Capítulo III En el que se ve cómo monsieur Oufle estaba convencido de que existían los hombres lobo y lo que le había llevado a creerlo
Hace mucho que se habla de los hombres loboa. Los antiguos y los modernos los refieren en un sinnúmero de historias que, aun siendo imaginarias, no han dejado de pasar por ciertas para las mentes más simples. Aparecen en miles de cuentos infantiles, ya que los niños no tienen ni entendimiento ni experiencia, y creen en ellos más aún puesto que son sus padres, madres y seres queridos quienes les cuentan estos relatos ridículos. La imagen de los hombres lobo, se forma, por así decirlo, tan profundamente en sus cabezas que la conservan toda la vida si no se esfuerzan por destruirla mediante un análisis desvinculado de la fantasía infantil. Y, del mismo modo, si no destierran esta imagen, la transmiten a otros. Así, vemos cómo se perpetúan cada día muchos errores populares sin que exista otra razón para autorizarlos más que el hecho de que alguien los ha oído decir sin tomarse la molestia de examinar su verdad.
Resulta plausible que Oufle, como casi todos los niños, recibiera siendo joven imágenes de este tipo y que enseguida las reforzase mediante la lectura, pues no le faltaban, como hemos visto en el capítulo anterior, libros que hablasen sobre todo tipo de extrañas transformaciones que por muchos motivos tendría que haber puesto en dudab si su obstinación no le hubiera impedido hacer las indagaciones pertinentes. Pero, como quería creer a pies juntillas estas transformaciones, todas las historias que leía al respecto pasaban por verdaderas en su mente, de modo que no dudaba, por ejemplo, que hubiera familias enteras en las que siempre hubiera alguien que se convirtiera en hombre loboc, que uno pudiera convertirse en hombre lobo al comer las entrañas de un niño sacrificadod; creía firmemente que uno podía transformarse en gatoe, en caballof, en árbol, en buey, en víbora, en moscag, en vacah... En definitiva, en toda clase de formasi.
a Francisco Febo, conde de Foix, dice en su Libro de la caza que la palabra garoux quiere decir ‘gardez-vous’. Demonomanía de Bodin, p. 195. Cuadro de la inconstancia de los malos ángeles y demonios, por De Lancre, p. 31916.
b La transmutación de hombre a lobo no puede ser ni de alma ni de cuerpo: de alma, porque supondría una especie de mortalidad a la que el alma no está sujeta. Los encantamientos y los mágicos efectos del malvado espíritu pueden, cuando Dios le permite anular la conducta de las personas, perturbarles y debilitarles los órganos: «Serpit hoc malum», dice san Agustín, «per omnes sensus dat se figuris, accomodat se coloribus, ad haret sonis, odoribus se subiicit, infundit se saporibus, et quibusdam nebulis implet omnes meatus intellegentiae» [Este mal se infiltra por todos los sentidos: toma las apariencias, se adapta a los colores, se acopla a los sonidos, sustituye los olores, se mezcla con los sabores y obnubila todos los caminos del entendimiento]. Pero no puede destruir y apagar un alma racional, borrar el carácter de la imagen de Dios, para colocar en su lugar un alma brutal. Homero reconoció que aquellos a los que Circe transformaba no mutaban su alma. Y san Agustín, «nec tamen in iis mentem bestialem, sed rationalem humanamque servari, sicut sibi ipsi accidisse Apuleïus indicavit et finxit» [y sin embargo no se convirtió su mente en la de una bestia, sino que continuó siendo humana y racional, según contó Apuleyo que le ocurrió a sí mismo]. Si, como se decía, el alma racional queda secuestrada y cede su lugar, eso solo podía ocurrir con la muerte entera del cuerpo. Tampoco es posible que las dos almas, la racional y la brutal se unan, porque compondrían dos formas esenciales en el mismo sujeto, lo cual no permiten las leyes de la física.
La transformación tampoco se da en el cuerpo, pues este continente no puede cambiarse por otro con un alma racional, la cual tampoco es indicada para vivificar y organizar el cuerpo de una bestia, como muy discretamente afirma Aristóteles, retomando la metempsicosis de los pitagóricos. Esta cabeza, este cerebro de hombre, que tiene la imaginación asentada por delante de la razón, la cual se ubica en el ventrículo medio, como la soberana de los otros, y la memoria que viene después, que es la fiel guardiana de las cosas que pasan por las dos primeras, y generalmente todos los miembros de todo este cuerpo, están compuestos tan adrede para las funciones del alma racional que esta no puede alojarse en la cabeza y el cuerpo de un bruto. También es una obra admirable de Dios, según lo que explican Lactancio, De opificio Dei, san Basilio, san Ambrosio, san Gregorio de Niza, Nemesio, De natura hominis, y Teófilo, De humani corporis fabrica. Dios, como decía muy bien Plotino, es el soberano ordenante de las formas, las cuales son todas inherentes a sus sujetos, y las materias están tan dispuestas por la providencia de Dios que ninguna forma puede ser sin la materia que le es propia y le conviene. En el hombre la forma de este procede de la fuerza de la materia, entre otras cosas, pues, así lo afirman los físicos, «forma educitur ex vi potentia materia» [la forma es producto de la potencia de la materia]17, pues la forma, que es el alma racional, le es inmediatamente infusa por Dios, que la ha creado de la nada, y la ha alojado en un continente que le resulta apropiado. Concluyamos, pues, con san Agustín: «Nec sane daemones naturas creant, sed specie tenus quae a vero Deo creata, commutant, ut videantur ese quod non sunt. Non itaque solum animum, sed ne corpus quidem ulla ratione crediderim daemonum arte vel potestate in membra et liniamenta bestialia posse converti» [En realidad, los demonios no crean naturaleza alguna, sino que transforman la apariencia de las cosas creadas por el verdadero Dios de modo que parezcan ser lo que no son. Así pues, no hay ninguna razón que me lleve a creer que no solo las almas, sino también los cuerpos, puedan ser transformados en miembros y rasgos animales por arte o potestad demoníaca]. De Lancre, p. 291, etc.18.
c Plinio cuenta que Evantes, autor griego, refirió que los arcadios escriben que entre la familia de un cierto Anteo se eligió a uno al azar y lo llevaron cerca de un estanque, se desnudó, colgó sus ropas en un roble, cruzó las aguas nadando y huyó a un desierto donde fue transformado en lobo y conversó con los demás lobos durante nueve años. Sin haber visto en todo ese tiempo a ningún hombre, volvió al mismo estanque y lo atravesó a nado, retomó su forma humana y regresó a su casa y vivió otros nueve años. «Mirum», dice Plinio, «quo procedat Graeca credulitas, nullum tam impudens mendacium est, quod teste careat» [¡Es increíble hasta dónde llega la credulidad griega! No hay mentira, por descarada que sea, que carezca de testigo]19. De Lancre, p. 265. Se encuentran otros ejemplos de hombres lobo en la Demonomanía de Bodin, pp. 93 y 450.
d Plinio habla de un hombre llamado Demarco de Farras que, tras haber comido las entrañas de un niño consagrado a Júpiter Liceo por los arcadios, fue inmediatamente mutado en lobo. Agripa, De la vanidad de las ciencias, cap. 4420.
e Sprenger habla en Malleus maleficarum de tres doncellas que asaltaron en forma de gato a un pobre labrador, el cual las hirió a las tres, y fueron halladas heridas en su cama21. Sobre los espectros, de Le Loyer, p. 274. Hay otros ejemplos similares en la Demonomanía de Bodin, p. 194.
f El padre de Prestancio, tras haber comido un queso hechizado, creyó haberse convertido en caballo y haber portado pesadas cargas, aunque su cuerpo no se movió de la cama. San Agustín, quien refiere esta historia en La ciudad de Dios, lib. XVIII, caps. 17 y 18, interpreta de este modo todo lo que se ha escrito sobre las transformaciones maravillosas y todas las licantropías de la Arcadia, sobre las cuales Platón incluso nos ha dejado algo por escrito en el libro 8 de su República, donde recita esta fábula de los Arcadios para hacernos comprender la metamorfosis de un rey en tirano. Los neures22, de los que habla Heródoto, lib. IV, Historia, que se convertían en lobos todos los años durante algunos días, no se aparecían, sin duda, más que en la parte imaginaria. Agripa, De la vanidad de las ciencias, cap. 44. M. L. V., t. I, p. 319, De Lancre, p. 26623.
g La famosa Empusa de Aristófanes tomaba toda clase de formas. Epicarmo dice que se aparecía tanto como árbol, e inmediatamente después, bajo la apariencia de un buey; o bien, de una víbora, a continuación, de una mosca, y después se la veía bajo la figura de una bella mujer. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 96.
h Leí una vez en Albert Krantz, lib. I, Dania, cap. 32, que Frotón, rey de Dinamarca, príncipe muy dado a la magia, tenía en la corte una indigna hechicera que tomaba la apariencia de los animales que quería. Esta hechicera tenía un hijo tan malo como ella. Robaron los tesoros del rey y se retiraron a su casa. El rey, que sospechaba de ellos, fue a la casa de la bruja y ella, al verlo entrar, se mutó en vaca y su hijo en bucardo. Este príncipe se acercó a la vaca para verla bien y ella le dio una buena cornada en el costado, dejándolo muerto en el sitio. Le Loyer, p. 142.
i Se lee en Diodoro Sículo, lib. V, Biblioteca, que los telchinos, primeros habitantes de Rodas, se cambiaban en las formas de animales que querían. Id., p. 14124.
p. 40En vano se enteraba en algunas obras de que si hay hombres lobo no es más que por una imaginación perturbada y que se convence de que es un lobo de verdad, imitándolo en todas sus acciones, lo cual se llama licantropíaj. Este es el tipo de enfermedad que sufren aquellos a los que, por ejemplo, se llama en Poitou «la bestia bicorne que corre como galípoda»25, como me ha contado una dama de alta cuna y amables maneras. Muy a menudo estos supuestos hombres lobo son personas que, para divertirse o por alguna otra razónk, corren de noche por las calles emitiendo gritos horripilantes para atemorizar a las pobres gentes que no se atreven ni a asomarse a la ventana, convencidos de que, si cometieran tal temeridad, el diablo les retorcería el cuello.
Monsieur Oufle no dudaba en absoluto que fuera posible metamorfosearse en diversos seres. Creía con la misma certeza que tampoco era difícil producir ese cambio en los demás, que, por ejemplo, se podía convertir a un licorero en ranal; que una mujer podía darle a un hombre forma de castorm; a otro, la de un asnon, es decir, no encontraba ningún obstáculo a dichas trasmutaciones porque había leído que se habían producido. Creía en ello con la misma complacencia o, mejor dicho, debilidad mental, que las rosaso, una horcap u otros medios e instrumentos tan poco indicados para producir los efectos que los supersticiosos esperan de ellos, podían devolver su forma original a aquellos que habían sufrido tales transformaciones.
Podemos deducir que al tener tales opiniones este pobre hombre estaba muy predispuesto a caer en grandes extravagancias. Nos convenceremos por completo con las aventuras que vamos a leer, en las que conoceremos cómo nuestro héroe supersticioso creyó ser hombre lobo y lo que hizo después de habérsele metido en la cabeza esta loca idea.
j Se presentó, dice Sabino en el Tratado de la natividad de las hechiceras, con Jean Euvico, a Pomponacio, célebre médico italiano, un enfermo de licantropía que los aldeanos habían encontrado recostado en el heno y al que, tomándolo por lobo, puesto que él decía serlo, y les gritaba que huyeran o se los comería, habían empezado a desollar para saber si tenía piel de lobo bajo la suya, según la opinión errónea del vulgo. Pero lo soltaron a petición de Pomponacio, que le curó su enfermedad. Meditaciones históricas, de Camerario, t. I, lib. IV, cap. 12.
k Baram, rey de Bulgaria, adoptaba mediante hechizos la figura de un lobo, o de algún otro animal, para asustar a su pueblo. La incredulidad sabia y la credulidad ignorante en torno al asunto de los magos y hechiceros, p. 65. Se lee en Liutprando, lib. III, cap. 8, Rerum per Europam gestarum26, y en Sigebert, In Chrenogr., que se trataba de Bajan, hijo de Simón, rey de los búlgaros. Le Loyer, p. 142.
l Una hechicera transformó en rana a un tabernero con el que estaba enfadada. Del Río, Disquisitiones magicæ, p. 124.
m Otra hechicera, para vengarse de la infidelidad de un hombre que amaba, lo mutó en castor pronunciando una sola palabra. Este animal se arrancó los testículos para librarse de los que lo perseguían.
n Un joven que vivía en Chipre fue mutado en asno por una bruja. Guillermo Arzobispo de Tyr. Sprenger, Inquisidor27. Demonomanía de Bodin, p. 199.
o El asno de oro, de Apuleyo.
p Se cura a los enfermos de hombre lobo dándoles un golpe con una horca justo entre los dos ojos. Cir28.
16 A este libro, que data de 1612, se alude en el original con el título incompleto de Tableau de l’inconstance des Démons [Cuadro de la inconstancia de los demonios]. En cuanto a garou, es de origen germánico, donde significaba ‘hombre lobo’, por lo que el término francés loup-garou es un pleonasmo.
17 «Forma educitur ex vi potentia materia» es probablemente paráfrasis de «omnis forma educitor de potentia materiae» (Tomás de Aquino, De unitate intellectus contra Averroistas [Sobre la unidad del intelecto contra los averroístas], 1270, cap. 1).
18 Toda esta nota es una cita textual de la obra de De Lancre, Tableau de l'inconstance des mauvais anges et démons mencionada en la nota de autor anterior. Ahora bien, la cita de De Lancre se compone a su vez de citas textuales, con algunas erratas, a varios extractos de san Agustín, cuyo texto preciso no indican ni De Lancre ni esta obra. Precisamos a continuación dichas fuentes, que reproducimos subsanando los errores.
Por un lado, el segmento «Serpit hoc malum per omnes aditus sensuales: dat se figuris, accomodat coloribus, adhaeret sonis, latet in ira, in fallacia sermonis, odoribus se subicit, infundit saporibus, ac turbidi motus illuvie tenebrosis affectibus tenebrat sensus, quibusdam nebulis implet omnes meatus intellegentiae» proviene de De diversis quaestionibus, lib. XI. También aparece citado, por cierto, en Malleus maleficarum, de Jacques Sprenger, que está en la biblioteca de Oufle.
Por otro, la cita «Nec sane daemones naturas creant, si aliquid tale faciunt, de qualibus factis ista vertitur quaestio; sed specie tenus, quae a vero Deo sunt creata, commutant, ut videantur esse quod non sunt. Non itaque solum animum, sed ne corpus quidem ulla ratione crediderim daemonum arte vel potestate in membra et liniamenta bestialia veraciter posse converti», ausente en Malleus maleficarum, proviene de De civitate Dei [La ciudad de Dios].
19 Esta cita de Plinio el Viejo está sacada del capítulo titulado «De los lobos» de su obra Naturalis historia [Historia natural], lib. VIII, cap. 22.
20 El título completo de la obra es De incertitudine et vanitate de scientiarum et Artium [De la incertidumbre y vanidad de las ciencias y las artes].
21 El autor o el editor han escrito mal el nombre de la obra llamada Malleus maleficarum [El martillo de las brujas]. Han confundido el nombre con una locución latina declinando en ablativo el sustantivo para que concuerde con la preposición in. Hallaremos una nueva ocurrencia de este tipo de error en la Parte segunda, cap. 1, nota r.
22 Los neures o neuri son, en la mitología griega, una tribu de licántropos que vive en el norte de Escitia, en el Mar Negro, en la Sarmacia europea. Se transforman en lobo algunos días del año, conservando su apariencia humana el resto del tiempo.
23 Las siglas M. L. V., que aparecen varias veces en las notas del autor, hacen referencia a François de La Mothe Le Vayer, filósofo y filólogo libertino que vivió entre 1588 y 1672. También llegó a ocupar un sillón en la Académie Française.
24 Diodoro Sículo o de Sicilia fue un historiador del siglo i a. C. Las siguientes notas de autor se refieren a él de manera abreviada como Diod. Sicil.
25 El modismo la beste bigourne qui court la galipode es típico de la región del Anjou y del Poitou. En estas regiones, la galípoda forma parte del folklore tradicional. Se trata de un ser monstruoso y demoníaco, un animal extraño y nocturno que adquiere la forma de cordero blanco, de perro negro, de cabra bicorne, etc., y que aterroriza a las mujeres, ataca a perros saltando sobre sus lomos y haciendo que la porten a las espaldas hasta sus hogares. Solo se debilitan con la luz y con las llamadas balas benditas, bendecidas por curas y con una cruz inscrita, las únicas capaces de abatir a seres que no son de este mundo.
26 El título completo es Antapodosis seu rerum per Europam gestarum.
27 Se trata del inquisidor Jakob Sprenger, autor del tratado Malleus maleficarum mencionado anteriormente y presente en la biblioteca de Oufle.
28 Cir hace referencia a Cyrano de Bergerac, quien en sus Lettres sur les sorciers [Cartas sobre los brujos] de 1654, y más concretamente en «Pour les sorciers» [A favor de los brujos], ya había escrito lo siguiente: «Je guéris les malades du loup-garou leur donnant un coup de fourche justement entre les deux yeux» [Curo a los enfermos de hombre lobo dándoles un golpe con una horca justo entre los dos ojos].
