Capítulo VII Sanguijuelo, muy ávido de conseguir grandes riquezas, se informa, tras haber leído el discurso de monsieur Oufle sobre los diablos, de los remedios mágicos que prometen conseguirlas y cómo ponerlos en uso
Sanguijuelo, que había escuchado hablar del discurso de su padre sobre los diablos, tuvo por no sé qué razón curiosidad por leerlo. Fue a rogarle que se lo dejara leer, diciéndole, para convencerlo, que era porque había sabido que era una obra tan excelente que le daría un gran placer conocerla. Como aplaudir lo que hacía en relación con estas visiones suponía darle a monsieur Oufle en su talón de Aquiles, este le entregó su discurso sin tardar, asegurándole que hallaría grandes verdades que no todo el mundo entiende. «Leed», añadió, «esta obra con confianza, hallaréis tantas maravillas que os sorprenderá. Pero, acordaos de que grandes hombres hablan de estos temas conmigo y que no afirmo nada que no esté aprobado e impreso: con eso lo digo todo». Sanguijuelo parecía escuchar esta opinión como si hubiera salido de la boca de un profeta. Se puso a leer inmediatamente. Lo que mejor le pareció fue la segunda parte en la que se habla de un demonio que enseña a fabricar la piedra filosofal y al que se le llama el demonio barbudo. Se le hizo la boca agua, pues su mayor ambición era conseguir grandes riquezas. Estaba continuamente ocupado en este deseo y centrado en buscar los medios de satisfacerlo. Anteriormente durante mucho tiempo había consultado a personas cuyo oficio consiste en buscar esta piedra preciosa, este polvo de proyección, esta agua del sol, en fin, a quienes trabajan en lo que se llama la Gran Obra167. Había leído todo lo principal que se ha escrito a favor y en contra de esta búsqueda y, como no le faltaba sensatez y creía con precaución, estaba convencido de que todos estos esfuerzos eran vanos, inútiles y engañosos, más inclinados a provocar la pobreza que la riqueza. En efecto, la experiencia nos enseña que todas estas operaciones de alquimia no terminan más que engañando a los demás o a uno mismo. Es cierto que se han establecido grandes principios para mostrar que no es imposible hallar la piedra filosofal, que se han enseñado mediosa para crearla que calan en ciertas mentes que lo admiten como cierto, pero también es verdad que en la práctica no se ha conseguido, hoy en día, acreditar esta teoría. Es un secreto que se busca desde hace varios siglos (digo varios porque los antiguos no lo buscaban tanto como los modernosb) con todo el empeño, exactitud y aplicación posibles sin que se la haya podido encontrarc. Los príncipes han arriesgadod sumas inmensas y el producto de todas estas sumas se ha reducido a algunas pequeñas gotas de oro que no eran seguramente capaces de extinguir la sed que les había animado a hacer tal gasto. Pueblos enteros se rebelarone con presuntuosa seguridad porque iban a hallar esta piedra y, con su auxilio, resistirían contra todas las potencias, pero no les ha quedado más que el arrepentimiento de su rebelión y el miedo de sufrir su castigo. Se citan historias de personas que la poseían. Pero ¿quién les pudo impedir servirse de ella o al menos dejarla, a su muerte, a sus hijosf o a sus amigos, si no se atrevían, por no sé qué miedo infundado y fácil de superar, a ponerla ellos mismos en uso? La han buscado, no lo dudo, han creído incluso tenerla, pero se les ha escapadog sin llegar a poseerla. Los alquimistas suelen decir que solo hace falta un cierto grado de calor. Ayer mismo casi lo habían conseguido y, creyéndose tan cerca, hoy tienen que volver a empezar, mañana seguirán y, así, esperarán siempre hallarla y nunca lo lograrán. Dicen, sin embargo, que Salomónh la encontró. También que la mayoría de las fábulas de la mitología pagana son como velos que ocultan la invención de esta admirable y encantadora piedrai: es fácil decirlo, pero ¿qué pruebas se dan? Solo señales de los grandes esfuerzos de pensamiento que se hacen para hallar a toda costa misterios donde no los hay. ¡Cuántos ejemplos tenemos de personas que con explicaciones de las Santas Escrituras que han extraído machacándose la cabeza han intentado sostener los más extraños errores y las opiniones más extrañas! ¿Un hombre busca con pasión la piedra filosofal? Se aferra a todo lo que puede para probarse a sí mismo que tiene razones para buscarla; es lo que hace que muchos miserablesj que no tienen nada puedan acceder fácilmente a este pobre ingenuo al prometerle aunar esfuerzos con él en esta gran obra con tanta fortuna que nunca le faltará de nada. Esta terquedad le impide reconocer las picardíask de las que estos pillos se sirven para seducirlo. Al final, es previsible que, para contrarrestar las bribonadas que le haya hecho uno en particular, castigue a todo el pueblol si quiere a toda costa salir del todo de la miseriam en la que la búsqueda de la piedra filosofal lo ha hundido.
a Para conseguir esta gran obra hace falta oro, plomo, antimonio, vitriolo, gas sublimado, arsénico, cal, mercurio, agua, tierra y aire. Un huevo de gallo, un escupitajo, orina y excremento humano. ¡Oh! ¡No le faltaba razón a uno de los viejos filósofos que dijo en sus escritos que nuestra piedra era una ensalada a la que le faltaba sal, aceite y vinagre168!
En las mejores ensaladas se pone toda clase de hierbas, pues también en nuestra piedra hay que saber mezclar todo. Sé que se ha escrito que no hacen falta muchas cosas para conseguirlo. Eso se dice para engañarnos. ¿No están todos de acuerdo en que cada cosa engendra su igual? Entonces, ¿el oro y la plata no son necesarios? ¿No dicen, incluso, que nuestra piedra se forma a partir de siete? Ahí están todos los metales. ¿No dicen que la virtud mineral debe estar en nuestra materia? Pues todos los minerales nos serían necesarios, puesto que la virtud mineral está esparcida por todos y no en uno solo. ¿No dicen que los principios de nuestro arte son los mismos que los de la naturaleza? Ahí están la tierra, el agua y el aire. ¿No dicen que hace falta un huevo filosófico? Ahí está nuestro huevo de gallo. ¿No dicen que la materia debe estar calcinada filosóficamente por la voz de la naturaleza y que debe, por tanto, servirse de una sal natural? Hace falta entonces el escupitajo, que reduce todos los metales a cal y sin quemar las flores. Es en este escupitajo donde se encuentra la sal de la natura. ¿No dicen que hace falta un disolvente que no sea corrosivo? Ahí está la orina. No hay nada más natural, dicen. Así que, si hace falta una tierra fétida, tomemos el excremento humano. Las aventuras del filósofo desconocido en busca de inventar la piedra filosofal, pp. 120, 121.
b Ni Hipócrates, ni Platón, ni Aristóteles, ni Galeno, que tuvieron tantos asuntos de los que hablar, dieron pruebas de que conocieran el nombre. Y Plinio, entre los latinos, citó a tantos autores y habló en su Historia natural de toda clase de posesiones, no se habría callado sobre ese tema si en su momento hubiera tenido cierta importancia, o si hubiera leído alguna cosa en los buenos libros. Sé bien que apareció en las obras de Hermes Trismegisto, Demócrito, comentado por Sinesio, Horus, Olimpiodoro y algunos otros de los grandes genios de la Antigüedad. Pero estoy seguro, también, de que la simple lectura de la mayoría y la manera de expresarse de casi todos muestran abiertamente su falsificación. Los que, por ejemplo, saben cómo se hablaba el griego en tiempos de Demócrito y bastante después, reconocerán fácilmente que este tratado que se le atribuye no puede ser suyo. Se darán cuenta por muchas expresiones de que su verdadero autor tiene conocimiento del cristianismo. M. L. V., t. I, pp. 300 y 301.
c ¿No se dejará al fin de buscar la piedra filosofal tras tantos ejemplos de personas que han perdido su tiempo, sus esfuerzos y sus bienes en la búsqueda? Si es cierto, como se dice, que el sol produce oro, ¿los buscadores de esta preciosa piedra se jactan de adquirir mediante su ciencia la fuerza de este astro? Antes de prometerse llegar al fin que se proponen, ¿no intentarán producir la mínima brizna de hierba parecida a la de nuestras praderas? Les desafío a conseguirlo, y con este intento, que será infructuoso, concluirán, viendo su incapacidad de hacer tan poca cosa, cuán temerario sería emprender una tan grande. La Langue, t. II, p. 163.
d El emperador Rodolfo el Último no tenía nada más en el corazón que esta inútil búsqueda169. Cabrera confiesa (lib. XII, cap. 23) que Felipe II empleó grandes sumas de dinero en hacer trabajar a los alquimistas en las conversiones de los metales, quienes fijaron y congelaron finalmente mercurio transmutable en plata, según dijo, aunque con tan poco beneficio que el invento fue despreciado170. M. L. V., t. I, p. 291.
e Diocleciano castigó las emociones ordinarias de los egipcios haciendo quemar todos los libros que tenían que trataban sobre esta supuesta ciencia con el fin de que no osaran rebelarse; ciencia fundada, como se presumía, en la abundancia de oro y de plata, que se prometían conseguir con sus hornos químicos, lo cual se lee en los extractos de Constantino, como fue escrito por Juan de Antioquía, y en Suidas, cuando explica la palabra química.
f No podemos dudar de que si la piedra filosofal pudiera ser hallada ya lo habría sido varias veces después de tantos hombres de todas condiciones hayan reavivado los carbones, trabajando noche y día para ello. Me parece que podemos decir muy razonablemente que, si se han esforzado hasta aquí en vano, no han hecho una acción prudente, sino emprender algo que nadie antes ha conseguido, aunque muchos lo hayan intentado. Sin embargo, si esta buena fortuna hubiera llegado a algunos y hubiesen poseído al fin este inestimable premio a su esfuerzo, es aún, en mi opinión, más verosímil y de una consecuencia más necesaria que hubieran dejado testimonios de su felicidad, de la cual todas las historias darían prueba y que nadie podría dudar. Por ejemplo, las riquezas inconmensurables que da el mínimo polvo de esta proyección, o bien la larga edad, o la exención de toda clase de enfermedades que causa este elixir de vida y medicina universal, como dicen a veces los cabalistas (testigo Artefius), quienes se atreven incluso a añadir una especie de inmortalidad. Es cierto que, con tal ventaja y tan milagroso regalo del cielo, serían como dioses en la tierra y no habría nada que se les resistiera, ni les impidiera conseguir sin límites todo lo que les pareciera. Esto es lo que se cree que dijo amablemente un ujier del Gran Señor, quien escuchó hablar en Venecia, no hace mucho, de un cierto Mamugna, un hombre que conocía el arte de hacer oro: «Si eso es así, mi amo no tardará en hacerlo su lacayo». M. L. V., t. I, pp. 309 y 310. La Vie du Père Paul [Vida del Padre Pablo]171.
Aseguran que quienes entran en posesión de la piedra pierden todos los demás deseos para dedicarse solo al de mantenerse a salvo y procurarse la propia felicidad en secreto, pues no tendrían medios de contrarrestar la violencia de los más pudientes, que usarían las fuerzas que tuvieran a su alcance para hacerse dueños de la vida y de la libertad de una persona que creerían capaz de satisfacer todas sus aspiraciones. Pero, además de muchas réplicas que se le pueden hacer a este discurso, podemos concluir que, al ocultar mucho tiempo un asunto de tan grandes consecuencias, les sería fácil encontrarse a salvo. ¿Es posible, además, que todos los que supuestamente han hallado finalmente la piedra filosofal tuvieran el mismo humor y los mismos temores? ¿No hubo uno que tenía un amigo al que quería hacer partícipe de su ciencia antes de morir? ¿No hay alguno que fuera padre y, en consecuencia, tuviera el deseo de dejar como herencia familiar un arte suficiente para hacerla la más gloriosa, la más poderosa y la más feliz de todas las que están en la tierra? En verdad, es muy difícil convencerse de tal inhumanidad y considero muy verosímil decir que nadie ha llegado al extremo de creer que perdieron enseguida toda clase de sentimientos naturales como si hubieran sido ellos mismos metamorfoseados en lo que buscaban y como si esta piedra filosofal fuera una medusa que petrificaba a todos aquellos que se atrevían a mirarla. M. L. V., t. 1, p. 311.
g Su piedra imaginaria sería mejor llamada fugitiva que filosófica porque la que sirvió de ancla a los argonautas se llamaba así: lapis fugitivus [piedra fugitiva]. Hay una diferencia, que los de Cizyque, hoy Espiga de Anatolia, la tenían pegada y cargada de plomo en su ciudad, para impedir que se fuera, como había hecho más de una vez. Y la otra no existió nunca más que en la fantasía de quienes se quejan siempre de que desaparecía cuando creían tenerla. Id., pp. 12, 63.
h Varios han pensado que Salomón enviaba a gente a Tarsis para que no divulgaran lo que quería mantener en secreto y contar solo algunas rarezas al respecto porque, en efecto, todas esas magnificencias estaban fundadas sobre la piedra filosofal que poseía y a la que creían que se refería en el séptimo capítulo de su Sabiduría. Cuando Salomón, en ese capítulo, prefiere la sabiduría al oro, a la plata, y a toda clase de piedras preciosas, no parece aludir a la alquimia ni sugerir que debemos imaginar, como algunos rabinos soñadores, que construyó su renombrado templo, su trono tan soberbio y sus magníficos palacios mediante la piedra filosofal. ¿Acaso no se le han atribuido incluso unos libros que hablan de ella en concreto, con la misma impudencia con la que la reconocemos autor de no sé qué otros libros que tratan sobre la invocación de los demonios, como aquel que lleva por título La llave menor de Salomón? Id., t. I, p. 295 y 299.
i Es cierto, en su opinión, que la mayoría de las leyendas antiguas no tratan otro misterio y que todo lo que los primeros poetas, que eran los filósofos de sus tiempos, dijeron de Vulcano, de Proteo, del Toisón de Oro, del Fénix renaciente, de Boecio, de Pandora, de las manzanas de Atalante o de las Hespérides, y del descenso mismo de Orfeo, uno de entre ellos, a los infiernos, no puede ser mejor interpretado que mediante las operaciones alquímicas. También hay libros de mitología hechos adrede para mostrar que casi todas las metamorfosis del paganismo enseñan las de los metales y se pueden practicar en los hornos de los alquimistas. Suidas dice que el viaje de los argonautas fue hecho para poseer una libra de piel de cordero que enseñaba a hacer oro mediante la conversión de otros metales. La conjetura de Estrabón (lib. II, Geogr.) se verá mucho más verosímil cuando observa de qué manera los pueblos del país de la Cólquide suelen recoger el oro de los torrentes con pieles de cordero, de donde se juzga que procede el mito del vellocino de oro; en lo cual ha sido desde hace poco seguido por Belon, que se equivocó al no nombrar a Estrabón como autor de esta opinión. El mismo geógrafo añade que la cantidad de metales que se hallan en la Cólquide puede haber dado lugar a esta galantería de los poetas. ¿Quién me impedirá argumentar, en relación con Vulcano, cuyas acciones se atribuyen recíprocamente los alquimistas, que cuando los poetas escribieron que quiso forzar a Minerva y que de tal agresión nació el monstruo de Erictonio, quisieron decir que los buscadores de la piedra filosofal presumen adrede de forzar la naturaleza con el fuego de sus hornos, porque no saldrán jamás de ellos más que producciones imperfectas, y en lugar de oro y plata de buena aleación, una materia que solo sirve para fabricar monedas falsas? ¿Qué podemos alegar más preciso para la expresión de su vana investigación que la fábula de Sísifo, que levanta incesablemente una roca cayendo tantas veces como piensa haberla elevado hasta el lugar de donde descansa? ¿No resultan ingenuos estos miserables iluminados, bien cuando albergan sin cesar en su espíritu el deseo de esta piedra fantástica, o bien cuando, tras mil trabajos, se ven obligados a recomenzar sus operaciones, que resultan siempre falsas, así como sus mayores esperanzas? M. L. V., t. I, pp. 296, 302, 303, 304.
j Todos los que se presentan tanto a los príncipes como a los particulares, para enseñarla o para hacerlos ricos construyéndola, están siempre necesitados. No hay nada más ridículo que escuchar a estos impostores que tienen la insolencia de prometer montañas* de bienes a aquellos a quienes quieren sacarles una moneda de plata. Ennio se reía de algunos adivinos de su época que pedían un dracma por enseñar tesoros escondidos, diciéndoles que él se los daría de buen grado a quienes los hallaran por sus propios medios. Hay que echar a esos impúdicos soplones en cuanto se presentan. Id. pp. 312 y 313, Cic., lib. I, De Div.
Hay alquimistas que, por buscar la piedra filosofal, no se hacen más ricos; eso es cierto. Pero es cierto también que hay otros que no se hacen más pobres. Son aquellos que, no teniendo de qué vivir, van a buscar a los ricos prometiéndoles enriquecerlos aún más. Pero estas promesas no van sin misterio. Preguntan sobre todos los secretos y hacen grandes reflexiones. Trabajan en los lugares más retirados: se ocultan tanto como pueden y tienen, en efecto, motivos para esconderse, pues a menudo no hacen más que falso oro en lugar del verdadero; y finalmente todos los esfuerzos de aquel que propone la obra y todas las riquezas del rico empleadas para ejecutarla se reducen a humo, cenizas y carbones, de modo que uno y otro quedan igualmente reducidos en una miserable indigencia y a veces se hacen aún más desgraciados por el peligroso uso que hacen de lo que han hallado. La Langue, t. II, pp. 164 y 165. «Ars sine arte, cuius principium mentiri, mediam laborare et finis mendicare» [Un arte sin arte cuyo principio es mentir; su medio, trabajar y su fin, medigar].
k A los que se implican en ese oficio tras haber sido engañados por otros les agrada habitualmente hacer las mismas pillerías que han sufrido e intentan muy a menudo resarcirse así. Unas veces hacen falsos y dobles crisoles; otra vez el carbón con el que lo cubren está lleno de polvo dorado y, lo más habitual es que imiten el rasgo de Bruto, que llevó oro al dios de los Delfos escondido en un bastón. Se dice que Bragadin tenía una verga de hierro al final de la cual un poco de cera detenía la limadura de oro que cayó al crisol en cuanto fingió remover lo que había dentro. Arnaldo de Villanueva se sirvió sin duda de algún truco similar si es cierto que hizo en Roma lo que se le atribuye. Pero la mayor parte de lo que se quiere hacer pasar por histórico sobre este tema no es más que patraña y pura invención de hombres que nunca son ingeniosos salvo cuando se trata de engañarse entre ellos. Este Arnaldo de Villanueva, por ejemplo, era uno de los más renombrados médicos de su tiempo, que se sirvió de los remedios alquímicos muy venturosamente porque adquirió así grandes medios frente a los papas y los reyes de Sicilia, y dejó las mejores casas de la Provenza que llevan su nombre, lo cual ha dado lugar a la creencia común de que sabía fabricar la piedra filosofal. Todo lo que se ha escrito sobre Ramón Llul, Jacques Cœur, Nicolás Flamel y otros que se citan es para probar que no se la busca en vano, puesto que estos la han tenido y con ella han hecho maravillas, o puede que así se interpretara. Varios se tomaron la molestia de examinar la historia de su vida y encontraron mejores causas para sus riquezas prodigiosas y todas sus grandes acciones que las que se atribuyen a esta piedra imaginaria. M. L. V., t. I, pp. 306 y 307.
l León de África dice que una parte de los árabes trata de buscar el elixir y que el resto trabaja en la multiplicación de los metales, pero que el desenlace normal de todos es falsificar la moneda, lo cual hace que se vea a muchos sopladores en la ciudad de Fez que no tienen puños porque es la pena con la que castigan a los falsificadores de moneda172. Id., p. 305.
m «Pro thesauro carbones» [En lugar de un tesoro, carbón], dice el proverbio. Id., p. 304. Deja, pues, las hierbas a los jardineros, para hacer ensaladas a los pobres alquimistas. Las aventuras del filósofo desconocido en busca y en invención de la piedra filosofal, pp. 120 y 121.
p. 147Dejo que el lector comprenda estas reflexiones para volver a Sanguijuelo, del cual me propongo hablar en este capítulo. No contaba con ninguna destreza, ni ciencia, ni habilidad humana para hallar la piedra filosofal. Tenía demasiadas razones que le impedían tomarla en serio. Pero, como había escuchado decir a menudo que los diablos tenían poderes que sobrepasaban a todos los hombres juntos, creyó que quizás el demonio barbudo podría enseñarle ese preciado secreto que era tan poderoso según su opinión173. Sin embargo, su creencia sobre este asunto no era firme, pues solo creía porque lo deseaba mucho. Pero ¿cómo obtener de este demonio barbudo el medio de ejecutar esta gran operación? ¿Cómo tener relación con él? ¿Cómo recibir sus instrucciones, si podía, en efecto, darlas para trabajar eficazmente en la gran obra? Esto es lo que más le preocupaba. Como creía que su padre podría estar más al tanto que él en los asuntos de los diablos, ya que había pasado tanto tiempo leyendo los libros que de ellos tratan, consideró adecuado consultarlo, pero sin contarle que tenía intención de servirse de la ayuda de estos malos espíritus. Fue a buscarlo, elogió su admirable discurso, lo releyó delante de él, invitándolo a razonar sobre diferentes artículos para que, sin que se diera cuenta, le explicara lo que creía y sabía de este demonio barbudo, este diablo alquimista que enseñaba a fabricar la piedra filosofal. El buen hombre no lo iluminó mucho al respecto y se contentó (y creyó que, con ello, ayudaba mucho) con decir, en general, que los diablos poseen grandes conocimientos y poderes. Pero, Sanguijuelo, sin dar señales que indicasen que él quería poner a prueba esos grandes poderes y conocimientos, le dijo:
—Para ello hay que conocer a ese diablo, relacionarse con él, y me parece que es muy difícil o casi imposible conseguir esa relación, pues ¿cómo se puede hacer?
Monsieur Oufle, que no sabía de eso más que él, porque se contentaba con creer la posibilidad de las cosas, sin examinar las pruebas y razones de esa posibilidad y sin informarse siquiera de si las había, se protegió, para no descubrir su ignorancia, respondiendo que a él los escrúpulos le impedirían enseñarle a quien fuera cómo entrar en relación con un diablo. Prefería recurrir a la magia en la que no se hacía ninguna mención precisa de diablos ni de diabluras. Dijo, entonces, a su hijo, que él sabía secretos infalibles para fabricar la piedra filosofal, hallar tesoros y conseguir grandes riquezas, sin mezclar al diablo.
—¡Dichosos aquellos –añadió– que han nacido bajo ciertas constelaciones favorablesn! Pues no necesitan quebrarse mucho la cabeza para enriquecerse. Las influencias que caen sobre ellos cuando nacen contrarrestan todos los esfuerzos que los otros llevan a cabo para obtener grandes bienes. Si, por el contrario, no se nace con buena estrella y se quiere ser totalmente rico, solo hay que poner en uso lo que los grandes hombres enseñan a tales fines en las obras aprobadas e impresas. Según ellos, pueden hallarse tesoros y obtenerse tantas riquezas como uno desee con una figura que representa a un hombre barbudo o con cabeza de chivo, o un macho cabrío, o un ciervo y más cosaso, pues no os daré aquí el detalle de todas las circunstancias que exigen las operaciones que aconsejan; o con una vela compuesta de sebo humanop, con gallosq que son conducidos como los cazadores llevan a los perros para la caza, o con la mano de gloriar, cuya invención, virtud y poder no hay que dejar nunca de admirar, o con un murciélagos, conservado con esmero e interrogado por aquel que quiere servirse de él, o con unos buñuelost hechos en un momento concreto que se ha determinado con precisión. Así que, como veis, hay muchos medios para hacerse muy rico. Si supierais más sobre el manejo y la práctica de estos medios, os maravillaría como a mí ver la destreza y habilidad de quienes los descubrieron.
n Los niños que nacerán el día 18 del ciclo de la luna serán trabajadores y muy ricos. Los admirables secretos de Alberto el Grande, lib. IV, p. 273.
Julio Fírmico asegura que la luna alineada con Saturno en la novena casa del horóscopo de la genitura nocturna da el temperamento propio para la ciencia de la alquimia. M. L. V., t. I, p. 301.
o «Si hominis figuram habueris, cum hircino capite loco sui, scias valere ad acquirendum divitias. Cervi vel hirci figura in Chalcedonio reperta sculpta virtutem da augendi divitias, si in capsula pecuniaria reservetur. Viri barbati habentis longum vultum et curvata supercilia, sedentis super aratrum inter duos tauros, figuram sic sculptam in aliquo lapide inveneris, ad plantationes et ad omnem culturam valet, ad inveniendos thesauros et bellandum, convertet inimicos in amicos, et in multis infirmitatibus valet; et si quis eam portaverit, fugient serpentes a facie eius» [Si tienes una figura de un hombre con cabeza de macho cabrío, esta te servirá para conseguir riquezas. La figura de un ciervo o de un macho cabrío esculpida en una calcedonia da el poder de aumentar las riquezas si se guarda en la cartera. Si encuentras la figura de un hombre barbado, con el rostro largo, el ceño fruncido y sentado sobre un arado entre dos toros, te servirá para las plantaciones y para todo tipo de cultivo, para encontrar tesoros y para guerrear, convertir los enemigos en amigos y, además, ayuda con muchas enfermedades; y si alguien la lleva consigo, las serpientes huirán a su paso].
p Cardano da este ridículo secreto para conocer si hay un tesoro en un lugar donde se excava. Tener una gran vela, compuesta de grasa humana, clavada en un trozo de madera de avellano de esta manera, p. 179. Si la vela, al estar encendida en el lugar subterráneo, hace mucho ruido y resplandece con brillo, es señal de que hay un tesoro; y cuanto más se acerque uno, más brillará y finalmente se apagará cuando se esté totalmente cerca. El sólido tesoro de Petit Albert, pp. 73 y 74.
q Los reistres, cuando van al campo, llevan con ellos gallos que adivinan y les hacen saber dónde tienen sus invitados escondido el dinero174. De Lancre, p. 165.
r Sobre la superstición llamada la mano de gloria de la que dicen servirse los bandidos para entrar en las casas. El supuesto uso de esta mano de gloria es entumecer y dejar inmóviles a aquellos a los que se les presenta, de modo que no puedan ni moverse, como si estuvieran muertos. Esta mano de gloria es la mano de un ahorcado que se prepara de este modo: se envuelve en un trozo de sábana mortuoria que se aprieta bien para hacerle soltar la poca sangre que le quede, después se la pone en una vasija de barro con un talismán, salitre, sal y pimienta larga, todo bien pulverizado. Se la deja durante quince días en ese recipiente y, después, se saca y se expone al gran sol de la canícula hasta que se haya secado bien y, si el sol no basta, se la pone en un horno que se haya calentado con helecho y verbena; después, se compone una especie de vela con la grasa de un ahorcado, cera virgen y sésamo de Laponia y se usa esta mano de gloria como candelabro. Por tener la vela encendida en todos los lugares a los que se va con este funesto instrumento, aquellos que están allí se quedan inmóviles. Se afirma, además, que los ladrones se sirven inútilmente de esta mano de gloria si frotan el quicio de la puerta de la casa o los otros lugares por los que pueden entrar con un ungüento compuesto de bilis de gato negro, grasa de una gallina blanca y sangre de lechuza. Este compuesto debe hacerse en época de canícula. El sólido tesoro de Petit Albert, p. 84.
Del Río cuenta en relación con la mano de gloria esta historia en sus pesquisas mágicas, p. 359. Dos magos, dice, que habían venido a hospedarse en un cabaret para robar, pidieron acostarse al lado del fuego en la cocina, lo cual se les concedió. La criada, que no se fiaba de ellos, cuando todos dormían, fue a mirar por un agujero de la puerta para ver lo que hacían estos dos hombres. Vio que sacaban de un saco la mano de un cuerpo muerto, unieron los dedos y los quemaron, salvo uno que no pudieron encender por muchos esfuerzos que hicieran. Y eso porque, según ella entendió, no había nadie más que ella que no durmiera en la casa, pues los otros dedos estaban encendidos para hacer caer en un sueño profundo a aquellos que ya se habían dormido. Fue enseguida a buscar a su amo para despertarlo, pero no pudo lograrlo, ni a los otros, mientras que los dos ladrones habían ido a una habitación para dar su golpe, etc.
s Hay quienes creen que tendrán riquezas en abundancia si, después de haber cortado la cabeza a un murciélago con una moneda de plata, la ponen en un agujero bien marcado y lo mantienen durante tres meses, y al final de ese tiempo le piden lo que quieren. Supersticiones de M. Thiers, t. I, p. 270.
t Hacer los llamados crêpes o buñuelos con huevos, agua y harina durante la misa de la fiesta de la Purificación para que no falte el dinero durante todo el año. Supersticiones de M. Thiers, t. I, pp. 376 y 377.
p. 148—Me agradaría mucho –respondió Sanguijuelo, que estaba encantado de ver que su padre se dirigía por sí mismo adonde él quería llevarlo, es decir, que le daba pie a solicitarle los pormenores de estos maravillosos secretos– que me enseñarais a la perfección lo que vos conocéis al respecto, pues estoy convencido de que estos autores no han dejado de demostrar la posibilidad de los efectos que prometen.
—No hay –respondió monsieur Oufle– más que leer la razonada construcción de estos secretos para creerlos. Quiero, para haceros partícipe, dárosla por escrito con el fin de instruiros más y satisfacer vuestra curiosidad.
Lo que escribió no es más que lo que acabamos de leer en las notas n, o, p, q, r, s, y t de este capítulo.
Sanguijuelo leyó este repertorio de secretos con toda la atención que exigía su avidez por conseguir inmensas riquezas. Intentó creer que esos secretos podrían producir dicho efecto. Digo que lo intentó, porque, si hablamos con propiedad, hemos de reconocer que tenía que ser tan ingenuo e ingenioso como su padre. Sea como fuere, quiso hacer pruebas, pero en secreto, por miedo a que se riesen de él si no lo conseguía. Eso nos indica que no contaba demasiado con tener éxito.
Empezó informándose sobre el momento de su nacimiento para ver si tenía la suerte de recibir estas benignas, felices y favorables influencias de las que había hablado monsieur Oufle y que en su texto se ponían en relación con el momento en que caían de los astros sobre aquel que nacía. Pero se quedó muy lejos de ello, por lo que proyectó tentar su suerte sirviéndose de esos admirables secretos. Como temo aburrir al lector si contara en detalle dichos experimentos, me contentaré con decir que con ninguno lo consiguió. Al contrario, durante esas experiencias fallidas perdió un proceso judicial bastante importante que creía, como es lo normal en los litigantes, no poder perder, salvo si se cometía la mayor y más escandalosa injusticia del mundo. ¡Cuántas veces no se rio de sí mismo por haber caído en esas falacias! Tenía tanta vergüenza que lanzó al fuego el escrito de su padre para olvidar por completo que había sido tan simple, tan loco y tan extravagante como para esperar convertirse en rico con tantas tonterías*. Lo que hizo a continuación, fue, en verdad, mucho más seguro y eficaz para enriquecerse. Empezó un complot para tener el control de las cuentasu de una granja importante y lo consiguió. Mientras tanto, a fuerza de manejar el dinero de otros, amasó tanto en su propio beneficio que se hizo granjero él mismo. A continuación, firmó acuerdos comerciales con cuyos beneficios conseguía mantener su hacienda y sus pertenencias, y, en cuanto se vio haciendo tan grandes ganancias, se casó y se dio, como era lo propio de los de su profesión, aires de gran señor, viviendo con opulencia y comprando un gran número de cosas superfluas. Seguro que jamás habría conseguido tanto con la magia supersticiosa de su padre.
u Es una broma decir que no hay caja tan pequeña que no se cierre con la piedra filosofal, pero esta broma no deja de estar fundada en una verdad. En efecto, no se ven apenas personas que, teniendo el gobierno y la disposición de una caja, no consigan al fin lo que se llama el saber hacer y se encuentren en situación de dar también su caja a gobernar a otros. Se parecen a los alquímicos en una cosa, que, como ellos, hacen sus negocios en secreto y no piden testigos. Pero su fuerte es bien diferente, pues los ricos se convierten en pobres haciéndose alquimistas y los pobres se hacen ricos manejando cajas. Si no sucede siempre, al menos, sí a menudo. La Langue, t. II, p. 165.
i El término mont-joye significaba ‘una gran cantidad, un gran número’. En la época de Bordelon, este era un sentido figurado ya en desuso.
ii Bordelon juega con la polisemia del sustantivo pauvreté, que hace referencia tanto a la falta de riquezas como de inteligencia.
167 Se denomina Opus magnum o Gran obra al proceso de creación de la piedra filosofal, que contenía cuatro etapas (nigredo, albedo, citrinitas y rubedo), en función del proceso de transformación de la piedra desde el ennegrecimiento o melanosis hasta el enrojecimiento o iosis. El polvo de proyección es la sustancia que convierte un elemento cualquiera en oro.
168 Esta cita completa, incluyendo el símil gastronómico, está plagiada del Dictionnaire infernal de Jacques Collin de Plancy.
169 Se trata de Rodolfo II, soberano del Sacro Imperio, cuyo carácter depresivo y excéntrico lo llevó a recluirse para consagrarse a la alquimia y al arte.
170 Se refiere a la obra del historiador Luis Cabrera de Córdoba (1559−1623) titulada Historia de Felipe II, cuya primera parte se publicó en 1619. Una edición completa apareció más tarde en 1877.
171 En el original, esta obra aparece como Vie du P. Paul, pero el título completo es La Vie du Père Paul [Sarpi], de l'ordre des Serviteurs de la Vierge et théologien de la République de Venize. Se trata de una traducción al francés, realizada por Franz Graverol y publicada en 1663, del texto italiano Vita del padre Paolo de Fulgenzio Micanzio. Esta obra narra la vida del teólogo y científico veneciano Paolo Sarpi (1552−1632).
172 El vocablo souffleur designa en 1694 el oficio de aquel que busca la piedra filosofal mediante la alquimia.
173 Según el Diccionario infernal de De Plancy, se llama demonio barbudo al que enseña el secreto de la piedra filosofal. Dotado de apariencia humana, su nombre viene de su característica barba. A menudo se le confunde con Barbatos, demonio cuyo nombre también significa barbudo pero que no posee barba.
174 Bordelon emplea el término reistre, que en el siglo xvi se utilizaba para designar a los caballeros mercenarios alemanes.
