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Capítulo IV Continuación del discurso de Noncredo sobre los diablos

El vulgo atribuye a los diablos un número prodigioso de hechos que, seguro, no les atribuiría si conociera mejor lo que puede hacer la naturaleza, si estuviera mejor prevenido contra las picardías y los artificios o si no se les hubiera empezado a contar mil fábulas que produjeran esas impresiones que, no solo los ignorantes, sino incluso los sabios perpetúan y profundizan. Las nodrizas, las abuelas y las esposas no hacen llegar a los oídos de los niños más que historias o amenazas de apariciones de diablos para hacerlos callar cuando las molestan con sus gritos, o cuando por una de sus habituales cabezonerías, no quieren hacer lo que se les pide. Estos inicios de educación son casi siempre la fuente de nuestros errores, de los desvíos de nuestros juicios y de los falsos razonamientos que hacemosa.

Dios puede permitir a los diablos que hagan mucho mal a los hombres; estoy de acuerdo en eso, pero no podría asumir tan claramente que sean autores de todos los desórdenes que se les atribuyen, actores de todos los roles cómicos que se les hace representarb y que posean los grandes poderes que se supone que tienen, cuando pienso que desde que su dios, que es el nuestro, vino a este mundo, destruyó su imperio y los encerró, por así decirlo, en calabozos para que sufrieran eternamente las penas debidas a su malignidad, y de ahí seguro no podrán salir sin que la providencia tenga razones que nos son insondables para darles la libertad de venir a hacer el mal a los hombresc. También supongo que los oráculos que les servían de transmisores cesaron en cuanto Dios venció a estos malos espíritus, y nosotros tenemos tantos motivos para reírnos de ellosd como para temerlos.

Es natural decir que el diablo hace tal o cual cosa, pero nadie nos explica cómo puede hacerlae. No obstante, no me atrevo a dudar totalmente de que lo haga, puesto que no lo comprendo, y querría que todos los que nos cuentan tantas historias de su poder, de su destreza, de su fuerzaf y de sus intrigas, aclarasen la posibilidad de estos hechos al mismo tiempo que los refieren. Si vos lo sabéis bien, hermano, contádmelo, os lo ruego, para que yo crea con conocimiento de causa.

Los demonógrafos llevan las habilidades del diablo hasta el futuro. Le hacen prever las cosas por venir. Que me digan cómo se entiende que Dios, que es su enemigo acérrimo, tiene a bien enseñarle lo que debe suceder a los hombres mientras que a estos les niega dicho conocimiento. ¿Es por satisfacer a este mal espíritu? Si es por eso, hay algún placer, por lo que el diablo no es totalmente desgraciado ya que Dios quiere darle esta satisfacción. Si es por el interés de los hombres, ¿estos no correrían el riesgo de estar tentados a confiar en él al ver tanta bondad y poder? Llevad estas reflexiones más lejos que yo, pues aún me falta mucho para desarrollarlas tanto cuando podría.

a Los primeros prejuicios del hombre son tan antiguos como su conocimiento y comienzan desde sus primeros años de dos maneras. Cuando, para apaciguar sus gritos o hacer cesar sus malicias, se le amenaza con el hombre lobo, bien con palabras, o bien con efectos haciendo cualquier ruido extraordinario o enseñándole algunos objetos más extraños que aquellos que está acostumbrado a ver. Hace ya mucho tiempo que se ha probado que estas primeras impresiones son las que dejan huellas más profundas y que penetran antes, no pudiendo después ser arrancadas salvo con mucho esfuerzo. Cuando los niños son de edad un poco más avanzada, juegan en la calle y comienzan a hablar con sus vecinos, escuchan a cada momento pronunciar el nombre del diablo que es como una especie de adorno del discurso. Escuchan contar fábulas que se sueltan bajo el nombre de historias; se les hace mil relatos de trasgos, fantasmas y encantamientos. Sus padres incluso, y algunos de sus maestros, por un abuso que nunca se deplora lo suficiente, no reprenden ni regañan jamás a sus hijos en sus casas, sus alumnos en las escuelas y sus aprendices en sus tiendas sin que el nombre del diablo entre en sus reprimendas y les sirva para hacer valer sus correcciones. Cuando los jóvenes van a la escuela, no leen casi otra cosa en los libros griegos y latinos que lo que concierne a los demonios y sus efectos de la manera en que los paganos los representan. Plutón, Vulcano, Proserpina, etc. Por todas partes se menciona la virtud de los sueños, apariciones, espectros saliendo de lugares subterráneos o descendiendo de lugares elevados como el aire, etc. El mundo encantado, t. I, p. 363, etc.

Creemos varias cosas del diablo porque hemos mamado esas opiniones en nuestra juventud y, como estamos convencidos de antemano de que es así, tenemos una gran disposición a orientar nuestra razón y las expresiones de la escritura hacia ese lado y a imaginarnos que la inclinación que tenemos sobre ese asunto proviene de la razón y de la escritura misma que nos conduce hasta allí. Además, recibimos las primeras interpretaciones y comentarios sobre la escritura de antiguos doctores iluminados. Id., t. I, resumen del libro I.

Si creemos en cosas tan grandes y maravillosas sobre el diablo no es porque estén puestas por escrito. No es que vaya a cambiar nuestra forma de pensar tras haber consultado los textos escritos, sino que estamos convencidos de antemano de que esta figura debe explicarse y entenderse según las ideas ya formadas porque hay expresiones que parecen favorecer la común creencia que casi todos los hombres en general tienen sobre el diablo. Id., t. I, p. 363.

b Se cree que Dios permite todos los días que ese perro infernal rompa su cadena por una fruslería, que haga mil cabriolas de ningún valor aquí abajo en la tierra, es decir, que mueva de su lugar un bote o un vaso, sin tocarlo con la mano, que cierre haciendo ruido la tapa de un bote de cerveza o de vino; que clave una silla de la misma manera que un carpintero podría hacerlo, sin que, sin embargo, nadie lo vea, que haga rodar una bola por un granero con mucho ímpetu, que sea centinela en una puerta o en algún rincón de la calle sin decir ni hacer nada, que vacíe una tienda en la que se alquilan cosas necesarias para los enterramientos, etc. Y todo esto por el amor de alguna pobre vieja, etc. Id., t. II, pp. 600 y 601.

c Enseñad a los sabios a no dar a los demonios ningún poder en la naturaleza desde que la primera piedra fatal los encerrase en los pozos del abismo. El conde de Gabalis, p. 102.

¡Oh Dios! ¿No sabremos jamás en el mundo que, desde el principio de los siglos, habéis precipitado a vuestros enemigos bajo la escabela de vuestros pies y que tenéis demonios prisioneros bajo la tierra en el torbellino de las tinieblas? Id., p. 49.

«Et vidi angelum descendentem de caelo, habentem clavem abyssi et catenam magnam in manu sua, et apprehendit draconem, serpentem antiquuum, qui est Diabolus et Satanas et ligavit eum» [Vi a un ángel que descendía del cielo y que llevaba la llave del abismo y una gran cadena en su mano, y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el Diablo, Satanás, y lo encadenó]. Apoc., cap. 20, v. 1.

d «Draco iste, quem formasti, ad illudendum ei» [Ese dragón que creaste para jugar con él]. Salmo 103, v. 26163.

e No hay espíritu que actúe de otro modo más que por su propia voluntad y su voluntad no consiste más que en su solo pensamiento. Pero, decidme ahora cómo vuestro propio espíritu, es decir, vuestra alma, influye en lo más mínimo en vuestro cuerpo si es cierto que eso todo se origina en el pensamiento. Si esa es vuestra voluntad, el pie y la mano se mueven, y de la manera que queréis, pero, hacedlo con algún otro cuerpo que no sea el vuestro sin la extremidad del vuestro propio. Construid un cuerpo mediante el simple pensamiento o bien una semejanza o una sombra de cuerpo aquí abajo en la tierra, en cualquier lugar que pueda estar, o bien en el aire. ¿Cómo puede hacer eso el diablo, él que no tiene un cuerpo propio? El mundo encantado, t. II, p. 603.

f ¿Vamos a creer que el gran juez del universo, después de haber sacado de su prisión a este maldito enemigo del género humano, le concederá además todo lo que le pide con el fin de no hacer más que milagros a su gusto, creando en todo momento algo nuevo y haciendo algunas majaderías que no merece ni que hablemos de ellas, de las cuales incluso abusará hasta el deshonor del creador y de sus más preciadas criaturas? El mundo encantado, t. II, p. 603.

p. 136¡Mira que me molesta cuando me dicen que Dios permite al diablo hacer muchos prodigios y milagros para tentar a los hombres e intentar seducirlos! Por desgracia, ¿no es demasiado decir que encima hacen milagros cuando tienen tanta inclinación a hacer el mal y a engañarse ellos mismos? Es esta inclinación al mal la que debemos temer mucho más que a los diablosg, pues, es el mal el que nos tienta más y nos hace caer más fácilmente. Es el enemigo más peligroso que tenemos porque no nos abandona, y no podemos combatirlo más que haciéndonos la guerra a nosotros mismos: combates tanto más difíciles de emprender y sostener cuanto que nos agrada esta inclinación mucho más de lo que pensamos, y porque no podemos librarnos de ella más que haciendo grandes esfuerzos. No acusemos entonces al diablo de todo el mal que nosotros provocamos; hay una especie de orgullo en esta acusación porque indica que no nos creemos tan malvados como en realidad somos, y es tanto más peligroso querer hacer a otros responsables de nuestros actos que convencernos por nuestra conducta de que no volveremos a cometerlos de nuevo.

Que me expliquen cómo el diablo sabe que pensamos tal cosa o que tenemos tal deseoh. Os confieso que necesito estas explicaciones para creer firmemente lo que vos creéis y creo que no os parecerá mal que esté tan presto a tomar precauciones cuando se trata de creer en las cosas que leo o que escucho decir. Si me dan las razones que pido, tan juiciosas y convincentes como exige el sentido común, entonces me veréis tan confiado como vos y puede que incluso más, puesto que creeré con razón. He observado tantas veces que las personas enloquecidas por todo lo que se les ha dicho sobre los engaños y malicias de los diablos les atribuían maquinaciones, tramas y estratagemasi que estos malos espíritus no habían ni pensado que desconfío continuamente de todas las historias que me cuentan.

Por este mismo motivo no creo fácilmente todo lo que me cuentan sobre las personas que se dicen poseídas. ¡Cuántos engaños se han descubierto bajo estas supuestas posesionesj! He observado, incluso, que hay, entre quienes trabajan expulsando al diablo de los cuerpos de los endemoniados, personas que creen, por flaqueza o por ignorancia, que el diablo los posee o que parecen creerlo solo por interés, por humanidad, por instigación o por otros motivos que me callo por discreción y por miedo a que se piense que mezclo a los exorcistas que actúan de buena fe con aquellos que solo quieren seducir a los espectadores y que merecerían también ser objeto de burlas (de diferentes maneras según sus intenciones) como fue otrora Luciano, uno de los poseídosk.

Decía un autor del siglo pasado: «dadme un buen puñado de varas y azotad a esta poseída en señal de amistad». El remedio, en verdad, es violento y extraordinario; pero creo que curaría bien a los endemoniados de sus posesiones si es cierto, como podríamos pensar, que hay varios que no están atormentados más que por la imaginación o por alguna estratagema para que se hable de ellos, a veces, para hacer daño a otros y, a menudo, para sentirse útiles.

g Pues, sin que el diablo se implique,
Ocurren cada día muchos dramas,
y aunque todo a él se le carga,
no es siempre él quien lo arruina.
Tenemos en nuestro regazo
un enemigo mucho más temible,
asesta los más duros mazazos,
y nadie osa desdecirle.
Cada cual lo puede ignorar o querer
y si ocurre alguna inclemencia
se la atribuyen al malvado ser
en quien se les induce la creencia.
Él todo lo hizo y todo lo dijo,
Se le dan muchos privilegios;
es él quien hace que huyamos de la pena
y que busquemos el regocijo.
Es él quien de la mano nos lleva
adonde nos conduce nuestro apetito
es él quien provoca la patraña,
es él quien dicta las venganzas,
es él cuyo ascendente seguro
hace al soldado duro y bárbaro,
hace al noble orgulloso y oscuro
y al sexagenario avaro.
El pícaro en sus traiciones
y el santo en sus oraciones
impotentes todos ante su maldad.
De todos los males que se disponen
es el autor o el secuaz.
Dejémoslo como lo que es.
¿Por qué hay quien se imagina
que hace mover a su placer
los resortes de nuestra máquina?
Lo acusamos de muchos males,
Pero, si juzgamos el asunto bien
a menudo no es él quien hace,
solo nos deja a nosotros hacer.
Nos entregamos a lo deseado
porque nos agrada y lo queremos
y si por el diablo somos tentados
es bueno que lo reconozcamos,
cada uno es su propio diablo.

El nuevo Mercurio de Trev., marzo y abril, 1708, pp. 22, 23, 24.

h Dios solo conoce los pensamientos. ¿Quién entre los hombres sabe las cosas del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? (I. Corintios, 2, II), es decir, el alma misma sabe lo que piensa. Un hombre no puede conocer el pensamiento de otro hombre. El diablo puede conocerlo aún menos porque su naturaleza no es tan cercana como la de un hombre respecto a otro de la misma especie.

i Gerolamo Cardano dice en su decimoctavo Libro de la sutileza que un consejero del príncipe se encontró una noche solo en un sendero que bordeaba un río y, como no sabía dónde estaba el vado para atravesarlo, gritó «¡Eh!». Inmediatamente escuchó la misma cosa desde el otro lado del agua y, convencido de que era un hombre, le preguntó en italiano, que es la lengua del país: «Unde devo passar?» (‘¿por dónde debo pasar?’). El eco le respondió «pasar», es decir, ‘pasar’. A continuación, preguntó «qui?», ‘¿por aquí?’. Como el eco respondió lo mismo, vio que era una sima donde el agua, al moverse, hacía un gran ruido. Como este ruido lo había asustado, gritó una vez: «Devo passar qui?» (‘¿debo pasar por aquí?’). El eco respondió, «passar qui», ‘pasar por aquí’. No pasó, sin embargo, debido a la noche y al gran ruido que el agua hacía. Volvió sobre sus pasos y creyó que era el diablo quien quería provocarle la muerte, lo cual contó a Cardano.

Un ministro había comprado un caballo que montó para regresar a su casa. Este nuevo caballero viéndose observado por los campesinos de todos los lugares por los que pasaba, escuchó que uno le decía a otro que no habría nada que decir a este caballo, si tuviera la gurma (droes es una palabra alemana que significa ‘diablo’ y ‘gurma’). Sí, dijo el otro, «una gurma muy mala»164. Este hombre, imaginándose que la palabra droes que sirve para expresar esta enfermedad, significaba el diablo, se convenció de que este caballo estaba poseído por el diablo, lo cual le causó un extremo pavor, sobre todo cuando, al final del día, se vio en un país miserable, con caminos cortados por canales y tenía pasar por el borde de esos canales, donde temía que le echaran. No le ocurrió, sin embargo, ningún accidente. Si le hubiera ocurrido, no habría tardado en creer que el diablo o algún hechicero había causado ese mal. El mundo encantado, t. IV, p. 10.

En una casa creían escuchar un espíritu que era el ruido que hacía un panadero vecino mientras tamizaba la harina. Id., p. 86.

j Las endemoniadas de Roma, dice Luis Guyon en sus diversas Lecciones (t. II, lib. III, cap. 9, p. 485), corrían por las calles casi todas desnudas, muy sucias y lanzando gritos tan horribles que se las creía poseídas. Eran libertinas, mendigas callejeras, que querían vivir sin trabajar y a las que se les decía que, si se hicieran bautizar, se les daría el doble. Así hicieron. Algunas cortesanas, para ganar dinero mediante estas mujeres, las convencieron de que engañaran a los maníacos y dijeran que los judíos habían hecho que las poseyeran los malos espíritus, con la esperanza de confiscarles sus bienes. Se descubrió el engaño.

Cambiadles a estas poseídas el estilo, no entenderán nada más. Pronunciad con voz alta y firme algunas palabras indiferentes, se agitarán porque creerán por el tono de voz que son formidables. No quieren hacer nada en presencia de los listos porque dicen que son incrédulos, etc. Se agitan, etc. ¡Cuántas personas hacen lo mismo sin estar poseídas! Cir.

Una muchacha se fingió poseída en tiempos de Enrique III. El obispo de Amiens descubrió el engaño haciéndola exorcizar por un laico vestido de cura que leía las epístolas de Cicerón. Ella se atormentó como si aquel fuera un verdadero cura y estuviera leyendo el libro sagrado. Cirugía de Pierre Pigray, lib. VII, cap. 10.

Marescot, célebre médico, fue delegado por la Facultad de Teología para examinar a la supuesta poseída, Marthe Brossier, que hacía tantas maravillas. He aquí sus propias palabras, que pueden servir de respuesta general a toda esta clase de aventuras: «A natura multa, plura ficta, a damone nulla», es decir, que el temperamento de Marthe Brossier, que era aparentemente muy melancólico e hipocondríaco, contribuía mucho a sus entusiasmos, que fingía aún más y que el demonio no tenía ninguna intervención en ello. Disertación sobre la aventura ocurrida en Saint Maur, p. 17.

Hay muchas mujeres poseídas y muy pocos hombres. Es porque ellas son más ingenuas, más ligeras y más sorprendentes con sus muecas, contorsiones y palabras en latín. Se cree que todo eso sobrepasa su poder. Si la impostura es descubierta, se las justifica por los dolores menstruales y por su debilidad. Cir.

Aunque el diablo sea muy malhablado, los poseídos no se maldicen unos a otros, se apoyan; pues, si no fuera así, alguien podría descubrir el misterio. Id.

k Luciano dice haber conocido un exorcista en Palestina quien, por sus exorcismos, tenía el poder de expulsar demonios; es suyo (lib. II, Epigr. Griegos) un epigrama que he traducido así:
Un exorcista que tenía la boca muy maloliente,
quería de un cuerpo humano hacer a un demonio salir
lo expulsó, no tanto con su voz convincente,
sino con el hedor que le hizo sentir.

p. 137Dejo este asunto para volver a vuestro discurso, sobre el cual haré algunas breves observaciones: digo breves porque no he tenido intención de extenderlas; no tenéis más que unirlas con varias cosas que os he dicho antes y así tendrán toda la extensión que les es necesaria.

1. Admito que mi sobrino el abate Dudú ha hecho bien sus estudios, que siempre estaba entre los primeros de su clase, que lo hemos visto casi siempre como emperador y a menudo dictador, que salía del colegio cargado de premios cuando se convocaban. Pero no por ello me siento obligado a pensar como él en todo lo que diga sobre los diablos ni a admitir historias muy sospechosas como si fueran muy ciertas solo porque hayan pasado por su boca o por su pluma.

2. Es cierto que los rabinos se atreven a asegurar muchas cosas. Su osadía no me impone en absoluto. Han imaginado demasiadas falsedades contrarias al sentido común y a la verdad como para que me crea lo que dicen y que, como vos, «no me atreva a desmentirlos porque ellos deciden con aplomo y dicen cosas extraordinarias que me agradan». Si queréis, admiraré lo que sea admirable, pero recibir esos hechos como totalmente creíbles es algo que no haré más que después de haberlos examinado bien sin basarme en absoluto en el atrevimiento de quienes los cuentan.

3. Queréis creer, o al menos así me lo parece, que los diablos se componen de los cuatros elementos porque hay algunos filósofos que lo sostienen, pero un número aún mayor afirma lo contrario. La razón y la religión los hacen espirituales. ¿Dejaré la razón y la religión para colocarme del lado de vuestros filósofos? Deducís que los diablos tienen grandes poderes sobre los elementos porque se componen de ellos. Vos y yo, que también estamos compuestos de ellos, tendremos, entonces, tanto poder como ellos.

4. Para probar que los diablos pueden entrar e insinuarse por doquier los representáis con cuerpos extremadamente delgados. Lo probaríais mucho mejor si dijerais, como sucede en realidad, que son espíritus.

5. Afirmáis, porque lo habéis leído, que las almas de los malos se convierten en diablos. Compartiría vuestra opinión si declaraseis que sufren como los diablos, que tienen su misma malignidad. Eso es lo que hay que entender según vuestra diabolización para razonar adecuadamente. Es así como hay que interpretar esa metamorfosis.

6. Diablos buenos, diablos blancos, imaginaciones todos ellos. Los africanos, que son negros, los representan blancos, porque este color es malvado, y horrible para ellos165.

7. Nada es tan gracioso como imaginarse que, al inspirar, se atrae a los diablos al cuerpo. Me molestaría mucho tener que emplear un rato en demostrar lo ridícula que es esta opinión. Más se merece ser abucheada que seriamente combatida.

8. Proponerse contar el número de diablos es el proyecto más temerario e inadecuado. ¿Cómo se explica que Jean Wier los haya observado a todos y contado hasta más de siete millones? Conociendo vuestro carácter, os dais más prisa en creer que tiempo de hacer tal examen.

p. 1389. El aire, el fuego, la tierra y el agua deben tener buen discernimiento para reconocer a los diablos cuando estos están en su casa y muy resistentes para manipularlos, como decís. Es necesario también que las influencias de los astros, que sin duda tienen algo de estos elementos, sean muy ignorantes, o muy pacientes, para aguantar el mezclarse con ellos. Diréis que me estoy burlando y es cierto, pues el tema lo merece.

10. ¿Cómo hacen las estrellas para impedir a los diablos subir a los cielos? ¿Será lanzándoles destellos? ¿O bien cambiando de lugar y uniéndose las unas a las otras para obstaculizar el paso? Si eso es así, cuando un diablo quiere subir, hay movimientos bien extraños en estos cuerpos celestes. Cierto es que los astrólogos no saben nada más.

11. Queréis que lea todos vuestros libros con respeto y confianza. El respeto, os lo concederé si lo deseáis de verdad, pues estoy convencido de que no tendrá consecuencias sobre la razón y la verdad. En cuanto a la confianza, no os la concederé jamás salvo si estuviera seguro de que, haciéndolo, no pondría en riesgo los intereses de la verdad y la razón. Es lo que os he dicho muchas veces en este discurso, y os lo repito aquí para servir de respuesta general a todo el conjunto de apariciones de diablos que mencionáis en el vuestro.

12. Aparentemente, si los diablos esperan un viento favorable para formar sus cuerpos, como decís, es para manejar más a su antojo el aire del que se sirven para ello. Ello nos lleva a concluir que, cuando este cuerpo se forma, si sopla un viento contrario, adiós a este cuerpo aéreo. Según este principio, no hay apariciones de diablos cuando hace un gran viento. Son, pues, grandes mentirosos quienes dicen que los diablos se mezclan con las tormentas y tempestades.

13. Todas las formas extrañas que adoptan los diablos según vos para venir aquí a mostrarse ante los hombres me divierten muchísimo por la representación que me hago a mí mismo de todas esas figuras, que me imagino pintadas en un cuadro. Así es como a los pintores les agrada representar las tentaciones de uno de los más santos anacoretas que los diablos hayan atormentado.

14. Os admiro cuando decís que sería una injusticia haceros cambiar una opinión que habéis confirmado tras muchos años empleados en leer los libros que la contienen o de donde vos la habéis extraído. ¿Cómo? ¿Porque hace mucho tiempo que estáis en el error creéis tener derecho a quedaros en él? Ajá, ¡reconozco ahí bien el efecto de la imaginación!

15. No os admiro menos cuando aseguráis que no podéis convenceros de que puedo daros razones suficientemente fuertes para probaros que vuestra ingenuidad está mal fundada; y eso porque no soy escritor, porque nunca he hecho imprimir ninguna obra propia. No son siempre quienes hacen libros los que piensan lo más justo, quienes razonan mejor y quienes buscan con mayor exactitud la verdad y la siguen más fielmente cuando la hallan. Varios tienen como objetivo principal en las obras que dan al público el dar que hablar de ellos a cualquier precio, divertir y entretener o ganarse la vida porque no saben hacer otra cosa. Les importa poco cómo trabajan, se preocupan poco de decir la verdad con tal de llegar a su objetivo y, como hay tantos lectores que comparten vuestro gusto, muchos autores también consiguen tan fácilmente sus deseos que hasta ellos mismos se sorprenden de su éxito.

p. 13916. Al diablo le gusta mucho el crimen. Prefiere abusar de una mujer casada antes que de una moza. Por lo tanto, las historias de íncubos y súcubos que nos cuentan los demonógrafos son verdaderas. Es así como razonáis. Pocos estudiantes de lógica no verían lo falso de este razonamiento. Lo mejor que habéis dicho sobre este asunto es cuando habéis manifestado que, para no herir mi sensibilidad, no queríais decir demasiado, y por esta misma razón me abstendré también de discurrir sobre este tema para desengañaros de tantas cosas que habéis contado. Son basuras que no conviene en absoluto remover. Sería deseable que vuestros libros tuvieran más discreción que la que muestran cuando tratan de estas villanías.

17. Cuanto más detalladas son las historias, más persuasivas, decís; y yo respondo que esos detalles son, a menudo, espejismos para atraer mejor la confianza. Los cuentistas se parecen a menudo a ciertos contables que, inflando sus cuentas y engordándolas más de lo que permite la justicia, parecen darles un aire de verdad y exactitud, mezclando entre millones de libras algunos soles y denarios.

18. ¡Qué bueno sois cuando extremáis los escrúpulos hasta imaginaros que sería el colmo de la ingratitud pagar con incredulidad a las personas que se han tomado la molestia de recopilar y de hacernos partícipes de tantas historias de sortilegios! Sacrificar en nombre del reconocimiento el interés de la verdad es un exceso condenable.

19. Vuestros diablillos bienhechores os están muy agradecidos de que los queráis hacer pasar por buenos diablos, pues hasta hoy se ha creído que los demonios no quieren más que hacer el mal.

Termino aquí mis observaciones sobre vuestro discurso. Tendría otras que hacer si quisiera recorrer todos los artículos. Pero como me sería difícil continuar sin entrar en detalle y, al haceros descubrir muchas ridiculeces, podríais enfadaros conmigo, prefiero rogaros que reflexionéis seriamente sobre ciertos principios generales que he establecido para leer concienzudamente y que no creáis con demasiada facilidad. Cuando os convenzáis de no ser demasiado ingenuo, seréis el primero en reíros de vos mismo por haber tomado mil fábulas por otras tantas verdades.

163 Este versículo habla sobre las ballenas, aunque el autor lo trae a colación para hablar de cómo los humanos pueden divertirse con los espíritus malvados.

164 La gurma o adenitis equina es una enfermedad común del caballo cuyo síntoma principal es la hinchazón de la garganta, por lo que resulta similar a las paperas.

165 Podemos intuir en este alegato antidemoníaco un criterio a favor de la tolerancia que recuerda a algunas de las razones que Montesquieu aduce contra la esclavitud de los negros mediante el procedimiento filosófico de la reducción al absurdo en De l’Esprit des lois.