Capítulo X Pesares que causó a la mujer y a los hijos de monsieur Oufle una aventura muy vergonzosa que le ocurrió, en la que dio en imaginar que una mujer había hechizado a uno de sus caballos. Las medidas que tomó para que le quitaran ese supuesto hechizo y para protegerse él mismo
Hemos visto cómo monsieur Oufle estaba convencido del poder de los hechiceros y el temor continuo que les tenía. He aquí una aventura muy triste que le ocurrió, con ocasión de esta convicción y de este temor. No dudo de que se pondrá de relieve, aquí más que nunca, la ridícula locura de este pobre hombre y no dudo tampoco de que será digno de compasión, al verlo tan débil y tan dispuesto a convertirse él mismo, por su ingenuidad, en la desgraciada víctima de tantas fantasías extravagantes. Ya lo he dicho muchas veces y no puedo dejar de repetirlo, pues creo que mi insistencia al respecto será útil para quienes lean esta historia. Lo repito, digo, entonces, una vez más: no podemos dejar de intentar encarrilar a quienes se abandonan a la lectura de libros que tratan de las maravillas, las cosas extraordinarias, las prácticas supersticiosas y de tantas y tantas historias que se cuentan sobre los llamados hechiceros, magos, encantadores, espíritus locos, adivinos y otros temas semejantes, que se extienden por doquier como ideas verdaderas e irrefutables, que las mentes débiles quieren creer y que las mentes verdaderamente fuertes rechazan, con razón, cuando no tienen nada más que el eco que se les quiere dar para autorizarlas. En verdad, hay pocos de estos que se atrevan a rechazarlas públicamente, pues están tan convencidos de que deben temerlas que lo único que se halla en ellos es una incredulidad reprochable y capaz de hacer a estas personas odiosas a los ojos de todos los demás. Digo todos los demás porque hay muchas más personas dispuestas a recibir errores que inteligentes para reconocerlos como tal; y muy pocas lo bastante fuertes como para mostrar la constancia y el coraje necesarios para no admitirlos. Lo vemos todos los días: hombres sabios que no hablan más que con timidez y titubeando, por así decirlo, cuando se enfrentan a esas historias que les refieren algunas mujeres a las que quieren educar sobre sortilegios y apariciones, porque piensan que ellas no dejarán de decir, o al menos de pensar, que estos hombres sabios no creen en Dios, puesto que dudan que un diablillo loco pueda jugar como un niño, que un brujo pueda hacer tronar, helar y relampaguear a su voluntad o que, finalmente, los diablos tengan el poder de manejar los elementos con tanto dominio como el soberano de todos los seres que los ha creado. Nada es más común que esta creencia de los ignorantes acerca de quienes, queriendo examinar bien lo que se les presenta para suscitar su credulidad, no se prestan, como ellos, a creer tan fácil y ciegamente todo lo que se les dice o todo lo que leen. Se dirá, quizás, que mi preámbulo es muy largo, puesto que hace esperar demasiado la aventura de la que he prometido hablar en este capítulo. Lo finalizo aquí, por mucho deseo que tenga de alargarlo, y no lo termino sino con la esperanza de que el lector tendrá a bien complementar con sus reflexiones lo que yo haya podido decir para edificarlo, es decir, para hacerle sopesar las opiniones vulgares con el peso de la razón y de las evidencias. He aquí la aventura de la que se trata.
Monsieur Oufle tenía un caballo de monta de los más hermosos y perfectos, no solo de su comarca, sino de todo el reino. Era muy fuerte, vigoroso, ágil y dócil. En la región lo consideraban de una tal belleza exterior que varios pintores famosos le hicieron retratos de los que sacaron buen rendimiento. De modo que se aseguraba que, si le había costado doscientas pistolas*, habría obtenido un precio mucho mayor si hubiera querido venderlo.
p. 166Nuestro ingenioso visionario había ido una mañana a una legua de la ciudad subido sobre este hermoso caballo para pasearse y puede que para dejarse ver a lomos de tan bella montura y regresó a su hogar a la hora de la cena. Al volver, vio a una dama que estaba de pie ante su puerta. Observó que ella no le quitaba los ojos de encima a este caballo mientras lo tuvo al alcance de la vista. Era una mujer muy alta, un poco vieja, más bien fea y vestida con un camisón viejo y negro, cuyas mangas le llegaban hasta el puño, como las que llevaría una viuda o una beata de profesión; se diría que era o lo uno o lo otro. Ese lúgubre atuendo, esa fealdad, esa vejez, esa enormidad y esas miradas fijas y penetrantes, todo ello molestó a monsieur Oufle y le dio pie a hacer algunas reflexiones nada favorables sobre la mujer que le hicieron incluso temer, en general, que portaba mal augurio. Digo en general, pues en ese momento su juicio no recayó en nada en particular. Continuó, sin embargo, su camino y fue a cenar a su casa. Tras la cena, su hijo Sanguijuelo quiso montar el mismo caballo (pero sin que lo supiera su padre y tomando precauciones para que no se enterase) para ir a una casa de campo de uno de sus amigos, que daba un banquete en honor de unas damas y lo había invitado, con insistencia, a participar en el convite. Todo pasó tan gratamente como las personas de ambos sexos que se habían juntado para divertirse podrían desear. No doy detalles sobre ese momento de diversión, pues sería inútil para la aventura de la que voy a hablar. Sin embargo, es necesario, para comprender dicha aventura, añadir que Sanguijuelo volvió por la tarde montado en el bello caballo de su padre en compañía, es decir, con una bella mujer a la que llamaba su amante y que tenía, como él, más prisa que las otras por regresar. La doble carga que llevaba este caballo y los esfuerzos a los que lo obligaron para hacerlo llegar tan rápido como deseaban lo pusieron en tal estado que, al día siguiente, apareció con tanto abatimiento que apenas podía andar. Mornando, que era cómplice del secreto de Sanguijuelo, lo habló con él. Ambos acordaron no decir nada de esta desgraciada salida, sino solo advertir a monsieur Oufle del mal estado en que se hallaba el caballo. Mornando se encargó de anunciar esta mala noticia, lo cual hizo sin dificultad, porque esperaba que su amo no se la atribuiría a ellos. No se equivocó, pues monsieur Oufle, en cuanto se enteró y tras haber visto a su caballo, bien lejos de imaginar que Sanguijuelo y Mornando tuvieran algo que ver, recordó al instante a la mujer grande, vieja, fea y vestida de negro que había visto la víspera, como él mismo había observado. En pocas palabras, creyó que era una bruja que había encantado a su caballo con el mal de ojo, deduciendo que era imposible que el pequeño viaje que había hecho el día anterior pudiera haberlo agotado tanto y que este accidente no podría haber sucedido tan pronto si no fuera por algún maleficio de los más rápidos y violentos. Después de esta deducción, resolvió descubrir la verdad mediante un medio igualmente de los más violentos, que es el que se explica en la nota a pie de páginaa; se echó atrás, sin embargo, y pensó que era más adecuado ir primero a buscar a la mujer y pedirle razonadamente, bien con dulzura y ruegos o bien con amenazas, que retirara dicho hechizo. Tomó esa decisión, pero no la ejecutó hasta haberse protegido, según sus lecturas, para no exponerse él mismo al peligro de ser hechizado. No se contentó con un único remedio, sino que se armó de todos los que pudo hallar en su biblioteca. Estos remedios parecerán seguramente patéticos a los lectores sensatos, pero estos mismos lectores habrían parecido tanto más patéticos a monsieur Oufle si le hubieran dado señales de que no se fiaban de él en absoluto. Así es como los hombres estiman o desprecian a otros, según la forma en que orientan su imaginación cuando se topan con personas que, como monsieur Oufle, creen sin razonar o no razonan más que para apoyar y autorizar lo que creen sin razón.
a Cuando se quiere saber en Alemania quién es la bruja que ha dejado a un caballo impotente y maldecido, se cogen las vísceras de otro caballo muerto, llevándolas hasta una casa sin entrar por la puerta principal, sino por la cueva o bajo tierra y se hacen quemar las tripas del caballo. Entonces, la bruja que ha lanzado el hechizo siente en su vientre un dolor de cólico y va directa a la casa donde se quemaron estas tripas para coger un carbón ardiendo y el dolor enseguida cesa. Y, si no se le abre la puerta, la casa se oscurece en tinieblas con un trueno horrible y amenaza ruinas si quienes están dentro no la abren. Bodin, p. 280.
p. 167Veamos estos remedios: puso en sus bolsillos salb y algunas cebollasc; escupió sobre su orinad y se lavó después las manos y los pies con ellae; escupió, además sobre el zapato de su pie derechof; sobre sus cabellosg; y tres veces en su pechoh; después rompió un espejo adrede para poner varios trozos sobre sus hombrosi; con dos bastones hizo construir uno solo que pudiera contener plata vivaj sin derramarla; engrasó él mismo sus zapatos con ungüento de cerdok; envió a comprar una pequeña escobal para llevarla donde la mujer y servirse de ella conforme a lo que explicaban sus lecturas y llevó también una especie de pastel para dárselo al primer pobre que hallara en su caminom. Estos son algunos remedios muy extraños. No creo que pueda observarse (al menos no me atrevo a juzgarlo así por mí mismo) ninguna relación entre sus propiedades y los supuestos sortilegios que se propone combatir con su ayuda. Pero, en cuestiones de supersticiones, no hay que razonar con rigor, poca cuenta tiene. ¿Qué digo, razonar con rigor? No hace falta en absoluto razonar para hallar la razón de este comportamiento, pues sería tiempo mal empleado y casi perdido. Si en dichos asuntos no nos quisiéramos dejar guiar más que por razonamientos sensatos, ¿no nos veríamos en la necesidad de censurar estos ridículos remedios que se toman contra los maleficios? Ciertamente no, no tendríamos tal necesidad, ya que no veríamos estos maleficios tan eficaces y formidables como se los presentan en las historias que nos cuentan y, al no reconocer su virtud y su poder, no habría lugar a temerlos ni, en consecuencia, obligación de tomar precauciones para defenderse de ellos. Monsieur Oufle conocía, además, otros supuestos remedios, pero como tenía prisa, no pudo servirse de ellos porque no le resultaba fácil conseguirlos rápido. Eran estos: tener los huesos de sus padresn, cuero extraído de la frente de una hienao, ciertos excrementosp que no se encuentran tan fácilmente como se desearía, un zafiro blanco grabadoq de manera talismánica y una flor que se llama dedalerar.
b Hay quienes llevan consigo sal o un hueso de dátil limpio para ahuyentar a los malos espíritus. M. Thiers, p. 172.
c La dama de Chantocorena, al echar polvos a un jardín y sobre un prado, infectó todo salvo las cebollas. No sé si es porque el diablo respetaba la cebolla, ya que los antiguos la tenían por una diosa tan importante como él. De Lancre, p. 140.
d [d] Según Plinio, para garantizar los encantamientos había que escupir sobre la orina reciente o sobre el zapato derecho. Le Loyer, p. 830.
e Organes el Mago decía que contra los sortilegios hay que mojarse por la mañana los pies con orina humana. Ibid. Lavarse las manos por la mañana con orina para ahuyentar los maleficios o para impedir su efecto. Es por ello por lo que el juez Pascal hizo regar con orina a Santa Lucía porque se imaginaba que era bruja y, por este medio, no podría eludir la fuerza de los tormentos que le preparaba. Apud Surium. M. Thiers, t. I, p. 171.
f Escupir sobre el zapato del pie derecho antes de calzarse para librarse de maleficios. M. Thiers, t. I, p. 170.
g Escupir tres veces sobre los cabellos que se arrancan al peinarse antes de echarlos al suelo para protegerse contra los maleficios. Id., p. 171.
h Escupir una o tres veces en su seno para no ser hechizado. Id., ibid. Tibulo dice (lib. I, Eleg. 2): «Despuit in molles et sibi quisque sinnus» [Todos le escupen en los suaves pliegues de su toga].
i Algunas mujeres supersticiosas ataban a las espaldas de sus hijos trozos de espejos rotos o trozos de piel de zorro o de cabra para protegerlos contra la mirada envenenada de las brujas. Martín de Arles. Trat. de superstic. M. Thiers t. I, pp. 366 y 367.
j ¿Quién podrá convencerse de que la plata viva oculta entre dos bastones impide toda clase de hechizos y sortilegios? La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 964. Se dice que la plata viva, puesta entre dos bastones, impide los encantamientos. Del Río, p. 9.
k Bodin dice (lib. IV, cap. 4) que los magistrados o jueces en Alemania hacen ponerse a los niños pequeños zapatos nuevos engrasados con ungüento de cerdo y los mandan a la iglesia con estos zapatos que tienen la virtud de que, si hay brujas en la iglesia, no podrán salir nunca si no les conviene a quienes tienen en los pies este tipo de zapatos.
l Para impedir que un mago salga de la casa donde está hay que poner escobas en la puerta de dicha casa. M Thiers, t. I, p. 389.
m Se enseña, para romper el hechizo de una persona encantada, a amasar un pastel triangular de Saint-Loup y dárselo como limosna al primer pobre que se vea. Cir.
n En el Caribe, para protegerse de los sortilegios, ponen en una calabaza los cabellos o algunos huesos de sus difuntos padres. Dicen que el espíritu del muerto habla desde dentro y les advierte de los deseos de sus enemigos. De la Borde. El mundo encantado, t. I, p. 128.
o Según Plinio (lib. XXII, cap. 3), arrancaban la piel de la frente de la hiena y la llevaban encima [para protegerse] contra los encantamientos.
p Hay quienes untan el exterior y el interior de sus navíos con excrementos de jóvenes vírgenes para protegerse de los malos espíritus. Según Damián de Goes de Portugal, De Lappiorum regione. La sangre m…. de la mujer sobre los postes de una casa anula los maleficios. Le Loyer, p. 830.
q Plinio dice (lib. XXXVII, cap. 9) que el zafiro blanco donde se graba el nombre del sol y la luna y colgado del cuello con un pelo de cinocéfalo sirve contra todos los encantos y consigue el favor de los reyes. Pero hay que encontrar los cinocéfalos, que nunca existieron. Demon. de Bodin, p. 282.
r Entre los antiguos hay quienes llevaban en la frente, en forma de corona, la flor llamada dedalera (gant de Notre-Dame) y en latín bacchar, por miedo a que una mala lengua los hechizase, lo cual refiere Virgilio en estos términos: «Bacchare frontem cingite, ne vati noceat mala lingua futuro» [Ceñidle de bácara la frente, no vaya su mala lengua a dañar al futuro vate]. Le Loyer, p. 256.
p. 168Partió, entonces, de su casa con toda esta munición extraordinaria y antimágica que acabo de resumir. Portaba en la mano el misterioso bastón. Dio al primer pobre que encontró su pastel triangular. Al llegar a casa de la mujer, puso su pequeña escoba tras la primera puerta sin que nadie lo viese y entró en su casa de súbito. Ella se levantó de la mesa y se lavó las manos. El primer pensamiento que le vino a él fue ir a beber el agua con la que ella se había lavado por el motivo que se verá en la notas. Se abstuvo de ello, no obstante, y no llevó su extravagancia supersticiosa a un exceso tan sórdido, desagradable y vil. En el momento en que entró, ella estaba con una joven que la servía y él comenzó su saludo diciéndole que deseaba hablarle a solas. Ella hizo retirarse a la muchacha a una habitación cercana. Esta, mientras se retiraba, dejó la puerta entreabierta, porque la curiosidad la tentaba a ver qué quería ese hombre con su ama. Él estuvo un tiempo sin hablar porque, al mirar fijamente a esta mujer, observó que tenía muchas pecas en la cara y se acordó entonces de que alguno de sus autores había dichot que era una señal de que no se puede invocar al diablo ni tener ningún negocio con él. Sin embargo, como se imaginó que podía equivocarse al recordar el texto de este autor, no dejó de ejecutar el propósito de esta visita. No contaré aquí todos los pormenores de esta conversación; bastará decir que fue muy viva por ambas partes, lo cual es fácil de creer, ya que trató toda ella sobre una acusación muy injuriosa y, al mismo tiempo, muy injusta. Las acusaciones fueron recíprocas y, finalmente, todo terminó con una acción muy vergonzosa de monsieur Oufle. La acción era muy vergonzosa por sí misma, pero, para hacer justicia a este buen hombre, reconoceremos que la intención no lo fue. Simplemente fue impertinente y ridícula. Había leído que, si se robabau algo a quienes se sospecha que son hechiceros, se estará protegido contra todos sus maleficios. Llevado por esta lectura, se metió a hurtadillas en el bolsillo, al salir, un reloj bastante caro que había sobre una mesa. No fue, sin embargo, tan secreto este robo como para no ser visto por la pequeña sirvienta, quien, por la puerta entreabierta de la habitación en que se hallaba, veía y examinaba todo lo que ocurría en la otra. En cuanto hubo salido, se lo contó a su ama. Esta echó a correr tras él de inmediato y finalmente solo lo alcanzó en el momento en que este entraba en su casa. Subió, gritando ¡al ladrón! y haciendo ruidos horrendos en esta vivienda. Madame Oufle, sus hijos y Mornando acudieron al oír los gritos para ver de dónde procedían. La mujer exigía justicia, acusó a monsieur Oufle de haberle robado el reloj y se lanzó sobre él para registrarlo. Madame Oufle y sus hijos se abalanzaron también sobre ella y empezaban a echarle mano al cuello cuando nuestro ladrón detuvo toda esta violencia pronunciando estas palabras en voz baja, en tono de oráculo: «Paciencia, esposa mía, paciencia, hijos míos, paciencia, Mornando, paciencia, señora que me acusáis». Esta palabra, paciencia, tan repetida, detuvo, en efecto, a los participantes. A continuación, sacó el reloj de su bolsillo y, al mismo tiempo, un libro de su biblioteca en el que mostró el bello texto que lo había llevado a cometer esta fechoría. La mujer enganchó el reloj y después le dejó que dijera lo que quisiera. Él contó, en su presencia, a su familia, su sospecha y la conversación que acababa de tener.
El desenlace de la historia es que se reconoció por unanimidad que monsieur Oufle era el loco más ingenioso que jamás se hubo visto195. La mujer, considerando lo que había ocurrido en su casa y lo que pasaba entonces en este otro lugar, fue comprensiva con este pobre hombre, por lo que no lo creyó un ladrón, sino solo un rematado majadero. Madame Oufle y sus hijos le mostraron su aflicción por haberla tratado con unas maneras un poco demasiado violentas. La dama aceptó, conforme, estas señales de arrepentimiento. Dijo que no les guardaría ningún rencor, pues estaba, más bien, conmovida de compasión a causa de las penas que este hombre podía causarles por la extravagancia de sus fantasías. Sanguijuelo, que observó que su padre seguía sospechando que ella usaba la magia, para quitarle esta ridícula idea de la cabeza, contó la verdad sobre su viaje con todo detalle; y así, le hizo saber que él era el único mago que había maldecido a su caballo. Monsieur Oufle, que quería, como todos los de su carácter, tener siempre razón en todo lo que había hecho, respondió que no creía nada de lo que su hijo le decía. Sin embargo, empezó a creerlo en su fuero interno y quedó totalmente convencido después, pues le dieron tantas pruebas del desgraciado viaje de ocio que había causado el mal estado en que se hallaba su caballo que no le cupo la menor duda. La mujer se fue muy contenta, incluso se hizo amiga íntima de madame Oufle y, al tratarla más, mostró que no era ni de lejos una bruja. El caballo, tras varios días de reposo, retomó su vigor original y monsieur Oufle no dejó de ser supersticioso y visionario.
s El lavamanos que usan las brujas de Labourt se hace así: se hace venir a la hechicera que se sospecha que ha hecho un maleficio a alguien y se le hace lavarse las manos en una palangana. Debe beberse los posos que queden la persona hechizada. De Lancre, p. 357.
t Los magos dicen que quienes tienen pecas en la cara no pueden hacer venir a los demonios aunque los invoquen. Le Loyer, p. 830.
u Hay que pedir algo prestado a un hechicero o hechicera o robarles algo para protegerse contra sus maleficios. M Thiers, t. I, p. 172.
i Entiéndase pistola como ‘moneda’, valor que adquirió esta voz en 1619.
195 La caracterización de Oufle como loco a causa de su ingenio, entendido como exceso de imaginación o fantasía, es un claro guiño cervantino. Gravita en ambos personajes la caracterización de locos por no comulgar con las opiniones y comportamientos generalizados del entorno, que se presenta como paradigma de razón al no estar determinado por los modelos librescos. Oufle y Quijote aprehenden la realidad a través de las lecturas, y estas deforman el mundo ante sus ojos, lo cual les impide integrarse en él.
