Capítulo VIII Reflexiones sobre los magos, los hechiceros, los encantamientos, los sortilegios y los maleficios
Podemos deducir que monsieur Oufle, estando tan convencido del poder de los diablos como hemos podido saber por el discurso que había compuesto con el abate Dudú y por las apariciones diabólicas con las que pretendía estar continuamente obsesionado, podemos deducir, digo, que tomó por ciertas, sin dudarlo, todas las historias que le contaban sobre los magos, los hechiceros, los encantamientos, los sortilegios, los maleficios, el grimorio, el sabbat, etc. Antes de contar lo que pensó, lo que dijo y lo que hizo en relación con estas extrañas cuestiones, el lector me permitirá decir lo que pienso y comprendo yo mismo sobre la cuestión, después de que otros más hábiles que yo hayan reflexionado sobre ello. Espero, entonces, que no se rechacen mis reflexiones puesto que están muy bien sustentadas, como se verá por las notas, y puedo decir sin presunción, muy conformes a la razón y al sentido común.
PRIMERA REFLEXIÓN. Se han admitido, en todas las épocas, es decir, desde que se habla de magos y hechiceros, dos tipos de magia: la magia blanca y la magia negra. Por magia blancaa entendemos las operaciones sorprendentes de los ángeles o de algunos hombres que, por destreza, parecen haber realizado prodigios por encima del poder humano. Por magia negrab, que es de la que se trata aquí, debe entenderse las acciones que los hombres ejecutan ayudados por los diablos tras haber hecho un pacto con ellos con el fin de obtener tal ayuda. En este tipo de magia se encuentra una particular que se llama nigromanciac, la cual consiste en la invocación a los muertos.
II. Querer sostener que no hay ni magos ni hechiceros sería proponerse desmentir una idea que persiste desde hace tantos siglos que sería temerario no aceptarla, puesto que se ha afirmado que Chamd fue el inventor de la magia, que Salomóne poseía conocimientos de magia, que Numa había escrito libros sobre ellaf, que había en España escuelas públicasg en las que se enseñaba la práctica y el uso, que incluso se ha tomado a un papa por autor de un libro de esta temáticah y que se pretende comprender varios secretos misteriosos. Así, quien dude de ello se pondría a todos esos pueblos en contra. Dios no quiera que yo pretenda decir aquí que no creo ni en hechiceros ni en magos. Creo que puede haberlos y que han existido, pero no a causa del invento que se le atribuye a Cham ni a los libros cuyos autores son Salomón, Numa y otros, pues nada me obliga a admitir a este inventor y a estos autores. Al contrario, rechazaría por completo esta creencia si no tuviera otra razón para asumirla. La única razón por la que creo en la posible existencia de hechiceros es que puede ser que Dios permita que los demonios den la posibilidad a los hombres de dar a conocer y conocer ellos mismos su fuerza o su flaqueza: su fuerza, para ser aún más fuertes mediante su propia resistencia; su flaqueza, para enseñarles a no fiarse de ellos mismos y a recurrir a él si se quiere, como se ha dicho, para convencer a los libertinos de la existencia de los espíritusi y en consecuencia, de la existencia de un Dios. Me parece que es mucho más razonable pensar esto sobre el poder de los diablos en lo que se refiere a hechiceros y magos que imaginar, como hacía un antiguo filósofo, que cuando el alma está bien dispuesta, puede por sí misma hacer todo lo que llamamos sortilegios y encantamientosj. Creo, pues (y lo repito con tanto ahínco porque no quiero que se me tenga por víctima de una ingenuidad que muchos hallarían condenable), creo entonces, digo, que puede haber encantadores y magos, pero estoy muy lejos de creer en ellos y la gente razonable también dista mucho de creer con rotundidad todas las historias que se inventan sobre ellos. Con poco que examinemos estas historias y que reflexionemos sobre el hecho de que las aventuras que cuentan no pueden suceder sin un permiso particular de la divina providencia, pues no siguen el curso natural y ordinario de las cosas, se hallarán tantas circunstancias indignas de la grandeza y la sabiduría de Dios, que se temerá herirla al admitirlas como verdaderas. Los capítulos siguientes mostrarán perfectamente esta inmoralidad. Acordaos de todo lo que diré a continuación sobre los hechiceros, los magos, los encantamientos y los sortilegios. No es más que para mostrar las ridiculeces de una infinidad de patrañas sobre dicho asunto que no tienen mayor fundamento que la impostura de quienes las inventan y la fácil credulidad de aquellos que las reciben, como ya he destacado en cuanto a otras fábulas y errores.
a La magia blanca es un arte que produce efectos por la invocación de los buenos ángeles o simplemente por destrezas y sin ninguna invocación. Dict. Trev.
b La magia negra es un arte detestable que enseña a invocar a los demonios como consecuencia de un pacto con ellos y a servirse de su ministerio para hacer cosas por encima de la naturaleza. Id.
c La nigromancia es la adivinación mediante los cuerpos muertos, que ocurre cuando se observa algo sobre un cadáver. Se la ha llamado magia negra, haciéndola venir del latín niger, negro, pero viene del griego νέκρος, que significa muerto. El mundo encantado, t. I, p. 40. Alonso de Aragón decía de sí mismo que era un gran nigromántico porque se había acostumbrado a hablar con los muertos. Estos muertos eran sus libros. Div. Cur. 6, p. 341.
d Se dice que Dios envió el diluvio para limpiar la tierra inmunda y sucia de tantos magos y hechiceros, no dejando que Noé y tres de sus hijos y sus esposas, entre los cuales había uno llamado Cham, enseñase esta magia y hechicería a uno de sus hijos llamado Mefraim quien, por las grandes maravillas que hacía, fue llamado Zoroastro y el cual, dicen, compuso sobre este triste tema cien mil versos y finalmente fue llevado por el diablo en presencia de sus discípulos y no fue jamás visto de nuevo, como ha observado Suidas. De Lancre, p. 410.
Hay quienes afirman en Bochart Georg. Sacr., lib. IV, que Cham es el inventor de la magia y que, mediante hechizos mágicos, de los cuales conocía los usos y atribuciones, desposeyó a Noé de su poder, pues se había enfadado, según lo que cuentan estos visionarios, con su padre porque amaba más a sus hijos nacidos después del diluvio que a aquellos que había tenido antes. Mil cuest. Janv., pp. 68 y 69.
e Josefo (lib. 8, cap. 2. Antig. Jud.) hace remontar la antigüedad de la magia hasta Salomón. Consistía, según él, en el uso de una planta que se escondía en una pastilla y se metía en la nariz del poseído. Pronunciaba al mismo tiempo el nombre de Salomón, junto con unas palabras a modo de conjuros y, entonces, el demonio era obligado a irse. Afirma también que fue Dios quien enseñó a dicho rey este arte tan eficaz contra los demonios y que compuso una obra sobre ese tema. El mundo encantado, t. II, p. 176. Nicetas habla (lib. IV, Annal. in vita Manuel Commeni) de la llave menor de Salomón. Le Loyer p. 317.
f Numa Pompilio había escrito en sus libros latinos y griegos máximas sobre el arte mágico. Estas obras fueron halladas en una piedra cerca de su tumba y quemadas públicamente. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 49.
Si creemos a Le Loyer y Del Río, los principales autores que han conservado todas las historias acerca de Numa son Plutarco y Dionisio de Halicarnaso. Si los hojeamos y leemos hallaremos, muy al contrario, que son ellos quienes las rechazan, las socavan y descubren, y que nos advierten que no les demos ninguna credibilidad. Naudé, Apología de todos los grandes personajes que han sido falsamente sospechosos de magia, p. 185.
g Había escuelas públicas de magia en Toledo, Sevilla y Salamanca, en una cueva profunda de la que la reina Isabel, esposa de Fernando, hizo amurallar la entrada. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 45.
h Se afirma que la historia de la crónica de Francia nos enseña que Carlomagno recibió de un papa un pequeño libreto que no estaba compuesto más que de figuras y palabras misteriosas de las que este príncipe se sirvió muy felizmente en una infinidad de ocasiones. Y este pequeño librillo tiene por título Enchiridion Leonis papa. El sólido tesoro de Petit Albert, p. 4.
i Según la opinión de algunos escolásticos, Dios permite que haya magos con el fin de que los libertinos, que no quieren conocer otro Dios más que la naturaleza, sean obligados a confesar que hay sustancias más allá de las materiales. M. L. V., t. I, p. 315.
Vázquez dice que los libros de magia son necesarios y que los magos están autorizados por Dios para que los irreligiosos y libertinos sean retirados del ateísmo y reconozcan mediante estos que hay otras sustancias más allá de las que se juzgan por el tacto y por la vista. Naudé, Apología de todos los grandes personajes que han sido falsamente sospechosos de magia, p. 382.
j Avicena, para probar los encantamientos, dice que todas las cosas materiales obedecen al alma humana bien dispuesta y elevada por encima de la materia. Dicc. cur., p. 144.
p. 150III. ¡Qué impertinencia, por ejemplo, decir o creer al pie de la letra que al mismo tiempo que nace un hombre que será hechicero nace un animalk que lo acompaña continuamente! Si alguien es capaz de dar crédito a una ridiculez que tiene tan poca apariencia de razonable, ¿qué no creeremos después de eso? ¿Qué prueba tenemos del nacimiento de este animal? ¿Quién causa su nacimiento? ¿De qué está compuesto? ¿Dónde está? ¿En qué se convierte? ¿Se le ve? ¿Se le escucha? ¿Cómo es su cara? ¿Para qué sirve? Aunque monsieur Oufle y sus semejantes no pueden responder razonablemente a estas cuestiones, no dejan de creerlas. ¿Por qué? Porque lo han leído o lo han escuchado decir. No hace falta buscar otros motivos de su ingenuidad. ¿Acaso las personas irracionales están en disposición de buscar pruebas convincentes y entrar en razón cuando se las dan?
IV. Otros grandes motivos para creer según los tipos como Oufle. Un hombre acusado de sortilegios, según dicen, tiene una marca en el cuerpol; no ha llorado o no ha derramado más de tres lágrimas por el ojo derechom; ha llamado al diablo Barrabamn y no ha podido hacer ningún mal a los oficiales de la justiciao: es pues un hechicero175. ¡Vaya consecuencia! ¿Es posible que los magistrados sabios, iluminados, justos y agudos sean capaces de tomar en consideración cosas tan débiles, tan equívocas y tales fruslerías para producir su juicio? Producir tales pruebas para mostrar que existen los hechiceros, ¿no es dar motivos para dudar de su existencia?
Se ha visto, dicen también, a otro, vestido con una gran túnica negra y una varita en la mano con la que hacía varios círculosp, que caminaba a trompicones y pronunciaba algunas palabras extrañas que nadie comprendía (se podría añadir que no lo comprendía ni él mismo). Llevaba consigo murciélagos, búhos, cárabos comunes, etc., luego, era un mago. Y yo concluyo que era un loco que se engañaba a sí mismo o un charlatán que quería engañar a otros. ¿De qué eficacia pueden ser estas momerías para producir tales prodigios? ¿El diablo las necesita? ¿Estos círculos, estos murciélagos, estos búhos, estos cárabos comunes, esta varita, este vestido negro, tienen por sí mismos la virtud de producir las maravillas que se les atribuyen? ¿Por qué no nos reímos de todas esas extravagancias, ya que el famoso Agripa, tras haber tratado de la magia con mucha seriedad en su Filosofía oculta, confesó, sin embargo, en su libro De la vanidad de las cienciasq que no se debía dar créditor a todo lo que había dicho a favor de todas esas prácticas supersticiosas, y, todo eso, después de haber agotado, por así decirlo, el tema, con la más profunda erudición y las más curiosas búsquedas de las que un hombre puede ser capaz?
k Los pitagóricos creían que cuando los hombres nacían, digo los hombres que debían ser hechiceros, un animal nacía con ellos al que llamaban bestia con varias cabezas: la discordia, la inconstancia o la mutabilidad. De Lancre, p. 18.
l Así se procede a buscar culpables de sortilegio, particularmente en Alemania. Con la simple sospecha de ser hechicero ya se va a la cárcel y se es interrogado. Si se niega, se le hacen preguntas hasta dos y tres veces; si se confiesa, se pronuncia la condena. Hace mucho que se toma como prueba acusatoria cuando el acusado, estando en manos de la justicia, no puede llorar, evidencia que se dio en el juicio a un cura que se hizo en Loudun, pues el exorcista le dijo: «Pracipio tibi ut, si sis inocens, effundus lachrymas» [Te ordeno llorar si eres inocente]. Como no lo hizo, se tomó como prueba del crimen que no derramó ninguna lágrima al ser interrogado, ni después, ni incluso cuando se practicó el exorcismo de los magos. Pero, como se cree que el diablo quiere servir a sus súbditos y confidentes con toda la destreza y todo el poder del cual es capaz, se tiene mucho cuidado de no dejar nada al alcance de los criminales por miedo a que quede en ellos algún hechizo oculto mediante el cual pudieran liberarse por sí mismos. Por este motivo se les quitan todas las ropas y se examina al mismo tiempo si no tienen marcas del diablo. Así, los hombres y mujeres quedan totalmente desnudos y se les afeita todo el vello corporal. Así se procedió con el cura de Loudun, pues para hacer frente al socorro que podía esperar de los diablos, un capuchino exorcizó el aire, la tierra y los otros elementos, las monedas, los bosques y los mazos del interrogatorio. Le quitaron las ropas y le dieron otras. Fue rapado y examinado para reconocer las marcas del diablo sobre su cuerpo. Historia de los diablos de Loudun, pp. 201, 207, 205 y 230.
m Los brujos no pueden derramar ni una sola lágrima por mucho dolor que se les cause, lo cual dio lugar, entre los jueces de Alemania, a una presunción muy violenta: la mujer era hechicera. Bodin, p. 271. El mismo autor dice (p. 363) que los magos no pueden soltar más que tres lágrimas por el ojo derecho.
n Cuando las brujas están en manos de la justicia y parecen tener pavor al diablo, lo llaman Barrabam. De Lancre, p. 142.
o Los magos no pueden molestar a los oficiales de la justicia, dice Bodin, p. 270.
p Llevaba en la cabeza un sombrero de verbena, un murciélago medio muerto unido a su vestido a la altura del corazón, alrededor del cuello un corsé del que colgaban siete piedras preciosas diferentes, de las cuales cada una portaba el carácter del planeta que la dominaba. En la mano izquierda tenía un jarrón de forma triangular, lleno de rosas, y, en la derecha, un bastón de savia de saúco. Abordó la copa de un viejo roble a trompicones e hizo tres círculos, uno tras de otro, con un guante de viejo pergamino en la mano. Cir.
q El libro De la vanidad de las ciencias granjeó a Agripa muchos negocios y un gran número de enemigos. Naudé, Apología de todos los grandes personajes que han sido falsamente sospechosos de magia, p. 306.
r Agripa dice, hablando de sí mismo en su libro De la vanidad de las ciencias, cap. 48: «Confieso que, siendo aún joven, me puse a escribir tres libros de gran volumen sobre magia que he llamado De la filosofía oculta, en el que todo lo que puedo haber hecho mal por curiosidad de juventud, lo quiero destruir bien con esta retractación. Pues, ciertamente en otra época invertí mucho tiempo en estas vanidades. Sin embargo, al menos lo he aprovechado para saber disuadir a otros de estudiarlas. Digo que, quien pretenda adivinar, no por la virtud y según la verdad de Dios, sino por abusos diabólicos y operaciones de espíritus malignos, que, aquellos que se jactan de hacer milagros por la vanidad de la magia, exorcismos, encantamientos, composiciones amorosas y otros artificios diabólicos y ejerciendo idolatrías fraudulentas, deslumbran la mirada y hacen aparecer fantasmas que, poco tiempo después, se desvanecen. Aquellos, digo, como Janes y Jambres, y Simón el Mago, serán destinados a sufrir eternamente los fuegos del infierno».
p. 151V. Lo que me hace dudar de la mayoría de historias que se hallan en los libros sobre hechiceros y magos es que escucho contar todos los días hechizos lanzados y maleficios echados, aunque no haya ni hechizo ni maleficio, sino solamente algún evento extraordinario que desconocemoss. ¿Que una tormenta asola los bienes de la tierra? Los simples traen enseguida a su memoria las patrañas que se les han contado sobre los magos en relación con desastres similares y ahí empiezan a sospechar y creen ver las huellas de conjuros lanzados. Se ha visto, por ejemplo, durante una fuerte tormenta, a un campesino que, al instante, pronunciaba unas palabras y hacía unos gestos que mostraban que estaba ahí por un mal designio y, la verdad es que este desgraciado lloraba al ver el daño que esta tormenta estaba causando a los demás y a sí mismo. Recogió el granizo, lo diseccionó y encontró un cabello: pronunció nuevas exclamaciones que expresaban su convencimiento de que todo lo que acababa de ocurrir era obra de hechiceros. Y, sin embargo, ¿no era natural que los cabellos volando por el aire se mezclasen con los meteoros que pasaban y caían? ¡Cuántas invenciones no escuchamos inventar todos los días sobre conjuros que aseguran servir para suscitar el amor, mientras que las personas sabias, juiciosas y atentas a examinar las causas de todo prefieren la destreza, la constancia y el estudio de las debilidades de aquellos cuyo corazón quieren conquistar, así como de la forma de apropiarse de esta debilidad, siendo estas sus particulares magias para conseguir el amor! ¿Habéis tenido éxito de manera desconocida e inopinada en vuestra profesiónt? ¿Habéis aumentado vuestros bienes considerablementeu sin que se sepan los medios de los que os habéis servido? ¿Habéis hecho, por un conocimiento natural, aunque desconocido a los demás, una predicciónvexitosa? ¿Habéis mostrado una obra talw que nunca se haya visto algo parecido y en la cual se observen movimientos cuya causa se ignora? ¿Habéis hecho público un descubrimientox en el mundo de las ciencias que tiene un aire misterioso y que no se puede comprender sin saber los principios y las reglas que os lo han hecho descubrir? Si es así, tened cuidado, no vaya a ser que os griten, ¡al hechicero, al mago! Y que, si la envidia, la venganza, la maldady o la fuerza se mezclan con la ignorancia no se os dé muy mala fama. Hay demasiados ejemplos de víctimas de este tipo de pasiones, por lo que estos ejemplos también son razones que deben llevaros a no creer fácilmente todas las historias que se refieren sobre magia y sortilegios.
VI. ¡Cuántas personas hay que se creen hechiceros! ¡Cuántas se tienen por hechizados! Sin embargo, no son hechizadosz ni hechicerosaa más que en su imaginación. Los ungüentos que imaginan los impostores y de los que hacen partícipes a aquellos que tienen suficiente debilidad para creer que les harán ir al sabbat, que los trocarán en figuras extrañas, estos ungüentos, digo, están normalmente compuestos de drogas que alteran el cerebro, adormecen y causan al mismo tiempo estas miserables visiones que creen reales, aunque no sean más que los efectos producidos por su imaginación trastornada. Sería mejor tratarlos como locosbb y visionarios que como hechiceros y magos. Tendrían más necesidad del socorro de la medicina que de los medios de los que habitualmente se sirven para extirpar estas supuestas posesiones diabólicas con las que tanto ruido hacen. Son, en este sentido, más idiotas que malvados, más débiles que criminales, o, si son criminales y malvados, es más bien por la mala disposición de su mente y su corazón que por todas las estratagemas diabólicas que son más rara vez practicadas que contadas o descritas.
s La mayoría de los hombres atribuyen a la magia todo lo que ven de extraordinario y cuya causa no pueden comprender. Así, apenas habría grandes obras de arquitectura que no hayan sido terminadas en un instante por los demonios si se creyera al pueblo. Los de la Provenza lo aseguraban en el pasado sobre el puente de Avignon, que Baronio consideró un verdadero milagro. Los napolitanos están convencidos de que el monte de Paufilipo fue agujereado por las conjuraciones mágicas de Virgilio, aunque se le pudiera decir que autores tanto o más antiguos que este poeta y Estrabón entre otros, que vivió como él, en tiempos de Augusto, hablaron de él como de un camino construido mucho antes de que escribiesen. Baronio, Ad. ann. 1177. Naudé, cap. 21. M. L. V., t. I, pp. 316 y 317.
Si se levanta una tormenta súbita y hay alguien que no sea muy amigo nuestro y con cierta fama de ser brujo, no tardaremos en atribuirle ese fenómeno. Si alguien ofrece un pastelillo, una peladilla, una manzana u otra fruta a un niño que cae poco después en una larga languidez, enseguida se sospecha que el que hizo el regalo embrujó al niño y nos servimos de los remedios al uso contra los magos como prueba para descubrir la verdad, de modo que, si la salud del niño se reestablece pronto tras la prueba, ya no se duda más. El mundo encantado, t. I, p. 327.
t Galeno fue sospechoso de magia en Roma por haber desviado en menos de dos días una fluxión mediante una sangría. Naudé, Apología de todos los grandes personajes que han sido falsamente sospechosos de magia, p. 44.
L. Lamy, antiguo doctor, en la carta 4 antes de sus Discursos anatómicos impresos en Ruán en 1675, dice de monsieur Blondel, médico de París, que un estudiante de medicina le aseguró que el mencionado monsieur Blondel había dicho una vez en clase que los que empleaban la quinquina cometen un pecado mortal y hacen un pacto implícito con el diablo. Mostró que la curación que se obtiene mediante ese remedio es mágica porque actúa sobre toda clase de temperamentos y después de un cierto tiempo la enfermedad vuelve. Esto ha sido reconocido por todos los que han escrito contra los magos basándose en el verdadero carácter de una curación diabólica. Dicc. Crit., t. I, p. 605.
u El campesino Furio Cresinio fue acusado ante el pueblo romano de escopelismo o sortilegio, porque su tierra, aunque era pequeña, daba mucho más fruto que las grandes, y solo lo justificaba con sus instrumentos de trabajo. Naudé, Apología de todos los grandes personajes que han sido falsamente sospechosos de magia, p. 42.
v He oído decir que un gentilhombre de Normandía que había sabido por el barómetro que llovería muy pronto segó el heno mientras hacía muy buen tiempo. Eso llevó a decir a los aldeanos de alrededor que tenía relación con el Diablo. Dicc. Crit., t. II, p. 951.
w Los del Nuevo Mundo tomaban primero los navíos y las velas por obras de magia y a los españoles por diablos que venían a destruirlos con los rayos y truenos de sus arcabuces y pistolas. Naudé, Apología de todos los grandes personajes que han sido falsamente sospechosos de magia, p. 53.
x Hemos visto acusar de magia en París al sieur de Vatan a finales del año 1611. Un poco antes de la desgracia, cuando hizo imprimir su comentario en el décimo Libro de los elementos de Euclides, asustó tanto a uno llamado Ginés y lo dejó tan impresionado que, además de huir, murió muy poco después. M. L. V. t. 1, p. 321.
y El orador Curio, mientras arengaba en pleno senado, según Cicerón (Declar. Orat.), se quedaba corto porque le fallaba la memoria, por lo que imputó a Titinia su defecto, alegando que con magia y hechizos le había hecho perder su cabeza y su memoria.
z Avicena creía que los encantamientos no tienen el poder de alterar la salud del hombre ni sus buenos hábitos y que aquellos que creen estar encantados se hechizan ellos mismos con su imaginación vehemente. Se jacta de no haber visto nunca a nadie que, diciendo estar hechizado, no se hubiera curado al quitarle de la cabeza la creencia de estarlo. Le Loyer, p. 152.
aa Hay otro tipo de magia que los hombres practican sobre sí mismos. Consiste en untarse con ungüento mágico, así llamado porque se compone de cosas que tienen la virtud de perturbar el cerebro de los hombres y de los animales. Entonces, la imaginación actúa. Creen ser lobos, osos o gatos, etc. El mundo encantado, t. III, p. 368.
Acosta señala (lib. V, cap. 26, Historia de las indias occidentales) que había curas en la ciudad de Méjico que presumían de hablar a menudo con sus dioses, pero solo sucedía tras haberse frotado con un ungüento abominable que él describe y que estaba tan infectado que hasta los animales lo rehuían, los hacía impávidos, muy crueles, y, aparentemente, les provocaba visiones de sus falsos dioses.
bb Hace algunos años, dice Montaigne, lib. I, pp. 374 y 375, que pasé por las tierras de un príncipe soberano el cual, a mi favor, y para rebatir mi incredulidad, me concedió la gracia de hacerme ver diez o doce prisioneros de este tipo (brujos) y una vieja, entre otras, una auténtica bruja por lo fea y deforme, muy famosa desde hacía mucho tiempo en esta profesión. Vi pruebas, confesiones y no muchas marcas imperceptibles sobre esta miserable vieja. Me preguntó y hablé hasta la saciedad, prestando toda la atención que pude; y no soy hombre que se deje agarrotar el pensamiento por una preocupación. Finalmente, y en conciencia, les habría pedido antes el eléboro que la cicuta176. «Captisque res magis mentibus quam consceleratis similis visa» [Parecía más bien un acto propio de quienes se han visto privados de su razón que de criminales»]. T. Liv., 6.
p. 152VII. Si hay bobos que creen ser hechiceros, también hay listos que se han dado dicha reputación. No se hacían llamar hechiceros y magos, eso es cierto, pues estos nombres son demasiado odiosos para atreverse a admitirlos, pero, lo que es casi lo mismo, trataban de convencer de que tenían una estrecha relacióncc con los espíritus, que obtenían de ellos varias instrucciones, que conocían por su mediación el porvenir y que con su protección podían conseguir sus proyectos sin errar. La políticadd se beneficiaba de este artificio, incluso la religión también recibía sus ventajas, y, finalmente, nada convenía mejor a sus intereses, puesto que los pueblos estaban informados de este supuesto vínculo y, dándoles crédito, los miraban con respeto, los obedecían sin resistencia y apoyaban de mucho mejor grado sus negocios, con la esperanza de que, al estar bien protegidos, nada se les podría resistir. Así es como, con una habilidad bien concertada, se obtienen grandes ventajas de las mentes débiles, ingenuas y apasionadas por las cosas extraordinarias.
VIII. En todo lo que se atribuye a los hechiceros en las historias que se componen sobre ellos, encuentro que se les otorga poderes que me parecen muy sospechosos, pues finalmente se les hace, en cierto modo, dueños de disponer a su voluntad de los elementosee y de confundir, por así decirlo, el orden y el curso ordinario de la naturaleza. Cuando el tiempo está sereno, no tienen más que pronunciar unas palabrasff y poner en uso algunos ridículos y pesados rituales que no significan nada. Si se cree a sus historiadores, enseguida el cielo se cubre, las nubes se espesan, los relámpagos brillan, los rayos se mezclan con el hielo y la lluvia, y todo ello para aterrar a los hombres que los observan, para derribar las casas, arruinar las cosechas, asolar los campos y llevar la desolación por todas partes. ¿No se dice incluso que estos hechiceros dan órdenes a los diablos de quienes se afirma, sin embargo, que dependen, y los fuerzan a ejecutar sus crueles designios y a ayudarlos a hacer todos los males que se han propuesto expandir por venganza o por diversión? Cuanta más atención pongo en estos extraños poderes más me siento llevado a desconfiar de todo lo que me dicen sobre magos y hechiceros. ¿Cómo? ¿Voy a creer ciegamente y sin examinar bien las posibilidades de los hechos que me cuentan sobre este tema, voy, digo, a creer, por ejemplo, que esta miserable vieja que llaman en su barrio hechicera y maga, que es muy estúpida tanto por la debilidad de su cabeza como por lo que le pesan los años, que no tiene casi ni con qué vestirse y no solo le faltan todas las comodidades de la vida, sino que apenas tiene de qué vivir; que esta vieja, sin embargo, solo tiene que ponerse al lado de su fuego y pronunciar no sé qué palabras para turbar el aire, encender el fuego del cielo, provocar en el agua tempestades y arrancar los árboles más frondosos, y eso, porque quieregg? ¿Y, como lo quiere ella, lo quiere el diablo y se lo permite Dios? ¡Oh, Dios!, enseñadme, os lo suplico, cómo hacer para conceder este permiso con la grandeza de vuestra majestad y la sabiduría de vuestra providencia. Amáis a los hombres, no deseáis su pérdida y queréis que no os reconozcan más que a vos como soberano de la naturaleza. Reveladme entonces, os ruego humildemente, Dios mío, si dais tanto poder al diablo y a esta vieja, en qué puede consistir el poder para enseñar a los hombres el amor que les dais, el deseo que tenéis de hacerlos eternamente felices y la obligación en la que están de reconocer vuestro infinito poder.
cc Tito Livio parece darnos alguna clave para descubrir la primera causa por la cual grandes personajes han sido sospechosos de magia, no obstante, sin que ninguno de ellos la hubiera practicado jamás, cuando nos advierte en su Historia (lib. IV, decad. 1) que «datur haec venia antiquati ut miscendo humana divinis primordia urbium augustiora faciat» [se concede esta licencia a los antiguos: dignificar, mezclando las acciones humanas con los designios divinos, el origen de las ciudades]. De todo esto podemos conjeturar que los más finos y astutos legisladores, no ignorando que el medio más indicado para conseguir la autoridad sobre sus pueblos y mantenerla era convencerles de que ellos eran el órgano de alguna deidad suprema que les quería favorecer con su asistencia y recibirlos con su protección, se sirvieron muy a propósito de estas deidades fingidas, de estos supuestos coloquios, de estas falsas apariciones, y en una palabra, de esta magia de los antiguos para contrarrestar mejor su ambición y establecer con más seguridad los primeros objetivos de sus imperios. Así, en efecto, vemos que Trismegisto decía haber recibido las leyes de Mercurio, Zamolxis, Vesta, Charondas, Saturno, Minos, Júpiter, Dracón y Solón, Minerva, Numa, la ninfa Egeria y Mahoma y del arcángel Gabriel, el cual venía a menudo a susurrarle al oído bajo forma de una paloma, tan bien entrenada para este artificio como el águila de Pitágoras y la cierva de Sertorio. Naudé, Apología de todos los grandes personajes que han sido falsamente sospechosos de magia, pp. 36, 37.
dd Los antiguos sabios aceptaron a los hechiceros para conformarse a las leyes, a la religión, a la política y al interés del país. Cir.
ee Se afirma que los magos ejercen una especie de mandato sobre los demonios, que invocan y que pueden forzar a toda la naturaleza a obedecerlos. Lucano lo considera así. Brebeuf le hace decir que ellos:
Saben mejor nuestros destinos que los dioses que
los ordenan;
El universo los teme y su fuerza oculta
Se eleva por encima de las nubes sin mesura.
La naturaleza obedece a su influencia;
El sol sorprendido siente morir sus centellas:
Sin el orden de este Dios que lleva el trueno.
El cielo armado de relámpagos estalla contra el suelo,
El invierno más salvaje es fértil en cosechas
Los ríos del verano en cristales se hielan
Y la luna arrancada de su sede soberbia
Temblorosa y sin color, baja a espumarse sobre la hierba.
¡Qué cuita para los inmortales, qué esforzado peso,
el someter sus acciones a los crímenes más negros!
ff No creo que las veinticuatro letras del alfabeto incuben en la gramática la malignidad oscura de un veneno tan presente, ni que abrir la boca, apretar los dientes o apoyar la lengua en el paladar de tal o cual manera, tenga la fuerza de propagar la peste en los corderos o de curarlos. Si decís que es a causa del pacto, desconozco en qué momento el diablo acordó con el género humano que cuando se articulasen ciertas palabras, mataría, etc. Cir.
gg ¿Qué nos hace deducir que tantas veces como una vieja murmure dos o tres palabras del grimorio y se ponga una escoba entre las piernas Satán estará obligado a transportarla por la chimenea a donde quiera? ¿Y que, a Dios, cuya omnipotencia solo sobrepasa rara vez las leyes de la natura, le parezca bien que este enemigo de su gloria las viole todos los días; y que sufra que un demonio haga mediante un miserable hechicero el mismo milagro que leemos con admiración en las historias de los más grandes profetas, cuando han sido raptados por los ángeles? De esto se ríe Heródoto (lib. IV) mediante la historia de Abaris, al que la credulidad pagana le hacía volar por los aires, teniendo entre las piernas, en lugar del caballo Pegaso, una flecha que le regaló a Pitágoras, según refiere Jámblico, cap. 19, De vita Pit., M. L. V., t. I, p. 320.
p. 153IX. Nos dicen que la mayoría de los que acusan de ser hechiceros confiesan al final que lo son. ¿Estamos por ello siempre obligados a creerlos? Sí, puede ser que lo crean, pero, entre creer una cosa y estar seguro de que esta cosa es verdad hay mucha diferencia. ¿Esas personas que son normalmente estúpidas, maleducadas e idiotas, no son dadas a tomar sus imaginaciones como verdadeshh? ¿No puede aún ocurrir, si no son estúpidos, que inventen adrede mentiras sobre este asuntoii por una vanidad mal entendida, para destacar o, por malicia, para dar miedo? Si están en manos de la justicia y confiesan los maleficios de los que son acusados es, quizás, por la violencia de los tormentos, para librarse de ellos, o porque no tienen la habilidad para justificarse. O porque, como llevan normalmente una vida muy miserablejj, no piden más que salir de ella. A menudo estos desgraciados están muy confusos. Si se defienden mal, quedan convencidos. Si hablan con más mesura que de lo que cabría esperar de personas que parecen tan maleducadas, sería otra convicción contra ellos porque se podría imaginar que es el diablo quien les instruye. Y, hablando del diablo, ¿de dónde viene que los abandona siempre cuando se los atrapakk? Si los liberase, saldría beneficiado puesto que, en libertad, continuarían haciendo el mal y cometiendo crímenes, mientras que, si se quedasen en la cárcel volverían normalmente a ser ellos mismos. Lo abandonan, lo detestan, renuncian a su culto, se retractan de su promesa y se alejan finalmente de él. ¿Por qué entonces se dirige casi siempre a los ignorantes y desgraciados? Si se sirviese de personas inteligentes, espirituales, acertadas y astutas, su ejemplo atraería a otros hacia su bando y su destreza aumentaría su imperio. Si fueran ricos, corromperían mucho más por sus riquezas, por la magnificencia que mostrarían, por el fulgor que les rodearía y por la alegría que se vería en ellos. Todas estas ventajas serían como cebos de los que muchas personas apenas podrían defenderse. Y, entonces el número de hechiceros y magos sería, en verdad, mucho más considerable de lo que esll.
Es a fuerza de ocuparse de estas reflexiones y otras similares como puede uno estar alerta para no creer demasiado a la ligera todas las fábulas que se escuchan contar o que se leen sobre este tema, fábulas que se llamaron con toda tranquilidad La gaceta de los tontos o el credo de quienes creen en exceso.
Pero hace mucho que perdimos de vista a monsieur Oufle; volvamos a él. Sus extravagancias contribuirán, y no poco, a corroborar estas reflexiones y nos darán incluso ocasión de escucharlas y de crear otras nuevas para conocer y mostrar lo ridículo y lo falso de las prácticas supersticiosas.
hh ¿Quién cuenta las historias de hechiceros? Un campesino, un idiota, una vieja y un pobre: pobre, por tener dinero; vieja, de razón débil y parlanchina, con la vista debilitada, que toma gato por liebre; los años la han hecho tímida, cree ver cincuenta en lugar de uno. Cir.
ii Sin embargo, dicen que no hay que conformarse siempre con la propia confesión de estas personas (los hechiceros), pues a veces se ha visto que algunos se acusaron de haber muerto a personas que se encontraban vivas y sanas. En esas otras extravagancias diría yo de buena gana que ya es suficiente el que un hombre, por muchas recomendaciones que le adornen, sea crédulo en aquello puramente humano: en lo que se aparta de su concepción, en lo que es de índole sobrenatural, debe otorgarse crédito solo cuando solo una aprobación sobrenatural lo haya autorizado. Este privilegio, que plugo a Dios conceder a algunos de nuestros testigos, no debe ser envilecido ni comunicado a la ligera. Aturdidos están mis oídos con patrañas como esta: «Tres lo vieron tal día en levante. Tres, al día siguiente en occidente, a tal hora, en tal lugar, así vestido». Ni a mí mismo me creería. ¡Cuánto más natural y verosímil encuentro yo que dos hombres mientan que no el que un mismo hombre, en el espacio de doce horas, corra con los vientos de Oriente a Occidente! ¡Cuánto más natural es que nuestro entendimiento sea sacado de quicio por la volubilidad de nuestro espíritu desquiciado, y que cualquiera de nosotros escape volando, subido a una escoba a lo largo del conducto de su chimenea, en carne y hueso, impulsado por un espíritu extraño! Montaigne, lib. I, pp. 373 y 374.
jj El jurisconsulto Erault, considerando que hoy en día no hay más que pobres miserables que se mezclan con adivinaciones y sortilegios, se dio en decir que este oficio es propio de pobres atrevidos e ignorantes. «Non amplius philosophorum sed rusticorum & idiotarum» [No (es propio) en absoluto de filósofos, sino de incultos e idiotas]. 5, Rer. Judic. Los hechiceros son desgraciados. ¿Qué beneficio obtienen de servir al diablo? ¿Cuál? Les falta de todo, mueren de hambre y tienen un miedo continuo de ser quemados, y, sin embargo, etc. Si el diablo les diera mucho dinero para adquirir grandes cargos, podrían hacer males, etc. Cir.
kk ¿Cómo es que el diablo no transmuta a este hechicero en mosca para librarlo de la justicia, él que lo ha trasformado en gato? Pues, dicen, porque los hechiceros no tienen ningún poder cuando están en manos de la justicia. ¡Eso no es así! ¡Este juez (si es malo) tendrá derecho sobre los diablos debido al cargo que ha comprado (puede ser) con dinero robado! Al menos el diablo debía alejar a ese miserable servidor suyo antes de que fuera atrapado. Pues ¿quién le servirá después si abandona así a los suyos? ¡Para tener tanto ingenio comete grandes errores! Cir.
ll No estamos obligados a creer que hubo en tiempos de Carlos IX hasta treinta mil magos en París porque se ha escrito que uno que se hacía llamar su jefe lo había declarado. Si eso fuera cierto, no veríamos muchos menos magos que otros hombres si el mal se multiplicara y nosotros fuéramos empeorando. Diario de Enrique III, M. L. V., t. I, p. 321177.
Un gran hechicero napolitano llamado «El conservador», otro llamado «Tres escalas» y Manceau consiguieron la gracia, tras haber sido condenados a muerte, con la condición de que denunciasen a sus cómplices. Dijeron que había más de cien mil en el reino. Bodin, p. 7.
En regiones como la Lorena, donde los señores feudales confiscaron el cuerpo y los bienes de aquellos que estaban condenados por sortilegio, ya no se vieron más hechiceros; apenas hay, en el resto de Europa. M. L. V., t. I, pp. 317, 318.
175 Se trata de un demonio cuyo nombre se solía grabar en amuletos.
176 Eléboro y cicuta son dos plantas altamente venenosas que gozaron de popularidad entre los romanos.
177 La obra referida es Registre journal d’un curieux de plusieurs choses mémorables et publiées librement à la françoise pendant et durant le règne de Henri IIIe, roy de France et de Pologne, compuesta por Pierre de l’Estoile (1546−1611) entre 1574 y 1589. Se reeditó en el siglo xviii con el título Journal de Henri III, roy de France & de Pologne: ou Mémoires pour servir à l’histoire de France. [Diario de Enrique III, rey de Francia y de Polonia: o Memorias para servir a la historia de Francia].
