Capítulo XIII En el que se da razón del motivo de la visita de Pascual; el coronel finaliza su discurso, y se refieren otras cosas
Entró Pascual, como se ha dicho, arrastrando las espuelas y quitándose su disforme sombrero, saludó a los señores en estos términos:
—Ave María, señores amos; ¿cómo les va?, ¿cómo les ha ido?, ¿cómo está su prenda?
—No hay novedad, Pascual –dijo el coronel–, ¿qué ocurrencia te trae a la ciudad?
—¿Qué me has de traer, señor amo, sino un asunto de muy gravísima importancia? Y yo espero en que sus mercedes me sacarán del apuro, por vida de la niña Pudenciana. El cuento es que Culás, mi hijo el grande, ha dado en que se quere* poner en gracia de Dios, con Marantoña la hija de tío Benino, el marido que fue de la Carranza, aquella que tenía arrendado el molino prieto años pasado, cual molino vendió don Celidoño a don Andrés el Cojo, por la malobra que le hizo a su hija Petrona del mayordomo Juan Blas, cuando hubo aquellas heridas por el amigo de…
—Bueno está, Pascual –decía el coronel–; sigue tu cuento, y déjate ahora de ensartar cosas que no vienen al caso. Estás diciendo que tu hijo se quiere casar con esa hija del tío Benigno. Ya esto queda entendido: ¿cuál es el empeño que traes?
—El empeño es que yo, como quera que no soy muy ansina, sino que sé muy bien que tengo mi alma, y me he de morir como todos se mueren, y sé la doctrina de cuerito a cuerito210, y sé que el catacismo dice: «Darles estado no contrario a su voluntá», no me quero disponer al gusto del muchacho. Y ansina lo dejo que haga lo que quijiere; y una vez que se quere casar, que se case muy denhora buena, yo no se lo empido, a bien que ya es grande; mi compadre el mestro escuelero dice que no es tonto, sino muy ladino y muy destruido211; porque a lo menos el diantre del muchacho sabe más que no yo, porque sabe leer, y echa unos retos en las loas sin turbarse, porque es muy memorista, y lotro día hizo un diablo en una pastorela, que la gente se quedó con la boca abierta; y yo tuve miedo que no le hicieran daño…
p. 171—Como yo te lo voy teniendo a ti, pues según lo impertinente y cansado que estás, creo que no acabas tu relación en ocho días.
—Perdone su mercé, señor amo, que yo no estoy cansado. Quedara yo bien de cansarme de Tacubaya acá, que no está más que un paso212. Pero el cuento es que Culás se quere poner en gracia de Dios, y yo quero que su mercé y mi ama sean los padrinos, porque solo ansí será todo lo bueno.
—Si así te hubieras explicado desde el principio, se habrían ahorrado tantos episodios importunos. Está muy bien, seremos tus padrinos con mucho gusto; pero dime, ¿cuáles son las circunstancias de la novia?
—Ella no es fea, ni muy bonita –respondió Pascual–, es pasaderilla; tendrá diez y ocho años, y muy trabajadora, y es para cuanto su mercé la busque. Si es para la cocina, echa* unas tortillas que parecen un papel de blancas y delgadas, y si sus mercedes comieran de sus manos unos chiles rellenos, un mole de juajolote, una chanfaina y otros guisados como estos, hasta se chuparán los dedos213. Si es por lo que hace cuidar un hombre, es un reguilete, porque sabe coser, lavar y tejer unos ataderos y ceñidores que es un primor214. Y ¿qué le diré a su mercé de cuidar las cosas de la casa, y del campo y los animales? ¡Oh!, pareso es una lumbre el diantre de la muchacha, porque ella sabe dónde dan quince y el sope, y volverse con el medio: porque sabe cuándo está culeca la gallina, cuándo se ha de echar, cuál es el cochino cebón, cuál el de media ceba, qué vaca está jorra y cuál no, y hasta para sembrar conoce el tiempo; y si su mercé la viera coger la garrocha y la yunta y sacar veinte sulcos derechos, era mano de que la reventara215. En fin, por lo que toca a trabajadora, es la muchacha de lo que hay poco, y yo le digo a Culás que no la topará más mejor aunque la busque con un cirio pascual. A fe que no son ansina las señoritas de la ciudá, que no saben hacer nada ni ayudar a sus maridos, sino que todo queren que se los pongan en las manos; y bueno juera que se contentaran con no saber buscar la torta, lo más pior es que saben tirar cuanto busca y alquiere el probe hombre. Por una parte, para todo han de menester las mozas. Para guisar una olla y un prencipio, queren cocinera; para remendar sus trapos, queren costurera; para lavar su ropa, queren lavandera; para hacer la cama y barrer la casa, queren recamarera; para hacer los mandados, mandadero; para dar el gasto, ama de llaves; para cerrar la puerta de su casa, portero; y para cada cosa un criado, de manera que yo me espanto de ver cómo su mercé y mi ama doña Matildita viven con una o dos mozas cuando más, y no luego esas señoras que yo no sé de qué les sirven a sus maridos, pues hasta para criar a sus hijos necesitan alquilar chichis, como si ellas no tuvieran las suyas. Ya se acuerda su mercé del cuento de los perritos. Ya se ve que si no saben hacer nada, saben deshacer los caudales con esos puntos, telarañas, modas, coliseos, tertulias, toros, bailes, paseos, y todas esas cosas en que gastan el dinero de sus maridos y el ajeno. ¡Ah, fucha en semejantes mujeres216! ¡Qué gusto que mi hijo Culás se va a casar con una probe ranchera, y no con una señorita de ciudá! Ya se ve que yo ¿cuándo lo hubiera consentido, aunque me hubieran pesado a puro oro al muchacho y me lo hubieran ido a pedir padres descalzos? ¡Gracias a Dios que mi Culás no fue de ciudá!
p. 172—Y gracias mil a la eterna Majestad –dijo el coronel–, porque has acabado tu narración imprudente aunque sencilla. Para alabar las virtudes de tu nuera no es preciso murmurar las costumbres de las ciudadanas. Es cierto que hay algunas de estas lo mismo que las has pintado; pero no lo son cuantas te parecen. En todo cabe la reflexión juiciosa, y no debemos aventurarnos a confundir los culpados con los que tienen solo las apariencias, lo que sucede a cuantos como tú no saben hacer las justas distinciones.
»Es una verdad incontestable que hay algunas mujeres de mediana, y aun de escasa fortuna, que olvidándose de su condición, aspiran a competir en lujo con las señoras de la más elevada jerarquía, y para realizar sus desordenados deseos no excusan a sus pobres maridos mil disgustos y continuos empeños, con los que arruinan sus casas, pierden el crédito, se hacen el objeto de la murmuración de los conocidos, y dejan por último a sus infelices hijos por patrimonio, la holgazanería y la miseria. Este es el fruto ordinario de la inmoderación y desperdicio.
»Pero cuando confesamos que estas mujeres obran con desarreglo y sin cordura, no hemos de asegurar lo mismo de aquellas señoras que por razón de su estado sostienen una decencia sobresaliente al común de las demás, y mucho menos si tienen suficientes proporciones para sostenerla. Cada individuo de la sociedad debe portarse como los demás de su clase, cuando puede hacerlo buenamente. Este es el orden, el que se invierte o por un exceso de disipación, o por un abandono o mezquindad miserable.
»Un mismo mueble puede ser necesario, indiferente y gravoso, según fuere la persona que lo tenga. El coche, por ejemplo, será necesario a una señora de título, mujer de un togado, etcétera, será indiferente para una señora particular, y será gravoso para una que no tenga lo preciso para mantenerlo217. Si todos nos contuviéramos en nuestra esfera, tendríamos menos necesidades y aflicciones.
»Ya se ve que no porque digo que las señoras principales hacen bien en manejarse según su clase, se ha de entender que harán mal cuando, o por modestia o por otro motivo de virtud cercenen algo de su lujo correspondiente. Algunas ha habido en esta fatal época de insurrección* que con la mayor prudencia han sabido disminuir el gasto de sus casas, y despedir cuantos criados han considerado excusables*, substituyendo ellas y sus hijas sus lugares.
»Otras hay que manifiestan en cuanto pueden la indiferencia con que ven el relumbrón del mundo, y se manejan con una sencillez admirable.
»¿Pero qué diremos de aquellas señoras ricas que han tenido el heroísmo necesario para cercenar el lujo en obsequio de los pobres? Raras han sido estas a la verdad, pero aun* no falta una que otra en nuestro siglo corrompido. Ninguna alabanza es igual a su mérito en mi concepto; pero viven seguras de que su caridad queda bien escrita en el libro de las eternas recompensas.
Como Pascual se quedaba en ayunas de las tres partes de lo que el coronel nos decía, no pudo sufrir más; y así a este tiempo, que le pareció oportuno, le dijo:
—Pos señor amo, ya me voy. A bien que ya voy contando con el favor de sus mercedes para el apadrinamiento de Culás; y agora solo quero que su mercé me preste veinte y cinco pesos que me pueden faltar para el completo de los derechos del señor cura, y otras cosas.
p. 173El coronel le dio el dinero, y le previno que volviese a avisar la víspera de la boda. Con esto se fue Pascual muy contento, dejándonos harto que reír con sus simplezas.
Apenas había salido el ranchero, cuando entraron las niñas Pomposita y Pudenciana, y se sentaron con nosotros.
A mí no se me había olvidado que el coronel cortó el discurso a la entrada de Pascual, y como deseaba oírlo hablar, le supliqué acabase de decir qué cosas debían saber las niñas que se criaban para ser algún día madres de familia.
Don Rodrigo condescendió con mi gusto, y nos dijo:
—No es poco lo que tiene que aprender una niña que probablemente se haya de sujetar al matrimonio, porque tiene que instruirse en muchas cosas que deberá después enseñar.
Es indispensable –dice un autor respetable218– que una niña de estas aprenda a leer y escribir correctamente. Es una vergüenza, pero cosa muy común, el ver que mujeres dotadas de entendimiento y de civilidad no saben pronunciar lo que leen ellas, o se paran en donde no deben, o leen cantando, cuando debieran pronunciar simple y naturalmente, con firmeza y arreglo a la puntuación. En orden a escribir cometen frecuentemente muchos errores notables, o en el modo de formar los caracteres, o en el modo de juntarlos. Enséñele, pues, a las niñas, cuando menos, a hacer las líneas derechas, y a formar los caracteres limpios y legibles.
También es necesario que las niñas sepan la gramática de su lengua. No es esto decir que la aprendan por reglas, como los gramáticos aprenden la lengua latina, sino que se les acostumbre sin aire de lección a no tomar un tiempo por otro, a servirse de términos propios y puros, a explicar sus pensamientos con orden, con limpieza y de un modo corto* y preciso. Por este medio se les pondrá en estado de que puedan enseñar algún día a sus hijas a hablar bien sin ningún estudio. Se sabe que en la antigua Roma, la madre de Graco* contribuyó mucho con su educación a formar la grande elocuencia de sus hijos.
La ciencia de la aritmética y su uso es indispensable a las niñas. No ignoro que esta ciencia es espinosa para muchas gentes; pero el hábito tomado desde la infancia de hacer varias especies de cuentas con el socorro de las reglas, facilitará la exactitud, y dulcificará la amargura. Todos saben que el buen uso de esta ciencia es tan necesaria para el gobierno de las casas, que apenas se hallará familia de algunos intereses que esté bien gobernada sin ella.
No será fuera de propósito que tengan aquellas noticias de la jurisprudencia que pueden necesitar en el discurso de su vida. Por ejemplo, que sepan la diferencia que hay entre un testamento y una donación; qué cosa sea contrato, substitución, división de herencia, las principales reglas del derecho y costumbres de su país que son necesarios para hacer dichos actos válidos. Deberían asimismo saber qué cosa sea propio, comunidad, bienes muebles e inmuebles; y en fin, algunas otras cosas que juzguen necesarias para el buen gobierno de una madre de familia. No solo cuando lleguen a casarse, sino cuando en un convento se vean encargadas del gobierno económico, experimentarán la necesidad de estos conocimientos para manejarse y para no ser engañadas […]*.
Si ha de ser casada, dénsele reglas para la economía doméstica, para criar bien los hijos, para conducirse con la familia, y finalmente, enséñesele el modo de gobernar bien todas aquellas cosas que según las apariencias ha de manejar.
p. 174»Todo esto y más, quiere el señor Fénelon que sepan las hijas que han de ser madres; y aunque todo es útil y necesario, ya nos contentaríamos con menos. Mucho sabrá en nuestros tiempos una señora que sepa ser mujer, cuidar lo que el marido adquiera, asistir en su casa, y no desentenderse de la educación de sus hijos, sin prescindir de estas forzosas tareas, fiada tal vez en que tiene dinero, pues este suele faltar, y entonces los hombres echan de ver al instante todos los defectos de las mujeres.
»Las riquezas, mientras duran, suplen la inhabilidad de las mujeres; pero luego que faltan se hace más intolerable su ignorancia. Por esta razón se puede decir que en cierto modo el dinero es perjudicial a aquellas personas que naciendo con él, no tuvieron la fortuna de lograr unos padres activos y prudentes que dirigieran bien su educación. Esto es común en hombres y mujeres. El pobre instruido y laborioso padece sus cuitas, pero jamás pisa los umbrales de la miseria; antes mil veces se labra su fortuna con su industria; pero el rico inútil, vano y perezoso, luego que lo desamparan los doblones, cae de plomo en la mendicidad más vergonzosa.
»No es esta plaga poco común. ¿Cuántos ricos hay que no saben, no digo adquirir un peso, pero ni conservar los que heredaron, y que si los gobiernos no los pusieran en clase de pupilos bajo la tutela de las leyes, disiparían en dos días los más pingües capitales? Ricos he conocido que no saben leer una carta, y cuyas firmas apenas las entenderá* el boticario más hábil, y ricas que no saben echar un punto en una media, ni un dobladillo en un pañuelo. ¿Pero qué se puede esperar de unas personas criadas entre la adulación, la holgazanería y la ignorancia? ¡Felices son sin duda aquellos niños, cuyos buenos padres aprovechan su dinero gastándolo en hacerlos útiles a sí y a sus semejantes! Estos hijos no sentirán el peso de la miseria en el más ingrato revés de la fortuna.
Cuando decía esto el coronel, paró un coche a la puerta de la casa, se asomó Pomposita al balcón, y entró luego luego diciendo219:
—Mi mamá, mi mamá, y viene con la señora Jacobita y con Labín.
—¿Qué Labín es ese? –preguntó el coronel.
Y la niña respondió:
—Don Enrique Labín, tío, el mayor de Hungría.
—¡Oh!, bien. Yo pensé que era algún criado de tu casa. El caballero Labín es un hombre muy circunspecto, y por su edad podía ser tu padre.
En esto entraron las visitas, y pasados los primeros cumplimientos, dijo Eufrosina:
—Hermano, no perdamos tiempo: Jacobita tiene un baile esta noche con motivo del casamiento de su hermana Teodora. Le he merecido que ella misma haya ido en persona a convidarnos; pero quiere que usted le haga la gracia de asistir a su diversión con Matildita y Pudenciana. Yo le he dado mi palabra de que usted no la desairará; conque así: vístete, hermana, y que se vista mi sobrina.
El coronel accedió, dando gracias a su cuñada y a la señora* Jacobita por su expresión, y entrándose las señoras a la recámara a vestirse de gala, nos quedamos los hombres en conversación.
p. 175El señor Labín era antiguo amigo del coronel, y tenía buen talento, bastante madurez y mucha gracia: con esto fácil es inferir que confrontaba con don Rodrigo, y que se trataban con una amistosa familiaridad220.
El primero que habó fue el señor Labín, quien dijo al coronel:
—¿Qué le parece a usted, compañero?, ¿no se admira de verme de cortejante de una moza tan gallarda como su cuñada? Vaya, que usted no me juzga tan adelantado.
—En verdad que no –respondió el coronel–, cada día hay nuevas cosas que observar; pero ya se ve que todos los maridos quisieran que los que cortejan a sus mujeres fueran tan honrados como el señor Labín, con quien mi cuñada está demasiado segura de toda seducción. Yo apostaré a que estaba usted de visita en su casa cuando fue la señora Jacobita a convidarla para el baile, y ella le suplicó a usted que las acompañara a casa.
—Así fue –dijo el oficial–: las dos me invitaron a que viniera y me han comprometido a asistir a las bodas, de las que juzgo serán tan tristes sus fines como son alegres sus principios.
—¿Y por qué?
—Porque la novia tendrá diez y siete años, y el novio no pasa de diez y ocho. Ya usted verá, compañero, qué resultados podrá esperar una muchacha que se casa con un hombre* muchacho. En esta edad agita la sangre en los dos todo el fomes de la lascivia, se entregan a sus placeres a rienda suelta, debilitan su salud y se anticipan a la vejez. La mujer, o por su constitución más débil o por los efectos de la concepción, parto y lactancia, lleva siempre la peor parte: se enferma más, se avejenta más pronto, y cuando el marido tiene treinta años, se halla conque tiene por mujer una vieja achacosa. Entonces abre los ojos, y se arrepiente de verse atado a una estantigua, que tal le parece su mujer221. A este arrepentimiento se sigue la aversión del objeto que la causa, y a esta un odio que suele durar hasta la muerte. Tales son los efectos de los casamientos muy tempranos, especialmente por parte de los hombres. Yo, la verdad, siempre los reprobaré.
—Y con razón –dijo el coronel–; porque los efectos que usted ha dicho son consiguientes a las causas. Los antiguos debieron de observar los mismos funestos resultados que se notan en el día en semejantes matrimonios. Aristóteles es de sentir que el hombre debe tener doble edad que la mujer con quien se case: de modo que el hombre de treinta años y la mujer de quince harán un enlace proporcionado en razón de la edad, pues cuando él sea de cincuenta, ella será de treinta y cinco, y todavía no le parecerá vieja222. Bien que aquellos que no son llamados para el celibato, y cuya continencia* corra peligro en tal estado, deben casarse muy jóvenes, conforme al consejo del Apóstol223.
A este tiempo salieron las señoras y las niñas muy compuestas, y habiendo dejado doña Matilde prevenido todo lo necesario, y encargada su casa al cuidado de una señora vieja que la acompañaba, se fueron para la de doña Jacobita, donde los esperaban los novios con una porción de convidados.
Era muy cerca del anochecer cuando llegaron, o llegamos, que yo también gocé de esa función. La sala estaba completamente iluminada y surtida de señores y señoritas jóvenes, sin faltar algunos viejos y viejas, de aquellos que no se cansan de divertirse en toda la vida, o que van a estas frascas solo por comer de balde. Los ojos se les iban hacia las mesas del refresco que se dejaban ver en uno de los cuartos inmediatos; pero aún no era llegada la hora del combate, y así se contentaban los más golosos con lamerse los bigotes, como el gato cuando ve el jamón que no puede atrapar entre sus uñas.
p. 176Mas dejando a un lado a estos hambrientos, se hace preciso decir como todos los de la casa de doña Jacobita y los deudos del novio cumplimentaron a porfía a las señoras doña Matilde, doña Eufrosina y sus niñas. Estas en la edad de trece años tenían unos cuerpos muy gallardos, y a más de esto estaban bien adornadas, con lo que se llevaron luego luego las atenciones de todos los petimetres de la sala, quienes se apresuraban a obsequiarlas, especialmente a Pomposita; ya porque sus padres no se espantaban de sus obsequios, ya porque ella era más bonita y más familiar que Pudenciana.
A pocos minutos entró el ministro de la religión, y como si aquel acto fuera un mal paso, trataron los padrinos de darle prisa224. Efectivamente, se procedió a las solemnes ceremonias, y se enlazó ante Dios y los hombres aquel ñudo* que hace las delicias de la vida cuando lo aprietan las voluntades de los contrayentes.
Concluido lo principal de la función, y pasado los abrazos y parabienes que en tales ocasiones se prodigan, entramos con los novios, padrinos, convidados y entremetidos a la sala del refresco.
Allí competía la profusión con la curiosidad. Había dos mesas: una surtida de todo género de dulces y helados, y otra de masas de bizcocho, buen queso, jamones en vino, aceitunas y cuanto podía provocar el apetito de los exquisitos licores que abundaban. Mil arcos de flores y ramos de carturinas hacían la más agradable perspectiva*.
Colocados los circunstantes en forma de batalla, se dio por los padres y padrinos de los desposados la señal de ataque, y al instante acometieron a los dulces y demás golosinas con la mayor intrepidez, de modo que en pocos minutos fueron todas derrotadas y desaparecidas por la glotonería más decidida.
Yo me divertí aquel rato, observando los genios y educaciones de todos, y decía para mi sayo: «No hay duda sino que en una concurrencia de estas, cada uno manifiesta sin querer sus principios»; porque vi que los hombres que los habían tenido finos solo se ocupaban en servir a las señoras con el mayor comedimiento, cuando a otros todo se les iba en aprovecharse de lo mejor, despedazar sin orden, y embaular desaforadamente225. Muchos haciéndose corrientes, no solo comían o devoraban cuanto podían, sino que llenaban las bolsas y pañuelos de lo más exquisito, sin perdonar las botellitas de licores. Yo creí que alguno se habría guardado una fuente de plata, si se la hubiera podido acomodar en el bolsón de la levita. En fin, el refresco se concluyó sin quedar ni migajas para los sirvientes.
Ya con los estómagos habilitados, pasaron a la sala, y se comenzó el baile que acompañaba una completa orquesta. A los principios se bailaron unos cuantos minuetes campestres, de la corte y alemandados; pero los mocitos, cansados de tañer los palillos, comenzaron a bailar valses*. Entonces todo se volvió bulla y alegría en los dos sexos.
En breve pasaron revista y manoseo con todas las jóvenes de la sala. Pomposita se llevó las atenciones y los primeros aplausos, no sé si por su cara, por su habilidad o por su desenfado en el bailar; aunque sería por todo seguramente. Tuvo la gloria de cansar en el vals a cuatro señoritos y a los músicos, que ya daban al diablo la perseverancia de la infatigable bailadora.
p. 177Pudenciana no dejó de hacer su deber ni ocupó el asiento en balde, porque con permiso de sus padres bailó dos minués y unas boleras* diestramente. Querían los curiosos probarla en el valse; pero ella, bien enseñada por su padre, se excusó con que no sabía, y todos se quedaron deseando verla bailar este son favorito del día, sin embargo del esfuerzo que hacía por su parte su tía doña Eufrosina y el cándido de don Dionisio, quienes no dejaron de incomodarse con su tenaz resistencia.
Se continuó bailando, y como a las once de la noche, fatigados de valsar y contradanzar, comenzaron a bailar sonecitos del país; pero luego que bailaron uno que llamaban el dormido, se levantó el coronel y se despidió con su familia, pretextando enfermedad y muchas ocupaciones al día siguiente.
Bastante hicieron por detenerlo; mas todo fue en vano, él se retiró; y a otro día fue Eufrosina y su marido a verlo con achaque de saber si habían tenido novedad; pero la verdadera causa que los llevó fue la que se dirá en el capítulo catorce*226.
i Como en el primer capítulo, mantengo todas las desviaciones lingüísticas tal como aparecen en la primera edición, que reproducen gráficamente el habla del personaje (aunque ahora dirá «señor», y no «seor»). En las posteriores ediciones, algunas de estas formas se corrigen, la cuarta incluso inventa unas nuevas tratando de reproducir fenómenos de rotacismo y lo que pareciera ser un ceceo. Estas variantes no se anotarán aquí.
ii echa] hace 1831, 1842.
iii Desde la segunda edición se elimina «de insurrección», con el propósito de actualizar la novela y hacer corresponder la novela con los nuevos tiempos.
iv excusables] superfluos 1842.
v Eliminado en la segunda y cuarta edición.
vi corto] correcto 1842.
vii Graco] Gracco. Mantengo la grafía tal como apareció esta misma referencia al inicio del libro, y como aparece además en la fuente original.
viii Agrego aquí una indicación de supresión de parte del texto de la fuente original de Fénelon, que en esta ocasión no refleja la primera edición, como suele hacer en el caso de las citas.
ix entenderá] conocerá 1842.
x señora] señorita 1842.
xi La cuarta edición elimina «hombre».
xii continencia] contingencia. Corrijo de acuerdo con la tercera y cuarta edición, que es una lectura más adecuada al sentido de la frase.
xiii ñudo] nudo 1842.
xiv perspectiva] cartulina 1836. He mantenido la forma del original, que cuenta con otros registros en el léxico historiográfico de México.
xv Como en el capítulo seis, las siguientes ediciones renuevan el repertorio de bailes: «unas boleras, cuadrillas y avalsado» 1831; «unos cuantos minués» 1836; «unas boleras y algunos minués» 1842. Y después, en la segunda y cuarta edición, los mocitos bailan, además del vals, «contradanza».
xvi La cuarta edición vuelve a intervenir aquí el texto: «dos versos de boleras».
xvii catorce] tercero.
210 De cuerito a cuerito: «de cabo a rabo; desde el principio hasta el fin» (Santamaría). El origen de la expresión, según Santamaría, se encuentra en el contexto escolar, donde se aprendían los libros de cubierta a contracubierta (de cuero a cuero).
211 Ladino: ‘astuto, sagaz’ (DRAE). Destruido, por instruido.
212 Tacubaya era entonces un pueblo cercano a la ciudad; hoy día forma parte de la Ciudad de México.
213 Todos ellos, platos populares mexicanos: los chiles (un pimiento americano) rellenos; el mole, un «guiso que se prepara con salsa de chile y ajonjolí, y que se hace especialmente de carne de guajolote» (como se dijo, un pavo oriundo de América); y la chanfaina, de origen cubano, es una «especie de picadillo de menudo con arroz, cocido y hecho en caldo» (Santamaría).
214 La relación de méritos de la novia de Culás en cuanto a la costura contrasta con la de las señoras burguesas: teje las cintas que sujetaban las botas de campana (ataderos) y las fajas que ajustaban el pantalón (ceñidores), ambos elementos propios de la gente de campo (Santamaría, citando para el primer término la Quijotita).
215 Dar quince y el sope: expresión quizás similar a dar quince y raya o quince y falta, que ya se recoge en el Tesoro de Covarrubias [Palazón Mayoral ii.2, nota 23]. En relación con el juego de pelota, es conceder ventaja; aquí quiere destacar la sagacidad de la niña para reconocer las oportunidades, en este caso, del mundo agrícola y ganadero: sabe cuál es el cochino cebón o media ceba (‘cebado, engordado’), la vaca horra («que no queda preñada», DRAE) y manejar las herramientas de las faenas del campo, la garrocha, una vara con una punta de hierro, como garra, para arrear a los bueyes de la yunta en la tarea de arado (DRAE). Dar mano, como se dijo, es expresión procedente del juego.
216 Fucha: interjección de rechazo o desprecio (Santamaría, recuperando esta frase).
217 Togado: ‘magistrado’, por la toga que viste (DRAE).
218 Ya la primera edición anotaba al pie la fuente de esta cita, que ya había sido también aprovechada con anterioridad, como Educación de las hijas de Fénelon. En su traducción castellana, Tratado de la educación de las niñas (1804), la cita corresponde al capítulo xii, «Continuación de las obligaciones de las mujeres» (175–178 y 189–190).
219 La fórmula duplicada luego luego es expresión popular para ‘en seguida, rápidamente’. Ese significado del adverbio es común en otras partes de Hispanoamérica.
220 Aquí confrontar significa, por la descripción de la relación entre ambos, ‘congeniar con otro’, hoy desusado (DRAE).
221 Estantigua: «fantasma que se ofrece a la vista por la noche, causando pavor y espanto» (DRAE), usado como nombre para el diablo.
222 Aristóteles, en el libro VII de la Política.
223 San Pablo en la segunda carta a los Corintios 7.2.
224 Paso: aquí, referente a la ‘pieza dramática breve’, frecuentemente sinónimo de entremés (DRAE).
225 Embaular: coloquialmente, ‘engullir’ (DRAE).
226 El capítulo, siguiendo con el plan estructural del contraste, ha presentado dos bodas: el anuncio de la boda del hijo de Pascual y la de Teodora. El lector podrá comparar esta aguda descripción del narrador cuando se celebren las bodas de Culás y María Antonia.
