Capítulo III En que se refieren otros pormenores de la educación de las niñas Pomposa y Pudenciana
Cada instante tenía yo con qué divertirme y qué notar en la diferencia de dos educaciones dadas a un tiempo en una misma casa, y a dos niñas iguales en edad y parentesco. Escribir todo cuanto advertí, sería un trabajo demasiado prolijo y fastidioso; a más de que es imposible acordarme de cuanto pasó entonces para contarlo ahora con la misma exactitud; y así nos habremos de contentar con referir lo que me pareció más notable, y por lo mismo* conservo en la memoria.
Cada familia de estas dos gobernaba su casa y educaba a sus hijos a su modo. La niña Pomposita fue enviada a la amiga bien temprano, según se dijo, y la niña Pudenciana permaneció en su casa hasta los cinco años cumplidos, en cuyo tiempo la puso el coronel al cuidado de una señora que unía a sus finos principios un talento no vulgar, una virtud sólida y un carácter propio para aya o maestra de niñas.
Tenía pocas, porque sabía que el cuidado repartido entre muchos discípulos o educandos, cábeles*a nada; y vale más educar y enseñar bien a diez, que mal a veinte. Con esta bella máxima estaba en continua observación sobre sus pocas discípulas, y no les perdía movimiento, cuya eficacia era causa de que ellas le tuvieran mucho respeto y cometieran menos faltas.
Para enseñarlas, jamás empleaba el rigor ni la dureza. Su carácter entre serio y afable era propísimo para inspirarles amor, confianza y respeto. Las niñas tratadas con método tan suave, pocas veces dejaban de corresponder a los deseos de esta buena señora, quien no las hacía estar sentadas muchas horas sino en castigo de su pereza, y esto no siempre. Por ejemplo, decía a las niñas: «En cuanto sepa la lección o acaben su labor, se van a jugar hasta que sea hora de rezar».
p. 59Con esto se apuraban las niñas para concluir su tarea, para disfrutar cuanto antes del asueto, y la que no se aplicaba, tenía que estarse sentada con la maestra hasta que aprendía la lección.
Ya se deja entender por este castigo, que allí no se conocía el azote ni la palmeta para nada: mucho menos había la pésima costumbre de picar a las niñas con las agujas ni lastimarlas con el dedal cuando por falta de aplicación o de talento no hacían bien la labor. El estilo serio y enojado que la maestra usaba con la desaplicada en este caso era un castigo atroz* y las más veces eficaz para las niñas, pues no estaban acostumbradas sino a ser tratadas con dulzura.
Otra máxima recomendable observaba que debería admitirse en las amigas por todas las maestras, y era no recibir niños en su escuela; porque decía que tenía mucha experiencia de las malas resultas que trae la mezcla de los dos sexos, aun en los tiernos años; que había advertido por esta causa hechos maliciosos en criaturas de cinco y seis años, que contados se harían increíbles para los que no conocen la depravación de nuestra naturaleza espoleada con el mal ejemplo; y por último, decía que las maestras que tienen esa mezcla deben ser demasiado vigilantes y prevenidas, porque tienen sobre sí una responsabilidad muy grave; lo mismo que los padres que, advertidos de estos inconvenientes, envían a sus hijos a semejantes casas, especialmente a las niñas, en cuya educación ningún pudor es nimio.
Tal era la conducta y modo de pensar de la maestra a cuyo cuidado fio el coronel la enseñanza de su hija Pudenciana.
Fácil es concebir el trabajo que le costaría hallarla, porque de estas maestras no hay abundancia. Pero ¿qué trabajo no se debe emprender para que se eduquen los hijos dignamente?
Se ha dicho que doña Matilde era una buena casada, y por lo mismo jamás se oponía a la voluntad declarada de su esposo. Sin embargo, no le pareció muy bien que se pusiera tan tarde su hija a la amiga, y no dejaba de darle sus piquetitos.
Me acuerdo que un día le dijo:
—¡Si vieras qué gracia de Pomposita! Ya sabe leer muy bien y la doctrina que es un portento. ¡Ya se ve! Como fue a la amiga* a buen tiempo… si mi hija hubiera ido entonces, ya sabría tanto o más; pero tú eres su padre, y sabes lo que haces.
p. 60El coronel la entendió, y sonriéndose le dijo:
—¡Qué cándida eres, hija! ¡Qué engañada estás! ¿Conque piensas que porque tu sobrina está dos o tres años hace en la amiga antes que tu hija, sabe mucho y lo sabe bien? ¿Crees que nuestra Pudenciana ha perdido el tiempo y no se sabe nada? Pues te engañas, ¿qué dijeras si yo te probara que tu sobrina no ha aprovechado cosa, y que en puntos de doctrina, tu hija sabe más que ella, aunque la otra sabe de memoria el catecismo del padre Ripalda de principio a fin, y tu hija no62?
—Yo no me sorprendería –decía Matilde– porque no concibo cómo una niña que ha estado en la amiga tres años hace, sepa menos que otra que lleva ocho días de escuela.
—Pues no es un arcano –respondió el coronel–: lo que no se aprende bien, nunca se sabe bien, y más vale ignorar una cosa del todo, que saberla mal; porque el que aprende mal, tiene dos trabajos cuando quiere aprender bien: uno es saber bien lo que le enseñan, y otro olvidar lo que aprendió mal, esto cuesta mucho trabajo, pues lo que se imprime primeramente, especialmente en la niñez, con dificultad se olvida.
»Conforme a estos principios inconcusos, ya verás que poco o nada sabe tu sobrina, y que ningunas ventajas lleva a tu hija, pues esta dentro de un año o menos sabrá leer bien, y aquella jamás, si no olvida antes leer mal, lo que es tan difícil como doble* el trabajo63.
»Por lo que toca a la doctrina cristiana, ya desde ahora sabe más Pudenciana que Pomposita. Es verdad que aquella sabe el catecismo de memoria; pero no lo entiende, y nuestra hija tiene ideas más perfectas y mejor concebidas de su Religión, aunque nada sabe como el loro*. ¿No le has preguntado quién es Dios? ¿Cuáles son sus atributos? ¿Dónde está? ¿Qué le debe? ¿Quién es ella? ¿Y en qué se diferencia del pájaro, del perro y de otro cualquier bruto?
—En verdad –dijo Matilde–, que no he tenido esa curiosidad, sin embargo de que te he visto algunas veces divertido en enseñarla; pero como estoy satisfecha de que ni sabe leer ni va a la amiga a oír rezar, pensé que no podía aprender muy fácilmente nada de esto.
—Pues te has engañado medio a medio –dijo el coronel–. Pudenciana me ha entendido, porque yo me he sabido dar a entender con ella, usando voces, frases y comparaciones propias, adecuadas* y perceptibles a su edad… Mas ella viene: quiero que te desengañes. Ven acá, mi alma, oye: dice tu mamá que piensa que no sabes la doctrina, o que se te ha olvidado, y para que lo crea, dile quién es Dios.
—La Santísima Trinidad –dijo la niña–, y la Santísima Trinidad se llama Padre, Hijo y Espíritu Santo, que aunque son tres personas, no son más que un Dios, y este Dios es un Señor muy santo, muy bueno, muy lindo, y…
—Sí, sí –dijo su padre interrumpiéndola–; pero tu mamá quiere que le expliques cómo es eso de que la Santísima Trinidad es un solo Dios, aunque tiene tres personas.
p. 61—¿Pues no me has dicho, papá, que como así tu casaca tiene dos mangas y el cuerpo, y no son tres casacas sino una no más, porque las tres cosas distintas todas son de un mismo paño, y tienen un mismo uso y un mismo tiempo, a este modo puedo medio entender que aunque en la Santísima Trinidad hay tres personas distintas, no son más que un solo Dios, porque todas son de un mismo tiempo, de una misma voluntad y de una misma esencia, así como las piezas de tu casaca son distintas, pero iguales en el paño? ¿No me has dicho esto, papá?
—Sí, hija, eso te he dicho, y me has entendido bien. Mas ahora dime: ¿qué cosa es Dios, que por otro nombre se llama Santísima Trinidad?
—¿Ya no dije, papá –respondía la niña–, que es Dios un Señor muy bueno, muy poderoso, muy sabio y muy lindo?
—¿Y de qué tamaño es Dios?
—¡Oh! Tú me has dicho que no tiene medida, que en todas partes está, que todo lo llena, y que es así como la luz que lo llena todo, y que el cielo y el mundo, y yo y todo estamos como dentro de Dios, así como estamos dentro de la luz.
—Pues dime –seguía su padre–: ¿aquí cuántos estamos?
—Cuatro –decía la niña–: Dios, mamá, tú y yof.
Hízole un cariño su papá, la despidió a jugar, y le dijo a Matilde:
—Yo no he querido mortificarla con hacerle responder cuanto sabe, porque no le sean fastidiosas estas materias; pero por lo que has oído conocerás si es imposible ir instruyendo a una niña de cinco años en su religión, haciéndosela conocer por principios. De este modo cuando llegue el caso de ponerles el catecismo en la mano, lo leerán con gusto, porque entenderán lo que leen.
»No así aquellas pobres criaturas que no teniendo mejor maestro que el catecismo, lo devoran de memoria sin entender una palabra de cuanto les hacen aprender. Todo el empeño de las personas que las instruyen, si esto merece llamarse instrucción, consiste en que digan seis o siete declaraciones sin turbarse, y se dan con esto por muy satisfechas. De camino hacen otro daño, y es celebrar la gran memoria y comprensión de las criaturas que las rezan, con lo que estas creen que saben mucho y que entienden la doctrina como el que más: se llenan de vanidad, y esta vanidad crece con ellas, y como hija de la soberbia e ignorancia, no las deja ni dudar que no entienden lo que dice. El menor daño que se sigue de esto es que cuando grandes, si son madres, se contentan con que sus hijos sepan lo mismo que ellas supieron, esto es, quince o veinte hojitas del catecismo conciliar de memoria, pero ninguna de inteligencia.
f Cuando Diderot no deliraba en asuntos de religión, decía: «Si yo educara a un niño, le daría infinitas señales indicativas de la presencia de la Divinidad. Si hubiera una tertulia en mi casa, le acostumbraría que dijese siempre, estamos cuatro: Dios, mi amigo, mi director y yo». De esta máxima se valió el coronel y se pueden valer otros padres de familia para el mismo fin.
p. 62»Cansado estoy de oír algunas criaturas responder de memoria ligerísimamente algunas preguntas del catecismo, como* el perico. Por ejemplo, si se les pregunta: «¿Quién está en el Santísimo Sacramento del altar?» Responderán con mucha satisfacción: «Jesucristo nuestro Señor en cuerpo y alma gloriosa. Así como está en el cielo, tanto está en la hostia como en el cáliz, y en cualquier partícula». Muy bien respuesto; pero ¿está igualmente bien entendida la respuesta? Nada menos. Pregúntales: ¿quién es ese Jesucristo? ¿Qué cosa es cuerpo? ¿Cuál es alma? ¿Qué entienden por gloria? ¿por partícula, etcétera? Y las verás enmudecer.
»Esto es una lástima. Son muy funestas las consecuencias que se siguen de esta clase de enseñanza. Dentro de México y en todas partes se ven cada día personas ignorantísimas de su religión, que abrigan las ideas más erróneas acerca de ella.
»¿Y diremos que esta ignorancia solo se advierte entre la ínfima* plebe, gentes ordinarias y sin ningunos principios de educación? No, hija, yo te hablo con experiencia, y te aseguro que no son pocos los decentes infautados y llenos de errores en materias de religión.
»Si esto no fuera, no hubiera tanta corrupción de costumbres como hay: porque el que ignora quién es Dios, cuál su bondad y poder, qué cosa es el espíritu, cuál y qué justa es la fuerza de la ley, y todo lo demás que tiene la religión de conducente a la moderación de las pasiones, al deseo del bien y aborrecimiento del mal, no es mucho que obre casi siempre con un error culpable, cuando no sea con una obstinada malicia. En fin el que sabe su religión fundamentalmente, tiene mucho freno para sujetar sus desordenados movimiento, bastante motivo para reconocer al Criador, y poderosos auxilios para volver al camino de la verdad, aun cuando se haya extraviado de él.
»Pero el tonto, el ignorante, el que no sabe de su religión sino lo que dice el catecismo, sin entenderlo, tiene cuanto el diablo a menester para extraviarlo y que se quede así hasta la muerte. Acaso no hubiera habido tanto hereje, si no hubiera habido tanto ignorante de su religión católica; pero como han carecido de sus principios, y han desconocido sus apoyos, fundamentos y solidez, han sido demasiado fáciles en abrazar aquellos errores con que una nueva secta lisonjeaba sus pasiones con una libertad criminal. Mahoma era un ignorante audaz; pero conociendo el natural apetito de los hombres al libertinaje, y su torpe ignorancia en asuntos de religión, se valió de esta misma ignorancia y corrompido deseo, permitiendo a sus sectarios la poligamia o el uso ilimitado de mujeres.
»Con más finura y sutileza hicieron lo mimo Lutero, Calvino, Voltaire, Rousseau, Diderot, y otros que escribieron llenos de contradicciones, y quizá, o sin quizá, contra lo mismo que sentían en el fondo de sus corazones, para sostener sus opiniones y hacerse singularesg; pero siempre sin perder de vista el lisonjear el desarreglado apetito de los hombres hacia la libertad, o llámese mejor libertinaje.
»Una chusma de ignorantes fue la primera que los siguió y fertilizó su cizaña; pero ¡quién seguirá los pasos de un ciego, sino el que carezca de ojos!
g Léanse Las Helvianas o cartas filosóficas, traducidas del francés por don Claudio Vial, donde se verá las enormes contradicciones en que incurrieron muchos de estos filósofos en materias de religión.
p. 63»Por todo lo dicho conocerás cuánta diligencia y cuidado se debe poner en instruir a los niños en su religión por principios, y qué poca confianza se debe tener de que la entiendan aquellos que solo saben de memoria sus principales misterios.
»Quizá no será esta la última vez que te hable sobre puntos tan interesantes, y en otra te haré ver… ¿qué digo?, te demostraré hasta la evidencia que el desacato, el fanatismo y la superstición que se nota entre los cristianos, y por cuyos vicios nos ridiculizan los herejes, no tienen otro origen que la ignorancia de nuestra religión: ignorancia que no sería tanta o ninguna, si los padres y madres por sí, o por personas sabias, procuraran instruir a sus hijos radicalmente en materia tan importante, como lo hago yo con Pudenciana, sin contentarme con que aprenda el catecismo de memoria sin entenderlo, como tu sobrina, a quien me parece que envidias.
—En verdad que yo la envidiaba –decía Matilde–, porque estaba entendida de que sabía leer y la doctrina. Ya se ve, yo ignoraba todo lo que me acabas de decir; pero en efecto dices bien. De nada sirve saber las cosas mal: esto es lo mismo que no saber nada, o algo peor, según me explicas.
»Me acuerdo que ya* como un año o más, presencié un lancecillo que le pasó a Eufrosina con su hija, que si a mí me hubiera pasado* me habría corrido demasiado.
»Pues mira tú, que estaban de visita en su casa dos clérigos, un padre franciscano y otros señores, y mi hermana estuvo alabando mucho a su hija de que sabía toda la doctrina. El padre franciscano, que desde luego pensaba como tú, después de haberle oído rezar todos los artículos sin turbarse, le preguntó: «¿Quién es Dios?», a lo que Pomposita respondió muy aprisa, y el religioso con mucha flema le volvió a preguntar «¿conque el Padre es Dios?». «Sí es». «¿El Hijo es Dios?». «Sí es». «¿El Espíritu Santo es Dios?». «Sí es». «¿Son tres dioses?». «No, sino uno en esencia y trino en personas». «Muy bien», decía el religioso, «¿el señor es padre? ¿Y el señor?», señalando a los clérigos. «Sí son», respondía la niña. «¿Y yo soy padre?». «También». «¿Y cuántos padres hay?». «Tres». «¿Pues cómo está eso de que el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios, y no sean tres dioses? Vaya, a ver cómo lo entiendes»*.
»Pomposita, atacada con la comparación, enmudeció, y de cuando en cuando miraba a su madre, como diciéndole que respondiera; pero Eufrosina callaba y se ponía colorada. El padre franciscano, para rematar el cuento, preguntó a Pomposa: «¿Luego obligados estamos a saber y entender todo esto?». «Sí estamos», respondió la niña, «porque no lo podemos cumplir sin entenderlo». Considera tú el café que tomaría Eufrosina con semejante reprensiónh.
—Es preciso confesar –dijo el coronel– que el buen religioso se olvidó en aquel lance de las reglas de la prudencia y urbanidad. Cuando se examina a alguna criatura, es menester considerar su edad, su estudio y sus potencias, y no hacerles jamás unas preguntas ni argumentos que sean superiores a sus luces.
h Frase común en México con que, hablando familiarmente, se da a entender que alguna persona se avergüenza o se incomoda. Suele decirse «café con moscas», y así se entiende mejor.
p. 64»La retorsión que le hizo a nuestra sobrina era demasiado fuerte para ella, y no fue mucho que no la respondiera. Hay algunos genios tan pedantes, que así arguyen a las mujeres, a los niños y a los legos, como pudieran a un sustentante al pie de la cátedra. Sus preguntas más se dirigen a confundirlos que a instruirlos o hacerlos lucir. ¡Entendimientos flacos y cobardes, que se lisonjean con tan pequeños triunfos!
»Si la niña hubiera dicho: «Hay tanta desproporción y diferencia de la comparación que usted me pone con el objeto que yo explico, o con la Trinidad que creo, cuanta hay del ser al no ser, y del finito al infinito. Yo creo que en Dios hay tres personas y una esencia, y lo creo firmemente porque la fe me lo enseña, aunque no lo comprendo ni trato de comprenderlo, pues sé que Dios es incomprensible a toda pura criatura inteligente; y siendo un Ser infinito, solo un entendimiento infinito puede comprenderlo: no habiendo otro entendimiento infinito más que el suyo, se sigue que solo Dios se comprende perfectamente, solo Dios sabe quién es Dios, hasta donde se puede saber. Ninguna pura criatura, por santa, por sabia y por favorecida que sea del Criador, alcanzará jamás a definir la esencia divina, ni a comprender el misterio inefable de la Trinidad. ¿Cómo quiere usted que yo lo explique dignamente? Usted mismo con su borla y teología, ¿qué digo yo usted mismo? Santo Tomás, san Agustín, san Gregorio, el eximio Suárez y cuántos teólogos profundísimos ha respetado el mundo no explicaron jamás este misterio con tal claridad que convenciera el entendimiento sin el auxilio de la fe64. San Francisco de Sales decía, hablando con Dios: «Señor, vos seríais muy pequeño si pudieras ser comprendido por un entendimiento tan pequeño como el nuestro»65. Pero que de este misterio sea incomprensible, no puede seguirse que no existe. Semejante ilación sería el más extravagante disparate. De que no conozcamos o no entendamos una cosa no se deduce que la cosa no sea tal como en sí es. ¿Cuántas cosas tienen los hombres en las manos, y no saben lo que son? La electricidad, la atracción del norte al imán, la del imán al acero, la del azabache a la paja, etcétera, etcétera, las ven los hombres, hablan, disputan de ellas, advierten sus efectos, se valen de estos, y sin embargo de ser objetos materiales, no los comprenden. Todos sus adelantos en esta parte se han quedado hoy en argumentos, sistemas, opiniones y teorías. ¿Pero qué más? No podemos dudar que tenemos dentro de nosotros un espíritu, o llámese alma o lo que se quiera, superior a nuestra material, una facultad intelectiva que no goza la planta, la piedra ni el bruto: que se mueve y vive a nuestro igual; y sin embargo, ¿quién sabe lo que es esta alma? ¿Quién explicará el mecanismo de sus funciones? ¿Quién sabe cómo piensa? ¿Quién entiende bien los fenómenos del sueño? ¿Quién define la causa del trastorno de un loco?… Mas para qué es cansarse. ¿Quién es el hombre que se conoce perfectamente? Nadie: pues si el hombre no sabe quién es el hombre, ¿cómo tendrá osadía para definir a Dios, rastrear sus misterios, ni analizar sus perfecciones?».
»Si mi sobrina hubiera respuesto de esta manera al padre, hubiera quedado bien; pero sería una simpleza esperar semejante respuesta de una niña de cinco o seis años.
p. 65»Lo malo que hubo en esto fue la indiscreta alabanza* de la madre, que aseguró sabía bien la doctrina, cuando no sabe sino el catecismo de memoria.
»Es verdad que no todos debemos entender los misterios de la fe como los teólogos; pero todos debemos entenderlos lo mejor que podamos, y con contentarnos con retener palabras de memoria. En fin, no todos estamos obligados a ser teólogos; pero todos lo estamos a ser buenos cristianos, lo que no puede ser sino entendiendo la religión de Jesucristo y sus principales misterios conforme nuestra capacidad, y con arreglo a lo establecido por la Santa Iglesia.
Cada conversación de estas era una lección oportuna que el coronel daba a su esposa; y como la daba con tan buen modo, jamás dejaba de coger el fruto que quería. ¡Qué diferente es el estilo de aquellos que quieren corregir o quizá enseñar a sus mujeres con dureza e ignorancia! Tal modo es más propio para embrutecer que para instruir. Con un estilo tan soez, las mujeres se obstinan, no se corrigen, aborrecen a los hombres, como se resfría cuando no se apaga su amor, ni se aficionan a sus máximas, ni oyen lo que se les dice, ni hacen lo que quieren que hagan66. ¡Cuánto vale la prudencia en los maridos! Pasemos a otra cosa.
Doña Eufrosina, o llámese la Langaruto (para ir con la moda de nombrar a las mujeres por el apellido de sus maridos), no se embarazó con su hija Pomposa para pasear a su gusto, pues la puso a la amiga antes de tiempo según se ha dicho, con lo que logró que se debilitara un poco más su salud, y que aprendiera algunas malas mañas de las otras muchachas; aunque no necesitaba de estas maestras, pues las tenía de sobra con su mamá y las criadas de su casa, que la mal enseñaban con primor.
Continuamente estaban componiendo a la niña, y este nombre moda era pronunciado por ella a los cinco años con demasiado gusto e inteligencia. Todo lo que no era de moda lo despreciaba; y todo lo que sabía que se usaba, era para ella su ídolo favorito.
Era cosa admirable oírla reñir con el zapatero o el sastre cuando no le traían una cosa a su gusto. «Maestro», solía decir al zapatero, «¡qué zapatos tan feos! No me cuadran, son de vieja: yo los quiero de moda, no como estas figuras».
Por desgracia, jamás faltaban aduladores de la madre, criadas de casa, viejas parientas o paniaguadas que alababan el necio proceder de la niña67. Unos decían: «Bien haya la señorita que no es tonta». Otros: «¡Qué viva es! Todita a su mamá». Otros: «Dios la guarde». Y todos a porfía apoyaban y celebraban su necedad, soberbia y mala crianza.
La madre, que o no entendía o afectaba no entender el idioma de la adulación, se ponía más esponjada que huajolotei, al escuchar las indignas alabanzas tributadas al orgullo y tontera de su hija, y esta se hinchaba como sapo advirtiendo sus elogios.
i Pavo silvestre [la cuarta edición añade el calificativo «americano»].
p. 66La educación que Eufrosina le daba en orden a los criados no era menos ridícula y reprensible; porque después que permitía a la niña estar en la cocina, y tratar a las criadas con la mayor familiaridad, les reñía altamente al menor descuido de atención que observaba usaban con su hija, como por ejemplo: llevar la mancerina sin servilleta, el vaso del agua no muy limpio, y cosas a este modo68. Entonces había en casa riña seguro. «¿Cómo es eso», decía la señora, «atrevida, grosera, que traes a la niña el chocolate sin servilleta? ¿No ves que es tu ama? ¿Has pensado que es otra como tú? Cuidado con tratar a la niña con tan poco respeto, porque te mudarás noramala de mi casa».
La tal niña que advertía esto muy bien, concebía el grado de superioridad en que se hallaba respecto de las criadas, y dando rienda a toda la soberbia que le inspiraba a su mamá, ya después no las trataba como sirvientas sino como esclavas, es decir, punto menos que bestiasj. ¡Infeliz de la criada que tenía el más mínimo descuido con ella a la edad de siete años, porque después de tirarle con el trasto, la llenaba de improperios, y esto aunque fuera la criada o criado un viejo o una vieja! Ella no miraba edades sino situaciones; y como la suya era superior, dominaba las de sus domésticos a su antojo, y mucho más contando, como siempre contaba, con la aprobación de su necia madre.
Ya se deja entender que a todos los criados tuteaba aunque tuviesen la cabeza más blanca que la pita de maguey: pero en medio de esta ridícula soberanía, pecaba la madre por el extremo opuesto, permitiéndole la mayor familiaridad con ellos69.
A la hora de siesta se acostaba a dormir y entre tanto la niña se iba a la cocina, y entonces lejos de la mamá, no solo era una con las criadas, sino que les sufría mil llanezas que usaban con ella, a ferias de melcocha, orejones, calabaza cocida, y otras golosinas, que por ordinarias no se ponían en la mesa, y a la niña cogían en deseo, y provocaban su apetito por la privación en que sus padres la tenían de ellas70.
Cuando estaban ama y mozas comiendo en buena paz y compañía, solían decirle estas:
—Niña, ¿por qué es usted tan perra y tan soberbia? ¿Por qué nos trata tan mal delante de la señora?
Y entonces la niña obligada por la melcocha, o lo que es más seguro, por la verdad, les decía:
—Pues de fuerza he de enojarme y os he de tratar así: ¿acaso mi mamá os trata de mejor modo? Ella me dice que os acuse, que os riña y que no me deje, pues yo soy ama en esta casa, y vosotras sois mis criadas, y estáis atenidas a comer de nuestras sobras, y por lo mismo nos habéis de tratar con el mayor respeto, y cuando no lo hiciereis os echarán noramala de casa.
Ya se ve que la niña hablaba la verdad: su madre así lo decía, y estas seguramente son unas máximas bellísimas y oportunas para educar a las niñas soberbias, malcriadas y odiosas para aquellos que tienen la desgracia de servirlas.
j Muy mal hacen los que tratan a sus esclavos tiranamente. Es menester no olvidar que los esclavos y criados a salario son hijos de Dios y semejantes nuestros.
p. 67Algunas noches que por fuerza la señora estaba en casa, y solía el señor no estar en ella, era la niña enviada a la cocina por orden de su mamá mientras trataba algunos asuntos importantes con personas que no podían tratarlos francamente a su presencia.
En estas ocasiones, viejas y muchachas sirvientas, para entretener el sueño, se ponía a contar cuentos o consejas a la niña. ¿Y qué cuentos eran en estos? ¡Friolera! Cosas importantísimas y dignas de que las supiera una niña decente y que no se quería contar en el número del vulgo. En estas conversaciones andaban a millares los encantamientos, espantos de muertos, apariciones de diablos, milagros apócrifos, males de ojo, dinero enterrado, hechicerías, brujas, amuletos, talismanes y trescientas mil soflamas y embustes, cuyas resultas son harto perniciosas en la edad madurak; pues lo que en la niñez se aprende como verdad infalible, con dificultad se descree en la vejez; y de aquí viene hallar tantos viejos tontos y majaderos que en su vida han visto un diablo, un muerto, una bruja, un hechicero, ni han experimentado un milagro verdadero, ni se han hallado un real enterrado; y sin embargo, defienden a puño cerrado estas cosas, y aun las confirman con sus canas, años y autoridad a costa de mentiras, dándose ellos mismos por testigos, y aturdiendo con esto a los simples que los escuchan.
No solo en esto paraba la mala educación moral de Pomposita. Mientras más crecía en edad, se perfeccionaban las facciones de su cara. Estas, juntas con la compostura de su cuerpo y la volubilidad de su lengua, porque en efecto era habladorcilla, la hacían célebre entre las gentes tontas y superficiales, quienes continuamente la aplaudían de bonita, viva, discreta, salerosa y curra. ¡Elogios malditos y dañosísimos en los tiernos años de las niñas! No saben estos tontos y baratos* aduladores cuánto las perjudican, haciéndolas tenaces partidarias de la moda, orgullo y presunción.
No es de extrañar que con semejante conducta se criara Pomposita demasiado necia y altanera. La infeliz no hacía más que correr por donde su madre andaba, y corría más, mientras más se adelantaba en edad.
A los siete años, dije, cuando ya la luz de la razón rayaba en su entendimiento con más perfección, su soberbia era harto conocida. Su amor propio se hallaba entronizado en su corazón: desde esta edad consultaba al espejo sus perfecciones, manifestaba demasiado contento al oírse celebrar, y se incomodaba si por accidente alababan a otra en su presencia.
Acostumbrada a cuanto se llamaba moda, en su tiempo, y persuadida con el ejemplo de su madre, trataba a todo el mundo con la mayor familiaridad o llaneza. A ninguno de los concurrentes de su casa daba más tratamiento que el apellido; de manera que un ciego que no hubiera tenido otra señal que la voz de la niña para conocer a los asistentes, jamás los hubiera distinguido por sus empleos y caracteres. Oiga usted Herrera, mire usted Ríos, escuche usted Valdés… Este era el modo con que la niña nombraba a todos los concurrentes a su casa, y entre ellos había togados, canónigos, coroneles, etc.
k Talismanes. Figuras hechas de algún metal o grabadas en una piedra con correspondencia a los signos celestes, a los que supersticiosamente atribuyen alguna virtud. La manita de azabache, el colmillo de caimán contra el aire, el ojo del venado contra el mal de ojo, el chupamirto para hacerse amables las mujeres y otras supercherías semejantes que aún respeta el vulgo tienen lugar entre los talismanes.
p. 68Acuérdome que una vez la oí llamar a un caballero con estas voces: marquesito, marquesito. Confieso que pensé que llamaba algún perrito de faldas, y no era sino al marqués de S., hombre respetable por su edad y representación71.
Todo esto se le pasaba a la niña por una gracia; pero en verdad que unos decían que era franca, marcial, del día, y qué se yo; y otros la tenían por una muchacha malcriada. En efecto, yo no soy calumniador, la pobre niña no tenía la culpa: veía que su mamá y otras señoritas trataban con esta familiaridad o llaneza a todos los hombres indistintamente. ¿Qué había ella de hacer sino seguir su ejemplo?
Sin embargo, la niña Pudenciana hacía un terrible contrapeso a esta familia, porque su papá el coronel la tenía enseñada a que distinguiera de sujetos, y diera a cada uno el tratamiento que le convenía; y así a los currillos y mocitos almidonados los llamaba por el apellido, lo mismo que su prima; pero a los eclesiásticos y personas de distinción, los nombraba con respecto: de vuestra señoría* o usted según su clase.
Este modo le conciliaba el aprecio general, pues los jóvenes tertulios se veían tratar a su modo, y los hombres circunspectos, con la atención que deseaban y más en una criatura tan pequeña. Todos la abrazaban, la celebraban, y la tenían por una niña bien criada, porque sabía dar a cada uno su lugar sin salir de la esfera de cortesana del día.
Estos generales aplausos eran causa de celos a los padres de Pomposita, lo que don Dionisio disimulaba con prudencia.
No tenía tanta Eufrosina la madre de Pomposa, y así de cuando en cuando explicaba su celillo en buen idioma, echando en cara al coronel la diversa educación que daba a su hija. Una vez, estando yo delante, y acabando de celebrar la urbanidad de Pudenciana un caballero, luego que este se despidió, entre colérica y sonrojada Eufrosina dijo al coronel:
—Y bien, hermano, habrá usted quedado muy ancho con los elogios que ha hecho a Pudenciana ese botarate hablador que acaba de salir, ¿no es eso? Pues no, no se engría usted porque, yo siento decirlo, al fin estimo a usted como que es mi hermano y la muchacha es mi sobrina; pero a la verdad, le está usted dando una crianza muy paya. Eso de levantarse del asiento una mujer para recibir o despedir a los hombres, tratarlos de señorías, o de usted*, hablarles por sus nombres y no por sus apellidos, y otras cosas de estas son vejestorias, antiguallas y payadas. No señor, las mujeres siempre hemos de manifestar que somos señoras, y que nos merecemos muy bien las atenciones de los hombres a quienes harto favor hacemos con admitirlos a que nos sirvan y obsequien. Si manifestándonos las mujeres civilizadas con esta superioridad que nos concede la culta moda, todavía tenemos que sufrir algunas llanezas, atrevimientos y desprecio de los hombres, ¿qué fuera si nos humilláramos como las payas? ¡Jesús! Nos quisieran tratar a la baqueta, se darían por muy bien servidos de nuestras importunas humillaciones, escasearían sus obsequios y comedimientos, y creerían tener en cada señorita una criada más a quien mandar72. Yo digo a usted esto por su bien y por el de mi pobre sobrina; por lo demás usted es su padre, y hará lo que le diere gana. En todo caso usted no se envanezca, ni ella tampoco, con las alabanzas que le dan algunos, pues ya usted ve que estos alabadores unos son viejos reviejos, enemigos de toda moda, otros son o se quieren hacer medio santuchos, otros manifiestan ser unos payos de ciudad sin principios, y otros, por último, son unos aduladores declarados, que tanto alaban a mi hija como a la de usted sin saber por qué alaban a ninguna de las dos, sino por pagar con sus lisonjas el chocolate, el café y el almuerzo que vienen a tomar a nuestra casa. Ya usted ve qué buena gente alaba a Pudenciana de bien criada: payos tontos, viejos hipócritas y lisonjeros. Así saldrá ello; pero vuelvo a decir que usted hará lo que le dé la gana, pues al fin es su padre, y yo no me debo meter en la renta del excusado73.
p. 69Oyó el coronel con bastante socarronería este largo y destinado sermón que yo deseaba concluyera, esperando que él pusiera como un trapo a mi señora doña Eufrosina; pero no lo conseguí, porque con la mayor prudencia y sonriéndose, solo dijo:
—Usted, hermana, dice bien; pero por ahora es menester que Pudenciana haga lo que le mando, aunque no sea moda; pues, porque es muchacha y es preciso que se enseñe a tener respeto a sus mayores sin acordarse de que es mujer… Y dígame usted, ¿le han avisado que la vinieron a convidar de parte de la señorita Tello para su baile de esta noche?
—¿Pues que tiene baile la Tello?
—Sí tiene, pues sí se ha casado Carmelita.
—Pues es preciso admitir ese convite. Vaya, vamos a comer temprano para vestirnos.
—Sí, hermana, coman ustedes que nosotros vamos a hacer lo mismo.
Así cortó el coronel la disputa y la contestación con su cuñada; pero como Matilde había oído hablar tantos despropósitos, quedó como indecisa sobre cuál de las dos crianzas sería la mejor, si la que daban a Pomposa, o la que el coronel daba a su hija.
El coronel advirtió la sorpresa de su mujer, y para prevenirla contra sus resultados, le dijo:
—Tu hermana habló como una mujer necia. Yo no quise trabar con ella una disputa, porque sería infructuosa a los dos; yo no tenía que aprender nada de ella, ni tampoco quería ella convencerse de mis razones; mas a ti que siempre me escuchas con docilidad y gusto, te debo instruir de buena gana; porque tú transmitas a nuestra amada hija mis lecciones cuando sea capaz de comprenderlas, si la muerte me impidiere hacerlo por mí mismo.
»En esta inteligencia: has de saber que es un error pensar que las mujeres tengan por ningún título, alguna superioridad sobre los hombres como cree tu hermana.
»Por la ley natural, por la civil y por la divina*, la mujer hablando en lo común, siempre es inferior al hombrel. Te explicaré esto. La naturaleza, siempre sabia y obediente a las órdenes del Criador, constituyó a las mujeres más débiles que los hombres, acaso porque esta misma debilidad física de que hablo les sirviera como de parco o excepción para conservarse en aptitud para ser madres, y sostener la duración del mundo. Creo que no me entiendes: te lo diré más claro. La naturaleza, o hablemos como cristianos, su sapientísimo Autor, no concedió a las mujeres la misma fortaleza que a los hombres, para que estas, separadas de los trabajos peculiares a aquellos, se destinasen únicamente a ser las delicias de la mitad* del mundo, y de consiguiente fuesen las primeras y principales actrices en la propagación del linaje humano.
l Los ejemplares que se pueden citar de algunas mujeres que han logrado, sentadas en los tronos, no solo la absoluta independencia de los hombres, sino la dominación sobre ellos, son excepcionales de esta regla.
p. 70»Cuando te digo que las primeras y principales, no quiero excluir* a los hombres de esta primacía*; no te hablo como físico ni como médico. He leído algo del arcano de la generación: sé que los hijos llevan el apellido de los padres y no el de las madres, sé que es justo y sé por qué; pero no me toca explicarlo, ni a ti te importa mucho el saberlo. Te hablo únicamente como filósofo: y así te digo, que las mujeres son las principales agentes de la conservación del género humano; porque la mujer no solamente concibe el feto, sino que lo nutre en su vientre, lo alimenta con sus pechos, lo acaricia, se entrega a todo su cuidado en su infancia, y no lo separa de su seno hasta que no está en estado de manejarse por sí con libertad.
»Ahora sí pienso que has comprendido cuán gravoso es el cargo de una madre, cuán recomendable el mérito de la que sabe desempeñar este título, y con cuánta razón la naturaleza las debilitó por una parte, para hacerlas útiles infinitamente* por otra.
»«No tenga», dijo en el acto de su formación*, «no tenga la mujer la robustez del hombre que rinde a una fiera o dilapida un cerro con sus brazos*; no tenga la intrepidez del hombre, que se arroja entre las balas y degüella enemigos de ciento en ciento; carezca del tesón del estudioso que entre libros y vigilias se consume por indagar el curso de los astros, por coordinar los gabinetes, o averiguar el origen y modificación de las pasiones de los hombres*. Quédense para estos en hora buena las fatigas del campo, los peligros de la milicia, los afanes del comercio: resérveseles el penetrar los arcanos de la moral y la política; escudriñen cuanto puedan las verdades de la física, química y matemáticas; arriésguense a los mares, y háganse árbitros despóticos de las ciencias y de las artes, de la religión y del gobierno, de la paz y de la guerra; pero en cambio quédese para las mujeres ser el gozo, el descanso, el mayor placer honesto de los hombres, el depósito de su confianza, el iris de sus disturbios, el imán de sus afectos, la tranquilidad de su espíritu, el premio de sus afanes, el fin de sus esperanzas, y el último consuelo en sus adversidades y desgracias. Quédese para ellas, finalmente, el ser la delicia de los hombres, el depósito* de los sabios, el abrigo de los generales*, el trono de los reyes, el asilo de los justos y el altar primero de los santos, pues todo esto será la madre a cuyos pechos y en cuyos brazos se criarán los sabios, los reyes, los justos y los santos».
»Ves aquí, hija mía, cuánta es la dignidad de las mujeres consideradas como esposas y madres de familias, y qué bien remuneradas se hallan de aquella debilidad en que son constituidas respecto de los hombres; pero, después de todo, esta misma debilidad las hace inferiores a ellos por ley de naturaleza.
p. 71»En consideración a estas cosas*, las leyes* las han separado del sacerdocio, gobierno, política y arte de la guerra, que les ha confiado a los hombres, de cuya privación resulta un justo premio debido al bello sexo, y tan justo, que los hombres en haberlas excluido de estos cargos, no han hecho más sino premiarlas sus peculiares ejercicios, recompensarles sus fastidiosas fatigas, y buscar sus propias conveniencias; porque conveniencia de los hombres es el cuidar y conservar a las mujeres. El hombre que las vitupere por razón de la diferencia del sexo, debe ser declarado por necio, y por ingrato; pero al fin de todo, hemos de confesar que justísimamente las mujeres son inferiores a los hombres por las leyes civiles. ¡Qué bien se acomodaría una mujer con un niño en los brazos asido de un pecho y sobre el otro apoyado un fusil! Lo mismo digo de una pluma, un formón, un arado u otros instrumentos peculiares de los hombres; era menester que abandonara el instrumento o el niño74.
»Que las mujeres sean inferiores a los hombres por ley divina, no tiene duda. Expresamente condenó el Señor a Eva, y en ella a todas las mujeres, a estar sujetas a los hombres en castigo de la culpa original. Esto todos los saben; y así insistir en ello parece que toca en bobería…
—¿Cómo es eso de que todos lo saben? –interrumpió Matilde–; pues a mí me parece que no lo saben todas, y si lo saben, quisieran no saberlo. ¿Pues no ves el empeño con que mi hermana quiere hacernos creer que las mujeres somos superiores a los hombres? Esto me persuade que o mi hermana ignora lo que dices, o que a lo menos que no lo cree mucho.
—Tienes razón –dijo el coronel–; tu persuasión es justa, y según ella debes tener a tu hermana por una necia soberbia, y no solo a tu hermana, sino a infinitas mujeres que piensan como ella; mas en obsequio de la verdad y de tu sexo, debes disminuir a lo menos el cargo que les resulta de este bastardo modo de pensar, pues no tienen las mujeres toda la culpa de ser tan necias (hablo de las que lo son) y orgullosas como manifiestan.
—¿Cómo no? –decía Matilde–; ¿pues quién la tiene?
—Los hombres –dijo el coronel–; los hombres que les dan la primera educación moral en su niñez, y los que se la robustecen o pervierten en su juventud. Estos son los culpables del orgullo y desordenado modo de pensar que se advierte en las mujeres, especialmente en las jóvenes hermosas; así como son recomendables cuando piensan con juicios y solidez las mujeres que ha puesto a su cuidado la naturaleza o el matrimonio.
—De cualquier modo que ello sea –decía Matilde–, lo que yo saco por consecuencia de tus conversaciones es que tú unas veces te manifiestas enemigo de las mujeres, y otras te declaras su defensor, echando a los hombres la culpa de sus vicios. Yo no te entiendo.
p. 72—Eso es porque no quieres entenderme –reponía el coronel–; yo jamás he sido enemigo de las mujeres. Cuando critico sus defectos, no es con el perverso destino* de satirizarlas, sino con el loable fin de que los corrijan, a lo menos tú que me entiendes; y esto tan lejos está de probar que las aborrezco, cuanto manifiesta mi decidido amor hacia ellas, y este amor tampoco traspasa los límites de lo justo y honesto. Esto es, no defiendo a las mujeres por ser mujeres, ni las lisonjeo con exonerarlas de toda la culpa que las echan los hombres; sino que en todo cumple con lo que me dicta la razón.
»¿Acaso crees tú que las mujeres fueran como son, si los hombres fueran como debían ser? De ninguna manera. Pero ¿cómo quieres que una niña sea humilde, honesta y moderada, si su madre por culpa de su marido es altanera con los criados, altiva con las visitas, descuidada en la casa, profana en la calle, y necia en todas partes? ¿Cómo quieres que la dicha niña, mal criada con estos ejemplos, se sujete y se modere cuando se casa, si le toca por marido un hombre disipado e indolente? Es regular que al lado de este se ponga de peor condición.
»Yo no quisiera proponerte ejemplares que te dolieran; pero para mejor persuadirte es menester no salir de casa. ¡Qué clase de mujer casada hará Pomposita con la educación que le da su madre por culpa de don Dionisio? Sin duda que será esta mujer una orgullosa, necia y abandonada en la educación de sus hijos, así como lo fue su madre, y mucho más si por desgracia se une con un hombre desidioso, condescendiente* y abandonado.
»Esto parece que no tiene duda, porque todos saben cuánto influye el ejemplo sobre nuestras acciones. Verdad es que algunas veces una razón bien ordenada se ha burlado de los malos ejemplos; pero esto es muy raro bajo una mala educación. Se puede tener por un milagro. Lo común es hacer como se ve, y no obrar como se debe.
»De todo lo dicho puedes concluir que yo cuando reprendo los más groseros vicios o preocupaciones de las mujeres, no es con el depravado fin de satirizarlas o de ponerlas en mal, como suelen decir, sino con el de manifestarlas tales como son a los ojos de los sensatos, para que así otras se corrijan o moderen.
»Tampoco cuando las elogio o disculpo es por lisonjearlas, pues no hay para qué. Es preciso ser justo con todos y en todas ocasiones.
»Por último debes advertir, que es verdad lo que te digo de que los hombres son los que casi siempre tienen la mayor parte de los defectos de las mujeres. En otra ocasión te demostraré este axioma con más solidez, porque ahora es tarde y vamos a comer.
i mismo] mismo aún lo 1842.
ii cábeles] tocábales 1842. Corrección y lectura admitida en la edición de Palazón Mayoral.
iii atroz] suficiente 1842.
iv amiga] miga. Aunque la forma con aféresis también está documentada, he restituido tal como aparece en el resto de la novela.
v difícil como doble] pesado porque se dobla 1842.
vi El autor parece confundirse en esta oración: no es «aquella», es decir, Pudenciana, sino Pomposita, a la que debería referirse con «esta», la que se sabe el catecismo de memoria, pero sin entenderlo.
vii Eliminado en la cuarta edición.
viii como] como lo podría hacer el 1842.
ix ínfima] infinita 1831.
x ya] ya hace 1842.
xi pasado] sucedido 1842. Se sustituye para evitar la redundancia léxica.
xii Las cursivas, ya en la primera edición, identifican los pasajes que reproducen el discurso propio del catecismo, y no necesariamente el discurso directo referido por doña Matilde, que se señala en esta edición mediante pasajes entrecomillados para cada intervención. Se mantiene el criterio en los siguientes pasajes.
xiii alabanza] confianza 1842.
xiv baratos] bárbaros 1842.
xv vuestra señoría] vusía 1842.
xvi usted] usía 1842.
xvii por la civil y por la divina] por la divina y por la civil 1842.
xviii En la cuarta edición de elimina «de la mitad».
xix excluir] negar 1842.
xx esta primacía] lo importante de su cooperación 1842.
xxi Eliminado en la cuarta edición.
xxii dijo en el acto de su formación] dijo el Autor de la naturaleza 1842.
xxiii En la cuarta edición se suprime «o dilapida un cerro con sus brazos».
xxiv hombres] humanos 1842.
xxv depósito] encanto 1842.
xxvi el abrigo de los generales] el gozo de los guerreros 1842.
xxvii En consideración a estas cosas] Teniendo en consideración esa misma debilidad 1842.
xxviii leyes] leyes civiles 1842.
xxix destino] objeto 1842.
xxx condescendiente] condescendente.
62 El catecismo de Jerónimo de Ripalda, cuya primera publicación conocida data de 1591 con el título de Doctrina Christina, es una obra para iniciar a los niños en asuntos de religión, configurada como manual de preguntas y respuestas. Fue muy popular en la primera instrucción de los infantes, traducido y publicado numerosas veces entre los siglos xvii y xix.
63 Principios inconcusos: ‘firmes, de los que no se puede dudar’.
64 Recorre aquí el coronel los principales teólogos que estudiaron el dogma trinitario desde sus orígenes. San Gregorio, en este contexto, es Gregorio Nacianceno, arzobispo de Constantinopla en el siglo iv, referente fundamental de este dogma para la Iglesia cristiana de oriente y occidente, al que dedica cinco discursos de refutación a las objeciones filosóficas o de corrientes heréticas que lo cuestionaban. San Agustín (354–430), obispo de Hipona, es el máximo exponente de la teología del primer milenio de la historia de la Iglesia católica. Dedica un libro completo al asunto que aquí se trata, La Trinidad, de profundo contenido dogmático. Santo Tomás de Aquino, teólogo del siglo xiii y padre de la filosofía escolástica, también dedicó al tratado trinitario parte de su obra magna, la Suma de Teología. El «eximio Suárez» refiere a Francisco Suárez, teólogo español de la segunda mitad del siglo xvi que recibió ese sobrenombre, autor, entre otras muchas obras, de Sobre el Santísimo misterio de la Trinidad.
65 San Francisco de Sales (1567–1622), doctor de la Iglesia católica, es el autor de la Introducción a la vida devota (1609), manual de devoción extensamente impreso y difundido desde el siglo xvii. La cita del santo la tomó Fernández de Lizardi, probablemente, de la traducción de la obra de Blanchard, Escuela de costumbres, aludida anteriormente (t. II, p. 88).
66 Esta reflexión del narrador recuerda las palabras del prólogo, en las que la Curiosa solicitaba una literatura instructiva para las mujeres que se separara de las prácticas poco efectivas.
67 Paniaguada: despectivamente, «persona allegada a otra y favorecida por ella» (DRAE).
68 La mancerina era un plato, generalmente de madera, donde se colocaba la taza para servir el chocolate (Santamaría).
69 Se llama pita a «la fibra producida por las plantas amarilidáceas» como el maguey, nombre genérico para los agaves. También la pita es una planta oriunda, conocida genéricamente con el nombre de maguey (Santamaría).
70 A feria de: expresión popular con el sentido de ‘cambio, trueque’ (Santamaría, citando este ejemplo). Recuerda este pasaje las advertencias anteriores sobre la alimentación apropiada para los niños y el papel de las nodrizas en esta: en la casa de Eufrosina se consiente a Pomposa acceder a melcocha (miel concentrada) y orejones, piezas de fruta seca, que en la primera edición se identifican, en nota al pie, con manzanas.
71 Aquí, y en otros momentos de la novela, de forma intencionada se salvaguarda el nombre del personaje (en las primeras ediciones se señalaba con tres asteriscos tras la inicial que indicaban la elisión). Hay que recordar que, en el prólogo y en el título, el autor había declarado que la identidad de estas familias se correspondía con la realidad. Esta estrategia literaria acerca la literatura a la vida de los lectores del tiempo, que se preguntarían quién se escondía tras la enigmática S.
72 Tratar a la baqueta: por dar o hacer un baquetazo, ‘ofender o agraviar a alguien’ (Santamaría).
73 Meterse en la renta del excusado: ‘meterse en lo que no le toca’, por alusión a las condiciones tributarias de los excusados.
74 Entre los instrumentos masculinos se cita el formón, «instrumento de carpintería» (DRAE).
