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Capítulo IX En el que se ve con qué facilidad monsieur Oufle sospechaba que quienes se le acercaban eran hechiceros; el miedo que le infundían esas sospechas, las extravagancias que estos temores le llevaron a cometer y varias reflexiones muy curiosas sobre este asunto

Nadie creyó jamás tan firmemente como monsieur Oufle todas estas historias que se hacen de hechiceros, magos y todo lo que tiene que ver con los sortilegios y encantamientos. No dudaba de nada sobre este asunto y por eso estuvo mucho tiempo preso de unas inquietudes que lo alarmaban sin cesar y que no le dejaban un momento de descanso, pues se imaginaba continuamente que lo podían hechizar. Había leído tantas historias sobre muchísimos medios de los que los hechiceros se sirven para encantar, para echar maleficios y atormentar a quienes quieren que no se creía a salvo. Sus mejores amigos le preocupaban: las personas que no veía habitualmente y que tenían una apariencia extraña o que mostraban alguna rara deformidad le causaban tanta desconfianza que se ponía en guardia con tanta seriedad como si hubiera tenido que mantener un violento combate contra sus más crueles enemigos. Si se chocaban con él por azar o si le daban en la espalda, devolvía inmediatamente el golpe sin ningún recato. Si lo miraban fijamente, huía a tanta velocidad como si unos dardos salieran disparados de los ojos que estaban fijos sobre él. Pobre de aquel que le hiciera alguna mueca, pues podría ser severamente tratado como si hubiera querido arrancarle la vida. Enviarle un regalo era provocarle una inquietud, pues temía que fuera acompañado de algún sortilegio. Finalmente, como había leído una infinidad de maneras de lanzar conjuros, de practicar encantamientos y de expandir maleficios, todo lo que se le asemejaba un poco, cualquier parecido con estas prácticas, le resultaba sospechoso, le causaba desconfianza, lo asustaba y lo sumía en razonamientos ridículos que iban seguidos de acciones verdaderamente extravagantes. Lo que me propongo dar aquí es el detalle de estas sospechas, de estos miedos, de estos razonamientos y acciones, sin dudar que agradarán a los lectores.

Temo, sin embargo, que les cueste convencerse de que este pobre hombre haya llevado la extravagancia hasta ese exceso. Pero ¿seguirán dudando si se acuerdan de lo que he dicho tantas veces sobre su pasión por las cosas extraordinarias, su facilidad para creerlas y su imaginación pertinaz, una vez creídas, con las continuas lecturas que había hecho desde el delirio de su imaginación y, en consecuencia, con los acompañamientos más eficaces para fortalecerla? Reconozco honestamente que lo que vamos a leer parecerá muy extraño, pero no ha lugar para no reconocer conmigo que monsieur Oufle era un hombre muy muy extraño. ¿Tenemos que sorprendernos de verlo razonar extrañamente y hacer extrañas acciones? En cuestiones de prácticas supersticiosas, he visto personas tan locas como él. Si nos hubiéramos propuesto recoger todas sus extravagancias, como yo hago con las de monsieur Oufle, no nos parecerían menos ridículas que él. He visto mujeres arrancar de las manos de sus hijos algunas frutas, peladillas y otras golosinas por miedo a que estuvieran encantadas por aquellos de quienes las habían recibido. He visto a otras muy inquietas porque un hombre desconocido las había mirado fijamente. Todo eso da pena, es cierto, pero sin embargo todo es como lo cuento. No es necesario, creo, que, para convencer, tenga que asegurar que lo he visto. Pues, quienes lean esta historia lo habrán visto sin duda tan bien como yo; o si no han visto estos mismos tejemanejes, habrán sido testigos de otros que no son menos extravagantes. ¿Podemos poner en duda justamente todo esto mientras se observan todos los días tantos errores populares aceptados, seguidos y practicados, sin que los que los aceptan, los siguen y los practican tengan otra razón más que haberlos visto practicados, seguidos e incluso aceptados por otros? Así es como las supersticiones se introducen, se comunican, se perpetúan y se fortalecen con incontables adiciones que cada particular aporta acorde a su fantasía, según los giros que se proponga dar a su imaginación. Es lo que se observó perfectamente en la conducta de monsieur Oufle, como ahora voy a demostrar.

p. 155Oufle había leído, por ejemplo, que un hechicero había maldecido el pana que un panadero ponía en su horno; se dio entonces en pensar que todo el pan que no fuera muy blanco podía haber corrido la misma suerte, pues, decía, el negro es «el color favorito de los hechiceros. Los magos se aparecen con ropas negras; los diablos siempre se representan negros».

Si escuchaba decir a alguien estas palabras, «dale, dale», su imaginación decía que en ese momento alguien moriría de muerte violenta o que le ocurriría entonces algún episodio trágico y eso porque había sabido por los librosb que Apolonio de Tiana había hablado así cuando apuñalaron a Domiciano, aunque estuviera muy lejos de él.

Un vecino cerero era amado apasionadamente por una joven muy bella, mucho más joven que él, y cuya familia era de las más considerables del país. Cuando se enteró de esta noticia, no le faltó concluir que este hombre se había servido de la magia para conseguir este amor. Veremos en la nota inferiorc la razón de tan ridícula creencia.

Halló en la habitación de su lacayo varios anillos colocados juntos que estaban preparados para ser atados a una cortina. Nuestro visionario creyó que Mornando los guardaba para un uso bien diferente: tenía razonesd para creerlo así y hubo que emplear todo el esfuerzo del mundo para hacerle cambiar de opinión.

La flauta era, en su opinión, un instrumento verdaderamente mágico. Una historia famosae, contada muy seriamente en varios lugares, le había dado un miedo tan grande que, en cuanto la escuchaba sonar, se le veía tan agitado como si lo hubieran querido arrancar del lugar donde estaba para transportarlo a mil leguas de allí y hacerle desaparecer por completo.

Si un hombre llevaba una banda de tela juzgaba primero que era con el deseo de utilizarla, en lugar de un navío, para cruzar los maresf.

Cuando se le mostraban, en algunas relaciones de viajes, imágenes que representaban a los salvajes con un arco y flechas, sonreía, aplaudiéndose a sí mismo por su imaginación, pues, en lugar de pensar, como los otros, que estas flechas servían para cazar bestias o para combatir contra los hombres, él, por un refinamiento que era producto de sus lecturas, adivinaba que el uso de esas flechas era para elevarse en el aireg e ir por todas partes donde querían para enviar males a sus enemigosh, o para hacer aparecer ríosi, cuando se vieran en peligro de ser sorprendidos y vencidos.

a Un panadero de Limoges quería hacer pan blanco como de costumbre. Su pasta resultó tan hechizada y drogada por la infusión que hizo dentro una bruja que su pan salió tan negro, insípido e infecto que daba pavor. De Lancre, p. 197.

b Se dice que, cuando el emperador Domiciano fue muerto en Roma por Estéfano, Apolonio de Tiana, mientras impartía su lección pública en la ciudad de Éfeso, se quedó un tiempo atónito y sin decir palabra. Después, de golpe, gritó, «Valiente Estéfano, golpea al malo: lo has golpeado, lo has herido y lo has matado». Meditaciones históricas, de Camerario, t. I, lib. IV, cap. 11.

c D’Aubigné hace hablar así al barón de Fenesta, p. 79: «Cayer me enseñó libros de magia compuestos por él de dos pies de alto: me hizo beber en una cáscara de huevo en la que había hombrecillos con gérmenes, mandrágoras, seda carmesí y un fuego lento para llegar a cosas que no os diré. Me enseñó imágenes de cera que hizo fundir con gran belleza para calentar el corazón de las mujeres a las que hería con una pequeña flecha para provocar la muerte de un príncipe a cien leguas de allí»178.

d Los anillos del tirano Excelso, al sonar, le advertían de lo que tenía que hacer. Clem. Alex., lib. I, Stro.

Aristóteles escribió que Excelso, tirano de los focenses, llevaba dos anillos en sus manos los cuales por la colisión y sonido que hacían el uno con el otro le predecían cosas por venir o le aconsejaban qué hacer. Fue, sin embargo, muerto por una traición, aunque estos anillos encantados se lo habían predicho antes. Le Loyer, p. 319.

e Schokius habla así en su pequeño libro latino titulado Fabula hamelensis, siguiendo a Wier y Erichius.

Ocurrió una aventura sorprendente más allá del prodigio en Hamelín sobre el río Weser en la Baja Sajonia, cuya historia es esta:

Los habitantes de esta ciudad estaban siendo atormentados, en el año 1284, por una cantidad sorprendente de ratas y ratones, hasta que no les quedó un grano de arroz que no estuviera dañado, y varios de entre ellos pensaron en modos de librarse de esa plaga. Apareció de golpe un hombre extranjero de una altura extraordinaria y horrible que propuso, mediante una suma de dinero que convinieron, que a una hora concreta echaría a todos los ratones fuera del territorio de esta ciudad: así fue hecho. El hombre del que hablamos, tras haber hecho el trato, sacó de su zurrón que tenía al lado, una flauta con la que empezó a tocar. Todas las ratas que había en todos los rincones de las casas bajo los tejados, en los aleros, y en el suelo, salieron por grupos a pleno día y siguieron a este flautista hasta el Weser, donde, tras quitarse la ropa, se sumergió en el río y los ratones, que quisieron imitarle, se ahogaron. Habiendo ejecutado de esta manera la promesa que había hecho, vino a pedir el dinero que se había acordado. Pero encontró que los burgueses no estaban ya en disposición de pagarle. Viendo este rechazo, les amenazó con hacerles pagar mucho más caro de lo que había pedido, si no le daban lo que le habían prometido. Se rieron de él y de sus amenazas. Al día siguiente se les apareció con una cara horrible bajo la figura de un cazador, con un sombrero púrpura sobre la cabeza. Tocó otra flauta totalmente diferente de la primera. Entonces todos los niños de la ciudad desde los cuatro a los doce años le siguieron de inmediato y los llevó a una caverna bajo una montaña a las afueras sin que después de aquel tiempo nunca se volviera a ver ni uno ni se supiera qué había sido de ellos. Después de esta sorprendente aventura, se ha tomado en la ciudad la costumbre de marcar los años con estas palabras: «Desde la salida de nuestros niños», en memoria de aquellos que se perdieron de este modo. Los anales de Transilvania dicen que en aquel tiempo llegaron algunos niños que hablaban un idioma desconocido, y que esos niños se establecieron allí y perpetuaron su lenguaje tanto que incluso hoy no se habla otro idioma más que el sajón alemán.

La evidencia de esta historia se halla en la vidriera de una iglesia sobre la cual está representada con algunas letras que el tiempo aún no ha borrado. La segunda prueba está sobre la puerta llamada nueva, aunque se erigiera hace más de cien años, según Erich, donde todavía se leen estos versos:
Centum terdenos cum Magus ab urbe puellos
Duxerat ante annos CCLXXII condita porta fuit.

Es decir:
Cuando se construyó esta puerta,
hacía doscientos setenta y dos años
que un mago por engaño
nos quitó treinta niños.

La tercera prueba son estos versos:
Post duo CC, mille post octuaginta quaterque,
Annus hic est ille, quo languet sexus uterque,
Orbantis pueros centum triginta Johanni
Et Pauli charos Hamelenses, non sine damnis.
Fatur ut omnis, eos vivos calvaria sorpsit.
Christe, tuere tuos, ne tam mala res quibus obsit.

Es decir:
Hace mil doscientos ochenta y cuatro años
que en el día de San Juan y San Pablo, así se cuenta,
Los habitantes de Hamel perdieron sus niños
Contados en un número de ciento treinta.
En el monte Koppenberg fueron tragados.
Señor, guarda a los tuyos de semejante ruina.

Estas inscripciones no prueban que la historia sea verdadera, sino que así se creía. Ningún historiador de aquella época habló de ello, por muchos que hubiera en aquel tiempo y cerca de aquellos países. ¿Cómo los dejaron ir sus padres? Si temían al flautista, ¿por qué no le dieron su dinero, antes que arriesgar así a sus hijos, ya que los había amenazado? ¿Cómo recorrieron doscientas leguas bajo tierra para ir a Transilvania? ¿Cómo es que no se pudo descubrir este camino cubierto? Si el diablo los transportó por el aire, ¿cómo es que nadie los vio? Puede ser que alguien bastante crédulo lo haya escrito de este modo, pero eso no constituye una costumbre. El mundo encantado, t. I, p. 364, etc.

f Según el judío Benjamín en sus viajes por Oriente, un mago judío llamado David Alroy se hacía invisible, pero aun así hablaba, y cruzó el mar sobre una banda de tela para huir de quienes lo perseguían.

g Suidas dice que Apolo dio a Abaris, de origen escita, una flecha de oro con la cual voló desde Grecia hasta el país de los escitas hiperbóreos.

h Los lapones hacen pequeños dardos mágicos con plomo de un dedo de largos; los lanzan hacia los lugares más alejados contra sus enemigos y les envían por este medio enfermedades y dolores violentos. El mundo encantado, t. I, p. 69.

i Un mago, mediante un arco y una cuerda tendida en él, lanzó una flecha hecha de madera e hizo de repente aparecer un río tan largo como el alcance de esta flecha. Del Río, Disquisitiones magicæ, p. 121.

p. 156No quiso nunca permitir que se le hiciera un retrato por miedo a que se utilizase para atormentarlo y provocar la muerte del modeloj. Nada es más extraño que el miedo que tuvo un día en la calle, al cruzarse con un hombre que bostezó abriendo mucho la boca, que era muy grande. No sé si este gran bostezo le vino del aburrimiento, de las ganas de dormir o lo hizo adrede, pues no lo dicen en las memorias de las que me he servido para componer esta historia. Sea como sea, monsieur Oufle se echó más de tres pasos atrás viendo a este extraño bostezador. Creyó que era un hechicero que iba a tragárselo vivo, entero y de golpe. No hay que extrañarse de esta imaginación, pues, finalmente, debo decir para justificar a este buen hombre que estaba fundada en ejemplosk que le eran perfectamente conocidos. Y así, si ocurriera que los lectores se riesen de su ridícula ingenuidad, en lo cual no se equivocarían en absoluto, deberían también reírse de los autores que le han dado ejemplos y temas para ser tan risiblemente crédulo.

No le perdonaré en absoluto otra simpleza, aunque esté igualmente fundada en una historia sacada de los libros. Después del miedo que había tenido al encontrar el mismo día en su camino a un cerrajero que llevaba en la mano una gran vara o varilla de hierro que iba, según se decía, a llevar a una casa para colgar una cortina, se puso a bailarl en público diferentes tipos de bailes y a hacer mil cabriolas de modo que muchos niños y niñatos se reunieron a su alrededor y lo miraron como a un loco. Lo siguieron hasta su casa lanzando gritos que molestaron mucho a su familia, pues su mujer y sus hijos escucharon un ruido tan enorme que miraron por las ventanas y fueron testigos y espectadores de su extravagancia. Madame Oufle, rota de dolor y de confusión, le preguntó por qué se había propuesto actuar públicamente como un saltimbanqui y hacer el payaso ante todos los canallas de la ciudad.

—Si hubierais estado en mi lugar, os habría sido imposible no hacer lo que yo –le respondió él–. ¿Podría resistir a un diablo encantador que tenía en la mano una vara encantada, hecha adrede, para hacer bailar a quienes se encontraban delante de él? Si supierais como yo, esposa mía, el poder de los magos, en verdad, cambiaríais vuestro discurso. Estas personas no tienen más que querer que el diablo venga enseguida en su auxilio para hacerles ejecutar sin falta todo lo que quieren. Sabed –añadió– que Tirtave me invitó, hace varios días, a un gran festín que daría a sus amigos. No quise ir, por mucho que me insistieran en tomar parte en ese banquete. Tampoco os dije la razón que me lo impedía. Pues bien, voy a deciros ahora esta razón. Sabed que yo siempre he tomado a este hombre por mago en razón de varias evidencias que os convencerían si yo estuviera ahora tan tranquilo como para hacer memoria con el fin de referíroslas. Otra vez será. Pensad, entonces, que, cuando me invitó al banquete, tenía seguramente intención de hacerme una jugarreta. Finalmente, en una palabra, si hubiera ido, habría corrido el riesgo de volver sin narizm. ¿Os agradaría, esposa mía, ver a vuestro marido sin nariz? No os creo de tan mal gusto como para que os plazca semejante deformidad. Escucháis, sin duda, con resignación, lo que os digo, pues estáis tan poco instruida en este asunto que no entendéis nada y es bastante para vos no comprender una cosa para creerla absolutamente imposible. Creed todo lo que os plazca, no estoy tan loco como para arriesgarme a perder mi nariz para convenceros. Un sacrificio de semejante calibre por vos y por la verdad sería demasiado violento e irracional. Desearía con todo mi corazón que os hubierais topado hoy con este miserable hechicero que llevaba la vara de la que me quejo. Habríais bailado seguro, incluso aunque no tuvierais ganas, y no me haríais ahora reproches. ¡Qué gusto me habría dado veros saltar! Tendríamos tantas pruebas de los grandes poderes mágicos que no creéis como saltos hubierais dado. La pobre madame Oufle escuchaba a su marido confundida, pues sus razonamientos le daban pena. No quiso rebatirlos, ya que conocía demasiado su debilidad y su cabezonería para esperar poder hacerlo entrar en razón. Se conformó con bajar los ojos y levantar los hombros. Y, aunque el discurso que acababa de escuchar era ciertamente risible por su ridiculez y su impertinencia, se marchó teniendo muchas más ganas de llorar que de reír.

j Se lee lo siguiente en el Journal de Henri III [Diario de Henri III]:

Fueron hechas en Paris muchas imágenes de cera que se dispusieron en un altar y se pinchaban en cada una de las cuarenta misas que se daban cada cuarenta horas en varias parroquias de París. A la cuadragésima vez que pinchaban las imágenes a la altura del corazón, decían con cada pinchazo alguna palabra mágica para intentar provocar la muerte del rey. Lo mismo sucedía en las procesiones, y con el mismo fin. Portaban unos cirios mágicos que llamaban, de burlas, cirios benditos, que encendían en el lugar donde iban, revirtiendo la luz hacia abajo, diciendo no sé qué palabras que los brujos les habían enseñado. Nada de eso provocó mal alguno a este monarca. Y podemos, seguro, concluir que son cosas que en sí mismas no tienen ninguna virtud, pero que pueden tener muchas sobre aquellos que las temen. Respuesta a las preguntas de un provincial, t. II, pp. 94, 95.

El juicio a Enguerrand de Marigny se basó principalmente en las imágenes de cera conjurada con las que estaba acusado de querer matar al rey. Demon. de Bodin, p. 16.

Boecio cuenta en su Historia de Escocia que el rey Rufus murió lentamente por el maleficio de una hechicera que poseía una figura de ese príncipe en cera y la fundía poco a poco.

Un mago llamado Jean dio muerte a Simeon de Bulgaria tumbando la cabeza de su estatua. Cedrenus.

k Venceslao, hijo del emperador Carlos IV, iba a celebrar sus nupcias con Sofía, hija del duque de Baviera. Su suegro sabía que su yerno se complacería en espectáculos ridículos y encantamientos, por lo que llevó desde Praga una carreta de magos. El mago de Venceslao llamado Zito, fingiendo estar en la troupe para mirar como los demás, se presentó, teniendo, según parece, la boca agrietada por ambas partes hasta las orejas. Abrió y devoró de golpe al maestro Gonin del duque, con todo su equipaje, excepto los zapatos, porque estaban demasiado sucios y los escupió bien lejos de sí. A continuación, no pudiendo digerir tal vianda, fue a descargar en una gran cuba llena de agua y soltó por abajo a su hombre. Meditaciones históricas, de Camerario, t. I, lib. IV, cap. 10.

Juan Tritemo cuenta que un médico judío llamado Sedecías parecía devorar a los hombres en una carreta cargada de heno, cortar cabezas y después devolver todo a su estado original. Del Río. Disquisitiones magicæ, p. 33.

l Una joven maga que vivía en Ginebra hacía bailar y saltar a todas las personas que tocaba con una vara de hierro que el diablo le había dado. Demon. de Bodin, p. 179.

m Jean Faustus de Cundligen, alemán, extraño encantador y mago, se reencontró un día en la mesa con algunos que habían escuchado mucho hablar de sus prodigios y trucos de magia, y le pidieron que les diera una muestra. Se hizo de rogar. Finalmente, tras ser molestado por estos comensales, que estaban muy exaltados, prometió enseñarles lo que quisieran. De común acuerdo pidieron que les hiciera ver una viña cargada de racimos maduros y prestos para recoger. Creyeron que, como estaban entonces en el mes de diciembre, no podría hacer este prodigio. Aceptó su petición y prometió que enseguida, sin salir de la mesa, verían una viña tal y como deseaban, pero a condición de que todos los presentes se quedaran en sus lugares y esperaran a que se les pidiera cortar y recoger los racimos de uvas, asegurándoles que quien desobedeciera correría riesgos durante su vida. Todos habían prometido obedecerlo exactamente. De repente, Fausto, con sus encantamientos, hechizó de tal manera los ojos y la mente de estos convidados que estaban borrachos que les pareció ver una hermosa viña cargada de largos y gordos racimos de uvas, que eran para los hombres que estaban sentados en la mesa. Estas personas, excitadas por la vista de tas bellos y hermosos racimos, cogieron sus cuchillos, esperando que Fausto se los hiciera cortar. Quiso mantenerlos un tiempo en esta postura. Después, de golpe, hizo desaparecer la viña y los racimos y cada uno de estos bebedores pensando que tenía en su mano el racimo para cortarlo, se encontró ante la nariz de su vecino y, en la otra, un cuchillo para cortar. De modo que si hubieran cortado estos racimos sin esperar la orden de Fausto se habrían cortado la nariz unos a otros. Meditaciones históricas, de Camerario, t. I, lib. IV, cap. 10.

p. 157Sabemos (y no dudo que el lector no lo haya sentido alguna vez) que hay personas que, al hablar, salpican con su saliva a quienes las escuchan, acercándose a ellos lo más cerca que pueden. Es una desfachatez de las más incómodas y condenables, así como una falta de educación muy desagradable. Monsieur Oufle evitaba tanto como podía a estos maleducados, pero no era tanto porque le disgustasen las babas y por aversión a lo inoportunas que resultaban sino porque creía, advertido por las lecturas, que podían ser magos y brujas, de los más peligrosos que se podían temer, que harían morir a sus auditores al escupirles en la caran. Esta convicción es, en verdad, de las más absurdas. Sin embargo, creo que resultaría de las menos condenables si, al tomarse por cierta y bien fundamentada, hiciese que estos malos salpicadores*, por miedo a pasar por hechiceros, no babeasen más en las narices de la gente.

Monsieur Oufle fue a ver una tarde a un tejedor con su hija Camelia para resolver un encargo que quería hacerle. No quiso ni entrar en el lugar en el que este obrero trabajaba porque había una lámpara encendida. Salió, incluso, sin hablarle de su encargo, por lo que su hija le preguntó la razón de su marcha tan presta y precipitada. Él le dijo bruscamente: «¿Querríais, hija, aparecer ante este hombre de la misma forma que cuando salisteis del vientre de vuestra madre?». La pobre muchacha, que estaba bien lejos de pensar como él, le pidió explicaciones sobre este enigma. «No hace falta que lo sepáis», dijo él. «La modestia me cierra la boca. Servíos de ella para cerrar la vuestra». Ella se enfadó aún más y creo que el lector no lo estará menos. La nota aquí abajoo le aliviará ese enfado.

¡Vaya una locura! ¡Vaya una extravagancia! Oufle hizo construir un gabinete al final de su jardín. Llamó a un buhonero que transportaba las piedras necesarias para edificarlo y le preguntó cuánto pedía por ellas. Creía que debían valer más que el precio que le dio el buhonero, pues le dio por pensar que se las vendía baratas porque sabría cambiar en pan las que le quedabanp y, por eso, podía dar a precio bajo las otras. Su locura le hizo hasta temer que, si no las pagaba mucho más caras, el buhonero transformaría luego en pan las piedras compradas y, siendo esto así, cuando la lluvia cayera, su gabinete se convertiría en un verdadero potaje. Supongo que resultará extraño que cuente aquí una locura que no me parece en absoluto verosímil, pues es tan difícil convencerse de que un pensamiento así se le ocurra a alguien a quien se le considera un hombre. Confieso que he deliberado mucho tiempo antes de contarla, pero, al final, un historiador debe ser sincero y, además, ¿todo lo anterior no debería haber preparado el terreno para lo que acabo de contar y lo que seguirá? Además de la sinceridad de la que debo hacer honor y poner aquí en práctica, otra razón me lleva a no callarme nada, y es que me parece que el detalle de tantas extravagancias puede servir a quienes las lean como escudo contra tantos cuentos y falsas historias que se hallan en los libros para abstenerse de creerlos precipitadamente y no aceptar en absoluto los ejemplos que presentan. ¡Como la ingenuidad de la mayoría de los que leen sigue, habitualmente, la de quienes escriben, aquellos desearían y esperarían que los que no creen nada sin haberlo examinado bien, sin tomar las evidencias como guía, creyeran como ellos y que asumieran irrevocablemente lo que está escrito! Hay, entre los demonógrafos y quienes tratan de las prácticas supersticiosas, quienes actúan de buena fe, lo acepto, quienes confían buenamente en lo que se les dice, quienes ni imaginan que se les quiere engañar porque ellos mismos no son mentirosos, quienes asumen de muy buen grado las cosas extraordinarias como verdaderas y quieren creer que lo son. Siendo así, ¿estamos obligados a aceptar lo que se lee en estos autores sin mayor información, particularmente sobre este tipo de prodigios que violentan, por así decirlo, la naturaleza, que no siguen el curso de esta, que, además, revolucionan la razón y que la mente no puede comprender? Entre todos estos autores, si hay algunos ignorantes, pero que actúan de buena fe, ¿cuántos otros hay que mienten a sabiendas o para divertirse, con la esperanza de divertir a quienes los leerán (pues no ignoran que hay muchos a quienes nada les gusta tanto como lo prodigioso y lo maravilloso), o para darle más proyección a sus obras con el fin de satisfacer la vocación que los ha llevado a escribir? ¿Estamos absolutamente obligados a creer a estos? Estoy entrando sin darme cuenta en un tema que me llevaría muy lejos, pues, cuando hablamos de la desconfianza que se debe tener respecto a las lecturas que hacemos, hay mucho camino por recorrer. Volvamos a monsieur Oufle.

n Paapis, en la isla de Tule o Tilemark, si creemos a Antonio Diógenes, referido por Focio en su Biblioteca, cap. 166, al escupir públicamente al rostro de las personas, las hacía morir de día, dándoles de noche la vida.

o Un mago, mediante una lámpara encendida, movía a todas las mujeres que estaban en la habitación a desnudarse y bailar. Del Río, Disquisitiones magicæ, p. 112.

p Glicas dice (part. 2) que Simón el Mago cambiaba las piedras en panes. Id., p. 124.

p. 158Un hombre vestido con anchas mangas vino para tratar un asunto importante que llevaba pendiente varios días. Tuvo que irse sin haberle podido hacer razonar sobre ello. Este es el motivo: nuestro visionario hablaba muy poco y lo poco que decía era muy desacertado, porque estaba continuamente distraído durante todo el tiempo que duró la conversación. Mantuvo sin cesar los ojos pegados a las mangas de este hombre pensando que saldría de ellas fuego y que se escucharían truenosq. No salió, sin embargo, otra cosa más que dos brazos desnudos, muy regordetes, que gesticulaban según las actitudes que exigía su discurso. Esta es otra visión no menos extraña que las demás.

Un perro que llevaba un hueso grande en el hocico pasó delante de su casa cuando él salía. Lo miró y lo siguió, aligerando sus pasos todo lo que podía e incluso corriendo a veces para no perderlo de vista. El perro, al verse perseguido, se volvía de vez en cuando ladrando, como habría hecho si otro perro hubiera aparecido para querer arrancarle su presa, o al menos llevarse su parte. Monsieur Oufle se paraba cuando el perro se detenía y este, a cada paso que daba, miraba por el rabillo del ojo a su perseguidor, que temía recibir algún hechizo. Finalmente entró en casa de su amo y nuestro hombre, tras haberse quedado cerca de una hora en la puerta para ver si salía, como no lo vio aparecer, juzgó que era de alguien de la casa. Seguro que tenéis, al leer esto, una gran curiosidad por saber la razón de todo este tejemaneje. Así me sucedería a mí, pues, cuando leí sobre las visiones de este hombre extraordinario, tenía muchas ganas de saber la conclusión. Me detuve, sin embargo, un tiempo, a pesar de mis prisas, para intentar adivinar lo que ocurriría, pero no me vino nada a la mente que me contentara, así que seguí leyendo. Esto es de lo que me enteré.

Después de que monsieur Oufle hubiera esperado, como he dicho, sin que el perro saliera, se informó entre los vecinos de quién podía ser el dueño. Averiguó que era el perro de un sabio alojado en la cuarta habitación de atrás, que era autor de varias obras y que casi todos los días salía el animal por la ciudad y volvía normalmente con la boca llena de algunos huesos o sobras con las que se alimentaba. Añadió Oufle: «¡Qué broma macabra, este hábil hombre ha hallado por su ciencia y sus conocimientos sublimes el arte de alimentar a un perro sin darle de comer!». Sacudió la cabeza marcando con este gesto que esperaba otro misterio. Finalmente, para abreviar, creyó que el sabio era un mago y que se servía de los huesos que su perro iba a buscar para hacer de transporte cuando tuviera viajes que hacer por marr. Se dirá, estoy convencido, que relato muchas tonterías, y yo respondo que no hablaría de ellas si monsieur Oufle no me diera ocasión, si sus autores no hubieran descrito tan bien estas tonterías. Este pobre hombre resultaba risible por sus visiones: lo describo tal y como era para que no corramos el riesgo, con las lecturas, de ser como él. Me parece que mostrar lo ridículo no es mal modo de combatir las opiniones que no son admisibles. En cuanto a mí, en lo que se refiere a los magos, el simple relato que hago de sus fantasías y las descripciones de sus dichos y hechos bastan para impedirme creerlas, pues veo en ellas muy poca apariencia de verdad.

q Se ha dicho que Gregorio VII había aprendido tan bien la magia de Teofilacto y Laurens, discípulos de Silvestre, que hacía salir fuego moviendo los brazos y aplacaba los truenos con su manga. Naudé, p. 400.

r Ollerus, con un hueso encantado, cruzaba vastos mares como si estuviera en un barco. Del Río, Disquisitiones magicæ, p. 124.

p. 159¿Cómo? ¿Creeré, por ejemplo, solo porque se ha dicho, que un mago paseaba el cadávers de una muchacha por donde quería? ¿Que nunca se han podido tocar ciertas manzanas de oro encantadas que estaban colocadas en las torres de un palaciot? ¿Que las gentes fueron retenidas durante varios siglos en cavernasu por magos despiadados, como si estos miserables hechiceros tuvieran un poder supremo para disponer de los hombres a su antojo? ¿Que, cuando un desgraciado o un miserable bribón hace un pacto con el diablo para ponerse a su serviciov, se levantan las tempestades, el aire sopla, el mar se agita y alza la flota como si estos elementos quisieran señalar que se suman al pacto de este bellaco? ¿Creeré que los ríos se van a quitar el sombrero o, mejor dicho, van a saludar a un hechicero con el fin de probar su veneración y su respeto y que, al mismo tiempo que este hechicero recibe dicho homenaje, a mil leguas este detiene con total autoridad las águilas que osan pasarle sobre la cabezaw? ¿Que con no sé qué piedra, o después de haber comido ciertos amuletos, a uno no pueden ni herirlo, ni decapitarlo, ni quemarlox? ¿Que, cuando se lee el grimorio y otros libros sobre conjuros y viene el diablo, este ahoga o estrangula a quien le ha hecho venir si no le da nada para recompensar su esfuerzoy? Cuando se le da, dicen, un simple zapato viejo o una nuez, no hace ningún mal y vuelve muy contento. ¡Qué mentiras! ¡Qué tonterías! Sin embargo, no solo monsieur Oufle, sino una infinidad de personas creen en todas esas patrañas. Sobre ellas se construyen muchas historias que se tienen por ciertas, tanto como si hubieran sido testigos oculares. Sin embargo, todos estos farsantes no han visto nada de lo que cuentan. Solo lo han leído o lo han escuchado contar y, así, si pudiéramos remontar de cuentista en cuentista para hallar la fuente principal, veríamos que el primero fue o engañador o engañado.

Abusamos, por así decirlo, de todos los encantamientos y sortilegios. Si creemos a los demonógrafos, no nos faltarán recursos para conseguir cualquier cosa siempre que haya un hechicero a nuestra disposición, que conozcamos los poderes de la magia y queramos hacer uso de ella. ¿Un criado echó a correr tras haberos robado? La magia hará aparecer dragones y mares para detener su carreraz y lo forzará a regresar a vuestra casa.

¿Deseáis saber lo que se dicen los pájarosaa entre ellos cuando emiten lo que se llama su gorjeo? La magia os lo enseñará muy bien si queréis creer en sus promesas. Con ella os enteraréis de todos sus deseos, sus proyectos y todas sus intenciones.

¿Una mujer desea, cuando se mira en el espejo, saber algo más aparte de su apariencia? Encontrará magos que le fabricarán unobb donde conocerá si le han sido infiel o si la ven tan bella como cree serlo, lo que se dice de su altura y lo que se piensa de su peinado, de sus zapatos o de sus ropas.

s Un mago paseó por donde quiso el cadáver de la célebre arpista de Boulogne mediante un talismán que había atado bajo las axilas de este cadáver y le hizo tocar el arpa como si fuera un cuerpo vivo y animado. Otro mago le quitó ese talismán y el cadáver cayó enseguida al suelo y se quedó inmóvil. Peucer, p. 2, Superst. de Thiers, t. I, p. 130.

t Juan León Africano dice que en lo alto de las torres de Marruecos hay tres manzanas de oro de un precio inestimable que se conservan bien por encantamientos y que los Reyes de Fez no han podido nunca tocarlas por muchos esfuerzos que hicieran.

u Olaus Magnus dice (cap. 19) que se encuentra en la Gotia occidental un gran lago de agua dulce llamado Veten en medio del cual hay una isla agradable y espaciosa y dos iglesias. Bajo una de ellas se halla una caverna a la que no se puede acceder salvo por una larga alameda baja y curva, de una profundidad increíble. Se pasa con linternas encendidas y una madeja de hilo para hallar el lugar por el que se ha entrado. Se va hasta allí para ver a un mago que llamado Gilbert y que está retenido desde hace muchos años por arte mágico y para su desgracia, por Catilo, su propio preceptor, que lo condenó cuando quiso rebelarse contra él y hacerse el amo. Este encantamiento se hizo mediante un pequeño bastón sobre el cual había grabadas algunas letras rusas y góticas que su amo le lanzó y que Gilbert recogió, y enseguida se quedó inmóvil, de modo que no pudo deshacerse de ese pequeño bastón al que se quedó pegado. Nadie se ha atrevido a acercarse a causa de unos vapores malignos. Sin embargo, a menudo van ahí y prosiguen esas historias sin haberlo visto.

v Palingenio cuenta que se levanta normalmente una tempestad que arruina las viñas y las cosechas cuando los magos se reúnen, consagran un libro o se apoderan de un tesoro escondido.

w Se dice que Pitágoras apareció con un muslo dorado en los juegos olímpicos, que se hizo saludar por el río Neso, que detuvo el vuelo de un águila, que capturó una osa, que hizo morir a una serpiente, que cazó un buey que había echado a perder un campo de habas, mediante la única virtud de ciertas palabras, que se hizo ver en el mismo día y hora en la ciudad de Crotona y de Metaponto y que predijo las cosas futuras con tal seguridad que muchos mantienen que fue nombrado Pitágoras porque daba respuestas no menos ciertas y verdaderas que las de Apolo Pitio. Naudé, p. 157. Porfir, In eius vita. Los autores que han hablado de Pitágoras como de un encantador han contado no la opinión que tenían de él, sino los falsos rumores que habían existido desde siempre sembrados entre el pueblo por la malicia de Timón el frisio y sus demás enemigos. Naudé, p. 160.

x Marco Polo asegura (lib. III., cap. 2) que ocho isleños de Zipango no pudieron nunca ser decapitados por los tártaros porque llevaban en el brazo derecho entre la piel y la carne una piedra encantada de modo que solo tuvieron que dar un golpe con ella para provocarse la muerte179.

Odoardo Barbosa dice que los de la gran Java fabrican armas-hadas que hacen a quienes las portan invulnerables. Lo hacen con tanto arte que emplean a menudo dieciocho años para conseguir un par de esas armas, esperando la ocasión de una constelación favorable para trabajar o el momento de una buena elección para dar el último toque.

Un viaje de Libia dice (cap. 17) que los marabúes de Senegal dan a los negros unos billetes que llaman grisgris y que contienen algunas palabras árabes por la virtud de las cuales pretenden ser preservados de muchos inconvenientes y, sobre todo, de los golpes de sus zagales haciendo incluso portar estos grisgris a sus caballos180.

Se habla en un volumen del Mercurio de Francia del encantamiento del cuerpo de guardia de Filisburg, que los suecos no pudieron nunca quemar181.

Senert dice que los soldados armados llevan sobre ellos pequeñas imágenes colgadas en el cuello para hacerse invulnerables. Otros comen billetes. El mundo encantado, t. IV, p. 355.

y El diablo retuerce el cuello a quienes, mientras leen el grimorio, lo hacen venir sin darle nada, ni una zapatilla, un cabello o una paja. Cir.

Del Río dice (lib. II, cuest. 19) que, estando Agripa en Lovaina, un Diablo había estrangulado a uno de sus estudiantes (que leía un libro de conjuros). Ordenó al diablo que entrara en el cuerpo de este estudiante, que le hiciera andar siete u ocho días por la plaza pública antes de salir de él para que no se sospechase que era el autor de su muerte, y que todo el pueblo pensara que había sido de forma súbita y natural.

z Barthelemy Giorgevitz, que ha sido mucho tiempo esclavo entre los turcos, dice en su libro De moribus turcarum que cuando un esclavo huye, su amo escribe en pergamino o en papel el nombre de este esclavo, lo cuelga en su cuarto y después, con conjuros, lo amenaza con quitarle la vida si no viene. Entonces este se imagina ver leones, dragones en su camino o que el mar se lo traga, de modo que está obligado a regresar.

aa Se afirma que el arzobispo Laurens explicaba el canto de los pájaros según la experiencia que tuvo un día, estando en Roma, delante de algunos prelados, cuando encontró de forma fortuita un pequeño gorrión que advertía a los demás por su canto que había un carro de trigo vertido en la puerta mayor y que podían sacarle buen provecho. Gabriel Naudé, Apología de todos los grandes personajes que han sido falsamente sospechosos de magia, p. 414.

bb Fernel dice (lib. I, cap. 2, De abditis rerum causis) haber visto un hombre que, por la fuerza de los hechizos y las palabras, hacía aparecer a los espectros e imágenes en un espejo, los cuales, siguiendo su orden, expresaban en el cristal del espejo por escrito o con dibujos todo lo que quería saber.

p. 160Si queremos vengarnos, causar un profundo daño o provocar muchos estragos, la magia tiene mil medios para conseguirlo. Enseñará a hacer añicos todo lo que hay en la tienda de un alfarerocc, de un fabricante de loza o de un cristalero. Nos dará polvos para criar insectosdd que asolarán todos los bienes de la tierra; enseñará palabras, venenos y conjuros para destruir el trigoee y hacer otros daños; para hechizar a uno con su sombreroff, al otro con sus zapatos o sus zuecos, o con el pestillo de la puertagg; para cambiar el dinero de uno por carbón o por estiércol, o en trozos de cuernohh; para devorar el corazón de alguienii; para hacer desaparecer en los hombres lo que marca su sexojj; para cambiar la fortuna en el juego a quienes van ganandokk; para provocar penas crueles y causar dolores estrepitosos a las mujeres por las cuales uno ha sido engañadoll; para causar la desolación en un apriscomm; para hacer parecer hipócritas a quienes no lo sonnn; para hacer que las mujeres se enamoren y engatusarlasoo; para infectar las provisiones de los navíospp y para provocar la muerte en los hombres y en los árbolesqq. ¿Queremos hacer trucos de magia, ñoñerías, travesuras o maravillas para dar espectáculo y diversión al pueblo? Los diablos, si creemos a los demonógrafos, siempre están prestos a hacer tales bromas. Parece, al escucharlos hablar, que estos desgraciados espíritus están igualmente tan dispuestos a divertir como a atormentar, ya que tienen el poder para ello: no tienen más que quererlo y hacen lo que quieren. Finalmente, parece que el soberano de todos los hombres les da la libertad y el poder de representar roles cómicos o trágicos, según les place. Hemos hablado de los males que pueden hacer (según sus historiadores, evidentemente). Digamos ahora algo sobre los placeres, las alegrías y las diversiones que pueden causar y que, en efecto, han causado (siempre según estos historiadores). ¿Hay algo más agradable que ver una hechicera que baila y salta desde lo alto de una montaña hasta a dos leguas de allírr? Existen, dicen, tales saltadoras. Si vais de caza, detendréis las bestias más feroces y las mataréis a vuestro antojo, siempre que recurráis a algún encantamiento que os amparess; al menos se promete así, pues válgame Dios que yo no me hago garante del éxito de esta caza.

cc Nicetas habla de un mago llamado Miguel Sicidites que hizo aparecer, en presencia de un emperador, en el lugar donde vivía un alfarero, una gran serpiente con la cabeza roja y enfurecida por los giros de las vasijas de este pobre hombre, de modo que se volvió loco, las rompió todas y la serpiente desapareció.

dd Rémy dice que los magos, tras haber recibido del demonio una partícula muy delicada, la expanden y producen una infinidad de insectos que asolan todos los bienes de la tierra. Del Río, Disquisitiones magicæ, p. 141.

Kivasseau decía que los polvos de los magos se hacían con un gato pelado, un sapo, una lagartija y una víbora áspid y que se ponía todo en el hogar, bajo unas buenas brasas, hasta que se convirtiesen en polvo. De Lancre, p. 139.

Los hechiceros fabrican un veneno líquido que ponen en una pequeña vasija de barro agujereada en varias partes en forma de regadera. Vierten este ungüento por los agujeros y lo expanden hasta donde pueden sobre los frutos y, en cuanto es lanzado, surge una nube negra que se convierte en vaho. De Lancre, p. 179.

ee «Carmine laesa Ceres sterilem vanescit in herbam» [Ceres, herida por encantamientos, quedó reducida a estéril hierba]. Ovidio.

Un hechicero provocaba el mal diciendo estas palabras desconocidas: Vach, Vech, Steft, Sty, Stu. De Lancre, p. 507.

Funapio parece llevar razón al reprender a Constantino el Grande por haber tomado tan a la ligera la acusación contra Sóprato el filósofo, uno de sus amigos y familiares que, en tiempos de gran hambruna, había levantado los vientos con sus artes mágicas. Le Loyer, p. 160.

Encuentro en un Tratado de Agobardo, obispo de Lion, compuesto en el año 833, un pasaje que me es tan favorable que no podría evitar contarlo, dice el autor de los Pensamientos diversos sobre los cometas, t. I, p. 290. Este sabio prelado compuso dicho libro para desengañar a una infinidad de personas de la falsa creencia que habían concebido en aquel tiempo, que había encantadores cuyo poder se extendía hasta provocar el granizo, el rayo y las tempestades, todas las veces que quisieran arruinar los bienes de la tierra y que hacían negocios con este arte con los habitantes de un cierto país llamado Magonia, que venían todos los años en navíos por el aire para cargar todos los granos que habían sido arrancados por la tempestad, por los que pagaban un dinero a los encantadores. Se dudaba tan poco de esa creencia que un día ese obispo tuvo que hacer grandes esfuerzos para librar a tres hombres y una mujer del populacho, que los quería lapidar, porque pensaban que habían venido en los navíos.

ff Estaba un niño pequeño dando la paz en la iglesia de Mendiondo en Labourd. Se le cayó el sombrero al suelo, una maga lo levantó so pretexto de hacer una buena obra. El niño se puso muy malo en cuanto se lo colocó en la cabeza y murió días después. De Lancre, p. 138.

gg Un pobre joven había dejado sus zuecos para subir una escalera. Una maga puso dentro veneno, lo que le dejó cojo para siempre. Ibid. Los magos engrasan los picaportes de las puertas para hacer morir a las personas, lo cual ocurrió en Ginebra en 1563. Ibid.

hh Un hombre que había recibido dinero del demonio no encontró en él más que carbón o estiércol. Del Río, Disquisitiones magicæ, pp. 148 y 149.

Fausto y Agripa pagaron en un viaje a sus anfitriones con una moneda que parecía buena, pero, unos días después, mutó en trozos de cuerno. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 113.

ii Pietro della Valle habla (carta 17) de algunas brujas que, solo con mirarlas, se comen el corazón de los hombres y, a veces, el interior de los pepinos.

jj En Alemania hay hechiceros que hacen esconder y quitar del vientre las partes vergonzosas. Demon. de Bodin, p. 129.

kk Un tal Cesáreo Maltesio cambiaba las figuras de las cartas en las manos de los jugadores. Del Río, Disquisitiones magicæ, p. 34.

ll Se dice que una cortesana romana dejó colgado a Virgilio en la entreplanta de una torre en una cesta. Este, para vengarse, hizo apagar todo el fuego que había en Roma, sin que fuera posible volver a encenderlo si no se lo tomaba de las habitaciones secretas de esta bromista, con lo que, como este fuego no podía salir de ellas, cada uno tenía que ir a verla y visitarla. Naudé, p. 447.

mm Los diablos enseñan a los magos a poner bajo el quicio de la puerta del aprisco que quieren arruinar un puñado de cabellos o un sapo, [y pronunciar] tres maldiciones, para dejar raquíticos y provocar la muerte a los corderos que pasan por debajo. Cir.

nn Trois-Échelles transformó el breviario de un cura en un juego de cartas. Bodin, p. 266.

oo Se dice que, mientras Luis Gaufredy leía un libro de magia, el diablo se le apareció y se pusieron a conversar. El cura se entregó a él a cambio de que el diablo le diera los medios para pervertir a tantas mujeres y muchachas como quisiera simplemente soplándoles en la nariz. De Lancre, p. 177.

En la corte del emperador Manuel había un mago llamado Seth que hizo que una muchacha se enamorara perdidamente de él mediante un melocotón, en cuanto ella se lo puso en su seno. Nicetas, lib. IV, Histor.

pp Unos brujos se subieron a lo alto del mástil de un navío y desde allí lanzaron polvos infectados con veneno. Los pobres marineros pusieron todo a secar al borde del mar. De Lancre, p. 94.

qq Plinio dice (Hist., lib. 7) que hay en África familias de hombres que causan la muerte a los árboles, los niños, los caballos y los rebaños, a fuerza de alabarlos.

Aulo Gelio dice en sus Noches antiguas que en África se encuentran familias que hechizan mediante el habla y que, cuando alaban, provocan la muerte a los árboles, los animales y los niños.

rr Una maga saltó desde lo alto de una montaña hasta un lugar situado a más de dos leguas. De Lancre, p. 210.

ss Filóstrato dice que los egipcios hacen caminar a los dragones, que los encantan con ciertas palabras para cortarles la cabeza con más seguridad y que, a menudo, utilizan algunas piedras que los hacen invisibles, como Giges182.

Wier asegura haber visto un hombre detener a los animales salvajes con una palabra hasta que los mató.

p. 161¡Qué cosa más bonita es un diablo que, al ver un hechicero muy intrigado por no poder entrar en un lugar, se transforma en ratón o en algún otro animal tan pequeño, entra por un agujerott y, después, abre desde dentro la puerta a su amigo! ¿Cómo se atreve a usar esta metamorfosis? Ya que tiene el poder de tomar una forma así, aparentemente lo tiene también para entrar sin ella en la cerradura y abrirla a voluntad. Pero cuando se trata de diabluras, sortilegios y encantamientos, no hay que hacer tantas preguntas. Molestarían demasiado a los encantadores, magos y diablos.

¿Tiene usted mucho trigo sembrado y listo para ser segado? No busque segadores, un hechicero le ahorrará el gasto. Comprad solo una guadaña. Hará con ella tanto trabajo como el que podría hacer el más hábil segador. La veréis volar de un extremo de vuestro campo al otro sin que la sujete ninguna mano y, después, todo vuestro trigo estará en el suelo. Al menos así se espera que pase e incluso se ha dado un ejemplouu. Pensad si es razonable darlo por hecho.

¡Estaríais muy sorprendidos si, durante uno de esos hermosos días de los más claros del verano, a la hora del mediodía, vierais de golpe el sol oscurecerse y las tinieblas expandirse por la tierra! Un mago puede sin embargo, según se dice, ofrecer este espectáculovv.

Para que los cráneos de cabezas de muertos que se encuentran en los cementerios no os den tanto miedo, aprended de los demonógrafos que depende de vos el utilizarlos para pronunciar unos oráculosww, o para dar respuestas acertadas a todas las preguntas que se os hagan. Como veis, la magia hace uso de todo, nada es inútil en ella.

Si se teme a las serpientes, estas se harán tan poco malignas y tan dóciles que podrá uno divertirse con ellas y hacerlas bailarxx. ¿Esta danza será alegre? ¡Qué agradable baile sería aquel que se compusiera de cuatrocientas o quinientas serpientes bailando minuetos, gavotas, sissones y zarabandas con la punta de sus colas y elevándose al mismo tiempo en el aire para hacer bellas cabriolas184!

Pero he aquí un espectáculo que sería mucho más admirable que el de la danza de las serpientes. Imaginaos un hombre en un teatro que lanza a otro al aire, que lo desgarra y lo hace trozos, que toma a continuación un niño, corta su cuerpo en dos mitades, y después corta la cabeza a un tercero. Esto es un verdadero espectáculo de terror, ¡no os estremezcáis más! El mago restablece al hombre, al niño y recoloca las cabezas cortadas en su lugar. Estas personas cortadas y hechas trozos estarán tan sanas y enteras como lo estaban antes de esta horrible operaciónyy. Si no queréis creerme, informaos en los libros de los hechiceros, os darán ejemplos. A decir verdad, prefiero que os lo aseguren ellos antes que yo.

tt Si se quiere entrar en lugares muy estrechos, el diablo aparece como una veleta, o como un ratón, y abre, a continuación, en secreto, la puerta al hechicero. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 96.

uu Simón el Mago pidió a una guadaña que segara ella misma y ella hizo tantas obras como el obrero más hábil. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 40.

vv Marco Veneciano dice en su viaje por Asia que los tártaros producen tinieblas cuando y donde quieren.

ww Francisco Pico de la Mirandola dice (lib. 7, cap. 10, De pra. rer.) que en su tiempo había un mago famoso en Italia que tenía un cráneo de muerto en el cual los demonios daban respuestas cuando se colocaba de espaldas al sol. Le Loyer, p. 413.

Melchor de Flavin, cordelero de Toulouse, dice (Libro del estado tras la defunción de las almas) haber conocido un hechicero en Roma que hacía hablar a un demonio en el cráneo de un muerto. Id., pp. 413 y 414.

xx Los habitantes de la costa de Coromandel y algunos de los cingaleses y malabares saben encantar serpientes, de modo que, con sus cantos les hacen bailar183. Cuando alguien va a prestar juramento le hacen poner la mano en una vasija donde hay una serpiente. Si no recibe ningún ataque, se toma su juramento por verdadero. Pero, si es picado, se le tiene por perjuro. Invocan a las serpientes más grandes y más pequeñas serpientes con el fin de no recibir ningún daño. Baldeus. Pirard.

yy Un judío llamado Sedecías lanzó a un hombre al aire, lo hizo trozos y, después, le restableció en su forma primera. Del Río, Disquisitiones magicæ, p. 121.

Un mago cortó la cabeza de un lacayo en presencia de varias personas para divertirlas y con la idea de reponerla, pero, cuando se propuso reestablecer esta cabeza encontró a otro mago que se lo impedía. Y, viendo que por muchos ruegos que hiciera se obstinaba en querer impedírselo, hizo brotar de súbito un lirio sobre una mesa, le cortó la punta y su enemigo cayó al suelo, decapitado. Después restableció la del lacayo y se fue. C. Germain, lib. I. De Lamis, cap. 3, n. 19.

Simón el Mago se ofreció a que le cortasen la cabeza con la promesa de resucitar en tres días. El emperador lo hizo ejecutar y, con sus prestigios, tomó la cabeza de un cordero en lugar de la suya y tres días después se hizo visible. Clemens, lib. II, Recognit. et in Histor. S. Pedr.

Los Durmiffals de Turquía, que son unos religiosos mahometanos, encantadores y magos vagabundos, cortan a los niños de siete a ocho años por la mitad, después los reúnen sin que se pueda observar ninguna cicatriz. De Lancre, p. 342.

p. 162¿Queréis un festín magnífico, hecho por encantamiento? Los demonógrafos van a dároslo, preparaos para ver cosas muy extrañas. Imaginad, para ello, y con el fin de que todo sea más prodigioso, que este festín se debe hacer en un campo, bajo unos riscos, regado por un río que pasa por el medio y en él pacen varias vacas y toros. Como este río, estos toros y estas vacas podrían molestar, el mago desviará el ríozz para darle otro curso; hará retirar las vacasaaa e incluso los toros, por muy furiosos que esténbbb. Cuando esté el lugar vacío, hará aparecer un jardín rodeado de árboles cargados de frutos y, sobre estos árboles, pájaros para divertiros con una melodiosa sinfoníaccc. Condensará y espesará el aire y hará una muralladdd para rodearlo, de modo que no seréis molestado por la visión de ningún transeúnte. Después de todo eso, una mesa cargada de los más exquisitos platos aparecerá ante vuestros ojoseee. La suntuosidad será justo como la habíais deseado, pues los señores magos son personas, si queremos creer las historias que se cuentan, que manejan de tal modo a todos los seres que hacen con ellos lo que quieren. Aparentemente querréis beber algo fresco: no tendréis más que decirlo, caerá tanta nieve como pidáisfff para satisfacer vuestra exquisitez. Pero ¿quién os servirá? ¿Quién enjuagará los vasos? ¿Quién cambiará vuestros platos? ¿Quién os dará de beber? Si no queréis ver a quienes se ocupen de tales funciones, harán venir a unos espíritus invisiblesggg; si los queréis ver, dos o tres mangos de escoba trotarán, irán y vendránhhh y os presentarán pronto y exactamente todo lo que sea necesario. Durante vuestra comida, para alegraros la vista, harán bailar las piedrasiii de las que he hablado y, entonces, darán saltos tan ligeros como si se hubieran convertido en marionetas. Por poco que vos, en honor de quien se hará, supongo, el festín, por poco, digo, que queráis divertir a vuestros convidados y hacerles alguna broma, no tendréis más que decírselo a vuestro mago y él cambiará sus manos por pies de bueyjjj cuando quieran ponerlas en los platos para comer, o bien os dará el poder de atraer sus platos, sus cubiertos, sus vasoskkk y otros utensilios de mesa a medida que quieran servirse. Finalmente, cuando lo deseéis, todo desaparecerá y, si estáis lejos de vuestra casa, no os preocupéis por buscar un coche que os pueda llevar; el mismo palo de escoballl que os haya dado de beber os servirá como caballo y os transportará de forma ligera y sin sobresaltos a cualquier parte donde queráis ir.

zz Una hechicera cambió el curso de un río. «Fluminis haec rapiditurmine vertit iter» [«Con sus hechizos desvía el cauce de los rápidos ríos»]. Tibulo, Eleg. 2.

aaa Pitágoras, al ver un día en Tarento un buey que pacía en un campo de habas, le dijo algunas palabras en la oreja, lo cual le hizo dejar de comer para siempre esas habas. Ya nunca le llamaron simplemente buey, sino buey sagrado y, en su vejez, no se alimentaba más que de lo que los campesinos de daban cerca del templo de Juno. Porfir, In eius vita.

bbb Grilland dice que en tiempos de Adriano VI un mago puso con sus encantamientos a un toro salvaje tan suave como un cordero.

ccc Un médico judío llamado Sedequías hacía aparecer en pleno invierno un jardín lleno de árboles, hierbas, flores y pájaros cantores. Del Río, pp. 33 y 112.

ddd Neckam dice que Virgilio había rodeado su casa y su jardín en el que no llovía, con un aire inmóvil que le servía como muro. Naudé, p. 446.

eee Hemos leído acerca de un cierto impostor llamado Pasete, que hizo aparecer un banquete suntuoso y después desaparecer en cuanto se sentaron a la mesa. Agripa, De la vanidad de las ciencias, cap. 48.

fff Una hechicera disipaba las nubes, dejando el cielo despejado, y producía las nieves en verano.
Cum libet, hac tristi depellit nubila calo:
cum libet, astivo convocat orbe nives.
[Cuando le viene en gana, ella despeja de nubes el triste cielo:
Cuando le viene en gana, hace nevar en pleno estío.]

ggg En la mesa del gran Cham de Tartaria los magos hacen que les sirvan a veces espíritus invisibles. Le Loyer, p. 334.

hhh Pancracio construyó en Egipto un bastón o un mango de escoba que vistió como un hombre y, tras haber pronunciado algunas palabras, se veía andar a este bastón por la casa y hacer lo que hiciera falta y, cuando todo estaba hecho, lo devolvió a su primera forma. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 184.

iii Godofredo de Monmouth representa (lib. V, cap. 5) la danza de los gigantes o de las grandes rocas y piedras que Merlín transportó a Inglaterra para erigir un trofeo que se uniría a la ciudad de Ambrosiópolis. Naudé, p. 321.

jjj Zitón el bohemio cambiaba a veces en sus festines las manos de los convidados por pies de buey para que no pudieran coger nada de los platos que se les servían. Del Río, p. 112.

kkk Cesáreo Maltesio, al mover un florero de cristal, atrajo a los floreros que estaban al otro lado de la mesa, t. I, p. 34.

lll Monstrelet menciona a un Doctor en Teología llamado Andelin quien, para disfrutar de sus placeres, se entregó a Satán, le rindió honores y fue a buscarlo a caballo sobre un bastón.

p. 163Otra maravilla es la camisa protectorammm; ¡encantadora y cómoda invención! Pues se afirma que, cuando se lleva puesta, se está a salvo de muchos males. ¡Qué buena compra para una lavandera, que debería tener de sobra185! ¿Cómo puede ser que no se vean estas camisas habitualmente? Una cosa tan útil debería, me parece, ser muy común; sin embargo, no se dice ni palabra o no se la conoce más que en algunos libros. ¡Ah! Parece que es porque no se prevén beneficios en su comercialización.

Todos los días se queja la gente de que el dinero escasea; no saben, dicen, dónde conseguirlo, ni siquiera en los negocios. ¿Cómo es que los magos no ponen remedio a semejante escasez? ¿Cómo es que no distribuyen por todos sus países y en abundancia ese precioso metal que ellos pueden producir tan fácilmente? No tienen, como se quiere hacer creer, más que sacar unos hilosnnn de sus ropas y se convertirán en tantas monedas como haya en curso. Y así una brizna de tela podría enriquecer a varios de aquellos que profieren todos los días tantas exclamaciones quejumbrosas sobre las penurias de su tiempo; les bastaría incluso con darles algunos papelesooo que no habría más que sacudir para que se convirtieran en pistolas186. ¿No será que estos bribones hechiceros, que no tienen más obligaciones que su propio beneficio, se contentan con llevar consigo algunos luises de oro u otras monedas con los que comprar lo que necesitan para vivir cómodamente y que después, entrando estas en una circulación perpetua, vuelven siempre a su bolsappp? Me cuesta, sin embargo, creerme esta opinión acerca de ellos porque no suelen ser más que unos miserables que carecen de todo.

Hacer salir las almas de los lugares en los que están después de su muerteqqq, hacerlas caminar ante sí transfiguradas en sombrasrrr, como si fueran satélites187, para dar paso al hechicero, todo eso no es ningún prodigio para la magia; pues parece ser un simple juego para ella, una pequeña muestra de sus poderes. ¿No se diría, considerando estos supuestos poderes, que las almas de los difuntos no tienen ningún lugar asegurado y fijo en el otro mundo, puesto que no depende más que de un miserable mago el sacarlos de los lugares en que habitan para hacerlos venir donde él quiere? Si los hechiceros tienen tanto poder sobre las cosas del otro mundo, ¿debemos sorprendernos de que se les atribuya también sobre las de este, como, por ejemplo, producir nubes y tempestadessss cuando les place; construir palacios y torres extrañas para llenarlas de maravillas y hacerlas desaparecerttt; dar a las mujeres encantos insoportables para someter el corazón de los hombres, incluso de los más grandes príncipes, y ser seguidas por todas partesuuu; capacitar tanto para hablar como para pensar a los animales vivosvvv y a su representaciónwww; matar hombres abatiendo estatuasxxx; hacer subsistir misteriosamente monstruos furiosos en el agua, bajo edificiosyyy; conceder la victoria en toda clase de disputaszzz; unir todas las serpientes de una comarca en un lugaraaaa; transformarse en mariposa cuando se es perseguidobbbb; conceder el talento de triunfar en la poesíacccc; hacer que uno no pueda jamás hundirse en el aguadddd aunque no sepa nadar; no tener más que tirar el sombreroeeee del lado del país adonde se quiere ir para transportarse allí enseguida; hacer engordar horriblemente a alguien que se detesta y hacer un corral en su vientreffff*; volar en el aire y transportarse en un carro de fuegogggg; obligar a los árboles a saludar y hacer un cumplido cuando se pasa debajo de elloshhhh; hacer salir niños de una fuente sin que se les haya puesto allí y sin que hayan entrado en ellaiiii; producir montañas y ríos lanzando piedras y agua tras de síjjjj; hacer invisiblekkkk; aparecer con dos rostrosllll; sacar personajes de un tapiz y hacerlos combatirmmmm; atraer a su hogar el trigo o la leche o los árboles de sus vecinosnnnn; levantar sobre la cabeza de un hombre cuernos muy vergonzososoooo; afligir a los recién casados con un maleficio de los más peligrosospppp y hacer que hieleqqqq al mismo tiempo que se elimina el efecto de esta cruel operación, maleficio contra el cual la misma magia y otras prácticas supersticiosas enseñan protecciones y remediosrrrr, mientras que lo más seguro sería trabajar para curar la imaginaciónssss?

mmm Los alemanes llevan la camisa de necesidad confeccionada de una manera detestable y con muchas cruces por todas partes, para estar protegidos contra todos los males. Bodin, p. 57.

nnn Cuando una joven del Marquesado de Brandeburgo arrancaba pelos de la ropa de alguna persona estos pelos enseguida se metamorfoseaban en monedas del país. P. Melanchton, en una de sus Epístolas.

ooo Se lee en el libro octavo de la antología de relatos de Gilbert Cousin, de Nozeroy, que un papel fue dado por un desconocido a un joven hombre de quince años del que debían salir monedas de oro, tantas como quisiera, a condición de que no abriera ese papel, que estaba doblado. Sacó algunos escudos, lo abrió a continuación por curiosidad y lo lanzó al fuego, en donde estuvo una media hora sin poderse consumir.

ppp Un hechicero, cuando compraba algo y sacaba buen dinero, pagaba refugia pecunia; los denarios que dio le volvieron enseguida a él. De Lancre, p. 194.

Pasetes, famoso mago, compró cosas a buen precio, después, por el artificio del demonio, el dinero regresaba siempre a su bolsa. Guill. de Paris.

Magos y magas han declarado que el diablo les daba una cierta moneda que desaparecía de su bolsa si no la empleaban en 24 horas. De Lancre, p. 396.

qqq Un autor célebre dice que el emperador Heliogábalo era tan sabio en la magia que mediante sortilegios y encantamientos hizo salir de los infiernos las almas de Severo y Cómodo, con quienes hablaba para conocer las cosas por venir. Dión. Xifilino.

Una bruja abría la tierra con su canto y hacía salir las almas de los difuntos. «Haec cantu finditque solum, manesque sepulchris» [Ella con sus hechizos abre la tierra y hace salir a los manes de sus sepulcros]. Elicit. Tibulo, Elegía 2.

rrr Anastasio de Niza dice que Simón el Mago se hizo preceder, andando, de varias sombras que decían ser las almas de los difuntos.

sss Roger Bacon prometía producir artificialmente nubes, hacer sonar el trueno y agitar el aire, y, a continuación, transformarlos en lluvia. Gaffarel, p. 365. El pueblo cree al menos esto sobre los magos.

ttt Don Rodrigo, usurpador del reino de España, al no tener dinero para formar pronto un ejército que pudiera hacer frente a sus enemigos, decidió expugnar un lugar llamado La Torre encantada, cerca de Toledo, en el que se decía que había un tesoro que nadie antes que él había osado buscar. Esta torre estaba entre dos rocas escarpadas a media legua, al este de Toledo. Bajo el suelo se veía una cueva muy profunda separada en cuatro cúpulas diferentes, a través de una abertura muy estrecha, tallada en la roca, que estaba cerrada por una puerta de hierro que tenía, se dice, mil cerraduras y otros tantos cerrojos. Sobre esta puerta había algunos caracteres griegos que se interpretaron de diferentes formas, pero la opinión general era que predecía la desgracia para quien la abriera. Rodrigo hizo varias llamaradas que el aire de la cueva no podía apagar, y tras forzar esa puerta, entró él mismo seguido de muchas personas. En cuanto dio unos pasos se encontró en una sala muy bonita llena de esculturas en medio de la cual había una estatua de bronce que representaba el tiempo sobre un pedestal de tres codos de alto. Esta estatua tenía en la mano derecha un manojo de armas con las que golpeaba de vez en cuando el suelo, y cuyos golpes resonaban en esta cueva haciendo un ruido horrible. Rodrigo, bien lejos de asustarse, aseguró a este fantasma que no venía para perturbar este lugar donde vivía y le prometió que saldría en cuanto hubiera visto todas las maravillas que allí había. Y, entonces, la estatua dejó de golpear el suelo. El rey, animando a los suyos con su ejemplo, hizo una visita exacta de esta sala a la entrada de la cual había una gruta redonda de la que brotaba una especie de géiser que hacía un ruido horrendo. En el estómago de la estatua estaba escrito en árabe, «hago lo que debo» y en la espalda, «socorro». A la izquierda, contra el muro, se leía: «desgraciado príncipe, tu mala fortuna te ha traído aquí». Y, en el lado derecho: «serás depuesto por naciones extranjeras y tus súbditos serán castigados como tú por todos sus crímenes». Rodrigo, tras satisfacer su curiosidad, se dio la vuelta y, en cuanto hubo dado la espalda, la estatua reinició sus golpes. El príncipe cerró de nuevo la puerta y taponó incluso el lugar con tierra para que nadie pudiera entrar en el futuro. Pero esa misma noche se escucharon por aquellos confines grandes gritos que precedieron un rayo espantoso, parecido al de un gran trueno, y, al día siguiente, ya no estaba la torre, ni casi ningún vestigio de lo que había hecho único este lugar. Abulcasin (Tarif-Aben-Tarich), que escribió en árabe la Historia de las conquistas de España por los moros, traducida al francés poco después. Viajes históricos de Europa, por monsieur Jordan.

uuu Una maga, para conseguir el amor de un joven, puso bajo la cama, en un frasco, un sapo con los ojos cerrados, de modo que este joven dejó a su mujer y a sus hijos sin volver a acordarse de ellos. Su mujer descubrió el conjuro, lo quemó y su marido volvió. Del Río, p. 422.

Francisco Petrarca, hablando en una Epístola de su viaje por Francia y Alemania, dijo que un cura le contó en la ciudad de Aix esta historia. Carlomagno, tras haber conquistado varios países, se enamoró tan perdidamente de una mujer que no solo descuidó los negocios de su reino sino incluso el cuidado de su propia persona. Tras la muerte de esta mujer, su pasión no se extinguió, de modo que continuó amando su cadáver, cuidándolo y acariciándolo como había hecho antes. El arzobispo Turpin, al enterarse de lo mucho que duraba esta horrible pasión, fue un día, en ausencia del príncipe, al cuarto donde estaba el cadáver para visitarlo y ver si podía encontrar algún detalle que fuera la causa de esta turbación. Halló, en efecto, en la boca, bajo la lengua, un anillo y lo cogió. Ese mismo día cuando Carlomagno regresó a su palacio, se extrañó mucho de encontrar un cadáver tan maloliente, y como despertándose de un profundo sueño, lo mandó sepultar enseguida. Sin embargo, la misma pasión que había sentido por ese cadáver la tuvo por el arzobispo que llevaba este anillo. Le seguía por todas partes y no podía separarse de él. Este prelado, viendo tal furor, lanzó a un lago el anillo para que nadie pudiera nunca utilizarlo. Finalmente, Carlomagno quedó siempre tan apasionado por ese lugar que no salió de la ciudad de Aix. Construyó un palacio y un monasterio donde pasó el resto de sus días y quiso ser enterrado. Ordenó, dicen, en su testamento que todos los emperadores de Roma fueran coronados en ese sitio. Investigaciones de Pasquier, lib. V, cap. 31. La justicia criminal de Francia, distinguida por los más notables ejemplos, desde el establecimiento de la monarquía hasta nuestros días (1622), por Maître Laurent Bouchel, abogado en la Corte parlamentaria, tit. 15, cap. 7, pp. 553-554.

vvv Paul Grilland refiere (lib. De Sortileg., sec. 7, n.° 24) haber visto quemar una hechicera en Roma que se llamaba Francisca de Siena que hacía hablar a un perro delante de todo el mundo.

Cedreno cuenta, basándose en unas falsas Actas de san Pedro, que existían aún en su época, que Simón el Mago tenía en su puerta un gran dogo que devoraba a aquellos a los que su amo no dejaba entrar. San Pedro, que quería hablar con Simón, ordenó a este perro que le dijera en lenguaje humano que Pedro, el siervo de Dios le llamaba. El perro cumplió esta orden para gran sorpresa de quienes estaban entonces con Simón. Sin embargo, Simón, para hacerles ver que no sabía menos que san Pedro, ordenó al perro que fuera a avisar de que iba a entrar, cosa que hizo inmediatamente.

www Los cuatro pájaros de oro que los magos de Babilonia llaman las lenguas de Dios hacían discursos completos para convencer al pueblo de la fidelidad y el amor que debían a su príncipe. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, pp. 99 y 28.

xxx Teófilo, emperador griego, viéndose obligado a restablecer el orden en una de sus naciones, que se había sublevado bajo el liderazgo de tres capitanes, consultó al patriarca Juan, gran mago188. Este le aconsejó que construyera tres grandes martillos de bronce y los pusiera en las manos de tres hombres robustos, cosa que hizo. A continuación, Juan llevó a estos tres hombres hacia una estatua de bronce con tres cabezas en el euripe del circo189, donde abatieron dos de esas tres cabezas con los martillos y solo colgaron del cuello a la tercera sin abatirla. Después, tuvo lugar una batalla entre los lugartenientes de Teófilo y los rebeldes. Dos capitanes fueron asesinados. El tercero quedó herido e impedido para proseguir el combate. Zonare, t. III de sus Anales.

yyy No creo que haya nada más alejado de la posibilidad de las cosas que el encuentro en el que Merlín proclamó sus bellas profecías. Sabía que al rey Worttigernus le aconsejaron sus magos que construyera una torre inexpugnable en algún lugar de su reino donde pudiera quedar a salvo de los sajones, que había hecho venir de Alemania. Cuando quiso construirla, en cuanto se pusieron los cimientos, la tierra los engulló en una noche y no dejó ningún vestigio, por eso los magos lo convencieron de que les hacía falta mojarlos, para hacerlos más estables y firmes, con la sangre de un bebé que naciera sin padre, como el propio Merlín descubrió, tras una larga búsqueda. Este, llevado ante el rey, habló primero con los magos y les enseñó que bajo los cimientos de esta torre había un gran lago y que bajo ese lago había dos grandes y furiosos dragones, uno rojo, que significaba el pueblo de Bretaña o Inglaterra; el otro, blanco, que representaba a los sajones, los cuales en cuanto fueron descubiertos iniciaron un furioso combate, ocasión que hizo llorar al profeta Merlín como una mujer y cantar sus predicciones sobre el estado de Inglaterra. Naudé, Apología de todos los grandes personajes que han sido falsamente sospechosos de magia, pp. 320, 321.

zzz Teodoro Tronchin, profesor de Teología en Ginebra, afirma que Cajet contactó con Satán bajo el nombre de Terrier, príncipe de los espíritus subterráneos, con la condición de que se implicase en las disputas contra los religiosos y que triunfase en el conocimiento de las letras. Dicc. Crit., t. 2, p. 713.

aaaa Un mago, tras haber obligado mediante encantamientos a un gran número de serpientes a que se metieran en una fosa, fue muerto por una de ellas que era vieja y de un tamaño prodigioso. Del Río, p. 153.

bbbb Una hechicera se tornó en mariposa para evitar que la persiguieran. De Lancre, p. 313.

cccc Hay niños que se dan al diablo para construir bien los versos, y lo consiguen. Id., p. 176.

dddd Los Tebienos, hechiceros, mataban a los hombres con su aliento y no podían sumergirse en el agua190. Le Loyer, p. 326. Los demonios que estaban en el cuerpo de los hechiceros les impedían sumergirse. De Lancre, p. 11.

eeee El rey Eric se transportó hacia el lado adonde giraba su sombrero. Del Río, p. 175.

ffff Una mujer hechizada se puso tan gorda que su vientre le cubría el rostro. En él se escuchaba el mismo ruido que hacen las gallinas, los gallos, los patos, los pájaros, las ovejas, los bueyes, los cerdos y los caballos. Del Río, p. 193.

gggg Wier dice (Lib. de prestigiis) haber visto en Alemania un mago acróbata subir al cielo ante el pueblo a pleno día y, como su mujer lo enganchó por las piernas, también se elevó. La dama de llaves siguió a su ama y se quedaron en el aire de este modo bastante tiempo. Bodin, pp. 431 y 432.

Se vio en Roma, bajo el reinado del emperador Claudio, a Simón, el famoso mago de la ciudad de Gita, transportado sobre un carro de fuego, volar como un pájaro en medio del aire. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 28. Se añade que san Pedro le hizo caer con sus plegarias, de modo que se rompió las piernas. San Clemente, lib. VI, constit. cap. 9. Arnobio, Advers. gent. Id., p. 41.

hhhh Tespesio, príncipe gimnosofista, para demostrar que podía encantar los árboles, pidió a un gran olmo que saludara a Apolonio, cosa que hizo, pero con una voz fría y afeminada. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 995.

iiii Un día, Yámblico, mientras se bañaba en los baños de Siria, hizo salir de dos fuentes, golpeando el agua con su mano y, pronunciando en secreto algunas palabras, a dos niños pequeños que fueron a abrazarlo. Después los hizo retirarse a sus fuentes. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 1060.

jjjj Unos magos tirando piedras tras ellos formaron montañas y lanzando agua produjeron ríos. Le Loyer, p. 329.

kkkk El anillo de Giges le hacía invisible a los ojos de los hombres cuando se lo ponía hacia la mano y visible cuando lo giraba para fuera. Heródoto, lib. I. Cic., lib. III, Ofic. San Greg. de Naz., Him. 11. Thiers, t. I, p. 361.

Simón el Mago se hacía invisible cuando quería. San Clem. lo reconoce. (lib. II, Constit. Apostól.) Se dice incluso que formaba hombres en el aire en un momento, que hacía moverse las estatuas de bronce y mármol, que pasaba a través de las llamas sin quemarse y que volaba por medio de los aires. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 40.

llll Simón el Mago aparecía a veces con dos rostros. Ibid., Del Río, p. 124.

mmmm Un mago hacía salir de un tapiz a nueve héroes y los hacía combatir. Le Loyer, pp. 471 y 472.

nnnn Unos magos hicieron llegar hasta sus graneros el trigo de sus vecinos. Turnebus. Del Río, p. 141.

Una maga hacía que el Diablo sacara la leche de las vacas de sus vecinas y la llevara hasta su casa.

Un hereje de Chizicho, de la secta de los pneumatómacos, por su arte, según Anastasio de Niza (Questionib. in Sacr. Script.), trajo un olivar del campo de su vecino a su casa para que diera sombra en su ventana y que a los estudiantes no les molestara el sol191.

oooo Zitón el bohemio, viendo personas en las ventanas prestas a observar algún espectáculo que contentase su curiosidad, hizo que les salieran en la frente altos cuernos de ciervo para impedirles retirarse de sus ventanas cuando quisieran. Del Río, p. 112.

pppp Un rey de Egipto tuvo por un tiempo los cordones atados. Heród., lib. II. Eulalio fue también encantado y atado por sus concubinas. Gre. Turon., lib. X, cap. 8, Brunegilda impidió mediante sortilegio la conformidad del matrimonio de la hija de España con el rey Teodorico. Amonio, lib. III, cap. 94. Un judío causó el divorcio entre el rey Pedro de Castilla y la reina, su esposa. Rodrigo Sánchez de Arévalo, Compendiosa Historia Hispanica, p. 4, cap. 14.

En la crónica de Albertus Argentinensis se dice que Margarita, que se había casado con el conde Juan de Bohemia, vivió más de tres años con él sin poder unírsele, por lo que el matrimonio fue disuelto.

La ley de Carlomagno dice: «Si vir et mulier coniunxerint se in matrimonium, et postea dixerit mulier de viro, non posse nubere cum eo; si potest probare quod verum sit, accipiat alium» [Si un hombre y una mujer se unieran en matrimonio y después la mujer dijera de su marido que no puede tener relaciones con él, si puede probar que eso es cierto, que tome a otro hombre en matrimonio]. Capitul., lib. VI, cap. 55.

qqq Una tradición dice que hiela todas las veces que se le deshace el nudo de agujeta a alguien. Respuesta a las preguntas de un provincial, t. I, p. 297.

rrrr Para favorecer que se consume el matrimonio hay que llevar un anillo en el que se incruste el ojo derecho de una comadreja*. El sólido tesoro de Petit Albert, p. 14.

«Si quis die aliquo, cum radiosuss sese sol superat ex mari, et ter pronunciet Yemon; res maritalis prius maleficio funerata, revivescet (Autor ridet)» [Si un día alguien, cuando el sol asoma por encima del mar, pronuncia tres veces Yemon, sus asuntos maritales, antes muertos por causa de un maleficio, revivirán (el autor se ríe)]. De idolatria magica. Dissertatio Johanss. Filesaci. Theologici parisiensis, t. XXVIII.

Comer siempreviva para romper el maleficio del nudo de agujeta [impide consumar el matrimonio] que nos apena. M. Thiers, t. I, p. 170192.

Para liberar a aquellos que tienen la agujeta atada y romper ese hechizo, es necesario que el esposo orine en el anillo nupcial o que la esposa defeque en el zapato de su esposo. Si huele mal, se curará de su enfermedad. Flavio Josefo, Contra Apionem [Contra Apión], Alex. Cardano, lib. XVI, De rerum varietate [Sobre la variedad], p. 89.

Para ser curado de un maleficio de casamiento se dice que hay que hacer que la mujer orine dentro de un anillo. Respuesta a las preguntas de un provincial, t. I, p. 297.

Los antiguos cantaban ciertos versos en la solemnidad de las nupcias para favorecer que el matrimonio se consumiera. «Versus canebantur in nuptiis, quia fascinum putabantur arcere» [Cantaban versos en las bodas, pues pensaban que alejaban los maleficios]. Sexto Pompeyo Festo193.

Plinio dice (lib. XXVIII, cap. 19) que, si se unta grasa de lobo en el quicio y las jambas de las puertas, cuando los recién casados vayan a acostarse juntos no serán hechizados.

ssss Un conde de alta alcurnia, dice Montaigne (lib. I, pp. 105, 106), de quien yo era amigo íntimo, al casarse con una hermosa dama que había sido solicitada por uno de los que asistían a la boda, inquietaba mucho a sus amigos, principalmente a una vieja dama, pariente suya, que presidía las nupcias y en cuya casa tenía lugar la ceremonia. La dama era temerosa de estos encantamientos, como me confesó. Le rogué que confiase en mí. Por fortuna, tenía yo en mi cofre una pequeña moneda de oro delgada en la que había grabadas algunas figuras celestes que eran remedio eficaz contra la insolación y para quitar el dolor de cabeza colocándola justo en la sutura del cráneo. Para sujetarla, estaba cosida a un lazo que podía colgarse bajo el mentón. Esta tradición es idéntica a esta de la que estoy hablando. Jacques Pelletier, que vivió en mi casa, me hizo este singular regalo. Me propuse sacarle algún partido y le dije al conde que podría correr la misma fortuna que los otros, al haber allí hombres que quisieran jugársela. Añadí que fuera enseguida a acostarse, que yo le haría un favor de amigo y no escatimaría en usar en su auxilio un milagro que estaba en mi mano, siempre y cuando por su honor me prometiera guardar muy fielmente el secreto. Solamente le pedí que, cuando por la noche fueran a llevarle el resopón, si las cosas habían ido mal me hiciera una señal*. Había tenido el alma y las orejas tan abatidas que resultó víctima de su imaginación y me hizo la señal a la hora convenida. Le dije entonces, sin que nadie nos oyera, que se levantara, so pretexto de echarnos de la alcoba, y que cogiera, como jugando, la bata que yo tenía (pues éramos de la misma talla), y se vistiera mientras ejecutaba mi orden, lo cual hizo. Añadí que, cuando hubiéramos salido, se retirase a orinar, recitara tres veces estas palabras, etc. y que, a cada una de estas tres veces, se ciñera el lazo que yo le daría en la mano, etc. Una vez hecho todo esto, después de haber apretado mucho el lazo a la tercera, para que no se pudiera ni desatar ni mover de su lugar, que con toda seguridad volviese, etc. Todas estas patrañas son lo principal del efecto; nuestra mente no puede rechazar el que medios tan extraños no procedan de alguna ciencia abstrusa. En conclusión, fue cierto que mis caracteres se mostraron más venéreos que solares.

p. 164Sinceramente, tras haber leído toda esta relación, ¿no es natural concluir que a la magia se le atribuyen demasiadas cosas como para que estemos obligados a creerlas? Me paro aquí, pues no terminaría si quisiera seguir dando ejemplos y hacerlos tan largos como en los libros. Si quisiera, digo, hablar de ciertas palabrastttt a las que se da la virtud de invocar a los demonios; del hábito de pesar a los hombres para saber si son magosuuuu; de lo que debe hacer un hechicero para quitar el maleficio que ha dadovvvv; del efecto que produce la sospecha de un maleficiowwww; del uso que los magos hacen de sus saposxxxx; de ciertas circunstancias que conciernen a los brujos cuando están en manos de la justiciayyyy; de los días en los que no pueden adivinarzzzz; de lo que han imaginado sobre las uñasaaaaa; de los perros de Agripabbbbb y de las visiones que tienen los hechiceros durante su sueñoccccc, lo digo de nuevo: no terminaría nunca si quisiera extenderme en este asunto conforme a los temas tratados en las lecturas que he hecho. Pero me parece que todo lo que acabo de contar ha de bastar para ofrecer una amplia idea de lo que llaman sortilegios y encantamientos, y para aprender lo que se debe concluir sobre ellos. Retomemos a monsieur Oufle, pues, lo que va a hacer y lo que va a sucederle merece bien nuestra atención.

tttt Agripa dice que las palabras mágicas de las que se sirven quienes hacen el pacto con el diablo para invocarlo y para conseguir lo que se proponen son dies, mies, jeschet, benedoefet, dowima y enitemaus. Dicc. Trev.

uuuu En Holanda se pesa a quienes son acusados de sortilegio, de modo que los que pesan menos del peso que se les pone (tal y como se ha juzgado), para pesarlos, en el otro lado de la balanza, son reconocidos como hechiceros. No hay peso fijo para pesar a las personas. Se mira solo su corpulencia y a la vista se proporciona el peso. Es en la ciudad de Oudewater se pesa solo a los extranjeros. El mundo encantado, t. I, pp. 319 y 320.

vvvv Los hechiceros, cuando quitan un hechizo, están obligados a emplearlo en algo más considerable que aquel a quien se lo quitan. Si no, el hechizo cae sobre ellos. Bodin, pp. 251, 252.

wwww Era la antigua costumbre de las magas y envenenadoras murmurar sobre los venenos. El efecto del veneno era más seguro cuando el enfermo sospechaba de algún sortilegio. Respuesta a las preguntas de un provincial, t. II, p. 74.

xxxx Las brujas se hallan normalmente rodeadas de sapos que se alimentan y visten con pelajes llamados en la región de Valoismirmilots194. Bodin, p. 223.

Es curioso lo que sucedió a una legua o casi, cerca de la ciudad de Bazas, en el mes de septiembre de 1610. Cuando un hombre distinguido se paseaba por el campo vio un perro atormentarse cerca y alrededor de un agujero como si hubiera entrado una liebre. Esto le hizo investigar por qué el perro se inquietaba tanto. Se abrió el agujero y halló dentro dos grandes vasijas, unidas y estopadas, boca con boca. El perro no quiso tranquilizarse con eso, por lo que las abrió y se mostraron llenas de salvado, y, dentro, un gran sapo vestido de tafetán verde. Un hombre dijo que fue él quien lo había puesto ahí, con el fin de que, tras consumirse el sapo, pudiera sacar de su cabeza una piedra que se llama siderita. Sin embargo, ese tafetán verde hace sospechar que tenía otro deseo. De Lancre, p. 133, 134.

yyyy Sprenge el inquisidor ha observado que la hechicera, aunque esté prisionera, puede inclinar a los jueces a la piedad si consigue la primera. Bodin, p. 371. Se cree que un hechicero no puede quitar el maleficio que ha dado mientras esté en manos de la justicia. M. Thiers, t. I, p. 273.

zzzz Los magos, adivinos y demás personas similares no pueden adivinar nada ni los viernes ni los domingos. El diablo no suele hacer sus orgías y asambleas en esos días como en el resto de la semana. De Lancre, p. 112.

aaaaa Pitágoras, de quien algunos decían que había sido mago, tenía un punto de hechicería y secreto en las uñas por este precepto: «Praesegmina unguium criniumque ne commingito» [No mezcles con orina tus uñas y cabellos cortados]. Y Plinio dice que con trozos de uña de los pies y de las manos, mezclados con cera, los hechiceros hacen remedios y talismanes contra las fiebres. Añade que enseñan a poner los trozos de las uñas en la boca de las hormigas y que la primera que lo tome, teniéndolas puestas en el cuello, se curará de la fiebre. De Lancre, p. 301.

El diablo prohibió a un hechicero que se mordiera la uña del pulgar de la mano derecha. Id., p. 263.

M.P. afirma que si alguien se muerde las uñas en los días de la semana que tienen una R, como el martes, miércoles o viernes, les saldrán padrastros a esos dedos.

bbbbb Pablo Jove dice en sus Elogios que Agripa murió muy pobre y abandonado por todo el mundo en la ciudad de Lyon y que, llevado por el arrepentimiento, dejó en libertad a un perro negro que lo había seguido toda su vida quitándole un collar lleno de imágenes y figuras mágicas diciéndole lleno de cólera: «Abi, perdita bestia, quae me totum perdidisti» [Vete, maldita bestia, que me has perdido del todo].

A continuación, dicho perro se lanzó al río Saona y después no fue visto ni encontrado. Naudé, p. 305.

En cuanto a la Historia del perro de Agripa, justo ahora mencionada, se nos ha transmitido con más elocuencia que verdad por Paul Jove: «Venalis cui penna fuit, cui gloria Flocci» [Quien tuvo una pluma que vender, quien tuvo la gloria de un fleco]. Esto quiere decir que alimentaba a varios perros que amaba como Alejandro el Grande a su Bucéfalo; el emperador Augusto, a un loro; Nerón, a un estornino; Virgilio, a una mariposa; Cómodo, a un mono; Honorio, a una gallina y Heliogábalo, a un gorrión. Agripa habla de sus perros en los episodios 72, 74, 76 y 77. Wier, que había sido su servidor, dice, sin embargo, que no tenía más que dos y que estaban siempre con él en su estudio, uno de los cuales se llamaba Señor y, el otro, Señorita. Id., p. 309.

ccccc Hemos visto hechiceras en Bayona que, tras haber dormido con tormentos, entre el dolor y el placer, decían que venían de su paraíso y que habían hablado a su señor. De Lancre, p. 57.

i La palabra éclabousseur es un nuevo neologismo de Bordelon.

ii En sentido figurado, ‘cebar’, llenar el estómago de carne como si fuera un corral.

iii La formulación original está construida de manera negativa, por medio del verbo impedir seguido de la expresión le nouëment d’éguillette. La palabra nouëment aún no está atestada en el diccionario cuando Bordelon escribe. Proviene de nœud, ‘nudo’, y de aiguillete, ‘agujeta o cinta para sujetar las prendas de vestir o de adorno’. La expresión hace referencia a un maleficio que impide que el matrimonio se consume. La traducción literal, por tanto, sería «para romper el maleficio del nudo de agujeta», que reaparece líneas más abajo. Actualmente, nouer l’aiguillette significa ‘hacer un sortilegio para que un hombre sea impotente’.

iv Hemos traducido por ‘resopón’ el término réveillon, que en la época hacía referencia a una pequeña colación que se hacía a veces después de la cena.

178 El barón de Fenesta es el personaje principal de Les avantures du baron de Fæneste, obra en cuatro tomos que se terminó de escribir en 1630, y en el que algunos estudiosos han detectado una cierta relación con don Quijote.

179 Zipango es el nombre dado por los europeos y chinos a Japón en la Baja Edad Media y durante la Edad Moderna.

180 Los marabúes son personas religiosas a las que se atribuye, en algunos países musulmanes, el papel de guía espiritual, así como cierto poder político o militar. El grisgris es un amuleto de origen africano propio de la cultura árabe que atrae la buena suerte y ahuyenta al demonio. Consiste en una bolsa de tela inscrita con versos del Corán que contiene aceites, piedras, hueso y también cabellos, uñas o elementos personales de la persona a quien se le ofrece como regalo y que se quiere proteger.

181 El Mercure de France, antes llamado Le Mercure galant, era una revista literaria fundada en el siglo xvii que evolucionó hasta llegar a ser una casa editorial en el siglo xx.

182 El mito del anillo de Giges es mencionado por Platón en el libro II de La República. Narra la historia de un anillo de oro hallado por casualidad por un pastor en el cuerpo inerte de un caballo y que concedía el don de la invisibilidad. Con ese anillo Giges sedujo a la reina, mató al rey y se apoderó de su reino.

183 Los cingaleses son los habitantes de la antigua Ceilán. Hoy en día constituyen el grupo étnico mayoritario de Sri Lanka. Los malabares son nativos de la región de Malabar, en el suroeste de la India.

184 Minuetos, gavotas, sissones y zarabandas son tipos de baile. El minueto o minué es una antigua danza tradicional barroca originaria de la región francesa de Poitou, que alcanzó su desarrollo entre 1679 y 1750. La gavota es una danza folklórica francesa que se bailaba originariamente en corro. A finales del siglo xvi se convirtió en danza cortesana y fue utilizada hasta el siglo xviii como base de muchas piezas instrumentales. En ballet, el sissone es un salto con los dos pies deslizando el peso del cuerpo sobre el pie de apoyo. La zarabanda es una danza lenta y solemne escrita en compás ternario que se desarrolló especialmente durante los siglos xvi y xvii y que formaba parte de las sonatas.

185 Las lavanderas a las que Bordelon se refiere son probablemente las empleadas en el mantenimiento y distribución de la ropa en un convento, quienes, al vestir la camisa de necesidad, se creían protegidas contra los demonios y malos espíritus.

186 Pistola es el nombre dado a algunas monedas de oro acuñadas por primera vez en España en la primera mitad del siglo xvi. El término se extendió por toda Europa para referirse a otras monedas de oro de similar valor a la española. En Francia, la pistola tiene un valor de diez francos. Si se le añadía la mención de oro, equivalía a un luis de oro.

187 En un símil astronómico, se llamaban satélites a los espadachines que estaban al servicio de otro caballero como ministros y ejecutores de sus actos violentos.

188 Se refiere a Juan II El Gramático.

180 Se denominaba euripe a la zanja llena de agua que separaba a los espectadores de la pista en un circo romano.

190 Los tebienos eran unos hechiceros escitas.

191 Se conoce como pneumatómacos a los propugnadores de una herejía trinitaria de finales del siglo iv y comienzos del v que negaba la divinidad del Santo Espíritu.

192 La siempreviva es una planta suculenta. El nombre en francés, joubarbe, proviene del latín Jovis barba, literalmente ‘barba de Júpiter’. Se le suponían poderes protectores a este planeta. Bordelon se equivoca al escribir su nombre: utiliza la forma joubadre o jombarde. Durante el siglo xviii, se creía que el jugo de esta planta podía aliviar los dolores provocados por quemaduras, gota y cáncer.

193 Bordelon solo señala «Festo» como fuente de esta cita. Se trata de la obra De Significatione verborum [Sobre el significado de las palabras], compuesta de 20 volúmenes a modo de enciclopedia en los que se explican cuestiones sobre latín y mitología. Se trata de la entrada «Fescennini versus», de la que Bordelon ha omitido una parte, no sabemos si a propósito, pues la versión completa original es la siguiente: «Fescennini uersus, qui canebantur in nuptiis, ex urbe Fescennina dicuntur allati, siue ideo dicti, quia fascinum putabantur arcere» [Cantaban versos en las bodas, que toman el nombre, se dice, de la ciudad de Fescennia, pues pensaban que alejaban los maleficios].

194 La región de Valois (pays de Valois) es una zona de la Picardía, al norte de París.