Índice

Capítulo V Extravagantes imaginaciones de monsieur Oufle, que estaba convencido de que los diablos lo seguían por todas partes y se le aparecían en forma de perros, cerdos, moscas, mariposas, etc.

Cuando recibió el discurso de Noncredo, monsieur Oufle hizo enseguida llamar al abate Dudú, confidente de sus prácticas supersticiosas, para comunicárselo. Lo leyeron juntos. ¡Y qué gestos de desprecio hicieron al leerlo! A cada artículo levantaban los hombros para señalar el poco caso que hacían a este escrito y la poca disposición que tenían de admitir las prudentes ideas que les presentaba. Como no había allí nadie que les preguntara la razón de su desprecio y su indignación (algo a lo que seguro no habrían podido responder con sensatez), condenaban todo sin restricciones y, al mismo tiempo, sin saber por qué, aplaudían su propia firmeza en mantener sus principios, prometiéndose el uno al otro que nunca los abandonarían. Se separaron con esos hermosos sentimientos, llevándose cada uno consigo sus preocupaciones.

Pero monsieur Oufle, quien durante varios días se había llenado la cabeza de diablos y brujerías tanto por las lecturas que había hecho antes de trabajar en su discurso como por su esfuerzo en escribirlo, y por la conversación que acababa de tener sobre el de su hermano, cayó en unas visiones que le hacían hacer y decir muchas extravagancias. Dio en imaginarse que los diablos lo seguían por todas partes, que se le aparecían bajo no sé cuántas formas diferentes; es decir, esas formas de las que había leído ejemplos en los libros, pues su locura (que se me perdone este término tan injurioso, pero creo que no cometo ninguna injusticia atribuyéndoselo; lo que he contado hasta ahora y lo que contaré a continuación demostrará que, en cuestiones de superstición y de ingenuidad, Oufle podía pasar por un verdadero loco), su locura, digo, tenía origen en sus lecturas y discurría siempre por la misma vía, de la que no se separaba. Si creía que una fábula era como una historia verdadera es porque había leído algo similar que autorizaba dicha creencia, pero siempre en relación con sus fantasías. Pues en vano hallaba, como acabamos de ver, en los libros argumentos capaces de desengañarlo. Tenía siempre tal convencimiento sobre lo que había leído primero que todo lo que le era contrario pasaba en su mente por falso, ridículo e insoportable. No nos sorprenderá que el discurso de Noncredo le pareciera lamentable e indigno de su aprobación. Para volver a este pobre visionario, voy a representarlo tal y como era cuando se obsesionó con los diablos, lo que dijo y lo que hizo durante esas extrañas imaginaciones. Os sorprenderá, sin duda, el relato que voy a hacer de las extravagancias de este hombre. Puede, incluso, que decidáis no creerlas de lo exageradas que son. No haré ni protestas ni juramentos, no citaré testimonios para probar que son verdaderas, pues me sería muy difícil producirlos y hacerlos oír. ¿No me basta recordar a los lectores lo que les dije al inicio de esta historia sobre el carácter de monsieur Oufle, cuando les advertí que era un hombre de mente débil, crédula, fantasiosa y un ferviente seguidor de todo lo sorprendente, prodigioso y extraordinario, y que se había alimentado, en cierto modo, de esta pasión, esta fantasía, esta credibilidad y esta debilidad? ¿No debemos, después de eso, esperar que un hombre así sea capaz de cumplir tan locas visiones y comportarse tan extrañamente? Volvamos, pues, a estas supuestas apariciones de diablos.

p. 141Monsieur Oufle había decidido mandar hacer unas magníficas estanterías para colocar dignamente estos libros que le eran tan preciados y cuya lectura constituía su principal y más agradable ocupación. Envió a buscar un ebanista de los más hábiles en su profesión para exponerle su deseo y hacérselo ejecutar. Este hombre lo encontró con las manos en la masa. Iba acompañado por un gran perro de aguas, lo cual no es extraordinario, pues la mayor parte de los artesanos tienen por costumbre criar perros por gusto, así como los nobles rurales lo hacen por utilidad. El ebanista entró en el cuarto de monsieur Oufle, este fijó tanto la vista en el perro como en el amo y pareció al principio tan estupefacto como inmóvil. Estuvo largo tiempo sin hablar, pero manteniendo la vista centrada en el perro. El artesano no sabía qué pensar del silencio profundo, de la extrañeza y la inmovilidad de aquel que lo había hecho llamar con tanta prisa que parecía que no podría llegar tan pronto como deseaba. Le preguntó al fin en qué podía servirle. Ninguna respuesta. No hablaba más que con los ojos. Y solo al perro. El ebanista se impacientaba por ver una taciturnidad tan obstinada: «¿Acaso, señor, me habéis hecho venir solo para mirar a mi perro? No teníais más que pedírmelo y no me habría tomado la molestia de venir, os lo habría enviado con la libertad de mirarlo a vuestro antojo, como hubierais gustado, sin que os costase ni un sol». Nuestro visionario miraba con tanta atención a este perro porque le había venido a la cabeza, recordando sus lecturasa, que este pobre animal era un diablo y porque se creía también en cierta manera insultado por este artesano. Interrumpió, al fin, el silencio elevando la voz con furia para decirle que era un mago que le llevaba un demonio para atormentarlo y que causaría problemas y anarquía en su casa. No hubo jamás sorpresa similar a la del ebanista. Como no conocía la debilidad o, mejor dicho, la locura de este pobre hombre, rechazó este reproche con un tono de voz que no era menos elevado que aquel que Oufle había utilizado para trasladarle la injuriosa sospecha que tenía de su visita. Monsieur Oufle respondió con el mismo ímpetu, pero sin quitar la vista del perro, pues temía que lo atacara y lo hiciera añicos, ya que estaba muy lejos de creer que era de esos tipos de diablos buenos de los que había hablado en el famoso discurso que referí antes. El perro, por su parte, que parecía entenderlo todo y saber lo que se imaginaba de él, se mantuvo al lado de su amo con la cabeza alerta y levantada, mirando a monsieur Oufle con tanta atención como él lo miraba. Se podría decir, al verlo, que se había maravillado de lo extravagante que era. Estos dos hombres, sin embargo, se exaltaban tanto el uno contra el otro que parecían ir a entrar en disposición de no usar las palabras para expresar su aversión. En efecto, monsieur Oufle se acercó al ebanista y lo empujó en seco para apartarlo de él. Entonces el perro de aguas se puso a ladrar fuerte, demostrando así a su amo que estaba bien dispuesto a defenderlo, de modo que monsieur Oufle amenazaba furioso al ebanista; este respondía a las amenazas con el mismo tono y el perro ladraba sin parar, así que se formó un escándalo horrible en ese cuarto. Camelia, que escuchó todos estos diferentes gritos, vino a la puerta para averiguar lo que pasaba; pero creyó que le estaban cortando la cabeza a su padre y, como no tenía suficiente valor para entrar, pidió socorro a su hermana Rosina y a Mornando, ya que estaban más a mano que los demás para oírla. Subieron rápido y la encontraron casi desvanecida del miedo. Como escucharon el mismo ruido que la había asustado tanto, abrieron la puerta con tal violencia que los tres combatientes se quedaron asustados. Monsieur Oufle les gritó enseguida, señalando el perro, que no se le acercaran porque era un diablo.

a León, obispo de Chipre, escribe que el diablo salía del cuerpo de un endemoniado en forma de perro negro. Le Loyer, p. 318.

Zoroastro, en forma de enigma, decía que los perros se presentan a menudo ante aquellos que se desprenden de su mortalidad, o, lo que es lo mismo, los diablos ante aquellos que pronto van a morir, o a las personas de bien que, abandonando el mundo, se retiran a su soledad. Id., p. 183.

Se ha visto un perro, que llamaban demonio, que levantaba los hábitos de las religiosas para abusar de ellas. Bodin, p. 308.

Los demonios eran a veces designados mediante el nombre del perro, e incluso en la magia de Zoroastro se llaman perros terrestres. Le Loyer, p. 25.

p. 142El artesano se esforzaba en demostrar que no era un diablo, sino un perro, un perro de verdad, un perro como los otros, que había criado desde pequeño y que hacía más de tres años que comía su pan sin que hubiera aparecido la menor diablura en su conducta. El perro no ladraba ya, no decía una palabra, como si hubiera querido dar a su amo todo el tiempo necesario para destruir la atroz calumnia que se hacía de él y para escuchar los elogios que creía merecer. Pero monsieur Oufle seguía manteniendo, pues no quería echarse atrás, que era un verdadero diablo que había tomado la forma de un perro. Mornando, que sospechaba que era una visión lo que había pasado por la mente de su amo, fingió creerlo, mientras que Rosina, que también lo suponía, hizo señales al ebanista de que se callara, le dijo por lo bajo que su padre odiaba tanto los perros que no los soportaba, como a los demonios, y le pidió que se fuera con el animal sin hacer ruido. La buena de Camelia, que creyó que este perro era realmente un diablo, porque su padre lo había dicho y Mornando parecía creerlo, fue, toda alterada, a buscar a su madre y asegurarle que un mago vestido de ebanista había llevado ante su padre un diablo con forma de perro de una fealdad horrible y que daba gritos espantosos. Madame Oufle, en lugar de tener miedo (pues desconfiaba mucho de los prodigios que su marido decía que le pasaban, lo conocía demasiado bien como para creerlo sin tener información exacta) determinó que esta historia no estaba fundada más que en sus habituales desvaríos. Hizo que se la contaran Rosina y Mornando, que no tardaron en darle razón. Dejaron a monsieur Oufle descansar, aunque tenían ganas de razonar con él para sacarlo de su error. Pero como a menudo habían visto que no conseguían hacerle cambiar de parecer por muchos esfuerzos que hicieran y por muchas razones que se le dieran para quitarle esas visiones de la cabeza, prefirieron no decirle nada, antes que arriesgarse a reavivarlas en cierto modo, evocándolas y dándole ocasión de fortificar los falsos razonamientos que seguro habría hecho para probar que tenía razón. Camelia, por su parte, después de oír hablar a su madre, no creyó que este perro fuera un diablo, pues la buena muchacha creía y descreía con la misma facilidad que he puesto de relieve al hablar de su carácter.

El ebanista contó a mucha gente esta extraña aventura. Se hizo tan conocida que casi todo el mundo hablaba de ella en la ciudad. Por lo demás, por extravagante que fuera la visión de monsieur Oufle, no dejó de causar impresión en algunas mentes, dándoles una idea sobre los perros, particularmente los de aguas, diferente de la que habían tenido hasta entonces. En cuanto veían a uno con aspecto raro se imaginaban que eran rasgos de los malos espíritus (pues el vulgo no consigue asumir que los diablos no tienen cuerpos visibles y perceptibles de diferentes maneras, y se han inventado tantos cuentos que los representan con cuerpos que no se duda que sean tan materiales como nosotros), y eso es tan verdadero que hubo muchas mujeres que soportaban a duras penas y con una cierta repugnancia a los perros que hasta entonces habían querido. Si un perro ladraba por la noche, era para ellas un verdadero hombre lobo, un demonio que algún mago enviaba a recorrer las calles para maltratar a los campesinos o para retorcer el cuello a quienes eran tan imprudentes como para mirar por la ventana. Se dice, incluso, que en la actualidad hay muchas personas en esta ciudad que mantienen esa ridícula opinión. Fueron varios los que no se acercaban al perro del ebanista más que con miedo y tomaban tantas precauciones al verlo como si hubieran visto al diablo.

Monsieur Oufle se convenció entoncesb, puesto que lo había leído, de que, entre los cerdos, había muchos que eran verdaderos diablos. Cuando veía uno, se estremecía de horror y, durante el tiempo que duraron esas fantasías, no quiso comer carne de esos animales, que antes era muy de su gusto.

b Según san Juan Crisóstomo, De providentia ad stagirum monarchum, el diablo que ocupaba por intervalos el cuerpo del religioso Estagiro se aparecía bajo la forma de un cerdo cubierto de desechos.

p. 143Su horripilante figura, decía, ¿no era verdaderamente diabólica? «¿Sus gritos son menos horribles que los de los diablos que atormentan las almas de los condenados en los infiernos? ¿No hemos visto a menudo en los espectáculos diablos que llevan vejigas de cerdo estiradas e infladas que utilizan para luchar y dar miedo? El gusto que les da a estos animales el hundirse en los excrementos, ¿no es porque al diablo solo le gusta la villanía y la impureza?». Con estos ridículos argumentos y otros similares fortalecía y perpetuaba este hombre las extrañas visiones que le daban estas lecturas mal entendidas. Pasemos a otras que no son menos dignas de extrañeza que las que acabamos de leer.

Toda pestilenciac era para él una prueba de la presencia de algún demonio. No entraré más en detalle de todas las extravagancias que esta convicción le hizo hacer. Lo más que puedo decir es que, cuando satisfacía sus necesidades naturales, estaba en continua alerta, pues temía que algún diablo que viviera en el lugar donde él estaba, según él, se aprovechase de la situación para atormentarlo. Tampoco se quedaba más que el menor tiempo que podía y solo iba cuando le era inevitable. Figuraos el resto, no diré más.

Prefiero hablar mejor de otra visión que de este mal olor. Se trata del miedo que tenía de las moscas, pues sostenía que el diablo se aparecía a menudo bajo la forma de estos insectosd. No quería poner ninguna fruta sobre la mesa por miedo a que los atrajera. Alguien le hizo observar una mosca en un microscopio y, cuando vio los cuernos, la trompa, sus ojos de color púrpura, sus patas velludas, las pinzas de sus pies, en fin, todo su cuerpo entero que representaba una figura que le parecía tanto más odiosa por cuanto nunca pensó que fuera así, le pareció muy apta para convertirse en el hogar de un diablo. Tenía la misma opinión de las mariposas, así que, pobres de las que estuvieran a su alcance, porque no se escapaban. Desconfiaba, además, mucho de los niños que llevan los pobres para que les den limosna. Le causaba esta desconfianza una historia contada en uno de estos librose, en la que se quiere convencer de que el diablo estaba un día bajo la figura de uno de esos niños. Por esta misma razónf era muy prudente cuando tomaba un lacayo o una sirvienta a su servicio. Recopilaba primero varia información exacta sobre ellos para, al estar bien informado de su conducta, no correr el riesgo de que le sirviera un demonio.

Si alguien que no lo conocía lo llamaba por su nombre, una sospecha de hechicería se apoderaba enseguida de su cabeza, pues así lo seguían autorizando los ejemplosg.

Se cansó al fin de estas supuestas persecuciones. Se amparó en sus libros para justificar los tormentos que temía a causa del poder y del artificio de estos malvados espíritus. Hablaremos de este auxilio imaginario en el capítulo siguiente.

c Cardano dice que los espíritus malignos son hediondos y que infectan los lugares que frecuentan, y cree que de ahí viene que los antiguos llamaran a los hechiceros foetentes. Bodin, p. 25.

d Según Pablo Diácono (lib. VI, cap. 6, Histor. Longobar.), Cuniberto, rey de los Lombardos, refirió en presencia de su gran escudero el deseo que tenía de dar muerte a dos señores lombardos llamados Aldon y Granson. Una gran mosca molestó a este monarca en varios momentos, el rey cogió un cuchillo para matarla y le cortó solo una pata. Después, un hombre se apareció a Aldon y Granson con una pierna de madera y les advirtió del deseo que el rey tenía contra ellos, lo cual hizo creer que esta mosca era un diablo.

Se llama al sol Bahal, es decir, en hebreo, ‘señor’. De ahí vino Beezelbub, que quiere decir ‘señor-mosca’, porque no había ni una mosca en su templo. Bodin, p. 52.

Los cirenaicos, tras haber hecho sacrificios al dios Acarón, dios de las moscas, y los griegos a Júpiter, apodado Myiodes, es decir, ‘moscón’, todas las moscas volaron en una nube, como leemos en Pausanias, In Arcadicis, y en Plinio, lib. XXIX, cap. 6.

Se dice de la endemoniada de Laon que el diablo (Beezelbub) salió de su boca en forma de mosca y volvió a entrar. Le Loyer, p. 509.

El diablo se aparece a veces en forma de gran mosca o mariposa, dice De Lancre en su libro De la inconsistencia de los demonios, p. 506.

e Se encuentra esta historia en el libro De la inconsistencia de los demonios de De Lancre, p. 233.

f Hacia el Septentrión hay demonios llamados guttel que almohazan los caballos y otros animales. Hay también otros llamados trollen que se ponen, vestidos de hombre o de mujer, al servicio de los más honestos de la casa. Sobre los espectros, por Le Loyer, p. 496.

g En Tartaria los demonios llaman a las personas por su nombre para hacer que se confundan de camino y mueran de hambre. Id., p. 333.