Prefacio
Se han inventado historias muy divertidas para representar las mentes desquiciadas por la lectura de libros de caballerías, novelas, poemas y otras obras igualmente alejadas de la verdad y de la verosimilitud. Entre esas historias las más admirables son las de Don Quijote, El pastor extravagante y La falsa Clélie1. Se leen gustosamente a diario, creo que esto se debe, principalmente, a que en ellas se hallan ciertos personajes que no escapan a lo habitual, pues la experiencia nos enseña que la mayoría de los que leen sobre visiones no necesitan mucho para convertirse ellos mismos en grandes visionarios. Pocos son los niños que no toman por verdaderas las fábulas de Esopo y los cuentos de hadas si quienes tienen el deber de orientar su conducta y darles una buena educación no poseen suficiente sabiduría y prudencia para ordenar como se debe su credulidad. También sucede muy a menudo que quienes, aun siendo de más avanzada edad, tienen la mente tan débil como los niños, se creen todo lo que leen, siempre que hallen en esas lecturas lo prodigioso, lo admirable y lo extraordinario. El señor cuyas extravagancias vamos a leer compartía totalmente dicho parecer2. No había nada que creyera más que aquello que a los demás les parecía inverosímil.
Este pobre hombre había pasado una gran parte de su vida leyendo un número inmenso de libros sobre la magia y la hechicería, sobre los espectros, los fantasmas, los hombres lobo, los espíritus malignos, las hadas, los ogros, la astrología judiciaria3, las adivinaciones, las apariciones, los encantamientos, en definitiva, sobre todo lo más rebuscado que se ha escrito para hacer creíble un gran número de prácticas supersticiosas.
Las primeras obras que manejó y a las que se entregó con más devoción fueron las que dan por verdaderas mil fábulas acerca de todos estos temas. Y, así pues, los desvaríos se apropiaron tanto de su cabeza que se creía siempre víctima de supuestos duendes, aparecidos, adivinos, astrólogos, lectores de la buenaventura, fabricantes de talismanes y, en general, de todos los que se proponían beneficiarse o divertirse con su ingenuidad. Resultaba tan fácil engañarle que invitaba a ello y su obstinación ayudaba a hacerle creer cualquier cosa. Si los lectores tienen a bien acordarse de lo que han podido conocer por su experiencia en cuestión de fantasía, no dudarán de lo que estoy diciendo* y, menos aún, de lo que leerán en la historia que aquí les presento.
p. 27No diré nada más de él para darlo a conocer porque el primer capítulo de la historia de sus imaginaciones está dedicado exclusivamente a representar su carácter. En él se hallarán también los de las personas de su familia que cumplen un papel importante en su vida.
En cuanto al resto de capítulos, la exactitud con la que se ha buscado en las obras que hablan sobre la superstición los fragmentos que malograron la mente de monsieur Oufle me invita a esperar que las notas que señalan fielmente dichos hitos contribuirán a aumentar el deleite de esta historia, que agradarán, en consecuencia, a los lectores y que no desmerecerán su interés*. Me atrevo incluso a afirmar que estas notas podrían formar por sí mismas un libro que sería igualmente divertido e instructivo; divertido, por su diversidad y por las cosas extraordinarias y sorprendentes que contienen; instructivo, por el gran número de muestras de erudición que revelan hasta dónde puede llegar una mente supersticiosa o que la impugnan al mostrarla ridícula.
i En el original, je dis. Traducimos en continuo este presente de indicativo para dar mayor dinamismo a la voz del narrador-editor.
ii En el original, leur curiosité. Preferimos aquí el término interés.
1 Le Berger extravagant (1627−1628) es obra de Charles Sorel. Narra la historia de un joven parisino que enloquece tras la lectura de novelas pastoriles y, siendo víctima del síndrome quijotesco, adopta la identidad del pastor Lysis. Sus aventuras son burlescas y culminan en el desengaño. Esta obra ha sido traducida al español en el volumen tercero de la colección Biblioteca del Quijote transnacional. La Fausse Clélie (1670), publicada sin nombre de autor y atribuida a Adrien-Thomas Perdou de Subligny, traslada el quijotismo a la psique femenina. La protagonista se trastorna al leer la Clélie de Mlle de Scudéry, epítome de la novela preciosista, y cree haberse convertido en dicha heroína hasta que su futuro marido precipita su curación para casarse con ella. Su historia se suma a otras que también son narradas a modo de cuentos breves por unos nobles reunidos en una mansión.
2 El concepto de ‘extravagancia’ en el siglo xvii francés va mucho más allá de un simple sinónimo atenuado de locura. El personaje extravagante se caracteriza por el desvío respecto a un centro, sea este la cordura, la mesura, las buenas maneras, la inteligencia… Es un héroe excéntrico, falto de sentido común, que se materializa bien como un simple o bobo, bien como el soñador que cae presa de las visiones más elevadas. Su presencia representa la contestación y degradación de ciertos ideales socioculturales.
3 La astrología judiciaria es una pseudociencia que emite pronósticos sobre eventos individuales o colectivos mediante el cálculo de los cuerpos planetarios y su relación con la tierra. Aunque su origen es de datación antigua, se establece como disciplina en torno al año 1000, con la escisión de la astrología en siete ramas: la astrología meteorológica o previsión del tiempo, la astrología horaria o la hora en que se presenta un problema, la astrología fisiognómica, que enseña a escoger los amuletos, la astrología médica o estudio del cuerpo humano y la astrología judiciaria o pronóstica. En el siglo xvi, con el descubrimiento del sistema heliocéntrico de Copérnico, la astronomía se escinde de la astrología. Se revisan entonces algunos textos de la astrología antigua, especialmente de Tolomeo, y se trata de purgar las artes adivinatorias horoscópicas de las influencias árabes y el oscurantismo medieval. Según la influyente Disputationes adversus astrologiam divinatricem [Disputas contra la adivinación astrológica] (1463−1494), de Pico de la Mirandola, la astrología judiciaria solo ofrece un tipo de conocimiento falso, frente a la astrología matemática, la cual se propone observar los efectos naturales sin predecir el futuro. Podríamos considerar la astrología judiciaria sinónima de la astrología en general. En el Renacimiento, la judiciaria (centrada en los hombres, a nivel individual o nacional) se opone a la astrología natural (basada en los cambios climáticos) y se relaciona, indefectiblemente, con la interacción entre los signos del zodiaco, el movimiento de la tierra respecto a esos astros y su influencia en el cuerpo humano a través de los reflejos de los cuatro elementos en los cuatro humores.
