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Capítulo VIIEn el que se refiere el modo con que el coronel enseñó a escribir y contar a su niña, y la conversación que tuvo con su esposa

¡Qué feliz es el estado del matrimonio cuando se saben conformar con él las voluntades! La docilidad con que Matilde escuchaba las lecciones de su esposo, y la dulzura con que este le inspiraba sus máximas morales prueban que ambos disfrutaban de esta felicidad.

Ya se deja entender que si el coronel no se descuidaba de instruir a Matilde, los dos se esmeraban a porfía en cultivar en su hija los talentos naturales que tenía, y los sanos principios que le inspiraban.

La niña, por fortuna, correspondía con docilidad a los contratos de sus padres, y así* en poco tiempo supo leer con bastante regularidad, conocía el valor de las letras, sabía lo que eran sílabas y palabras, y que estas formaban los periodos.

Como su padre y su maestra le habían hecho advertir cuánta utilidad y ventaja resulta de leer bien, que esto no se consigue sino evitando el sonsonete y atropellamiento, y acostumbrándose a leer con sentido, para lo que se ha inventado la puntuación o caracteres ortográficos, se aplicó a su conocimiento con tesón, y lo logró muy fácilmente.

Casi con igual facilidad aprendió a escribir, porque su padre le franqueaba papel, recado de escribir y buenas muestras, para que a la hora que quisiera se pusiera a pintar sus garabatos a su antojo.

Como esto no tenía para ella cara de lección, ni advertía ninguna forma de enseñanza, lo tomó por juguete y en un instante perdió el miedo a la pluma, se fue acostumbrando a su uso, y sin que nadie la violentara, ella misma trataba ya de imitar las letras de las muestras.

Cuando su padre la observó tan bien dispuesta, le hizo ver las ventajas de la escritura, y cuán necesario y útil era poseerla con la posible perfección. Pero esto lo hizo acercándose un día a la mesa al tiempo que ella estaba garabateando, y diciéndola:

—Mira cómo ya vas imitando, aunque mal, las letras de las muestras. No hay duda, tú no eres tonta, y eres capaz de hacer lo que quisieres con tus manos. ¿Qué, te gusta escribir?

—Sí, papá.

p. 102—Pues mucho* más te gustaría si supieras qué gran cosa es la escritura.

»El saber escribir, la invención de este arte nobilísimo, es una cosa prodigiosa, necesaria a todo racional, utilísima sobre toda ponderación y de todas maneras admirable, pues se puede tener por una magia cierta y lícita entre los hombres. Sí, hija querida, la pluma bien dirigida sobre el papel hace tales cosas, que a no saber el modo, se tendrían por milagros o hechicerías. Ella resucita a los que han muerto miles de años hace, y nos los pone entre las manos para que nos instruyan y conversen con nosotros; ella nos facilita pasear seguramente por el mundo, y que sin movernos de un lugar, sin tener que erogar gastos ni sufrir incomodidades de caminatas, registremos todos los ángulos descubiertos de la tierra, veamos las situaciones de los reinos, sus mejores ciudades, sus templos, palacios, calles, edificios y paseos116; que sepamos el número de habitantes que los ocupan, cuáles son sus costumbres, religión y gobierno, leyes, modas, enfermedades y remedio; ella, inventada no solo para esto, hace que subamos a los cielos, que volemos por sus esferas, que indaguemos el movimiento de los astros, el curso de los planetas, la velocidad de sus giros, los ríos, mares, montes y valles de la luna, las manchas y humaredas del sol, y hasta el peso de las estrellas; ella nos facilita la comunicación con nuestros deudos y amigos ausentes, sin que estorben, para oírnos y entendernos, las leguas, los montes ni los mares que se atraviesan entre ellos y nosotros; ella fija en el papel como con un clavo la palabra, que sin este auxilio es escaparía para siempre; ella hace que sean materiales y perceptibles los conceptos espirituales e invisibles; ella nos hace acordar de lo pasado y prevenir lo futuro; ella afirma y asegura fuertemente las palabras y contratos de los hombres y los hace cumplir con sus deberes; ella, para no cansarte, es la que hace al hombre religioso, sabio, honesto y moderado cuando se acuerda de sus obligaciones y la que lo convierte en impío, necio y escandaloso cuando se olvida de ellas, porque la pluma es para todo, según se usa. Con la pluma se alaba a Dios o se ultraja; se honra a la religión o se deshonra; se hacen valer las leyes o se tuercen; se instruye o se encamina hacia el error; se favorece a los hombres o se perjudica, se abren los corazones para el amor o se disponen para el odio, y así de todo.

»Mira ahora qué cosa tan grande es saber hacer uso de la pluma, cuando se quiere hacer según conviene; y dime si deberá ninguna criatura dotada de razón despreciar este beneficio y privarse de sus ventajas, solo por ser un tonto o perezoso que no quiera dedicarse a aprender a escribir.

—Así es, papá –decía Pudenciana–; muy tonto será el que no quiera saber tantas cosas y poder hacerlas, como usted dice. Pero yo estoy espantada, y queriendo* saber cómo será eso de resucitar los muertos, pasear todo el mundo, subir al cielo y todo lo que usted me dice, que no entiendo.

Entonces el coronel le explicó el sentido de estas frases, la niña quedó aficionadísima a la pluma, y esta afición la hizo aprender a escribir en poco tiempo.

p. 103Cuando ya lo hacía con más arreglo y sabía usar correctamente de los signos ortográficos, su padre solía valerse de ella como del amanuense de su confianza para que le escribiera algunas cartas, lo que la niña desempeñaba con gusto, y su papá celebraba de cuando en cuando con prudencia, estimulándola con estos elogios a que se aplicara más cada día.

Todos saben la fuerza con que labra el amor propio sobre nuestros corazones, apenas despertamos de la primera infancia. Esta pasión, dejándola correr a rienda suelta, constituye el egoísmo y es el fomes de todo género de vicios, así como bien dirigida es el estímulo de las virtudes117. El coronel conocía bien la verdad de este axioma, y así alababa lo bueno que veía en su hija, pero de modo que ella se satisfacía con los elogios sin envanecerse, y se tenía como obligada a merecerlos mejor en adelante.

Al mismo tiempo le enseñó su padre a conocer los números y el valor de las unidades, decenas, centenas y millares, sin descuidarse de que aprendiera de memoria la tabla aritmética común, y cuando ya entendió esto perfectamente, le hizo ver cuán útil es a las niñas aprender a lo menos las cinco primeras reglas de cuentas, y que es un absurdo dictado por la más crasa ignorancia decir que las mujeres no deben saber cuentas, porque no las necesitan para nada; pues toda niña que algún día ha de ser señora de su casa debe saber economizar el gasto, ajustar un criado, tasar las varas de género para sus vestidos y los de sus hijos, y hacer otras cosas que les costaría sumo trabajo sin el socorro* de la aritmética118.

No ignoraba el coronel que esta ciencia es harto difícil de comprender en sus principios, especialmente a las mujeres; y así procuró primero hacer ver a su hija su utilidad para excitarle el apetito de aprender.

Un día le dijo:

—Mira: los que no saben hacer cuentas siempre cuentan cuando la necesidad los obliga; pero a más de que casi* siempre yerran las cuentas que hacen, les cuesta un inmenso trabajo. Al contrario, la persona que sabe valerse de los números hace las cuentas muy fácilmente, y las más veces las hace bien. Un ejemplo te hará ver la diferencia.

»Mira: estas son tres cajitas de fichas de concha: una tiene setenta y tres fichas, otra veinte y una, y la última treinta y cinco; ¿dime ahora cuántas fichas tienen las tres cajitas? Seguramente no puedes, porque necesitas contarlas una por una, y después de este trabajo te expones a equivocarte veinte veces.

»Pues vaya, pon aquí las fichas de la primera caja, que son setenta y tres, en este modo

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»Pon las de la segunda, que son

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21

»Pon las de la tercera, que son

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»Una raya así

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»Puestas en este orden, se suman así*:

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129,

y resulta que hay ciento veinte y nueve fichas en las tres cajas.

p. 104»Aun hay otro modo de sumar más pronto, que se llama multiplicar, y es utilísimo. ¿A que no me dices cuántas lentejuelas tienen los arquitos de tu túnico?

—¿Cuándo lo he de saber, papá, si tiene un montón?

—Pues ahora verás que fácilmente lo dices, supuesto que sabes muy bien la tabla. Cuenta los arcos que tiene.

—Eso ya lo sé: tiene cuarenta y dos.

—Muy bien: ahora cuenta cuántas lentejuelas tiene un arquito.

—Ya están contadas, son nueve.

—Pues suponiendo que todos los arcos son iguales, y que las lentejuelas están puestas en igual* proporción, de suerte que no hay más en un arco que en otro, pon de número los arcos, que son

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42

»Pon debajo las lentejuelas de un arco

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9

»En seguida una raya así

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»Ahora se multiplica así*:

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378,

y ves en un instante que tu túnico tiene trescientas setenta y ocho lentejuelas, lo que se te hacía tan difícil saber, y lo que hubieras sabido con mil trabajos sin el auxilio de las cuentas.

»Le es tan útil y necesario a una mujer el saber contar, como a un hombre. Muchas mujeres perecen en la miseria solo por ignorarlo, y la experiencia nos las está señalando con el dedo lo mismo que la causa. ¿Qué se puede esperar de la mujer que de la noche a la mañana se halla con un principal que le dejaron o sus padres o su marido, y ella no lo sabe girar ni conservar, porque no sabe hacer cuentas? Es clara la respuesta: busca quien se las haga, casándose o acomodando un dependiente; y si este o el marido salen calaveras, lo que no es raro, en dos por tres dan las cuentas del Gran Capitán, y se queda la mujer contando que tuvo coche en tiempo del difunto119. Conque así, hijita, procura instruirte ahora que eres niña, para que te hagas útil a ti y a otros cuando tengas mayor edad. Ahora es el tiempo de aprender, y es menester aprovecharlo; porque el que de muchacho es flojo y tonto, llegando a viejo, asciende a majadero.

p. 105Ya se deja entender que esta prolijidad no es ociosa en ningún padre de familia, cuando trata de aprovechar a sus hijos. El coronel, cuando enseñaba a Pudenciana, procuraba hacerle ver la utilidad que le resultaba de aprender, y al mismo tiempo le quitaba el tono de lección, tan fastidioso a todo niño, con lo que lograba que aprendiera sin violencia, como aprendió en efecto en poco tiempo a leer, escribir y contar con alguna perfección, y sin que a él le costará mucho trabajo el enseñarla.

Siendo el coronel tan eficaz para instruir a su hija en aquellos principios que son útiles para la felicidad temporal, es creíble que no lo sería menos para enseñarla aquellos que son absolutamente necesarios para conseguir la eterna.

Ya se dijo que desde bien pequeña procuró hacerle formar la más digna idea de su Criador, conformándose con su capacidad, de cuyo empeño no desistió hasta que la consideró bien instruida.

Él se valía de cuantos objetos presenta la naturaleza, aun los más triviales, para elevar su consideración al Hacedor Supremo. Ya le hacía contemplar la hermosura del campo en un alegre día de primavera, ya la brillante del cielo salpicado de luces en una serena noche, ya el espantoso aparato de una terrible tempestad, ya la tracción maravillosa del imán, ya la fragancia de la rosa… en una palabra, el campo, el cielo, la serenidad, la turbulencia, el hombre, el bruto, la planta, la piedra, las flores, las aves, los peces, y hasta los imperceptibles insectos le daban materia para instruirla en el conocimiento de Dios, haciéndole ver como resplandece en sus criaturas su omnipotencia, su sabiduría, su justicia, su misericordia y todos sus adorables atributos.

Después de hacerla ver nuestra miseria, y que nada somos delante del Señor del universo, le hacía reconocer que, sin embargo de esta pequeñez, somos sus criaturas predilectas, por quienes crio todos los seres que nos admiran y sirven en la naturaleza; por quienes se hizo hombre y sufrió los ultrajes de los hombres; por quienes murió para abrirnos las puertas del Paraíso, y por quienes hizo el milagro mayor de los milagros, instituyendo el augusto sacramento de la Eucaristía; en el que se quedó con nosotros hasta el último día de los siglos.

Tales eran las sencillas pero utilísimas lecciones que daba su hija este buen padre, que procuraba tenerla aislada* entre el respeto, el amor y el agradecimiento a su Criador. ¡Felices los padres que tienen las luces y disposición necesaria para instruir a los hijos, y más felices los hijos que saben corresponder a las sanas intenciones de semejantes padres!

A esta edad, que era* de poco más de siete años, ya sabía Pudenciana de memoria el catecismo, y entendía muy regularmente los principales misterios de nuestra sagrada religión, todo a fuerza del continuo tesón con que su padre la enseñaba; pues no tardó mucho tiempo en la amiga, a pesar de la no común disposición de la maestra; pero apenas aprendió los primeros rudimentos de leer y el catecismo, cuando la sacó de ella, y se tomó él mismo el cargo de enseñarla, como se ha visto.

p. 106Estaba mal el coronel con esas escuelas públicas donde se juntan niños y niñas de diferentes edades y educaciones. Sabía con Quintiliano que la emulación que procede del ejemplo de los condiscípulos estimula para aprender más breve; pero no ignoraba que no siempre lo más pronto es lo más seguro120. Comprendía muy bien la fuerza con que nuestra naturaleza corrompida por el fomes del pecado nos inclina al mal; que esta pervertida inclinación se deja percibir en muchos niños bien temprano; que es muy difícil falten algunos de estos donde hay tantos, y casi imposible que una sola maestra sea un Argos para observar con cien ojos las acciones de todos y cada uno de los muchachos que se confían a su cuidado121; y de todo esto concluía que es muy fácil que se corrompa en una casa de estas una criatura, especialmente niña, con el mal ejemplo de los malos.

Un día, hablando de esto con su esposa, le dijo:

—No te admires que haya dejado a Pudenciana en la amiga tan poco tiempo. En verdad que me ha parecido demasiado, y solo por contemporizar en algo con tu gusto, lo permití. Te aseguro que con solo franquearla la compañía de muchos niños de diversas edades, naturales y principios por largo tiempo tendría lo bastante para perder el candor y la inocencia que le procuramos conservar; porque es muy difícil, por no decir imposible, que una criatura sin experiencia, y que aún no sabe hacer buen uso de su razón, se contenga dentro de los límites de lo justo con tal heroicidad, que mirando buenos y malos ejemplos alrededor de sí, adopte los primeros, separándose de los segundos.

»Toda casa de comunidad trae sus ventajas y sus desventajas morales a los que las habitan o las cursan. Ello es una verdad innegable que el que se acompaña con un justo será justo, y el que se junta con un perverso se pervierte. Es también verdad evidente que en dichas casas hay de todo, buenos y malos: pues aquí del temor y la dificultad. ¿Con quién será más fácil que se adune el niño o niña inexperto, con los buenos o con los malos122? El que se acuerde de la corrupción de nuestra naturaleza, y advierta que los buenos reprenden y mortifican nuestras pasiones y deseos desordenados, y los malos las adulan, las fomentan, y aun las pretenden justificar con sus ejemplos y palabras, ese que responda a mi pregunta.

»Si yo declamara contra la utilidad, y se puede decir necesidad, a lo menos parcial, de estas públicas fundaciones; si levantara el grito contra la sana intención de sus piadosos fundadores o inventores; si con una crítica mordaz murmurara sus más arreglados institutos, seguramente se me podría tener por un hereje político; pero si ni declamo contra su utilidad, ni hablo contra sus patronos, ni murmuro sus constituciones, sino que solamente aseguro que es muy fácil que se corrompa en ellas la inocencia con la ocasión tan próxima de la compañía de los malos, creo que nada digo que no sea una verdad indisputable. Puedo asegurarte con dolor que más de cuatro maldades ignorara yo hasta el día, si no hubiera estado en escuelas ni colegios. ¡Felices aquellos niños que conservan su pureza intacta en medio de los malos ejemplos de los compañeros! Semejantes almas son prodigiosas en este siglo miserable. El rocío que se cuajó solamente en la piel de Gedeón, la zarza que vio Moisés arder sin consumirse, los niños que salieron ilesos de las voraces llamas del horno de Babilonia, y la seguridad con que los israelitas pasaron por en medio del mar son extremos de comparación; pero son unos acaecimientos milagrosos que no se deben esperar todos los días123.

p. 107»Lo que vemos a cada instante es que una chispa forma una hoguera, un miasma corrompido derrama una peste mortífera, y una gota de vinagre corta un gran vaso de leche; y de aquí debemos inferir que un solo muchacho o joven perverso es bastante a malear o corromper con su ejemplo a muchos niños inocentes y candorosos.

»En una palabra, y para que tu entendimiento se tranquilice, digo: que el padre o madre, que no sabe o no puede instruir a sus hijos por sí en su casa, hará bien, y aun debe confiarlos al cuidado de los maestros públicos; pero el que no necesite de ellos y tenga proporción, hará mejor en tomarse ese trabajo, pues llegarán al mismo fin sin pasar tantos peligros.

»Matildita –continuaba el coronel–, si yo pudiera descubrirte las cosas que se ven frecuentemente en las casas de comunidad de que te hablo, se escandalizara tu pudor. No quiero, no, lastimar tu conyugal pureza. Bástame el saberlas, y el procurar que mi hija no se exponga a estos tan inminentes riesgos, para creer que tú habrás accedido gustosa en que la quite de la amiga, por más que esta sea de las mejores.

A este punto llegaba en su conversación don Rodrigo, cuando entró el lacayo de don Dionisio diciendo que esperaban a comer a su familia*. Era día de frasca de los muchos que cada mes ocurrían en su casa124.

El coronel no entendía muy bien las leyes de la política, que es el arte de saber vivir con muchos*, inmediatamente se levantó y fuimos todos a la mesa, donde pasó lo que se sabrá en el capítulo que sigue*.

i así] así es que 1842.

ii Eliminado en la cuarta edición.

iii queriendo] deseara 1842.

iv socorro] recurso 1831 y posteriores.

v que casi] que 1836, 1842.

vi La cuarta edición consideró que debía explicarse el procedimiento de la suma con mayor detenimiento, y añadió aquí: «tres y uno son cuatro, y cinco, nueve. Pon un número nueve debajo de la raya y al pie de las unidades. Veamos después lo que importan las decenas: siete y dos son nueve y tres doce. Un dos bajo las decenas y uno que se lleva a la izquierda, o en el lugar de las centenas o centenares: y resultan ciento veinte y nueve fichas en las tres cajas».

vii Eliminado en la cuarta edición.

viii Como en la cuenta anterior, la cuarta edición se ve obligada a reproducir el proceso: «dos por nueve son diez y ocho: un ocho bajo las unidades. Cuatro por nueve treinta y seis y uno que llevaba, treinta y siete. Pon un siete en el lugar de las decenas y un tres a la izquierda en el lugar de las centenas». La cuarta edición, por error, coloca 368 al fin de la multiplicación.

ix tenerla aislada] tenerla 1836, 1842.

x A esta edad] A la edad 1842.

xi diciendo que esperaban] diciendo que su amo lo esperaba, 1831 y posteriores.

xii vivir con muchos] vivir 1836, 1842.

xiii La segunda edición sustituye «que sigue» por «capítulo I del segundo tomo», la cuarta por «siguiente». Efectivamente la segunda edición de 1831 iniciaba a partir del capítulo VIII su segundo tomo, reiniciando la numeración seriada de capítulos, y así lo replicó la de 1836.

116 Erogar: «distribuir, repartir bienes o caudales» (DRAE).

117 Fome: «causa que excita y promueve algo» (DRAE).

118 La vara es una unidad de medida cercana al metro.

119 Se llama calavera «al hombre disipado, juerguista e irresponsable» (DRAE), con lo que no es de extrañar que dé unas cuentas exageradas e inventadas; la expresión hacer o dar las cuentas del Gran Capitán nace de un apócrifo episodio sobre las cuentas desorbitadas que el militar Gonzalo Fernández de Córdoba presentó a Fernando el Católico en relación con la campaña de Nápoles.

120 Esta idea aparece en el capítulo segundo del primer libro de De institutione oratoria, del latino Marco Fabio Quintiliano (c. 30–c. 100), titulado «Si es más útil la instrucción doméstica que la pública»: «Pero así como la emulación causa progresos mayores en el estudio, así a los principiantes y tiernos les es más gustoso, por lo mismo que es más fácil, imitar a los condiscípulos que a los maestros» (cito por la edición de Instituciones oratorias del célebre español M. Fabio Quintiliano, Madrid, Imprenta de la Administración del Real Arbitrio de Beneficencia, 1799, pp. 26–27).

121 Argos es, en la mitología clásica, un gigante de cien ojos, arquetipo del vigilante y guardador.

122 Adunarse: «unirse, juntarse, congregarse» (DRAE).

123 Los milagros a los que alude don Rodrigo proceden de diferentes libros de la Biblia: la prueba que Gedeón pide a Dios para saber si es el elegido como salvador de Israel, en función de si el rocío de la madrugada empapaba solo el vellón con que se cubría, pero no el alrededor (Jueces 6.36–38); la aparición de Dios a Moisés en una llama de fuego que no se consumía (Éxodo 3.2–3); los tres jóvenes que fueron condenados por Nabucodonosor al fuego por no querer adorar un ídolo sagrado y salieron ilesos del castigo (Daniel 3.13–27), y el cruce del Mar Rojo por los israelitas, cuando Dios a través de Moisés dividió las aguas (Éxodo 14.21–22).

124 Frasca: «bulla, regocijo, fiesta» (Santamaría).