Capítulo I Caracteres de monsieur Oufle y de los miembros de su familia de los que se habla en esta historia
No diré de qué país era monsieur Oufle, ni en qué ciudad vivía. Ni su patria ni su morada explican lo que se va escribir sobre su conducta. Dejaré al lector situar donde le plazca las escenas extravagantes que verá representadas en esta obra. Sobran las razones para no aclarar nada a este respecto. En verdad, si hubiera sido totalmente necesario nombrar el país en que vivía este célebre visionario, los lugares cercanos a su hogar por los que ha viajado, habría preferido no hacer pública esta historia antes que dar a conocer lo más mínimo del mundo de su protagonista, cuyo nombre, aun a pesar de ello, he cambiado. Debe juzgar el lector* que existen razones de peso para justificar tal decisión, pues estas podían haber impedido que salieran a la luz muchas aventuras que no solo ofrecen entretenimiento, sino que también funcionan como muchos consejos y enseñanzas acerca de varios asuntos que preocupan, angustian, alarman y arrojan incluso a los hombres* a prácticas supersticiosas, engañosas y condenables. Así pues, publico estas aventuras porque estoy convencido de que será bastante indiferente a quienes las lean el saber de qué familia era el señor Oufle, dónde y cuándo vivió, o tantas otras circunstancias que, aun siendo conocidas, seguro que no darían mayor placer ni aprendizaje.
Me contentaré con dar a conocer el carácter y la personalidad de monsieur Oufle y los miembros de su familia. Eso es lo que haré a lo largo de este capítulo.
Monsieur Oufle poseía bastantes bienes, tanto en casas, en tierras y en rentas como en dinero contante que no gastaba nunca con mayor gusto que cuando se trataba de satisfacer su ridícula manía. Nunca se había molestado en trabajar ni en asumir responsabilidades. Por toda ocupación se contentaba con leer muchos libros de magia, de sortilegios, de apariciones, de adivinaciones y de todo lo que tuviera que ver con estos temas. Huelga reconocer honestamente que, cuando leía, discernía con la misma atención y constancia los pros y los contras. Pero también es cierto que, dentro de esas lecturas, solo creía a pies juntillas las historias que aseguraban, por ejemplo, que un espectro se había aparecido, que un espíritu maligno había hecho de las suyas por la noche en un granero o en una caballeriza, que una muchacha había sido embrujada por un ramo de flores, un niño, por una manzana… que otro no había podido evitar lo que le había predicho el horóscopo, y una infinidad de relatos similares que no se sostienen más que por las artimañas de quienes los escriben y la debilidad de quienes los leen. En vano leía Oufle obras hechas para combatir dichas patrañas. Solo retenía en su memoria lo que en aquellas había leído, sin querer convencerse de las razones que hacían ver su falsedad. Incluso a menudo juzgaba a los autores de estas otras obras como impíos o apóstatas, pues es normal en este tipo de personas el considerar ateos a todos los que no son supersticiosos.
p. 29No solo sus lecturas daban muestra de su empecinamiento, sino también sus discursos, sus acciones, sus escritos e incluso algunos de sus enseres. Cuando digo enseres me refiero en particular a un buen número de cuadros de alto coste que había ordenado pintar a los más diestros pintores del país y ornar con ricas molduras perfectamente talladas. En algunos de ellos se mostraban magos con todos los aparejos de su arte: con una varita en la mano, situados en medio de un círculo, rodeados de horribles monstruos o de diablos que lanzaban fuego y llamas, y que parecían esperar sus órdenes para ir a asolar, aterrorizar y exterminar todo el universo. Otras telas representaban a astrólogos contemplando los astros, cometas, eclipses, con el deseo de extraer de ellos no ya conjeturas sobre el futuro sino más bien decisiones infalibles, que varias personas de todas las edades y oficios esperaban con impaciencia para tragárselas por completo. En ellas se representaban toda suerte de adivinos: arúspices que hurgaban en las entrañas de sus víctimas en busca de conocimientos que sabían con certeza que no se podían encontrar allí; augures con la cabeza levantada y la mirada fija sobre los pájaros que volaban por los aires y que nada sabían sobre lo que pretendían aprender de ellos estos charlatanes tan prestos a examinarlos; gitanas que leían la buenaventura a jovencitas que tenían más curiosidad por conocer su porvenir que por lo que estas pícaras eran capaces de mostrarles; todas las clases de oráculos cuyas historias –o más bien fábulas– se preocuparon de conservar los antiguos, convencidos de que muchos en la posteridad iban a creerlos; las sibilas, con sus libros proféticos, consultadas por príncipes y súbditos, parecían tan seguras de sí mismas como si la verdad se les hubiera confiado a ellas solas4. También en otros lienzos se veía a poseídos retorciéndose en espantosas contorsiones; diablos materializados en cuerpos ya horribles, ya grotescos; espectros, fantasmas, aparecidos, unos envueltos en sudarios de un blanco cegador, otros cubiertos con largas túnicas negras. Todos adoptaban gestos aterradores. Como la luna es, en cierto modo, la patrona de los magos, se la representaba contemplada por sus miradas, atraída por sus encantos o proyectando sus influjos, sobre los cuales hacían misteriosas interpretaciones para utilizarlas en el momento y lugar que los bobos e imbéciles se lo permitieran. Había una galería llena de curiosidades mágicas: cédulas que el diablo se había visto obligado a dar a quienes se habían entregado a él; instrumentos de astrología; estatuas que, según Oufle, habían pronunciado, antaño, oráculos; talismanes para distintos usos; y un gran número de libros muy bien encuadernados que versaban sobre toda clase de prácticas supersticiosas (hablaré de estos libros en el capítulo siguiente). El fondo de esta galería estaba ocupado, o más bien cubierto, por un gran cuadro que representaba el sabbat* y que contenía muchas figuras5. Algunas provocaban pavor y otras daban risa. Podríamos decir que toda la ciencia, toda la profesión y toda la religión del bueno de Oufle se resumían en las curiosidades, los cuadros y libros de los que acabo de hablar. No había nada que creyera más firmemente o que practicase con mejor voluntad que lo que estos enseres representaban o lo que con ello tuviera que ver. Así era su verdadero carácter. Lo que a continuación se dirá de él contribuirá a darlo a conocer tan bien que espero que no se me acuse de haberlo agraviado.
p. 30Hablemos ahora de las personas de su familia que aparecerán con él o por separado en varias escenas de esta historia. Les pondré nombres diferentes de los que en realidad tenían para que ninguno sea reconocido.
Monsieur Oufle tenía esposa y dos hijos, de los cuales el mayor era abate y el pequeño, asesor financiero. También tenía dos hijas y un hermano casado. Entre sus criados había un lacayo muy taimado que veremos encarnando diversos roles no exentos de divertimento. Llamaré a su esposa madame Oufle; a su hijo mayor, el abate Dudú; al pequeño, Sanguijuelo; a la hija mayor, Camelia; a la pequeña, Rosina; a su hermano, Noncredo, y al lacayo del que antes hablé, Mornando. Veamos ahora cómo eran sus personalidades.
Madame Oufle, esposa de monsieur Oufle, no comulgaba en absoluto con las visiones de su marido. Aunque normalmente las mujeres son más proclives a la fantasía, madame Oufle dudaba de todo lo que su marido creía a pies juntillas sobre estos asuntos. Parecía que la debilidad de la mente de Oufle hubiera fortalecido la de su esposa para que esta tuviera materia suficiente para contradecirle, pues nada rige más habitualmente la vida de maridos y mujeres que el espíritu de la contradicción. Sea como fuere, ella siempre echaba de su casa a los charlatanes astrólogos y quirománticos y, en general, a todos los que llegaban so pretexto de adivinar el pasado o predecir el futuro. Se ponía a la defensiva cuando un impostor prometía hacer ver fantasmas o escuchar las travesuras de algún supuesto diablillo. Poca cuenta les tenía intentar engañarla o asustarla, pues ponía todo el cuidado y la atención posibles para descubrir el engaño. Más bien se preocupaban de averiguar cuándo no estaba para embaucar a su marido. A continuación, veremos cómo madame Oufle era todo lo contrario a él.
El abate Dudú, hijo mayor de los Oufle, era un buen muchacho que confundía extrañamente la ciencia con la bondad. Por su bondad, creía que todo lo extraordinario que se hallaba en los libros era cierto y no podía convencerse de que pudiera existir tan mala fe como para dar a imprimir cosas sorprendentes si no eran verdaderas. El poco juicio que tenía no le servía más que para hallar, no sé ni cómo, en su cabeza, pruebas forzadas de veracidad sobre absolutamente todo lo que quería creer. No era tan bobo como para querer ser hechicero, pero sí lo suficientemente confiado hasta el punto de creer a pies juntillas todas las historias que se inventaban sobre ellos. No había una sola aparición, por muy extraña que fuera, que no le pareciera posible. De ahí que viviera con el miedo continuo de ver fantasmas, por lo que nada le daba mayor aflicción ni pavor que pasar la noche solo en un cuarto. Si se encontraba por casualidad sin compañía en una iglesia, imaginaba que los que en ella estaban enterrados iban a salir de sus tumbas para mostrársele como un grupo aterrador similar a los que aparecen en los cuentos de mujeres y niños. Para terminar, concluiremos que el abate Dudú era un buen apoyo para alimentar las visiones extravagantes de su padre.
p. 31Sanguijuelo, el segundo hijo de Oufle, que había hecho estudios de economía, era muy despierto, un exaltado que no se ocupaba más que de buscar los medios y ocasiones adecuados para enriquecerse. Los adivinos, magos, astrólogos judiciarios y gente de la misma calaña le iban bien, siempre y cuando convinieran a su interés. Si le ofrecían un talismán para conseguir grandes riquezas, no lo rechazaba. Creía, con gusto, en estas cosas por su gran ambición de riqueza. Si le decían que había diablos que hacían descubrir tesoros, eso le venía como anillo al dedo, por lo que no los habría despreciado ni aunque tuvieran la más horrible apariencia, como se les suele representar. Sin embargo, no creía en las apariciones de las almas de los muertos porque, según decía, estos fantasmas solo aparecían para hacer solicitudes a los vivos o para causar unos pavores que no contribuían más que a helar la sangre de quienes los ven. Algunas veces parecía tomarlos en serio, pero solo era por complacer a su padre y sacar de ello algún beneficio. Así era el carácter del hijo pequeño de monsieur Oufle. Presentemos ahora a sus hijas.
La hija mayor, a la que he dado el nombre de Camelia, era muy simplona: creía todo lo que le decía su padre y luego, después de haber hablado con su madre, ya no creía nada de lo primero. Era tan permeable a todo tipo de juicios ajenos que reaccionaba de mil maneras, por muy opuestas que estas fueran.
Rosina, la hija menor de los Oufle, se amoldaba, como su hermana, al gusto de su padre y de su madre, pero lo que aquella hacía por simpleza, esta lo hacía por artificio. Era una aguililla que siempre conseguía sus propósitos, y podemos decir que engañaba*, en cierto modo, a toda su familia. El deseo de casarse la atormentaba en extremo; sin embargo, como hija segunda solo podría casarse después de su hermana. Y como esta era una indolente y había alejado por su indiferencia a varios buenos partidos, la pobre Rosina se hallaba en la cruel necesidad de esperar largo tiempo la decisión sobre su destino. La inquietud e impaciencia que le producía esta espera forzada la llevaban a inventar diversas estratagemas tan graciosas como adecuadas en torno a las visiones de su padre para conseguir sus fines.
Noncredo, hermano de monsieur Oufle, daba la impresión a todos los que lo conocían de ser muy inteligente y cabal. Era justo pensar así de él. Como, además, también tenía sentido común, resulta lógico que estuviera bien alejado de las extravagancias de su hermano. En efecto, mantenía con él y con el abate Dudú, su sobrino, continuos enfrentamientos sobre sus ridículas ideas. Estas guerras eran tanto más juiciosas cuanto que las defendía con muy sólidas argumentaciones, por lo que resultaría sorprendente que no pudiera hacerles entrar en razón. Los lectores comprobarán en esta historia por qué lo digo.
p. 32Mornando era uno de esos lacayos principales que, tras largos años de servicio, adquieren una cierta autoridad sobre sus amos y sobre los demás criados. Mornando, digo, tenía una conducta muy similar a la de Rosina: fingía* creer o no creer en función de su beneficio. Su propio interés era el motivo y la norma de todas sus acciones. En materia de adivinaciones, apariciones y sortilegios, no dejaba de poner en práctica, a favor o en contra, las intrigas más artificiosas y que esperaba concluirían a su favor. Su habilidad para inventar y conducir estratagemas era tal que los señores de la casa, con quienes trataba, no podían evitar sucumbir a ellas; lo cual se probará con ejemplos en el transcurso de esta historia.
Tras haber presentado los caracteres de monsieur Oufle y de su familia que se mencionan con frecuencia en esta obra, es el momento de hablar de su biblioteca. No mencionaré más que algunos de los principales libros que leía con mayor frecuencia y que le habían causado estas imaginaciones extravagantes por su mala cabeza, la cual hacía peligroso el uso que hacía de ellos. El siguiente capítulo contiene la lista de estos libros.
i Traducimos la expresión on doit juger como una referencia al lector.
ii Aunque el texto original no añade el objeto del verbo arrojar en la expresión «qui même jettent», añadimos a los hombres para dar un valor universal al carácter nocivo de las lecturas que el narrador denuncia aquí.
iii Utilizamos la cursiva en este extranjerismo, cuya tipografía hemos unificado a lo largo de toda la obra para que aparezca siempre en minúscula, siguiendo las recomendaciones de la Real Academia Española.
iv La expresión jouer quelqu’un tiene su origen en el juego de palma (jeu de paume), muy de moda en Francia hasta el siglo xviii. En concreto, proviene de la expresión jouer quelqu’un par-dessus/ par-dessous la jambe, que implica manipular al adversario y conseguir que este actúe como se desea, de ahí que lo hayamos traducido por ‘engañar’.
v Traducimos «il paroissoit» por ‘fingía’, y no por ‘parecía’, para insistir en el deseo de manipulación de Mornando y Rosina.
4 Los arúspices eran sacerdotes de la antigua Roma que predecían el futuro observando el aspecto de las entrañas de los animales sacrificados. Los oráculos son las respuestas que alguna deidad transmite mediante sacerdotes, mediante la Pitia griega y romana o la Sibila, así como en sacrificios de animales. Sibila es el nombre de un personaje de la mitología griega y romana que emitía profecías y anticipaba el futuro inspirada por Apolo.
5 El sabbat, asamblea de hechiceros o aquelarre es la agrupación o reunión de brujos y brujas para la realización de hechizos y rituales que incluían la invocación y adoración a Lucifer.
