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Capítulo XII En el que el coronel discurre sobre lo útil que sería que las mujeres aprendiesen algún arte u oficio mecánico con que subsistiesen en caso de necesidad

Al fin de los cinco años de mi ausencia, me regresé, según he dicho*, a esta capital, y luego que llegué a ella, fui a buscar a mi buen amigo el coronel.

Se deja entender que al efecto me dirigí a la casa de don Dionisio Langaruto, quien con su esposa doña Eufrosina me recibió con bastantes muestras de cariño: me hicieron mil preguntas y repreguntas acerca de las tierras donde había estado, a las que yo contesté unas veces con verdad y otras sin ella, seguro de que todo cuanto dijera lo habían de creer, solo porque yo decía que lo había visto; bien que en esto no hice más que mentir con la autoridad de viajero.

Así que estos señores se cansaron de preguntarme, les pedí razón del caballero coronel y su familia, y me dijeron que ya no vivía con ellos; porque habiéndose enfermado doña Matilde, fue preciso al coronel llevarla al paraje que llaman Tlaxpana a que mudase temperamento, y que cuando se restableció su salud, tomó casa frente de la Alameda por ser más cómoda que la que ocupaba en su compañía186.

Luego que supe esto, les pedí las señas de la casa, me las dieron, y al instante me despedí de aquellos señores, porque ya se me hacían siglos los minutos que tardaba en ver a mi apreciable don Rodrigo.

Cuando entré, estaba doña Matilde tocando en su clave y el coronel leyendo un libro; pero no bien me vieron, cuando dejaron ambos los objetos de su diversión, y se levantaron apresuradamente para abrazarme.

p. 162Yo correspondí sus cariñosas demostraciones* con las palabras y señales que en semejantes casos dicta la urbanidad, el amor y la gratitud. Doña Matilde disparó sobre mí una descarga cerrada de preguntas acerca de las particularidades de mi viaje y de las tierras que había visto, a lo que yo contesté con más prudencia que en casa de doña Eufrosina, y procuré cuanto pude economizar las mentiras, como que sabía que el coronel no era nada vulgar, y podía sorprenderme cuando yo estuviera mintiendo más alegre.

Mucho sentimiento manifestaron estos señores cuando supieron que había fallecido mi padre.

—Ciertamente que me es muy desagradable la noticia –me dijo el coronel–, porque tu padre fue mi amigo verdadero, lo traté mucho, analicé su carácter, y siempre lo advertí virtuoso sin superstición, sabio sin vanidad, benéfico oculto, buen padre, buen esposo, buen amo, y hombre de bien a toda prueba. Los que lo conocieron como yo en esta capital, y los que por tantos años lo trataron así dentro como fuera del Real Colegio de Tepotzotlán, donde fue un médico apreciable, serán perpetuos panegiristas de sus virtudes187. Ni dudo que los pobres de aquel pueblo llorarán su falta y acompañarán con lágrimas su entierro. El llanto de los infelices socorridos siempre riega los túmulos de sus benefactores. Procura, pues, no olvidar las máximas que te inspiró de religión y de moral cristiana, y de esta manera honrarás su memoria, pues por el fruto se conoce el árbol.

Acabó su discurso el coronel, que se me quedó bastante impreso en la memoria, y después de haber hablado de otras cosas, le pregunté por la niña Pudenciana.

—Está allá adentro –me dijo su mamá–, y con visita, ¿quieres verla?

—Sí, deseo verla –le respondí–; pero si está con visita cumpliré mi deseo otra ocasión.

—Vamos ahora –dijo el coronel–, pues la visita que tiene es de confianza, y ella misma se alegrará de verte.

Diciendo esto, nos levantamos de los asientos y fuimos a ver a Pudenciana.

Entramos a su cuarto, y la hallamos muy divertida bordando un pañuelo. Luego que me vio, se levantó y me hizo aquel buen* recibimiento que yo debía esperar de su cariño y bien dirigida educación.

Muy diferente fue el tratamiento que recibí de Pomposa, que estaba allí de visita, pues embelesada en componerse un rizo, se miraba al espejo con tal atención, que no la tuvo para saludarme, hasta que doña Matilde la llamó de su éxtasis diciéndole:

—Mira, niña, quién está aquí. ¿Qué ya no lo conoces? Háblale.

p. 163Entonces Pomposita volvió la cara, me reconoció un breve rato, y con un aire de protección solo me dijo:

Beso a usted la mano.

Yo no pude menos que sorprenderme al advertir un estilo tan vano y petulante, que se propasaba a impolítico, porque sin hablarme otra cosa, dirigió la palabra a su tía, diciéndole:

—Estoy hecha un veneno contra la maldita costurera. Vea usted qué caracoles me hizo tan feos, parecen escaleras arruinadas. Unos más altos, otros más bajos; estos de aquí más grandes, y los de este lado más chicos, y todos ellos sin proporción ni simetría, y lo peor es que así he venido por la calle. ¡Voto a mis pecados!, ¡que no me advirtiera mi mamá! ¿Qué habrán dicho de mí las gentes188?

El coronel se sonrió, y le dijo:

—Pues acaba tu obra y vamos a comer, que ya es hora.

Con esto, nos fuimos todos a la sala, y la dejamos atareada en su importantísimo negocio.

Pudencianita me contó cómo ya sabía leer, escribir, contar, coser, bordar, dibujar, y estaba aprendiendo a tocar el clave con su madre.

—Otra cosa sabes que no le has dicho a Joaquín –dijo el coronel189.

—Es verdad –dijo Pudenciana–, se me había olvidado: ya sé componer relojes.

—¡Componer relojes! –repetí yo con mucha admiración–. Ese oficio o arte es propio de los hombres, y por lo mismo en usted será una rara habilidad.

—Pasará por tal –dijo el coronel–; pero solo entre aquellas personas preocupadas que piensan que en la almohadilla se encierra todo lo que necesitan o lo que pueden saber las mujeres. Aunque yo no encuentro una razón sólida para que sean excluidas del conocimiento de los artes y oficios en que se ejercitan los hombres. De aquellos artes digo que no requieren fuerzas físicas, sino solo una constante aplicación.

»Mucho más extraño esta exclusión, cuando considero que las mujeres son infatigables en el trabajo que pueden soportar, por prolijo que este sea. ¿Quién tendrá la paciencia que ellas para sacar a un cambray superfino, con mucha cuenta y cuidado, treinta mil hilos, para dar dobles puntadas y lazaditas, y hacer unas filigranas primorosas? ¿Quién no se cansará solamente de verlas ensartar guardando dibujo y proporción, millares de cuentecillas de chaquira para hacer una trenza, una cigarrera u otra cosa190? Lo mismo digo de todos sus artefactos.

p. 164»Pero si a proporción del premio hemos de juzgar del mérito de las obras, ninguno tienen las de las mujeres, porque ningunas hay más mal pagadas. ¿Y esto de qué proviene, sino de que la aguja, el dedal y las tijeras son los únicos instrumentos que manejan todas?, esto es, todas las que son mujeres. Para una camisa hay doscientas costureras, y para una cosita de primor y curiosidad, hay comunidades y congregaciones de curiosasaa. Por esta razón, las que trabajan por necesidad, abaten el precio de sus costuras hasta el extremo, para encontrar algo que hacer. Esto consiste en que todas las mujeres, que quieren serlo, no saben sino una misma cosa. Si todos los hombres fueran pintores, la miniatura más preciosa valdría dos reales.

»De que sea tan mal pagado el trabajo de las mujeres, resulta que aun las más laboriosas no pueden sostenerse con la aguja; y si alguna lo consigue, es a costa de su salud, y siempre a las orillas de la miseria.

»La viuda que queda pobre y con hijas grandes y bonitas, como no tenga más arbitrio que la almohadilla para sostenerlas, bien se puede considerar en el camino del precipicio, a no ser que la detenga una virtud muy sólida, pues por una parte la constante seducción que les ofrece mejorar de suerte en un momento, y por otra, la necesidad que urge y oprime sin cesar, son unos alicientes que conducen a la prostitución con tal demencia, que para resistirlos es necesario todo* el poder de la divina gracia. Para precaver estas fatales consecuencias, sería de desear que todos los padres de familia, especialmente los pobres, enseñasen a sus hijas algún arte o ejercicio que fuese compatible con la delicadeza de su sexo. No encuentro yo embarazo para que las mujeres pobres, según su inclinación, se dedicasen a ser sastres, músicas, plateras, relojeras, pintoras y aún impresorasbb. Cualquier oficio de estos seguramente les proporcionaría más ventajas en los tiempos críticos de la necesidad que no las costuras más* trabajadas192.

»Mas esto no quiere decir que no se apliquen las mujeres a la aguja, a la cocina y a todos los quehaceres domésticos en su primera edad. Esta fuera una herejía social. Cada miembro del estado debe estar en aptitud de desempeñar aquellos cargos a que ordinariamente se destinan los de su clase, y siendo el primer cargo de la mujer cuidar de su marido, de sus hijos y su casa, es de su primera obligación aprender a cumplir con este cargo, el que no llenará nunca la mujer rica o pobre que ignore a lo menos cómo se sazona un puchero, cómo se hace una camisa, se asiste a un enfermo, y se conserva el orden económico y aseado* en una casa.

»Por tanto, toda mujer desde su niñez debe instruirse en estos pormenores solamente porque es mujer, aunque sea rica, porque no sabe si llegará a ser pobre; pero las que no tengan facultades, después de saber lo más preciso, podrían con mejor fruto aprovechar el tiempo que gastan en aprender a bordar, deshilar, labrar, embarcenar, ensartar chaquira y hacer florecitas de seda o de papel193. Yo hablo aquí como en mi casa y como padre de mi hija, cada uno en la suya hará lo que le dicte su prudencia o su gusto.

aa Tales son las Vizcaínas, Belén, la Enseñanza, y todos los conventos de religiosas y colegios de niñas191.

bb Cuantas objeciones generales se pueden oponer a este dictamen son tan débiles que se destruyen con un soplo. Quítense del mundo las preocupaciones, y serán más felices los mortales.

p. 165A este tiempo entró Pomposita en el comedor hecha una Filis, con los rizos tan bien puestos como si se los hubiera medido a compás, y con la más exacta geometría194.

Nos sentamos a la mesa, y durante la comida se habló de varias cosas. Entre ellas me contó el coronel cómo doña Eufrosina había dado a luz dos niños, que existieron poco en el mundo, porque las chichiguas y pilmanas les dieron prontamente sus pasaportes para el cielo195. Doña Matilde no tuvo más que a Pudenciana, y acaso se esterilizó por alguna imprudencia con que la trataron en su parto según el coronel temía.

No dejó de hablar una que otra cosa* Pomposita; pero con un aire de orgullo y de satisfacción, que yo no cesaba de admirar, y no tanto por su vanidad, cuanto por su estilo ampolludo y pedantesco196.

Finalmente, se concluyó la comida, las dos niñas se fueron a divertir con los pájaros y macetas, y nosotros nos fuimos a la sala a pasar la siesta.

Entonces me dijo el coronel cómo se había separado de la casa de su cuñada, por excusar un rompimiento a causa de las frecuentes disputas que se ofrecían, por no ser las dos familias de igual modo de pensar.

—Yo quiero mucho a Pomposita y a sus padres –añadía el coronel–; pero no puedo conformarme con sus costumbres. Una de las cosas que me hacían contrapeso para la educación de mi hija era el genio de Pomposa y el mal ejemplo que le daba. Ya tú conoces mi carácter y el de Matilde, como que casi te criaste con nosotros, y ya verás qué bien me parecería que quisieran hacer a Pudenciana andariega, ociosa, bailadora, vana, presumida y altiva: pues todo esto y algo peor* sería al lado de su buena primita; porque las malas costumbres se contraen muy fácilmente, y más cuando hay ejemplos que las insinúen y partidarios que las justifiquen o que pretendan justificarlas197.

»Yo siempre procuraba irle a la mano a mi cuñada en muchas cosas, pero gastaba en vano mi saliva. Ella es de capricho; y quererla persuadir una verdad que no le acomoda es lo mismo que querer ablandar una bigornia con la mano198.

»Reflexionando seriamente en las fatales consecuencias que podía acarrearnos su tan inmediata compañía, la he separado, pretextando primero la enfermedad de Matilde, y después la comodidad que me proporciona esta casa; y de este modo hemos salido en paz, aunque yo no he conseguido enteramente el fin que me propuse; pues como por una parte nos amamos, y por otra los vínculos de la sangre estrechan nuestra amistad, lo que se ha logrado es alejar las casas y disminuir las ocasiones; pero no cortar estas del todo, que es lo que yo deseara. Todos los domingos viene Pomposita o envían por Pudenciana, y no hay paseo ni frasca a que no nos conviden con instancia; y lo peor es que muchas veces es preciso contemporizar, por no ofender las leyes de la amistad o de la política, y por no parecer ridículo y misántropo.

Apoyé, como era justo, el discurso del coronel, y por saber qué juicio hacía del afectado estilo de su sobrina, le dije:

p. 166—Entre las nulidades que usted ha observado en la niña Pomposita, luce su instrucción lo mismo que una perla entre muchas piedras falsas. A lo menos, así me parece, después que en la mesa la oí explicarse en algunas materias con términos técnicos o propios de lo que se trataba, lo que me hace creer que estaba bastante instruida.

—Debía estarlo –contestó el coronel–, porque tiene bastante capacidad; mas ha llenado su entendimiento de impertinencias y bagatelas, y con esto ha conseguido hacerse una erudita a la violeta, y bachillera perdurable199. Los hombres de juicio la compadecen, al tiempo que los tontos la celebran.

»Toda la causa de la ignorancia y pedantería de Pomposa ha sido la indolencia y falta de precaución de su padre. Al principio no cuidó de que se instruyera, y después le permitió leer indistintamente los libros que él había comprado para adornar su gabinete. Con esto la muchacha ha picado de todos y de cada uno sin el menor discernimiento, y se ha llenado de multitud de ideas heterogéneas o diferentes entre sí, las que saca a la plaza cuando quiere, y como carece del verdadero conocimiento de las materias que trata al mismo tiempo que de la legítima significación de los términos con que se expresa, las más veces habla unos desatinos tremendos; y en verdad que es una lástima que no haya aprovechado sus luces, pues cuando raciocina con juicio se conoce que no es tonta y que ha leído algo.

—Y aun eso es una maravilla –dije yo–, porque siempre he oído decir que la mujer más hábil no pasa de tonta… Usted dispense, señora doña Matildita, que yo no digo lo que siento, sino lo que he oído decir, y esto porque el señor coronel me diga si aciertan o no los que se profieren de ese modo.

—Seguramente no –dijo don Rodrigo–, y tú me has oído decir varias veces que las mujeres pueden saber tanto como los hombres más instruidos. Esto se prueba por la causa y por el efecto. Por la causa, porque siendo el alma el receptáculo de la sabiduría, y no careciendo las mujeres de alma, se sigue que tienen la misma aptitud que los hombres.

»Ahora, que esta disposición sea en unas mayor o menor que en otras, que las más no las cultiven, no prueba que no* la tengan, o que no la puedan ejercitar en cosas útiles. Ya adviertes que hablo del entendimiento. A los hombres sucede lo mismo: entre ellos unos tienen más talento que otros, y unos mejor que otros lo emplean*.

»La educación bien o mal dirigida en ellos, y la clase de vida a que nacen sujetos, hace que unos tengan entendimientos ilustrados, y otros vulgares o incultos; pero así como fuera necedad decir que todo payo, que todo cargador o cochero es tonto por ser cochero, cargador o campesino, así lo es persuadirse a que toda mujer es tonta solamente porque es mujer, pues la que tenga una regular capacidad y aplicación podrá aprender lo que le enseñaren y hacerse sabia, como se han hecho innumerables, cuyos ejemplares prueban esta verdad por el afecto.

p. 167»Un gran catálogo se podía escribir* de las mujeres que se han distinguido en el mundo por sus sobresalientes luces200.

Desde el siglo xiii comenzó a brillar el sexo en la carrera de las ciencias. La primera mujer que se nota –dice monsieur Tomás en su Pintura de las mujeres– es la hija de un caballero boloñés que cultivó el estudio de la lengua latina y de las leyes. A los veinte y tres años había ya pronunciado en la iglesia mayor de Bolonia una oración fúnebre en latín, sin que hubiese menester para ser admirada, ni las gracias de su juventud, ni los de más hechizos de su sexo. A los veinte y seis recibió el grado de doctor, y leyó públicamente en su casa la Instituta de Justiniano201. A los treinta logró por su grande reputación una cátedra en que enseñó el derecho a un prodigioso concurso de todas las naciones. Reunió en sí las gracias de mujer y las ideas de hombre, y cuando hablaba, hacía olvidar el mérito de su belleza.

En el siglo xiv se renovó el mismo ejemplar en dicha ciudad, y se repitió otro semejante en el xv*.

Por los años de 72 y 73 del siglo pasado desempeñó una mujer una cátedra de física en Bolonia.

En el siglo xvi* se distinguieron en Venecia dos célebres mujeres: la una (Modesta di Pozzo di Zorzi) compuso muchas obras buenas en verso serio, jocoso, heroico o tierno, y algunas églogas que fueron representadas en los teatros. La otra (Casandra Fidele), una de las mujeres más sabias de Italia, escribió con igual suceso en las tres lenguas de Homero, Virgilio y Dante, así en verso como en prosa. Fue muy sabia en la filosofía de su siglo y demás precedentes: cultivó la teología, defendió conclusiones, enseñó públicamente en Padua muchas veces, añadiendo la música a todos estos conocimientos, y ensalzó mucho más sus talentos por sus buenas costumbres, las cuales le granjearon el aplauso de los Sumos Pontífices y el homenaje de los reyes202.

En Milán hubo una ilustre doncella de la casa de Tribulcio, que pronunció en la lengua antigua de los romanos muchos elocuentes discursos en presencia de algunos soberanos.

En Nápoles, la llamada Sarrocchia que compuso un famoso poema, y fue en su vida comparada con el Tasso203.

En España lució una Isabel de Foya y Roseres, que habiendo predicado con aplauso en la catedral de Barcelona, fue a Roma en tiempo de Paulo III, donde convirtió muchos judíos con su elocuencia, y comentó con aplauso a Juan Scoto en presencia de papas y cardenales204.

Hubo también en España una Isabela de Córdoba que supo el latín, el griego y el hebreo, y siendo ya célebre por su hermosura, reputación y riquezas, recibió el grado de doctor, y después el de teóloga205.

Catalina de Rivera en el mismo siglo compuso varias poesías206.

Aloisia Sigea de Toledo, más célebre que las tres antecedentes, además del latín y griego, supo el hebreo, el arábigo y siriaco; escribió una carta en estas cinco lenguas al Papa Paulo III, y fue después llamada a la corte de Portugal. Allí compuso muchas obras, y murió joven207.

p. 168»Ustedes se cansarían de oír hablar de semejantes mujeres, si yo tratara de compilar sus nombres. Baste saber que en todos tiempos han sobresalido muchas en las ciencias, y en todos los pueblos cultos, a proporción que ha reinado en ellos el buen gusto.

»En lo antiguo maravillaron a Roma y a Grecia, y en lo moderno a Italia. España, Francia, Inglaterra y la Europa toda han sido teatros en que han lucido los talentos elevados de las mueres. Aun hoy vive en España la señora doña María Rosa Gálvez, famosa poetisa, como lo acreditan sus obras y especialmente sus tragedias208.

»Ni se ha quedado nuestra América envidiosa de tales glorias. Muchas señoras americanas han sido pruebas de esta verdad, y si no fuera por no singularizar, yo nombraría alguna que México conoce.

»Todo lo que manifiesta que las mujeres sabrán a proporción de sus talentos y del cultivo que les dieren, sin que sea su sexo un estorbo para aprender, ni menos un motivo que justifique su ignorancia.

»Esto digo porque se observa frecuentemente que muchos padres y madres no solo no se afanan en cultivar los talentos de sus hijas, sino que se creen exentos de esta obligación, y tienen por perdida toda la instrucción que pudieran recibir. ¿La niña lee mal, escribe peor, no conoce un número, ignora los fundamentos de su religión, comete al hablar mis barbarismos, está llena de supersticiones, y, últimamente, es una criatura la más ignorante de la familia? No importa, es mujer, no ha de ser sacerdotisa, ni jurista, ni médica, etcétera, etcétera, y así nada se pierde con que no sepa ni hablar209.

»Así se explican muchos padres con su método de educación, creyendo que porque sus hijas son mujeres quedan a cubierto de la nota de ignorantes, y ellos de la que les acarrea su indolencia; pero en realidad ellos siempre pasan por unos descuidados entre los sensatos, y hacen a sus hijas un agravio, pues abandonar a estas por mujeres es lo mismo que decir: «Mi hija es mujer, pues más sea una bestia».

»Lo peor es que al tiempo que se descuidan en enseñar a las mujeres lo útil, se pone el mayor esmero en llenarles la fantasía de necedades, y en que aprendan lo que jamás debían saber.

»Si son bonitas, desde muy tiernas se les hace conocer su mérito con las repetidas alabanzas que se les tributan; si son de genio vivo, se les persuade que tienen gran talento; si son locuaces o habladorcillas, se les significa que son sabias; y en una palabra, si bailan, si cantan, si tocan o tienen alguna mínima habilidad, se la encarecen con los más lisonjeros encomios. Las pobres mujeres creen que no tienen más que saber y que son en su clase Salomones.

»Con semejante método ¿qué hay que extrañar que el común de las mujeres sea necio, superficial, vano y soberbio?, ¿pueden ser más, cuando no se les enseña otra cosa?, ¿y culparemos al sexo de ignorante y futil*, o a los padres que lo educan entre las bagatelas e ignorancia?

p. 169»Los ejemplos de estas mujeres ilustres que he citado prueban hasta la evidencia que el sexo es capaz de saber y de pensar lo mismo que los hombres enseñados; mas no por esto digo que se dediquen todas las mujeres a los estudios serios y abstractos, ni que todas aspiren a merecer regentar una cátedra, ni pronunciar una oración en una iglesia. Esto sería pretender que saliesen de su esfera. Las mujeres sabias y varoniles no son comunes; pero se citan para demostrar que el sexo no es embarazo para tener ni saber cultivar un buen talento, como se piensa vulgarmente.

»Sin embargo, estas mujeres raras son más para admiradas que para seguidascc, y yo estoy muy lejos en persuadir que se hagan las mujeres estudiantes. A la verdad, que no han nacido sino para ser esposas y madres de familia. En sabiendo cumplir con estas obligaciones, seguramente serán mujeres sabias en su clase, y utilísimas a la sociedad. ¿Pero acaso es muy poco lo que tienen que aprender las que desean desempeñar estos cargos perfectamente?…

A este tiempo entró el ranchero Pascual, y su visita interrumpió el discurso del coronel, que continúa en el capítulo decimotercio*.

cc Raras, en comparación de todo el sexo; pero muchas en lo particular, y bastantes a hacer regla para nuestro intento.

i Las ediciones posteriores a la primera eliminaron «según he dicho», porque efectivamente no lo habían dicho: habían eliminado esta alusión al final del capítulo precedente.

ii demostraciones] demonstraciones.

iii La cuarta edición elimina «buen».

iv La segunda y la cuarta edición omiten «todo».

v La tercera y cuarta edición añaden aquí «bien».

vi aseado] el aseo 1842.

vii La segunda y la cuarta edición eliminan «una que otra cosa».

viii peor] más 1831, 1842.

ix He añadido el adverbio «no», como hicieran la tercera y cuarta edición, para aclarar el sentido, en línea con la negación que sigue.

x unos mejor que otros lo emplean] unos lo emplean mejor que otros 1842.

xi escribir] formar 1842.

xii xv] xvi 1842. La fuente original de Thomas es coincidente con la primera edición.

xiii xvi] xiv 1842. La fuente original de Thomas es coincidente con la primera edición.

xiv futil] sutil 1831; inútil 1842.

xv decimotercio] segundo.

186 El paraje de la Tlaxpana se encontraba en las afueras de la ciudad, junto al bosque de Chapultepec. En lo que es hoy el cruce entre la calzada México Tacuba y Circuito Interior, al alero del acueducto de Chapultepec, se encontraba la fuente de la Tlaxpana, lugar de recreo y encuentro de los vecinos. La mudanza de los Linarte a la Alameda va evidenciando en el espacio físico la rotura y distancia que se ha ido exponiendo entre las dos familias.

187 Tepotzotlán es una localidad y municipio situado al noroeste de la Ciudad de México. Allí se fundó en el siglo xvii el colegio de jesuitas, que con la expulsión de estos en 1767, se reconvirtió diez años después en el Colegio Seminario de Tepotzotlán, llamado también Real Colegio. Hoy día alberga el Museo Nacional del Virreinato. El padre de Fernández de Lizardi, Manuel Hernández Lizardi, recibió el nombramiento de físico (médico) en este colegio, con lo que el narrador adquiere en este capítulo una caracterización más cercana al autor, que se completará con la revelación de su nombre. El propio Fernández de Lizardi vivió en aquel municipio, donde se trasladó su familia y cursó la primera instrucción (Ruiz Barrionuevo en El Periquillo 9–10).

188 Esta es la primera vez que interviene Pomposa en la novela, amén del diálogo referido entre ella y el padre franciscano. Conocimos algún berrinche, accidente, y también por referencias, sus inicios en el tabaco, pero es a partir de este capítulo donde comenzará, de forma muy intermitente aún, el arco argumental del personaje. En relación con las intenciones de la novela, es sintomático que en su primera aparición solo se preocupe por su aspecto externo: no hace falta ser un avezado lector para conectar esta acción con los capítulos precedentes y comprender los efectos de una educación perjudicial.

189 El narrador revela su nombre, coincidente con el del autor. Junto con los mínimos datos sobre su padre, estas alusiones tienen un interesante efecto: lo primero, la toma de posesión autorial en la obra al inicio del segundo tomo; de fondo, reforzar y mantener el ambiente ilusorio de la «historia verdadera» que parece novela.

190 Ambas tareas de dedicación exclusivamente femenina. Cambray es una especie de ‘lienzo blanco y sutil’ de hilo fino, procedente de la ciudad francesa del mismo nombre, chaquira es una sarta de cuentas o abalorios (véase nota 97).

191 Palazón Mayoral (II.1, nota a) da noticia del origen las instituciones que se citan en la nota: el colegio de las Vizcaínas, fundado en 1732 por Manuel Aldaco, Francisco de Echeveste y Ambrosio Meave; la fundación del Colegio de San Miguel de Belén, siglo xvii, se debió a fray Domingo Pérez de Barcia; sor María Ignacia Azlor, monja benedictina, fundó el convento de la Enseñanza en 1754, limitaba al norte con la calle de la Encarnación, al este y oeste por casas particulares y al sur, con la calle de Cordobanes (hoy cuarta de Donceles).

192 Siguiendo a Jefferson R. Spell, Graciela Michelotti señala que El Diario de México había publicado muchos artículos a favor y en contra de estas teorías expuestas por don Rodrigo; concretamente en el n.º 262 aparece uno sobre una fábrica de relojes en España en que trabajaban mujeres (140, nota 182).

193 Embarcenar: «ejecutar cierta especie de bordado, entresacando los hilos de la tela y haciendo luego en ella, con lana o seda, labores matizadas» (Santamaría).

194 Filis es nombre frecuente en la lírica clásica de corte amoroso, arquetipo de la belleza.

195 Nuevamente este capítulo se complace en demostrar, ahora mediante la experiencia de los personajes, las consecuencias de lo que antes habían sido discursos teóricos, en este caso sobre la dejación de la educación en manos de las criadas.

196 Ampolludo: ‘pedante, ampuloso’.

197 El coronel explica las razones de su alejamiento de la casa de los Langaruto; en esta sentencia se condensa buena parte del significado total de la obra como manual de instrucción, como ejemplo, en este caso, para los lectores. En este capítulo ya se han desarrollado las niñas contrastivamente, como exemplum a pari (Pudenciana) y exemplum ex contrario (Pomposa).

198 Bigornia: «yunque con dos puntas opuestas» (DRAE).

199 Erudita a la violeta, como bachillera (que en femenino tiene larga tradición con sentido despectivo), es la mujer «que solo tiene una tintura superficial de ciencias y artes» (DRAE). La sátira y las críticas contra este tipo de erudición es lugar común en la segunda mitad del siglo xviii y principios del xix; la obra de José Cadalso, Los eruditos a la violeta, con este espíritu, se había publicado en 1781.

200 Este catálogo reproduce, con algunas ligeras variantes en la copia, el incluido en nota a pie de página en la obra ya aludida Historia o pintura del carácter, costumbres, y talentos de las mujeres en los diferentes siglos de Thomas, traducida por Alonso Ruiz de Piña (90–92, nota). Solo prescinde de una innominada doncella veronesa y de Victoria Colonna, marquesa de Pescara. En la obra de Thomas, el listado sigue con las mujeres célebres de Francia e Inglaterra.

201 Thomas recuerda aquí a Bettisia Gozzadini (1209–1262), considerada la primera profesora de universidad, graduada en la Universidad de Bolonia. Instituta o Institutiones es el nombre de la obra legislativa recopilada en tiempos de Justiniano I, emperador del imperio bizantino en el siglo vi.

202 Modesta dal Pozzo (1555–1592), que firmaba con el sobrenombre de Moderata Fonte, fue una escritora veneciana, autora de diferentes obras en verso que abarcan, como recoge el texto, la égloga, la épica religiosa, versos festivos, y una curiosa obra para los fines de esta novela y este rosario de autoras, Il merito delle donne (1600). Casandra Fedele (1465–1558), también veneciana, fue humanista de gran fama en la segunda mitad del siglo xv, autora de epístolas de diferentes asuntos filosóficos y de retórica, y de tres oraciones panegíricas.

203 Margherita Sarrocchia (c. 1560–1617) fue escritora napolitana, traductora y erudita, aunque no se conserva prácticamente su obra, a excepción del poema épico Scanderbeide (1606, publicado de forma completa póstumamente en 1623). Apoyó la obra de Torquato Tasso a raíz de la polémica de la publicación de la Jerusalén liberada (La Gerusalemme liberata, 1581) de este autor en relación con la renovación de la épica culta, y mantuvo con él correspondencia.

204 Isabel de Foxá y Roseres (siglo xvi) abre la nómina de las célebres españolas; se cuenta que fue admirada en Italia, como dice el texto de Thomas, por la exégesis que realizó del teólogo Juan Duns Scoto.

205 El nombre de Isabela de Córdoba, como doctora en filosofía y teología alabada por los escritores de su tiempo, es frecuente en estas nóminas. En realidad refiere a Isabela Josa de Cardona (m. 1564), que pasó a ser conocida con el nombre que registra este texto a partir de lo que parece ser un error de imprenta en los diccionarios de personalidades ilustres comunes en el siglo xviii. No ha trascendido mucha más información de ella que lo que dice el propio texto.

206 No parecen haberse conservado los poemas religiosos y amorosos que Thomas le atribuye a esta Catalina de Rivera (siglo xvi), conocida solo por referencias indirectas, como la de este libro y otros anteriores.

207 Aloysia (su nombre en latín) o Luisa Sigea de Velasco (c. 1522–1560) es probablemente, con santa Teresa, la más reconocida de las escritoras líricas del Renacimiento en España.

208 Fernández de Lizardi suma a este panteón de mujeres a su contemporánea María Rosa de Gálvez, escritora malagueña fallecida en 1806. Sus obras fueron publicadas en 1804 en tres volúmenes que recopilan sus obras de teatro y sus poesías líricas.

209 Graciela Michelotti, siguiendo a Jefferson R. Spell, indica aquí los números de El Diario de México en que José María Sánchez de la Barquera y otros escritores condenaron esta educación: n.º 74, 247, 954–955, 971–974 (144, nota 195).