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Presentación

Laurent Bordelon (1653−1730) es una de esas figuras que se escurren por los márgenes de la historia literaria sin dejar apenas rastro, pese a la ingente producción que dio a la imprenta –Esther Bautista da cuenta de casi treinta obras en su introducción a la vida y obra del autor, y eso sin contar con otras que se le atribuyen– y al más que moderado éxito de algunas de ellas cuando fueron publicadas en su día. Tal es el caso de esta Historia de las imaginaciones extravagantes de monsieur Oufle (1710), un libro que tuvo varias ediciones a lo largo del siglo xviii, pero que no ha vuelto a ver la luz desde entonces. Tal éxito no se limitó a Francia, pues la novela fue traducida a otras lenguas como el inglés, el alemán, el italiano y el portugués (ya en el siglo xix), pero no al castellano, por lo que esta traducción, obra de Marina Ruiz Cano en colaboración con la autora ya citada, es una primicia absoluta. ¿Cómo explicar este desinterés de nuestro idioma por uno de los más claros descendientes europeos del hidalgo manchego? No podemos dar respuesta a esta pregunta, pero sí subsanarlo incorporando a Oufle a nuestra galería de Quijotes transnacionales.

Una breve sinopsis de la historia no deja lugar a dudas de tal parentesco. Monsieur Oufle lleva una vida desocupada de burgués de provincias y pasa su tiempo dedicado a la lectura de libros de astrología y magia, brujería y demonología. Como consecuencia de ello, ve el universo como el escenario de una serie de fuerzas sobrenaturales que condicionan la vida de los seres humanos, lo que da lugar a una serie de extravagantes aventuras –se convierte en hombre lobo, prepara hechizos y filtros de amor para seducir a damas, se protege de diablos y apariciones, hechiceros y hechizos– que hacen de él un Quijote esotérico, como lo describe el estudio. En su círculo familiar, algunos suscriben sus visiones, otros fingen hacerlo para aprovecharse o reírse de él, unos pocos se oponen e intentan sacarlo de su error. Esta prometedora trama, sin embargo, se ve lastrada por una serie de disertaciones del propio Oufle y de otros personajes, en las que se debaten los oscuros saberes de la literatura ocultista y a las que hay que sumar las eruditas digresiones del propio narrador a modo de aviso contra la cosmovisión mágica del protagonista. Y es que este aparato digresivo, como el libro en su conjunto, tiene un propósito didáctico, en sintonía con el movimiento emergente de la Ilustración que define el siglo xviii: la cruzada contra la superstición de nuestro abate Bordelon no es, en ese sentido, muy diferente de la que emprenderá en España décadas más tarde otro religioso, el padre Feijoo. Pero el peso de este componente digresivo, que va diluyendo la acción a medida que avanza la obra hasta engullirla al final, unido a una caracterización y una narrativa de trazo grueso, claramente supeditadas al fin didáctico, da lugar a un texto que, si no desdeñable, no es una gran novela, tal vez ni siquiera una buena novela. Entonces, ¿por qué tomarse la molestia de recuperarla?

p. 2Esta segunda pregunta es más fácil de contestar que la primera: por su originalidad a la hora de apropiarse del mito quijotesco y por la significación de tal apropiación en el seno de la tradición cervantina. De la apropiación no cabe duda alguna, como sugiere ya la referencia al Quijote en el prólogo de la obra, y es total y no solo parcial, literal y no solo desplazada. El sujeto quijotesco no solo se caracteriza por la naturaleza literaria, visionaria y siempre fallida de su monomanía, sino que, pese a su novedoso carácter esotérico, es semejante al hidalgo en edad, condición –la de lector que vive de las rentas– y resiliencia hermenéutica –esa capacidad de encajar el correctivo de la realidad sin que afecte a su quijotismo–. Su praxis imitativa genera una narrativa quijotesca salpicada de motivos recurrentes en las reescrituras del Quijote (el inventario de la biblioteca, las confusiones nocturnas provocadas por los delirios del sujeto quijotesco, las farsas montadas por los que se burlan o aprovechan de él), si bien se ha sometido a una considerable reducción de escala en lo referente al cronotopo cervantino: las aventuras son sedentarias en vez de peripatéticas, tienen lugar en un entorno doméstico y burgués en vez de ventas y caminos, y en un espacio de tiempo que no deja margen a evolución alguna. El tercer motivo del mito es el menos literal, pues el contrapunto panzaico se escinde en dos personajes, la mujer y el hermano de Oufle, muy poco sanchopancescos. Estamos así ante una reescritura del mito quijotesco en toda su extensión (sujeto quijotesco, aventuras imitadas y contrapunto panzaico), pero profundamente original en la forma de articularlo.

Bordelon se está anticipando con sus innovaciones a las que dará amplia difusión Laurence Sterne en su Tristram Shandy (1759−1767). Y también comparte con una obra mucho menos conocida y ya publicada en esta colección, Don Quijote el Escolástico (1788−1789), de Pedro Centeno, la naturaleza discursiva en vez de actancial (más palabras que actos) de su quijotismo, que es ideológico en vez de literario (su fuente es la no ficción en vez de la ficción). Ya comentamos tal quijotismo en la presentación de la obra española, característico del uso del Quijote en la guerra de ideas del siglo xviii, especialmente en España e Inglaterra, como vimos allí con ejemplos. Centeno y Bordelon se alinean con la causa del progreso, de forma que sus Quijotes encarnan el error que debe extirparse, en aquel escolasticismo, en este el ocultismo, ambos igualmente anacrónicos y combatidos desde la razón dentro de un común programa ilustrado. Bordelon se sitúa, eso sí, a principios del Siglo de las Luces, por lo que su novela puede considerarse el primer Quijote ilustrado y, hasta donde llegan mis conocimientos, el único producido en Francia, algo que podría explicarse por el triunfo inapelable de la razón de manera temprana, a diferencia de lo que ocurre en España, donde la resistencia provoca la proliferación de Quijotes alineados en uno u otro bando (con El Escolástico, Fray Gerundio de Campazas y El Quijote de la Cantabria, frente a ellos, Don Rodrigo de Peñadura, Don Papis de Bobadilla o El Quijote del siglo XVIII). Podemos decir, por lo tanto, que, aunque Bordelon no fue traducido al español, será en España donde su idea de hacer de Cervantes un aliado en la cruzada ilustrada contra las viejas ideas será más fructífera.

p. 3Y sin embargo el Quijote de Bordelon, como el de Centeno, es más intelectual que ideológico. Me refiero a que su ejercicio no es el activismo político o religioso, sino la dialéctica intelectual o filosófica. Su significación histórica, por ello, no solo radica en el uso ilustrado del quijotismo, sino también en su puesta al servicio de la sátira de erudición que mira a los Scriblerianos (Arbuthnot, Pope y Swift) y sus Memorias de Martinus Scriblerus (1741) –que será el décimo título de esta colección–. En la figura de Oufle se encuentra el modelo del pedante quijotesco que convierte una erudición anacrónica, irrelevante o trivial en el centro de su vida y que produce escritos y disertaciones como parte de su praxis imitativa. Lo más llamativo, por lo paradójico, es que este mal uso o abuso de la erudición en Monsieur Oufle contamina al narrador (eso que el estudio califica como quijotismo narratorial), pues sus numerosas digresiones eruditas y las innumerables notas con las que documenta las fuentes librescas de cada una de las palabras, ideas y acciones de Oufle, dan lugar a un farragoso aparato crítico que es casi una enciclopedia del ocultismo y acaban haciendo al narrador víctima del mismo mal que censura, aunque se sitúe en el campo ideológico opuesto a Oufle. Para comprobarlo, solo hay que consultar el monumental apéndice de Sergio Muñoz López, donde ofrece un listado de todas las fuentes citadas en el libro. En ese sentido, la obra es una sátira tanto de la superstición representada por Oufle como de la erudición encarnada por este pero también por el narrador, quien será modelo para la anotación y disertación paródicas de autores posteriores comentados en el estudio.

Para concluir, es evidente que estamos ante uno de esos casos en que una obra mediocre por sus méritos literarios se convierte en extraordinaria por su significación histórica, pues abre un nuevo territorio transnacional para el mito quijotesco: Quijotes ideológicos e ilustrados al servicio de la razón, Quijotes intelectuales y eruditos en los que un nuevo quijotismo discursivo –y narratorial– gana peso sobre el actancial. Así es como un texto que podría parecer justamente olvidado se hace acreedor de ser recuperado. Y así lo hacemos sin reparos en la edición electrónica de esta obra, aunque los ya mencionados más arriba nos han inducido a suprimir el decepcionante segundo libro en la impresa: no solo es bastante más corto, pues pareciera haber quedado interrumpido por lo abrupto y abierto del final, sino que en él se acentúan las carencias de la novela sin que aporte novedad alguna a lo ejecutado en el primero. Por eso reproducimos tan solo los capítulos que nos parecen más interesantes narrativamente en un apéndice y sin notas del autor. Y quien tenga dudas al respecto, no tiene más que acudir a la versión en línea y leer el resto. Seguimos así la pauta instaurada ya en dos volúmenes previos, que se beneficia al tiempo que da sentido a la dualidad de soportes en que se publica nuestra bQt. Aun a riesgo de sufrir el anatema de los puristas, estamos convencidos de que, así aligerada del segundo libro, esta novela será una lectura no carente de interés para el lector no especializado pero curioso, quien no dejará de sorprenderse con la original forma en que el esoterismo se convierte en fuente de quijotismo y genera algunas divertidas y raras aventuras. Bordelon nos recuerda que no toda la progenie quijotesca tiene la dignidad literaria esperable –o al menos deseable– de su progenitor; pero, en última instancia, precisamente por ello su presencia en esta colección es más necesaria.

Pedro Javier Pardo
Director de la bQt