Capítulo VI Lo que hizo monsieur Oufle para librarse y protegerse de las supuestas apariciones de diablos que lo atormentaban y le causaban continuas inquietudes por el miedo que tenía de que le hicieran daño
Monsieur Oufle creía siempre poder poner remedio a todo gracias a sus prácticas supersticiosas; su primer y principal recurso en todas sus penas, inquietudes y pesares: en ellas se proponía hallar los medios para ponerse a cubierto contra todos estos diablos con los que estaba siempre obsesionado. ¡Pobrecillo! El hombre no tenía más que ponerse a fantasear de nuevo para obtener lo que buscaba. Solo tenía que convencerse de que sus miedos se fundaban en sus visiones, pero era demasiado pedir. Un visionario nunca admitirá que tiene esas manías. Sigámosle, pues, y veamos lo que va a hacer para librarse de esos diablos que se ceban con él. No tendremos que ir muy lejos, basta con que lo acompañemos hasta su biblioteca, pues extrae esos secretos admirables para curarse de los males que no tiene de sus libros. Pero, a grandes males, grandes remedios. Es decir, que tanto los unos como los otros son igualmente imaginarios. Como no era más que por su ingenio por lo que veía diablos, también era ese el motivo de que los secretos que le enseñaron sus libros le impidiesen ver más allá. Refiramos pues, esas maravillas o, mejor dicho, esos insensatos secretos.
El primero del que se informó es el que se atribuye a la planta baaras166, que, según aseguran, tiene la virtud de expulsar los malos espíritusa. No la utilizó, ya que le fue imposible hallarla. Los herboristas, lejos de dársela, no la conocían y no sabían ni siquiera su nombre. Eso se debe, tal vez, a que no tiene existencia más que en los libros que hablan de ella. Lo mismo sucede con una piedra que se encuentra, según dicen, en el Nilob y que Oufle codiciaba mucho por este mismo motivo. Sea como fuere, se consoló con facilidad porque tenía en sí mismo, se decía, recursos infalibles para conseguir sus fines.
El primero era servirse de una espada. Sus lecturas le habían enseñado que no hay nada que los diablos teman tanto como las espadas desenvainadas y puestas en movimientoc. No contento con la que tenía, que no era más que un pequeño cuchillo, compró otras largas, anchas y de buenas hojas. De vez en cuando ejecutaba en su casa un ejercicio que seguro hacía reír a quienes lo veían y que no daba ningún miedo a los diablos. Y, para estar más seguro de conseguir la victoria, ponía en su dedo un gran diamante antes de empuñar la espada. La razón de este gesto es que uno de sus autoresd había asegurado que los diablos no soportaban los diamantes. Añadió a las espadas y al diamante, siempre inspirado por sus librose, varios gallos que hizo criar y alimentar en su casa sin decir a nadie que andaba empleado en dicho asunto. Pero su mujer, viendo en su casa tantos gallos inútiles, como una buena ama de casa, les dio varias gallinas para deshacerse del ruido que hacían dichos gallos y por la utilidad que podía sacar de las gallinas. Este apareamiento, que tuvo que aceptar porque era inevitable, y sin oponer resistencia para no causar problemas en su familia, le preocupó mucho porque se dio a pensar que los diablos, viendo que estos gallos se divertían casi siempre con las gallinas, no tendrían tanto motivo para temerlos y no se irían tan pronto como era de esperar. Se felicitaba por este bello razonamiento y estaba encantado de poder hacerlo con el fin de hallarse de algún modo en la obligación de recurrir a nuevos hechizos. Su locura le hizo creer que, como no se había servido únicamente de los gallos, como era menester, sin mezclarlos con las gallinas, este error destruiría la fuerza y la virtud de las espadas y del diamante. Así es como los supersticiosos se crean ellos mismos dificultades para pasar de superstición en superstición, porque, al no realizar ninguna acción por un principio razonable, se entregan a toda clase de mentiras, de picardías y de errores.
a La ciudad de Maqueronte tiene en el Septentrión un valle llamado Baaras en el que crece una planta del mismo nombre, de color rojo, que produce un reflejo de sí misma hacia la tarde. Si alguien pasa por ahí, no se deja arrancar fácilmente. Por el contrario, escapa siempre, se retira y no se detiene hasta que le hayan lanzado por encima la orina de una mujer o sus propias flores. Pero, el que la toca, muere, a menos que tenga más de esta misma planta en la mano. Se la puede arrancar de esta manera sin correr ningún riesgo. La arrancan entera y no dejan en la tierra más que un trozo pequeño al cual atan un perro y después se van. El perro, que quiere seguirlos, tira fácilmente de la raíz tras él, pero, en ese momento muere. José ha referido esta historia según la escuchó contar. Se dice que con esta planta se pueden expulsar a los demonios. El mundo encantado, t. IV, p. 282.
b Trasilo, pagano, allegado de Stobee, escribe que en el Nilo había una piedra parecida a un haba que era buena para curar a quienes eran perseguidos por los diablos, pues, en cuanto se la ponían en la nariz, el diablo salía.
c Platón y otros académicos más sostenían que los diablos temen mucho los filos de las espadas y los gladios. Bodin, p. 301.
Un estoico, hablando de las ceremonias de los magos, dice que se habían propuesto mantener las espadas desnudas para asustar a los demonios. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 77.
d El diamante es bueno contra los espíritus locos. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. II, p. 93.
e Los demonios huyen de la voz del gallo según Pselo. Le Loyer, p. 21.
Se han visto demonios que habían tomado la forma de un león desaparecer en cuanto se ponía un gallo por delante. Cuadro de la inconsistencia de los demonios, por De Lancre, p. 156.
p. 145Para que no tuviera que reprocharse el haber descuidado las instrucciones que le daba su biblioteca, trató de impedir que los demonios lo atormentaran y se le aparecieran poniendo en marcha todo lo que había aprendido. Se colgó la hierba llamada artemisaf. Utilizó la que se llama verbenag, buscó dos corazones de buitre que llevó consigo, uno atado con un pelo de león; el otro, con uno de loboh. Mandó construir una imagen que representaba dos cabezas, una de un hombre que miraba hacia dentro y la otra la de una mujer que miraba hacia fuerai. Se puso lo más feliz que pudo para que la melancolía no dejara entrar a los demoniosj, pues amenazan a los que se dan a la tristeza. Además, según él, para consumar y perfeccionar los remedios a sus inquietudes, había caído una tormenta en el patio de su casa y se acordó de una extraña opinión de ciertos pueblos y creyó, como ellosk, que el cielo había prohibido para siempre a los diablos entrar en su casa. Así es como este pobre hombre echó de sus pensamientos un error ridículo solo mediante la ayuda de otro error también impertinente.
Finalmente, la fuerza de su imaginación, que confiaba en estas fatuidades, lo liberó del miedo de las apariciones de estos malos espíritus. Los perros, cerdos, moscas, mariposas, lugares apestosos, etc. no fueron para él más motivo de agitaciones y de inquietudes. Pero no estuvo por ello más tranquilo, pues de esas visiones pasó a otras que no eran menos irracionales. Las contaré después de haber hablado de algunas extravagancias de Sanguijuelo, quien, aunque no estuviera tan loco como su padre, no dejó de cometer acciones muy locas por la avidez que tenía de conseguir grandes riquezas.
f Aquel que se preocupa de llevar siempre consigo la hierba llamada artemisa no teme los malos espíritus, ni el veneno, ni el agua, ni el fuego y nada puede molestarlo. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. III, pp. 168 y 169.
g La verbena expulsa los malos espíritus y los demonios. Id., lib. II, p. 8.
h El corazón de un buitre unido a una piel de león o de lobo expulsa a los diablos. Id., lib. III, p. 168.
i Los sacerdotes de Egipto (del culto de Horus) se convencieron a sí mismos y a otros de que una imagen de dos cabezas, una de un hombre que miraba hacia dentro y otra de una mujer que miraba hacia fuera, servía de protección y remedio contra los demonios. Meditaciones históricas, de Camerario, t. I, lib. IV, cap. 12.
j Los antiguos decían que la melancolía era el baño del diablo. Aristóteles Problemas, sección XXX, cuest. 1.
Algunos creen que las cosas que servían para curar el humor melancólico aliviaban a los demonios como la música a Saúl. Las hojas de la calle, el humo del fresno y los cuernos de las cabras, como la melancolía, eran la sede del demonio. De Lancre, p. 284.
Pomponacio dice que los antiguos purgaban con eléboro a las poseídas. Le Loyer, p. 150.
k Los lapones creen que los truenos matan a los malos demonios sirviéndose del arcoíris para lanzar sus rayos. El mundo encantado, t. I, p. 63.
166 Baaras es uno de los nombres que se da a la mandrágora, a la que se le atribuyen, entre otras propiedades, la protección frente a los espíritus, por lo que fue utilizada en exorcismos. El historiador judío Flavio Josefo la menciona en su libro tercero de los siete que componen las Guerras de los Judíos (siglo i).
