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Capítulo IXRefiere el cura los versos, y se trata sobre la profanidad de las mujeres y el modo con que puede ser lícito en ellas el adorno

—Ciertamente, señores –dijo el cura–, que habrá fastidiado a ustedes el sermón; pero como yo estoy hecho a predicar, se me olvidó que estaba en una mesa; bien que no me arrepiento de lo dicho, porque como estoy seguro de la religiosidad de ustedes, conozco que la omisión de dar gracias no es efecto de impiedad, sino por seguir la moda hasta en esto; aunque también estoy seguro de que desde hoy será otra cosa; y así, variando de asunto, oiga usted, señorita, cómo se expresó la madre Juana Inés en defensa de su sexo, y con qué gracia reprende a los hombres que hablan mal de las mujeres, después que las seducen. Dice así:

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.

Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia,
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

p. 119

Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucreciao.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que falto de consejo
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata;
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis,
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel,
a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?

Mas entre el enfado y pena,
que vuestro gusto refiere,
¡bien haya la que no os quiere
y quejaos enhorabuena!

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada,
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga,
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis,
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo137.

o [Tais] Una pública ramera. [Lucrecia] Una romana tan honrada, que se mató por no sufrir su honor ultrajado por la fuerza.

p. 120Todos aplaudieron los versos, especialmente las señoras; pero el licenciado en un tono burlón dijo:

—No hay duda en que están buenos los versos que ha dicho el señor cura; pero con su licencia, son mejores unos que yo sé, y dicen así:

Cierto artífice pintó
una lucha en que valiente
un hombre tan solamente
a un horrible león venció.
Otro león que el cuadro vio
sin preguntar por su autor,
en tono despreciador
dijo: «Bien se echa de ver
que es pintar como querer,
y no fue león el pintor»138.

»¿Qué tal? ¿No está la fabulita que ni mandada a hacer? Ya se ve como del numen del dulce Samaniego.

—Bien –dijo don Dionisio–; pero ¿a qué viene aquí la fabulita?

—Claro está a lo que viene –contestó el licenciado–: se echa de ver que no fue hombre sino mujer la autora de las estrofas que ha referido el señor cura: y así escribió a su favor, y acaso sin la mayor noticia en la materia, como que era una religiosa enclaustrada en un monasterio, y no una mujer del mundo. En atención a esto, no fue mucho que manejara la pluma tan a favor de su sexo, porque no fue león el pintor, y así ella pintó a los hombres y disculpó a las mujeres como quiso. Si hubiera sido hombre el autor de los versos, hubieran estos salido a favor de los hombres, y se vieran pintadas las mujeres en ellos con unos colores nada ventajosos.

»Efectivamente, en este caso poco trabajo costaría al poeta probar que las mujeres siempre tienen la culpa de que las seduzcan los hombres. Ellas dan la materia y los hombres disponen la forma. ¿Qué importa que no rueguen descaradamente que las seduzcan o enamoren, si lo dan a entender con sobrada caridad?

p. 121»Ustedes, señores, habrán advertido el modo con que las pateras llaman a los marchantes en las esquinas*. «Aquí hay pato grande –dicen–, venga usted, mi alma: aquí hay pato grande con tortillas con chile, venga usted». Las almuerceras obran de distinto modo en la apariencia; pero tienen igual o más eficaz virtud en la realidad, pues aunque no llaman con la boca a los que pasan, provocan su apetito con más arte, poniendo en sus puertas las cazuelas de sus almuerzos o meriendas, muy olorosas y compuestas con ramilletes de rábanos y lechugas139.

»Así son las mujeres que quieren o captar la benevolencia de los hombres o arrancarles el dinero. Todas llaman: la diferencia está en el modo. Las coquetillas infelices se paran en las puertas de sus accesorias, o pasean de noche por los portales y lugares acostumbrados, acompañadas de un muchacho o criada trapientos, con los que van diciendo: «Esta casa se alquila». ¿Quién no advierte el espíritu de estas pobres? Pues estas son las pateras.

»Las no infelices no se valen de estos arbitrios vergonzosos; pero sí de otros que no les van en zaga en la substancia.

»Tal es la profanidad en el vestir, la libertad en el hablar, y aquella estudiada afectación de todas sus operaciones. ¿A qué fin, sino para provocar a los hombres, son esas medias de color de carne, esas trasparencias de los puntos con que se descubren las espaldas, esos desgotes que hacen saltar los pechos desnudos, esos contoneos al andar, esos melindres y monadas al reír, al saludar y al hablar140? En una palabra: ¿ese conato tan escrupuloso para parecer bien y hacerse amables de nosotros*? ¿No es verdad que estas tales se parecen a nuestras almuerceras, que aunque no llaman a los hombres con la boca, los provocan con su diligencia y compostura? En efecto, las mujeres pobres gritan su deseo, y las no pobres lo dan a entender; pero todas lo venden su pato, como dicen las indias.

»Desengañémonos, señores: siempre los hombres han buscado la disculpa de sus extravíos en las mujeres, y estas en aquellos; pero lo cierto es que tan malos son unos como otros; mas por lo que toca al punto de seducción, ellas son peores que ellos, porque si los hombres las seducen, es porque las mujeres se dejan seducir, y no solo les facilitan el camino, sino que los incitan a ello y casi se los ruegan, como lo he probado; y últimamente, si no hubiera tantas mujeres descocadas, no habría tantos hombres atrevidos.

p. 122Dejó de hablar el licenciado, y Eufrosina, disimulando mal la incomodidad que tenía, dijo:

—¿Qué le parece a usted señor cura, y qué buen concepto debemos las mujeres al maldito Nariguetas? Para él no hay una buena, ni sabe hacer distinción de estados, clases ni condiciones. A todas mide con una misma vara. La casada*, la doncella virtuosa, la viuda honesta, la señora decente son lo mismo que las abandonadas de la calle. ¡Vamos, que esto es una picardía intolerable, y solo usted, señor licenciado Narices, se puede producir de esta manera! Si yo no creyera que hablaba de chanza y solo por hacernos enojar, diría que era usted temerario y un malcriado, pues aunque fuera verdad cuanto dice, debería no decirlo delante de unas señoras que lo entienden. Esto es falta de política y buena crianza. Ni mi lacayo se produciría de ese modo.

—No, no hay que atufarse, caballera –decía con mucha sorna el abogado–; yo no barro con todas las mujeres141. Sé que las hay muy virtuosas, honestas y ejemplares; pero se pueden perder entre las que no lo son, en fuerza de su escaso número, si se pone en comparación, hablo solamente de las descocadas*, profanas y provocativas. Si aquí no hay ninguna que lo sea, como yo lo creo, no hay para qué enojarse, pues yo no cito ejemplares señalados. En una palabra, entren todas, y luego salgan las que yo no he metido; pero estoy seguro de que nada he dicho que no lo demuestre la experiencia. ¿Qué dice usted, señor cura?

—¿Qué he de decir? –respondió el cura–, sino que haciendo la distinción debida, y la protesta que usted acaba de hacer de que no habla en general, sino solo de las mujeres que con sus trajes o acciones poco honestas incitan a los hombres, dice muy bien; pero advierta usted que tampoco a estas mujeres defiende la madre Juana Inés en los versos que escribió y yo he dicho; sino a las timoratas y recatadas, que son seducidas dentro los muros de su misma honestidad. Bien se colige de sus mismas palabras que este fue su espíritu, y no el de defender la liviandad de muchas de su sexo. Oiga usted sus palabras otra vez:

p. 123

Combatís su resistencia,
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia

»Bien claro está que nuestra monja habló en pro de aquellas que hacen resistencia a la seducción, y no de las que convidan a ella. ¿A estas quién las ha de defender cuando se hacen objetos de abominación para Dios y para los hombres? Hablo especialmente de las mismas que usted ha hablado. Esto es, de las muy profanas y escandalosas.

»El Espíritu Santo aconseja que se huya de las mujeres compuestas con demasiado lujo, y que no se entretengan con ellas porque han sido muchas veces el escollo de la inocencia142.

»La verdadera virtud o el mérito verdadero, dice un luterano convertido, saca su lustre de sí mismo, y no busca un realce en el oro y en la plata, que solo es estimado entre las mujeres, los tontos y el vulgo, el cual ordinariamente juzga del individuo por la profanidad o adorno de su traje.

—Pero, señor cura –decía Eufrosina–, ¿que todas hemos de vestirnos con hábitos de capuchinas o enaguas de jerguetilla143?

—De ninguna manera –respondía el párroco–; en esta sociedad hay variedad de clases, y en cada clase debe guardarse el orden que le toca, pues saliendo de él se hace cualquiera singular.

»Tan extraño y ridículo sería en un capitán de milicia traer una capilla de fraile, como en un fraile, lampazos de capitán144. Esto quiere decir que cada uno debe vestirse según su estado y condición, y por eso dice aquel refrán vulgar: «Vístete como te llamas». No se ha de vestir la secular como la monja, ni la casada como la viuda, ni la joven como la vieja, ni la señora como la plebeya, ni la ama como su criada, ni nadie con el traje que no le pertenece. Entonces sería un desorden y una asombrosa confusión.

p. 124»En esta inteligencia, yo no estoy mal con la decencia, respectiva a cada clase de personas, ni con la misma moda. Declamar contra ella en lo general más es un capricho de la ignorancia que un celo por la virtud. Moda no es otra cosa que el uso de esto o de lo otro nuevamente introducido entre los hombres. Hay modas útiles, las hay indiferentes y las hay malas. Estas son y deben ser reprobadas por todo hombre sensato: las primeras deben seguirse, y las indiferentes pueden, o no, adoptarse, según el gusto de cada uno. Por ejemplo: ¿quién negará que el túnico en las mujeres, y el pantalón en los hombres, a más del adorno, proporcionan comodidad y economía? Luego esta moda es útil, y debe admitirse entre las personas de buen gusto sin el menor escrúpulo.

»Ahora, que el túnico ataque por detrás o por delante, que el pantalón sea de casimir o de punto es una cosa indiferente, porque puede ser o no ser, según el gusto de cada uno; y de que sea así o asado no se sigue ningún reato moral145.

»Pero si el pantalón es de algún género trasparente, si está tan ajustado al cuerpo que de la legua se conoce que es hombre el que lo trae; si el túnico es tan delgado y estrecho que al dar el paso se deja ver la pierna, si el corpiño es tan pequeño y muy escotado que descubre los brazos, pechos y espalda, entonces ya esta es moda obscena, escandalosa y abominable, y por tanto digna de reprobarse por toda persona de virtud. Lo mismo puede decirse de las más de* las modas. No el uso, el abuso que se hace de ellas, es la que las convierte en pecaminosas e ilícitas. Dije que de las más; y no de todas, porque hay algunas que son malas en sí y no tienen por donde cohonestarse.

»Los corsés que han substituido a las* cotillas son un ejemplo de esta verdad. El uso de ellos es una moda harto perjudicial, y no tienen con qué disculpar su maldad. Yo no soy tan temerario que me atreva a decir que se use para elevar los pechos y hacerlos saltar como naturalmente fuera del escote del túnico. Dios me libre de ser tan malicioso. Allá se lo hayan las señoras, pues cada una sabrá el santo fin con que se sujeta a esta mortificación; pero en lo físico es innegable que es un tormento demasiado pernicioso a la salud desde que se pone hasta que se quita. He observado que algunas señoras, espetadas en estos malditos cinchos, no tienen ni libertad para moverse… poco he dicho, no son árbitras ni de comer a gusto, porque temen, y con razón, que el volumen del alimento las oprima más; o les reviente el corsé; y así el día que se lo ponen ayunan a su pesar y sin ningún mérito, y ya se ve que esta moda no puede calificarse de buena ni útil de ninguna manera.

p. 125»El célebre Buffon condena las cotillas, los corsés y todos aquellos vestidos dolorosos, que con el vano pretexto de formar el talle, estorban la respiración, impiden que la sangre circule con libertad, y causan más incomodidades y deformidades que las que precaven146.

»Aun sería menos perjudicial esta moda si generalmente se usara con más prudencia; pero me dicen, y no lo dudo mucho, que hay señoras a quienes el cochero o lacayo atacan el corsé; ya se deja entender que esta diligencia se hace para que esté muy apretado, y siendo esto así, no es extraño que muchas se hayan enfermado por este uso, capaz de matar con su continuación a cualquiera señora delicada.

»Bastante conocen esta verdad y temen sofocarse si se quitan de repente los tales corsés, y por esto tienen cuidado de que se los aflojen poco a poco. Muy bien hecho; pero ¿no fuera mejor ahorrarse de estas incomodidades y esos riesgos? Sígase en hora buena la moda cuando sea útil e inocente; mas no nos constituyamos unos partidarios tenaces de todo uso nuevo, solamente porque es nuevo, por más que estemos convencidos de que puede acarrearnos muchos perjuicios físicos o morales. Esto no es ser modistas, sino esclavos serviles de las modas.

—Pues según eso, señor cura –decía Eufrosina–, bien puedo yo seguir las modas sin cargo de conciencia.

—Las útiles y honestas, sí, señora; las que no lo sean, no.

—¿Y con qué regla mediré yo esa utilidad e inocencia?

—¡Oh, señora! –respondió el cura–, ahí está toda la dificultad de la materia.

»Cuando no queremos sujetar nuestro amor propio a la razón, sino seguir sus naturales impresiones, entonces confundimos fácilmente lo útil y honesto con lo agradable. Todo lo que halaga nuestros sentidos y lisonjea nuestras pasiones nos agrada, y tenemos por útil e inocente, a lo menos en aquellas cosas que no son enormemente criminales o expresamente prohibidas por la ley; y esta es la causa de que frecuentemente se tengan por virtudes los vicios*. Por esto el espadachín provocativo se tiene por valiente, el avaro por económico, el pródigo por liberal, y la mujer profana por inocente partidaria de la moda*.

p. 126»La prudencia, señora, la prudencia es la mejor regla que nos debe servir para conocer cuándo una cosa es útil y honesta, y cuándo sea solamente deleitable, y este conocimiento no es difícil de adquirirse en haciendo a un ladito el amor propio.

»Hecha esta diligencia, ¿se le ocultará a ninguna mujer que todo exceso degenera en vicio? ¿Ignorará que toda profanidad es un exceso de la moda, o lo que se llama lujo sobresaliente? ¿Y no sabrá que este exceso no puede menos que traer funestas consecuencias, ya por el escándalo que ocasiona a los que lo notan, y ya porque con estos gastos superfluos se arruina a los padres o maridos? Es imposible, porque a nadie se ocultan estas verdades.

»Pues ya tiene usted, señora, en pocas palabras, la regla con que conocer hasta qué punto puede seguir la moda. Vístase usted conforme a su estado, pero sin disipar lo necesario ni arruinar a su familia. Adórnese en hora buena según su clase; pero sin ser profana ni escandalosa. Atavíese como una señora decente; pero nunca como las trasparentes coquetillas, y entonces puede creer que entra en las modas con seguridad de conciencia.

»Oiga usted, por último, lo que el sabio Blanchard dice sobre esto, para que viva más tranquila y para que vea que nuestra religión no es un espantajo aterrorizador, ni un tirano que nos impide el uso de los bienes que el Criador nos dispensó con tanta liberalidad, sino una buena madre que nos enseña, nos corrige y sujeta para que no abusemos de aquellos mismos bienes con ofensa de Dios, con perjuicio del prójimo y daño nuestros.

p. 127

¡Cuántos pesares –dice Blanchard– se prepara uno cuando no quiere aprender el secreto de medir su gasto con su persona! La causa más ordinaria de la ruina de muchas personas es que arreglan su gasto según su estado y no según sus medios; según su ambición, y no según sus riquezas. El lujo, hijo del deleite y de la vanidad, conduce a la pobreza por unos caminos brillantes y agradables; pero son solamente los locos los que lo siguen.

Una especie de lujo moderado entra en las miras de la naturaleza que ha derramado, así en la tierra como en los cielos, una magnificencia igual a su grandeza, pues no ha prodigado tantos beneficios a los hombres para prohibirles su uso. Pero lo que la razón nos prohíbe, es un lujo excesivo o dañoso, es todo goce superfluo que no está prescrito ni por lo que es justo conceder a su calidad, ni por lo que exige el uso legítimo de la nación en donde se vive, y cuya modificación no puede dejar de merecer la aprobación de las gentes sensatas…

¿De qué sirve a las mujeres el exceso ridículo de adornos, la loca pasión de modas y novedades, que cuestan tan caras y pasan tan pronto?

Yo sé que la sabiduría permite seguir las modas que no son sino indiferentes, y que no ofenden las costumbres ni desarreglan la hacienda. Aunque las modas no sean lo más frecuentemente, sino hijas de la inconstancia y del capricho, las personas más sabias se ven algunas veces obligadas a conformarse y someterse a ellas por no parecer ridículas.

La moda es un tirano peligroso,
del cual nada nos libra, y es forzoso
a su gusto y capricho acomodarse.
Pero siendo preciso sujetarse
a las leyes que impone locamente,
el sabio como piensa rectamente
nunca el primero es para seguirlas,
ni el último en dejarlas u omitirlas147.

Si es permitido a ciertas condiciones el llevar vestidos ricos y magníficos, es más glorioso y estimable el quedarse un poco inferior a su estado. La modestia y el pudor serán siempre para las mujeres el más bello ornamento y el más noble adorno148.

p. 128»De lo dicho inferirá usted, señora, la diferencia que hay entre una moda racional y la profanidad escandalosa; entre la decencia correspondiente a cada persona y el excesivo lujo, y según este conocimiento tomará el camino más seguro.

Dejó de hablar el eclesiástico, y tomando la palabra el coronel, añadió:

—Cierto que el señor cura se ha explicado con bastante solidez, y su doctrina no deja que desear en la materia; pero yo quisiera que las señoras mujeres que son tan aficionadas a la excesiva compostura advirtieran que prescindiendo, si es que se puede prescindir, de los fundamentos morales que condenan el demasiado lujo, hay aun otra razón muy suficiente para contenerlas en los límites de lo honesto, y obligarlas a no singularizarse ni el traje, ni el andar, bailar, conversar, etc.

»Saben muy bien que es un axioma incontestable el que dijo el señor licenciado, de que si no hubiera tanta mujer liviana, no habría tanto hombre atrevido, pero también saben que no es menos cierto que no siempre basta a las mujeres su honestidad y recato para dejar de ser seducidas.

»Hay hombres tan atrevidos y procaces que, cuando tratan de llevar al cabo su pasión o su capricho*, atropellan fácilmente con la autoridad de los padres, con los respetos del marido, y aun se atreven mil veces a atacar la inocencia en los mismos santuarios de la virtud. ¡Cuántas niñas han salido de las clausuras a prostituirse por no haber podido impedir las paredes de los conventos y colegios la seducción del insolente malicioso!

»Para esta clase de hombres no basta a las mujeres ser honestas; es necesario que manifiesten su recato en su traje y en sus acciones en todas partes, si no quieren poner su honor en equilibrio.

p. 129»Con solo que uno de estos vea a una joven demasiadamente compuesta, afectando el paso, haciendo muecas y trayendo el abanico en continuo movimiento, tiene cuanto su temeridad necesita para confundirla con la mujer liviana, aunque sea la doncella más juiciosa o la casada más honesta.

»Lo peor es que muchas veces no para en esto todo el mal, quiero decir, no se contentan con tenerlas por coquetas, sino que lo aseguran así a sus amigos, jactándose falsamente de haber conseguido de ellas muchos triunfos. ¿Qué se sigue de aquí? Que aquella pobre niña pierde el crédito entre las demás, porque de boca en boca pasa por una fácil, y por esta mala fama, si es doncella, tal vez pierde un ventajoso casamiento, y si es casada, acaso se turba la paz del matrimonio por una inesperada casualidad. Bien conocen las mujeres que esto no es una ponderación, sino una verdad innegable: saben que abunda esta clase de hombres habladores, a quienes distinguen con el vulgar adjetivo de alabanciosos.

»Ellos hacen mal, ¿quién lo duda? Pero si las señoritas se vistieran con menos profanidad, ellos no se atrevieran tan fácilmente a disfamarlas, pues es cierto que la mujer honesta casi siempre enfrena la lengua y el arrojo del hombre libertino.

»Conque cuando el temor de Dios y el amor del prójimo no estimularan a cualquiera mujer a presentarse con modestia en el público, su amor propio la debía persuadir a ello, considerando que los hombres de que hablamos, por el traje infieren la conducta de la mujer, y sin más datos despedazan su honor alegremente.

Nada se debe temer tanto en las mujeres como la vanidad –dice un autor muy respetablep–. Los caminos que conducen a los hombres a la gloria y autoridad les están cerradosq, y así aspiran a distinguirse por las gracias del cuerpo y por ciertas exterioridades del espíritu. De aquí nace aquella conversación dulce y atractiva, aquel grande aprecio de la hermosura y gracias exteriores, y la demasiada afición a los vestidos y demás adornos del cuerpo. Una peineta, un lazo, un túnico, la elección de un color, un rizo un poco más alto o más bajo, son para ellas negocios importantesr.

Este exceso va tomando cada día más fuerza: el amor mudable de las mujeres, la afición a los vestidos, la pasión a las modas, juntas con el amor a la novedad, tienen para con ellas tanto poder, que llegan a trastornar las clases y a corromper las costumbres. Desde que se vive sin regla en trajes y muebles, se vive también casi sin distinción de personas…

Este fausto arruina las familias, y a la ruina de las familias se sigue la corrupción de las costumbres… Esta es la causa de extinguirse insensiblemente* el honor, la fe, la probidad y el amor natural, hasta entre los parientes más cercanos.

p El señor Fénelon en su Educación de las hijas149.

q A la gloria mundana, que consiste en el poder, autoridad o fama. Esta advertencia es inútil para los sensatos; pero como los libros andan en manos de todos, no queremos que algún ignorante crea que a las mujeres les están cerrados los caminos que conducen a la gloria o bienaventuranza eterna.

r He sustituido esta voz a la de bata que dice el autor, porque sin alterar el sentido realza la persuasión, por ser túnico traje del día.

p. 130

Todos estos males provienen de la autoridad que las mujeres se han tomado, o que algunos hombres lisonjeros les han dado de decidir sobre las modas.

Procúrese, pues, dar a entender a las mujeres desde niñas, cuánta más apreciable es la distinción que se logra por el camino de una buena conducta, que la que se consigue por un buen peinado, un buen vestido, o cualquiera otro adorno del cuerpo…

Yo bien sé que, según las costumbres de nuestro siglo, sería una ridiculez el persuadir a las mujeres jóvenes que vistiesen el traje de la antigüedad; pero podrán, sin alguna singularidad, tomar el gusto de la simplicidad de vestido siempre noble, agradable y conforme a las costumbres cristianas. De este modo, conformándose en el exterior con los usos de nuestros tiempos, sabrían a lo menos juzgar con justicia de su ridiculez: ellas se sujetarían a la moda; pero la mirarían como una esclavitud, y solo la seguirían en lo que no pudieran evitar…

Entre todo es necesario tener un grande horror a la desnudez de pechos, y a todas las demás indecencias del cuerpo. Aun cuando se cometan estas faltas sin alguna intención o pasión desordenada, no deja de ser una vanidad culpable y perjudicial, causada de un excesivo deseo de agradar. Esta vanidad, culpable ante Dios y los hombres, es prueba de una conducta escandalosa y contagiosa al prójimo. Este ciego deseo de agradar, de ningún modo conviene a una alma cristiana que debe mirar como una especie de idolatría todo lo que la aleja del amor a su Criador, y del desprecio de las criaturas. ¿Qué se pretende cuando se quiere agradar por estos caminos? ¿No es el excitar las pasiones de los hombres? ¿No pasan demasiado adelante, por poco que se les alumbre? ¿Acaso está en poder de las mujeres el refrenarlos, cuando pasan más allá de lo justo? ¿A quién, pues, se debe imputar los excesos? Prepara la mujer con su indecencia un veneno sutil, y lo vierte sobre los que la miran. ¿Cómo se podrá juzgar inocente?

»Hasta aquí este sabio moralista; pero concluyamos esta conversación que acaso ya fastidiará por lo larga, aunque ha sido demasiado interesante. ¡Ojalá en todas partes se reflexionara con atención sobre estas verdades!, tal vez algunas familias se libertarían* de deshonor y la miseria.

Finalizó su discurso el coronel, y después de haber hablado cada uno de los concurrentes un poco sobre lo que quiso, se desbarató la asamblea150.

i Desde la segunda edición se elimina «en las esquinas».

ii hacerse amables de nosotros] hacérsenos amables 1836, 1842.

iii casada] casada honrada 1842. La cuarta edición completa la estructura de esta enumeración.

iv descocadas] descaradas 1831, 1842.

v las más de] las 1831; todas 1836, 1842. Parecieron no atender a la precisión que hará el párroco a continuación.

vi las] las antiguas 1842. Se trata de actualizar el texto desde 1818 a 1842.

vii se tengan por virtudes los vicios] se apelliden a las virtudes vicios 1831.

viii de la moda] del lujo 1842.

ix capricho] caprillo. La errata fue corregida en la cuarta edición.

x insensiblemente] incesantemente 1842. A juzgar por la fuente, debe ser un error de copia.

xi libertarían] librarían 1831 y posteriores.

137 Antonio Alatorre ha destacado la importancia de la inserción de las redondillas de sor Juana en esta novela para la popularización del texto. Desde la reimpresión de las obras de la religiosa, en 1725, no se había vuelto a publicar, con lo que la novela de Lizardi supone una revitalización del poema que, unido a los comentarios que se siguen, ayudó a difundir la imagen de la autora en esta causa («Las redondillas de sor Juana contra los “hombres necios”: un siglo de fama (1818–1910)», De amicitia et doctrina: homenaje a Martha Elena Venier, ed. Luis Fernando Lara, Reynaldo Yunuen Ortega y Martha Lilia Tenorio, El Colegio de México, pp. 45–76).

138 La décima, como apunta seguidamente el licenciado, es fábula de Félix María de Samaniego, «El león vencido por el hombre». Hay que leer siempre león como sinéresis, en una sola sílaba, para evitar versos hipermétricos.

139 Tanto las almuerceras como las pateras son vendedoras ambulantes de comida, que buscan sus compradores (marchantes, que puede aludir tanto a quien vende como a quien compra). La primera denominación es para la «mujer del pueblo que en las puertas de tiendas, zaguanes o accesorias pone cazuelas con algunas viandas apetitosas, y aun las prepara allí mismo»; se llama patero o patera a quien vende patos o, como es el caso, quien «vende comida hecha de pato» (Santamaría, recopilando para ambas entradas este ejemplo de la novela).

140 Santamaría recoge desgote como forma vulgar de descote o escote.

141 Atufarse: «enfadarse, enojarse» (DRAE).

142 Ya la primera edición contaba con la nota indicando la procedencia: Eclesiastés 9.

143 La jerga es «pieza de paño que se aplica entre otras dos, llamadas bajeras, sobre el lomo de las cabalgaduras» (Santamaría).

144 Lampazo parece hacer referencia al lampas (voz francesa), un tejido de dos urdimbres base de la llamada «seda bizarra». En general, puede hacer referencia a un tejido con bordados. Palazón Mayoral relaciona el término con «mancha», pensando que las del militar no casan con el decoro del fraile; es una lectura posible (I.9, nota 19).

145 Atacar una prenda, como el túnico, es ‘abrochar’ (DRAE). Reato: «obligación que queda a la pena correspondiente al pecado, aun después de perdonado» (DRAE), puede entenderse aquí sencillamente como ‘castigo, culpa’.

146 El escritor francés Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, es autor de la magna Histoire naturelle, générale et particulière avec la description du Cabinet du Roy, que comenzó a publicarse en 1749 y alcanzó más de cuarenta volúmenes (con las adiciones y continuaciones que se siguieron publicando tras su muerte), con un enfoque enciclopédico que trataba de aunar todo el conocimiento científico. En su traducción al español de Clavijo y Fajardo, el volumen cuarto que contiene la Historia natural del hombre ofrece una adición «sobre el uso de las fajas y de la cotilla» que es a lo que alude aquí el párroco (Historia general, natural y particular, vol. IV, Madrid, Viuda de Joaquín Ibarra, 1796, pp. 33–34). Fernández de Lizardi parece estar siguiendo, por las concomitancias con este, el texto de Blanchard ya aludido, que contiene también esta referencia y que a continuación será citado por extenso.

147 El texto de Blanchard indica aquí el nombre del autor de esta poesía, que Fernández de Lizardi no ha transcrito: «Pavillon». Se refiere a Étienne Pavillon, poeta francés del siglo xvii, y al poema que comienza «La mode es un tyran dont rien ne nous délivre» (cito por la edición francesa de las Oeuvres de M. de Pavillon, Amsterdam, Henry du Sauzet, 1720, p. 95).

148 Blanchard t. III, pp. 456–459.

149 El título de esta obra en la traducción castellana de Remigio Asensio, como ya se dijo, es Tratado de la educación de las niñas (1804). En esta edición, la cita corresponde al capítulo X: «De la vanidad, de las gracias del cuerpo, y de los vestidos» (146–154).

150 Este capítulo contiene una interesante exposición de los usos y costumbres de la moda, asunto que está relacionado directamente con la moralidad e instrucción de las mujeres. Montserrat Galí i Boadella analiza este capítulo como punto de inflexión del tránsito a un nuevo concepto de moda de la sociedad burguesa, aunque Lizardi aún relacione moda con vida frívola y lujos accesorios, y condene algunos de los usos que se estaban imponiendo, que respondían a una nueva mentalidad (Historias del bello sexo: la introducción del Romanticismo en México, Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Estéticas, 2002, pp. 239–241).