Capítulo IIEn el que continúa la materia del antecedente
Pasado el tiempo de la primera crianza, y despedida la nodriza, fue Pomposa entregada al cuidado o descuido de las pilmamas39. Como el fin era quitársela de encima a toda prisa, acomodó Eufrosina a la primera que se le presentó, y era una pobre indita como de ocho años, es decir, todavía necesitaba que la cuidasen.
A esta gran persona entregó Eufrosina su hija con la mayor confianza, y ya se deja entender qué segura estaría esta en los débiles y aturdidos brazos de una muchacha* de tan corta edad. Raro era el día en que no llevaba dos o tres golpes. Cada rato lloraba, y era la pilmama reñida con demasiada aspereza por Eufrosina, siendo así que toda la culpa era de esta, por fiar su hija al cuidado de una criatura que no sabía ni podía tenerla según era conveniente.
Una ocasión, estando Eufrosina en el estrado entretenida con sus visitas y la pilmama divertida con la niña en el balcón mirando un víctor, o no sé qué friolera que pasaba por la calle, se empinó tanto en la verja para ver bien lo que quería, que colgándose demasiado la criatura, no pudo impedir que por su propio peso se le deslizara de los brazos y fuera a dar al suelo, en donde hubiera dejado los sesos con la vida, si por una casualidad no hubiera caído sobre un montón de lana que habían sacado a asolear unas pobres que vivían en la accesoria que caía bajo del balcón40.
Este afortunado accidente escapó a la niña de la muerte y de que recibiera el más mínimo daño.
p. 48No corrió igual suerte la infeliz María, que así se llamaba la pilmama, pues alborotada Eufrosina con el fracaso, y aun después de tener a su hija buena y sana en sus brazos, llena de la ira más necia e implacable, arrebató a la pobre muchacha, la arrastró por la sala, la pateó, la desgreñó, y le dio tal tarea de golpes, que si no se la quitan las visitas la mata sin remedio.
Finalmente, la triste muchacha se levantó del suelo toda aporreada, hecha pedazos y bañada en sangre, y tomó salir llorando de aquella funesta casa a curarse a la suya, dejando en poder de su ama su salario para siempre.
Eufrosina no se hizo cargo de que su desazón* y su imprudencia fueron las que arrojaron a su hija del balcón, sino que lo atribuyó al descuido de la maldita muchacha pilmama, como solía decir y así*, y conforme a este falso juicio, trató de que viniera otra, porque su hija le pesaba demasiado en los brazos.
Para esto la encargó por todas partes, teniendo a lo menos el cuidado de solicitarla grande, para que no se volviera a repetir la amarga escena del balcón.
Es menester decir en este lugar, en obsequio de la piedad e ilustración de Eufrosina y sus visitas, que no se olvidó de dedicar a cierto templo un gran retablo representativo del milagro tan patente. Dije a cierto templo y no a cierta imagen, porque en el retablo estaban pintados diversos santos, según fueron los invocados por las visitas; después del pasaje* se trabó entre ellas una disputa tan ridícula como acalorada acerca del santo que* había hecho el milagro; de suerte que cada una lo pedía para su santo, hasta que a pluralidad de votos se resolvió que todos se pintaran en el lienzo, y quedó el milagro en opiniones. ¡Contención pueril y propia de gentes que tienen poco conocimiento de su religión! En otro lugar explicaremos qué son milagros, cuáles favores, quién los hace y por qué41.
En efecto, a los dos días acomodó Eufrosina a una pardita bonitilla, como de diez y seis años, muchacha muy viva y alegre, que cuando estaba delante de ella, que era muy rara vez, hacía a la niña mil mimos y zalamerías con que dejaba a su madre lela, y le dispensaba esta tanta confianza, que le permitía salir a la calle cuando se le antojaba, con achaque de divertir a la niña42.
Cada rato estaba esta empachada, sin saber por qué. ¡Ya se ve!, la pilmama nunca decía que le daba peritas verdes, tejocotes, chicharrón, ni otras porquerías semejantes; pero así lo hacía, como lo hacen las muchachas para que la niña no llore, para que no se le salte la hiel o se le reviente un ojo43.
La pobre criatura comía aquellas golosinas perniciosas con la misma indiscreción con que se las daba la pilmama, y de repente perdía la gana de comer, padecía ansias, licuaciones, calenturas, meteorismos o aventazones* y todos los síntomas del infarto44.
p. 49Luego que se avisaba a la madre del estado enfermo de la niña, se congregaban las amigas viejas y mozas, y se comenzaba la ordinaria canción de «¡Virgen! ¿Qué tendrá la niña? ¿Qué será esto? ¿Qué habrá comido? ¿Qué le has dado, Francisca?», etc.
Pasadas estas importunas exclamaciones, se resolvía por la junta de médicas que aquello era empacho, y se recetaba de palabra la col de China, el pollo prieto molido, el azogue, la manteca y otras drogas tan inútiles como sucias. El mal en mil ocasiones no cedía y era preciso recurrir al médico, quien echaba mano del jarabe de durazno, oximiel scilítica, ipecacuana, ruibarbo, tártaro emético y cuantos laxantes, vomitivos y purgantes consideraba útiles en el caso, a los que cedía el mal; pero apenas convalecía la niña, cuando recaía; así porque la pilmama no se abstenía de darle porquerías, como porque su estómago quedaba siempre más débil de resultas de la anterior enfermedad45.
Así pasó esta pobre criatura su primera infancia, llena de achaques y dolencias, hoy con una pilmama y mañana con otra; y si tan mal le fue en su crianza física al lado de estas, ¿qué sería en su educación moral? Sin duda, debía ser conforme eran sus primeras ayas o cuidadoras con quienes estaba continuamente.
Unas eran soberbias, otras desvergonzadas, esta vengativa, aquella embustera y todas como se puede considerar. Con esto, de unas aprendió a llorar por cuanto quería y a enfadarse si no se lo daban pronto; de otras a levantar la mano para cualquiera; de otras, a pedigüeña; de otras, a remedar a todo el mundo y sacar la lengüita con mofa; de otras, a temer al coco, al viejo, a la bruja y a los aposentos sin luz, y de todas a ser, en cuanto su edad lo permitía, la muchacha más necia, atrevida y malcriada46. Bien que todas estas pasaban por gracias entre sus padres, parientes y domésticos. Ya en el discurso de esta historia iremos viendo el fruto de este criminal abandono.
Muy diversa fue la conducta del coronel con su hija, pues le buscó para pilmama, no la primera que encontró, sino una niña decente, aunque pobre, humilde, bien criada y recogida, a la que ni él ni Matilde trataban como criada, sino como hija, ni se separaba de su vista para nada. Con esto sucedieron dos cosas muy interesantes. La primera, que la noble pilmama los amaba a ellos como padres y a la niña como a hermana, y la segunda, que no tenía lugar de darle golosinas dañosas, ni de enseñarle vicios que ella misma ignoraba. Con estas precauciones se crio la niña buena y sana en el cuerpo, y libre de resabios antimorales en el espíritu, lo que fue principio de su felicidad, como veremos. ¡Tanto valen estos primeros cuidados en la infancia!
Frecuentemente decía el coronel a Matilde:
—No puede reprobarse el uso de las pilmamas, porque aunque el cuidado de los hijos es privativo de las madres, no siempre estas tienen todo el lugar necesario para el caso y muchas veces les falta la aptitud que se requiere. Lo primero acontece a las pobres y lo segundo a las enfermas. Así es que se ven como obligadas a solicitar quien las ayude; pero cuando esto sea, deben, en cuanto esté de su parte, procurar que sus hijos se entreguen, no solo a una mujer juiciosa y capaz de encargarse de un cuidado como este, sino que, si es posible, se deben buscar para pilmamas mujeres de virtud y de talento.
p. 50»Acaso te parecerá esto una nimiedad, mucho pedir y tal vez un imposible; mas no hay tal. Cualquier diligencia que se haga para esto, cualquier trabajo que se tome y dinero que se gaste no está por demás, considerando lo grande del objeto y las ventajas que se logran.
»Se cree, y se cree mal, que las pilmamas solo deben servir para cargar y divertir al niño y no para enseñarle alguna cosa buena. Semejante equivocación hace que se valgan las madres de la primera que se presenta, aunque sea una muchacha pequeña, una enferma, loca, viciosa o necia, y este equivocado proceder hace que los niños se críen golpeados y enfermos, o que se contagien con alguna enfermedad peligrosa: esto lo demuestra la experiencia cada día. ¿Cuántas veces vemos a niños de padres robustos, llenos de sarna, granos, escrófulas, jiotes, etc.47? ¿De dónde pueden adquirir estos males, sino mil veces de las pilmamas enfermas con quienes andan continuamente, duermen, comen y trasudan?
»Ya ves aquí un principio de un mal físico, dimanado de la ninguna* elección de las madres cuando tratan de acomodar* pilmamas para sus hijos. Pues de esta mala elección resulta también otro principio de mal moral. ¿Qué son por lo común las pilmamas? Cuando no sean viciosas, son demasiado ignorantes. Y ¿qué aprenderán los niños con la continuada compañía de una mujer llena de vicios, o de errores, o de todo junto? Seguramente todo, pues en los primeros años tenemos la aprensión muy viva y retenemos tenazmente y con gusto lo primero que oímos o vemos.
»Aquella demasiada libertad que se concede a las pilmamas para que saquen los niños a la calle con el pretexto de que los diviertan y por no oírlos chillar, también es origen de mil daños, pues por un amor mal entendido les dan cuantas frutas y alimentos comen, sin distinguir lo verde de lo maduro, lo suave de lo de difícil digestión, ni lo sano de lo nocivo, y de aquí resultan también los granos, la sarna y los infartos repetidos.
»Todavía sufren mayores perjuicios los niños abandonados a esta clase de libertad. Mordidas cariñosas, pellizcos de enfado, estrujones de venganza y golpes de accidente son los gajes que reciben casi siempre de sus buenas pilmamas. ¡Cuántos niños han sido tristes víctimas del descuido de las madres en esta parte y de la indolencia y perfidia de sus pilmamas! Un famoso médico de Edimburgo fue llamado a una de las principales casas de la ciudad para que curara a un niño de dos años, acometido de un terrible mal que no se conocía. Llegó el médico y halló al niño todo torciéndose, en un continuo grito, muy renegrido y casi con la convulsión de una mortal alferecía48. El médico le aplicó lo más específico del arte; pero todo su empeño y habilidad, toda la eficacia de los remedios y el cuidado de la madre fueron inútiles. El niño murió entre terribles ansias. Admirado el facultativo de la tenacidad del mal y deseoso de indagar la causa de su resistencia, hizo desnudar al niño, y le encontró en el espinazo clavado un fistol hasta la cabeza49. ¡Cuál sería entonces su asombro y cuánto el sentimiento de la madre al saber que la pilmama, por una cruelísima venganza, había cometido semejante atroz infanticidio50!
p. 51»Tú eres madre y yo lo dejo a tu consideración. Si un caso tan funesto fuera el único en su especie, se podría tener a dicha; pero son más frecuentes de lo que se piensa, aunque no sean con tan criminales circunstancias. En esta ciudad han volado de los brazos de las pilmamas a la calle algunas criaturas, de las cuales unas han muerto y otras han quedado lastimadas y contrahechas. Por meterse a ver un pleito una de esas pilmamas paseadoras, tocó al niño que llevaba una pedrada en la cabeza, de la que quedó en el sitio; otra, mientras reñía con una mujer sobre celos, puso al niño en el suelo y pasó sobre él a este tiempo un caballo y lo mató.
»De estos ejemplos ha habido varios, y las madres no escarmientan. Deberían no apartar jamás sus hijos de su vista, y así los tendrían más seguros, más sanos y más bien criados.
Volviendo a Eufrosina, digo, que apenas cumplió los tres años su niña, cuando a pretexto de que ya era grandecita y perdía tiempo, la puso en la amiga, y aun procuró persuadir a su hermana Matilde hiciera lo mismo con Pudenciana51.
Pero Matilde, acostumbrada a no hacer cosa alguna sin el parecer de su marido, comunicó con este los consejos que le había dado Eufrosina, a lo que el coronel le contestó de este modo:
—Hija, no creas que tu hermana trata del bien de su niña, cuando la separa de su lado en una edad tan insuficiente para aprender, ni la mueve a esto el deseo de que sepa la doctrina cristiana, ni quitarla del sol, ni otra causa de las que alega. El deseo de su más completa libertad para prenderse y pasear es el motivo legítimo que tiene para separar de sí a su criatura, y a ti te aconseja de igual modo, o para que estés expedita para acompañarla a sus bureos, o para que tu diversa conducta no le sea una tácita reprensión52.
»Mas yo me hallo muy distante de conformarme con su modo de pensar en la materia. No, no enviaré a mi hija a la amiga tan fuera de tiempo. Estoy confiado en que eres buena madre y la quieres mucho, y por lo mismo no te será gravoso el cuidarla en tu casa, ni el sujetarte por ella o privarte de algunas diversiones.
—Ya se ve que no –decía Matilde–, yo lo haré de muy buena gana; pero me hace fuerza oír decir que tres años no es edad suficiente para enviar las niñas a la amiga; porque las he visto enviar más chiquillas, hasta de dos años; ¡ya se ve!, ¡qué digo de dos años, si las he visto destetar en la amiga!
—Yo no pongo duda en eso –decía don Rodrigo–, pero mientras menos edad tengan, menos tiempo es de enviar las criaturas a esas escuelas o casas de enseñanza. Solo en el caso muy apurado de que la madre sea muy pobre, sola, que tenga que buscar el pan y ni pueda cargar con su hijo, ni tenga a quien confiarlo mientras vuelve, solo en este caso, digo, aprobaría yo que lo dejara en la amiga, porque esto era menos malo que dejarlo abandonado a su indiscreción*; pero una mujer de proporciones como tu hermana no tiene disculpa para hacer tales sacrificios solo por contentar su libertad.
p. 52»Y no te escandalices de oírme decir que es sacrificio enviar a los niños a la amiga tan temprano, porque lo es en realidad. No lo diga yo; los médicos sabios y los documentistas sensatos son de este parecer; porque la imprudencia en que por costumbre, por necesidad o por ignorancia incurren las más o todas las maestras y maestros de tener sentados a los niños cuatro horas por la mañana y tres por la tarde, es a costa del sacrificio que sin malicia hacen de su salud.
»No te admires, vuelvo a decirte. La constitución física de los niños en su tierna edad pide para su robusta formación respirar el aire más libre, hacer el mayor ejercicio y tener el espíritu tranquilo; porque entonces es cuando sus fluidos necesitan circular con más rapidez para vigorizar las fibras, y que estas se desarrollen sin el menor embarazo; para esto es necesaria la buena digestión y transpiración, a la que coadyuva más que nada el ejercicio corporal y la quietud del ánimo; lo que no se logrará perfectamente atemorizando al niño, ni obligándolo a estar sentado mucho tiempo; pues semejante posición le es tan violenta como natural el estado de la acción y movimiento53.
»En virtud de lo que te digo, mira tú si será un sacrificio el enviar a los niños tan temprano a esas amigas o casas de enseñanza.
—Estoy por convencerme –decía Matilde–, estoy por convencerme de estas razones, aunque no las entiendo bien. Solo quiero que me expliques ¿cómo es eso de que las criaturas están sentadas a fuerza y contra la naturaleza?, que eso pienso que quiere decir lo que me has dicho de que tal situación les es violenta.
—Muy bien* –decía el coronel con gran cachaza54–, ¿si a ti te obligaran a cuartazos o a regaños a andar brincando y saltando todo el día, lo hicieras de buena gana?
—Ni de buena ni de mala –decía Matilde riendo a carcajadas–. ¡Qué chula anduviera yo tan larga, y saltando y brincando sobre los canapés y sillas de casa lo mismo que una ardilla!
—Pero si te hicieran saltar a fuerza, ¿qué habías de hacer?
—No, no saltara –decía Matilde– aunque me mataran.
—Vaya, eso es decir, hija –contestaba el coronel–, eso es decir; pero el rigor obliga a mucho más. Aun concediéndote esa fortaleza, que no tendrías, los niños no son capaces de ella, porque ni su razón* ni su capricho pueden balancear contra el temor que les inspira la sola amenaza del castigo. Mas prescindiendo de esta fortísima razón, tú de liso y llano confiesas que te sería muy violento el saltar y brincar todo el día, y que ni aun oprimida por la fuerza lo harías, ¿no es esto?
—Así es –decía Matilde–, me sería, no solo violento, pero pesadísimo tal ejercicio, porque ya mi edad no es para brincar y saltar como perrito de faldas.
—Pues has caído –contestaba su esposo–, tan violenta es la quietud para un niño, como el travesear y corretear todo el día para un adulto. Cada edad tiene sus peculiares propensiones y apetitos. Es menester conocer esta verdad para ser más indulgentes con los hombres y mucho más con los niños.
—Yo convengo con tu parecer –decía Matilde–, pero pienso que, a pesar de las razones que alegas, estamos los padres de familia obligados a enviar a nuestros hijos cuanto antes a las amigas, o migas, o como las llaman, para que se instruyan temprano en la ley de Dios y para que aprendan a leer, escribir, coser, bordar y lo demás que deben saber según su clase; y esto creo que debemos hacerlo, aunque sea a costa de ese sacrificio que dices, y más que teman el enojo o castigo de los maestros; porque no me negarás que el refrán antiguo dice que la letra con sangre entra, y labor con dolor, y ya tú sabes que los refranes antiguos son evangelios chiquitos.
p. 53—No todos –decía el coronel–, es verdad que hay muchos proloquios comunes que incluyen unas sentencias morales o políticas, y que son, no solo ciertísimos, sino recomendables y santos55; pero a la vuelta de estos hay no pocos que son unos desatinos garrafales y unos despropósitos que, sin más apoyo que la antigüedad de su origen, han hallado abrigo en muchas cabezas a la sombra de la ignorancia y la preocupación. Uno de estos es el que acabas de citar a favor de tu opinión. ¿Quién te ha persuadido, hija, de que la letra con sangre entra? Esta es una máxima tan falsa como cruel y tan impolítica como necia. Nada entra con sangre a los racionales; el rigor solo sirve de embrutecerlos, de agitarlos y envilecerlos. La experiencia diaria enseña que el muchacho muy regañado y muy golpeado, lejos de aprovechar lo que se quiere, por lo ordinario sale flojo y sinvergüenza y abandonado; al principio teme mucho y se atolondra, después teme menos y se descuida de propósito, y últimamente no teme nada, odia a sus verdugos, y se hace el ánimo de no complacerlos en cosa alguna, solo porque ellos se lo mandan, y esto lo lleva a efecto a costa de su pellejo, mientras está en estado de sufrir, que en llegando a criar alas, levanta el vuelo, se sustrae del dominio de los que así lo han tratado, se entrega a rienda suelta a sus pasiones y se pierde sin remedio56. A estos muchachos se conocen bien con el nombre de curtidos. ¿No es verdad? ¿No conoces algunos de los que se dice: ya este no le hace caso a los azotes, ya está curtido? Pues ya ves el fruto que se debe esperar de un tratamiento riguroso con los niños y cuán lejos está el imprudente castigo de facilitar su enseñanza. ¡Gracias a Dios que en el día ya se va conociendo esta verdad y se va desterrando de las clases y casas de enseñanza el rigor, el azote y la vileza, que por tanto tiempo se creyeron los medios más prontos, eficaces y seguros para enseñar a los niños.
—En verdad que estoy por convencerme –decía Matilde–, pero mis tías, mi hermana y las amigas de mis tías me dicen muy al contrario, esto es, que conviene educar a los niños muy temprano y tratarlos con la mayor severidad, si no se crían los muchachos malcriados.
—Nada más has hecho –respondió el coronel–, nada más has hecho que confirmar que estás preocupada en la doctrina que te han inspirado tu hermana, tus tías, y otras personas y viejas tan ridículas e idiotas como ellas.
»Sé que hablo contigo, que me amas, te merezco buen concepto, y al fin te has de adherir a mi opinión, por eso me explico con tanta sencillez; pero no quiero que por amor o por respeto coincidas con mis ideas, sino persuadida por la razón, la experiencia y la autoridad.
»Por la razón debes convencerte de que los niños racionales no se deben enseñar como si no lo fueran, igualándolos al elefante, al perico, al oso, al mono, al caballo, al perro y a otros brutos, a quienes también se enseñan muchas cosas, o por medio de la industria tenaz o por el del castigo sin regla; pues vemos que los niños aprenden mil cosas muy breve, aun cuando no se emplean para ello estos dos medios destinados privativamente para los brutos.
»Esto que la razón dicta* confirma la experiencia. Tú misma sabes cuántas monaditas enseñaste a tu hija siendo tiernecita, y aun cuando ni sabía hablar ni entendía mejor que ahora lo que le enseñabas; y sin embargo, admirabas la prontitud con que aprendía a hacer mil monerías, y las aprendía a hacer breve y sin que empleases para ello ninguna severidad; luego el rigor y el castigo no es el único ni el mejor medio para enseñar a los niños, pues vemos que estos aprenden sin él.
p. 54—Bien está –decía Matilde–, pero si mis tías dicen que no se puede menos y que ya tardamos en enviar a la amiga a Pudenciana, porque mientras más grande sea más trabajo costará que aprenda, ¿qué quieres que yo diga, cuando sabes que mis tías son unas señoras muy cristianas, prudentes y sabias, y sobre todo ya tan ancianas, que es fuerza que sepan más que yo, porque la experiencia y el mundo que tienen las ha enseñado?
—¡Válgate Dios por experiencia! –decía el coronel–, ¡válgate Dios por experiencia, por mundo y por viejas que te tienen preocupada! Yo conozco que eres dócil; pero por desgracia sorprendieron esas señoras y otras personas vulgares tu docilidad a su favor desde tus tiernos años, y te llenaron la cabeza de mil preocupaciones e impertinencias, de que no es muy fácil te desprendas.
»No me admiro de que así te haya acontecido, ni eres tú sola la que cae en estos lazos. A muchas personas conozco contagiadas de esa misma peste; pero ¿qué personas? De aquellas que se llaman gente decente, y que huyendo de ser y parecer vulgares por su nacimiento, educación y destinos, lo son, a su pesar, por sus opiniones e ignorancia.
»Ello es un mal más común de lo que se cree, y cuando las preocupaciones se maman con la primera leche cuesta mucho trabajo abandonarlas; a veces se resiste a toda persuasión, y entonces la enfermedad es incurable.
»Yo no desespero de curarte de esta, pues te he curado de otras necedades que te habían inspirado las mismas maestras. Mira, hija: la primera preocupación o engaño en que vives es pensar que tus tías y cuantos viejos y viejas te dicen alguna cosa son sabios y que en fuerza de sus años no pueden engañarte ni engañarse. Este es un error tan común como craso.
»Es verdad que los viejos son dignos de la veneración de los mozos, y así se lo debes inspirar a tu hija, porque tal respeto es un homenaje debido a la vejez. También es cierto que debemos escuchar a los ancianos con atención, pues por lo ordinario hablan con juicio y madurez, y aun cuando carezcan de principios científicos, realzan y autorizan su conversación con hechos indubitables de que tienen suficiente experiencia.
»Todo esto es cierto; pero no lo es menos que estas no son reglas generales, antes bien, tienen mil excepciones. Todos los días y en todas partes vemos viejas y viejos necios, supersticiosos y embusteros…
—No –decía Matilde–, mis tías no son embusteras ni supersticiosas. Yo las tengo por muy buenas cristianas. ¡Ojalá fuera yo como ellas!
—No te enojes, hija –respondía el coronel–, yo no hablo precisamente de tus tías. Las conozco y las amo. Sé que son muy buenas señoras, y que si te han metido en la cabeza algunas vulgaridades, no ha sido por malicia, sino por falta de instrucción; pero de cualquier modo te han perjudicado.
»Ya ves que para romperte la cabeza lo mismo será que te den una pedrada por dar a otro o que te la disparen con puntería, y el médico que desee curarte se hará cargo de la incisión sin necesitar saber cómo te dieron la pedrada. ¿No es esto?
—Es así –decía Matilde–, ya te entendí; pero ¿a qué viene eso?
—A hacerte ver –respondía don Rodrigo– que no debemos creer a puño cerrado todo cuanto nos digan todos los viejos solo porque son viejos; pues así como la verdad no pierde nada en boca de los niños, así el error y la mentira no dejan de serlo en boca de los viejos; y tales hay que, sin embargo de sus canas, son harto necios, supersticiosos y embusteros, según te acabo de decir y como tú misma lo habrás experimentado por tus ojos. Acuérdate cuántas veces has criticado conmigo las conversaciones de don Tadeo y doña Sinforosa.
p. 55—Bien me acuerdo –decía Matilde–, pero ¡si* esos señores son insufribles! A cada paso sacan lo de su tiempo, y nada de lo del nuestro les contenta. Son como aquellos que no saben alabar más que su tierra y apodan cuanto ven en otra. ¿Quién ha de tener paciencia para oír hablar siempre de pretinas, bigotes, guardapieses*, cofias, cotillas y dengues, apocando de paso los túnicos, tápalos, mantillas y cuantos trajes se usan en nuestros días57? ¿Ni quién ha de creer que antes eran los hombres más justos y las mujeres más recatadas que hoy, como nos quiere persuadir don Tadeo? Tú me has dicho, y yo lo creo porque me lo has hecho ver, que el mundo siempre ha sido mundo y que desde su principio rompieron los hombres en maldades, han seguido y no cesarán de ellas hasta que arda todo como Troya.
»También me has dicho que siempre ha habido hombres timoratos y mujeres arregladas; que al variar de vestir, comer, etc., se le ha llamado moda, y que esta variación ha sido muy continuada en las más partes de la tierra, especialmente en la Europa… En fin, me has dicho tanto, que ya no me acuerdo; pero he quedado asegurada de que don Tadeo es un tonto y la buena vieja de su mujer otra simple.
—No me disgusta ese concepto que te has formado de ellos –decía el coronel– porque el hombre o mujer que por capricho, pasión, o ignorancia pretende que le crean un absurdo sobre su palabra, merece que le tengan por un tonto. Pero dime: ¿qué juicio has formado del maestro barbero de casa? Este a lo menos no te deberá tan mal concepto.
—¿Cómo no? –decía Matilde riendo de muy buena gana–. Ese pobre abuelo me debe peor concepto, porque, no solo lo tengo por tonto, sino por mentiroso. ¡Jesús, qué hombre!, no tiene palabra de verdad, y luego cuenta unos cuentos y unas mentiras impasables.
—Pero eso lo cuenta por divertirnos.
—¡Qué por divertirnos! ¿no ves qué formal se pone y cómo se enoja cuando le digo que es mentira lo que me cuenta y que no lo creo? Pues una vez que se incomoda porque no lo creo, es prueba de que quiere que trague sus mentiras por verdades. Yo ya ni le contesto; me enfada mucho un viejo majadero.
—¡Ah! ¿conque tú conoces algunos viejos tontos y majaderos cuyas conversaciones te disgustan y cuyas patrañas te enfadan? –decía don Rodrigo prosiguiendo–. Después de todo, hija, tú tienes razón. ¿Qué dijeras si supieras que el mismo Dios por el Eclesiástico nos dice que tres cosas abomina y detesta de todo corazón, a saber: el pobre soberbio, el rico embustero y el viejo fatuo e insensato58?
»Conque ya estamos en que hay viejos tontos, majaderos y viciosos. Ahora ¿en qué piensas consiste que haya tal clase de viejos, que no son muy pocos?
—No sé –decía Matilde.
—Pues sábete que no consiste en otra cosa, sino en que de mozos no cultivaron ni la ciencia ni la virtud. Cuando jóvenes despreciaron los libros, mofaron a los sabios, huyeron de los arreglados y timoratos; y así, por necesaria consecuencia, cuando viejos, unos son unas máquinas semovientes, y otros (estos son los peores) sobre necios, son unos viejos escandalosos y detestables, que tienen que sufrir infinitos desprecios y burletas59. ¡Justo castigo de su pereza y abandono!, porque lo que se siembra en la mocedad eso se cosecha en la vejez, y esta suerte corren las mujeres lo mismo que los hombres.
p. 56—Todo está muy bueno –decía Matilde–, estoy convencida de esas verdades; pero ¿a qué ha venido toda esta charla? Comenzamos por los niños y hemos acabado por los viejos.
—Esto es lo que sucede diariamente en las conversaciones familiares –decía don Rodrigo–; se comienzan por una cosa y acaban por otra muy distinta; pero yo ahora no he perdido de vista el asunto principal de la nuestra. Cuanto hemos hablado se ordena a enseñarte que así como hay viejos sabios, hay viejos ignorantes, pues nadie adquiere talento, virtud ni erudición solo por haber nacido antes que otros.
—¿Eso quién te lo niega? –decía Matilde–. Ya sabemos que el que de mozo no se instruyó, de viejo será un necio como un cualquiera, sin que sus años le sirvan de otra cosa que de acusarlo de su inaplicación o pereza.
—Pues me alegro de que te halles penetrada de estas verdades –decía don Rodrigo– y según ellas, desde luego no creerás cuanto te han contado ni te cuenten tus tías, solo porque son viejas; porque no debemos cautivar nuestro entendimiento a la sola autoridad, si no hallamos apoyo en la razón o en la experiencia. Solo en materias de fe no cabe esta regla, pues debemos sujetar el juicio a la revelación de que tenemos noticia por una tradición antigua e inalterable; circunstancia que, aun según el criterio humano, apoya con mucha solidez la verdad de nuestra religión. Quizá otra vez te hablaré de estos más despacio. Por ahora, repito que solo en materias de fe hemos de creer con sujeción a la autoridad; pero en materias humanas somos libres para examinar si puede una cosa ser verdad o no, sin miramiento alguno a la persona que lo dijo; y cuando la razón o la experiencia nos persuadan que es falso lo que nos han dicho, no solo podemos, sino que debemos despreciarlo, sea cual fuere el autor de la tal patraña.
»Mas cuando la cosa que nos dicen se halla, además de confirmada por la razón y la experiencia, recomendada por la autoridad de los sabios, entonces seremos insensatos o locos si queremos resistirnos a su creencia. Por ejemplo: si yo quisiera persuadirte de que no se debe castigar a los niños con dureza, con venganza ni frecuencia, porque tal modo solo sirve de hacerlos estúpidos, sinvergüenzas e incorregibles, y esto quisiera yo que lo creyeras, solo porque soy coronel y tu marido, sin darte otra razón, sería una necedad mía, y tú no deberías creerme, si tenías otras ideas que te convencieran de lo contrario; pero si después de haberte señalado la causa de lo que te digo, por la razón y por la experiencia, añadiera las autoridades de un Cicerón, de un san Gerónimo, de un Blanchard, de un Fenelon y de otros varios, que van conformes con que el tratar a los niños con una imprudente severidad, no solo es inútil, sino pernicioso; en este caso, digo, ya no tienes ningún fundamento para dudar de mi opinión, porque la ves corroborada por la razón, la experiencia y la autoridad60. Entonces ya me debes creer, y abandonar como boberías las máximas de tus venerables tías, reírte de los refranes vulgares, estar entendida de que ni la letra, ni la labor ni nada entran con rigor, mejor que con la suavidad y el cariño, del que se debe usar más liberalmente con las niñas, en atención a su complexión más delicada, a su pudor y timidez. Y descansando en estos racionales sentimientos, procurarás desde luego educar a Pudenciana según mi modo, sin sujetarte a otro alguno contrario. ¿Qué te parece? A esto ha venido toda la conversación de los niños y los viejos. ¿Qué dices?
—¿Qué he de decir –contestaba Matilde– sino que estoy perfectamente convencida de cuanto dices? La verdad tiene un poder irresistible. Desde hoy escucharé a mis tías y a las que no sean mis tías con más cuidado; reflexionaré en lo que me cuenten; haré lugar a la razón con imparcialidad, y si ella se declarase en su contra, despreciaré sus cuentos, me reiré de ellos, y no los creeré aunque sus autores tengan más canas que cabellos. Pero hablando de aquellos muchachos duros y sinvergüenzas para quienes son inútiles los consejos, y acaso pernicioso el castigo, dime ¿qué se debe hacer con ellos?, ¿se han de dejar impunes sus delitos?, ¿se han de dejar perder porque no les aprovecha el castigo?
p. 57—No se puede aconsejar tal cosa –decía el coronel–. Yo bien sé que hay muchachos que desprecian los buenos ejemplos y consejos, se burlan de las amenazas y se obstinan con el castigo. ¡Infelices! Para estos ninguna educación es buena, por prudente y eficaz que sea. En tal caso, a mi parecer, lo mejor es separarse de ellos. Si son hombres, ponerlos al servicio del rey, pues en la tropa si no adquiriesen luces ni virtud, serán menos viciosos públicos, cuando no por voluntad, por el temor de las penas que prescriben las ordenanzas contra los que faltan a la subordinación debida a los que los mandan; y si son mujeres, recluirlas en un colegio o monasterio en la clase que se pueda, según las proporciones de los padres, esto es, como niñas o sirvientas, pues a lo menos, cuando el ejemplo bueno no las corrija, la ninguna libertad, la continua ocupación, acaso gastarán algún tanto su inclinación perversa.
»Yo aquí propongo unos remedios que no apruebo como seguros, sino solamente paliativos para entretener el mal, y como suele decirse, por si pegan, pues un muchacho o muchacha de maldita inclinación, solo por una rara casualidad puede corregirse. Lo frecuente es que se extravían y se pierden de día en día. Si los padres han hecho lo que deben por su bien, deben desechar los escrúpulos, abandonarlos y pedir a Dios por ellos.
—Lástima me dan –decía Matilde– semejantes hijos, y más sus infelices padres, pero creo cuanto me dices. He conocido algunos que me aseguran del juicio con que hablas, y por lo mismo siempre que me convenzas como ahora, yo te creeré sin repugnancia.
—Esa docilidad de carácter que tienes –decía el coronel– es una señal segura de talento. Tú no sabrás lo que no te enseñaren; pero ten cuidado de no olvidar estas lecciones, para que las ejercites con fruto en la educación de nuestra hija.
Tales eran las conversaciones de estos dos consortes, y yo, aunque muchacho, me engolosinaba en oírlos, y ellos no se recataban de mí para hablar de semejantes asuntos61; me amaban como hijo y yo amaba a su niña como si fuera mi hermana.
i En la cuarta edición «aturdidos» pasa a calificar a la muchacha, quedando: «en los débiles brazos de una muchacha aturdida y de tan corta edad».
ii desazón] imprevisión 1842.
iii La cuarta edición elimina «y así».
iv después del pasaje] porque después del lance 1842.
v que] de quién 1842. Probablemente se sustituye para evitar la repetición léxica.
vi aventazones] aventamientos 1842.
vii ninguna] mala 1836, 1842.
viii acomodar] acomodar en sus casas 1842.
ix indiscreción] discreción 1842.
x Muy bien] Mira 1842.
xi razón] corazón 1842.
xii dicta] también lo dicta 1842. Se añade para aclarar el sentido de la frase.
xiii Las exclamaciones no estaban en la primera edición, por lo que la cuarta edición decide corregir eliminando el «si» introductorio.
xiv Así en el original. La cuarta edición corrige la formación del plural.
39 Pilmama: «aya, ama de cría, llamada también nana; sirvienta encargada del cuidado, crianza y aun de la lactación del niño; nodriza, niñera» (Santamaría). Voz náhuatl.
40 Pomposa cae desde el balcón durante la procesión de un víctor o vítor («función pública en que a alguien se le aclama o aplaude una hazaña o acción gloriosa», DRAE) a una accesoria, un edificio o estancia contiguo a la casa. Su madre, mientras, estaba en el estrado, el espacio de la casa donde las señoras recibían visitas.
41 Aquí el narrador hace un adelantamiento del discurso. Estos asuntos se tratarán en el capítulo XXVII de esta edición.
42 Con el vocablo parda, aquí en diminutivo, se aludía en México a las mulatas o mestizas. Generalmente el término se extiende para referirse a personas de origen humilde (Santamaría). Aquí se tomará la licencia de salir a la calle con la excusa (achaque) de entretener a Pomposa.
43 Los tejocotes son un fruto amarillo, parecido a la ciruela; el chicharrón es un «trozo de gordura o de lonja, de gordura con piel, o de carne, de cerdo, frito en su propia pringue» (Santamaría). Obviamente, ninguno de estos manjares es recomendable en las obras de crianza que atesora don Rodrigo.
44 Todas estas consecuencias se refieren a dolencias gástricas: náuseas, diarreas, fiebre y abultamiento del vientre. Infarto se emplea en la acepción de «aumento de tamaño de un órgano enfermo» (DRAE), no en este caso el infarto de miocardio.
45 Se recogen en este párrafo diferentes tratamientos para los males digestivos. En la edición de Palazón Mayoral se recopilan diferentes obras médicas y farmacológicas que explicitan el uso de estos remedios (I.2. notas 24–31). Oximiel hace referencia a un jarabe de vinagre y miel; la ipecacuana es un arbusto cuya raíz se utiliza como purgante que provoca el vómito, así como el compuesto de antimonio y potasio que es el tártaro emético.
46 Junto a las imágenes más extendidas que provocan el susto en el niño, como el coco o la bruja, aparece aquí también el viejo, que Palazón Mayoral identifica, probablemente, con el nagual, la figura de un indio viejo que se transforma en perro lanudo y con poderes maléficos (I.2. nota 34).
47 Escrófulas: «tumefacción fría de los ganglios linfáticos, principalmente cervicales, por lo común acompañada de un estado de debilidad general que predispone a las enfermedades infecciosas y sobre todo a la tuberculosis» (DRAE). Jiotes: «empeine, impétigo o pitiriasis» (Santamaría), ‘enfermedad cutánea’.
48 Alferecía: «enfermedad, caracterizada por convulsiones y pérdida del conocimiento, más frecuente en la infancia, e identificada a veces con la epilepsia» (DRAE).
49 Fistol: «alfiler grande, y por lo común adornado, cuyo principal uso es prenderlo como adorno en la corbata» (Santamaría, precisamente recogiendo este ejemplo).
50 Palazón Mayoral aventura que quizás pudo Fernández de Lizardi tomar esta anécdota del libro Medicina doméstica (1769) del doctor Buchan (traducido al castellano en 1785) (I.2. nota 41). No he podido localizar la referencia en este libro ni en otras posibles fuentes médicas sobre los peligros del cuidado de las nodrizas.
51 Generalmente se llamaba amiga, por extensión metonímica, a la «escuela para niños que en lo particular atiende una mujer, amiga o familiar de los padres de aquellos» (Santamaría), donde se recibían las primeras enseñanzas.
52 Bureos: ‘entretemiento’ (DRAE), vale como ‘fiesta’, para los que se ‘engalana’ (se prende) Eufrosina.
53 Jefferson R. Spell, citado en la edición de Graciela Michelotti (22, nota 50), relaciona estas recomendaciones para el ejercicio físico de los niños con la propuesta de José María Sánchez de la Barquera en el Diario de México (n.º 1018–1020, 13–15 de julio de 1808) que dedica la lección cuarta de la sección instructiva de educación física a «El ejercicio de los niños», donde reproduce diversas citas de Blanchard y Buchan. El número 1018 precisamente comienza aludiendo a lo pernicioso de mantenerse los niños mucho tiempo sentados, efecto de acudir prontamente a las escuelas. También hay indicaciones similares a las que hace aquí don Rodrigo en la obra de Ballexserd que había sido fuente declarada en el capítulo anterior. En cualquier caso, son recomendaciones muy generales que aparecen de una u otra forma en los manuales de instrucción del momento.
54 Cachaza: ‘parsimonia’ (DRAE).
55 Proloquio: ‘proposición, sentencia’ (DRAE).
56 En la edición de Graciela Michelotti, siguiendo nuevamente a Jefferson R. Spell, se señalan concomitancias con las ideas vertidas sobre los castigos corporales en la educación de los niños en el Diario de México, en los números 45, 46, 86, 87, 110 (23, nota 53).
57 La enumeración que ofrece Matilde contrasta costumbres antiguas en el vestir y la apariencia con las actuales. Junto con el bigote, que se encontraba en retroceso en la moda del día, se nombran las pretinas como cinturón o broche; las cofias para recoger el pelo; las cotillas, ropa interior para ajustar el talle, similar al corsé; los briales, vestidos lujosos que se remontan a la Edad Media; y los dengues, una capa pequeña de paño. Lo interesante de esta oposición es que los elementos despreciados por quienes son criticados aquí son propiamente mexicanos: el túnico («túnica comúnmente usada por las mujeres», Santamaría; con ese sentido también utilizado en otros lugares de Hispanoamérica) y el tápalo («chal, mantón, rebozo con que se tapan la cabeza y el rostro las mujeres», Santamaría).
58 Eclesiástico 25.4.
59 Semovientes: «que se mueven por sí mismos» (DRAE). Aplicado a personas tiene en este caso un uso burlesco.
60 Don Rodrigo justifica la construcción del propio discurso argumentativo de la obra, basado en la experiencia (que en la novela constituirán los núcleos narrativos, bien vividos por los personajes o como narraciones externas a la diégesis), la razón (el discurso en boca casi exclusivamente de don Rodrigo) y las autoridades que van engarzadas en el discurso. Aquí cita a dos de sus referentes en materia educativa: Jean Baptiste Blanchard, educador jesuita francés del siglo xviii, autor de L’Ecole des moeurs (1775), traducido prontamente al español por Ignacio García Malo como Escuela de costumbres o reflexiones morales e históricas sobre las máximas de la sabiduría (1786); y François Fénelon, escritor francés conocido por Las aventuras de Telémaco (1699) y autor del Traité de l’éducation des filles (1687), traducido como Tratado de la educación de las niñas por Remigio Asensio (1804). Ambos serán fuentes declaradas en los primeros capítulos de la novela.
61 El narrador hace su aparición para recordar que es testigo de todas las conversaciones y justificar así en parte su presencia en estas conversaciones maritales.
