas exhalaciones recorrieran espacios tan inmensos como esos, se romperían y se dividirían en una infinidad de partículas insensibles que se expandirían en todo el vórtice solar casi como las partículas de sal se distribuyen en toda la masa de agua en la que se disuelven. Pero si comparamos un cometa con todo el vórtice solar, hallaremos que no está en la misma escala de este vórtice, sería como comparar un grano de sal con una legua cúbica de agua*.
XXXII. Suponiendo que los cometas esparzan sobre la tierra muchos corpúsculos capaces de grandes acciones, no hay razones para sostener que sean la causa de pestes, guerras y hambrunas más que de la salud, la paz y la abundancia, porque nadie conoce la naturaleza de esos corpúsculos, su forma, su movimiento o las demás cualidades de sus partes. En efecto, ¿es más sensato mantener que un cometa que aparece en invierno y que no puede evitar un frío excesivo causará la guerra tres años después de haberse extinguido porque, al calentar la masa sanguínea, hará a los hombres más diligentes, que sostener que mantendrá la paz porque al refrescar la masa sanguínea los hará más sabios? Esto es lo que se llama razonar, querido discípulo. Todo esto te es bien nuevo, pues hasta ahora has seguido un camino en el que no cabe la razón. Has creído que un cometa puede causar grandes males sin informarte de cómo es posible. Lo que acabas de leer es muy adecuado para destruir tu ridícula creencia. Saca provecho de ello, así como de lo que ahora sigue.
XXXIII. Dime, te lo ruego, ¿qué razones tienes para creer que un cometa, que un astro que da cada día la vuelta al mundo se centra más en una nación que en otra? Te desafío a darme razones lo suficientemente fuertes para convencerme de que debo ser tan confiado como tú. Como nunca te habías esperado esta pregunta que te hago, te doy tiempo para responder. Escribe tu respuesta, iré a buscarla como genio; es decir, sin que nadie pueda verme. Mientras tanto, te hago otra pregunta.
XXXIV. ¿Confesarás conmigo que si Dios quisiera advertir a los hombres de las desgracias que los amenazan lo haría por medios que no solo serían claramente inteligibles a quienes quisiera provocar, sino que, por otra parte, no supondrían una amenaza para quienes él quisiera favorecer con la gracia? Sin embargo, este cometa que da la vuelta al mundo perjudicaría a unos como a otros. Si dices que los cometas castigan a todos los pueblos de la tierra, pero que hay algunos que se arrepienten y calman su cólera, muéstrame, por ejemplo, con qué mortificación los macedonios apaciguaron la justicia divina y merecieron las riquezas y las coronas de Darío en lugar de los castigos que les destinaba el cometa que apareció al comienzo del reinado de Alejandro. ¿Y qué actos de devoción salvaron a Mehmed II de los infortunios que le esperaban a causa de los cometas que aparecieron durante su reino, y que, por muy ateo que fuera, no dejó de subyugar reinos e imperios en la cristiandad115?
p. 107XXXV. Si los cometas son unas de las obras más puras de la naturaleza, no los llames entonces señales de los males que están por venir, precisamente, porque no tienen ningún vínculo natural con estos males y porque los hombres no tienen ninguna revelación que les muestre que Dios los ha designado para ser signos del mal, mientras que sí constituyó el arcoíris a modo de advertencia de que ya no lloverá más. Estos supuestos presagios no tienen ningún carácter de lo que suponemos que Dios quiere decir a los hombres. Atribuir eso a los demonios es reírse, pues ¿qué ganan ellos? ¿Obligarían a los hombres temerosos a llevar una mejor vida? Ya lo sabes, no es eso lo que piden. Piensa también que ocurren tantas desgracias en los años en que no se ha visto ni seguido de cerca ningún cometa como en aquellos en los que sí. En pocas palabras, que hay desgracias sin cometas y cometas sin desgracias.
XXXVI. Sé que tenía buena intención quien hizo esta observación que vas a leer, pues es muy razonable y con ella terminaré mis reflexiones sobre los cometas. Los poetas, dice, se empeñan tanto en sembrar en sus obras varias descripciones pomposas como son las de los prodigios y en dar un aspecto maravilloso a las aventuras de sus héroes que, para conseguir dicho fin, presuponen mil cosas sorprendentes. Hay que imaginarse que un hombre que tenga intención de hacer un poema se apodera de toda la naturaleza a la vez. El cielo y la tierra no actúan más que por su intervención. Ocurren eclipses o naufragios según le parece. Todos los elementos se mueven según su propósito. Vemos ejércitos en el aire y monstruos en la tierra a su voluntad. Aparecen ángeles y demonios siempre que lo ordena. Los dioses mismos, subidos en máquinas, se hallan prestos a cumplir sus deseos y, como los cometas hacen falta para todo, según los prejuicios que tenemos sobre ellos, si aparecen a lo largo de la historia, resulta que es adrede. Si no, los fabrica el propio poeta y les da el color y la forma en que mejor demuestren que el cielo está peculiarmente implicado en el fenómeno en cuestión. Después de esto, ¿quién no se reiría de ver un gran número de personas inteligentes dar por hecho la malignidad de estos nuevos astros, como el «Terris mutantem regna cometem» de Lucano, el «Regnorum eversor, rubuit lethale cometes», de Silio Italico, el «Nec diri toties arsere comte», de Virgilio, el «Nunquam terris spectatum impune comete», de Claudio y similares proverbios de los antiguos poetas116? Yo tengo en muy poca estima estos dichos frente a las dos buenas palabras que ahora te digo: que estos se mofan del error y aquellos se afanan en hacerlo prevalecer. El emperador Vespasiano, viendo que lo querían asustar con un astro cabelludo, dijo117: «¿Por qué queréis que lo tema? No es a mí a quien busca. Si amenaza a algún soberano, debe ser al rey de los partos, que lleva una gran peluca como el cometa». Se dice que cuando el cardenal Mazarino estaba desesperado por los médicos, sus cortesanos creyeron que debían honrar su agonía con un prodigio y le dijeron que aparecería un gran cometa que los asustaría118. Mazarino tuvo suficiente fuerza para reírse de ellos y para decirles, en tono de burla, que el cometa le hacía un gran honor.
p. 108XXXVII. Hay infinitos inconvenientes que la astrología puede producir no por sí misma, sino por la estúpida ingenuidad de quienes temen sus amenazas o confían en sus promesas. Pongamos que predice, por ejemplo, a un Oufle, que morirá pronto. El pobre hombre estaría tan alarmado por esta predicción que, perturbado por continuas inquietudes y consumido por un cruel pesar, se pondría enfermo y así daría razón al astrólogo. Otro Oufle, con la esperanza de riquezas inmensas prometidas por el cometa, malgastaría aquellas que posee y se vería reducido finalmente a la pobreza, esperando siempre aquellos bienes que nunca han de llegar. Se sufren a menudo por temor y por fantasía los males con los que amenaza el cometa y sin embargo nunca se los llega a sentir realmente. Lo que causó al sabio Alfonso, rey de Castilla119, las desgracias que le acuciaron es que se había dado en pensar tanto que los astros le aseguraban que le iban a desposeer que esta fantasía le hizo primero tan desafiante y después tan cruel que se volvió inaguantable. El bien que los astrólogos anuncian a los hombres hace que estos se desesperen si no llega. Y, si finalmente llega, la espera es aburrida y la ilusión que se ha mantenido durante un tiempo ha mermado, por así decirlo, lo más sensible y puro que hay en la alegría que acompaña un bien inesperado. Si los amenazan con el mal, la imaginación, como ya he dicho, les hace sentir ese mal antes de recibirlo si la conjetura resulta verdadera y, si se equivoca, como ocurre casi siempre, no se deja de sufrir por este vano temor al mal que a menudo no es menor que el mal mismo. Cardano dice en su libro De la prudencia civil que de las seis cosas que le habían causado mayor perjuicio a lo largo de su vida una era el haber creído en la astrología judiciaria. Sin embargo, no lo reconozco en esas palabras si la historia que se cuenta de él es verdadera. Es esta: se dice que este sabio, que había predicho el año y día de su muerte por la observación de los astros y las reglas de la ciencia con la que parecía tan descontento, se dejó morir de hambre ese mismo día para conservar su reputación de hábil fabricante de horóscopos. Existe otra historia más o menos parecida sobre otro astrólogo. El joven Nostradamus, que se puso a predecir el futuro, como su padre Michel, pues tenía muchas ganas de sucederlo y de llegar a ser, con sus predicciones, tan célebre como este (la palabra célebre se escucha solo entre los Oufles), se aventuró a predecir que la localidad de Le Pouzin, que estaba siendo asediada, moriría por el fuego. Para que lo tomaran en serio, se le vio en tiempos de la toma y saqueo de la ciudad prender fuego por doquier, lo que provocó en el señor de Saint Luc tanta indignación contra él que le aplastó el vientre con su caballo y lo mató.
XXXVIII. Si los astrólogos intentan hacer todo lo que pueden para verificar sus oráculos, quienes los reciben hacen lo mismo, pues les gusta engañarse a sí mismos. Suetonio da una prueba de ello en la Vida de Calígula al hablar de un maravilloso puente de barcas que el emperador mandó construir de Bayas a Pozzuoli. Dice Suetonio que el matemático Trasilo, al enterarse de que Tiberio quería que un sobrino suyo le sucediera en el imperio en vez de Calígula, le aseguró que este atravesaría a caballo el Golfo de Bayas en cuanto fuera nombrado emperador. Calígula, una vez elevado por fin a este rango, y acordándose de nuevo de lo que este astrólogo había predicho, se dio el gusto de construir un puente sobre el cual cruzó este golfo varias veces a caballo y en carroza, para cumplir la profecía. Esto se llama forzar a los astrólogos a decir la verdad, por mucho que no lo esperen y no tengan ni siquiera la intención. Todos los días se practica esta conducta complaciente, más para satisfacerse a uno mismo que para agradar a los demás. Temen parecer demasiado simples como para haberse dejado engañar. Por este mismo principio de vanidad se queja la gente continuamente de su estrella. Personas sin intelecto y sin disciplina, que no pueden conseguir ninguna mejoría o avance, acuden a los astros para hacerlos responsables de sus desgracias cuando son ellos mismos los artífices de su mala fortuna. Se acusa a los cuerpos celestes de maldades e injusticias de las que son totalmente inocentes. Ellos iluminan y dan calor, eso es lo que hacen. Pero en los hogares no afectan más que el fuego encendido de tu alcoba en invierno.
p. 109XXXIX. Esta famosa sentencia de los astrólogos, «sapiens dominabitur astris», ‘que el sabio dé la ley a los astros’, no es más que un cebo para quitar los escrúpulos a quienes, de lo contrario, no tendrían reparos en escucharlos y creerlos. A pesar de esta bella sentencia, los astros no dejan de establecer axiomas, ni de decidir el destino de los hombres tan radicalmente como si estos, en lugar de animales libres y razonables, no fueran más que marionetas vinculadas a los planetas y a los signos celestes, de los que reciben todos sus movimientos sin hacer ninguno propio, por influencias, como por cuerdas. Y así, toman al pie de la letra el «sapiens dominabitur astris». Sé listo. Empieza por no mirar las estrellas más que como llamas que iluminan tu sabiduría y no como seres capaces de aumentarla y mantenerla, o de dártela si no la tienes.
XL. De todo lo que acabas de leer saca conclusiones para los almanaques. Serán justas y adecuadas si dices que solo se puede confiar en lo que ellos dicen sobre el calendario, la salida y puesta del sol y de la luna, la epacta120, el inicio y fin de cada estación, los eclipses y otras revoluciones celestes, sobre los cuales la astronomía ofrece conocimientos con los que se puede contar, pero asuntos como la muerte de un grande, la pérdida o victoria en una batalla, el resultado de un matrimonio y otras contingencias que los astros no pueden producir y menos aún transmitir, todo eso debes recibirlo como imaginaciones que los astrólogos conjeturan para entretener y preocupar a la gente. Hay, sin embargo, según se dice, en algunos almanaques, predicciones que no se han elaborado sin una observación seria y una discusión exacta. Puede ser. Puede que haya buena fe en esta discusión y en esta observación, aunque no me lo acabo de creer y, si fuera cierto, siempre me quedará alguna duda. Sea como fuere, esta observación y discusión no extraerán jamás de los astros conocimientos que no poseen, de lo cual debes haberte convencido por varias de estas reflexiones. Además, ¿no puede ocurrir que estas reflexiones sean artificiosas o incluso arbitrarias? Así lo creen algunos. Se ha dicho, por ejemplo, que Cromwell hacía poner en el almanaque de Londres sus proyectos bastante a menudo y le parecía bien121. Algunos piensan que el autor del almanaque de Milán estaba relacionado con los ministros del estado. Así que, cuando te vea buscar predicciones del futuro en un almanaque, te haré una de lo más acertada: Oufle va a dar una muestra segura de su estupidez.
XLI. Todavía nos queda por examinar lo que se dice de ciertos días en que se va a ser feliz o desgraciado como una falsedad introducida por la astrología judiciaria. Es un error que se ha establecido, como varios otros, sin que se pueda explicar justa y razonablemente a menos que se diga que es porque los hombres creen mucho en las supersticiones. Hay quienes no quieren casarse en el mes de mayo por miedo a las desgracias. Esta creencia viene de una antigua práctica supersticiosa, de una fiesta que los romanos celebraban ese mes en honor a los malos espíritus, los lemuralia. Esta es la explicación que dan los sabios. El vulgo, por su parte, no da ninguna. Teme casarse en ese mes solo porque ha escuchado decir que otros lo temen y que hay que creerlo. Se consideraba que el 24 de febrero de los años bisiestos daba tanta mala suerte* que Valentiniano, que ya había sido nombrado emperador, no se atrevió a mostrarse en público ese día por miedo a atraer la fatalidad, o por política (esto es lo que yo me inclino a creer), para no exponerse a tener la reputación de hombre desgraciado. Timoleón estaba convencido, y había convencido al pueblo de que el día en el que nació era un día de prosperidad para él y lo eligió para atacar a sus enemigos con más seguridad y para animar a sus soldados. Los mahometanos creen que, como Dios creó la luz el miércoles, los musulmanes no hacen nada en vano en ese día y todo les sale bien. Algunas personas creen que quienes nacen el Viernes Santo penetran con la vista hasta el centro de la tierra porque la tierra se abre en este día. Cuando uno se pone a examinar a fondo esta superstición, y se toman en consideración estos mismos días varios años después, se concluye por la experiencia que son tanto felices como tristes, o también, que hay personas que gozan de cierta felicidad mientras que otras sufren la desgracia. Pero como hay pocas que se ponen a evaluarlo, el error persiste y se perpetúa siglo tras siglo de forma que es imposible destruirlo. Se ha observado que en un mismo día ha sido feliz y desgraciado un mismo pueblo. El general romano Ventidio, por ejemplo, se enfrentó a los partos en el mismo día en que estos vencieron a Craso. Lúculo luchó contra Tigranes en un día considerado desfavorable y, sin embargo, lo venció. Fue en esta ocasión cuando, listo para entablar batalla, alguien le quiso disuadir porque ese día se tenía por malo. Él le dijo: «Mejor, haremos este día feliz con nuestra victoria». Así es como hay que tratar las supersticiones: reírse de ellas si no se las puede destruir.
p. 110XLII. Otra práctica supersticiosa, aunque muy famosa, es la construcción de talismanes. Antes de hablarte de ello, es bueno que te advierta de que no hay que confundirla con los camafeos. Es decir, ciertas figuras pintadas en relieve o grabadas naturalmente sobre las piedras, metales, hierbas, flores y otros materiales que se hallan en la superficie o en las entrañas de la tierra. He aquí el más célebre camafeo que los naturalistas, viajeros y otros autores curiosos por conocer los efectos más admirables de la naturaleza han contado en sus obras. Como te apasiona lo sorprendente y lo maravilloso, no dudo que este pequeño detalle te divertirá. Acuérdate, sin embargo, de que no soy garante de la existencia de estas curiosidades. Te las refiero tal y como a mí me las han contado, sin querer exigir de ti otra credulidad más que estar persuadido de que te escribo lo que se ha escrito. No me vería obligado a hacer tantas reflexiones si fueras tan circunspecto como yo en estas cuestiones.
Estos son los camafeos de los que hablo.
El rey Pirro tenía un ágata que representaba las nueve musas danzantes con Apolo en medio tocando el arpa.
Alberto el Grande vio en Colonia, en la tumba de los tres reyes, dos jovenzuelos muy blancos que la natura había pintado sobre una coralina.
Se encontró en un mármol cortado la imagen de un sileno.
En Pisa, en la Iglesia de San Juan, se ve sobre una piedra un viejo ermitaño perfectamente pintado por la naturaleza en un desierto, sentado cerca de un arroyo, con una campana en la mano.
En Rávena, en la Iglesia de San Vital, hay un cordelero pintado de forma natural sobre una piedra de color ceniza.
Se ha encontrado en el bosque Hercínico122 una piedra que representaba de forma natural la figura de un anciano con larga barba y coronado con triple tiara, parecida a la que llevan los papas.
En Sneiberg, Alemania, se encontró en la tierra una pequeña estatua de un cierto metal, no purificado, hecha de forma natural, que representaba en un bulto redondo un hombre con un niño pequeño a la espalda.
En el tempo de la sabiduría en Constantinopla se vio sobre un trozo de mármol blanco la imagen de san Juan Bautista vestido con una piel de camello con un defecto: la naturaleza no le dio más que un pie.
Un camafeo representaba rosas y otro, estrellas.
Alberto el Grande, se dice, tenía una piedra que representaba una serpiente con una admirable virtud, que si se la ponía en un lugar en donde había serpientes las atraía a todas.
El marqués de Bade tenía una piedra preciosa en la que, se la mirase por donde se la mirase, se veía siempre un crucifijo.
Hay también otra que representaba un mármol.
Se ve en la Iglesia de San Jorge en Venecia otro camafeo que representa una cabeza de muerto.
Se ha visto en Inglaterra un pez llamado perca tan bien dibujado en una piedra que no había escama o detalle que no pudiera observarse.
Se le ofrecieron, en el pasado, a un rey pequeñas piedras que formaban su nombre entero con letras naturales.
En Mauritania, cerca de la ciudad de Septa, había una fuente en la que se hallaron piedras que llevaban, escritas por la naturaleza, unas, las palabras Ave Maria; otras, gratia plena; otras, Dominus tecum.
p. 111En América hay una planta que representa claramente en su flor todos los instrumentos de la pasión de Cristo.
El estómago y el vientre de Augusto estaban llenos de piedras que, por su orden y por su número, representaban la órbita celeste.
Ciertas personas en España llamadas saludadores, que dicen curar ciertas enfermedades, tienen todos, se dice, una mancha de nacimiento en forma de media rueda123.
Los salvadores de Italia se dicen familiares de san Pablo y llevan en la piel la figura de una serpiente que quieren hacer pasar por natural, aunque es artificial. Se jactan de que ni las serpientes ni por los escorpiones pueden herirlos, y de que los manejan sin peligro. Se ha demostrado lo contrario.
Ya he hablado suficiente sobre los camafeos. Verás, como diré después, en qué difieren de los talismanes.
XLIII. Sé perfectamente bien que crees mucho en los talismanes. Crees que un pequeño trozo de metal o una piedra, grabada en un momento concreto y de cierta manera, eleva a los mayores honores o hunde en la miseria, o procura tesoros inmensos u otorga el favor de los reyes, el amor de las mujeres, en fin, mucho más de lo que todos los hombres juntos pueden conseguir por su destreza y su saber hacer. No te pregunto por qué estás convencido de que ese trozo de metal o de piedra tienen tan grandes poderes y tan maravillosas propiedades, pues te causaría mucha vergüenza si exigiera de ti una respuesta razonable. Por desgracia, nunca te has puesto a examinar las razones que te llevan a creerlo, a las personas como tú, que no reflexionan antes las supersticiones, ni se les ocurre hacerlo. Sea como fuere, voy a hablarte de los talismanes y a enseñarte quizás cosas que no sabes. Te contaré en detalle los principales talismanes que se han fabricado y que la historia nos ha conservado. Después hablaré de algunos que se pueden fabricar y que, según dicen, son adecuados para dar a los hombres los privilegios que más desean. Finalmente, concluiré razonando sobre lo que se debe creer acerca de las charlatanerías. Pero antes, diré algo que hay que saber para conocer en qué consisten los talismanes. Referiré un poco de doctrina. No te asustes, no será larga. Con demasiada prolijidad me resultaría tan aburrida como a ti. Hablemos primero del nombre.
XLIV. Varios consideran que el nombre talismán viene del griego talesma, que significa ‘perfección’, pues los talismanes (si somos lo bastante simples como para creer a esas personas) son las cosas más perfectas de la tierra y tienen un poder similar al de los astros y los planetas. Otros dicen que el nombre proviene del hebreo tselem, que significa ‘imagen’. Otros creen que viene del árabe. Du Cange* cree que proviene de Talasmacis litteris, que son números, letras secretas o caracteres desconocidos de los cuales se sirven los hechiceros porque Talamasca significa ilusión o fantasma. Además, se ha afirmado que proviene de una palabra griega que significa ‘conservación’. Es, en verdad, demasiado tormento discurrir el nombre de una bagatela. Seguro que te sorprende mucho escucharme llamar a los talismanes bagatelas. Sin embargo, es el nombre más amable que puedo darles. Tendrían otro mucho más ofensivo si los nombrase, sin indulgencias, como se merecen. Pero avancemos.
p. 112XLV. Se considera a Apolonio de Tiana el inventor de los talismanes124. Hay quienes pretenden que son los egipcios los que los inventaron y eso según sus conjeturas, porque Heródoto dice en el segundo libro de su Historia que estos pueblos dieron primero nombre a doce dioses celestes y que grabaron también animales sobre sus piedras. Yo estoy convencido, sin un mayor examen, de que quien sea que haya inventado los talismanes lo ha hecho más por divertirse a costa de los demás que por establecer una ciencia seria que él creyera que ofrecía alguna certeza.
XLVI. Veamos entonces qué es un talismán. Hagamos hablar primero a un hombre que se ha propuesto justificar esta supersticiosa práctica y que ha dicho todo lo que considera más fuerte para sostenerla. Pero ¡nosotros vamos a destacar la debilidad de esta fuerza! Un talismán, dice, no es otra cosa más que el sello, la figura, el carácter o la imagen de un signo celeste, planeta o constelación, hecha, impresa, grabada o cincelada sobre una piedra afín, o en el metal correspondiente con el astro, por un obrero que tenga la cabeza centrada y apegada a la obra, sin estar distraído o absorto en otros pensamientos ajenos, en el día y hora del planeta, en un lugar afortunado, en un tiempo bello y sereno, y cuando esté el cielo en la mejor disposición posible, con el fin de atraer más fuertemente sus influencias y para conseguir un efecto que depende del poder y de la virtud de dichas influencias. ¡Qué definición más extensa! Cuanto más dice, menos deja que desear, pues todas estas circunstancias que se exigen para fabricar los talismanes hacen muy sospechosos los efectos que de ellos se prometen. Hace falta, dice, que el que lo fabrica no esté distraído y que sus pensamientos no estén más que en su obra. ¿No se diría que este astro cuyas influencias esperamos para aplicarlas en el metal o sobre la piedra podrá saber si se distrae y, así, para castigarlo por ello, negarle lo que solicita? Si quisiera desgranar con exactitud todas las partes de esta definición, hallaría grandes ridiculeces. La mejor definición que podría darse de esta obra sería decir que los talismanes son ciertas figuras grabadas o talladas con varias observaciones triviales sobre los caracteres y disposiciones del cielo, a los cuales los astrólogos y los charlatanes atribuyen virtudes maravillosas y el poder de atraer las influencias celestes. Esta definición ciertamente no alaba la profesión talismánica. Pero, cuando se define, no es para alabar, sino para decir la verdad, para representar la cosa tal y como es, para expresar su género y su diferencia. Aquí el género es la figura y la diferencia son las vanas observaciones hechas por los astrólogos judiciarios, es decir, por los charlatanes.
XLVII. Aquí diré cómo se supone que la materia del talismán recibe maravillosas influencias que se quieren hacer tan poderosas y eficaces.
Al avivar el metal cincelado o fundido, como dicen, por un agente exterior y, sobre todo, al ser atacado por el fuego externo, su enemigo, sus sustancias* metálicas se mueven y se agitan, piden y atraen más fuertemente la ayuda de su astro para resistir a este agente externo y para combatir al tirano del mundo, destructor de todas las cosas, pues es propio de todas las naturalezas el agarrotarse y buscar socorro en presencia de su contrario. Además, las virtudes e influencias astrales se reciben mucho mejor cuando el sujeto está agitado y en movimiento que cuando está pasivo, debido a las irradiaciones de los espíritus empujados por ese movimiento que, saliendo de sus cuerpos, abren paso más libremente y facilitan la entrada y el acceso de las influencias planetarias. De todo este razonamiento concluyo que es una lástima que los fundidores, cerrajeros y herreros, es decir, todos los que trabajan sustancias metálicas, no lo sepan, pues sabrían con ello que, como hay siempre algún astro presente mientras forjan o funden, todas sus obras son talismanes con los que podrían hacer buen negocio. Por ejemplo, ¡cuántas influencias no hay en una llave que se forja a causa de las irradiaciones de los espíritus por el movimiento que les da el fuego y que, al salir de su sujeto, dan un paso más libre y hacen la entrada y el acceso más fáciles a estas influencias! Si rechazas esta afirmación, rechaza también el razonamiento que acabas de leer, pues le sirve de fundamento y es su natural consecuencia.
p. 113XLVIII. Continúo. Como el planeta tiene diversas influencias que envía indistintamente y que el talismán recibe del mismo modo, el artesano debe aplicar sus capacidades no solo al astro, sino también al fin y meta de su operación, porque al formarse así la imagen de la cualidad que pretende introducir en el talismán, esta imagen determina, por esta misma ley, que dicha influencia se comunique particularmente al talismán, y que sea precisa y singularmente atraída entre todas las influencias que el planeta puede producir. Todo esto significa que, si el forjador talismánico descuidara su verdadero objetivo y no tuviera una poderosa imaginación, la influencia que necesita no querría ni dar un paso para presentarse y asentarse en su obra. Estas influencias tienen que ser bien inteligentes para saber si se tiene la intención de atraerlas o no, y dar muestras de honor abandonando así a un pobre artesano porque ha estado un tiempo distraído y sin prestarles atención.
XLIX. La figura, añaden, es de una gran importancia para la eficacia del talismán porque produce una mayor simpatía y esta mayor simpatía pone al metal en una mejor disposición para la influencia del planeta. Ya dije antes que las figuras de las que se sirven para representar los signos celestes son puramente arbitrarias, que no existen más que en la imaginación; que el signo de libra, por ejemplo, no se parece más a una balanza que a un molino de viento; es, por tanto, ridículo decir que si se graba sobre el metal la figura de la balanza atraerá por la simpatía causada por la semejanza las influencias de un signo al cual no se parece en absoluto.
L. ¡Qué hermosura! Lleváis, por ejemplo, se dice, un talismán para causar terror o amor, es decir, de Marte o de Venus. Vuestros talismanes impresos y grabados fuertemente con las influencias de estos astros son, aquí abajo, como estos astros cristalizados en su propia materia. Al moverse, agitan y exhalan sus virtudes a la manera de los astros, y vos, que los lleváis, sois como el cielo y el inteligente, los movéis de una parte a otra. Los lleváis a los lugares donde están las personas a las que queréis causar terror o amor. Estas personas, en la presencia invisible de estos astros, reciben sus influencias y se encuentran agitadas por sus propiedades de temor o de amor y actúan con respecto a ellas ante vos porque es de vos de quien parte la influencia y la propiedad. Si me propusiera burlarme de la debilidad y de la tonta ingenuidad de un hombre, no le querría hacer otro razonamiento más que el que acabo de escribir. Sin embargo, con ese razonamiento y otros parecidos es como se convence del gran poder de los talismanes a los simples e incluso a quienes alardean de fortaleza. Los que se tragan estas razones están encantados de saber que con un talismán tienen, por así decirlo, los astros en su bolsillo. ¿Qué digo? Son ellos mismos unos pequeños cielos que imprimen los movimientos que quieren a estos astros embolsillados y que disponen despóticamente de sus influencias. Imagínate entonces, Oufle, mi querido discípulo, que un abogado afronta un gran proceso, cuya decisión traerá buena o mala fortuna y que tiene la razón de su parte. Es, por tanto, de gran importancia para él tener jueces que sigan exactamente las leyes de la justicia. Según estas bellas reglas que acabas de leer, no tiene más que hacer operar a los talismanes bajo los signos de la balanza, los que llevan la figura grabada. En lugar de expedientes, tendría que regalarles a los jueces estos talismanes, pues de ellos surgirán influencias tan equitativas que estos mismos jueces se verán forzados a aceptarlas. Este caso (por hablar en términos de jurisprudencia) sin duda te sorprende, pues no lo esperabas. Sin embargo, se corresponde por completo con el espíritu de la ciencia talismánica, esta ciencia que admiras tanto y a la que haces tanto caso. No te molestes si te digo que la admiras porque eres un ignorante. Indaga bien los razonamientos de los que se sirve para sostener sus teorías y no la admirarás más. O, si la admiras, será por lo que ha seducido a tantas mentes con razones tan impertinentes. Juzga ahora si se debe creer lo que se ha escrito de todos los famosos talismanes de los que se habla en la historia y que voy a presentar aquí como sendos cuentos inventados para divertir. No pretendo, sin embargo, decir que estos talismanes no han existido. Quiero solo asegurarte que no tienen, por su elaboración, ninguno de los sorprendentes poderes que se les atribuye. Estos son, a continuación, los talismanes, acuérdate de lo que acabo de decirte a medida que te los describa.
p. 114LI. El rabino Aben Ezra125 dice que los ídolos que el texto hebreo llama theraphim no eran otra cosa más que ciertos instrumentos de bronce hechos en forma de relojes solares para conocer las horas propias a la adivinación. Pero el rabino Eliezer Gadol126 arguye que eran estatuas de hombres hechas bajo unas constelaciones cuyas influencias les hacían hablar en ciertos momentos para responder a las cuestiones que se les planteaban. Buxtorf127 ha recopilado en su Gran diccionario talmúdico lo que los rabinos han dicho sobre las maneras de actuar de los theraphims. Según el rabino Eliecer, uno de los más antiguos autores judíos, lo hacía del modo siguiente: la ceremonia comenzaba matando al primer nacido de la casa. Después se le arrancaba la cabeza, se ponía sal mezclada con aceite, luego se escribía sobre una lámina de oro el nombre de algún mal espíritu y se ponía esta lámina bajo la lengua de dicha cabeza que se pegaba a una pared. Y, después de haber encendido unas velas delante de ella, se le presentaban sus respetos de rodillas y esta figura respondía. Y así era como los astros o los diablos se mezclaban con los theraphims. ¿A cuál creer? Lo más seguro es dudar de uno y de otro, esperando confirmación mediante la evidencia. ¡Qué buena cosa es la evidencia para protegerse del contagio de los errores populares!
LII. Los primeros dioses de los romanos, que se llamaban averrunci o dei* tutelares, ‘dioses tutelares’, han pasado por imágenes talismánicas porque los historiadores aseguran que algunos se erigieron bajo ciertas constelaciones, pero, según se dice, la caída de la idolatría echó a perder la mejor de las ciencias e hizo que, al tomar esas imágenes por dioses, su legítimo origen acabara dañado y perdido. Si la idolatría no hubiera causado otros daños, no habría mayor razón para quejarse. No hallar nunca más el legítimo origen de los talismanes no es nada menos que una gran pérdida.
LIII. Se han tomado como talismanes el Paladio de Troya128, los escudos de los romanos, la estatua de Memnón en Egipto, que se movía y producía, según dicen, oráculos al ser iluminada por el sol, la estatua de la fortuna de Sejano, que inspiraba el respeto y daba la felicidad a quien la poseía, la figura de la cigüeña que Apolonio puso en Constantinopla para cazar otras cigüeñas...
Se quiere hacer creer que en una ciudad de Egipto no quedaban cocodrilos, como en las otras ciudades que bordean el Nilo, porque había un cocodrilo de plomo enterrado bajo el quicio del Templo. Como Mehemet Ben Thaulon lo mandó quemar, los habitantes se quejaron mucho diciendo que desde entonces esos animales los atormentaban mucho.
Gervasio dice en su libro titulado Otia Imperalia129 que Virgilio puso una mosca de bronce en una de las puertas de la ciudad de Nápoles, la cual, durante los ocho años que ahí estuvo, impidió que ninguna mosca entrase en esta ciudad. Los rabinos dicen que no se veía ninguna en el lugar donde se mataba y se despellejaba a las bestias para el sacrificio. Según Celio Rodiginio (lib. XXIII, cap. 30, Antiquae Lectiones130) no había tampoco en el lugar donde se celebraban los Juegos Olímpicos, ni en la ciudad de Léucade, en Acarnania. Según Plinio, el mercado de los bueyes en Roma también estaba libre de moscas. Igualmente, según Cayo Julio Solino, el templo de Hércules; según Cardano, cierta casa en Venecia; según el doctor Gervasio, el refectorio de la Abadía de Maillères en Poitou, y según Fusil, no había más que una en todo el año en la gran matanza de la ciudad de Toledo en España.
p. 115El mismo Gervasio dice que Virgilio hizo erigir sobre una alta montaña cercana a la ciudad de Nápoles una estatua de bronce que tenía en su boca una trompeta, la cual sonaba tan fuerte cuando soplaba el viento del septentrión que apagaba el fuego y el humo del volcán, de modo que los habitantes no recibían ningún daño. Se afirma, además, que hizo un fuego común en el que cualquiera podía calentarse libremente y cerca del cual había colocado un arquero de bronce con una flecha tallada y esta inscripción: «Quiconque me frappera, je tirerai ma flèche»131. Cuando un loco golpeó a este arquero, este, en el mismo momento, lanzó su flecha hacia el fuego y lo apagó. Alejandro de Neckham, benedictino inglés, dice también en su libro De la naturaleza y propiedad de las cosas que el mismo Virgilio, viendo la ciudad de Nápoles corroída por las sanguijuelas, la salvó con una sanguijuela de oro que lanzó a un pozo. Cuenta que se construyeron unas estatuas llamadas La salvación de Roma132 que estaban custodiadas noche y día por curas porque, en cuanto una nación quería revelarse y tomar armas contra el imperio, la estatua que llevaba el símbolo de esta nación y que era adorada por ella se estremecía. Se ponía a hacer sonar la campanilla que llevaba al cuello y la misma estatua señalaba con el dedo a la nación rebelde. Refiere también que había en Nápoles una carnicería en la que la carne no olía ni se corrompía, y que se colocaron sobre una de las puertas de la ciudad de Nápoles dos grandes imágenes de piedra, una de ellas se consideraba feliz y hermosa, y, la otra, triste y horrible, que tenían el siguiente poder: si alguien entraba por el lado en el que estaba la primera, todos sus asuntos le irían bien como lo deseaba, pero, si entraba por la otra, terminarían mal. Estos son los prodigios que relata el bueno de Virgilio, que seguro se jactaba más de hacer excelentes versos que talismanes y sortilegios. Pero es lo que sucede habitualmente con los hombres ilustres, que siempre se quiere añadir lo maravilloso a su gran talento.
LIV. Se afirma que Alberto el Grande había compuesto una máquina que representaba un hombre entero, tras haber trabajado treinta años seguidos forjando al hombre bajo diversos aspectos y diversas constelaciones. Los ojos, por ejemplo, cuando el sol estaba en el signo del zodiaco correspondiente a tal parte, los hizo fundiendo metales, mezclándolos y marcándolos con los caracteres de aquellos mismos signos y planetas con sus diversos y necesarios aspectos. Lo mismo hizo con la cabeza, el cuello, los hombros, los muslos y las piernas, moldeados en diversos momentos, montados y unidos en forma de hombre. Las constelaciones tenían la capacidad de revelar al susodicho Alberto la solución a todas sus principales dificultades. Es lo que se llamó el androide de Alberto el Grande, que se rompió, según cuenta Tomás de Aquino, porque siempre estaba de parloteo133. Enrique de Asia y Bartolomé Sibila aseguran que era de carne y hueso, pero por arte y no por naturaleza. Si solo se hubiera dicho que esta máquina hablaba y que incluso digería, no sería increíble puesto que en vuestra época se han visto máquinas que hablaban. Un capitán de barco construyó un pavo real artificial que comía y digería gracias a una ciencia mecánica que no precisaba ni de observación de los astros ni del amparo de los diablos para producir algo sorprendente134. Pero decir que esta figura le enseñaba a Alberto a resolver todas las dificultades que se hallaban en su camino en el estudio de las ciencias que cultivaba supone exagerar ciertamente demasiado el poder de la máquina con la esperanza de que las personas razonables le den credibilidad. Pues, en fin, a las claras, decir que esta figura comprendía las dificultades y tenía todo el juicio y toda la inteligencia necesaria para acabar con ellas, era pues decir que era incluso mucho más hábil que el obrero que la había fabricado. ¿Un prodigio así no perturba tu ingenuidad?
p. 116LV. Se dice que una figura de serpiente de bronce impedía a todas las serpientes entrar en Constantinopla, pero que, cuando Mehmet II tomó esta ciudad y rompió de un flechazo los dientes de la serpiente, una multitud de ellas se lanzó sobre los habitantes sin ocasionarles, sin embargo, ningún mal, porque tenían todos los dientes rotos, como la serpiente de bronce. ¿Comprendes bien cómo esta serpiente de bronce, o el astro que la dominaba, impedía a las otras aparecer, y de qué manera actuó luego, tras haberse roto los dientes, para permitir su venida, pero con la condición de que no tuvieran dientes? Soy tu genio y, en consecuencia, debo saber más que tú, puesto que estás bajo mi conducta. De verdad, si me explicas cómo eso es posible, yo seré de buen grado tu discípulo.
LVI. Otro talismán admirable en Constantinopla bajo el imperio de Anastasio era una imagen de bronce de la fortuna que tenía un pie sobre un barco del mismo metal. Como algunos trozos de ese barco se habían desprendido, los navíos no podían entrar en el puerto de Constantinopla, y no llegaron sino después de que se hubieran colocado esos trozos en su lugar. Cuando aglutinaron las influencias, no rehusaron ofrecer su amable socorro. ¿No debería yo llamar a ese talismán admirable? ¿Hay algo más maravilloso que ver un pequeño trozo de bronce imbuido de influencias que, al estar colocado como el astro desea, garantiza una entrada fácil a grandes barcos y que, por poco que se desplace, los detiene y les impide totalmente entrar en el puerto? Si esto es cierto, ¿se puede después de eso dudar de la fuerza de las influencias? Me pregunto si es cierto, aunque la duda resulte muy inoportuna para el honor del prodigio.
LVII. Se lee en los Paralelos históricos que, en tiempos de Roberto Guiscardo, duque de Calabria y de Apulia, se descubrió una estatua de mármol que tenía alrededor de la cabeza un círculo de bronce con estas palabras grabadas: «Kalendis maii oriente sole, aureum caput habebo»135. ‘En las calendas de mayo, al salir el sol, tendré la cabeza dorada’136. Este príncipe halló entre sus prisioneros de guerra un sarraceno que dijo que estas palabras significaban que si el uno de mayo, al salir el sol, se observaba el lugar adonde la cabeza de esta figura enviaba su sombra, ahí habría un tesoro. Alguien ha incluido esta cabeza entre los talismanes por error, pues esta cabeza solo era astronómica, es decir, que quien la colocó había escondido él mismo ese tesoro en el lugar donde sabía bien que la cabeza daría sombra en el día marcado. Para ello, no hacían falta más conocimientos que los que son necesarios para colocar el gnomon137 de una esfera.
LVIII. Un ciudadano de Alejandría llamado Calígrafo vio hacia medianoche varias estatuas de bronce moverse y gritar que masacrarían en Constantinopla al emperador Mauricio y sus hijos, lo cual resultó cierto. Diría que la acción de estas estatuas es demasiado prodigiosa para creer que fueran talismanes, pero, al igual que se dice de estos que también producen, por así decirlo, grandes maravillas, se puede, sin problemas, dar a aquellas ese mismo nombre.
LIX. En Zamora, que es la antigua Numancia138, en un lugar llamado Tábara, había una cabeza de metal que descubría a los judíos cuando se aproximaban al lugar y no dejaba de gritar: «Cuidado, hay un judío aquí escondido». Pregunta a un fabricante de talismanes cómo podía ser y responderá que es por una antipatía entre los astros que dominan a los judíos y el que gobernaba esta cabeza. Solo los Oufles pueden contentarse con dicha respuesta.
LX. San Gregorio de Tours dice que, al cruzar los puentes de París, halló una moneda de cobre sobre la cual se veía la figura de una rata, de una serpiente y del fuego, y que, a continuación, al descuidarla, perderla o romperla, se vio gran número de serpientes y de ratas, y la ciudad sufrió incendios muy a menudo. Por fortuna para la verdad, esta tradición no se cuenta entre las que estamos obligados a creer.
p. 117LXI. En Egipto, para detener el granizo, era necesario que cuatro mujeres desnudas se acostaran en el suelo de espaldas y que, con los pies levantados, pronunciasen ciertas palabras. Esta ridícula e imprudente ceremonia surgió por la postura de una figura talismánica de la que se decía que servía para alejar el granizo, pues en ella se veía, dice Chomer, una Venus yacente.
El embajador de Brèves habla de una piedra tallada en forma de escorpión ubicada en las murallas de Trípoli para exterminar a todas las bestias venenosas que antes siempre la habían infectado.
Se ha creído que la mera efigie de Alejandro hacía feliz a quienes la llevaban. La de Hércules se ponía sobre la puerta de las casas para prevenir contra los accidentes con una inscripción que significaba «que nada malo entre aquí», lo que dio pie a que Diógenes preguntara amablemente por dónde entraba el dueño de la casa. Alguien llamó a estas dos figuras talismanes, pero erróneamente, pues no se trataba de influencias celestes sino, más bien, de simples supersticiones terrestres.
Suidas dice que un efesio en los Juegos Olímpicos llevaba ventaja sobre varios en la carrera porque tenía un talismán unido al talón sobre una pequeña lámina de cobre donde se habían grabado los pies de Diana. Se quedó atrás cuando se lo quitaron.
Se afirma que santo Tomás, incomodado en su estudio por el gran ruido de unos caballos que pasaban todos los días delante de sus ventanas para ir a beber, construyó una imagen de un caballo siguiendo las reglas de la astrología judiciaria, y que cuando esta se colocó en la calle, clavada a dos o tres pies de profundidad, los palafreneros fueron obligados a buscar otro camino porque ya no conseguían que ningún caballo pasara por ese lugar139.
Estos son la mayoría de los talismanes más famosos conservados por los historiadores. He hecho reflexiones sobre algunos para mostrarte lo ridículos que son. Basta leer los otros para conocer por uno mismo su absurdez. Lo que te he dicho sobre los talismanes que se han fabricado puede decirse también de los que se han propuesto hacer. Por ejemplo, de estos.
LXII. Marcelo Empírico dice que para curar el cólico que se forma en el intestino llamado colon, que va desde el riñón derecho hasta el izquierdo, pasando por el fondo del estómago, hay que hacer un talismán de una lámina de oro. Esta lámina de oro debe grabarse en la vigésimo primera luna con una punta del mismo metal. Estando grabada, debe ponerse en un pequeño tubo dorado tapado con piel de cabra. Después hay que atar este tubo con una correa del mismo animal al pie derecho o izquierdo según si el mal se halla en uno u otro lado. El que lo use no debe tener contacto con ninguna mujer, especialmente embarazada, y abstenerse de entrar en tumbas o sepulcros. Finalmente, debe procurar sobre todo calzarse el pie izquierdo antes del derecho. Todo lo demás es demasiado largo e inadecuado para contarlo aquí.
Para contar con el favor de los reyes, príncipes y grandes, grabad, dice otro, la imagen del sol en la figura de un rey sentado en un trono con un león a su lado. El oro de la primera cara del león debe ser muy puro y refinado.
Tendrán, dicen, la cabeza ligera y la memoria excelente, quienes graben en la primera cara de Géminis o de la Virgen sobre oro puro, la imagen de Mercurio bajo la figura de un joven sentado que sostenga en la mano un caduceo y lleve en la cabeza un sombrero.
p. 118Finalmente, se asegura que la imagen de Marte, grabada en la primera cara de Escorpio, da coraje y proporciona la victoria; que la imagen de Mercurio, grabada en plata o estaño en el día y hora de Mercurio, hace feliz en los negocios y en el juego; que la imagen de Júpiter, grabada en estaño, plata o en una piedra blanca en forma de hombre con cabeza de carnero, procura honores, grandezas y dignidades. Para hacerlo más creíble hay que acompañarla de circunstancias exactas y misteriosas: puede ser en el día y hora de Júpiter, Sagitario o Piscis cuando están en su casa, o en Cáncer en su punto álgido, y que esté libre de todo impedimento, principalmente de las malas miradas de Saturno o de Marte. También ha de ser exacto y no estar quemado por el sol. Para tener felicidad, belleza y fuerza en el cuerpo, hay que grabar la imagen de Venus, que es una dama que tiene en la mano manzanas y flores, en la primera cara de Libra, Acuario o Tauro. Para conseguir riquezas, hay que grabar la figura de Cáncer a la hora de Saturno, cuando esté en medio del cielo en su segunda cara sobre plomo fino, en plata o en oro. Para reunir o espantar a los animales hay que representar las figuras o signos de los planetas que los dominan cuando estos signos o planetas están en una posición conveniente, es decir, que, si es para juntarlos y unirlos, el planeta debe estar en una buena posición. Si es para espantarlos, tiene que estar en una mala coyuntura. Se ponen los talismanes en los lugares en los que se quiere atraer a los animales, como en un palomar para hacer venir a las palomas; en un bosque, para juntar los lobos con el fin de matarlos; en un campo por donde van a pasar los enemigos, para inspirarles terror y hacerles huir o en un granero para expulsar las ratas y otros parásitos que comen grano.
En verdad, ¡hay que estar muy convencido de la facilidad de la mente humana para pensar que tomará por ciertas cosas tan alejadas de la verosimilitud y pretender que se crea que un trozo de metal grabado en un cierto tiempo e impreso con una cierta figura juntará y reunirá en un momento más propiedades que todos los médicos con su aplicación al estudio de los secretos de la naturaleza y más de las que todos los químicos, con sus reducciones y sus destilaciones, habrán podido hallar en los animales, plantas y metales después de muchos siglos!
LXIII. De todo lo que acabas de leer debes concluir que no hay nada más inadecuado ni más quimérico que la astrología judiciaria, ni nada más ignominioso a la natura humana, para cuya vergüenza huelga decir que hay hombres suficientemente pícaros como para engañar a los otros so pretexto de conocer las cosas del cielo, intervenir en sus influencias, con figuras y con palabras, y hombres suficientemente tontos para dar credibilidad a las promesas cuya ejecución resulta razonadamente imposible.
Que un astrólogo haya predicho alguna vez la verdad es, o por azar, o por ciertas pasiones que ha sabido hábilmente inspirar para acertar su predicción, o por conjeturas independientes de sus reglas y fundadas en conocimientos que ha sacado debidamente de la condición, los hábitos y la conducta de quienes han querido saber por él su provenir. O bien, porque estos mismos lo han ayudado por su simpleza y por su torpeza a conseguirlo. Un famoso astrólogo (Agripa) que seguramente había profundizado en el tema que estoy tratando y que parecía incluso querer darle todo el crédito que exigía su profesión, empleando toda la erudición posible para hacerla valer dijo que en Alejandría se imponía una tasa sobre los astrólogos que se llamaba el denario de los tontos porque, dice con franqueza, solamente los tontos recurren a los astrólogos. Mira si quieres seguir siendo uno de estos tontos pues, tras haber leído estas reflexiones, ¿puedes dudar, desde la razón, que es una bobada caer en las visiones de esta charlatanería?
Si, sin embargo, quieres persistir en la confianza que has tenido hasta ahora, no te lo permitiré, te digo como genio justamente enfadado que te hostigaré en todo: alteraré tu salud sin que todas las influencias celestes unidas puedan curarte. Te turbaré la razón aún más de lo que la tienes, pues, estando sano, ¿de qué te serviría si persistes en ser continuamente la diversión de todos los charlatanes? Desordenaré tus cosas y moveré otras para hacerte perder tus bienes, y, así, no tendrás tiempo de escuchar a los astrólogos. Llenaré tu casa de espectros y fantasmas, te haré presa de hechiceros y magos, falsos o verdaderos. Muy lejos de oponerme a los diablos, si los hay que tengan ganas de atormentarte y perseguirte, iré a buscarlos a los infiernos para traértelos, si quieren y pueden, como tantas Furias que no te dejarán tener ningún reposo140. Finalmente, haré de tu casa un infierno, pues la llenaré de horrores, de preocupaciones, de miedo y de confusión. Y eso porque, al haberme confiado el cuidado de tu conducta, tengo que sacarte del error o, si no puedo, castigarte como mereces, pues tampoco quiero ser objeto de risa y burla de los genios de todos estos astrólogos que te engañan.
FIN DE LAS REFLEXIONES CRITICÓMICAS
SOBRE LA ASTROLOGÍA JUDICIARIA
i En la época, el verbo rechercher, que hoy en día solo significa ‘buscar’, se utilizaba de forma absoluta para referirse al hecho de que un hombre intentaba casarse.
ii Horoscopique es un nuevo neologismo de Bordelon.
iii prospector] prospectator. Bordelon reproduce la errata de Naudé al citar a Apuleyo.
iv El humor es más evidente en francés, puesto que Belier, ‘Aries’, y Taureau, ‘Tauro’, designan al carnero y al toro, respectivamente.
v Se ha corregido el título del texto, que aparecía sin cursiva y de manera aproximativa, como Traité des Oracles, qui ont cessé [Tratados de los Oráculos, que han cesado].
vi Esta obra parece citarse de memoria, pues aparece, de nuevo sin cursivas, bajo el título de ‘Nouvelles relations, dans le Royaume de Tonquin’. Tonkín es una región del actual Vietnam.
vii caelo] celo.
viii Quae sidera excantata] Qua Sydera incantatâ.
ix Antonio de Herrera y Tordesillas] Herrera.
x Giambattista della Porta] Aporta. Se ha corregido el nombre del autor.
xi id te] inde.
xii monent] docent.
xii El término utilizado manant proviene del participio presente del antiguo verbo manoir, que significaba ‘habitar’. También se usaba para referirse, de manera absoluta, al campesino o al hombre rústico. El sustantivo se ha ido cargando de sentido peyorativo con el tiempo.
xiv Gian Galeazzo] Jean Galéas. En el original aparece el nombre en la forma francesa.
xv En el original aparece el término abbreviateur, que la primera edición del diccionario de la Académie Française no define realmente. Se limita a señalar que es una palabra que proviene del verbo ‘abbrevier’ que ya no se utiliza, y que por lo tanto tampoco define. El Dictionnaire du Moyen Français sí define abrévier, que consiste en ‘condensar o resumir’, lo que da pie a traducir el sustantivo derivado como epitomador; es decir, aquel que compone epítomes o resúmenes de obras extensas
xvi El sustantivo sentiment podía referirse en el siglo xviii tanto a las pasiones como al juicio.
xvii En el original, Bordelon juega con la paronimia entre faire voyager (‘hacer viajar’) y la expresión faire voir du pays (literalmente ‘hacer ver mundo’, que hemos traducido por ‘causar molestias’).
xviii Conservamos la unidad de volumen utilizada en el original, lieuë cubique, a pesar de que esta no figure en ningún diccionario, para insistir en la desproporcionalidad de la comparación.
xix El autor escribe malheux en vez de malhereux.
xx Du Cange] Ducange. Errata de Bordelon al referirse al filólogo Charles du Fresne (1610−1688), señor Du Cange.
xxi El original utiliza el término esprits, literalmente ‘espíritus’, que también define la primera edición del Dictionnaire de l'Académie Française como ‘sustancia contenida y sutil que está en los cuerpos mixtos y que se saca con fuego’.
xxii dei] dii.
76 Véase nota *14*.
77 Arnobio de Sicca (255−327) fue un filósofo y profesor de retórica, autor de Adversus gentes o Adversus nationes [En pugna con los gentiles]. Esta obra, escrita tras su conversión al cristianismo, es una crítica a los paganos.
78 Los eleos son un pueblo antiguo natural de la Élide, estado independiente de la antigua Grecia ubicado en la costa oeste de la península del Peloponeso, al oeste de la Arcadia. Hoy en día cubre el área de la antigua región de Elis y su capital es la ciudad de Pirgos.
79 Encontramos dos variantes del título de esta obra: De die natali o De die natale. Ambas son correctas puesto que el adjetivo latino natal, natalis/natale tiene un tema mixto, es decir, su ablativo singular admite tanto la desinencia -e como la -i. Censorino era un gramático del siglo iii del que solo se conserva íntegra esta obra.
80 Petrus Thyraeus (1546−1601) fue un jesuita alemán y profesor de teología, autor de un tratado sobre la posesión demoníaca (De daemoniacis) publicado en 1594, que se consideraba como una obra de autoridad. Fue una persona bastante controvertida que se opuso a las teorías protestantes. Los días de los cuatro tiempos hacen referencia a una semana al inicio de cada estación, con ocasión de efemérides religiosas, en que se ayuna los miércoles, viernes y sábados. Estas ocasiones solían venir marcadas en el calendario con las siglas QT (quatre temps).
81 La cita latina proviene del capítulo 16 de la obra de Apuleyo, De deo Socratis [Del dios de Sócrates].
82 Véase nota *68*.
83 El ofiuco, también conocido como cazador de serpientes, es una de las 88 constelaciones modernas y una de las 48 listadas por Ptolomeo en el Almagesto. Hay quien ha querido considerarlo como el decimotercer signo del zodiaco, que se situaría entre escorpión y sagitario.
84 Astrea es el nombre que recibe, en la mitología griega, la justicia del mundo terrestre. También se la conoce con el nombre de Dice. La constelación de Virgo se asocia con esta diosa.
85 Filón de Alejandría era un filósofo judío, autor de varias obras en griego en las que intentaba combinar el judaísmo con la cultura griega. La obra a la que se alude es seguramente De opificio mundi, un comentario del libro del Génesis. En este texto, Filón, como era frecuente en la tradición griega, alude al intelecto de los astros.
86 Ben Maimón es el nombre original de Maimónides, judío sefardí nacido en Córdoba en época de Al-Ándalus, uno de los mayores estudiosos de la Torá en época medieval, que ejerció como médico, filósofo, astrónomo y rabino.
87 La obra de Plutarco se titula en realidad Vidas paralelas. Se trata de una colección de 48 biografías escritas entre el 96 y el 117 d. C. que comparan a personalidades griegas y romanas. Entre ellas, se encuentra el relato de la vida de Pericles así como la biografía de Nicias, al que también se alude en las Reflexiones criticómicas.
88 Anaxágoras era un filosófo griego especializado en la cosmología y en los fenómenos naturales. De hecho, ha pasado a la historia por descubrir la causa de los eclipses. Solamente han sobrevivido fragmentos de su obra, recogidos en un libro titulad0 Περί Φύσεως [De la naturaleza].
89 ‘Y, forzada a bajar por el hechizo, soporta grandes fatigas, / Hasta que derrama sus espumas sobre la hierba que tiene debajo’ (Lucano, Farsalia, 6, pp. 505−506). El poema Farsalia, de Lucano, narra en 10 cantos la guerra civil entre Julio César y Pompeyo. Su sexto canto constituye en sí mismo un amplio tratado sobre nigromancia y hechicería.
90 Pietro della Valle (1586−1652) fue un compositor italiano, también conocido por sus numerosos viajes, de los que dio cuenta en varias obras. En la época de Bordelon, algunos de estos textos se habían publicado en francés, con el título de Les fameux voyages de Pietro della Valle, gentil-homme romain, surnommé l’Illustre voyageur, avec un dénombrement très-exact des choses les plus curieuses & les plus remarquables qu’il a veuës dans la Turquie, l’Egypte, la Palestine, la Perse & les Indes Orientales [Los célebres viajes de Pietro della Valle, noble romano, apodado el Ilustre viajero, con un desglose muy exacto de las cosas más curiosas y notables que ha visto en Turquía, Egipto, Palestina, Persia y las Indias Orientales]. El francés Jean-Baptiste Tavernier (1605−1689), por su parte, fue unos de los pioneros del comercio internacional y autor de dos obras sobre sus viajes, tanto en Europa como en Oriente. Su texto Relation nouvelle et singulière du royaume de Tonkin forma parte de Recueil de plusieurs relations et traités singuliers et curieux, publicado en París en 1679.
91 ‘Los poemas pueden hacer bajar la luna del cielo’ (Virgilio, Bucólicas 8, p. 69). Las Bucólicas de Virgilio son un conjunto de églogas que sentaron las bases del género pastoril. En ellas se idealiza la figura del pastor refinado y poeta, intelectual y sentimental a partes iguales, que se entrega al amor, a la música y a la naturaleza en un paisaje edénico.
92 ‘Esa [mujer] que con sus hechizos tesalios / arranca del cielo luna y estrellas’ (Horacio, Épodos 5, pp. 45−46). Las odas y épodos de Horacio son composiciones líricas de tono respectivamente laudatorio o satírico que siguen la métrica eólica y yámbica.
93 ‘Cuando resuenan en vano los bronces que van en auxilio de la luna’. Las Metamorfosis de Ovidio es un poema en quince libros que narra la historia del mundo desde su creación hasta la deificación de Julio César. Contiene más de 250 narraciones mitológicas que fueron de capital influencia en la literatura occidental.
94 ‘Ella sola podría poner remedio a los eclipses de luna’ (Juvenal, Sátiras VI: 443). Las Sátiras son una antología de poemas satíricos escritos por el autor romano Juvenal entre finales del siglo i e inicios del siglo ii. En ellas ataca una serie de factores culturales y antropológicos vistos desde la nostalgia de las costumbres antiguas, que suponen para él un ideal patriótico.
95 Los taloponios son los sacerdotes del Siam, actual Camboya.
96 Ternate es una de las numerosas islas que conforman el archipiélago de las Molucas, que pertencen a Indonesia. Se las conoce como las islas de las Especias. El autor al que alude Bordelon, que solo nombra como Herrera, es Antonio de Herrera y Tordesillas (1549−1626). Este historiador y cronista es conocido por haber escrito la Historia general de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme del mar Océano que llaman Indias Occidentales. Esta obra, compuesta de ocho volúmenes y también llamada Décadas de Herrera, se publicó entre 1601 y 1615. En 1622 se tradujo al latín y al francés, lengua en la que conoció varias versiones a lo largo del siglo xvii.
97 Panonia es una antigua región de Europa central que estuvo bajo dominio romano. Los panonios interntaron sublevarse, pero Tiberio consiguió dominarlos.
98 Giambattista della Porta (1535-−) fue un alquimista y filósofo italiano, autor en 1558 de Magia naturalis. Este libro se tradujo al francés en 1631 y conoció al menos cuatro ediciones en el siglo xvii (1631, 1650, 1678 y 1680), lo que demuestra el interés que suscitó en Francia. La rivalidad que opuso a Carlos I de España y V de Alemania a Francisco I, rey de Francia, marcó las relaciones europeas del siglo xvi. El detonante de esta enemistad fue el coronamiento imperial de Carlos V en 1519, título que también ambicionaba Francisco I. Las guerras entre ambos se extendieron desde 1521 hasta la muerte de Francisco I, en 1547.
99 Se alude aquí a una de las primeras falsificaciones de la historia universal, acontecida a finales del siglo xv, cuando el dominico Annio de Viterbo (1438−1502) publicó en 1498 los Commentaria super opera diversorum auctorum de antiquitatibus loquentium. Se trataba de comentar obras antiguas, fragmentos de la Biblia y textos inéditos. Uno de estos textos inéditos se le atribuía a Beroso de Caldea (siglo iv a. C.), un sacerdote de Babilonia autor, entre otras obras, de tratados de astronomía y astrología. A esta falsificación se la conoce como Falso Beroso.
100 Se trata de Arnaldo de Vilanova (ca. 1242−1311), médico, teólogo, reformista social y religioso, contrario a la filosofía escolástica del siglo xiii. Nacido en Valencia, fue considerado el mejor médico del siglo xiii y estuvo al servicio de varios papas, aunque fue procesado por sus ideas apocalípticas, entre ellas, la venida del anticristo, que fijó en 1376 (no en 1345, como indica Bordelon). Su principal legado consistió en introducir la astrología y el ocultismo en la medicina.
101 Catalina de Médicis (1519−1589) era la esposa de Enrique II, hijo de Francisco I. Fue reina consorte entre 1547 a 1559.
102 Luis XI reinó desde 1461 hasta su muerte en 1483. Fue un rey ambicioso que consiguió incorporar varios territorior a su corona, generalmente por medio de la violencia. Lo rodea una leyenda negra que ha alimentado su reputación de cruel y manipulador, siendo emblema de la tiranía, la barbarie y también de las supersticiones.
103 ‘Todos los astros se abren en el firmamento para ti, profeta, / y te muestran el destino de todos los hombres. / Pero que tu mujer se ofrece a todos ellos, / aunque las estrellas lo vean todo, no te lo cuentan’ (Tomás Moro, Epigramas latinos, 61).
104 Los partos son los habitantes de la región de Partia, en Irán. Ventidio, por su parte, era un militar romano y procónsul de Siria que se enfrentó, con éxito, al Imperio Parto cuando este quiso invadir Siria.
105 Lucio Tarucio Firmano (s. i a. C.) fue un filósofo y astrónomo que calculó, con ayuda del historiador Marco Terencio y por medios astrológicos, la fecha de la fundación de Roma. Cicerón lo consideraba seguidor de la astrología de los caldeos, siendo estos últimos una tribu de Mesopotamia. Era el nombre que se les daba a los astrólogos de Babilonia, cuya reputación fue decayendo hasta el punto de que el adjetivo caldeo adquirió un sentido peyorativo.
106 ‘Deja por una vez que los astrólogos digan la verdad, pues son como los arqueros que, cuando lanzan sus flechas, desvían la mayoría y solo aciertan con una’. La obra Noctes Atticae no es de Séneca, sino de Aulio Gelio, quien anota en ella curiosidades o anécdotas que ha conocido por otros libros.
107 Diágoras de Melos fue un poeta y sofista griego que, inspirado por las ideas de Demócrito, empezó a negar la existencia de los dioses, de ahí que lo apodaran ‘el Ateo’. Lo condenaron al exilio y a muerte por sacrilegio. Se desconoce cómo murió. La anécdota que se cuenta sobre los cuadros de los supervivientes del naufragio aparece en Cicerón, De natura deorum, lib. III, 37.
108 Un salterio es un libro de salmos. El salterio de David cuenta con ciento cincuenta cánticos.
109 Suetonio, en su obra Vida de los doce césares, hace alusión a la creencia de que Mecio Pomposiano sería emperador gracias a su horóscopo. Si Tito Flavio Vespasiano había decidido hacerlo cónsul, su hijo Domiciano terminó por darle muerte por este motivo.
110 ‘Cada una de las leyes que recogen las tablas celestiales os afectan a vosotros y a vuestros hijos’.
111 Guillaume Postel (1510−1581) fue un humanista católico del Renacimiento, estudioso principalmente de cuestiones religiosas y místicas, aunque también desarrolló un gran trabajo como filólogo. Enseñó hebreo y árabe en el Colegio real entre 1539 y 1543. Sufría recurrente crisis de exaltación, hasta el punto de que se consideraba un futuro reformador religioso. Es una de las figuras principales de la cábala cristiana impulsada por Francisco Pico de la Mirandola. Una gran parte de su obra permaneció inédita hasta el siglo xx.
112 El libro de Esdras, que forma parte de la Biblia judía, narra el regreso de dos grupos de judíos de Babilonia a Jerusalén, donde reconstruyeron el templo y su comunidad.
113 Las tablas prusianas o pruténicas son unas tablas de astronomía que permiten situar los cuerpos celestes. Fueron calculadas por el alemán Erasmus Reinhold (1511−1553), siguiendo la estela de los trabajos iniciados por Ptolomeo en el siglo ii d. C., quien fue el primero en describir precisamente el movimiento del Sol, de la Luna y de los planetas alrededor de la Tierra.
114 El término Puerta Sublime, Puerta Alta o Puerta Otomana fue una sinécdoque (figura retórica de pensamiento que consiste en designar una cosa con el nombre de la otra en una relación de inclusión cuyo principal modelo era el de la parte por el todo y viceversa) para referirse al gobierno central del Imperio Otomano.
115 Mehmed II, El Conquistador (1432−1481), no era en realidad ateo, pero sí toleraba otras religiones que no fueran el islam en el Imperio Otomano a cambio del pago de un impuesto.
116 ‘El cometa, que trastorna los reinos en la tierra’; ‘destructor de reinos, se enrojece el letal cometa’; ‘y nunca ardieron con tal frecuencia los funestos cometas’; ‘el cometa, jamás visto en la tierra sin que le acompañe un desastre’.
117 La palabra cometa deriva del griego y significa ‘astro cabelludo’.
118 Jules Mazarin, conocido como el cardenal Mazarino, era un político y diplomático francés. Tras servir al papado, acabó sucediendo a Richelieu como primer ministro en Francia, entre 1643 y 1661, bajo el reinado absolutista de Luis XIV.
119 Se trata de Alfonso X de Castilla (1221−1284), conocido sobre todo como Alfonso X el Sabio, que reinó entre 1252 y 1284.
120 Se denomina epacta al número de días en que el año solar excede al lunar común de doce lunaciones, es decir, el número de días que la luna de diciembre tiene el día uno de enero, contados desde el último novilunio.
121 El calendario gregoriano se implantó en varios países (Italia, España, Francia, Portugal, Países Bajos) en 1582. Progresivamente se fue extendiendo a otros países europeos, pero Gran Bretaña no lo aceptó hasta 1752. Esta anécdota sugiere que, a pesar de ello, algunos militares y políticos, como Olivier Cromwell, sí se servían del calendario gregoriano.
122 El bosque Hercínico fue un territorio montañoso y boscoso del centro y sur de Germania que ha sido situado por los antiguos en diferentes lugares. Ptolomeo lo sitúa en las montañas entre los Sudetes y los Cárpatos.
123 Los saludadores fueron en España curanderos a los que se les atribuía el don o la gracia divina de poder sanar a personas y animales enfermos de rabia o de hidrofobia mediante su aliento y su saliva. Bordelon utiliza la expresión en castellano.
124 Apolonio de Tiana (siglo i) era un filósofo neopitagórico cuya biografía, poco fiable, fue recogida en el texto Vida de Apolonio de Tiana de Filóstrato. Se lo considera tambien uno de los magos más notables de la Antigüedad grecorromana.
125 Aben Ezra o Abraham Ibn Ezra fue un filósofo judío español del siglo xi, estudioso de gramática y de astronomía. Sus textos filológicos, en hebreo, hicieron conocer varios trabajos de gramáticos anteriores a él. También son conocidos sus comentarios sobre el Antiguo Testamento.
126 Eliezer ben Isaac ha-Gadol fue un rabino alemán del siglo xi. A veces se le confunde con el rabino Eliezer, o Eliezer el Grande, uno de los principales conocedores del Talmud, uno de los textos fundacionales del judaísmo rabínico, una corriente del judaísmo nacida en el siglo i d. C.
127 Johannes Buxtorf (1564−1629), teólogo alemán y profesor de hebreo en Suiza, donde murió. Es autor de varias obras en diversos idiomas, entre las que destaca su Bibliotheca rabbinica de 1613, que es la bibliografía hebraica más antigua. Consideraba esencial el conocimiento de las lenguas (como el hebreo o el arameo) y de la tradición judía para acceder al sentido del Antiguo Testamento.
128 El Paladio de Troya era una estatua de madera que representaba a la diosa Atenea. Forma parte de los palladia, estatuas que protegían las ciudades como si fueran un talismán. Se creía que el Paladio de Troya tenía poderes sobrenaturales que potegían la ciudad, de ahí que en algunos relatos esta estatua fuera robada o mancillada para saquear y dominar Troya.
129 La obra Otia imperialia de Gervasio de Tilbury, completada hacia 1214, tenía originalmente el objetivo de entretener al futuro rey de Inglaterra Enrique Plantagenet. Se asemeja a una enciclopedia con varios datos históricos, curiosidades sobre las maravillas de la naturaleza, anécdotas de cosmografía y referencias fantásticas y monstruosas que configuran un imaginario medieval. No faltan las historias de licántropos, lamias, muertos vivientes y posesiones tan apreciadas por Oufle. Su primera traducción al francés data del siglo xiv.
130 El autor de Lectiones antiquae se llamaba en realidad Ludovico Ricchieri (1469−1525). Se trata de un compendio de lecciones de valor enciclopédico a partir de los saberes grecolatinos.
131 ‘Sobre aquel que me dispare lanzaré mi flecha’.
132 Estas estatuas señalaban con sus brazos los puntos donde se fraguaban peligros contra la república, para que el gobierno prevenido pudiera evitarlos y vencerlos.
133 Se cree que un teólogo y alquimista conocido como Alberto el Grande creó un androide en el siglo xiii que podía desplazarse y hablar.
134 El capitán al que se refiere es Jean-Baptiste de Gennes (ca. 1656−1705), un oficial de la Marina y administrador colonial que había creado varios autómatas entre 1670 y 1690, entre los cuales figura un pavo real construido en 1688 en la la isla de San Cristóbal (Antillas). El dominico Jean-Baptiste Labat, en su Nouveau Voyage aux îles françaises de l’Amérique, compuesta entre 1716 y 1722, afirma que este pavo era capaz de andar, comer y defecar: «Il faut sçavoir que M. de Gennes avoit fait un automate qui avoit la figure d’un Paon, qui marchoit par le moyen des ressorts qu’il avoit dans le corps, qui prenoit du blé, qu’on jettoit à terre devant lui, & qui par le moyen d’un dissolvant le digeroit, & le rendoit à peu près comme des excremens’ [Hay que saber que el señor de Gennes había hecho un autómata que tenía la forma de un pavo real, que andaba por medio de unos muelles que tenía en el cuerpo, comía trigo y que, en la tierra que se le echaba delante, era capaz de digerirlo por medio de un disolvente, y lo expulsaba en algo parecido a un excremento].
135 La historia de esta estatua y su inscripción aparece en varias obras medievales, como la crónica universal catalana Flos mundi (París, Bibliothèque Nationale de France, ms. Espagnol 11, f. 292v), y su origen parece remontarse al Chronicon Ianuense, «Crónica genovesa», de Jacobo/Santiago de la Vorágine.
136 Antiguamente, en el calendario romano, se denominaban las calendas a los primeros días del mes, cuando ocurría la luna nueva en un ciclo lunar.
137 En los relojes de sol, el gnomon es la barra cuya sombra proyectada indica las horas. Un gnomon vertical permite determinar la dirección del meridiano del lugar o la dirección de los puntos cardinales, así como la altura del sol o el acimut.
138 Es un error de Bordelon o de una de sus fuentes: la población celtíbera de Numancia se encontraba a unos 7 km de la ciudad de Soria
139 Un pie equivalía a doce pulgadas.
140 Las Furias, llamadas Erinias en la mitología griega, son personificaciones femeninas de la venganza que perseguían a los que habían cometido algún crimen. Virgilio distingue tres, Alecto, Megera y Tisífone, encargadas, cada una de ellas, de castigar un tipo concreto de delito.
