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Capítulo I En el que se cuenta lo que monsieur Oufle se había imaginado acerca de los diablos, el poder que les atribuía, el miedo que les tenía y las razones que respaldaban dicho miedo

Como monsieur Oufle creía tan fácilmente, como hemos visto, todas las historias de espectros y fantasmas que le contaban o que leía, debemos juzgar a este respecto que estaba bien dispuesto a tomar por cierto todo lo que se dice sobre Satán, los diablos, los demonios, los malos espíritus, en fin, sobre todos estos ángeles orgullosos y rebeldes a los que algunos atribuyen tantos poderes que tomaríamos por verdaderos si nos dejáramos convencer, por todas las patrañas que de ellos se inventan, de que manejan todos los elementos y de que toda la naturaleza está a su disposición.

Un día en que hablaba con su hermano Noncredo sobre el supuesto poder despótico de los diablos, este, como muy inteligente y razonable hombre que era, sabía perfectamente lo que estos malos espíritus pueden o no pueden hacer. Noncredo, como digo, no se fiaba más que de lo que pudiera autorizarse y sostenerse mediante buenos principios, por lo que rechazó con toda la firmeza que su razón le exigía las innumerables fruslerías y sandeces que nuestro visionario alegaba para hacerle pensar como él. La conversación de ese día fue muy corta. Monsieur Oufle la terminó bruscamente, aunque tenía la intención de completarla con un discurso que decidió escribir con la mente despejada, para doblegar por completo a su hermano y dejarlo tan hundido que no pudiese levantarse, empresa de lo más temeraria, como veremos a continuación.

Antes de separarse, le dijo que iba a trabajar en este importante discurso. El tema, añadió, «era suficientemente serio y de tan gran importancia como para no concederle más atención que la que permite una conversación. Tendréis para siempre por escrito lo que pienso sobre los diablos, lo que otros han pensado antes que yo y lo que debéis pensar vos mismo a menos que queráis apoyar una causa injusta frente a una opinión autorizada tanto en la actualidad como en la más lejana antigüedad. Como mis palabras vuelan y no calan lo suficiente en vuestra mente y en vuestra memoria como para formar una impresión que pueda sacaros de vuestra persistente incredulidad, de la cual os jactáis, puede que un texto que podáis leer varias veces os produzca un efecto mejor y os haga entrar al fin en el bando de la verdad».

p. 122Al escuchar hablar así a monsieur Oufle podríamos decir, si no lo conociéramos bien, que iba a dar pruebas irrefutables a favor de los diablos, es decir, para demostrar que hacen todo lo que quieren como si fueran seres totalmente independientes o, al menos, que Dios les concede siempre la ejecución de los proyectos que ellos planean. Pues, si reflexionamos acerca de todo lo que se dice sobre las maravillas que hacen los diablos o sobre los daños que producen en el mundo, reconoceremos que resulta necesario que quienes creen en estas maravillas y en estos daños estén convencidos de que estos malos espíritus actúan bien por un poder que tienen en su interior y por una propiedad de su naturaleza, o bien por un consentimiento que Dios acepta concederles. No hemos de esperar, sin embargo, que monsieur Oufle se tome la molestia de probar en su discurso esta propiedad o consentimiento. La intención del pobre hombre no llegaba hasta ahí. Los razonamientos que le hubieran hecho falta para conseguirlo estaban lejos de sus fuerzas y de sus luces. Además, los supersticiosos como él son personas que no sacan provecho de nada*: hablarles de principios para hacerlos entrar en razón y querer que dominen esos principios para formar juicios y tomar decisiones es como hablarles en una lengua que no entienden y que no quieren estudiar en absoluto. Su fuerte es creer firmemente las opiniones más extravagantes y extrañas, y reafirmarlas con las historias que les convienen. Si los Oufles leen, por ejemplo, en una obra que admiran, que los diablos pueden manejar los elementos a su voluntad y en otra que han provocado lluvias, tormentas, tempestades y seísmos, entonces, todo eso es verdadero porque o se lo han dicho, o lo han leído. Así es como sacan conclusiones: saben cómo pueden hacerlo y así lo ejecutan. Ni se dignan a cuestionarlo, pues esta cuestión les parece inútil y superflua. ¿De qué serviría a las personas que quieren creer a toda costa? Monsieur Oufle era la persona menos dispuesta del mundo a corregir su ingenuidad con razonamientos adecuados e investigaciones exactas cuando se trataba de supersticiones. Todo lo que parecía ser prodigio y maravilla le hacía creer con una rapidez tal que la cabeza le daba vueltas y se ahogaba, por así decirlo, en lo prodigioso y lo maravilloso. El discurso que vamos a leer es una prueba convincente de ello. Sin embargo, hay que advertir que no confiaba tanto en su habilidad como para no buscar ayuda y, así, darle fuerza y convicción. Para obtener esta ayuda fue a buscar al abate Dudú, su hijo, al que quería más que a los otros porque era tan supersticioso como él. Le explicó su proyecto y le exageró con el mayor patetismo que pudo la necesidad que tenía de mostrarle a Noncredo que los diablos son tan temibles como dicen porque hacen tantos males como se cuentan. El hijo, que tenía en estos asuntos una mente tan débil y fantasiosa como su padre, aplaudió su propósito y no rehusó el combate. Se aislaron, para ello, de todas sus obligaciones, se retiraron juntos al despacho de monsieur Oufle y trabajaron como mejor pudieron sobre este tema. Aquí tenemos a dos autores de nueva creación, en plena formación. Y, ¡qué autores! Vamos a verlo.

DISCURSO SOBRE LOS DIABLOS COMPUESTO POR MONSIEUR OUFLE Y EL ABATE DUDÚ, SU HIJO, ENVIADO A NONCREDO

Primera Parte

Os he prometido, estimado* hermano mío, convenceros del gran poder de los diablos que os negáis a reconocer debido a la intención que tenéis de pasar por sensato librepensador*. Hoy cumpliré mi promesa. Leed atentamente y más de una vez lo que os voy a escribir y, sin duda, abandonaréis vuestra opinión por la mía, o, más bien, por la de varios grandes autores que han hablado tan bien sobre los diablos que sería difícil hacerlo con más seguridad, conocimiento o habilidad, incluso siendo uno de los suyos. No me he centrado solo en mis propias ideas para hablaros, pues también me he servido, con el fin de hacerlo mejor, del apoyo del abate Dudú, mi hijo y vuestro sobrino, hombre hábil, como sabéis, pues ha hecho todos sus estudios con el aplauso de sus maestros, y hombre de buena fe que dice siempre lo que piensa y no puede más que pensar muy justamente, ya que sabe de latín, griego, filosofía y teología mucho más de lo que las personas de su edad suelen saber. Habla griego como Homero, latín como Cicerón, no razona jamás sin las reglas más exactas de los silogismos; se ha dado especialmente al estudio de la teología en el Tratado de los ángeles141. Pensad, siendo como es, si no es de fiar cuando habla de los diablos. No ignoráis que yo también estoy bastante bien informado gracias a mis lecturas de todas las clases de espíritus que existen en el universo, de las cosas más extraordinarias que han hecho y de las sustancias que se encuentran entre los ángeles y los hombresa; o, si os gusta más, que suponen un grado de divinidadb; y así, ya que él y yo hemos unido todo lo que sabemos sobre ese tema, sería muy censurable que no admitierais lo que vais a leer en este discurso.

a Los hebreos llamaban a las sustancias que están entre los ángeles y los hombres sadaim, y los griegos trasponen sílabas y no añaden más que una letra, las llaman daimonas. El conde de Gabalis, p. 71.

b Según Sócrates, cuenta Apuleyo, la divinidad se divide en cuatro, como por grados que van de arriba a abajo. Los tres últimos se dividen en varios otros que llaman dioses, demonios y héroes. Estos son los diablos. El mundo encantado, t. I, p. 16.

p. 123Primero, debéis saber que hay diablos y diablas, y que las diablas aparecieron en el mundo antes que los diablos, que ellas los concibieron del primer hombre durante varios años y que este que no quería, bien por pena, por abstinencia o por desprecio, vivir con su mujerc. Los rabinos así lo aseguran. En verdad, estos rabinos también hablan de cualquier tema y nos enseñan cosas como si hubieran vivido en la época en que ocurrieron y como si las hubieran visto con sus propios ojos. Personalmente, cuando considero la seguridad con la que toman sus decisiones, no puedo ni pensar en desmentirlos. Me producen demasiado agrado las cosas extraordinarias que me cuentan como para no darles crédito. Prefiero convencerme de que han tenido revelaciones particulares a acusarlos de mentir cuando hallo en sus escritos alguna cosa que no entiendo, o que parece ser contraria a la razón. Respeto siempre las cosas admirables, es lo mínimo que puedo hacer.

Este poder que nos aseguran que tienen los diablos en el mundo no me sorprende, puesto que estos filósofos afirman que se componen de cuatro elementosd, y que este mundo está también compuesto de ellos. Creo, incluso, que comprenden todas las cosas y que pueden en un momento pasar de un lugar a otro, por muy alejado que esté, puesto que son tan menudos y sutilese que ni los seres más materiales ni los más duros pueden oponerse a su paso ni detener sus avances. Considerad, siendo esto así, si no les es muy fácil entrar en una habitación por muy bien cerrada que esté. Aun cuando estuviera totalmente rodeada de un acero extremadamente grueso, este acero tendría poros por los cuales no tardarían en introducirse.

Os he dicho que los diablos comenzaron a existir casi desde que el mundo es mundo. Os diré mucho más: incluso aunque no los hubiera habido hasta en el momento en que os escribo, no nos faltarían, como ahora veréis. Sabios y pueblos enteros están convencidos de que un número inmenso de almas se convierten en diablos tras la muerte de los cuerpos que han animadof. La razón por la cual menciono este número prodigioso es porque esas almas que se diabolizan son las de las personas malas, niños nacidos muertos, mujeres muertas en el parto y hombres muertos en duelog. Si pudierais contar cuántas almas hay de este tipo, a las que la muerte hace salir de sus cuerpos en ocho días, veríais que ya habría demasiados diablos para atormentarnos, aunque algunas personas se empeñan sin embargo en hacernos creer que los hay buenosh y blancosi. En cuanto a mí, yo llamo a estos simplemente ángeles y no diablos. Concluid de esta pequeña restricción que no creo tan a la ligera como pensáis todo lo que me intentan hacer creer.

Para mostraros además que nada es más común que los diablos, lo cual es cierto*, pues grandes hombres lo han escrito y, puesto que son grandes hombres, hay que confiar, me parece, en lo que dicen. Es cierto, digo, que estos malos espíritus se multiplican entre ellos como los hombresj, y que hay tantos diablos en el aire que se puede decir que este está lleno de ellosk; así sucede, sin duda, que, por la respiración, o, mejor dicho, al inspirar, atraemos varios dentro de nuestro cuerpo. ¡Qué malos inquilinos tenemos, y qué poco nos conviene conservarlos! Como están extremadamente inclinados al mal, no mantienen su malignidad desocupada. Trabajan entonces lo mejor posible, pero ¿en qué? En causarnos enfermedades que nos impacientan y que nos hacen sufrir mucho, en provocarnos sueños que nos perturban y nos inquietanl, en inspirarnos sus maldades y hacer que las practiquemos para volvernos tan criminales como lo son ellos. Os desarrollo aquí misterios que seguramente os eran desconocidos. Sacad provecho de ellos y, para ello, pensad como yo y pensaréis razonablemente.

c El rabino Elías dice en su Thisbi que se cuenta en varios escritos que durante treinta años Adán no tuvo relaciones con su mujer, vinieron unas diablesas a él, se quedaron preñadas y parieron diablos, espíritus, espectros nocturnos, fantasmas, lémures y lamias. Id., p. 161. Le Loyer, p. 206.

d Aristóteles considera que los demonios están compuestos de cuatro elementos. Le Loyer, p. 22.

e Teódoto describe los cuerpos de los demonios tan menudos, tan ligeros y tan sutiles que en comparación con nuestro cuerpo ellos no tienen más que una sombra de cuerpo. Id., p. 178*.

f Los antiguos paganos creían que las almas se hacían demonios tras la disolución del cuerpo. Id., p. 14.

g La mayor parte de los brahmanes dicen que hay almas que, al separarse de sus cuerpos, se hacen demonios por culpa de sus pecados y que, cuando acaba el tiempo de su primer castigo, deben errar por el aire y sufrir un hambre extrema, siéndoles imposible extraer una sola brizna de hierba de la tierra ni aliviarse con ninguna otra cosa más que con lo que los hombres les dan como limosna. El mundo encantado, t. I, p. 89. Los siameses no reconocen otros demonios más que las almas malas, que, al salir del infierno en el que estaban detenidas, yerran durante un cierto tiempo por el mundo y hacen a los hombres tanto mal como pueden. Ponen además en el rango de los espíritus desgraciados a los niños nacidos muertos, a las madres que mueren al parir, a los que mueren en duelo o a los que son culpables de algún otro crimen de este tipo. Id.

h Entre los paganos había buenos y malos demonios. Id., p. 21.

i León de África dice que los hechiceros de África invocan a los demonios blancos. Demonomanía de Bodin, p. 116.

j Gregorio de Niza mantiene que los demonios se multiplican entre ellos como los hombres. El conde de Gabalis, p. 108.

k San Atanasio dice en la Vida de san Antonio que el aire está completamente lleno de demonios. Mercurio Trismegisto decía lo mismo*. Del Río, Disquisitiones magicæ, p. 278.

l Pitágoras creía que el aire estaba lleno de demonios y espíritus que envían los sueños y las enfermedades. Le Loyer, p. 184.

p. 124Aunque haya un número tan grande de diablos, tantos que parezca imposible de determinarlo, un hombre que se había esforzado particularmente en saberlo ha llegado por fin a este conocimiento: sabe cuántos hay con tanta exactitud como si los hubiera contado uno a uno, pasándoles revista delante de él. Asegura, entonces, que ha encontrado siete millones cuatrocientos cinco mil novecientos veintiséism, salvo error de cálculo, añade. Estoy satisfecho* con su prudente restricción. Pues, en definitiva, como parece que el aire está completamente lleno de diablos, como acabo de decir, y que, en consecuencia, debe de haber muchos más, se puede creer razonablemente que solo incluyó a aquellos que viven en el país donde escribía. Haced, os lo ruego, justicia a mi reflexión, pues me parece que tengo razón al pensar así. Os he dicho que están compuestos de los cuatro elementos y que, por eso, disponen de ellos como quieren. Pero es cierto también que, a veces, estos mismos elementos juegan con ellos*, y que tal o cual diablo que espera vivir tranquilamente en la tierra, en el momento menos pensado es enviado por esta tan lejos que se halla de súbito transportado a la región del fuego; de ahí, al aire y después, a las aguasn. Finalmente, viendo que es rechazado por todas partes, decide mezclarse en los torbellinos e introducirse en los vientos, y ahí hace unos ruidos horribles para vengarse de esos elementos: de las aguas, por ejemplo, provocando tempestades y dándoles agitaciones horribles; de la tierra, arrancando árboles y destruyendo según puede los frutos que da; en verdad no podemos reconocerlo como conductor de este elemento, cualidad que algunos han atribuido a los demonioso; y, si es cierto, como tantos otros han pensado, que las estrellas han sido colocadas en el lugar donde están para impedir a los diablos subir hasta los cielosp, ¿qué nos impedirá creer que estos malos ángeles aún actúan movidos por la sed de venganza y se mezclan con las influencias de los astros para corromperlos y traernos a continuación con ellas tantos males de los que no sentimos más que los efectos, pero cuya causa no podemos comprender? Nos esforzamos por intentar descifrarla sin lograrlo. ¡Ah! Cuántas penas nos ahorraríamos si nos adentráramos, como yo, en tantos libros que olvidamos leer o que leemos sin aplicarnos lo suficiente en penetrar en sus mayores misterios.

Os enseñaría con gusto ahora cuánta vida pueden llegar a tener los diablosq. Pero tengo tantas cosas que deciros que no hablaré de ello. A nada que me indiquéis que queréis saber, os indicaré qué autores podrán enseñároslo. Sin embargo, no lo haré si no me prometéis que los leeréis, como yo, con respeto y confianza.

m Jean Wier en su libro De Prestigiis hizo el inventario de la monarquía diabólica con los nombres y sobrenombres de setenta y dos príncipes y siete millones cuatrocientos cinco mil novecientos veintiséis diablos, salvo error de cálculo, añadiendo sus cualidades y propiedades y para qué pueden servir si son invocados. Bodin, p. 404. De Lancre, p. 27.

n Empédocles dice que los malos demonios son tan odiados por los elementos que unos los envían a otros y son empujados tanto a la región del aire como a la del mar o de la tierra o al elemento del fuego, a los rayos del sol y de ahí a los torbellinos y a los vientos. Le Loyer, p. 184.

o Hay evidencias de que los caldeos y los persas, al observar que las cosas humanas están sujetas aquí abajo a cambios considerables que venían del cielo, aprovecharon para forjar dos divinidades supremas: una llamada Oromaces, para la dirección del cielo; la otra, Arimanio, para la tierra; y los romanos pusieron en su lugar a Júpiter y Plutón. Después, los demonios fueron reconocidos para ocupar el lugar de este. El mundo encantado, t. I, p. 15.

p Mahoma simula en el Corán que las estrellas son los centinelas del cielo y que impiden a los diablos acercarse y conocer los secretos de Dios.

q Hesíodo distingue cuatro tipos de naturalezas razonables: los dioses, los demonios, los semidioses o héroes y los hombres. Va más allá. Establece la duración de la vida de los demonios, puesto que es de los demonios y de las ninfas de los que habla, en el lugar que vamos a citar. Plutarco lo entendía así. Una corneja, dice Hesíodo, vive nueve veces más que un hombre. Un ciervo, cuatro veces más que una corneja; un cuervo, tres veces más que un ciervo; el fénix, nueve veces más que un cuervo y las ninfas, al fin, diez veces más que el fénix. Yo no tomaría este cálculo en serio más que por pura ensoñación poética, indigna de que un filósofo haga alguna reflexión al respecto, indigna incluso de que un poeta la imite, pues le falta tanto el encanto como la verdad. Pero Plutarco no es de esta opinión. Suponiendo que la vida del hombre está en torno a 70 años, que es la duración normal, los demonios deberían vivir 680.400 años. Añade que no puede concebir que se haya podido experimentar una vida tan larga en los demonios, prefiere creer que Hesíodo cuando usa la palabra de edad del hombre no quiere decir más de un año. Historia de los oráculos por el señor de Fontenelle, pp. 69, 70 y 71.

p. 125Tras haber hablado del origen, de la naturaleza y del número de diablos, ahora trataré sobre sus apariciones. No os diré lo que he visto, pues en vano os mencionaría a mis ojos como testigos, según vuestra loable costumbre, porque me tenéis por extremadamente visionario y no dejaríais de acusar a mis ojos como impostores. Me contentaré con haceros un resumen de lo más auténtico que he leído sobre este tema en las obras en las que los autores lo han tratado por completo, en cierto modo. ¿En verdad es creíble que, si los diablos no se aparecen, tantas personas inteligentes aseguren tan taxativamente que sí lo hacen en momentos precisos y que hayan dado detalles tan circunstanciados sobre sus apariciones? Sabemos por ellos que los diablos se muestran habitualmente por las noches entre el viernes y el sábado, o a mediodíar; que para formar la figura bajo la cual se quieren mostrar eligen un viento favorable y la luna llenas; que cuando se trata de la figura de un hombre, es siempre temible y mal proporcionadat, por ejemplo, muy negra, extremadamente grande o muy pequeña; si es la de una mujer, tendrá, en lugar de pies, cabezas de dragonesu y ella no será como una viuda vestida de negro, sino cruel, y romperá brazos y piernas a quienes se encuentrev; que se metamorfosean en olmos, ríos, perros, roblesw, en pájaros que predicen el porvenir encerrados en jaulasx, en abogadosy, en briznas de paja, en cerdasz, en masa de oroaa, en lechugasbb, en árboles helados, en monjes, en burros, en ruedascc, en caballosdd, en dragonesee en mendigosff y que incluso se han atrevido a vestirse con la apariencia del gran legislador de los judíosgg. Estos autores han destacado que nunca se ha visto a los diablos aparecerse como palomas, ovejas o corderoshh.

Tras un gran número de historias contadas por tan diversos autores, ¡pretendéis que sea incrédulo! ¡Queréis que diga, como vos, que todo eso es falso, queréis finalmente que, tras haber hecho durante muchos años una cantidad tan prodigiosa de lecturas que me han persuadido y convencido, hoy vaya a creer lo contrario de lo que he creído tanto tiempo! No cambiaré en nada, sino que lo creeré hasta que vos, que no habéis impreso nunca nada, me demostréis que sois, sin embargo, más creíble que los grandes hombres que, después de haber puesto toda su atención en conocer bien a los diablos, han empleado sus desvelos y bondades para buscar los medios de hacernos saber lo que han descubierto.

Aquí terminaba la primera parte de este sorprendente discurso. Lo llamo sorprendente porque estoy convencido de que todos los que lo leerán quedarán tan sorprendidos y maravillados como yo de ver a un hombre hacer un gasto tan grande de erudición y un uso tan extravagante de esta erudición que todo el fruto que pudo sacar de ello es probar que no era insensato y visionario porque había leído mucho. Aunque siento grandes ganas de ponerme ahora a señalar lo ridículo de este discurso, guardaré, sin embargo, silencio, a la espera de que la respuesta de Noncredo lo muestre a continuación, y así ruego al lector que continúe, sin impacientarse, leyendo estas ridiculeces, con la esperanza de ver que pronto se las trata como se merecen, es decir, con sabios y juiciosos razonamientos que actuarán como remedios contra el mal que pueden causar o reparaciones contra el daño que ya hayan hecho a quienes, como monsieur Oufle, están, lamentablemente, trastornados y creen todo lo que se amolda a su fantasía.

r Los malos espíritus aparecen de noche más que de día y en la noche entre el viernes y el sábado más que los otros días. Bodin, p. 245.

El demonio de mediodía se muestra en forma de una mujer llamada Empusa. Era un demonio sobre el cual el escoliasta de Aristófanes (Ranae) escribió que había sido enviado por Hécate y que no se aparecía más que a los miserables y a los desesperados a la hora del mediodía142. Le Loyer, p. 197.

s Unos hechiceros quemados en París dijeron que, cuando el diablo quiere transfigurarse en cuerpo aéreo, el viento debe serle favorable y estar la luna llena. Del Río, Disquisitiones magicæ, p. 302.

t Si a veces Satán toma la forma de un hombre, este tiene siempre algún defecto: o un tamaño extravagante, o es demasiado negro, o demasiado blanco, o demasiado rojo, o demasiado grande, o demasiado pequeño. De Lancre, p. 34. Los hechiceros afirman que los malos espíritus que se muestran en forma de hombre normalmente son negros y más altos que los otros, o pequeños como los enanos. Georgius Agricola, De animantibus subterraneis liber143.

Mandrágora, diablo familiar, bajo la figura de un pequeño hombre negro, sin barba, que tenía los cabellos despeinados. Un juez no temió arrancarle los brazos y lanzarlo al fuego. Del Río, lib. I, cuest. 4, La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 59.

Schott ha tomado de Georgius Agricola la descripción que hace de los diablos montañeros: dice que se establecen en las minas que están bajo las montañas; que son crueles y horribles de ver, que incomodan y atormentan sin cesar a los que trabajan en las minas. Algunos los llaman montañeros porque normalmente parecen pequeños, ya que apenas tienen tres pies de alto, y parecen viejos, con la misma apariencia que tienen los obreros que trabajan en las minas, vestidos con una camisola y un delantal de cuero. El mundo encantado, t. I, p. 288.

u Las lamias eran demonios del desierto con forma de mujer y, en lugar de pies, escondían cabezas de dragón. Le Loyer, p. 199.

v Los habitantes del Imperio Ruso temen y respetan al demonio meridiano que se aparece de luto y vestido de viuda cuando se siega el heno y en época de cosecha, rompiendo los brazos y las piernas de los segadores y cosechadores si no se tiran al suelo cuando lo ven. Meditaciones históricas, de Camerario, t. I, lib. IV, cap. 10.

w Algunos historiadores dicen que el diablo hablaba a Apolonio bajo la figura de un olmo; a Pitágoras bajo la de un río; a Simón el Mago, bajo la de un perro; a algunos otros, bajo la de un roble. Naud., Apol., p. 26.

x Algunos magos obligan a los demonios a unirse a los pájaros llegando incluso a ser encarcelados en jaulas. Jean Leon dice que los africanos hacen un negocio con ellos: quienes los consultan sobre las cosas futuras les presentan una moneda de plata para el pago de su amo y, después de haberla cogido, los mismos pájaros llevan la respuesta en su pico, escrita en un pequeño papel. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 59.

y Wier escribe en lib. IV, De Prestigiis, capítulo 9, que el diablo defendió una causa bajo la forma de un abogado en Alemania. Escuchó decir que la parte contraria se daba al diablo y que este había cogido dinero de su huésped. En cuanto el diablo abogado se vio apresado, salió de los barrotes y se llevó por delante a todos lo que habían perjurado.

z Froissard dice que había un noble llamado Ramón, conde de Corasa, vecino de Orthez (ciudad donde vivían habitualmente los condes de Foix), que se jactaba de tener un espíritu o demonio que le mostraba todo lo que pasaba en el mundo, se presentaba a él ocultamente, tanto a las nueve de la tarde como a medianoche, y se ponían a chismorrear. Le propuso al fin que se hiciera visible, a pesar de la resistencia que ponía este demonio a tal curiosidad. La primera vez, mientras Ramón se calzaba, se presentó en forma de dos o tres briznas de paja que se aplastaban unas a otras. Ramón, no contento con ello, quiso que Orton (así es como lo llamaba) se presentase con otra forma. Apareció como una cerda extremadamente grande pero muy delgada. Ramón, que no creía que esta cerda fuera un demonio, la echó a los perros. La cerda dio un grito horrible y desapareció. No escuchó ya hablar ni de la cerda, ni de Orton, y murió ese mismo año.

aa Un demonio se metamorfoseó en masa de oro en presencia de san Antonio. Le Loyer, p. 510.

bb Un demonio se metamorfoseó en lechuga en presencia de una monja según san Greg. I. Dial144.

cc Según Gaguin, Historia de Francia, en tiempos de Felipe el Hermoso un demonio se presentó a un monje con forma de árbol blanco por el hielo, como un hombre negro a caballo, como monje, asno y rueda.

dd El demonio de Anneberg mató más de doce obreros solo con su aliento en la mina llamada Corona de la rosa. Se aparecía en forma de caballo. Le Loyer, p. 491.

ee En Lavinio había un bosquecillo consagrado a Juno argólica y en este bosquecillo una cueva bastante larga y profunda en la que vivía un dragón. Y, habitualmente, en un día del año se le ofrecían unas jóvenes para su alimento. Así se hacía según Eliano, lib. X, cap. 16, De Historia animalium. Estas jóvenes tenían los ojos vendados con una cinta de cuero y llevaban en las manos unas fouaces*. Eran conducidas hasta la gruta del dragón por un viento demoníaco sin inmutarse, como si pudieran ver. Cuando llegaban, el dragón recibía las fouaces solo de las que eran vírgenes.

ff En la ciudad de Éfeso, a Apolonio de Tiana le rogaron que acabara con la peste que allí reinaba. Les pidió que hiciera un sacrificio a los dioses. Tras el sacrificio, vio al diablo en forma de mendigo con un traje roto. Dijo al pueblo reunido que se apedreara a ese mendigo, lo cual fue ejecutado. Le quitaron las piedras de encima por orden de Apolonio y debajo se encontró, en lugar de un hombre, un perro negro que fue echado a la carretera y la peste cesó. Le Loyer, p. 310.

gg En tiempos de Teodosio, el joven emperador, los judíos que vivían en Candía fueron solicitados por un diablo que decía ser Moisés su legislador, enviado por el cielo, para que abandonaran todos sus bienes, prometiéndoles que los llevaría sin mojarse por el mar hasta la tierra prometida145. Lo creyeron. Los llevó a lo alto de una roca y les pidió que se lanzaran al mar, lo cual hicieron. La mayoría perecieron. Sócrates, Hist. Eccl., lib. VII, cap. 38.

hh Los diablos no adquieren forma de paloma, ni de oveja, ni de cordero, dice Del Río, Disquisitiones magicæ, p. 304.

i En el original, se utiliza la expresión [ils] ne s’en piquent point. En la época, se piquer de quelque chose significaba ‘sentirse ofendido’, pero también ‘jactarse de algo’ o ‘sacar provecho’, sentido este que se ha perdido en la actualidad.

ii Bordelon utiliza el término Monsieur, ‘Señor’, para mostrar la consideración de Oufle por Noncredo.

iii La expresión original es esprit fort, literalmente ‘mente fuerte’. Este sintagma se utilizaba sobre todo en los siglos xvii y xviii para designar a aquellas personas que querían quedar por encima de las simples opiniones, y a quienes les gustaba mostrar incredulidad ante las creencias más comunes. Alude directamente al intelecto.

iv Se ha corregido la errata que se señala en el suplemento al principio del volumen, pues aparecía «e porps» en vez de «de corps».

v El uso del adjetivo constant con el sentido de ‘cierto’ es un rasgo de los escritores clásicos, en particular bajo el reinado de Luis XIV (1643−1715), época en la que se escribió esta obra.

vi Se ha corregido el error que se señala en la fe de erratas, pues figuraba «Trismagiste» en lugar de «Trismegiste».

vii En los siglos xvii y xviii, la expresión savoir bon gré à quelqu’un significaba ‘estar satisfecho o contento con lo que alguien ha dicho o hecho’. Actualmente significa ‘agradecer’.

viii Ballotter quelqu’un es una expresión que ya no recoge la última edición del diccionario de la Académie Française y que en el siglo xviii era similar a se jouer de quelqu’un, es decir, ‘jugar con alguien sin preocuparse por su bienestar’.

xix El término fouace, que proviene del bajo latín focacius (panis), hacía referencia a un tipo de pan de trigo normalmente cocido bajo cenizas.

141 El Tratado de los ángeles forma parta de la obra Suma de teología de santo Tomás de Aquino, cuyo objetivo fue hacer de este libro un manual de referencia para los alumnos de la Facultad de Teología en el siglo xiii. Fue escrito entre 1265 y 1274.

142 La obra de Aristófanes se titula Ranae [Las ranas]. En este caso hallamos un error (In ranis) que hemos subsanado. El editor o el autor han tomado el nombre de una obra por una locución latina. Se trata del mismo error que vemos en la primera parte, cap. 3, nota e.
Hécate era una diosa griega asociada a la luna, a la magia y a la brujería. Se le atribuían poderes sobre los fantasmas y los espíritus.

143 Bordelon se equivoca al citar esta obra, que data de 1548, a la que alude como Lib. de Spiritibus subterraneis.

144 Es curiosa la elección del término nonnain para referirse a una religiosa, puesto que ya en el siglo xvii se usaba solo de manera humorística y para burlarse.

145 Candía era el nombre de Heraclion y de la isla de Creta en la época medieval.