Capítulo III Discurso de Noncredo sobre los diablos para servir de respuesta al que monsieur Oufle había compuesto con su hijo, el abate Dudú, y que le habían enviado, acerca del mismo asunto
Mornando fue el que llevó a Noncredo el maravilloso discurso de monsieur Oufle. Este avispado lacayo tenía una extrema curiosidad por leerlo, por ver si podía encontrar algún tema que le ofreciese ocasión de imaginar y de ejecutar felizmente nuevas estratagemas para reírse de su amo. Pero como esta preciada obra estaba sellada con todas las precauciones posibles, no se atrevió a abrirla al considerar que le sería imposible devolverla en el estado que debía estar. Se limitó, pues, a cumplir fielmente su cometido. Noncredo la recibió con placer, pues no dudó que fuera una lectura muy gratificante, aunque habría sido mucho más agradable si la hubiera escrito otro que no fuera su hermano.
Tras haberla leído varias veces con toda la atención que exigía el deseo que tenía de mostrar con evidencias lo falsa y ridícula que era, trabajó varios días en el discurso que vamos a leer y que sirve como respuesta.
DISCURSO DE NONCREDO SOBRE LOS DIABLOS
He leído, querido hermano, vuestro discurso sobre los diablos. Lo he leído y releído varias veces con toda la atención que podéis esperar de mí y que el tema exige. Admiro vuestras inmensas lecturas, pero no me han edificado en absoluto los frutos que de ellas habéis extraído. No esperéis que os alabe, estáis ya demasiado seducido por vuestra fantasía. Dios no quiera que os seduzca más aún por mis palabras, fortificándola con una cobarde complacencia hacia vuestras extrañas ideas. Habéis leído mucho, es cierto, vuestro discurso da fe de ello, pues presenta en detalle muchísimas opiniones, hechos e historias. Pero no encuentro casi nada de vos. Veo que solo abrazáis opiniones sin haberos tomado la molestia de examinarlas para saber si merecen que os decantéis por ellas. Veo que creéis estos hechos e historias ciegamente, es decir, sin haberos informado (no por los testigos, pues, eso no os es posible, sino por una crítica razonada), sobre si debierais creerlas del todo. A mí, os lo confieso, me es imposible creer con tanta facilidad. Un antiguo sabio llama a la incredulidad el azote de la imprudencia. Como estoy convencido de que se refiere a una incredulidad razonable y no a una incredulidad solo motivada por la obstinación, reconozco que es prudente ser muy circunspecto, y que no hay que tener prisa cuando se trata de creer. Pues creer es dar un consentimiento, someter el espíritu, abandonar el raciocinio y rendirse enteramente a lo que se oye decir o a lo que se lee. Sinceramente, ¿es razonable someter así el espíritu, abandonar el raciocinio y entregarse enteramente si no hay razones evidentes e incontestables para hacerlo? Lo que os digo os parecerá muy extraño e indignante, según puedo juzgar por vuestro comportamiento, pues me parece que hasta ahora no se os ha ocurrido en absoluto serviros ni de pruebas ni de razones incontestables para autorizar vuestras creencias. Todo lo que se ha dicho o escrito favorable a las supersticiones os parece digno de fe, pues lo creéis firmemente, y esta firmeza no se funda más que en la confianza que tenéis en quienes hablan o escriben. Hermano, poned más distancias entre creer en este tipo de cosas y las verdades de la religión. Acepto que no examinéis con exactitud estas últimas para ver si hacéis bien al creer lo que os proponen. Santos, sabios y grandes hombres las han estudiado antes que vos, y la iglesia os las da a creer. Someteos, es vuestro deber. Quisiera, sin embargo, que pudierais tener suficiente atención para explorar lo que esta santa y verdadera religión quiere que creáis acerca de los diablos. Conoceréis su caída en el capítulo 4 del profeta Isaías; cuánto envidian a los hombres en el tercer capítulo del Génesis y en el segundo de la Sabiduría; los males que pueden causar, si leéis la historia de Job, de Tobías, de los poseídos liberados por el poder de Cristo y los consejos que nos dan dos grandes apóstoles (Efesios 6, 11, 2. Corintios 2, 14, 1. Pedro 5, 8) para comprometernos a tomar precauciones contra las emboscadas de estos malos espíritus. Hallaréis en los libros sagrados un número inmenso de citas que autorizarían la creencia en estos temas y, si os abstenéis de este examen, es porque las verdades que se exige que creáis son tan incontestables y tan bien establecidas que no arriesgaréis nada creyéndolas. Pero en materia de supersticiones y prodigios, creer todo lo que se os ha dicho o todo lo que se ha escrito con la misma sumisión solo porque lo habéis oído decir o porque lo habéis leído es el colmo de la debilidad y de la ceguera, por no decir de la extravagancia. Me escandaliza tener que aplicaros a vos este último calificativo. Espero, sin embargo, que no me guardéis rencor cuando hayáis leído lo que os voy a decir puesto que os veréis, sin duda, forzado a reconocer que todas las precauciones son pocas cuando se trata de creer.
p. 132Aquí comienzo mi discurso para servir como respuesta al vuestro. Dejad, os lo ruego, aparte vuestras fantasías mientras leéis; pues si las leéis con ellas, está claro que solo os pareceré irracional por mucho que os hable con prudencia y que os será imposible estar de acuerdo con lo que leeréis porque estáis predeterminado a considerarlo totalmente erróneo. Sea como sea, comienzo.
Nada es más fácil que hacer creer todo lo que se quiere a quienes creen con facilidada; particularmente, cuando lo que se les propone es conforme a su fantasía. Este es vuestro caso hasta tal punto que, si alguien viniera a deciros por diversión que ha visto, por ejemplo, un diablo de una figura cualquiera y, después, llevado por los escrúpulos al haber mentido, volviera para decir que esa historia es falsa, no creeríais la última intervención, solo atenderíais a la primerab porque queréis a cualquier precio que, se diga lo que se diga, los diablos se aparecen tantas veces como se dice. En vano alegará el cuentista que no quiso más que bromear, pues su broma será siempre para vos una historia seria. Os atormentaríais para hallar razones que sirvan para convenceros de que es verdaderac; habéis escuchado en vuestra infancia tantas historias de diablos sin que se os ocurra por nada del mundo dudar de ello que, como habéis conservado siempre la misma impresión, sin esforzaros en borrarla y destruirla, no es sorprendente que aún perdure. Por desgracia para quienes tienen esas ideas, hay en el mundo toda clase de gentes, incluso entre los que tenemos por maestros, que las conservan con muchas fábulas que inventan, o que, tras haberlas recibido como verdades, las transmiten a otros tan ingenuos como ellos. Entre miles que creen, muy pocos dudan, me diréis. ¿Qué? ¡Y como muchos creen, hay que creer! Si estoy con los cafres, los magiares o los tupinambás156, ¿tendría que creer todo lo que se imaginan sobre la divinidad, la religión y los efectos de la naturaleza porque, como veré, es la opinión general del paísd? ¡Ay, madre! ¿A qué quedaríamos reducidos si nos obligaran a tomar como verdadero lo que muchas personas admiten como tal? Como hay muchas más que son incapaces de distinguir la verdad de la mentira que lo bastante iluminadas para saber hacer esta distinción, el error reinaría por doquier, puesto que los más hábiles estarían obligados a seguir las opiniones de los más ignorantese. Me sumaré a la opinión de la mayoría cuando me asegure de que quienes la integran no son esclavos de la imaginación y de que han discutido y explorado con atención, y de que son capaces de hacer exactas reflexiones y juiciosos exámenes.
Así es como esta multitud, cuya autoridad se quiere hacer valer, asume habitualmente los errores. Dos, tres o cuatro personas que pasan oficialmente por hábiles e iluminadas dan una opinión o cuentan una historia. Enseguida aquellos que están predispuestos a su favor reciben o la historia o la opinión sin otro escrutinio más que informarse si estas personas son los autores. Les costaría demasiado cuestionar si estas perspicaces personas han opinado bien o han contado la verdadf. Sin embargo, a menudo sucede que quienes hacen creer no han hecho mayor estudio que aquellos que los creen. Así es como tomáis por cierto todo lo que leéis en vuestros libros sin tratar de discernir si aquellos que los han compuesto aportan razones suficientemente fuertes para poder fiarse de lo que dicen. Reflexiona bien sobre todo esto, hermano, pues lo necesitáis. No seríais tan crédulo si siguierais mi consejo. Ni siquiera os habríais tomado la molestia de componer vuestro discurso y, si mi sobrino, el abate Dudú, uniera a su griego y su latín tan serias reflexiones cuando lee y cuando escribe, trabajaría con vos de manera más provechosa.
a Es fácil persuadir a quienes quieren creer todo. Petrarca, t. XI, entrev. 32.
b Se lee en el capítulo 9 del segundo libro de Jean Christian Frommann, De Fascinatione (p. 432. Edic. Nuremberg, 1675), que Hemingio, muy célebre teólogo, citó dos versos bárbaros en una de sus lecciones y añadió para divertirse, que podían quitar la fiebre. Uno de sus oyentes lo intentó con su lacayo y lo curó. Poco después de utilizar el remedio ocurrió que varios febricitantes se encontraron mejor. Hemingio, después de eso, se creyó en la obligación de decir que no había hablado en serio, sino de broma, y que no era más que una invención. A partir de entonces, el remedio dejó de ser creíble. ¡Sin embargo, hubo algunos no querían renunciar a la credibilidad que le habían concedido!
c Están convencidos, antes de consultar la historia, de que hay meses y números que afectan a los grandes acontecimientos. No consultan tanto la historia para saber si su creencia es cierta como para confirmar que es verdadera. Pensamientos diversos sobre los cometas, t. I, p. 64.
d Prefiero no tomar como verdades la tradición general y el consentimiento unánime de los hombres. En caso contrario, tendría que admitir todas las supersticiones romanas. Id., 1, p. 117.
e El aforismo vox populi, vox dei [la voz del pueblo es la voz de Dios], autorizaría los pensamientos más ridículos si se admitiera. No hay motivos para tomar en serio, dice Cicerón (Tuscul. cuest. 5), un juicio hecho por una multitud de personas de las que cada una por separado es tan poco capaz de conocer dicho asunto que su parecer no merece ninguna consideración. «Argumentum pessimi turba est» [la peor prueba es la abundancia]157.
f «Unusquisque mavult credere, quam judicare» [Todo el mundo prefiere creer a opinar]. Séneca, De vita beata, cap. 1.
p. 133Otra razón que me hace desconfiar de lo que dicen estas personas que se consideran tan listas que el vulgo no se atrevería a rechazar su credibilidad es que he observado que es habitual verlos debatir sobre la manera en que un prodigio ocurre sin preguntaros si en verdad ha ocurrido tal y como se diceg; cuando tales gentes hacen obras sabias y serias sobre estos hechos, no se duda más de dichos hechos a menos que alguien vea lo contrario con sus propios ojos, e incluso así cuesta mucho decidirse a lanzar este insulto a la inteligencia. Os daría buenos ejemplos si tuviera ganas de ofrecer aquí una amplia muestra de lo que también yo he aprendido en mis lecturas.
Otra observación es que la historia de los hechos y las disertaciones sobre el desarrollo de los mismos están bien extendidas por el mundo, más de lo que se ha dicho o escrito para mostrar su falsedad y su ridiculez, de modo que, poco a poco, el error permanece y la verdad desaparece. Nada se establece más fácilmente que la creencia en cosas prodigiosas y extraordinarias porque hay muchas más mentes débiles que fuertes y porque entre estas la mayoría se contentan divirtiéndose a costa de aquellash, contándoles relatos conformes a su gusto y a su inclinación hacia lo maravilloso. Los prodigios ocupan el lugar de los mejores razonamientosi. Son pruebas incontestables para ellos y atrincheramientos para ponerse a cubierto contra el desprecio cuando no tienen suficiente habilidadj para comprender las causas de estos hechos que les sorprenden.
Pero hablemos un poco más en particular de los libros en los cuales afirmáis que hay que confiar, y de cuyo contenido no se puede dudar, es decir, de los historiadores, de quienes yo quisiera que desconfiarais mucho más de lo que hacéis, pues he observado que nada os persuade más que el relato de un hecho sorprendente y extraordinario. Yo mantengo que, muy lejos de creer ciegamente todos los prodigios que cuentan los historiadores, hace falta incluso no creerse tan fácilmente lo que dicen sobre lo normal y lo común. Cuando me convenza de que un autor escribe sin pasión, sin imaginación y sin demasiada ingenuidad, y de que no ha descuidado instruirse perfectamente sobre la verdad de las cosas que cuentak, entonces respetaré sus escritos y me hallaré en la obligación de no rehusarle mi confianza. Pero me mantendré bien en guardia antes de recibir como oráculos infalibles todo lo que se halla en los libros, sin tener más razón que porque lo he hallado. No creeré, por ejemplo, que haya un país en el que uno que ha estado muerto todo el invierno resucite tan pronto como llega la primaveral; que un gran capitán dé la vida a un hombre tan fácilmente como se la quitóm; que un pavo hablón y se hizo entender perfectamente por quienes quisieron escucharlo; que una estatua de Apolo que los curas llevaban a cuestas se transportó a sí misma por los aireso; que la capilla de un falso dios se atrevió, no sé por qué inquietud, a cambiar de lugar, fue a hacer un pequeño viaje y después regresó al lugar de donde había salidop; que ha habido muchas personas que en sueños han hablado lenguas que no habían aprendido jamásq; que los trípodes caminaban por sí mismos y se paseabanr; que solo con tocar cierta roca se agitan vientos y tempestades horribless; que, en cuanto se toca una piedra, cae hielo y lluvia y se escuchan truenost; que lo mismo ocurre si se saca con un cuerno de buey el agua de una fuenteu; que, si no se hubiera atado bien la estatua de Baco, habría ido corriendo por todas partesv sin que se la pudiera atrapar; que otra estatua hizo una señal con la cabeza para mostrar que no se encontraba bien donde estaba y que deseaba que tuvieran la bondad de cambiarla de lugarw; que otra más se puso a reír como loca sin que se pudiera saber por qué estaba tan contentax; que una cuarta se bañó tras haber cantado largo tiempo y tras haberse paseado muchoy; que una higuera que parecía haber desarrollado un afecto recíproco por un hombre muerto se partióz aparentemente de dolor.
g La mayor parte de las personas se suman al prejuicio y pasan por encima de la verdad del hecho. Historia de los oráculos, por el señor de Fontenelle, p. 32.
Los médicos se molestaron mucho en hallar la razón de que no se forme cal en las fracturas de la cabeza. «¡Resultáis muy inútiles!», les dice Galeno (lib. VI, μέθοδι. Θέραπ.), «y ridículos al dar razones de una cosa que no llega! Pues es falso que estas fracturas no se reabren y no se endurecerán de nuevo»158.
En 1593 se expandió el rumor de que cuando se le cayeron los dientes a un niño de Silesia, de siete años, le salió uno de oro en el lugar de uno de sus dientes más grandes. Horst, profesor de medicina en la universidad de Halmstad, escribió en 1595 la historia de este diente y afirmó que era, en parte natural, en parte milagroso, y que había sido enviado por Dios a este niño para consolar a los cristianos afligidos por los turcos. Figuraos qué consuelo supuso y que relación tenía este diente con los cristianos y con los turcos. En el mismo año, para que este diente de oro no careciese de historiadores, Rulandus escribió su historia. Dos años después. Ingolsteterus, otro sabio, escribió contra el convencimiento que Rulandus tenía sobre el diente de oro y este le hizo enseguida una docta y sabia réplica. Otro gran hombre llamado Libavius recuperó todo lo que se había dicho del diente y añadió su idea particular. Cuando un orfebre lo hubo examinado resultó ser una hoja de oro unida al diente con mucha destreza, pero primero comenzaron a escribir libros y, después, se consultó al orfebre. Historia de los oráculos, por el señor de Fontenelle, p. 34.
h Hubo en Roma, dice Tito Livio (lib. 1, década 3), y en sus alrededores varios prodigios durante aquel invierno o, al menos, así se contaron y se creyeron, muchos, muy a la ligera, como es costumbre una vez que los espíritus tornan las cosas del lado de la religión. Cuantas más personas simples y devotas había que las creyeran, más aún se publicaban. «Quo magis credebant simplices ac religiosi homines, eo plura* nuntiabantur» [Cuanto más creían en ellos los hombres simples y devotos, más (prodigios) se anunciaban].
Claudiano dice (lib. 2, In Eutropium) que en cuanto algunos prodigios consiguieron brotar, todos los otros se propusieron surgir para no perder la ocasión.
Utque semel patuit monstris iter, omnia tempus
nacta suum properant*.
[Tan pronto como se abrió el camino a los portentos,
se apresura a nacer todo lo que encuentra oportunidad].
i Nos enfadaríamos si fuéramos desengañados. Eso será eternamente un milagro y, como tal, trascenderá hasta en las provincias más recónditas, pues, de todas las obras de Dios, no hay más que las milagrosas que sean del gusto del pueblo y que prueben bien la existencia y el poder del primer hombre. De un grano de trigo podrido hacer crecer otros cien no es nada en comparación con suspender una figura en el aire. Esta suspensión, según ellos, es una prueba evidente de la divinidad, y suspender en el aire después de tantos siglos, a Saturno, Júpiter y tantos otros cuerpos, varias veces más grandes y más pesados que toda la Tierra, y ordenar sus movimientos de manera tan constante, uniforme y proporcionada a nuestras necesidades no demuestra nada. Si no vemos más que eso y otras cosas parecidas, moriremos ateos, como si no viéramos nada. Conjeturas físicas sobre los más extraordinarios efectos del trueno, por el R.P. Lamy, de la Congregación de San Mauro, pp. 187, 188159.
j Hay pocas personas que no quieren aparentar saber todo lo que se puede conocer de forma natural y, así, cuando se presenta algún efecto difícil de explicar porque las causas no son sensibles, lo tomamos por sobrenatural. Les resultaría confuso confesar su ignorancia o demasiado esforzado comprometerse en la búsqueda de esas causas. Es una vía mucho más corta y más segura, bien por la reputación, o por su propio descanso, gritar de golpe ¡milagro! Así se libra uno bien de los males y se mezcla en ello el pretexto engañoso de la religión. Se pretende, incluso, con este comportamiento, hacer un gran servicio a Dios conservándole una gloria que le querrían quitar. Id., pp. 136, 137.
k Se razona sobre lo que han dicho los historiadores, pero, estos historiadores no son ni apasionados, ni ingenuos, ni mal instruidos, ni descuidados; habría que encontrar uno que haya sido espectador de todas las cosas, indiferente y aplicado. Historia de los oráculos, por el señor de Fontenelle, p. 35.
l Gaguin dice en su descripción de Moscovia que, en Lukomórie, región de Rusia, el 27 de noviembre los pueblos mueren a causa del gran frío y resucitan el 24 de abril.
m Plinio dice (lib. VII) que Alcibíades resucitó un muerto con vino.
n En los tiempos del consulado de Cayo Lépido y de Quinto Catulo en la ciudad de Galeno un pavo habló. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 100.
o Luciano, en el Tratado de la diosa de Siria, dice que vio un Apolo que, mientras era llevado a hombros por los párrocos, se atrevió a dejarlos ahí y pasearse por los aires, y eso, a los ojos de un hombre como Luciano, es digno de consideración. Historia de los oráculos, por el señor de Fontenelle, p. 212.
p Eusebio, en el segundo libro de su Preparación evangélica, cuenta, con el visto bueno de Diodoro, que una capilla de Júpiter fue transportada y vista por el Nilo.
q Un señor llamado Lefèbre de la ciudad de Ruán hablaba mientras dormía toda clase de lenguas que no había aprendido. M. L. V., t. XI, p. 2, etc.
Pomponacio dice (Lib. De Incant., cap. 10) que la mujer de un zapatero de Mantua fue curada por un médico de una enfermedad melancólica que le hacía hablar diversos tipos de lenguas. Se dice lo mismo de un paje de Enrique II.
r Los trípodes, consagrados a Vulcano, se movían y caminaban por sí mismos. Le Loyer, p. 56.
s Cerca de Corena, en Libia, había una roca consagrada al viento del mediodía160. Si un hombre la tocaba, al instante se levantaba un viento que giraba y agitaba la arena con grandes sobresaltos. Id., p. 55.
t En el país de Cominges, en el Languedoc, se ve una colina en la que hay algunas piedras levantadas en forma de tumba de las que, si tocas una solo con los dedos, enseguida se desatan truenos, heladas y lluvias. Id., ibid.
u Jacques de Vitry, francés, en Historia Orientalis et Occidentalis, y Sylvestre Girault, en Typograph. Ibernia, cap. 9, dicen que hay una fuente en la pequeña Bretaña de la cual si se saca agua con un cuerno de buey y si se la echa en una piedra que esté cerca se escucharán truenos y lloverá enseguida. Antes iba mucho a las ciudades de la Bretaña y, sin embargo, no he encontrado a nadie que me haya asegurado que fueran ciertas aquellas cosas que se veían, dice Le Loyer, p. 55.
v Los habitantes de Chio mantenían su ídolo consagrado a Baco envuelto en cadenas de acero por temor a que caminase y se marchase. Id., p. 56.
w Tito Livio (sec. 1, lib. V), Julio Obsecuente y otros dicen que la imagen de Juno, interrogada por un soldado sobre si quería ser transportada desde el Templo de Veyes en el que estaba, cerca de la ciudad de Roma, hizo señales con la cabeza para marcar que sí quería.
x El emperador Calígula ordenó que la estatua de Júpiter erigida en la Élide (Morea) fuera transportada a Roma. Mientras los arquitectos preparaban sus máquinas para quitar el ídolo de su lugar, este ídolo, dice Suetonio (In vita Calig.), estalló de risa de modo que huyeron despavoridos.
y La estatua de Pelichus bajó, dice Luciano, por la noche, de su pedestal, se paseó por la casa y se lavó en el baño, cantó y retozó.
z Juan Tzetzes dice (Historiar. Chilid., 4) que, cuando murió un canciller del emperador, se cayeron las hojas de un higo que tenía en gran estima, se quedó seco y al día siguiente se partió en dos.
p. 134¡Cuántos otros prodigios podría contaros aquí que no debemos creer sin precaución, aunque los pueblos los creen tan verdaderos que no se han atrevido a dudar! Para ver hasta qué límite se han manifestado sobre este asunto los historiadores, los naturalistas y los viajeros, no hay más que leer las Aventuras de Mital: es ahí donde se burlan de la osadía de contar mentiras y de la facilidad de recibirlas como verdades161.
Una razón más que da lugar a un número inmenso de fábulas es la confianza ciega que se tiene en los antiguos, en cuyas obras se hallan. Es habitual que tengamos respeto por la antigüedad en lo que lo merece; pero, para creer, es necesario algo más que el hábito. Hacen falta pruebas, y eso es lo que los antiguos no siempre ofrecen. Contaron hechos como los modernos, recopilaron lo que oyeron decir o refirieron prodigios para que sus obras se leyeran más y fueran más agradablesaa. Los lectores han creído a menudo sin comprobar si había motivos para ello. Sin embargo, por desgracia para la verdad y para quienes están a su favor, la sola autoridad de estos venerables antiguos es garantía de toda razónbb. Pero, dirán algunos, varios dicen lo mismo. Podemos responder que estos varios son copistas sucesivos unos de otros. Y siendo así, si el primero ha dicho una mentira, juzgad lo que se debe creer de los testimonioscc de quienes lo han seguido e imitado. Se citan testigos, pero ¿cuántas personas hay que se presentan como testigos, aunque sepan que no lo han visto, o que lo han creído ver sin que lo hayan visto en efectodd? Tenemos todos los días ejemplos de estos falsos testimonios. ¿Cuántos historiadores nos cuentan, acreditados, lo que parece ser auténtico y, cuando se profundiza, se descubre que estas historias son falsas y que, en consecuencia, los testigos son unos mentirosos? Pero como sucede que pocas personas se toman la molestia de profundizar en ello, las historias se transmiten de siglo en siglo y no se ponen más en duda.
En fin, esto me parece ya suficiente discusión sobre la demasiado fácil credulidad y sobre las precauciones que hay que tomar antes de creer. Hablemos ahora un poco más en detalle sobre los diablos, pues sobre estos malos espíritus hablasteis en particular en vuestro discurso.
aa La mayor parte de los historiadores tiene tantas ganas de contar todos los milagros y todas las visiones que la ingenuidad de los pueblos ha autorizado que no sería prudente creer todo lo que nos cuentan sobre ello. Pensamientos diversos sobre los cometas, t. I, p. 7.
bb Todo lo que los antiguos han dicho, sea bueno, o sea malo, está sujeto a ser repetido y lo que no han podido probar ellos mismos con suficientes razones se prueba en el momento presente solo con su autoridad. Historia de los oráculos, por el señor de Fontenelle, p. 10.
«Ut autoritatem videlicet sumat ab homine, quae non habet ex veritate» [Es evidente que la autoridad de un argumento se justifica por su origen cuando este no tiene el respaldo de la verdad]. Quintil. Declam. 18, In libanii &c162.
cc No debemos manifestarnos sobre la multiplicidad de los testigos ni de los testimonios porque a menudo un autor escribe después de otro sin mayor discusión. El mundo encantado, t. IV, p. 237.
dd Plinio dice que no hay mentira, por ordinaria que sea, a la que le falten testigos.
i eo plura] eo etiam plura. Se ha corregido la errata. Bordelon no precisa la obra de la que extrae esa cita. Se trata de Ab Urb condita libri [Desde la fundación de la ciudad], también conocido como Décadas.
ii properant] properant nasci. Se ha corregido el error de Bordelon al citar el texto, que incurre además en un error sintáctico.
156 Los cafres son los habitantes de la antigua región de Cafrería, al sudeste de África. Los pueblos magiares son un grupo étnico de Europa del Este, correspondiente a los actuales pobladores de Hungría. Los tupinambás son una nación indígena brasileña de la que formaban parte los tamoios, los temiminó, los tupiniquim y los propios tupinambás. Todos ellos conformaron la Confederación de los Tamoios para luchar contra las tribus portuguesas.
157 Esta frase no es de Cicerón, sino de Séneca, De vita beata [Sobre la vida feliz], 2.1, pero el sentido que le da Bordelon no es el que tenía originalmente la frase de Séneca en su contexto, sino más bien el de una sentencia similar de Publilio Siro: «Est turba semper argumentum pessimi» [la concurrencia del populacho es siempre prueba de la peor opción].
158 La obra de Galeno a la que se alude es θεραπευτικῆς μέθοδος, conocida en latín como De methodo medendi y cuya traducción sería ‘Sobre el método terapéutico’.
159 La Congregación de San Mauro, fundada en 1621 y desaparecida durante la Revolución Francesa, estaba formada por un grupo de benedictinos que escribieron numerosas obras críticas y eruditas. El autor al que se refiere Bordelon es François Lamy, autor en 1689 de Conjectures physiques sur deux colonnes de nuë qui ont paru depuis quelques années et sur les plus extraordinaires effets du tonnerre, avec une explication de ce qui s'est dit jusques icy des trombes de mer.
160 El vent du midi, literalmente ‘viento del mediodía’ (o del sur) es un viento que proviene del Mediterráneo y que sopla sobre todo en la zona de Lyon, así como en los valles del Loira y del Allier.
161 Las aventuras de Mital (1708) es una obra del propio abate Bordelon que parodia los libros de ciencia e historia que perpetúan las falsas creencias. El formato elegido es las relaciones de viaje del propio personaje donde se confronta lo real y lo maravilloso.
162 Resulta dudoso que la cita sea de Quintiliano.
