Capítulo XEn el que se cuenta la caritativa conferencia que tuvieron estas señoras acerca de sus maridos, y la célebre aventura que por una de ellas sufrió un viejo enamorado
Así como no basta que la semilla sea buena para que fructifique si no se siembra en buena tierra, así tampoco aprovechan las mejores máximas morales, si no se reciben en un corazón bien dispuesto. Fácil es concebir que Matilde no solo gustó de la conversación anterior, sino que se aprovechó de toda ella, como que era naturalmente modesta y enemiga de singularizarse.
No así Eufrosina y sus amigas, que habían estado en un brete durante la plática de aquellos dos buenos señores, el coronel y el cura.
Inmediatamente que se desbarató la concurrencia y se quedaron solas, comenzaron a murmurar a rienda suelta de los piadosos consejeros, sin contenerlas mi presencia; ya se ve que Eufrosina me tenía por un bobón de más de marca, y a más de esto le debía yo el buen concepto de que no era chismoso ni enredador, y en esto, a la verdad, no se engañaba.
Con esta confianza decía Eufrosina a sus amigas:
—¿Qué les parece, niñas? ¿Cuándo pensaban venir a mi casa a enojarse ni a convertirse? El pánfilo del Nariguetas nos ha puesto de vuelta y media con sus burlas, y para rematar el cuento el cura y mi cuñado nos han echado tres sermones de lo mejor. Vaya, que han quedado ustedes frescas y convidadas para no volver a semejantes visitas. Yo, la verdad, que estoy demasiado corrida; pero discúlpenme, amigas, que ya ven que no he tenido parte en esto.
p. 132—No te apures, niña –decía la chatilla, de quien se habló en el capítulo primero* de esta obrita–, no te apures. ¿Qué culpa tienes tú de que el maldito Nariguetas sea un bufón malcriado, ni de que el cura y tu cuñado sean unos imprudentes, impolíticos, que quieran convertir los estrados en iglesias o santas escuelas? Déjalos que hablen más que un loco, que con no hacerles caso se compone.
—Ya se ve que sí –decía Eufrosina–, ¿pues qué caso había yo de hacer de sus sermones? Mi hermano los echa bien seguido, y con tanto fervor como el que han oído; pero yo me río de él y de sus sermones, y le digo que ha errado vocación de medio a medio; pues para misionero no tiene precio; pero aunque me burlo de su sencillez en persuadirme que alguna vez he de acomodarme a* sus ideas, no dejo de enfadarme de cuando en cuando con su tenacidad.
»Yo no puedo negar que lo quiero, pues a más de que es un buen hombre, al fin es mi cuñado, y basta que quiera tanto a Matilde; ya se ve que ella le ha cogido el lado del morir, porque mi hermana es el amén de cuanto dice su marido. Yo no he visto mujer más zonza ni más condescendiente. Si don Rodrigo dice: «sal», sale; si dice: «no salgas», no sale; si quiere que se vista así, se viste; si quiere que de otro modo, también; en fin, ella lo obedece con más puntualidad que una novicia a su prelada; y lo más célebre es que se conoce que lo hace contenta y no por fuerza. Ya ustedes la conocieron de doncella, y se acuerdan de que era muy alegre, y tan curra como la que más; y ahora ya la ven hecha una vieja sesentona que apenas sale de casa, y eso vestida como quiera. Toda su diversión es su almohadilla y su clave, y todo su encanto, su hija y su viejo. Yo no sé cómo Matilde dio tan repentina vuelta.
—No te admires, niña –decía Adelaida–; si los viejos son el mismo diantre. Cera y pabilo vuelven a una pobre mujer como la conozcan buena desde el principio151. En este caso, los muy picarones* se vuelven unos santos delante de sus mujeres, y a fuerza de sermones y de meterlas en escrúpulos, haciéndoles de todo cargo de conciencia, se salen con cuanto quieren; y así las tienen indecentes, encerradas y hechas unas criadas de honor. No tienen ellos la culpa, sino las bobas que los creen y los obedecen como las niñas a la maestra. ¿No advertiste que cuando predicaba tu cuñado, ni pestañeaba Matilde? Pues para que veas qué bien enseñadita la tiene.
p. 133—Sí –decía Eufrosina–, si es mi hermana una pobre tontita: cuanto dice su marido lo cree como si lo dijera un santo Padre; no en balde él la quiere tanto y está tan contento con ella, como que no tiene una mujer, sino una hija que lo obedece al pensamiento. Yo en parte me alegro, porque no los* he visto reñir ni una vez. Deseos tengo de verlos enfadados, siquiera un día, y ya ven ustedes que esto es un milagro, porque casi todas las mujeres andamos a mátame y te mataré con nuestros maridos por cualquiera pamplina.
—Sí lo es en efecto –decía Rosaura–; yo tengo un marido que no lo merezco, porque me quiere en extremo; pero por no dejar de mortificarme, tiene un grandísimo defecto, y es ser más celoso que Judas. ¡Ay, niñas!, ya no tengo vida con él: de su sombra se espanta. Siempre he de salir pegada con él, hecha llavero. Solo acá me deja venir medio sola. Puedes creer, Eufrosinita, que tienes la túnica de Cristo, como dicen, y eso ya ves que no se despega de mí Crisantita, que es más chismosa que el diantre de la muchacha que Barrabás: cuanto pasa y no pasa le cuenta a su papá; con esto, él le tiene mandado que no se aparte* de mí para nada, y no soy dueña de resollar, porque ya sabes que los muchachos son angelitos de Dios y testiguitos* del diablo.
—¡Ay, niña!, pues tienes una pensión terrible –decía Eufrosina–; pero yo pienso que algo ponderas. No creo que don Fernando sea tan celoso como dices.
—¿No lo crees? –contestaba Rosaura–; pues aún no he dicho nada. Si entra un perro en casa, dice que aquel animal tiene dueño, y que alguna vez habrá ido acompañado con él a visitarme; si me asomo al balcón y veo por una parte o por otra, dice que si por allí ha de venir el señor; si estoy triste, piensa que es por otro; si estoy alegre, lo mismo; en fin, yo no puedo hacer nada que no lo encele: de todo teme, todo lo asusta y de todo desconfía, y con esto me da una vida de perros.
—Sí lo creo –decía Adelaida–; pero ¿en dónde dejaremos las mujeres de ser infelices? Mi marido peca por el extremo opuesto: él me permite cuanta libertad quiero, y no se mete conmigo para nada; pero no es porque me estima, sino porque ya se ha enfadado de mí y no me hace caso; y eso ¿por qué?;, porque de pocos días a esta parte está embelesado con la maldita tuerta de todos mis pecados; pero me la ha de pagar. Sí, jurada se la tengo; no me la ha de ir a penar por vida de Adelaida.
p. 134—¿Pero qué tuerta es esa que yo no la conozco? –decía Eufrosina.
—¡A Dios, de no la conozco! Como a tus manos la conoces. ¿No te acuerdas de aquella que vive por Santo Domingo152?
—¿Cuál, la Hipólita?
—La misma.
—Pues niña, esa no es tuerta. Es un poco turnita; pero le agracia porque tiene los ojos dormidos, y es una muchacha muy bonita153.
—Para mí es más fea que el mismo diablo –decía Adelaida–; será porque no la puedo ver.
—¿Pero qué motivo tienes para pensar que tu marido la trata? –decía Eufrosina–; porque don Félix es muy hombre de bien, y la Hipólita es una muchacha de mucho juicio: yo sé que frecuenta los sacramentos, y días pasados estaba pretendiendo en las Brígidas154.
—¿Ya ves todo eso? Pues yo sé mi cuento –decía Adelaida–: esa es de las que las cogen a tientas y las matan callando. Con toda su hipocresía no le parece mal Félix.
—¿Pero qué le has visto?
—Nada; pero ¿qué más he de ver sino que el otro día en el paseo se rompió su coche, y Félix la hizo entrar en el nuestro con su madre, y desde entonces dio en visitarme? Ya se ve que no por mí, sino por el caballero. A mí no me acomodó nada semejante visita, y así traté de desterrarla de casa, y lo conseguí muy breve, poniéndole mal modo y no visitándola. ¡Santo remedio!, con esto se ha desterrado; pero ¿qué importa si él va a su casa según me han dicho?
—¿Conque tú no lo sabes –decía Eufrosina–, ni los has visto juntos?
p. 135—No, niña, Dios me libre de ver tal cosa, a pesar de que he hecho ya mis buenas diligencias para cogerlos, y nada he podido conseguir.
—Pues, niña –decía Rosaura–, yo pienso que tú pasas mala vida por celosa, y yo porque me celan sin motivo. Yo sufro a mi marido, y tengo que sentir con su genio celoso y endiantrado; pero tú a ti misma no te aguantas tus celos, y no tienes razón para quitarte la vida; porque esa niña que dices la conoces bien, y sabes que es media parienta de tu esposo, y así el haberle ofrecido tu coche estuvo muy en el orden. No podía haberse excusado, el lance no era para menos: la política y el parentesco lo estrecharon, y así, la verdad, tú no tienes razón de haberte formado tan mal concepto de esa pobre niña; y sobre todo, déjate de ser celosa, porque te quitarás la vida en cuatro días.
—Muy bien aconsejado –decía Camila–; sin eso quién sabe cómo una la pasa con su marido, porque los hombres son el diablo. El que no peca por un lado, peca por otro, y nunca tiene una un gusto completo. A mí no me vale no meterme con mi marido para nada. Yo lo dejo, caiga o levante, y jamás le digo una palabra. Es verdad que yo (con bien lo diga), nada le he visto, y él hasta ahora me trata muy bien; pero en esto de modas me tiene a pan y naranja: en pocas me deja entrar, y eso tales han de ser ellas155. Siempre me predica la santa economía, y apenas le hablo sobre esta o la otra cosita que se usa y yo quiero, cuando me sale con que está pobre, que no le alcanza el sueldo, que tenemos hijos, que aquellos gastos son superfluos, que mañana nos hará falta, y todas aquellas disculpas que saben ellos dar cuando no quieren aflojar la plata.
—¡Bien hayas tú que has dado en el punto de la dificultad! –decía la chata–. La mezquindad y la miseria de muchos maridos es la que los hace tan considerados y virtuosos, y los convierte en predicadores y misioneros contra las modas, como al cuñado de Eufrosina, a quien acabamos de oír predicar con tanto fervor.
—A mí no me hace fuerza que predique contra el lujo mi cuñado –decía Eufrosina–; él es algo mezquinillo, y no tiene mayores proporciones. Lo que sí me incomoda demasiado es que todo viejo, gaste o no gaste, convenga o no convenga, ha de declamar contra todos los usos nuevos, sin advertir que lo que se usa no se excusa.
p. 136—¡Ay, niña!, ¿no sabes en qué está eso? –decía la chata–; pues no está en otra cosa sino en que como ya pasó su tiempo, todo lo del nuestro les enfada. Menosprecian el mundo, no porque no les gusta, sino porque ya el mundo los abandonó a ellos.
»No verás viejo que no haga del santurrón, que no predique desengaños y reniegue de las modas y las modistas; pero, ya digo, esto es porque no pueden más. Saben que no hay muchacha que los apetezca, y más si son pelados, y así se desquitan hablando mal de lo mismo que quisieran. Arredro vayan los vejancones hipócritas, que ya bien los conozco156. Se parecen a la zorra, que no pudiendo alcanzar las uvas de un parral por diligencias que hizo, fingió una santa conformidad, y se marchó diciendo: «Al cabo están verdes»157.
—¡Qué mala eres, chata de mis pecados, qué mala eres! –decía Eufrosina–; mira qué juicio tan temerario has formado de los pobres viejos. Pero después de todo, es menester* confesar que dices bien, porque yo he conocido unos viejecitos verdes y arriscados como los mozos, que delante de la gente los he oído predicar contra las modas y abominar de las muchachas compuestas; y a solas los he visto más enamorados que Cupido. Yo pudiera nombrar uno que otro que a mí misma me han echado mil* polvillos de cuando en cuando con bastante empeño, y si los oyeras platicar de la virtud y contra las modas y las mueres, dirías que era la mera verdad, porque hacen unos consejeros, que hasta ellos mismos lo creen158.
—Sí, sí lo creo –decía la chatilla–, a mí me ha pasado lo mismo, y no de ahora, sino desde doncella. Tú conociste a mi madre (Dios la haya perdonado), y ya te acuerdas que era una señora verdaderamente virtuosa… ¡Ojalá fuera yo como ella! Pues, niña, iba a mi casa un maldito viejo de mis pecados a quien mi madre quería mucho, y lo tenía por un santo, porque todas su pláticas eran del infierno, de la eternidad, de la gracia y de la virtud. Desde que entraba a visita hasta que salía, todo se le iba en contarnos la vida de san Alejo. Tenía la cabeza llena de oraciones, jaculatorias, ejemplos y milagros, y todo lo vaciaba a presencia de mi madre; y la buena señora estaba encantada con su don Ciriaco, que así se llamaba el caballero.
p. 137»¿Hablar delante de él de modas? Ni por pienso. Todas decía que eran invenciones del diablo. No se podía decir en casa, cuando estaba él allí, que nos habían ido a convidar para un baile, aunque fuera a la casa más honrada, porque al instante le ponían a mi madre tanta cabeza, diciéndole que esas eran unas ocasiones muy próximas para que las niñas doncellas perdiesen el recato y el pudor: que en los mejores bailes no faltaban jóvenes libertinos que inquietasen a las niñas; que rara bailadora se lograba; que la demasiada frecuencia a tales diversiones era causa de la deshonra de las casas, y de que se hablase mal de las niñas; que allí aprendían en una noche lo que habían ignorado en su casa en toda la vida; que las madres de familia que llevaban a sus hijas a los bailes, sabiendo lo que son y lo que sucede en ellos, no podían estar excusadas de pecado mortal, siquiera porque las exponían al peligro, y que el que ama el peligro, en él perece, y así que si no quería arder para siempre en los infiernos, que tomara su consejo y no me llevara.
»Mi madre, que había menester poco, porque era una santa, y si me llevaba alguna vez a un baile, era solo a ver bailar y sin despegarse de mí para nada, y eso porque no la tuvieran por desatenta; luego que* oía al viejo condenado, resolvía no llevarme, y se disculpaba lo mejor que podía. Con esto me quedaba echando sapos y culebras contra el entremetido consejero, y más de cuatro veces* estuve por decirle a mi madre lo que pasaba; y si no lo hice, fue porque temí que no me creyera, y me echara un buen regaño.
—¿Pues qué te sucedió, niña? –decía Camila–; porque ciertamente que mirándolo despacio, el señor don Ciriaco decía el Credo, y no podía menos sino ser un hombre muy cristiano y muy arreglado.
—No era sino muy pícaro y muy hipócrita* –decía la chata–; como mi madre estaba alucinada, y no solo lo tenía por hombre de bien, sino por un hombre ejemplar, le permitía la entrada franca en mi casa, y muchas veces me dejaba sola con él en el estrado, cuando tenía que hacer en otra pieza; y entonces se descosía el perro viejo a su salvo.
»Primero me empezó a enamorar con las majaderías del tiempo antiguo, dándome muchas perlas, diamantes y rubíes…
p. 138—¡Hola! –dijo Eufrosina–; esas no son majaderías, sino un bello modo de enamorar. Si yo hubiera tenido un pretendiente tan rico, sin duda no me caso con Langaruto; porque, mi alma, dádivas quebrantan peñas159. Tú fuiste una tonta en no haberlo admitido mas que hubiera sido más viejo que la sarna.
—No, no fui tonta en eso, sino muy hábil –respondió la chata tendiéndose de risa–; pues ¿que piensas que las perlas y los diamantes que me daba eran engastados en oro o plata en algunas alhajitas? No, hermana, me las daba envueltas en papel… Entiéndelo de una vez; me las daba en verso, y no solo eso, sino soles y estrellas a millares. Ya verás y qué rica estaría yo con semejantes preseas; pero en fin, este fue su primer ensayo160.
»Yo lo desprecié, como era justo; y viendo él que no me alucinaba con tonteras*, apeló a los cariños y ternezas. Si tú lo vieras suspirar y llorar en mi presencia, hincarse delante de mí y querer besarme los pies como si fuera santa, levantarse de repente desesperado, jurar, votar, renegar y darse de bofetadas, hubieras echado las tripas de risa, porque no hay rato más divertido que ver a un viejo verde enamorado y despreciado delante de la muchacha que lo burla. Vaya, si estos viejos supieran el ridiculísimo papel que hacen en semejantes lances, y la mofa que hacemos de ellos, sin duda que no se meterían a enamorar.
»Yo le decía a este abuelo mil claridades; pero él las escuchaba como si fueran requiebros. «¡Es gana!», le dije muchas veces; «usted se cansa, y pierde el tiempo. No quiero a usted, no lo quiero. Yo soy muchacha, y si me caso, o quiero a alguno, será algún muchacho como yo; no a un tata señor que me espante con su tos161. Ya usted es muy viejo y muy baboso, ya tiene un pie aquí y otro en la sepultura: piense usted en rezar, y en encomendarse a Dios, pues está usted más para la otra vida que para esta. Váyase usted noramala, ya se lo he dicho».
»Todas estas boberías y más, le decía yo cada rato; pero no me valía: yo no he visto viejo más sinvergüenza. Él, viendo que no podía conquistar mi corazón con sus versos y faramallas, se valió de otro arbitrio para seducirme; pero ¡qué arbitrio, niña!, el más soez, desvergonzado e inicuo que se pudiera imaginar. Ya soy mujer casada, y todavía me avergüenzo de acordarme. ¡Qué bien dicen que los viejos libertinos y relajados son más indignos que los mozos!
p. 139—¿Pues cuál fue ese arbitrio, niña –preguntó Eufrosina–, que yo creo que sería terrible, pues te pones colorada al acordarte?
—Con razón –contestó la chata–, si era de los más atrevidos. Pues vean ustedes que no pudiendo conseguir nada de mí, como he dicho, trató de provocarme contándome los cuentos más obscenos que se pueden imaginar, leyéndome unos versos dictados por el mismo Asmodeo, y propasándose a hacer en mi presencia algunas acciones tan feas, que yo no quiero ni acordarme162.
—¡Ay, niña! –dijo Rosaura–: esa era una grandísima picardía. Yo creo que eso lo hacía cuando estabas sola con él; pero ¿por qué no lo dejabas con la palabra en la boca, y te ibas adonde estaba tu madre?
—Porque mi madre me hubiera regañado, diciéndome que no fuera malcriada, ni dejara sola la visita.
—¿Pero por qué no le decías lo que pasaba?
—Porque no lo hubiera creído.
—¿Y por qué no le decías que te espiara, y escuchara al viejo cuando te quedabas sola con él?
—Porque el viejo era muy malicioso, y solo me hablaba de esto cuando estaba bien seguro de que mi madre estaba en parte desde donde no lo podía escuchar.
—Pero yo, en ese caso, hubiera procurado tener alguna compañía a mi lado.
—Cuando podía, lo hacía así; pero no siempre había esa proporción, porque mi familia era muy corta. No se cansen, niñas: el viejo era muy malicioso, y mi madre era* muy cándida. Ahora conozco que es verdad que no conviene que las madres sean tan buenas, esto es, tan sencillas y confiadas, porque cualquier las engaña.
»Bien que, por otra parte, yo no culpo a la pobrecita de mi madre: porque ¿quién no se hubiera engañado con la hipocresía del santurrón maldito? La inocente señora (que en paz descanse y mis palabras no le ofendan) solía decirme algunas veces: «Hija, ¡qué bueno es el señor don Ciriaco!, toma sus consejos, mira que de estos hombres ya no hay muchos. Cuando yo lo veo sentado platicando contigo, me parece que estoy oyendo a tu difunto padre, y suelo decir entre mí: ahora en mi casa está la virtud en el estrado». Así se explicaba mi madre.
»Consideren ustedes cómo no estaría aturdida, ni cómo yo era capaz de haberla persuadido a que aquel viejo era mi constante y lascivo seductor, cuando muchas veces estaba él diciéndome cosas que por no oírlas hasta me tapaba yo las orejas; entraba mi madre a ese tiempo, y el perro viejo al instante bajaba los ojos, mudaba de tono y enredaba la conversación con ella de este modo: «¿No es verdad, señora, que le digo bien a esta niña, que no hay cosa como el pudor y la honestidad en las doncellas, porque así se hacen amables de todo el mundo, y particularmente de Dios, que es a quien debemos agradar sobre todas las cosas? Pues, porque en todas partes está, y ve hasta nuestros más escondidos pensamientos».
p. 140»Otras veces decía: «Le digo a esta niña que sea muy recatada con los hombres, y muy devota de san Luis Gonzaga, para que el santo le alcance la castidad, que es una virtud angelical. Yo le traeré una semanita del santo para que la rece y se le encomiende muy deveras*. ¡Ojalá yo viera a mi Vicentita (a mí) de monja! Pero Dios hará lo que convenga».
»Así engañaba este malvado a mi madre; y en fuerza de este engaño, ¿qué efecto había de haber hecho en su corazón ningún aviso mío? El que hizo al fin, y fue el caso, que un día de los que él sabía aprovechar sacó un papel y me empezó a leer unos versos endemoniados de puercos. No me pude contener, y le dije: «Viejo maldito, hipocritón, deshonesto, o se calla usted la boca, o le voy a avisar a mi mamá de todo lo que me pasa con usted». Esta amenaza que debía haberlo enfrenado, lo desesperó, o quién sabe qué le sucedió, pues levantándose de su asiento, se acercó a mí, y cogiéndome la cara, me iba a dar un beso; pero no fue él tan pronto en intentar su llaneza, cuanto yo en plantarle una buena bofetada.
—¡Qué bien hiciste! –dijo Eufrosina–; cuando una mujer no da margen a que le pierdan el respeto, y tiene guardadas las espaldas contra una villanía, en la mano tiene el freno para contener a semejantes brutos desbocados. ¿Y en qué paró ese lance?
—¡En qué había de parar!, en tragedia, porque* el viejo condenado se volvió un veneno con mi cariño, y enfurecido comenzó a levantar la voz y a maltratarme, llamándome mocosa, atrevida, insolente y ¡qué sé yo!, al tiempo que mi mamá entró a la sala y lo halló temblando y con el papel en la mano. «¿Qué es eso, don Ciriaco?», le dijo, «¿qué ha sucedido?». «Qué ha de suceder, señora», dijo el viejo, «qué ha de suceder sino lo que le tengo a usted dicho muchas veces! ¿No se lo he dicho a usted, no se lo he dicho, que a las muchachas en estos tiempos es menester tenerlas en un puño, porque son la deshonra de las madres? Pues eso es lo que ha sucedido. Mire usted qué papel tan escandaloso le he hallado a su niña en la almohadilla. Si teniendo usted tanto cuidado con ella, admite esos papeles, que no los admitiera la ramera más pública de México, ¿qué fuera si usted se descuidara con ella? Siento decirlo; pero ya me parece que a la hora de esta su niña de usted perdió todo lo que tenía que perder. En fin, lea usted el papel y haga lo que quiera, que es su madre, y quien ha de dar cuenta a Dios de ella». Diciendo esto, dio el papel a mi madre, y se marchó para la calle.
»Mi mamá tomó el papel, y mientras se puso los anteojos para leerlos, pensaba yo en huir o disculparme; pero a nada me resolví, y así* me quedé como una estatua, temblando más de cólera que de susto.
»Apenas leyó el primer verso, cuando escandalizada y llena de enojo, rompió el papel, me afianzó de los cabellos, me tiró al suelo, y me dio tal tarea de golpes y patadas, que si las criadas no me defienden, me mata allí mismo sin remedio.
p. 141»Ya yo libre de sus manos, me disculpé como era natural, y le conté cuanto me había pasado con el viejo. Esto, lejos de serenarla, la irritó de tal modo, que si he estado sola, me vuele a dar otra tanda de bofetadas. «¿Eso más?», me decía; «¿eso más, grandísima puerca, también eres habladora y deslenguada? ¿No te basta ser una cusca disoluta, sino que quieres echar la culpa de tus liviandades y picardías a un hombre tan virtuoso y tan honrado163? ¿Qué dieras, grandísima perra, por parecerte a la suela de un zapato viejo del señor don Ciriaco? Pero anda, hija vil y deshonesta, que no me has de volver a poner a otra vergüenza. Has de acabar tus días en San Lucas o en la Casa de Pobress.
»Consideren ustedes cómo me quedaría yo en este lance, viéndome golpeada y aborrecida de mi madre, y al mismo tiempo con mi honor en opiniones entre las criadas, pues mi madre en lo más vivo de su cólera se produjo indiscretamente con peores expresiones de las que he dicho.
»Yo temía que cumpliera su palabra, porque era muy resuelta, y que de la noche a la mañana me pusiera en unas Recogidas; pero ya no sentía yo* tanto este injusto castigo, sino que se quedara riendo el maldito* viejo.
—¿Y se quedó? –preguntó Camila.
—¡Cuándo se había de quedar! –dijo la chata–. Yo me vengué de un modo muy bonito, y fue este. Andaba en solicitud mía el que ahora es mi marido, a quien yo, la verdad, no quería mucho; pero ¡lo que es el deseo de una venganza! No tenía otro hombre de quien valerme para conseguirla, y así me decidí a casarme con él, con tal de que me vengara pronto.
»Apenas mi madre se descuidó tantito conmigo, cuando le mandé razón de cuanto había pasado, asegurándole ser suya si tomaba una satisfacción por mí, y se daba traza de que mi honor quedase en su lugar; pero que todo había de ser muy breve.
»No se lo dijo la criada a ningún sordo, porque en la misma noche quedó hecha toda la diligencia a mi satisfacción. Mi novio solicitó un amigo de su confianza, y entre los dos sorprendieron al viejo en la calle de los Mesones, lo metieron en un coche que para el efecto previnieron, y se lo llevaron al ejido165. En aquel campo desierto lo sacaron, lo amarraron a una de las ruedas del mismo coche, le quitaron los calzones, y con la cuarta del cochero le dieron una vuelta tan desaforada, que por poco lo matan. A lo menos más de veinte días estuvo en la cama.
p. 142»No paró en esto. Luego que se acabó el cruel miserere, lo subieron al coche, encendieron un cerillo, sacó mi novio un pedazo de papel y un tintero, y poniéndole una pistola en los pechos, le juró matarlo allí mismo si no ponía una carta a mi madre restituyéndome mi crédito, contando el pasaje como fue, y pidiendo perdón de la calumnia que me había levantado.
»El triste viejo que se vio entre aquellos sayones, que tales le parecerían, sin el menor recurso y bien azotado, creyó de buena fe que cumplirían su palabra si no obedecía en el instante, y así, quiso que no quiso, puso el papel como se lo dictaron, y lo firmó como era regular166.
»Hecha esta diligencia, le intimaron que cuidado como volvía ni a pasar por mi calle, porque lo habían de hacer tasajos167. El infeliz viejo juró y rejuró que ni se volvería a acordar de mí. Con esto, lo llevaron hasta cerca de su casa, adonde el pobre llegaría casi arrastrándose. Ya yo no volví a saber de él.
—Pues niña, ¿que no volvió a tu casa cuando sanó? –dijo Eufrosina–; porque era regular que él se quisiera vengar de tu venganza.
—Pues ya no le quedaron esas ganas –decía la chata–. Lo cierto es que al otro día cuando mi madre me dijo que me vistiera para llevarme ante el corregidor, ya tenía yo la carta en mi mano, y con esta satisfacción le dije: «Mamá, voy a vestirme, pero no para ir a ver ese señor, sino para que nos vayamos a misa como siempre». «Irá usted adonde yo la llevare», me dijo mi madre muy enojada. Pero yo le dije muy humilde: «Sí, señora; mas antes será bueno que lea usted esa carta que le envía el señor don Ciriaco, a quien no sé cómo pagarle los favores que le debo».
p. 143»Mi madre me echó una mirada muy seria: tomó el papel y se puso los anteojos. Hemos de estar en que su merced conocía muy bien la letra y firma del viejo, como que había sido su apoderado en cierto negocio; mas con todo eso le cogió tan de sorpresa este papel, que lo leyó más de cuatro veces, no queriendo creer a sus ojos. Sacó otras firmas de él, las confrontó, y asegurándose en que la última era de la misma mano, no pudo menos que llenarse de gusto y de ternura al ver que yo no era como había dicho don Ciriaco; y así*, echándome sus brazos, comenzó a pedirme perdón, y las dos a llorar a un mismo tiempo.
»Así que nos serenamos, me preguntó: «¿Cómo había llegado aquel papel a mi poder?», y entonces yo le referí sencillamente lo que había pasado, quién lo había hecho, por qué interés, y la palabra que yo tenía empeñada, y que cumpliría con su licencia.
»Mi madre me prometió que, como el sujeto fuera mi igual*, no habría embarazo: ya porque con aquella acción había manifestado que me amaba, y ya porque ella no quería verme expuesta a semejantes lances; «pero mientras», me decía su merced, «tendré yo muy buen cuidado de no dejarte sola ni con un anacoreta del desierto que al fin será hombre, y no hay que fiar de nadie en esta materia mientras vivamos en el mundo. ¿Quién había de pensar que don Ciriaco era un hipócrita? ¡Ah!, qué bien dicen que entre santa y santo, pared de cal y canto168. En fin, mi madre quedó satisfecha, yo contenta, y mi novio más, porque ya comenzó a visitarme*, confrontó con mi madre, se trató de nuestro casamiento, y se verificó muy pronto y muy a gusto.
—Bastante es el que nos has dado con la graciosa aventura de tu viejo –dijo Eufrosina–, y me acuerdo que la contaste para hacernos ver que cuando declaman contras las modas, contra los bailes y contra las mujeres compuestas, no es por virtud, sino de coraje de que ellos ya no pueden gozar de estas cosas. Ya se ve que tú no dirás esto tan en general.
—No, ni lo permita Dios –decía la chata–; ¿cómo había yo de ser tan temeraria! Uno es uno, y otro es otro. Una cosa es la chanza, y otra* las veras. ¿Cómo hemos de dejar de conocer y confesar que hay muchos señores* muy honrados, y verdaderamente virtuosos (así como hay jóvenes lo mismo), que hablan contra los vicios o por obligación, como los padres de familia y los predicadores, o por caridad y en clase de consejo como ahora el señor cura y tu cuñado? De todo hay, y yo solo hablo de los viejos verdes, hipócritas y mezquinos que quieren hacer de la necesidad virtud, pues con los buenos no me meto ni quiero oírlos, porque no me acomoda que me asusten. Yo conozco que dice bien; pero soy muchacha, y me gusta la moda, y los bailes, y el Coliseo, y los toros, y la Orilla, y la Alameda, y todo cuanto hay, y tengo dinero, y no me he de enterrar en vida, sino que he de pasear, y me he de divertir bien y a mi gusto, que para eso me casé, y no me quise meter a capuchina169.
—Bien hayas tú, niña –decía Eufrosina–; bien hayas tú que eres de mi modo de pensar. Nos divertiremos ahora que somos muchachas y tenemos con qué, mañana seremos viejas y tal vez pobres, y no habrá ni quien nos dé la mano si nos caemos. Así se lo suelo decir a mi cuñado; pero no es menester más para que comience a predicar.
p. 144»Luego me dice: «Sí, todo se puede hacer, pero con orden, sin escándalo, sin profanidad, sin desperdicio: porque ese dinero que se gasta tan superfluamente en modas y bureos, al fin hace falta a la familia. Llegará tiempo en que muchos hijos desearán para carnero lo que sus padres han tirado en toros…». De que mi hermano se suelta por este tono, no hay quien lo pueda sufrir, y yo lo que hago es dejarlo y no hacerle caso.
—Y eso es lo que debemos hacer –decía la chata–, porque los hombres son fatales y amigos siempre de llevar la suya adelante, y así lo mejor es no hacerles caso.
»Mi marido es un Juan Lanas que no me mortifica demasiado; sin embargo, por no dejar de tener alguna falta, ha dado en que sus hijos han de ser muy bien criados, y sobre esto cada rato hay en casa campaña, porque él quiere criarlos de un modo y yo de otro170.
»Yo dejo que los muchachos corran, griten, traveseen, que coman cuanto hay y a las horas que quieran; y él siempre anda riñendo porque ya uno se rompió la cabeza, porque el otro está empachado, porque aquel es soberbio, porque este es vengativo; y así por todo.
»Yo luego le digo: «Déjalos, hombre, que hagan lo que quieran; están en su edad, y es fuerza dar tiempo al tiempo, no pueden ellos comenzar por donde nosotros acabamos, son muchachos, etcétera», pero nada me vale: al señor no le entran puntas. Mira tú, que si alguna cosa me desespera, es oír llorar a un muchacho. ¡Caramba!, que por no verlos abrir el huacal, era yo capaz de darles mi camisa. Y por esto me sucedió el otro día una mano bien pesada171.
»No sé cómo diantres vio Luisillo la repetición de su padre, que se olvidó sobre la mesa172. Inmediatamente comenzó a llorar por el tin tin: a los principios se lo escondí; pero tanto lloró y tanto me molió, que por fin se lo di, creyendo que no le había de hacer nada; pero no fue así, porque en un descuido se le cayó de la manita, y se hizo pedazos.
»Consideren ustedes qué habría en casa luego que vino el señor y supo la avería de su reloj, que estimaba sobre las niñas de sus ojos; y tenía razón, porque en efecto era buena, de música y con mil curiosidades. Un veneno se volvió el hombre contra mí. «Esa es mucha indolencia», me decía, «y mucho consentimiento. Así se educan* los muchachos licenciosos, soberbios y malcriado, enseñándose a salirse con cuanto quieren, sea justo o injusto. ¿Qué respeto te han de tener tus hijos cuando crezcan, si desde muchachos los enseñas a que tú has de hacer lo que ellos quieran y no lo que tú les mandas? Ahora dices que son chiquitos y no saben lo que hacen; pero lo cierto es que los muchachos saben más de lo que tú piensas. Conocen muy bien que con llorar han de conseguir lo que quieren; están acostumbrados a que por no oírlos les den gusto, y por eso lloran y más lloran hasta que lo consiguen.
»Semejante modo de consentir y malcriar a los muchachos más que amor es tiranía, pues así se hacen soberbios, orgullosos, descontentos, ambiciosos y poco sufridos, con cuyas bellas cualidades no es mucho que sean infelices mientras viven.
p. 145»La semilla de los hombre pícaros y de las mujeres sin honor, no son sino los muchachos y muchachas malcriados. Consiente a Luis como hasta aquí, que él te dará el pago cuando crezca. Si ahora me rompió el reloj, de grande te romperá la cabeza. Aún no tiene malicia, y ya tiene caprichos. Ya te acuerdas del mal rato que te dio el otro día por los imposibles. Conque sigue, sigue malcriándolo, que tú lo llorarás».
»Tal fue el sermón que me echó mi buen marido, que los echa largos como el cuñado de Eufrosina, y me fue preciso aguantárselo hasta la bendición, porque estaba el hombre muy enojado por su reloj.
—Y se enojó con justicia a mi entender –dijo Camila–; pero* ¿qué fue eso de los imposibles?
—Cosas de los muchachos –contestó la chata–. Mira tú que el otro día empezó Luis a llorar porque quería jugar con mi hilo de perlas; y tanto me molió, hasta* que se lo di, y al dárselo le dije: «Toma, que un día eres tú capaz de querer imposibles». ¿Quién se volvió a acordar de semejante expresión? Pues cátate ahí, que cuando menos pensé comenzó el diantre de muchacho* a llorar otra vez con más fuerza, y a pedir los tales imposibles. Le dábamos dulces, bizcochos, fruta y cuantas golosinas había en casa o pasaban por la calle; pero no había modo de callarlo, porque como todo lo conoce, no se la podían pegar. «Este es dulce», decía, «estas son rosquitas, estas son peras; yo quiero imposibles, yo quiero imposibles, denme imposibles». Ya me desesperaba yo, no sabiendo cómo contentar o qué darle al maldito muchacho para que se callara, hasta que la costurera advirtió darle una cosa que no hubiera comido, y en el aire nos acordamos de esos frijoles gordos que se llaman ayacotes, los que él no había visto en su vida.
»Al instante fue una criada a buscarlos a los bodegones, y no paró hasta que los encontró y los trajo. Los peló en el momento, y se los dimos secos y con sal. Como él no los conocía, y le ponderamos que había costado mucho trabajo hallarlos, creyó que así era, y pasaron los frijoles por imposibles. Todos los días se acuerda su padre de este chiste, y me da con esto en la cara.
—En verdad que estuvo bien gracioso, y tú te verías harto apurada –dijo Eufrosina.
Continuaron aquellas señoras hablando de sus maridos y de sus hijos largamente, hasta que tocaron en el punto de las modas, y comenzaron a disputar sobre cómo sería un túnico de iglesia mejor*, si morado o negro, si con mangotes de punto o con guantes; y así sobre otras cosas de estas, que no me divertían ni una migaja.
Entonces me levanté con disimulo y me fui a mi vivienda, donde se continuó por el coronel la última conversación de la chata, pero con el juicio y solidez que acostumbraba.
i La segunda y cuarta edición olvidan su aparición en el primer capítulo y señalan al octavo, con lo que sustituyen de acuerdo a la numeración propia de sus ediciones
ii acomodarme a] acordarse de 1842.
iii picarones] pícaros 1836, 1842.
iv los] lo.
v aparte] separe 1831, 1842.
vi testiguitos] testigos 1831, 1842. Las ediciones segunda y cuarta son poco permisivas con estos diminutivos.
vii menester] necesario 1831, 1842.
viii mil] mis 1842.
ix luego que] pero si antes 1842.
x más de cuatro veces] muchas veces 1831, 1842.
xi muy pícaro y muy hipócrita] un pícaro muy hipócrita 1831, 1842.
xii tonteras] tonterías 1836, 1842. Quizás se prefiere para evitar el coloquialismo o considerándolo más extendido.
xiii Eliminado en la tercera y cuarta edición.
xiv Mantengo la forma de la primera edición, que aparecerá separado en algunas ediciones posteriores del siglo xix. Deveras es americanismo usado en México, Nicaragua, Costa Rica y Bolivia (Diccionario de americanismos). Sigo el mismo criterio en las siguientes apariciones.
xv Eliminado en la cuarta edición.
xvi Eliminado en la cuarta edición.
xvii ya no sentía yo] yo no sentía 1842. Quizás se elimina por evitar la redundancia fónica.
xviii el maldito] del perro 1842.
xix Eliminado en la cuarta edición.
xx mi igual] igual a mí 1842.
xxi comenzó a visitarme] me comenzó a visitar 1842.
xxii otra] otra es 1831; otra son 1836.
xxiii señores] viejos 1842.
xxiv se educan] salen 1842.
xxv Eliminado en la cuarta edición.
xxvi Eliminado en la cuarta edición.
xxvii La cuarta edición elimina «el diantre de muchacho».
xxviii iglesia mejor] mejor iglesia 1842.
151 Hacer de alguien cera y pabilo: «reducirle con facilidad a que haga lo que se quiere» (DRAE).
152 El convento de Santo Domingo, en la calle del mismo nombre. En el Plano general se encuentra en el primer cuartel, señalado con la letra G.
153 Turnita, diminutivo de turnia: ‘estrábica, torcida’, con referencia a la mirada (DRAE).
154 Convento de las monjas de Nuestra Señora de la Brígida. En el Plano general, en el octavo cuartel, señalado con la letra B.
155 A pan y naranja debe entenderse como a pan y agua, esto es, ‘a dieta’.
156 Arredro: ‘hacia atrás’; arredro vayan se utiliza entonces como expresión despreciativa, similar a váyanse por ahí u otras menos decentes.
157 Alude a la fábula «La zorra y las uvas», que tiene su primera versión en las de Esopo, y en castellano fue también incluida en las de Félix María de Samaniego.
158 Echar los polvos debe entenderse como ‘seducir’, probablemente con relación a los polvos de maquillaje.
159 Dádivas quebrantan peñas: refrán antiguo, hoy en desuso, que pondera la fuerza de los obsequios para vencer una resistencia (Refranero multilingüe).
160 Presea: ‘alhaja, joya’ (DRAE).
161 Tata: «tratamiento aplicado a los hombres de avanzada edad» (Santamaría).
162 Asmodeo es uno de los príncipes de los diablos, que aparece en el libro de Tobías.
163 Cusca: «puta disimulada, pelanduzca, piruja» (Santamaría).
164 Además de la de San Lucas, la Casa de Pobres Recogidas fue un asilo de reclusión para las mujeres públicas. A estas instituciones se refiere después con el nombre de Recogidas.
165 La calle de los Mesones, hoy del mismo nombre, llamada así desde el siglo xvi por los mesones que se establecieron allí. En el Plano general se puede localizar al sur de la Plaza de Armas, en el segundo cuartel, con los números 29 y 31 (Primera y Segunda de Mesones). El ejido designaba a las áreas rurales situadas fuera de las puertas a la ciudad.
166 Sayones: «verdugos que ejecutaban las penas a que eran condenados los reos» (DRAE).
167 Tasajos: ‘pedazos’, ‘tajadas’ (DRAE).
168 El refrán hace alusión a las precauciones que han de tenerse cuando coinciden personas de diferente sexo, por santas que sean (Refranero multilingüe). Cal y canto era una forma antigua de mampostería de donde viene la expresión a cal y canto.
169 Vicenta, la chata, enumera los entretenimientos femeninos que ya han sido aludidos en la novela, cuando Eufrosina repasó su rutina diaria y después en el discurso sobre la moda.
170 Juan Lanas, coloquialmente, «hombre apocado que se presta con facilidad a todo cuanto se quiere hacer de él» (DRAE).
171 Huacal o guacal: «caja a modo de jaula, hecha de varas tejidas o de tablas delgadas, para trasportar a lomo objetos quebradizos, o legumbres, frutas, animales». Es voz náhuatl. Aquí debe entenderse de forma figurada, salirse del guacal es ‘perder los estribos’, lo que hace que la chata sufra una mano (‘percance’) con un desbocado Luisillo (Santamaría).
172 Repetición: ‘reloj’ (DRAE).
