Capítulo II Continuación del discurso sobre los diablos compuesto por monsieur Oufle y por su hijo, el abate Dudú, que después se envió a Noncredo
Monsieur Oufle continúa así la exposición de todo lo que él y el abate Dudú, su hijo, han leído, han escuchado decir y han pensado seriamente e imaginado acerca de los diablos y todas las clases de diabluras de las que jamás se ha hablado.
Segunda Parte
No dudo, hermano, que habréis oído hablar de los diablos íncubos y súcubos, es decir, de los que se acuestan con mujeres y abusan de ellas (estos son los íncubos) y de los que, después de haber adquirido la figura de una mujer (los súcubos), mueven a los hombres a cometer crímenes. Ya los conocéis, no hará falta que os los descubra. Si aún estáis en disposición de dudar de la impudicia de estos malos espíritus, os diré lo siguiente para sacaros de duda y hacer que se crea en ellos. No esperéis, sin embargo, que actúe aquí como filósofo, es decir, que emplee grandes razonamientos con el fin de demostrar que los diablos pueden, como los hombres y las mujeres, ser lascivos y honestos, y que os explique cómo usan su lascivia y su honestidad (no tengo para ello más que pediros que recordéis que pueden cambiarse en hombres o en mujeres y, así, hacer todo lo que hacen los hombres y las mujeres). Como no dejo de creer todo lo que se dice al respecto, aunque no me haya informado de la posibilidad y la manera, no veo razón en este sentido para que seáis menos confiado que yo, por lo que, finalmente, para que compartáis mi parecer, voy a instruiros sobre lo que sé y lo que me han hecho creer.
Es cierto que a los diablos nada les gusta más que cometer los peores crímenes. Esta proposición es incontestable y no debemos, por tanto, dudar que les gusta mucho más abusar de una mujer casada que de una muchacha. También es verdad lo que los demonógrafos nos enseñana, pues están convencidos de que creeremos sus historias, ya que están fundadas sobre la malignidad de los demonios, que todo el mundo reconoce y nadie cuestiona.
Si no temiera ensuciar vuestra imaginación, os contaría aquí lo que dicen de los dolores que sufren las mujeres cuando tienen trato con los diablos y por qué sufren tales doloresb, pero por pudor callaré estas circunstancias, aunque me parece que, dándoos los detalles, estos podrían haceros menos incrédulo de lo que sois, pues sé por mi propia experiencia que nada es más persuasivo que las historias detalladas. Os lo repito: os decía que, si os contara lo que sé sobre este tema, os sonrojaríais de verdad al escucharlo y no lo creeríais menos. Concluiríais que, si los autores decidieron hacer tales descripciones y pidieron permiso para hacerlas públicas, deben haber sido movidos por la verdad.
Es cierto que los diablos tienen hijos y que se los reconoce y distingue perfectamente bien. Se les da, incluso, un nombre particular para identificarlos sin equivocarse. Se sabe, porque se ha repetido muchas veces, que estos niños, cuando están hambrientos, dan tan fuertes alaridos que agotan a sus nodrizas, que pesan tanto que apenas se los puede coger y, sin embargo, son tan delgados que los huesos les agujerean la piel y que por suerte para el país en el que viven, que sus vidas son muy cortasc. Digo por suerte porque, siendo la progenie de tan malos espíritus, ¿qué males no harían en el mundo si vivieran tanto como los demás hombres? Existen, sin embargo, algunos de estos hijos de la malignidad que han sobrepasado el término dado al curso de su vida: un cierto Merlínd, por ejemplo, y algunos otros que no se han visto morir porque desaparecieron y supuestamente se fueron a vivir a otro lugare.
a Una vieja me contó una curiosidad, que el diablo apenas acostumbra a tener contacto con las vírgenes porque no podría cometer adulterio con ellas. Por eso, espera a que estén casadas. En relación con esto me comentó que el señor de los sabbats retuvo a una muy hermosa —me dio incluso el nombre— hasta que estuvo casada, ya que no quería deshonrarla, como si no fuera bastante pecado el romper su virginidad sin, además, cometer adulterio con ella. De Lancre, p. 218.
b No tendré menos modestia que monsieur Oufle. Por eso, no daré aquí referencias para aclarar lo que acaba de decir ni los lugares de los libros de los que ha extraído lo que le hace hablar así. Me refiero a las páginas 134, 225, 224 del libro De la inconsistencia de los demonios, por De Lancre. Quiera Dios que no ensucie yo esta historia con tales basuras.
c Los niños súcubos (que Guillermo de Paris llama Champis y los alemanes Cambions) son muy pesados y muy delgados. Le Loyer, p. 482. Bodin, p. 210. De Lancre, pp. 233, 232. Lutero en sus Coloquios fija su edad en siete años.
d Algunos autores creen que Merlín fue engendrado por un íncubo que se unió a la hija de un rey que era religiosa en un monasterio de la ciudad de Kaërmerlin. De Lancre, p. 230. Gabriel Naudé, Apología de todos los grandes personajes que han sido falsamente sospechosos de magia, p. 313.
e Cuando reinaba el rey Roger en Sicilia, un hombre joven que estaba bañándose de noche a la luz de la luna con varios otros vio, o le pareció ver, a uno que se ahogaba. Se metió para salvarlo y descubrió que era una mujer. La sacó del agua, se enamoró de ella y tuvo un hijo. Después ella desapareció y también el hijo, que ella le robó mientras nadaba. De Lancre, p. 231.
p. 127¡Cuántas muchachas hay que, pensando gozar de personas que amaban, han descubierto que eran diablos quienes las poseíanf! ¡Cuántos hombres han tenido diablos por amantesg! Las que se relacionan con los diablos creyendo que son hombres salen pronto de su error, pues esos malos espíritus se complacen en hacerles conocer el engaño. Algunos incluso imprimen sobre las mujeres, al abandonarlas, marcas que les hacen conocer que han sido engañadash.
Dejemos este tema, pues da muy malas ideas. Pasemos a otras diabluras que no son tan sucias.
Los sabios que han hablado sobre los diablos no se han olvidado, como bien debéis creer, de hablar de los endemoniados, pues los malos espíritus triunfan frente a estos pobres poseídos. Es ahí donde dominan con tanto poder que disponen tanto de su alma como de su cuerpo. De su alma, alterando su juicio y haciéndoles razonar como quieren; de su cuerpo, causando a sus miembros las contorsiones más horripilantes, porque les gusta servirse de ellos para asustar a los que los observan y para intimidar a quienes se proponen perseguirlos. ¿Creeríais lo que os voy a decir? Estos demonios, para hacer que los poseídos hagan lo que desean, eligen bien el momento, cosa que no dejan de conseguir, y se organizan según las fases de la lunai, pues la luna es de gran ayuda para los hechiceros y los magos y, por consiguiente, para sus amos, es decir, los diablos. Las contorsiones, las convulsiones y las muecas de los poseídos aumentan o disminuyen según crezca o mengüe la luna. Si quienes se proponen echar a los diablos del cuerpo de los endemoniados supieran de esta particularidad, no tendrían tantas dificultades como tienen para conseguir su propósito. Trabajarían en el momento en que la luna está totalmente menguante y, entonces, el poder del diablo sería tan débil como la luz de este astro. Lo harían salir muy fácilmente, pues es muy raro encontrar en las posesiones demoníacas diablos de tan buena voluntad como aquel del que habla la Historia, que acordó con los judíos entrar en el cuerpo de la hija de un emperador y salir de él siguiendo sus órdenes para ganar su confianzaj. También hay que admitir que estos espíritus malignos no atormentan siempre a aquellos de los que se apoderan. Les causan, a menudo, más miedo que dolor; a veces, les hacen cosquillask y les hacen reír tanto que se diría (yo lo creo así) que hasta les gusta mucho. Los presentan, incluso, como admirables, haciéndoles hablar diferentes lenguas sin que nunca se hayan tomado la molestia de aprenderlasl. Si no hicieran nada más, serían divertidos y se los dejaría tranquilos, pero hacen a menudo pactosm, exigen consentimientos por los cuales uno se entrega a ellos, pactos que no se pueden deshacer más que por un poder sobrenaturaln que no siempre es seguro que se pueda conseguir. Y es todavía más difícil expulsarlos de los cuerpos de aquellos que creen que les pertenecen, pues a menudo se unen varios a la vezo para aguantar con más firmeza y resistir con más vigor. Todo eso es cierto. No me extenderé más para convenceros: en nuestra religión no cabe la duda al respecto.
f En la isla de Cerdeña, en la ciudad de Cagliari, una joven noble amaba a un noble sin que él lo supiera. El diablo tomó la forma de este, se casó en secreto con la dama, la poseyó y, después, la abandonó. Esta muchacha se encontró un día con el hombre y, al no observar en él ninguna cosa que demostrara que él la reconocía como su mujer, le hizo reproches, pero, al fin, estando convencida de que era el diablo quien la había engañado, hizo penitencia. De Lancre se recrea contando esta historia en su libro De la inconsistencia de los demonios, pp. 218 y ss.
g Francisco Pico de la Mirandola decía haber conocido a un hombre de 75 años que se llamaba Benedetto Berna, el cual, durante 40 años tuvo relaciones con un espíritu súcubo que llamaba Hermelina. La llevaba por todas partes con forma humana y le hablaba de tal manera que varios, al escucharlo hablar y no ver a nadie, lo tomaban por loco. Otro llamado Pinet tuvo una durante 30 años llamada Fiorina. De Lancre, p. 215.
Un soldado gozó de una joven muchacha. Después, le quedó entre los brazos el cadáver de un animal podrido. Guillermo de Paris, p. ult. De universo. Del Río, Disquisitiones magicæ, p. 300.
h El diablo imprimió sobre el vientre de Acia, madre de Augusto, una serpiente después de haber abusado de ella. De Lancre, p. 3.
i Los endemoniados son más o menos atormentados por los diablos según el curso de la luna. Le Loyer, p. 362.
j El emperador Tito Vespasiano, habiendo tomado Jerusalén, obligó por edicto a los judíos a que hicieran el sabbat y se circuncidaran. Quiso que comieran toda clase de carnes y que se acostaran con sus mujeres en el momento en que la ley lo prescribía. Estos pidieron al rabino Simeon, célebre entre ellos por hacer milagros, que fuera a suplicar al emperador que aligerara ese edicto. Simeón se puso en camino con el rabino Eleazar. Se encontraron en el camino con un diablo llamado Bentamelion que pidió acompañarlos, confesándoles que era el diablo y prometiéndolos entrar en el cuerpo de la hija del emperador y salir en cuanto se lo pidiesen, lo cual fue hecho. Obtuvieron como recompensa la revocación del edicto. Le Loyer, p. 290.
k Se ha visto a unas endemoniadas elevarse en el aire, con cosquillas en los pies y riendo sin cesar. Bodin, p. 306.
l Se han visto otros que hablaban lenguas que nunca habían aprendido. Id., p. 294.
m La Historia de los diablos de Loudun dice, p. 153, que el diablo Leviatán hizo sellar un pacto con un compuesto de la carne del corazón de un niño, tomado en un sabbat celebrado en Orléans, y la ceniza de una hostia quemada146.
n Se lee en la Historia de los diablos de Loudun, p. 405, que mientras un diablo llamado Behemot había salido para ir a buscar un nuevo pacto, el ángel guardián de la religiosa que poseía se apoderó de él y lo ató durante un mes bajo el cuadro de san José en la iglesia, y que le parecía a la religiosa que le salía un no sé qué de la cabeza que se alejaba de ella, lo cual correspondía a los movimientos del diablo147.
o Una mujer llamada Elisabeth Blanchard decía que estaba poseída por seis diablos, por Astaroth y el carbón de la impureza, de la orden de los ángeles, por Bezelbú y el león del infierno, de la orden de los arcángeles, por Perú y Marú, de la orden de los querubines. Id., p. 255.
p. 128Se ha pretendido encontrar, entre todos los diablos, algunos que no son tan malos como otros y que a veces se portan bien, pero no hay tantos como los que son malos siempre. No puede haber más de 30.000 de estosp. Ciertamente, hay que hacer grandes investigaciones para fijar con tanta precisión el número. Debemos presuponer buena fe a quienes se han tomado esa molestia, pues nos sería muy difícil hacerlo tan bien como ellos. Sería el colmo de la ingratitud no darles ninguna recompensa por su trabajo más que la incredulidad. Esto es algo que seguro que a mí no me pasará nunca.
Entre estos 30.000, están los espíritus locos, los espíritus familiares, los trasgos, así llamadosq porque se divierten luchando con los hombres, aparentemente para hacerlos más fuertes mediante esta práctica. Hay algunos que explican mediante los sueñosr lo que se debe buscar o rehusar. Otros acompañan bajo el nombre de maestro Martinet a los viajeross y les hacen tomar los caminos más cortos y menos peligrosos. Hay quienes pasan durante varios años de padres a hijos con el fin de defender a las familias a las cuales se han unido de los insultos de sus enemigost. Algunos dan consejos, pero de modo que, por muy cerca que estén, parece que su voz viene de muy lejosu. Se ha visto a algunos que estaban tan pendientes de los intereses de sus amos y tan dispuestos a no dejarles dar ningún paso en falso que les tiraban descaradamente de las orejas o les daban algún golpev, para disuadirlos de cometer alguna falta que fuera peligrosa. Y, a propósito de estos ruidos que hacen y de esos golpes que dan, se ha observado que no había ni calor, ni dureza, ni violencia en esos movimientos, pues sus manos son frías como el hielo y blandas como el algodónw.
Se puede considerar a estos diablos muy buenos muchachos, así como a los que llaman duendes*, que almohazan cuidadosamente los caballos de sus amos y que les cuidan los relojesx. Se ha dicho que un famoso filósofo tenía un trasgo en la empuñadura de su espaday. Eso me ha sorprendido, pues me parece que, habiendo tomado tal lugar como su domicilio, le convendría mejor a un guerrero. ¡Cuántas personas querrían que esos diablos les metieran dinero en el bolsillo cuando ha salido de élz, o que les enseñaran a fabricar la piedra filosofalaa! Creo que se les querría mucho más que al que da lecciones de filosofíabb. ¡Qué divertido diablo aquel a quien le gustaba hacer volar en el aire, tirando piedras, el sombrero de un presidentecc! ¡Qué amable y agradecido este otro que, durante el día se escondía en la gavilla con la que le daban bien de comer y, durante la noche, iba a robarla, y también trigo, para recompensar a quienes lo cuidabandd! Pues, ¡qué comodidad llevarlos en los anillosee o conservarlos en frascosff para usarlos cuando se necesita! Confesad que hay muchas más ventajas en tener estos demonios frente a aquellos que por malicia inflan el rostro a los hombres que odian y los desfiguran de modo que ya no se los reconocegg; aquellos que se sirven de los muertos para atormentar a los vivoshh, o que van a los cementerios para desenterrar a las carroñas y comerse hasta los huesosii; o que hacen perder de golpe a un hombre algún miembro de su cuerpojj.
p Hesíodo dice que hay treinta mil demonios bienhechores en el aire que velan por las necesidades de los hombres. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 368.
q Había entre los griegos un demonio que se llamaba Παλάμναιος, ἀπὸ τῆς πάλης [Palamnaios, por la lucha], demonio luchador y agresor de los hombres, de ahí viene el nombre de Lutin o Luiton [trasgo]. Le Loyer, p. 25. Parece que es de estos de los que quiere hablar monsieur Oufle y no de aquel otro sobre el cual escribió Estrabón una historia. Dice que había un demonio llamado Luiton Temescan que luchaba contra todos los extranjeros que llegaban a Témesis, ciudad de los brutienses. Antes, hubo un hombre llamado Polites, uno de los compañeros de Ulises, quien, habiendo sido muerto por los brutienses a traición, se esforzaba después de la muerte por atormentar tanto a los extranjeros como a aquellos que le habían hecho perder la vida.
r Refiriéndose a Cardano, dice el señor Naudé (p. 252) que habla tan distendidamente de su espíritu que, después de haber afirmado con rotundidad, en un diálogo titulado Tetim, que tenía uno que era de Venus, mezcla de Saturno y Mercurio, y en su libro De Libris propriis, que se comunicaba con él por los sueños, duda en esta misma fuente de si existía de verdad, o si era la excelencia de su naturaleza, y concluyó al fin en su libro De rerum varietate (lib. XVI, cap. 93) que no había nada, pues dijo ingenuamente: «ego certe nullum damonium aut genium mihi adesse cognosco» [en realidad, yo no sé si se me ha aparecido algún demonio o fantasma]148. Si mucha gente no quisiera hablar más que de buena fe, no escribiríamos tantas historias.
s Demonio familiar que acompaña a los magos y que les prohíbe emprender sus proyectos sin el permiso de Maître Martinet. Cir.
t Entre los lapones, se cree que los padres dan a sus hijos y trasmiten en forma de herencia los malos espíritus que estaban vinculados a su servicio con el fin de que puedan vencer a los demonios de otras familias que son sus enemigas. El Mundo encantado, t. I, p. 67.
u Cardano dice haber visto una mujer en Milán que tenía un espíritu familiar invisible cuya voz no se escuchaba más que de lejos.
v Un espíritu familiar hacía señales palpables, como tocar la oreja derecha, si se hacía algo bien, o la oreja izquierda, si se hacía mal, o tocar un libro para hacer que lo dejaran de leer. Bodin pp. 46, 47.
w Cardano habla en De rerum varietate de uno de sus amigos que, al acostarse en una habitación en la que habitaban unos diablillos, sintió una mano fría y blanda como el algodón que le tocó el cuello y la cara y quiso abrirle la boca.
x Una persona me ha dicho que en las regiones más avanzadas del septentrión hay diablos que se llaman lutins [trasgos] que almohazan los caballos, hacen lo que se les pide y advierten de los peligros. Meditaciones históricas, de Camerario, t. I, lib. IV, cap. 13.
Hay unas mandrágoras que dicen ser duendes, trasgos o espíritus familiares y que tienen diversos usos. Algunos se hacen visibles en forma de animales; otros son invisibles. Estuve en un castillo, dijo el autor del Petit Albert (pp. 130, 131), en el que había uno que tras seis años se había empleado en controlar un reloj y almohazar los caballos. Vi correr la almohaza sobre el lomo del caballo sin que fuera conducida por ninguna mano visible. El palafrenero me dijo que había puesto a un trasgo a su servicio tomando una pequeña gallina negra que había matado en una encrucijada y, con la sangre de la gallina, había escrito en un pequeño trozo de papel: «Berith hará mi voluntad durante veinte años y lo recompensaré»149. Tras haber enterrado la gallina a un pie de profundidad, ese mismo día el trasgo se ocupó de su reloj y de los caballos y, de vez en cuando, conseguía cosas de cierto valor.
y Se decía que Paracelso tenía un demonio familiar escondido en la empuñadura de su espada. En realidad, eran dos o tres dosis de láudano, que nunca quería que le faltara porque con él hacía maravillas y lo utilizaba como medicina universal para tratar toda clase de enfermedades. Naudé, Apología de todos los grandes personajes que han sido falsamente sospechosos de magia, p. 285.
z Se ha dicho del famoso médico Pedro de Apolonio, el mayor mago de su siglo, que había aprendido las siete artes liberales mediante siete espíritus familiares que tenía guardados en un cristal; que conocía el artificio, como otro llamado Pasetes, de hacer volver a su bolsillo el dinero que había gastado. Id., pp. 274, 275.
aa Un espíritu llamado Floron, que afirmaba pertenecer a la orden de los querubines. Un demonio llamado barbudo, que muestra en un trozo de papel cómo fabricar la piedra filosofal. Id., pp. 249, 250.
bb Cardano dice que Nifo tenía un demonio barbudo que le daba lecciones de filosofía.
cc Un espíritu lanzó piedras e hizo volar el sombrero del presidente Latomi en Toulouse. Bodin, p. 301.
dd Esto es lo que se dice habitualmente sobre los diablos domésticos, según cuentan Schott y del Río, que lo han extraído de Melecio150. Dicen que los diablos se esconden en los lugares más ocultos de la casa en una pila de leña; se les alimenta con toda clase de platos delicados porque aportan a sus amos el trigo que han robado en los graneros ajenos. Cuando esos espíritus quieren establecerse en una casa, lo hacen saber acumulando montones de virutas, unos sobre otros y lanzando estiércol en cubos llenos de leche. Si el dueño de la casa se da cuenta, deja esos cubos juntos y el estiércol en la leche; o, si llega a beber la leche donde está el estiércol, el espíritu se le presenta y se queda en la casa. Se les llama gobelinos. El mundo encantado, t. I, p. 287.
ee Jean Wier habla (lib. VI, cap. 1, arts. 3 y 4) de los diablos incrustados en un vaso (como El diablo cojuelo) o en anillos151.
ff Un abogado tenía un demonio familiar en un frasco que fue lanzado al fuego por sus herederos. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 59.
gg Hay demonios que Felús llama subterráneos que, con el aire de su aliento, provocan una hinchazón en el rostro de los hombres y los vuelven irreconocibles. Le Loyer, p. 535.
hh Sajón Gramático cuenta esta historia (lib. V, Historia Dánica): Asmundo y Asquith, compañeros de armas daneses, estaban vinculados por una estrecha amistad y acordaron mediante solemne juramento que no se abandonarían ni en la vida ni en la muerte. Asquith murió primero y, siguiendo su acuerdo, Asmundo se confinó en su sepulcro donde el diablo, que había entrado en el cuerpo muerto, lo atormentó tanto que lo desgarró, le desfiguró la cara y le arrancó una oreja, hasta que, finalmente, Asmundo le cortó la cabeza al muerto152.
ii Pausanias menciona en In phocaicis un diablo llamado Eurínomo que se comía las carroñas de los muertos y no dejaba más que los huesos.
jj Hay diablos que arrancan los dedos de los pies sin provocar dolor. De Lancre, p. 175.
p. 129De todos los diablos se afirma que los más mentirosos son aquellos que se llaman terrestreskk. El motivo está claro: es porque al habitar en las entrañas de la tierra están más alejados del cielo, que es la sede de la verdad.
En cuanto a los diablos terrestres, estoy convencido de que digan lo que digan (¿pues no puedo hacer yo descubrimientos sobre este tema, igual que hacen otros? Y, ya que tengo tanta deferencia por lo que dicen, ¿por qué no la tendrían también por lo que yo pienso, ya que he aglutinado en mí tantos conocimientos extraídos de un gran número de autores y me he aprovechado de todos sus hallazgos?), estoy convencido, digo, de que los diablos terrestres son los que llaman gnomosll, seres muy cariñosos con las mujeresmm, guardianes de los tesoros, de los que yo tendría no pocos si me sirviera del secreto que poseonn, y que, cuando quieren, convierten el oro en plomooo. Pongo aún en la misma categoría a:
1. Los silfospp, habitantes del aireqq, quienes, con la pronunciación cabalística de un nombre misterioso, ahuyentan a los otros demoniosrr.
2. Las ninfas u ondinasss, habitantes de las aguas y que haré venir a mí cuando me plazcatt.
3. Las salamandrasuu, habitantes del fuego.
4. Los ogros, monstruos a los que nada les gusta más que la carne fresca, como los niños y niñas pequeños.
5. Las hadas, sobre las que las abuelas y esposas cuentan tantas historias a los niñosvv. Se asegura que estas hadas son ciegas en sus casas y muy clarividentes fueraww, que bailan a la luz de la lunaxx, cuando no tienen otras cosas que hacer, que roban pastores y niños para llevarlos a sus cavernasyy y disponen de ellos a su voluntad, y que evitan las heladas y tempestades en los lugares donde habitanzz.
kk Los caldeos afirman que los demonios terrestres son mentirosos porque están alejados del conocimiento de las cosas divinas. Bodin, p. 215.
ll Los gnomos están compuestos de las más sutiles partes de la tierra y son sus habitantes. El conde de Gabalis, p. 34.
Aquí explicaré por qué monsieur Oufle no sigue lo que he dicho sobre los gnomos, etc. Lo explica así El conde de Gabalis (pp. 128, 129). El demonio es el enemigo mortal de las ninfas, los silfos y las salamandras, pues a los gnomos no los odia tanto; eso es así porque los gnomos se asustan de los gritos de los diablos que escuchan en el centro de la tierra. Prefieren seguir siendo mortales antes que correr el riesgo de someterse a dicho tormento si adquirieran la inmortalidad; de ahí que estos gnomos y sus vecinos demonios tengan bastante relación: estos persuaden a los gnomos, de natural muy amigos del hombre, de que supone hacerle un muy gran servicio y librarlo de un gran peligro el obligarlo a renunciar a su inmortalidad. Se comprometen por ello a conceder a aquel a quien consiguen convencer de esta renuncia todo el dinero que pide, evitar los peligros que podrían amenazar su vida durante un cierto tiempo, o alguna otra condición que agradaría a aquel que hiciese tan desgraciado pacto. Así el diablo, con todo lo malo que es, por la mediación de este gnomo hace mortal el alma del hombre y la priva de su derecho a la vida eterna.
mm Se atribuye a los demonios, dice el mismo conde (pp. 96, 97), todo lo que se debería atribuir a los que habitan en los elementos153. Un pequeño gnomo se hizo querer por la célebre Magdalena de la Cruz, abadesa de un monasterio en Córdoba, España. Ella le hizo feliz desde los doce años y continuaron su relación durante treinta. Un director ignorante quiso convencerla de que era un trasgo. El diablo no es, entonces, tan desgraciado al poder sacar partido a tales galanterías... Tiene en la región de la muerte ocupaciones más tristes y conformes al odio que las que tiene para sí el Dios de la pureza.
Una vez más, añade (pp. 132, 133), el diablo no tiene la potestad de engañar así a los humanos ni de pactar con los hombres, y, menos aún, de hacerse adorar por ellos. Lo que ha dado lugar a esta creencia popular es que los sabios reúnen a los genios de los elementos para predicar sus misterios y su moral, y como sucede normalmente que algún gnomo se da cuenta de su grave error, comprende los horrores del vacío y consiente que se le haga inmortal, se le da una mujer y se la hace inmortal. Se celebran las nupcias con toda la felicidad que exige la conquista que se acaba de hacer. Se trata de las danzas y gritos de alegría que Aristóteles dice que se escuchaban en algunas islas en las que, sin embargo, no se veía a nadie.
nn «Viri stantis supra draconem, qui in manu teneat gladium, figuram, si in Hematithe sculptam invenies, pone in annulo plombeo, vil ferreo et obedient ei omnes spritus subterranei, et revelabunt ei omnes thesauros levi carmine, nec non extrahendi modum ipsi ostendent» [Si encuentras esculpida en una hematites la figura de un hombre de pie sobre un dragón con una espada en la mano, ponla en un anillo de plomo o de hierro y le obedecerán todos los espíritus subterráneos, y estos te revelarán con un dulce canto todos los tesoros e incluso la manera de extraerlos]. Trinum magicum, p. 273.
oo Se quiere divulgar la creencia de que a veces los gnomos han transmutado los metales preciosos en materias viles y abyectas para engañar a los ignorantes. El sólido tesoro de Petit Albert, p. 73.
pp Los silfos se componen de los más puros átomos de aire. El conde de Gabalis, pp. 33, 34.
qq El famoso cabalista Zedequías se propuso, bajo el reino de Pepino, convencer al mundo de que habitan en los cuatro elementos todos estos seres cuya naturaleza ya he descrito. La decisión que tomó fue aconsejar que los silfos se mostraran en el aire a todo el mundo. Lo hicieron con magnificencia. Se vio en el aire a estas criaturas admirables con forma humana, tanto dispuestas para la batalla, desfilando en orden, como bajo las armas o acampados en pabellones soberbios, o sobre unos navíos aéreos de admirable estructura cuya flota voladora vagaba al albur de los céfiros. ¿Qué ocurrió? ¿Pensáis que ese siglo ignorante se percató de razonar sobre la naturaleza de estos espectáculos maravillosos? El pueblo creyó primero que eran los hechiceros quienes se habían apoderado del aire para suscitar las tormentas y para hacer que se helaran las cosechas. Los sabios, los teólogos y los jurisconsultos asumieron enseguida la opinión del pueblo; los emperadores la creyeron también y esta ridícula quimera llegó tan lejos que el sabio Carlomagno, y, tras él, Ludovico Pío, impusieron graves penas a todos estos supuestos tiranos del aire. Esto se puede ver en el primer capítulo de los Capitularios de estos emperadores. Los silfos, viendo que el pueblo, los pedantes y hasta las testas coronadas se rebelaban contra ellos, decidieron, para que cambiaran esta mala opinión que tenían de su inocente flota, raptar a hombres de todas partes, hacerles ver a sus bellas esposas, su república y su gobierno y después devolverlos a la tierra en diversos lugares del mundo. Lo hicieron como habían proyectado. El pueblo, al ver descender a estos hombres, acudió de todas partes y, advertido de que eran hechiceros que se separaban de sus compañeros para venir a lanzar veneno sobre los frutos y en las fuentes, presos del furor que inspiran tales imaginaciones, llevó a estos inocentes al suplicio. Id., pp. 135, 136.
rr Cuando un silfo aprende de nosotros a pronunciar cabalísticamente el poderoso nombre Nemamiah y a combinarlo con la forma del delicioso nombre de Eliael, todos los poderosos de las tinieblas echan a correr y el silfo goza con agrado de lo que quiere. Id., p. 124.
ss Las ninfas u ondinas se componen de las aguas más desligadas. Id., pp. 33, 34.
tt «Hominis imago sculpta in Diadochoc stantis et magna statura, tenentis in manu dextra obolum, et in alia serpentem, sitque super caput hominis figura solis, et prostratum teneat sub pedibus leonem, si polita fuerit in annulo plombeo cum modico arthemisia ac radice foeni graeci, tecumque habueris in ripa fluvii, et vocaris aquaticos spiritus, ab iis de quaesitis responsa accipies» [Si pules con un poco de artemisia y raíz de fenogreco la imagen esculpida en un diádoco de un hombre que lleve en su mano derecha una moneda154, en la otra mano una serpiente, sobre su cabeza la figura del sol y que esté postrado a los pies de un león, y la llevas contigo a la orilla de un río y llamas a los espíritus acuáticos, recibirás de ellos respuesta a cuanto les preguntes]. Trinum magicum, pp. 274, 275.
uu Las salamandras se componen de las más sutiles partes de la esfera del fuego, aglomeradas y organizadas por la acción del fuego universal, así llamado porque es el principio de todos los movimientos de la naturaleza. El conde de Gabalis, pp. 33, 34.
vv No es necesario que os diga
Que había un hada en aquel hermoso antaño
Pues estoy seguro de que vuestra amiga
Os lo habrá contado en vuestros primeros años.
¿Por qué nos hemos de extrañar
De que la razón más asentada,
Cansada a menudo de tanto velar,
por cuentos de ogros y de hadas,
ingeniosamente acunada,
se regocije al dormitar? Id.155
ww Los poetas dicen que las hadas tenían cien ojos fuera de su casa y que dentro de ellas estaban ciegas. Dict. cur., p. 9.
xx Cartas de Cir.
yy Corneille de Kempen asegura que, en tiempos del emperador Lotario, hacia el año 830, había en Frisia muchas hadas que vivían en las cavernas o en los altos promontorios y colinas, desde donde descendían por la noche para robar a los pastores sus rebaños, sacar de sus cunas a sus hijos y llevarlos a todos a las cavernas. El mundo encantado, t. I, p. 290.
zz Nuestros ancestros aseguraron que era una antigua tradición que allí donde vivían las hadas o fadas, mujeres de los druidas, nunca hiela ni las tempestades arruinan los frutos. Frey en su Admiranda galliarum (cap. 10) y en el tratado que ha dado a las escuelas titulado Antiquissima gailrorum philosophia ecloga (cap. «De druidarum astrologia»).
p. 130Ya me parece suficiente hablar de los diablos, de lo que han hecho y de lo que pueden hacer. Si no queréis creer todo lo que acabo de deciros, id a comprobarlo. Os daré los medios cuando queráis para ir a ver diablosaaa si eso os es absolutamente necesario para haceros más crédulo y sacaros de vuestro error.
Diréis, sin duda, que la palabra diablo se repite en exceso en mi discurso. Es cierto, y lo hago sin ningún escrúpulo. La pronuncio con atrevimiento y con placer porque sé de buena mano que la pronunciación de su nombre les hace daño y los atormenta en extremobbb. Leed, entonces, hermano mío, este discurso con el mismo empeño con que yo lo he escrito y hacedme justicia reconociendo que no os he hablado sin autoridad, puesto que casi todo lo que hallaréis en él está apoyado en libros aprobados, con privilegio y que, en consecuencia, no deben suscitar sospecha de errores ni mentiras. Si los hubierais leído tan a menudo como yo, creeríais lo que yo creo, pues son así de persuasivos; y no me habría visto yo obligado a escribiros con tanta extensión y a daros tantos detalles. No os fieis de los diablos puesto que el mundo está lleno de ellos, tienen mucho poder, y artificio no les falta para hacerlo sentir y para conseguir sus fines. Os ordeno que desconfiéis, pues, de otro modo, no penséis que podréis manteneros en guardia y, en consecuencia, caeréis en las trampas que ellos quieran tenderos.
FIN DEL DISCURSO DE MONSIEUR OUFLE SOBRE LOS DIABLOS
Hasta aquí el discurso de monsieur Oufle. A decir verdad, me aburrí mucho describiendo tantas cosas tan mal digeridas que no prueban nada, sino que solo muestran que este buen hombre no tenía otra forma de razonar que no fuera sacar conclusiones de hechos con seguridad, como si fueran muy ciertos, aunque la mayoría sean muy discutibles. Vamos a escuchar discurrir a Noncredo: es un hombre sabio, no dominado por la fantasía, sino que se deja conducir enteramente por la razón y, por ello, podemos esperar que dé una respuesta muy razonable.
aaa Para hacer ver el diablo a una persona mientras duerme, tomad la sangre de una abubilla y frotad con ella el rostro de esa persona. Se imaginará que todos los diablos están alrededor de ella. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. III, p. 138. Parece que es de esta práctica supersticiosa de la que quiere hablar monsieur Oufle.
bbb Los judíos consideran que el nombre del diablo les produce mucho dolor y disgusto, y que esto se debe a que las cinco letras hebraicas que componen este nombre forman justo el número 364, que es el de los días de un año entero menos uno y que es por eso por lo que no les puede acusar durante esos 364 días y que no le queda más que uno para esta acusación. Por esta razón intentan engañarlo ese día. El mundo encantado, t. I, p. 181 o 185.
Los judíos se sirven, además, de otro medio para engañar al diablo. Como, según ellos, el primer día del año Dios está sentado como juez para el examen de sus pecados, tratan de impedir que su enemigo haga acusaciones contra ellos haciendo que no sepa qué día es y por ello, cuando leen la ley, no leen ni el principio ni el fin, como Samael se imagina que deben hacer todos en ese día, y así lo atrapan. Id., t. I, p. 179.
i Traducimos como ‘duende’ el término ‘drolles’, que proviene del neerlandés ‘drôle’.
146 Leviatán es una bestia gigante con forma de dragón que aparece en la Biblia. En los cultos satánicos es uno de los principales demonios que forma la falsa trinidad demoníaca junto con Belcebú y Lucifer.
147 El caso de las endemoniadas de Loudun comenzó en 1632, mientras la peste azotaba la localidad. Las ursulinas conocieron varios episodios de posesión y apariciones de fantasmas, supuestamente bajo los hechizos del cura Urbain Grandier. Fue acusado de brujería y de ser el diablo, por lo que acabó quemado en la hoguera en 1634, con la intervención del cardenal Richelieu.
148 Ante la ambigüedad de la frase, cabe precisar que De Libris propiis y De rerum varietate no son obras de Gabriel Naudé, sino de Gerolamo Cardano, publicadas en 1557.
149 Berith es uno de los demonios primigenios creados por Satán, creador de las artes de la alquimia y la taumaturgia.
150 Se refiere a Melecio de Antioquía, un eclesiástico griego del siglo iv.
151 En El diablo cojuelo (1641) de Vélez de Guevara, un espíritu se manifiesta dentro de un argel de vidrio y pide a don Cleofás que lo libere.
152 Sajón Gramático, o Saxo Grammaticus (ca. 1150−ca. 1220), fue un cronista danés conocido sobre todo por su obra Gesta Danorum, compuesta de dieciséis volúmenes en latín sobre la historia de su país y sus orígenes míticos, mezclando historia y leyenda.
153 Autores como Paracelso, Wier, Psellos o De Villars ponen en relación los tipos de demonios y los elementos. En general, se establecen correspondencias entre los silfos y el aire, las ondinas y el agua, los gnomos y la tierra y las salamandras y el fuego.
154 El diádoco es una gema similar al berilo.
155 El fragmento forma parte del inicio de Peau d’Âne [Piel de asno], uno de los cuentos más célebres de Charles Perrault, publicado en 1694.
