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Capítulo VEn el que se trata un asunto de gravísima importancia

Acabamos de decir que iba a contestar el coronel a la irónica pregunta de su esposa, cuando entró en nuestra sala una criada de doña Eufrosina dando unos gritos desaforados.

—Corra su mercé –decía–, corra su mercé, que quién sabe qué le ha dado a la señorita.

Sorprendímonos todos con esta inesperada noticia, fuimos apresuradamente a la vivienda de doña Eufrosina, y hallamos a Pomposita llorando y bañada en sangre y a su madre privada en los brazos de una recamarera, toda temblando79.

Apenas comenzaba doña Matilde a preguntar la causa del accidente de su hermana cuando entraron de visita seis señoritas jóvenes y una venerable beata de Rosa*, ya vieja, llamada doña María, que nada menos era tía primera de la enferma, y de doña Matilde80.

Con la ocurrencia de la enfermedad de la señora doña Eufrosina, las salutaciones fueron sobre la marcha, pues a toda prisa se rodearon de la paciente, menos la beata, que se dedicó a cuidar de la niña Pomposita.

Mientras que el médico venía, comenzaron a determinar remedios cada una a cual más. Una mandaba ligarle las piernas; otra apretarle el estómago fuertemente; esta darle a oler el humo de la lana prieta; aquella echarle agua fría en la cara y pecho; quien recetaba una rebanadita de pan empapada en aguardiente para el estómago; cual unos fomentos de vino en los pulsos; en una palabra, allí todas eran médicas y nadie se tenía por menos para ponderar sus medicinas; y sin duda hubieran embadurnado de aceites a la enferma, la habrían amarrado como un cohete y le habrían hecho inspirar*más humo que el que cabe en un globo aerostático si no estuviera presente el coronel, quien se opuso de firme a que se le hiciera nada de eso, diciendo que muchas medicinas de aquellas eran inútiles y las demás perjudiciales, como son las fumigaciones y ligaduras81. Trabajo le costó impedir que mortificaran a la enferma; pero por fin lo consiguió.

p. 82No porque las circunstancias veían sus remedios desaprobados dejaban todas de expresar los sentimientos de su cariño hacia la enferma del mejor modo que podían. Una le apretaba el estómago, otra le tenía las manos, esta le levantaba la cabeza, aquella prevenía el vaso de agua, y todas gritaban, lloraban y regañaban a las criadas por la tardanza del médico. Aquella sala era una zambra de gritos y monadas, que yo para mi sayo califiqué de adulaciones82.

En esto estaban cuando entro el médico, que por fortuna era un hombre instruido y prudente. La prisa con que lo llamaron y el alboroto que encontró en la casa previnieron su ánimo a creer que el mal era grave y ejecutivo. Preocupado de esta idea y deseoso de cumplir con su obligación, gastó pocas palabras en saludar y se dirigió a la paciente. La tomó el pulso, hizo dos o tres preguntas, le vio la cara con atención y se levantó muy sereno asegurando que aquello no era cosa de cuidado, y que dentro de un rato estaría perfectamente buena.

Al ver la frialdad del facultativo, una de las señoritas, que estaba prevenida con papel y tintero, no pudo menos que decirle:

—Señor, ¿que no receta usted?

—No hay necesidad –respondió el médico, y la dicha madama, creyéndose desairada, le dijo:

—¿Cómo no?, ¿pues no ve usted cómo está esta niña, y que si sigue así con este temblor se nos puede quedar entre las manos, y lo peor es que se nos va sin sacramentos? ¿No será bueno que recete usted a lo menos un poco de álcali volátil y tantita agua de la reina para el corazón83? Yo no entiendo de eso, pero fui sobrina de un famoso médico que era doctor borlado84, y todos los días iba a mi casa y hablaba divinidades del álcali y del agua de la reina para estos casos, y yo algunos remedios le aprendí, y los he mandado mil veces, porque quien anda en la miel algo se le pega; y ya usted sabe que de médico, poeta y loco todos tenemos un poco85.

—Señoritas –contestó el facultativo con mucha flema–, no hay droga en la botica que no tenga sus alabadores y aficionados; y así no es mucho que los tenga el álcali, cuando no los desmerecen el agua del pozo, la saliva, el carbón, los orines, etcétera.

p. 83»Por lo que toca a que todos tenemos un poco de médico, poeta y loco, con la venia de usted digo: que de loco, seguramente* todos tenemos un mucho, y más cuando nos metemos a dar nuestro voto en materias que no entendemos; pero de medicina y de poesía creo que muchos tenemos más de entrometimiento que de inteligencia. Por mí le aseguro a usted que de poeta no tengo ni mucho ni poco. Una vez me quise meter a componer una quintilla y no la pude acabar, y me quedé en cuatro pies como los burros*86. Lo mismo creo que sucede a muchos cuando se meten a médicos. Cada cual debe hablar de lo que entiende y eso bien y poco; porque si un sastre quiere hablar de arquitectura, proferirá treinta mil blasfemias en esta facultad. Lo mismo se debe entender de todo y de todos.

La señorita se quedó muy fresca, no entendiendo la fuerza de la reprensión, y movida de una agitante curiosidad le rogó le dijese la quintilla; a cuya pregunta el médico contestó que la iba a hacer para reprender a una niña que pensaba acertar en materias que no entendía, y decía de este modo:

Si sin noticia ni guía
quieres ir por un camino
que no sabes, Celia mía,
te perderás de contino,
y …

Será una bobería –dijo la señorita– ponerse uno a andar por un camino que no sabe, sin tener quien lo lleve o lo dirija.

—¡Vea usted qué ocurrencia! –dijo el médico en tono de admiración–: usted ha concluido mi verso facilísimamente en un instante; y yo no pude concluirlo en cuatro noches, después de haberme quemado las cejas a la llama de cuatro velones de a medio, que tantos consumí para acabar mi desgraciada quintilla. Ciertamente usted tiene más de poetisa que de médica.

Bien distraídos estaban todos con la conversación, unos hablando y los demás oyendo, cuando la enferma exhaló un suspiro, abrió los ojos y manifestó su total alivio, sorprendiéndose el verse rodeada de tanta gente, entre la que extrañó al médico, porque no era el de la casa, aunque era mejor. Este, concluida su visita, que no pasó de visita, previno solamente que removiesen del ánimo de la señorita todo motivo de disgusto para que estuviera tranquila, pues este era el único y legítimo remedio en tales excesos, y dicho esto, se despidió.

No llegaría a la escalera, cuando entró en la sala don Dionisio Langaruto, acompañado de dos oficiales y un colegial, que venían de jugar cuatro o cinco treguas al billar, las que había ganado el partido contrario87.

Ninguna novedad hizo a don Dionisio el encuentro del médico ni el alboroto que halló en la casa. Incómodo totalmente con la poca destreza de sus compañeros, y teniendo por un punto de honor ultrajado que hubiesen perdido las treguas del desafío, reñía ásperamente a sus amigos, los que con una humillación servil se disculpaban mutuamente, sonriéndose de paso de la necedad y enojo de Langaruto, de lo que este se incomodaba más, y decía:

p. 84—Yo no siento haber perdido las seis onzas, a mí no me duele perder el dinero; con cien pesos yo no soy ni más rico ni más pobre. Ustedes bien saben que estoy hecho a tirar la plata, pero en regla. Lo que me incomoda es que nos hayan dado capote, que no viéramos una, y que aun la última tregua, llevándola tan aventajada, hubiera quedado por ellos. ¡Vamos, que ustedes son buenos chanflas88!

—Este zonzo tuvo la culpa –respondió el colegial, señalando a un alférez–, yo le decía que no tirara fuerte, sino que vendiera el mingo; pero quiso lucir el buen taco, tiró palos en seco, me vendió a mí y fue causa de que se llevara el diablo el partido89.

—No hay cuidado –decía el militar–, la confianza con que yo juego con ellos me hizo no recelar, y el maldito casquillo del taco, la bola pifiada* y la mesa tuerta fueron la causa de que errara la bola, que si no, era bolada de acabar la tregua con los palos que tiré90.

—Eso sí –decía Langaruto–, después de los ladrones, trabucazos. Ahora que nos ganaron y estarán brindando a nuestra costa y riéndose de nuestra inhabilidad, estás tu echando bravatas. Ya se ve: la bola, el taco y la mesa tuvieron la culpa, ¿no es verdad? Mucho fue que no te estorbara la taquera y el cajoncito del salvado. Anda, chanflón.

Muy incómoda estaba Eufrosina oyendo la acalorada disputa que su esposo tenía con sus amigos, sin hacer el menor aprecio de su mal; y así hecha una furia se levantó del asiento y le reconvino, diciéndole:

—¿Que ha pensado usted que no tiene mujer o cree que estoy pintada o soy alguna sirvienta de su casa? ¿No es una picardía, no es una desvergüenza intolerable ver que me esté muriendo por esa maldita muchacha, y ni siquiera le merezca al señorito la más mínima señal de atención? Ya se ve que yo nací para ser infeliz, y…

Aquí comenzó a llorar amargamente. Las parientas y amigas la consolaban con mil caricias, y el bueno del caballero Langaruto, atónito con el resoplido que acababa de escuchar, trató de satisfacer a madama del mejor modo, y cuando supo que la causa de la mohína había sido haber encontrado a Pomposita chupando un cigarro, quisiera descargar su furia sobre la pobre criatura, para hacer ver que sentía el mal de Eufrosina, y que lo sabía vengar bien91; mas el coronel contuvo su fuerza deteniéndolo y prorrumpiendo con la mayor energía en estas expresiones:

p. 85—¿Qué es esto? ¿Están ustedes infatuados o adolecen de una violenta fiebre? Por un cigarro… ¡Voto a mis pecados! ¿Por un cigarro han sido tantas alharacas? Vamos, que esto no se puede creer entre personas de juicio y experiencia.

—No por un cigarro –dijo a ese instante doña Eufrosina–, sino por el atrevimiento de la persona que chupa ese cigarro. ¿Quién le ha dicho a esta mocosa malcriada que se ha de poner a chupar a escondidas mías? No faltaba más sino que la niña de siete a ocho años, que aún no sale del cascarón, ya quiera andar con el cigarrito en la boca todo el día. Noramala para ella; así la vuelva yo a ver otra vez, que le aseguro que ha de ir a pepenar los dientes a la calle92.

—Tienes mucha razón, mi alma –decía la tía vieja–, tienes mucha razón: yo quiero a Pomposita como si la hubiera parido; ya se ve: tiene mi* sangre al fin, y más vale gota que libra; pero la verdad, yo no voy fuera de la razón; es mucha picardía que las niñas chupen. Ya se ve, tales están las cosas en estos tiempos, que ya los mocosos les piden la lumbre a los viejos. Todo está malo, todo está perdido; a fe que en mi tiempo, ¿cuándo, cuándo una niña había de tener la avilantez de chupar delante de los grandes93? ¿Qué digo yo?, ni aun a escondidas. Muy buen cuidado tenían las madres de registrarles los dedos a sus hijas para ver si chupaban, y pobre de la que los tenía amarillos, ya se podía componer; porque después de que la castigaban muy bien, le quemaban en la boca con un huevo caliente; pero ahora ya chupan detrás de nosotros* todas las niñas y nos echan el humo en la cara. Haces muy bien, Eufrosina, haces muy bien de castigar a tu hija: no, no la dejes pasar estas perradas.

—No hace muy bien de castigarle este defecto leve, si lo es, y mucho menos con tanta crueldad como ahora –dijo el coronel–; yo no me quisiera meter en esto, porque cada uno manda en su casa; pero me ha escandalizado ver castigar tan cruelmente a mi sobrina por una culpa, que si lo es, mi hermana y mi hermano se la han enseñado.

—¿Cómo nosotros? –decía Eufrosina.

—Así como lo oye usted, hermana –respondió el coronel–. Si esa niña jamás hubiera visto chupar a usted, ni a su papá, ni a mí, ni a ninguna persona grande, seguro está que no* lo hiciera; pero ve que todos lo hacen, que no se hallan sin el cigarro, que es una especie de atención y obsequio el darse cigarro; que apenas entra una visita, luego se pide el braserito de la lumbre, y por último, ve que todos chupan, y que aun alaban el chupar, diciendo que el cigarro es un buen amigo, que en los gustos alegra, y en las tristezas consuela, ¿qué concepto ha de formar de este vicio cualquiera niña que ve y oye todo esto? El más favorable, el más lisonjero, sin duda alguna; y a consecuencia a desear experimentar por sí misma las dulzuras que oye decir se hallan en él, y luego que tenga ocasión ha de poner en práctica su deseo, como lo ha hecho Pomposita.

p. 86»Yo no diré que es bueno que los niños aprendan a chupar desde muy temprano, ni menos que se les permita hacerlo delante de sus mayores, pues conozco la fuerza de la preocupación; pero no me detendré en decir que cuando lo hagan, poco se pierde, y que este no es un pecado casero que merezca una dura penitencia. Por mí, aseguro a ustedes, que si mañana advierto que mi hija se inclina al cigarro, lo veré con la mayor indiferencia, y no solo*, sino que tendré cuidado de que no le falten, para que cuando grande no solicite, tal vez, quien se los dé, ni busque la soledad ni la compañía de las criadas, siempre perniciosa, por no poder chupar delante de sus padres.

—¡Bravo!, ¡bravo! –dijo riéndose don Dionisio–; usted, hermano, ha hecho grandemente la defensa de mi hija. Déjala Eufrosina, ¿qué importa que no chupe ahora, si mañana, como dice tu tía, te echará el humo en los ojos? Yo voy con la opinión de mi hermano.

—Yo no –dijo Eufrosina, encendidas en cólera las mejillas–; caro le ha de costar a la mocosa tamaña picardía. Le arrancara la lengua, le sacara los dientes y le quemara la boca si tuviera el grandísimo atrevimiento de chupar un cigarro en mi presencia.

—Vaya, hermana, no se acalore usted –decía el coronel–; advierta usted que el chupar es en sí indiferente, y nosotros siempre* lo defendemos como bueno, algunas veces como útil a la salud, y nunca lo tenemos como un delito. ¿Por qué, pues, lo que para nosotros es bueno, útil y honesto, en las criaturas lo hemos de condenar como un crimen? Si Pomposita se hubiera inclinado a tomar polvos, usted no se enojara, y aun le abonaría por gracia que sacara la cajilla del tabaco en su presencia. ¿Pues por qué ha de ser lícito al muchacho tomar tabaco por las narices, y no le ha de ser permitido el usarlo por la boca? Y esté usted segura de que si hubiera visto más polvistas que chupadores, se habría dedicado a tomar polvos antes que a chupar; pero ha visto lo contrario y así ha seguido lo que ve más practicado.

—Sea lo que fuere –decía Eufrosina–, así me criaron mis padres, y así he de criar yo a mi hija, y caiga quien cayere.

—Pero hermana, ¿siempre y en todo hemos de ir con lo que nos enseñaron los antiguos? ¿Nunca nos hemos de apartar de sus caprichos, aunque se nos pruebe que lo son? A la verdad ese es mucho servilismo, y la autoridad de nuestros mayores debe ser respetada, mientras la razón y la experiencia no nos manifiesten su extravío.

»Yo quisiera que Pomposita hiciera a usted este argumento a ver qué le respondía: «Mamá, usted me debe enseñar siempre lo bueno, y me debe dar buen ejemplo. Ahora bien: o el chupar es bueno o es malo. Si es bueno, ¿por qué me lo priva? Y si es malo, ¿para qué lo hace en mi presencia?». Vaya, hermana, ¿qué respondería usted a este apretoncillo?

—Le plantara un par de bofetadas, y le quitaría las ganas de ponerse a dimes y diretes con su madre.

—Esa es una respuesta muy eficaz para imponerle silencio –decía don Rodrigo–, pero no para convencerla. Hay muchos superiores que tienen a mano este fácil expediente para hacerse obedecer de sus inferiores, aun en lo injusto; pero este se llama despotismo, el que jamás es lícito ni a los padres, ni a los maridos, ni a los amos, ni a ninguna clase de superiores, pues con tan indigno modo se hacen temibles, pero jamás amables. Sus órdenes injustas se obedecen con la misma gana que la mula estira el coche, y apenas* pueden los inferiores las eluden con desprecio.

p. 87»Los reyes y los gobiernos ilustrados como el nuestro nos hacen ver que el superior jamás se degrada cuando satisface al súbdito con razón. ¿Quién mejor que los reyes y sus vicegerentes* pudieran mandar cualquier cosa, sin tener que decir más sino: «hágase esto porque yo lo mando»? Pues ya usted habrá leído muchas reales órdenes en las gacetas, y habrá advertido que dice el rey: «Habiéndome representado el mi consejo esto o aquello, y atendiendo a la utilidad de mis vasallos, etcétera, etcétera, he venido en mandar esto o lo otro». Así también ha leído los bandos publicados en esta capital, y ha visto que en unos se da razón de que lo que se manda es por orden del soberano; y en otros, que se determina una providencia para conservar la tranquilidad y buen orden, para subvenir a las urgencias del estado, o para los fines que se expresan; pero nunca habrá usted visto una real orden o una superior determinación, que, como se dice, a rajatabla y sin ningún preludio, diga: «mando esto, mando lo otro», sin dar razón al público de por qué se manda.

»Esto prueba lo que ya dije, que estas racionales satisfacciones jamás degradan al superior, y que el no darlas cuando conviene es un grosero despotismo. Porque sí, o porque no, son razones de caboscuadra94. Decir «haz esto porque quiero», aunque el otro conozca la injusticia de lo mandado, es una tiranía insufrible, pero muy antigua en el mundo. Juvenal nos refiere de aquella mujer que pedía a su marido que crucificara a un criado inocente, sin más razón que su voluntad. Esto no es tolerable, y menos entre cristianos95.

»Oiga usted una decimita que en cierta vez escribí al mismo asunto:

Un señor una ocasión
a un criado suyo reñía,
y si este le respondía,
le decía el amo: «chitón,
chitón, o de un mojicón
te dejaré sin sentido».
Callaba el criado aturdido
sobrándole qué decir;
porque este modo de argüir
¿a quién no deja concluido?

»A todos seguramente; y así ya usted verá que las bofetadas lastiman, pero no convencen, y que no le es a usted lícito usar semejantes soluciones con su niña.

—Pues por último, hermano, dejemos esto –contestó Eufrosina–: cada cual tiene su modo de matar pulgas96. Yo así quiero criar a mi hija; usted críe a la suya como quiera, que seguro está que yo no me meta* con usted así como no me metí el otro día que la regañó tanto solo porque le dio un palo al gato; y en verdad que eso era una niñería que no merecía la pena.

p. 88—Usted dice muy bien, hermana: me ha convencido usted, soy un entremetido; ya no volveré a hablar en la materia. ¡Sobre que cada cual tiene su modo de matar pulgas! Pero vea usted: cuando reprendí a Pudenciana porque le dio un palo al gato, no la lastimé, sino que le hice ver que hacía mal, pues el gato no le hacía daño. Le enseñé que debemos tratar a los animales con lástima, porque son criaturas de Dios; y le advertí que quien no tiene piedad con los brutos, quien se complace en maltratarlos solo por ser brutos, está muy cerca de ser un opresor de los hombres, siempre que pueda valerse de su debilidad. Por esto la reprendí, y esto le enseñé. Usted dirá si tuve razón, y si me manejé con tal cual prudencia.

Doña Matilde, que había guardado silencio en toda esta escena, advirtiendo que su esposo estaba algo incómodo con las respuestas altaneras y de pie de banco de su hermana, trató de cortar del todo la fastidiosa conversación, y para ello con la mayor prudencia dijo a Eufrosina:

—Mi alma, siento tu mal rato, y me alegro que te hayas aliviado. Evita cuanto puedas encolerizarte, porque ya ves el daño que esto hace a tu salud. Yo me retiro porque voy a ver qué hace mi peloncilla por allá adentro.

Con esto se despidió, y el coronel no tardó en seguirla.

Así terminó la famosa disputa del cigarro; ¿pero cuándo no corren igual suerte las disputas más célebres y contenciosas? El amor propio, cuando se desarregla, que se desarregla muy seguido, es un tirano que cautiva nuestros entendimientos, y los sujeta al antojo, al engaño y a la preocupación. Ordinariamente disputamos más por vanidad y por hacer valer nuestra opinión, que por indagar la verdad, y esta es la causa de que las mayores necedades se defiendan con ardor, de que se desprecien las razones más sólidas, y de que no haya modo de confesar que hemos errado. De aquí se sigue que cada uno se queda con la opinión que defiende, y la verdad se oculta en las tinieblas del error.

Cuando don Rodrigo estuvo solo con su esposa, le dijo:

—¿Has visto mujer más loca ni más aturdida que tu hermana? Ella me ha dado un rato bien pesado. Cuando vi a Pomposita bañada en sangre, y a tu hermana privada, me afligí, porque creí que la criatura, acaso traveseando, se había dado algún golpe, y el pesar de este accidente había desfallecido a la madre; mas luego que supe la verdadera causa, me compadecí de la pobre criatura, y me incomodé vivamente con Eufrosina. Yo no he visto mujer más necia.

—Yo advertí bien tu incomodidad –dijo Matilde–; porque solo muy enojado podías haberte puesto a disputar con ella tan de veras, olvidándote de aquel principio que me has aconsejado tantas veces, de que es una locura ponerse a disputar con un necio, pues el discreto pierde el tiempo, las razones y la paciencia, y el necio siempre se queda necio. Bien que también me has dicho que el hombre más cuerdo deja de serlo luego que es sorprendido de una pasión: en este caso se desatienden los mejores principios y se olvidan las lecciones más bien aprendidas. Esto te sucedió puntualmente.

—Yo me alegro que me hagas esta advertencia –dijo el coronel–, pues prueba que no se te olvida lo que me oyes, y que sabes hacer felices aplicaciones de los principios que te enseño; pero dejando esto aparte, dime ¿qué juicio has formado de la imbecilidad de tu cuñado, quien sin el menor informe iba a concluir la obra de su mujer cuando quería volver a maltratar a la pobre criatura?

p. 89—Yo pienso que hizo muy mal –contestó Matilde–, aunque no puedo explicar en qué está lo peor de la acción; porque a primera vista parece que su cólera fue efecto de la buena educación que da a su hija, y del mucho cariño que tiene a su mujer; pero cuando advertí la facilidad con que se serenó y te concedió la razón, no creo que hizo bien en lo primero; porque cuando veo un hombre que es tan fácil al enojo como a la serenidad, y tan pronto está de parte de una opinión como de la contraria, temo que no tenga carácter, temo que esté muy propenso a obrar sin razón, y que sus primeros arrebatos los dicte un capricho y no la justicia. Esto es lo que me parece. Tú explícame mejor lo que no entiendo.

—No te has engañado en tu concepto –dijo don Rodrigo–: así es como lo piensas. Tu cuñado manifestó en su acción falta de carácter y sobra de amor propio. Él se avergonzó porque vio reprendida su distracción delante de todos por la agria reprensión de su mujer, y no teniendo ni firmeza para sostenerse, ni habilidad para disculparse, trató de satisfacer a su esposa y a las visitas, maltratando a la parte más débil. A no haberlo yo embarazado, golpea a su hija, y queda persuadido de que había obrado en justicia.

»Los hombres violentos o atropellados sin carácter son malos maridos, malos padres, malos amos, y generalmente malos superiores. Muchas veces castigan la inocencia, y no pocas premian el delito, o porque no conocen ni uno ni otro, o porque les parece que así deben hacerlo.

»Peor concepto formarías del carácter de tu cuñada, si alcanzaras a conocer las perniciosas consecuencias que acarrea a su familia. Oye sin asustarte. El orgullo de su mujer, su disipación, la mala crianza de Pomposa, el poco respeto de los criados, la dilapidación del principal*, que cada día van de mal en peor, y todos los atrasos interiores y exteriores de la casa no reconocen otro origen que el mal carácter, o por mejor decir, la falta de este en tu cuñado.

»Esta no es murmuración: te hablo a solas de unas faltas que te son demasiado notorias, y esto no por denigrar a esta familia, sino para que veas confirmadas por la experiencia muchas verdades que te he dicho. Una de ellas es que los hombres tienen las más veces la culpa de los defectos de las mujeres.

»Yo estimo mucho a don Dionisio, y conozco sus buenas cualidades; pero me compadece que tenga un carácter tan débil, y que esto sea causa del desorden de su casa. Te hago ver este desorden y te señalo sus causas, para que si yo muriese antes de poner en estado a nuestra hija, quedes tú con suficientes reglas para deliberar sobre la elección del compañero que le convenga; y de este modo, obrando con prudencia y según las máximas que te inspiro, coadyuvarás como buena madre a hacerla feliz en el estado del matrimonio, si este fuere de su vocación.

—Pues qué, ¿el genio obsequioso de mi cuñado –decía Matilde–, el que siempre dé gusto a su mujer, el que la complazca, el que la estime y la sirva es todo su pecado? ¿Eso es lo que lo constituye de mal carácter, y por eso son todos los extravíos de su casa? Yo te creo, pero me admiro de saberlo. ¿Qué más* dirías si don Dionisio fuera un hombre grosero y altivo, y que tratara a su mujer como a una criada? Yo conozco algunos de estos.

p. 90—Y yo también –contestaba don Rodrigo–; pero condenaría en tal caso su cruel conducta, lo mismo que ahora repruebo la que le observo. En el arco, tan inútil queda la cuerda muy tirante como la muy floja. En todo debe dirigirnos la prudencia. Tan mal obra el marido que se convierte en tirano de su esposa, como el que se constituye su esclavo: ambos son extremos que debe evitar el hombre prudente, como opuestos a su dignidad, y como obstáculos a la felicidad doméstica y a la paz del corazón.

»Mientras que los maridos no sepan ser hombres, las esposas no sabrán ser mujeres. Yo puedo equivocarme; pero según la experiencia que tengo, las mujeres no serían tan fatuas, vanidosas ni locas, si siempre les tocasen por maridos hombres prudentes y sensatos, que supiesen hacerlas entrar por el camino justo y razonable; pero si los hombres, después de exceptuar los que se deben, unas veces las exasperan con sus modales duros y groseros; y otras dan pábulo a su orgullo con sus mimos imprudentes, y con sus condescendencias desarregladas, ¿cómo sabrán sus mujeres* infelices usar a tiempo del amor sincero, ni de la amable dependencia, tan necesarias ambas cosas para la felicidad del matrimonio? Verdad es que las mujeres que obran mal no merecen disculpa, porque ellas debían obrar bien aun cuando sus maridos no fuesen siempre de acuerdo con la razón; pero si aun en este caso son criminales, ¿cuánto más lo serán los hombres que les permiten, las enseñan y se puede decir que las precisan a obrar mal?

»Semejantes matrimonios tarde o temprano se desgracian. Para que Pudenciana, si se casare, no corra igual suerte que muchas, haré yo cuanto pueda y hasta donde alcance mi talento para darte las mejores reglas, que tú le inspirarás si yo faltare, a fin de que sea una mujer amable, que haga las dulzuras de su esposo y la felicidad de su familia.

i de Rosa] de Santa Rosa 1836, 1842. Se añade para aclarar el sentido.

ii inspirar] absorber 1831. Este cambio pasa también a la tercera y cuarta edición.

iii Eliminado desde la segunda edición.

iv burros] brutos 1831 y posteriores.

v pifiada] fifiada. Sigo la corrección de la cuarta edición.

vi mi] mi misma 1836, 1842.

vii chupan detrás de nosotros] chupan 1842.

viii Añadido en la cuarta edición. He mantenido aquella lectura por el sentido de la oración.

ix no solo] no solo no la castigaré 1842. Se añade por sentirse la frase incompleta.

x nosotros siempre] nosotros 1831 y posteriores.

xi apenas] en cuanto 1842.

xii vicegerentes] vicerregentes 1831. La corrección se mantiene en ediciones posteriores.

xiii no me meta] me meta. Se ha añadido el adverbio negativo según el sentido de la frase.

xiv del principal] de sus bienes 1842.

xv más] más me 1831 y posteriores.

xvi sus mujeres] estas 1842.

79 Privada: ‘sin sentido, inconsciente’. Recamarera: «criada, encargada del aseo y arreglo interior de la casa familiar» (Santamaría); recámara se llama a la habitación, como ya se dijo.

80 Así llamaban a las hermanas de cofradías o comunidades legas que vestían hábitos religiosos o no guardaban clausura. Las había de Santa Rosa, del Carmen, etcétera [1836]. Beatriz de Alba-Koch dedica un estudio a esta figura en la novela: «La vieja beata en La Quijotita, de Fernández de Lizardi: una celestina a lo divino», Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, 2007, vol. 32, n.º 1, pp. 123–135.

81 Fumigaciones: aquí en el sentido de «desinfectar algo por medio de humo, gas o vapores adecuados» (DRAE).

82 Zambra: «fiesta que usaban los moriscos, con bulla, regocijo y baile» (DRAE).

83 Tanto el álcali como el agua de la reina son compuestos diluidos en agua para el tratamiento de enfermedades.

84 Borlado: ‘graduado’, en relación con la borla, «insignia de los graduados de doctores» (DRAE).

85 Santamaría, bajo el lema miel, recoge el refrán al que anda entre la miel, algo se le pega, «con que se expresa la ventaja y el provecho de quien se acerca o se adhiere a personas superiores».

86 Se refiere a los cuatro versos como pies métricos, de ahí el juego de palabras con el burro.

87 Treguas: jugar una partida entre varios individuos o grupos de ellos y quien pierde paga el alquiler de la mesa de billar [Palazón Mayoral I.5, nota 23].

88 Chanfla: «torpe, desmañado; particularmente en el juego del billar» (Santamaría, reproduciendo esta frase de novela).

89 Se llama mingo, en billar, a la bola blanca.

90 Bolada: «tiro que se hace con la bola» (DRAE).

91 Chupar: «fumar, fue muy usado antiguamente» (Santamaría, que recoge esta misma frase de la Quijotita).

92 Pepenar: «recoger, rebuscar, levantar con la mano, principalmente del suelo» (Santamaría). Voz náhuatl.

93 Avilantez: ‘audacia o insolencia’ (DRAE).

94 Caboscuadra, cabo de escuadra: militar que está a cargo de una unidad pequeña de soldados. Aquí se utiliza burlescamente como ‘sinrazón’.

95 Este episodio está recogido en la sátira de Juvenal sobre las mujeres (sátira VI).

96 Santamaría recoge este refrán bajo el lema pulga: «quiere decir que cada quien tiene sus procedimientos propios y sabe cuál le conviene para cada circunstancia y para llegar a mejor fin».