A todos y a ninguno
mis advertencias tocan:
quien las siente se culpa;
el que no, que las oiga.
Y pues no vituperan
señaladas personas
quien haga aplicaciones
con su pan se lo coma1.
Iriarte, prólogo, fábula I*
Advertencias preliminares*
Si alguna persona se subscribiere o comprare esta obrita, creyendo hallar en ella invención singular, erudición escogida, método exacto, estilo brillante y todas aquellas bellezas que encantan y sorprenden en muchas obras del día, se llevará un buen chasco, sin duda alguna; pues solo encontrará una invención común, una erudición no rara, un método en partes incorrecto y un estilo sencillo y familiar.
Tal es el todo de la presente obrita; y esta ingenua confesión, si no basta a defenderla de los colmillos del Zoilo, ni de la férula del Aristarco, bastará a lo menos para probar que su autor no aspira a pasar la plaza de sabio, sorprendiendo a los incautos2.
Habiendo visto la favorable acogida que halló el Periquillo en el público ilustrado de este reino3, y habiendo también observado que se han desterrado de algunas casas estas o aquellas preocupaciones, mediante su lectura, me determiné a escribir esta obrita, considerando que acaso podría ser de provecho a no pocas personas; y como al escribir trato de conciliar mi interés particular con la utilidad común, de ahí es que muchas veces atropello a sabiendas con las reglas del arte, cuando me ocurre alguna idea que me parece conveniente ponerla de este o del otro modo.
p. 35No por esto se me esconde que se pueden dictar los mismos documentos cumpliendo con el rigor del arte, y tal vez con más gracia y mejor estilo; pero ¿qué tengo con saber que se puede hacer una cosa con perfección, si yo carezco de la ilustración y genio propio para hacerla?
Por tanto ofrezco al benigno público esta obrita, así como he podido escribirla, deseando que sea útil y esperando que los sabios disimularán los defectos que no hubiere sabido corregir o evitar mi escasa penetración.
También debo advertir, que aunque está dedicada al bello sexo, no será enteramente inútil al otro, por las íntimas relaciones que tienen ambos entre sí4.
Queda abierta la suscripción en esta Capital, en el Portal de Mercaderes cajón de don Domingo Llano, y en la oficina donde se imprime esta obra, siendo su precio 2 pesetas, 2 reales para México, y 2 pesetas, 4 reales para fuera, por este primer tomo5.
Cada semana saldrán cuatro pliegos, los que se llevarán a las casas de los señores suscriptores, previniendo a quien se lo deje de llevar, ocurra al lugar donde se suscribió dentro del tercero día, para reponerle los que le falten, siempre que la culpa esté en el repartidor; pues no justificando que fue así, no quedamos de modo alguno responsables de los descuidos de los criados de las casas, o de la omisión de los dueños.
Nota
Las personas que quieran tener su obra al fin, limpia, completa y curiosa, deben cuidar bien sus pliegos, y en caso de prestarlos, ver cómo y a quién, pues no todos saben tratar bien un papel. Por no observar esta advertencia se han quedado mucho con El Periquillo sucio o incompleto.
i La cita de Tomás de Iriarte solo se encuentra en la primera edición de la novela en 1818, y desaparece en las posteriores. Vuelve a aparecer, eso sí, en el verso de portada del segundo tomo de esta primera.
ii Estas advertencias preliminares aparecen desde la primera edición y se han mantenido en las ediciones posteriores, suprimiendo las referencias directas al formato de suscripción: la alusión en la primera línea (a partir de la tercera) y, completos, los dos párrafos finales y la nota (desde la segunda edición). Aun con este carácter tan circunstancial, se han mantenido estas como testimonio de la primera circulación de la obra.
1 La primera aparición de La Quijotita y su prima se abre con este epígrafe tomado del final de la fábula-prólogo de Tomás de Iriarte, «El elefante y otros animales», a sus Fábulas literarias (Madrid, Imprenta Real, 1782). Estas dos cuartetas corresponden precisamente al razonamiento final del elefante, y de ahí parte el fabulista para presentar su colección resaltando la generalidad de la sátira de los vicios, que se hace sin caer en la invectiva personal: «quien mis fábulas lea / sepa también que todas / hablan a mil Naciones, / no solo a la Española. / Ni de estos tiempos hablan; / porque defectos notan / que hubo en el mundo siempre / como los hay ahora. / Y pues no vituperan / señaladas personas, / quien haga aplicaciones, / con su pan se lo coma» (4). La cita se convirtió en lugar común en la literatura satírica de principios del xix, sobre todo en cabeceras periódicas que seguían el formato de los censores y espectadores. El propio Fernández de Lizardi cita estos mismos versos también en el texto del «prólogo en traje de cuento» que abre el segundo tomo de El Periquillo Sarniento (295).
2 El filósofo sofista Zoilo y el matemático Aristarco de Samos son esgrimidos como críticos de juicio riguroso e intransigente, haciendo par estas autoridades con el tópico de la humilitas clásica del primer párrafo, si moneda corriente en los preliminares literarios, lugar común obligado en las de carácter novelesco. El primero de ellos se ha convertido en adjetivo común para el «crítico presumido y maligno censurador o murmurador de las obras ajenas» (DRAE) y aparece con el mismo fin en el prólogo de El Periquillo Sarniento.
3 El Periquillo Sarniento, primera novela publicada de Fernández de Lizardi, había visto la luz pública dos años antes de La Quijotita y su prima. Es interesante que el autor establezca una filiación entre ambos textos, no solo en cuanto a la genealogía autorial, sino en cuanto a su propósito, efecto en los lectores y utilidad pública.
4 Estas advertencias preliminares dan cuenta de forma explícita de la intención didáctica de la obra. Como en el Quijote, también Fernández de Lizardi aprovecha las palabras prologales para aventurar el destierro de unas costumbres nefastas para la sociedad de su tiempo, labor que había visto cumplirse en la recepción de su primera novela. Señala, además, a las lectoras implícitas a que se dirige la intención última del texto, dedicado a las mujeres.
5 El cajón es un puesto comercial pequeño que proliferó en la segunda mitad del siglo xviii y que, entre otros productos, vendía también impresos al menudeo, ampliando la distribución que ofrecían las librerías. Se situaban entre el mercado del Parián, en la Plaza Mayor, y el Portal de Mercaderes. La oficina a la que alude es la de Mariano de Zúñiga y Ontiveros, lugar de la primera impresión, con sede en la calle del Espíritu Santo (como reza la portada del libro) desde 1781 hasta su desaparición en 1832. Para conocer la circulación de libros en México en los tiempos de la publicación de La Quijotita y su prima, véanse los trabajos de Olivia Moreno Gamboa, «El mundillo del libro en la capital de Nueva España: cajones, puestos y venta callejera (siglo xviii)», Revista de Indias, vol. LXXVII, n.º 270, 2017, pp. 493–520; y Luisa Martínez Leal, «Un siglo de tinta y papel en la ciudad de México», Villes en Parallèle, n.º 45–46, 2012, pp. 123–146.
