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Capítulo IVEn el que se trata una materia entretenida

No es muy común lograr por esposas mujeres dóciles, ni maridos prudentes y sensatos, ya sea porque no se merecen unos a otros, ya porque no se saben escoger. El Espíritu Santo dice que la mujer buena se dará al hombre por sus buenas obras75. Sin duda las tenía en su abono el coronel, pues merecía lograr una mujer tan dócil como Matilde, la que lo escuchaba con tanto gusto que siempre aprendía y aprovechaba las lecciones morales que aquel trataba de inspirarla*. Para ella era un oráculo su marido; y ya se ve que él no desmerecía tal concepto; pues no se contentaba con decirle lo que era bueno o malo, sino que procuraba convencer su entendimiento con la razón y la experiencia, y para asegurarse de que ella no accedía a su parecer por ceremonia sino por convencimiento, la enseñó desde el principio a que le propusiera las objeciones que encontrara en cualquier asunto para desvanecerlas. Matilde lo hacía así, y de este modo tenía unas conferencias divertidas.

No quedó muy satisfecha de la inferioridad de las mujeres respecto de los hombres, según vimos en el capítulo anterior, y así no tardo en tocar el mismo punto a su marido.

Una ocasión le dijo:

—Aunque el otro día me hablaste tantas cosas para probarme que las mujeres somos inferiores a los hombres, yo la verdad no lo entiendo bien, porque veo practicar por estos lo contrario de lo que debía ser, en caso de que fuéramos tan inferiores como dices.

»Todos los hombres en todas ocasiones nos han respetado y respetan de tal manera que nos convencen ciertamente de que son inferiores a nosotras. En este particular soy hasta ahora de la opinión de mi hermana. Ciertamente no haré alarde de esta superioridad que me concede mi sexo, o sea la culta moda como ella dice; mas no por eso dejaré de conocer que somos algo más de lo que tú quieras persuadirme que somos.

p. 74»Tú me dices muchas cosas, que me convencen un poco de que me dices bien*; pero veo que los hombres practican con nosotras unas acciones no solo comedidas y atentas, sino humildes y servirles; las que no harían, si estuvieran penetrados de nuestra natural superioridad. En la calle, en los paseos, en los estrados, en los templos y en todas partes nos significan sus rendimientos, de modo que parecen nuestros criados o vasallos. Yo, a la verdad, quisiera que los que comen mi pan y cobran mi salario se portaron como los hombres con las mujeres. ¡Oh!, en tal caso qué bien servida estuviera de mis criados.

»Estos rendimientos no los puedes negar. Si un hombre va por la calle con una dama, le da el mejor lugar, y le presenta su brazo; si lo visita, la baja la escalera; si sube al coche, es la primera, le da la mano y el asiento superior; si está en la mesa, la sirve los platos y la copa; si entra en un baile, se levanta, le cede su lugar, y él se queda en pie; si juega, ella alza y es preferida antes que el hombre; si entra en el templo, le da el agua bendita; si alguno la ultraja, la defiende; si se le cae algo de la mano, se apresura a levantárselo; si ella se enfurece y lo maltrata, lo disimula; si levanta contra él la mano enardecida alguna vez, no sabe el hombre vengarse sino con un humilde sufrimiento… En fin, en todas partes manifiesta el hombre ser inferior a la mujer. ¿No es esto una verdad? ¿Conque cómo he de creer que no tenemos tal superioridad solo porque tú lo dices, y porque no somos generales en la guerra, ni ministros o magistrados en la paz? Vaya, hazme ver cómo está eso para que me desengañes, si es un error la opinión de mi hermana que yo admito.

—Lo es en efecto –le dijo el coronel–, y es un error origen de otros muchos, que conspiran a hacer infelices a las mujeres que lo adoptan. Verdaderamente ellas son dignas del aprecio y estimación del hombre culto, y este aprecio hace que les tribute su respeto y que le ceda en muchas ocasiones la preferencia que a él le toca; mas estos respetos y atenciones debe recibirlos la mujer juiciosa, o sea como un premio debido a su virtud, o como un efecto de la generosidad de los hombres, y nunca los exigirá como unos derechos debidos a su soberanía por ser mujer.

p. 75»En virtud de esto, no debes creer que todos los hombres y en todos tiempos les han tributado sus respetos, como dijiste. Si algunas veces han hecho las mujeres en el mundo el papel de señoras, otras han desempeñado el de esclavas de los hombres, a proporción del capricho de estos y de las costumbres de los países que han habitado. Monsieur Thomas*, en la pintura que hace de las mujeres, corrobora esta verdad con unos términos tan claros y precisos, que yo no me atrevo a substituirlos con otros, ni menos quiero, compendiando ni disfrazando sus razones, usurpar la gloria que se merece este célebre francés; y así te referiré sus párrafos* al pie de la letra76.

Si examinamos –dice– los países y los siglos, veremos casi en todas partes adoradas* las mujeres y oprimidas en todos tiempos. Nunca dejó perder el hombre la menor ocasión de abusar de su fuerza; antes bien se prevaleció siempre de la debilidad de su sexo, prestándole al mismo paso al homenaje a su belleza, y haciéndose a un tiempo su esclavo y su tirano. Parece que la misma naturaleza, al formar unos entes tan dóciles y blandos de corazón, se ocupó más en sus gracias que en sus dichas; pues rodeadas por todas partes las mujeres de angustias y temores, entran por mitad a sufrir nuestras miserias, y se ven sujetas a otras muchas que les son particulares. A nadie pueden dar la vida sin exponerse a perder la suya propia, y cada achaque periódico que experimentan altera su salud y amenaza a sus días; su belleza se ve acosada de mil crueles enfermedades, y cuando se ven libres de este accidente, al paso que el tiempo se marchita, las va también consumiendo cada día: entonces no les queda más protección y auxilio que el triste derecho de la compasión, y el recurso a los recuerdos de una memoria agradecida.

Hasta la misma sociedad les aumenta los males de la naturaleza. Más de la mitad del globo está llena de hombres rústicos y salvajes, entre quienes las mujeres son infelices en extremo. El hombre rústico, que apenas conoce sino lo físico del amor, feroz e indolente al mismo tiempo, activo por necesidad, pero inclinado al ocio por una pasión casi insuperable; ignorando asimismo todas aquellas ideas morales que suavizan el imperio de la fuerza, considerada como única liga de la naturaleza por la ferocidad de sus costumbres, manda despóticamente a unas criaturas, que haciéndolas iguales suyas la razón, las sujeta no obstante por su debilidad y flaqueza. Las mujeres son entre los indios lo que eran los Ilotas entre los de Espartam, esto es, un pueblo vencido y obligado a trabajar para los vencedores. De aquí nacía que en las orillas del Orinoco, movidas las madres de compasión, solían matar a sus hijas luego que nacían, creyendo que esta compasión bárbara era una especie de obligación.

m Habla el autor de los indios bárbaros y salvajes; bien que nadie lo desmentiría si dijera que entre las naciones cultas europeas hay hombres que imitan a los indios, y a veces por caminos más vergonzosos; pero de esto se hablará en su lugar.

p. 76Entre los orientales vemos otra especie de despotismo y de imperio, es a saber, la clausura y esclavitud casera de las mujeres, autorizada por la costumbre y consagrada* por las leyes. En Turquía, Persia, Mogol, Japón, en el vasto imperio de la China vive una mitad del género humano oprimida por la otra, naciendo el exceso de semejante opresión del mismo amor excesivo. Toda el Asia está llena de prisiones, donde la beldad esclava espera siempre los caprichos de un dueño o tirano, y donde una multitud de mujeres juntas no tienen más sentidos ni voluntad que la de un hombre solo: sus triunfos no son sino instantáneos; pero sus competencias, odios y furores son el ejercicio de cada día. Allí se ven precisadas a pagar su misma esclavitud con el más tierno amor; o bien, lo que aún es mayor tormento, con la imagen de un amor que no tienen: allí el despotismo de mayor vituperio las somete a unos monstruos, que no perteneciendo a ningún sexo, deshonran a los dos a un tiempon: allí finalmente no sirve su educación sino a envilecerlas; sus virtudes son forzadas, sus satisfacciones tristes e involuntarias, y después de algunos años se hallan con una vejez larga y horrorosa.

En aquellos países templados, donde los ardores más remisos dejan a los deseos mayor confianza en las virtudes, no han sido privadas las mujeres de su libertad; pero la severa legislación las ha colocado en casi todas las cosas bajo la dependencia. Al principio fueron condenadas al retiro, y separadas, tanto de las diversiones como de los negocios; después quisieron los hombres insultar su razón mediante una larga tutela. En unos climas se ven ultrajadas por la poligamia, la cual les concede por compañeras perpetuas sus mismas competidoras y concurrentes; en otros están sujetas a los indisolubles lazos que comúnmente unen para siempre la dulzura con el desabrimiento, y la ternura con el odio. En aquellos países donde son más dichosas, deben no obstante reprimir sus deseos, y se ven oprimidas: en lo que mira a disponer de sus bienes, vense privadas de su misma voluntad por las leyes; y esclavas de la opinión que las domina con imperio, se les imputa a delito aun la apariencia misma; hállanse rodeadas por todas partes de unos jueces que son a un tiempo sus seductores y tiranos; y preparándoles o disponiéndole sus defectos, se los castigan con la deshonra, y se usurpan el derecho de mortificarlas con las sospechas. Tal es, poco más o menos, la suerte de las mujeres en todo el orbe. Los hombres son con ellas indiferentes o tiranos, según los climas y edades: unas veces la opresión es fría y tranquila, como es la del orgullo; otras es violenta y terrible, cual es la de los celos; de suerte que cuando no son amadas no son nada, y cuando son adoradas están expuestas a mil tormentos; y así tienen que temer igualmente tanto el amor como la indiferencia. Por fin, parece que la naturaleza las ha colocado en las tres partes de la tierra, entre el menosprecio y la infelicidad…

Sin embargo, es preciso confesar que no todos los hombres fueron igualmente injustos, pues en algunos países se tributaron públicos respectos a las mujeres: las artes les han levantado monumentos, y la elocuencia ha celebrado sus virtudes.

n Habla de los eunucos o esclavos castrados que las guardan.

p. 77»Hasta aquí monsieur Thomas a nuestro intento; y ya ves, según esta pintura, que las mujeres, lejos de haber disfrutado generalmente los gajes de aquella soberanía a que se consideran acreedoras, casi siempre, ya más, ya menos, han sido el juguete de los hombres, a proporción de sus caprichos, costumbres, climas, religión y gobierno.

—Todo está bueno –contestaba Matilde–, pero no dudando de la verdad de ese autor, quisiera saber en qué somos las mujeres inferiores a los hombres; porque ciertamente, si lo somos tanto, no puede haber mayor infelicidad que ser mujer, y una infelicidad tanto más dura, cuanto que caemos en ella sin culpa nuestra, pues no está en nuestra mano elegir sexo.

—La inferioridad de la mujer respecto al hombre –respondió el coronel– no consiste en otra cosa que en la debilidad de su constitución física, es decir, en cuanto al cuerpo; pero en cuanto al espíritu en nada son inferiores a los hombres, pues no siendo el alma hombre ni mujer, se sigue que en la porción espiritual sois en todo iguales a nosotros.

»Es verdad que en las mujeres se notan algunos vicios, como también virtudes, que parecen que les son peculiares, o a lo menos se dejan conocer en ellas con más frecuencia que en los hombres. Por ejemplo, parece que las mujeres son naturalmente más compasivas, más tiernas y sujetas a su religión que los hombres. La santa Iglesia las honra y distingue llamándolas el sexo devoto. Así también parecen más inclinadas al engaño, a la simulación, a la ira y a la venganza, con lo que se pudiera probar, en caso de ser esto una verdad demostrada, que el alma de las mujeres tenía alguna diferencia de la nuestra; mas no es así, como te lo haré ver.

»No se puede negar la dependencia recíproca que tiene el cuerpo del espíritu, y este de aquel; quiero decir: somos compuestos de dos naturalezas* enteramente distintas, cuales son la material y la espiritual, como las dos están tan íntimamente unidas, cualquiera de las dos influye en su compañera de un modo tan continuo como maravilloso. Apenas se enferma el cuerpo, cuando se resiente el alma y se entristece: y ves aquí que la tristeza del alma no la origina otra cosa que la enfermedad o daño que padece la porción material del cuerpo. Por el contrario, recibe el hombre una fuerte cólera, una pesadumbre muy vehemente, las cuales son pasiones a que está sujeto el espíritu, y al instante, sin que ninguna cosa material toque al cuerpo, este se enferma, padece, y a ocasiones es tan terrible la alteración de la máquina, que se desorganiza todo el mecanismo de la vida, y muere el paciente en el momento.

»En esta inteligencia, dicen muchos sabios que la causa de que en las mujeres se adviertan estos vicios o aquellas virtudes con más frecuencia que en los hombres no es otra que la diversa organización de sus cuerpos; y así deducen, por ejemplo, que si la mujer es más tímida que el hombre, es porque su constitución física es más débil.

»Yo convendré con esta opinión de buena gana, pero limitándola a ciertas y determinadas circunstancias, y jamás concediendo la extensión y generalidad que algunos han pretendido. Yo permitiré sin repugnancia que la alteración del cuerpo de la mujer influye algunas veces poderosamente en su espíritu, ya se considere esta alteración natural, o ya casual por una enfermedad que la predisponga, y si se quiere, que la precipite a cometer algunos excesos, que o no cometería un hombre, o quizá los cometería con menos facilidad; mas no concederé que la alma de la mujer siempre que quiera hacer bueno uso de la razón no tenga bastantes fuerzas para vencerse sobre la particular influencia de su cuerpo. Si esto no fuera una verdad inconcusa, las mujeres serían en lo general menos responsables que los hombres ante Dios del desarreglo de su conducta moral, teniendo por absoluta disculpa el ser mujeres; lo que no es así, pues a todos obliga la ley, y todos tenemos a proporción los auxilios necesarios para observarla.

p. 78»Bien conozco que esta es una materia que por lo seria acaso te será fastidiosa; pero si la escuchas y la masticas con atención, te facilitará muchos principios para que no incurras en mil groseros errores en que incurren muchas mujeres solo por no querer instruirse en ellos.

—De ninguna manera me disgusto de tus conversaciones –decía Matilde–, y sería una necia y una mal agradecida si a modo de lechuza me incomodara con la luz, solo porque mis ojos no estaban acostumbrados a verla. Lo contrario: yo me engolosino en escucharte, y siento no comprender cuanto me dices; pero por eso te pregunto, y en prueba de ello quiero que con algún ejemplo me confirmes en las dos cosas que me has dicho. La primera: que una enfermedad o la natural constitución o formación* del cuerpo de las mujeres influye algunas veces en ellas, de modo que cometen algunos y determinados excesos con más frecuencia que los hombres; y la segunda: que a pesar de la natural o accidental influencia del cuerpo de la mujer sobre su espíritu, puede esta, haciendo de buen uso de su razón, vencerse y no hacer aquello a que la instiga la organización natural o particular enfermedad de su cuerpo; yo no comprendo cómo pueda ser eso, y quisiera oír una prueba de esta verdad.

—No sabes cuánto gusto me das –respondió el coronel– cuando me hablas con esa claridad; pues el que después de oír propone dudas y hace preguntas da a entender que escuchó con cuidado y se penetró de la conversación. Así pues, tú has entendido bien cuanto te he dicho; pero te hace fuerza cómo el alma de la mujer por sí misma, con solo el auxilio de la razón, pueda vencer aquellas instigaciones violentas, a cuya ejecución se siente como obligada por la inmediata influencia de su cuerpo. Para acceder a esta opinión me pides un ejemplo: solicitud muy justa, pues los ejemplos valen para convencer el entendimiento mejor* que las teorías más elocuentes.

»Por eso te voy a demostrar con un caso que nos refiere la historia, entre otros muchos, cuán poderosamente influyen las particulares afecciones del cuerpo de la mujer sobre su espíritu, y cuánta virtud tenga este ayudado de la razón para dominar el poderío de aquella influencia.

»Todos los médicos saben que las mujeres en el tiempo de la pubertad están sujetas a padecer una enfermedad terrible que se conoce con el nombre de furor uterino, el cual es un delirio frenesí que las hace cometer, por obra o por palabra, mil excesos vergonzosos y repugnantes a toda persona honesta y recatada. La medicina tiene un remedio fácil para curar esta enfermedad; mas nuestra Religión católica justamente lo prohíbe y es ilícito, permitiendo siempre que lo substituya el legítimo matrimonio.

»Plutarco en su obra de las Mujeres ilustres, alabando el natural pudor de la mujer, refiere que en la ciudad de Mileto las doncellas, acometidas de esta enfermedad o locura que te he dicho, se mataban a sí mismas; y eran tan repetidos estos suicidios, que el Senado, no pudiendo contenerlos, mandó por ley expresa que la que de esta suerte se matase fuera paseada desnuda y expuesta en la plaza más pública, ¡eficaz remedio! Esto solo bastó para contenerlas, y las que despreciaban su propia vida, no atreviéndose a despreciar su pudor, se abstuvieron de sacrificarse a la desesperación. Sin duda la vergüenza las volvió en sí, y las hizo entrar por el camino de la recta razón77.

p. 79»Ya ves con este ejemplo probado el poder del cuerpo enfermo de la mujer sobre su espíritu, y el poder de este obrando con razón sobre la influencia de su cuerpo. El hecho merece todo el crédito por respeto al autor que lo refiere; pero si nos fuera permitido citar otros ejemplos semejantes, ¿cuántas milesianas halláramos entre nosotros, que, acosadas de la misma dolencia, saben regenerar su pasión, moderar su apetito y sujetar su inclinación, hasta el extremo de perder la vida antes que faltar a las leyes del decoro? Acaso ya me has entendido, y está tu entendimiento satisfecho.

—Sí está –dijo Matilde–; pero del mismo modo quiero estarlo en muchas otras cosas, y así habrás de sufrir que te pregunte.

—Pregunta cuanto quieras –decía su esposo–, que yo tengo sobrada paciencia para escucharte y mucho gusto en responder a tus preguntas.

—Pues oye –proseguía Matilde–: ya entiendo que las mujeres nacimos sujetas a los hombres con una dependencia forzosa, que aunque dictada por la naturaleza y autorizada por las leyes, no nos es indecorosa como dices; pero ahora pregunto: ¿por qué los hombres por la mayor parte nos han tratado con tanta altanería, y nos han sujetado a sus caprichos valiéndose solo de nuestra natural debilidad, a pesar de conocer que somos iguales a ellos en el alma?

—Porque los hombres –respondía el coronel–, que así lo han hecho, los más han sido unos bárbaros, que o no han escuchado, o han despreciado los clamores de la naturaleza, y desentendiéndose de estos innatos sentimientos, se han sabido aprovechar de la imbecilidad de las mujeres para oprimirlas; y entiende que bajo el nombre de bárbaros no señalo solamente a aquellos gentiles paganos que, sin idea de verdadera religión, justicia ni sociedad, han procedido de este modo bárbaro ultrajando aquellos dignos aunque febles objetos que por otro lado apetecían78; no, hija: todo hombre que se vale de la flaqueza de la mujer para ofenderla y maltratarla, es un bárbaro y un pícaro, por más que se llame cristiano y civilizado entre nosotros. ¡Cuántos de estos conoces! Yo ni calumnio, ni desacredito al vecino Ramiro: su esposa es tu amiga, y mil veces se ha quejado contigo del tirano proceder de su marido. Aunque ella no te hubiera revelado sus desdichas, a mí y a ti nos son bastante públicas. Sabemos que el marido está entretenido, que cuanto adquiere es para su dama; que a sus hijos y mujer legítima los tiene desnudos y muertos de hambre; que jamás les hace el más mínimo cariño y agasajo, y que después de este indigno proceder, por la más mínima friolera la riñe, la golpea y la obliga a quejarse con nosotros a cada instante. ¡Cuántas veces ha venido la infeliz mujer a pedirte un trapo con que cubrirse, y un bocadito con que alimentar a sus criaturas! Su marido es un español, un cristiano, un bien nacido, y, como dicen, un hombre decente; ¿y diremos que este cumple con las obligaciones de un noble, de un católico y un hombre de bien, criado en la culta sociedad? De ningún modo. Este es un pícaro, un vil, un infame, un irreligioso y bárbaro, pues abusa de la bondad y debilidad de su esposa para hacerla infeliz hasta lo sumo. ¿No le basta al hombre abandonado ser infiel a su mujer y descuidarse con sus hijos? ¿No le basta ser mal marido y ser mal padre? ¿Aun es preciso que se constituya un verdugo y un tirano cruel y déspota sobre unos entes miserables que no pueden hacerle resistencia? Pues hija, de estos maridos y padres inicuos se ven a miles cada día entre nosotros. Los jueces, las cárceles, los presidios, las calles y las casas son testigos de esta verdad. ¡Antes deje yo de existir, que me cuente en semejante número! Conoce, pues, hija mía, que los hombres en todas partes y en todos tiempos han oprimido a las mujeres porque son ellas débiles, no porque ellos hayan obrado ni obren con justicia; pero esperen y teman que aquel Ser soberano que es justo y recto por esencia, algún día tomará en ellos una cruda venganza de los injustos agravios que han inferido a unas criaturas suyas que tal vez no han tenido otro delito para sufrirlos que ser de una constitución más débil; porque Dios que lo puede todo es el que se reserva la venganza del que no puede nada.

p. 80»De todo lo expuesto debes deducir en primer lugar: que la mujer es inferior al hombre en cuanto al cuerpo, pero igual en todo a él en el espíritu. Una señorita no podrá levantar del suelo un tercio de seis u ocho arrobas de peso, que un arriero alza con la mayor ligereza sobre el lomo de una mula; pero será capaz de penetrarse de una pasión amorosa y honesta, de derramar lágrimas de ternura sobre una infeliz, y de ejecutar los actos más piadosos de virtud, quizá con más verdad y más sensibilidad que el mismo arriero, cuyo espíritu, aunque igual en la substancia, tal vez no está adornado de los mismos sentimientos, o no los posee en igual grado.

»En segundo lugar debes advertir que solo los salvajes en los montes, y los necios y pícaros en las ciudades, desprecian, escarnecen y maltratan a las mujeres solo porque lo son y porque no tienen suficiente vigor a resistirlos; pero el hombre civilizado y que conoce las leyes de la humanidad y del honor jamás abusa de su debilidad para ultrajarlas; antes bien las aprecia, las honra y las defiende de los insultos que les infieren los malvados. Las leyes civiles decididamente las protegen.

»Finalmente debes entender, y no es en vano repetirlo, que si los hombres las han separado de la guerra y del manejo de los negocios públicos, no es esto un efecto de desprecio, sino de respeto a su débil constitución, y para reservarlas para aquellos objetos a cuya conservación la naturaleza privativamente las destina.

—Yo quedo convencida –dijo Matilde– de que somos inferiores a los hombres por la debilidad de nuestro cuerpo; pero iguales a ellos por la naturaleza de nuestras almas, y a veces superiores a muchos por los dotes del espíritu.

»Quedo también entendida de que esta debilidad no es un motivo para que nos insulten y desprecien, sino más bien una recomendación para que el hombre culto nos compadezca y estime en todos casos.

»Todo está entendido, pero dime: ¿esta debilidad de que se valen el salvaje grosero y el ciudadano pícaro para oprimirnos, como dices, es de tal jerarquía que por sola ella muchos hombres de nuestros países no solo nos estimen y respeten, sino que se nos humillen y casi nos adoren en lo público? ¿Tan buenos son los hombres de mi tierra? ¿Tan compasivos, atentos y rendidos? ¿Tanto es el privilegio que concede a la mujer la debilidad de su sexo, que por otra parte la hace inferior al hombre? ¡Oh!, si los hombres obran con sinceridad con* nosotras, ¡feliz es nuestra inferioridad, y dichosa la débil constitución de nuestro cuerpo!

Iba el coronel a responder la graciosa ironía de su mujer, cuando lo embarazó un accidente que sabrá el lector en el capítulo que sigue.

i En la cuarta edición se añade: «que le daba, adoptando las máximas que trataba de inspirarle».

ii de que me dices bien] de lo que me quieres persuadir 1842.

iii Thomas] Tomás.

iv sus párrafos] algunos de sus párrafos 1842.

v adoradas] adornadas. Corrijo siguiendo la obra de Thomas, tal como ya hiciera la cuarta edición. Evidentemente es un error de copia.

vi consagrada] sagrada 1842.

vii naturalezas] substancias 1842.

viii formación] conformación 1842.

ix La tercera y la cuarta edición construyen la oración comparativa: «los ejemplos valen más para convencer el entendimiento que las teorías más elocuentes».

x Desde la segunda edición, se corrige por «como», y así aparece en las siguientes del xix. No creo exigido este cambio para la comprensión del discurso; de hecho, cambia innecesariamente su sentido.

75 La cita procede del Eclesiástico 26.3. Como ya indicó Palazón Mayoral, el autor probablemente tome la cita, como ha hecho anteriormente, directamente de la obra de Blanchard, Escuela de costumbres (t. I, pp. 283–284 en su versión castellana).

76 Antoine Léonard Thomas, escritor francés del siglo xviii , autor del Essai sur le caractère, les moeurs et l’esprit des femmes dans les différens siècles (1772), traducido al castellano como Historia o pintura del carácter, costumbres y talento de las mujeres en los diferentes siglos por Antonio Ruiz de Piña (Oficina de Miguel Escribano, 1773). El coronel reproduce, con algunas mínimas variantes que no afectan al contenido, la traducción castellana del inicio de la obra (1–8, 11).

77 Alude el coronel al tratado Mulierum virtutes de Plutarco, que relata esta historia de las mujeres de Mileto (de ahí la alusión a «milesianas», más adelante). Debió tomar Fernández de Lizardi esta anécdota de la obra de Thomas aludida anteriormente (14–16 en su versión castellana).

78 Feble: ‘débil’ (DRAE).